martes, 30 de septiembre de 2014

¡Se vino la primavera!

Por María Victoria Steiger

En este relato salto unos cuantos años de mis relatos anteriores.
En otro contaré cómo fue la llegada de nuestra familia a Rosario, pero ahora me entusiasmé con la primavera.
Acá, en Rosario cursé cuarto y quinto año de la secundaria. Además, ingresé en la Escuela de Música de la Universidad Nacional de Rosario
Se podía ingresar y cursar antes de terminar la secundaria y yo ya venía de la Universidad de Mendoza.
Bueno, el relato de hoy es la primavera.
Ya estaba en primer año del profesorado y mi hermana mayor en segundo de Estadística.
Ella y sus compañeros organizaron un picnic.
En mi casa hubo un revuelo. ¡Cómo iba a ir sola con gente que ni mi papá y mamá conocían y menos con chicos!
Claro, no era que no salíamos en grupos mixtos; pero ya desde los “asaltos” en Mendoza teníamos que salir de a dos.
La única que había empezado la facu era yo. Mis otras hermanas no querían ir, además ya tenían sus grupos armados.
Yo no tenía nada pensado. El estudio, en general, fue muy solitario. Los trabajos grupales los hacía en la escuela en días en que nos podíamos reunir.
No era fácil porque yo daba clases a domicilio a chiquitos de primaria y me juntaba unos pesos.
Bueno, ¿qué hacer? Yo no conocía a nadie. Además, estudiaban otras carreras.
Mi hermana me pidió por favor que la acompañara. De otra forma, no la dejarían ir.
Me armé de paciencia y fui.
La cosa era en Villa Gobernador Gálvez. Nos juntábamos todos para tomar el ómnibus para llegar a la casa de una de las chicas. De ahí, a un parque cerca.
Las chicas estudiaban Estadística y los chicos para contador, y también había algunos otros amigos. Éramos unos diez o doce en total.
Cada uno llevaba algo para comer y tomar.
Me presentaron al grupo y la pregunta infaltable era qué estudiaba. Yo contestaba guitarra en la Universidad e inmediatamente venía “¿y… que más?
La mayoría de mis compañeros estudiaban sus instrumentos. Muy pocos cursaban otras carreras. El tiempo de cursado y estudio no alcanzaba.
En ese grupo del picnic yo era e como un “bicho raro”; pero no tuve problema para adaptarme y la pasé bien.
Fuimos a la casa de las chicas y de ahí al parque. Nos tocó muy lindo día. Nosotras charlábamos de distintas cosas: las materias, los profesores, los exámenes. En fin, todas teníamos cosas en común. Además me actualizaron de los chicos, mientras ellos jugaban a la pelota.
A la tardecita todos rojos por el primer solcito del año fuimos a la casa de las chicas que eran hermanas y nos prepararon algo para tomar y comer, ¡que vino bárbaro porque nuestras viandas habían “muerto” hacía rato! ¡También hubo baile!
Los “pibes” eran interesantes, la música, de Palito y todos los de la época. Yo no escuchaba muchos de esos temas. Me enseñaban a analizar lo que se decía música “culta” y de lo popular, nada. “Es muy divertida pero no resiste mucho análisis musical”, decían.
La pasamos muy lindo. Conocí a un pibe que era tipo “genio”. Cursaba ya casi el final de contador con 20 años. Contaba sus historias de viajes a “dedo” por el país, sabía idiomas y había viajado a Europa con su tío.
La cosa es que me “adoptaron” en el grupo como compañía de mi hermana.
Seguimos saliendo varias veces a casas de una u otra, incluyendo la nuestra, que como éramos tantos ¡era una gran “movida” en mi casa!
Un par de años después me puse de novia con él, con que tenían de “genio”.
A ésta altura llevamos 44 años de conocernos y casi 40 de casados.
Toda una vida.
En otro relato les cuento más cositas de esta vida.

Cine de invierno y cine de verano

Por Ana María Miquel

“Esta tarde nos vamos al cine, dan una película de los ‘Cinco grandes del buen humor’ con Blanquita Amaro”, proponía mi mamá.
En esas frías, grises y brumosas tardes de invierno cerca del mar, era el mejor programa que podíamos tener. Se sumaba al grupo su vecina Ida y su hermana María Esther. Eran oportunidades que no se podían dejar pasar, ya que en el pueblo existía un solo cine y cuando daban películas que nos hacían pasar hermosos momentos, no podíamos dejar de ir.
Ya conté en otra oportunidad que mi papá no asistía al cine, porque lo consideraba una pérdida de tiempo, no así mi mamá que disfrutaba tanto del cine, como de las novelas por la radio y más adelante por los teleteatros de Alberto Migré.
Pero en aquellos años en Miramar no nos perdíamos las películas de los “Cinco grandes del buen humor”, las de Luis Sandrini, Tita Merello, Alberto Castillo o Niní Marshall. Era un deleite con los “Cinco grandes”, ya nos reíamos de solo verlos al igual que con Niní Marshall. Luis Sandrini nos hacía reír y nos hacía llorar. Tita Merello particularmente me inspiraba miedo y Alberto Castillo me cansaba un poco.
Ni bien terminábamos de almorzar los domingos, mi mamá comenzaba los preparativos: hacía azúcar quemada en un jarrito y luego la dejaba caer de a gotitas sobre el mármol de la cocina, esperaba que se enfriaran y preparaba unos cucuruchos de papel y los llenaba con las “pastillitas de azúcar quemada” –digamos que venía a reemplazar el pororó actual– y los guardaba en su bolsa del tejido. Por supuesto que no existía calefacción en el cine, entonces preparaba también su bolsa de agua caliente y se la ponía debajo del tapado y así partíamos a pasar una tarde distinta mientras. Mi papá aprovechaba para arreglar alguna cosa en la casa.
Al llegar a la puerta de cine, siempre estaba “la muda”. Era una mujer muy alta, vestida toda de blanco: zapatos y medias blancas, guardapolvo blanco y un gorro blanco, parada al lado de un carrito blanco lleno de golosinas, que no podía vocear, ya que no tenía vos. Por esta mujer también sentía algo extraño, mezcla de lástima y miedo, ya que me habían dicho que le habían cortado la lengua por portarse mal y que al no tener lengua no podía hablar. Ahora pienso que era sordomuda de nacimiento y no otra cosa.
La cuestión era que ya entrados en el cine, antes de que empezara el noticiero con propaganda de Evita y Perón, estábamos muy cómodamente sentados. Mi mamá en el centro con Miguel de un lado y yo del otro para que no nos peleáramos. Nos pasaba el cucurucho de pastillitas de azúcar quemada, aclarándonos que nos tenían que durar toda la función y ella se colocaba la bolsa de agua caliente sobre la falda y empezaba con el tejido. Tejía a oscuras y sin mirar. No era cuestión de perder el tiempo.
Esa tradición la siguió durante toda su vida, a tal extremo que en sus últimos días, y estando ya inconsciente, movía las manos y los dedos como si estuviera tejiendo.
Pasaron los años y llegó la adolescencia en Mendoza…
—Mami todos los chicos van al Cine Libertador, cenemos temprano y dejanos ir… van a estar todos allá- insistíamos con mi hermano.
—¿Y qué dan?- nos preguntaba.
—Una de Elvis Presley.
—Ah no, ese no me gusta, prefiero una de Dorys Day y Rock Hudson. Bueno, poné la mesa que la cena ya está lista.
Con esa respuesta, sabíamos que nos estaba autorizando a ir al cine del barrio. Ese era el cine de verano. Era un cine al aire libre y, como en Mendoza es muy raro que llueva, no tenían problemas en cerrar por mal tiempo. Después, teníamos otro cerrado al cual íbamos en el invierno, también con todos los chicos.
Ese cine, llamado Libertador, como todas las cosas en Mendoza, era un gran espacio abierto con altas paredes, para que ningún vecino se hiciera el vivo y viera las películas gratis, con piso de tierra cubierto de granza (piedritas chiquitas) y largos bancos, más cómodos que los de las iglesias. Inclusive, podíamos poner los pies en los bancos de adelante. Y en el fondo estaba el bar, con mesas, sillas y barra donde se servían sándwiches, bebidas, golosinas y, según quien fuera, algún traguito fuerte.
Eran muy pocas las noches que faltábamos, ya que cambiaban seguido de películas. Cuando también iban los mayores, las madres se sentaban más atrás de los chicos y los padres en el bar. Todos nos conocíamos, nos saludábamos y nos tratábamos con todo respeto.
Los días en que los mayores no iban, igual estaban a la salida del cine esperándonos para que fuéramos derechito a la casa y a no andar vagando por ahí.

La Vigil. Saga 1

Por Carmen G.
“…hay recuerdos que no quiero olvidar,
hay aromas que me quiero llevar…”
Fito Páez

Como ya conté, el cambio de barrio trajo para mí una nueva vida. De no tener amigos a llenarme de ellos. De no moverme de casa más allá que a lo de “Guegui”, a poder invitar libremente a mis amigos o ir sin problema a sus casas, pasear por el barrio…
Nuevas costumbres, “recuerdos que no quiero olvidar”, como el de descubrir la pequeña biblioteca del barrio, funcionando en un reducido habitáculo cedido por la vecinal, en la que los catálogos estaban dispuestos sobre unas mesas, las estanterías, pocas, con libros casi todos de nivel primario y secundario y una sola bibliotecaria, de medio tiempo y a cargo de todas las tareas y lo más importante: una comisión directiva, formada por un puñado de muchachos con algunos años más que yo y con la gran ilusión de transformar esa realidad en un complejo que se llamaría “Biblioteca Constancio Cecilio Vigil” y que, desde ese lugar, ni ellos pudieron llegar a imaginar la dimensión educativa, social y cultural que con el tiempo, el esfuerzo y la solidaridad alcanzaría a tener.
Frotaron la lámpara con creatividad, trabajo sin denuedo, muchas ilusiones, mucho amor, convicciones, y el Duende salió gigante, generoso y dispuesto a colaborar con ese objetivo.
Yo, primero, miré; luego, observé y, por fin, pude ver y, a partir de entonces, me propuse firmemente formar parte de esa isla que se estaba formando en medio del barrio La Tablada.
Cursé mi secundaria usando sus libros y, antes de finalizarla, la biblioteca inauguraba su emblemático primer edificio en Alem 3078.
Un día, como tantos otros, concurrí a la vecinal en busca de libros y encontré sus puertas cerradas. Giré sobre mis talones y allí, justo enfrente, pero más hacia la esquina de Gaboto se erguía, sin chapas que lo ocultaran el imponente nuevo edificio, de tres plantas, con su frente casi por completo vidriado, salpicado con algunas placas de mampostería con adornos en relieve y color. Crucé. Al entrar seguía la transparencia. Un patio central con puertas de vidrio y lleno de verde, el blanco de las paredes contrastando con las maderas lustrosas del mostrador y de los ficheros, muebles con cajoneras, donde ahora se ordenaban los catálogos. Hacia la derecha se insinuaba suavemente una rampa que permitía el acceso a discapacitados a la planta alta y. que a la vez, sería usada para subir a las salitas por los niños del Jardín de Infantes que también se trasladaba allí. Pasabas el mostrador y los montalibros y las escaleras te llevaban a las salas de consulta y lectura.
 De pequeña, uno de mis aromas preferidos era el que se destilaba de los libros nuevos, cuando los tomaba entre mis manos y, como un fuelle, hacía caer unas tras otras las hojas manteniéndolo cerca de mi nariz. “Hay aromas que me quiero llevar”.
 Subí la escalera, elegí una de las dos puertas que se enfrentaban en el descanso del primer piso y entré. ¡Miles y miles de hojas perfumadas! Aspirando su aroma me fui deslizando entre las estanterías, por largos pasillos, con los libros al alcance de mi mano. Mis ojos asombrados por la magnitud del paisaje impensado. De pronto, una voz interrumpe mi encantamiento. Es la bibliotecaria de la sala que me ofrece su ayuda. No la necesito, tampoco la quiero. La doy las gracias. Mientras se va, me quedo mirándola y siento que me encantaría estar en su lugar.
 En 1967 cursé el último año de la carrera de Bibliotecología. En febrero de ese mismo año me ofrecen la posibilidad de entrar a trabajar en “La Vigil”, pero en el departamento de Administración, porque para la biblioteca tenías que tener el título y concursar el cargo. ¡Por supuesto que acepté!, luego vería…
Queda mucho por contar, seguiré en la próxima saga.

Vocaciones

Por Susana Olivera

Mi escuela secundaria: Escuela Normal de Maestras Nº 2 “Juan María Gutiérrez”, año 1960. Solamente para señoritas. Guardapolvo blanco con seis tablas pequeñas, encontradas, zapatos negros abotinados, medias de seda que no se vieran las ligas –no existían las cancán–, que no sobresaliera nada de color por el cuello del delantal, si era necesario abrigo, tenía que ser azul oscuro, o ¡ponérselo bajo el delantal! El largo del guardapolvo, cuidadosamente estipulado: se toma desde el suelo hasta diez centímetros bajo la rodilla. Uñas cortas, sin pintar. Cara lavada, pelo sujeto con bincha blanca, corto o con hebilla atrás. Se hacía control diario del uniforme y se amonestaba a quien no lo respetase.
Se esperaba al profesor de pie al lado del banco, en profundo silencio y se esperaba a su saludo para responder. La celadora nos avisaba que llegaba el docente; solo nos sentábamos cuando se nos indicaba. Si teníamos que hablar, levantábamos la mano y nos poníamos de pie al lado del banco para responder si se nos había autorizado.
Parecen duras todas estas reglamentaciones, sin embargo en esa época las cumplíamos, no exactamente al pie de la letra, había algunas “amonestaciones”, pero eran excepciones…
Bella época, el amor a flor de piel, enamoradas siempre, siempre enamoradas del amor. Nuestros problemas: una prueba, un baile al que no nos dejaron ir, o que no fue “él”. Alguna mala nota… A veces, celos entre nosotras por algún promedio. Alguna crítica paterna por la ropa… y el obligado ¡a cambiarse!
Pero, el amor… Yo estaba profundamente enamorada (y era mi secreto) del profesor de Anatomía de 3º Año. Se llamaba Vicente Cubría, ¡era médico y soltero! No podía dejar de mirarlo y mi única manera de llamar su atención era con una carpeta en la que hacía dibujos todos sombreados de los huesos, o del sistema circulatorio o muscular y la tenía completísima. Además, estudiaba todas las clases, no solo por el libro de texto sino que buscaba otros que conseguía prestado de un primo que estudiaba Medicina. Así, levantaba la mano siempre, aunque no me “llamara” para pasar al frente. Tuve diez los tres trimestres y me pidió que le diera mi carpeta a fin de año. Fue mi primer amor. También nos daba Puericultura y nos hablaba del papel de la mujer y la importancia de la maternidad. ¡Era todo tan bello! El problema era que tenía una competencia feroz porque todas –las treinta– estábamos “secretamente” enamoradas de él. Cuando sonaba el timbre que indicaba el final de la hora, nos quedábamos para “charlar” con él sobre cualquier cosa hasta la llegada de la próxima clase. Él tan gentil, tan correcto, tan hermoso…
Por supuesto, cuando terminara el secundario iba a estudiar Medicina… pero no fue así. Hubo otros acontecimientos en el camino que me desviaron de ese primitivo propósito: el primero, por ese entonces me puse de novia con alguien un poco más acorde a mi edad; y, segundo, aparecieron otros intereses que me borraron el anterior.
“Medicina es un carrera tan larga, nena, y tan sacrificada”, decían mi madre y mis tías. “Después vos te querés casar y ¿qué vas a hacer con semejante carrera? No la vas a poder ejercer para quedarte en tu casa a cuidar los hijos y si esperás a terminar ¿cuándo te vas a casar? ¿A qué edad?”
Ese fue un argumento bastante contundente: sí, me quería casar pronto, estábamos preparando la casa que nos la prestaban mis futuros suegros, comprando los muebles, haciendo el ajuar… Ahorrando… Entonces todo se hacía paso a paso y con mucha anticipación,
“¿Y un profesorado? ¿Qué te parece? Cuatro años y tenés trabajo enseguida”
Podía ser el profesorado de inglés. Yo iba a la Cultural Inglesa. Allí había conocido al que sería mi marido. Estaba por terminar el curso final y éste habilitaba para el ingreso que era bastante difícil; pero, pero…

Un día la profesora de Castellano (se llamaba así la asignatura) nos propuso leer a Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni y Gabriela Mistral aunque no nos correspondía: debíamos estudiar literatura española (Siglo de Oro y Barroco). También argentina pero la de los orígenes: Crónicas de Indias, entre otras. Además, había que estudiar Gramática: verbos, análisis sintáctico, oraciones subordinadas, reglas ortográficas. Versificación. Pero nosotras queríamos poesías de amor.
Así que nos propuso estudiar a esas poetisas, con una condición: aprender versificación y aplicarla en los poemas que usáramos, buscar biografías y hacer un trabajo escrito, una monografía, sobre las tres, resaltando su papel como precursoras de la poesía feminista posterior. Ese trabajo debía comenzar con un poema que eligiéramos y que debíamos estudiar de memoria y recitarlo antes de exponer el trabajo. Siempre había que estudiar algo de memoria… Fue así como empezamos a conocer a esas tres mujeres tan distintas que escribían poemas de amor. Y que se rebelaban contra el orden patriarcal imperante y denunciaban con su poesía la situación de la mujer.
La profesora de Castellano era ancha, muy ancha especialmente de caderas, un metro cincuenta de estatura, usaba zapatos abotinados con cordones como si fueran de hombre, vestía invariablemente de marrón: pollera y chaqueta con una blusa abotonada al cuello. Y era fea, irremediablemente fea: cara enjuta, que no condecía con el ancho de sus caderas, y lo peor, un prognatismo muy pero muy marcado, escaso pelo peinado siempre para un costado, lentes que ocultaban unos ojos miopes… Pero tenía una cualidad que aprendí a valorar mucho tiempo después: nos escuchaba, nos respetaba, amaba su trabajo y también a sus alumnas. Y yo, pasada esa etapa de bromas continuas, también aprendí a reconocer todas sus virtudes y a quererla.
Tocó mi turno: yo había elegido el poema “Dulce milagro” de Juana de Ibarbourou. Empecé a recitar: “queesestoprodigiomismanosflorecenrosasrosasrosasamisdedoscrecen…
Ella dijo: “Nooo, señorita –nos trataban de “usted” y por el apellido–, eso no es recitar. Parece que usted está cantando una retahíla, debe dar expresión a sus palabras, marcarlas con ademanes, hacer las pausas, dar cambios en el tono de voz… Le voy a mostrar…

Estaba de moda entonces una recitadora que se llamaba Berta Singerman y la profesora quería que siguiéramos su modelo. Comenzó:

“¿Qué es esto?” (cara de sorpresa mirando sus dos manos extendidas frente a sus ojos)
“Prodigio” (grito de soprano)
“Mis manos florecen” (aleteo de las manos como de dos pájaros)
“Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen” (olía las manos con deleite como se fueran rosas y las alejaba de la cara)
““Mi amante besóme las manos” (corrida de un extremo a otro del salón con los ojos en blanco y los brazos alzados)
“Y en ellas han brotado rosas como estrellas” (aleteo de los brazos como si fueran alas)
 “Y voy por mi senda voceando el encanto y de dicha alterno la risa y el llanto” (carcajada entre las palabras para terminar con lágrimas)
Y siguió así hasta el final del poema.

Todas mis compañeras aguantaban la risa haciendo un esfuerzo terrible –era tan importante la disciplina–, algunas se agachaban buscando algo perdido bajo el banco, otras bajaban la cabeza y se tapaban la boca, a la mejor alumna, escolta de bandera, se le caían las lágrimas por el esfuerzo por no reírse…

“Ahora, señorita Olivera es su turno…”, dijo.

Dios mío, todavía no se me había calmado la risa de ver a la profesora, ridículamente exagerada, bañada de nostalgia, emocionada hasta las lágrimas, hablando del milagro del amor… ¿Qué hacer?

—Señorita -dije muy compungida- déjemelo estudiar mejor para la próxima clase, si quiere puedo seguir con el resto del trabajo, la biografía de Juana, la versificación del poema. Mire, he ilustrado las poesías que elegí…
—Bueno, se ve que a usted le cuesta la memorización…Exponga la próxima clase ¿Qué otro grupo quiere seguir?

No había muchos candidatos, todas estábamos conmocionadas y ninguna nos sentíamos Berta Singerman. Hasta que la mejor alumna –olfa le decíamos siempre; pero, por supuesto, no ese día– se ofreció para continuar: el suyo fue un trabajo realmente excelente y duró casi hasta el final de la hora.

Ese fue mi pero… No estudié Medicina, no hice el Profesorado de Inglés. Estudié la poesía, esa poesía, la saboreé, sentí en mis enamorados jóvenes años el peso de estas, las palabras de Juana, más las de Alfonsina, más las de Gabriela…más las de tantos otros. Palabras, bellas palabras y fue ahí, entonces que me enamoré de las Palabras para siempre. Hasta hoy que han pasado tantas cosas en mi vida desde aquel episodio que me marcó definitivamente… mi carrera, mi trabajo, mi casamiento, mis hijos… Pero estuvo, está ahí siempre mi amor por las palabras…

Pasó mucho tiempo y la encontré un “Día del Maestro” tomando café con otras viejas profesoras del Normal todas jubiladas. Me acerqué y le conté que gracias a ese poema recitado por ella yo había seguido sus pasos…
Vi entonces su cara iluminada por una sonrisa, e imaginé “qué ternura tan honda habrá hecho nido en su alma sencilla de árbol”, como diría Juana de Ibarbourou.
Unos años después me enteré por el diario que había muerto. Querida, querida profesora, “¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?”
No escribo tu nombre, me duele hacerlo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Anécdotas musicales III

Por Luis Zandri

En esta pequeña historia quiero recordar a las orquestas y figuras con las cuales compartimos el escenario desde agosto de 1959 hasta marzo de 1964 con la orquesta “Wilton Jazz”, que yo integraba como bajista.
Las orquestas de la ciudad de Rosario más importantes en esos años y con las cuales compartíamos los bailes muy en boga en todos los clubes eran: “Casaloma Jazz”, “Franco Corvini”, “Walter Gómez y los Globetrotters”, “Chito Morales y su jazz Los Mariscales”, “Panamá Jazz”, “Vicente Giosa y su jazz Los Rosario Serenaders” y otras más; y entre las llamadas típicas, por dedicarse al culto del tango, estaban: Luis Chera, José Sala, Domingo Sala, Juan Antonio Manzur, Julián Chera, Francisco Tejedor y su cuarteto y varios más.
En Avenida Alberdi, entre Gorriti y Vélez Sarsfield había un salón conocido como “Cerveceros”, perteneciente precisamente a ese gremio. El que organizaba los bailes allí era Alberto J. Llorente, con un socio de apellido Castellanos, y frecuentemente nos contrataban para actuar en Rosario y en pueblos y ciudades de la provincia de Santa Fe. Allí, en el salón “Cerveceros”, debutó en nuestra ciudad Palito Ortega, a los 20 años de edad. Recuerdo que tenía una guitarra blanca nacarada, integrando también la banda que lo acompañaba su hermano, conocido como Freddy Tadeo como baterista.
Esa noche escuché por primera vez temas como “La Felicidad”, “Despeinada”, “Bienvenido amor”, “Estar enamorado” y varios más, que después serían canciones muy populares que acompañarían la carrera de Palito.
En otra oportunidad, actuamos en ese mismo lugar junto a Rosamel Araya, un cantante chileno de boleros y canciones románticas.
En el club Newell’s Old Boys tuve el gusto de compartir el escenario con “Los Soldaditos de Johnny”, una banda de Buenos Aires dedicada al dixieland, un ritmo enmarcado dentro del jazz, de moda en los Estados Unidos en la década de 1930, que tuvo su auge en nuestro país por los años 60. Eran excelentes músicos y actuaban vestidos con ropa militar con birrete incluido.
En un baile de carnaval en el Club Provincial recuerdo que habían preparado tres escenarios en distintos lugares del predio. Uno para el tango, otro era un tablao flamenco y el restante, que era el principal, tenía movimiento circular. En ese último actuamos junto a Alberto Marino, quien fuera cantor de la orquesta de Aníbal “Pichuco”, Troilo junto a Floreal Ruiz y que también integró las orquestas de Miguel Caló y Armando Pontier y posteriormente continuó su carrera como solista. Y esa noche la figura era George Maharis, un cantante estadounidense que también era actor y que era el protagonista de “Ruta 66”, una famosa serie que, por esos días, veíamos a diario en la televisión.
En el club 25 de Mayo de barrio Tablada me di un gran gusto: compartir la noche con la orquesta del maestro Osvaldo Pugliese con Jorge Maciel y el rosarino Alfredo Belusi como cantantes. En esa ocasión, cuando tocaba Pugliese, yo me instalaba con una silla frente al escenario y de allí no me movía nadie, ya que siempre fui un admirador de su música y la forma en que él hacía que sus músicos tocaran el tango, con un acompañamiento y una cadencia inconfundibles.
En el club Echesortu actuamos con otra de las figuras relevantes del tango: Horacio Salgán, con el cual también cantaba el citado Alfredo Belusi.
En otra oportunidad, en el club Central Córdoba, en la sede social de la calle San Martín, junto a “Casaloma Jazz”, actuó Horario Guarany acompañado por un conjunto de guitarras.
En un baile realizado en la ciudad de Las Rosas, estuvimos con Mario Bustos y su orquesta, un cantor de tangos que había integrado la orquesta de Juan D’Arienzo: y en otro en la ciudad de Ramallo compartimos la noche con una orquesta de jazz de San Nicolás y como figura central “Los Mc Ke Macs”, que eran un excelente cuarteto vocal que cantaban en castellano, inglés y portugués con un estilo jazzístico. Cuando vino Louis Armstrong a Buenos Aires en 1957, los invitó a participar de su show. Realizaron giras por toda América y en los Estados Unidos actuaron en televisión en el famoso programa de Ed Sullivan. Dos de ellos eran hermanos de apellido Mc Kluskey y tíos de “Donald”, otro cantante conocido por nosotros.
En el club Villa Casini de Capitán Bermúdez la figura fue Jhonny Tedesco, el muchacho de los pulóveres, ya que cuando actuaba se cambiaba varias veces esa prenda, mientras iba transcurriendo la noche. Este cantante surgió de “El Club del Clan”, un exitoso programa de televisión de los años 60 donde se reunieron un grupo de cantantes pop, entre los que estuvieron Palito Ortega, Violeta Rivas, Raúl Lavié, Lalo Fransen, Chico Novarro, Jolly Land y varios más. Ese programa fue creado por la discográfica RCA y todos los cantantes fueron contratados por la misma empresa con el fin de darle batalla al movimiento del rock que venía desde los Estados Unidos, encabezado por Elvis Presley.
Por último, en Puerto General San Martín tocamos en un club que tenía pileta de natación en sus instalaciones. Esa noche se presentó Billy Cafaro, quien en cierta forma rompió con los moldes con las letras de las canciones que cantaba y así fue como escuchamos su “Pity Pity” (en realidad era de Paul Anka y parece que hacía referencia a una mujer), otras canciones eran: “Personalidad”, “Bailando con Billy”, “Marcianita”, “Bésame Pepita” y varios más que le dieron una efímera fama.
Cuando terminó su actuación un grupo de muchachos lo estaba esperando para tirarlo a la pileta; los policías que estaban de custodia tuvieron que encerrarlo en una habitación hasta que se retiró el público para que zafara del chapuzón.
Y, por ahora, cierro el cofre de mis recuerdos, hasta que ellos me pidan que vuelva a abrirlo para contar nuevas y entrañables historias.




El juego de la copa

Por Celia Novelli

Mi casa era el punto de reunión de mis amigos del barrio. Como era un caserón antiguo y muy amplio, nos podíamos concentrar allí sin que los adultos interfirieran demasiado en nuestras charlas.
Generalmente, nos juntábamos en el hall de entrada, un recinto bastante amplio. Recuerdo que estaba amoblado con unos sillones y algunas sillas de líneas muy simples de color marrón y una mesa rectangular no muy grande en el centro. A ese hall, también daba una habitación pequeña que llamábamos “el cuartito”. El cuartito daba a la calle y allí nos reuníamos cuando queríamos mayor intimidad o para escuchar música y ensayar los pasos de baile de moda, al compás de los temas que sonaban en el antiguo combinado de mi papá.
Un día, Margarita, la mayor del grupo, cayó con la noticia de un nuevo juego, que estaba haciendo furor entre los adolescentes, por lo osado y riesgoso: “el juego de la copa”. Nos explicó que era “creer o reventar”, pero que con una copa invertida y varias personas a su alrededor se podía invocar a los espíritus del más allá y conseguir de ellos mensajes sobre el futuro. Que sí, que no, que era peligroso, que no teníamos que meternos con los muertos; pero Margarita nos tranquilizó diciendo que sus amigas del colegio lo venían haciendo desde hacía rato y que no les había pasado nada; por el contrario, las respuestas obtenidas de esos seres astrales habían sido increíbles.
Finalmente, nos convenció y una noche decidimos llevarlo a cabo. Cortamos cuadraditos de papel de más o menos tres centímetros de lado y escribimos en ellos las letras del abecedario, los números del 0 al 10 y el “sí” y el “no”. Dispusimos los papelitos en forma de círculo sobre la mesa del hall y en el centro colocamos una copa invertida. Margarita dio la orden y todos colocamos nuestros dedos índices sobre la base de la copa. Nadie debía hacer el menor movimiento, ni empujarla, ella sola se movería cuando el espíritu acudiera al llamado. Todos en silencio esperamos y “la Marga” hizo la invocación: “Si hay algún espíritu aquí, que la copa vaya al sí”.
Durante los primeros minutos nada pasó. De pronto, la copa impulsada por no sé qué fuerza extraña, empezó a girar como loca alrededor del círculo de papelitos. Algunos nos aterrorizamos e instantáneamente retiramos el dedo; pero ante la insistencia de “La Marga” volvimos al juego. Entonces Margarita, con voz firme y autoritaria, le pidió al espíritu que se identificara. Inmediatamente la copa empezó a dirigirse hacia las letras y así uniéndolas una a una supimos su nombre…
Recuerdo que una vez se nos presentó el espíritu del “Che Guevara”, o por lo menos dijo llamarse así, el ánima que había acudido a nuestro llamado. En ese momento (todos teníamos entre 14 y 16 años) no sabíamos muy bien quién era ese personaje, así que cuando terminó el juego acudimos al diccionario en busca de datos. Y grande fue nuestro asombro cuando corroboramos que ese hombre había existido y que los datos que nos había brindado coincidían con los datos biográficos que aparecían en la entrada de la enciclopedia.
Fue pasando el tiempo y se nos hizo costumbre practicar ese juego. Nos fascinaba hacer preguntas sobre nuestro futuro a esos seres no corpóreos que se nos presentaban: si nos íbamos a casar con el chico que en ese momento nos gustaba, cuántos hijos íbamos a tener, si alguna vez seríamos ricos… En fin, queríamos que los espíritus nos develaran todo acerca de nuestro incierto futuro.
Mi tía Vicenta, una dulce y sabia viejita, hermana de mi abuela, que vivía en mi casa y que se trasladaba con un bastón cuyo andar reconocíamos a la distancia, descubrió un día nuestro juego. Después de varias advertencias, sobre el peligro que representaba el mismo nos sentenció: “Cuando yo parta al otro mundo, voy a venir una noche, mientras estén jugando y los correré con mi bastón”. Por supuesto, no le hicimos caso y seguimos en la nuestra.
Pasó el tiempo y la tía Vicenta, con su soltería a cuestas, murió una gris mañana de invierno. Por un tiempo, quizás por la impresión que nos causó su partida, no practicamos el juego de la copa.
Pero, como con el correr del tiempo todo se olvida, una noche tormentosa decidimos retomar nuestra práctica. Recuerdo los relámpagos de esa noche, que se colaban por las ventanas, iluminando el hall, los truenos ensordecedores y una copiosa lluvia después. Iniciamos el juego, en ese entorno tenebroso. En medio de la sesión, la lluvia todavía caía intensamente, estábamos todos en silencio esperando las respuestas que nos llegaran del más allá, cuando de pronto, en el cuartito de al lado, escuchamos dos golpes secos, uno detrás del otro. ¡Eran los bastonazos! “¡La tía Vicenta!”, gritamos despavoridos y salimos disparadas, hacia el patio, sin importarnos la lluvia, en busca de mis padres. En la desesperación por escapar, tiramos sillas, sillones, la copa quedó hecha añicos y los papelitos, todos desparramados por el piso. Era Vicenta que nos venía a advertir que esas cosas no se hacen, que a los muertos había que dejarlos en paz.
Después de esa noche, nunca más volvimos a jugar al juego de la copa. Tiempo más tarde, nos enteramos del riesgo que habíamos corrido. Cuando se estrenó la película “El exorcista”, la protagonista, casualmente había sido poseída por un espíritu maligno a causa de un juego similar, el tablero güija, que practicaba en el sótano de su casa. Luego supimos que los espíritus que se presentaban con más facilidad, durante esas sesiones, eran los llamados “espíritus bajos”, es decir los que estaban más cerca de este plano físico, por ser los que todavía no se habían elevado totalmente, quizás porque sus acciones aquí en la tierra no habían sido muy buenas. Por eso, a veces, provocaban trastornos psíquicos graves en las personas más débiles, especialmente en los adolescentes que se metían con ellos.
No recuerdo si sus predicciones se cumplieron, creo que la mayoría de las veces esos seres del más allá nos tomaban el pelo y se reían de nosotros. Pero lo importante es que aprendimos una lección que nunca olvidaremos: “no molestar a los muertos” y que es mejor no anticiparse al futuro, dejar que este nos sorprenda, para bien o para mal, porque en definitiva esa es la vida.

Novedades en casa

Por María Victoria Steiger

Después del encierro, como les contaba, volvimos un tiempito a la normalidad.
Pero… en casa siempre había novedades.
¿Te acordás que mamá esperaba otro hijo? ¡Venía el séptimo o la séptima!
Les cuento cómo era 52 años atrás.
En general iba con mi mamá al médico. No entraba me quedaba en la sala de espera, súper aburrida.
Salíamos y mamá le comentaba a mi papá que ya estaba en tiempo.
Claro, no había grandes explicaciones sabíamos que no era la cigüeña pero…
En esa época, mi mamá tenía a todos los chicos en casa. Yo me acuerdo de ello desde la llegada de mi quinta hermana.
Mi papá nos dejaba en un dormitorio alejado y decía: “No salgan hasta que las llame”.
Cuando él daba una orden, ni se preguntaba ni se discutía.
Pasó un rato y llegó con Angelita toda vestida de amarillo, de piel blanquísima.
Al otro año llegó Nora. Era de pelito negro y de piel más oscurita como papá.
¡Nosotras nos poníamos muy contentas como con un chiche nuevo!
Salíamos con papá a las compras y los vecinos al verlo le preguntaban: “Y, ¿que fue?”
“¡Chancleta otra vez!”, les comentaba.
Otros que ya sabían le preguntaban: “¿Y, Don, va a seguir probando?”. Él se reía con ganas y decía: “¡Hasta los doce no paro!”.
Volviendo a lo último que dijo el médico que ya estaba mi mamá a término, empezaban a hervir agua todos los días y los recipientes quedaban tapados en un sector de la mesada de la cocina, que por suerte era grande.
Mi mamá preparaba con nuestra “ayuda” comida como para dos almuerzos o cenas. Papá, de cocina, sabía hacer huevos duros con suerte que no los olvidara y se quemaran o explotaran todos. Para él, lo de coicnar era una ciencia oculta.
El médico venía a revisar a mi madre a casa, vino varias veces, pero en la última revisó la casa. Tenía que estar todo limpio, miraba debajo de las camas, la cocina y los baños.
Se lavaba las manos hasta los codos e iba a ver a mi madre. Cuando salió, le dijo a mi padre que llamara a su mujer. Era la partera, se llamaba Argentina. A nosotras nos causaba mucha gracia el nombre, que no era muy común.
Parecía como si ya todas fuéramos más grandes, por que andábamos de un lado al otro –menos a la habitación de mamá– siguiendo los pasos del médico y de papá.
Ese día nos quedamos en fila de mayor a menor en un pasillo que salía de la cocina hacia el baño y las habitaciones.
Esperamos muchísimo. La cosa parecía que no iba muy bien.
Seguíamos en fila casi en orden, las más chicas no entendían nada y nosotras “las mayores” las calmábamos y, a la vez, tratábamos de escuchar algo.
Hasta que de pronto, un llanto de bebé a todo pulmón y el grito de papá: “¡Varón!”
El griterío fue general.
Todo era un lío, nosotras que queríamos verlo, pero nos decían que lo estaban vistiendo. Otra espera más. Estábamos tan asombradas con que teníamos un hermano que no nos quejamos de nada.
La novedad fue para todos los lados: las amigas, los vecinos y, por supuesto, llamar urgente a Rosario para darle la noticia a mis abuelos.
Años después, mi madre nos contaba que se le había hecho muy largo el parto y se sentía mal. Ella aseguraba que nuestra alegría la “revivió”, le dio fuerzas.
En un principio creyeron que el nene no vivía y, cuando lo iban a dejar para atender a mi madre, empezó a llorar fuerte.
Claro yo les cuento de mucho tiempo atrás y, en realidad, para esa época, mi hermano tuvo un “ángel aparte”, porque no había nada para una emergencia ni atención especial para mi madre.
Como cambiaron y siguen cambiando las épocas.
Mis hijos nacieron en un hospital, con mi obstetra –al que concurría para las consultas– y sus ayudantes; y un pediatra que se ocupaba inmediatamente del bebé. Está todo muy preparado por si hay una emergencia.
Actualmente, hay grupos que proponen los nacimientos en casa, como algo más natural.
No he leído mucho sobre esto pero ¿no es volver atrás?
Pasamos dos o tres años más en la casa grande. Después, nos mudamos a otro barrio, también una casa; pero ¡nada que ver con los “encantos” de aquella!
Eso se lo cuento en otro relato para que no se aburran con mis recuerdos.





La sonrisa se dibuja sola en mi rostro…

Por Carmen G.  
 
La sonrisa se dibuja sola en mi rostro. Me desplazo por una vereda inundada de sol que entibia mi cuerpo. Mis ojos recorren el panorama. El cielo límpido, del mejor celeste, los aromas a retamas, a azahares, a jazmines, la anuncian. Tengo la suerte de vivir en un barrio donde los espacios son más amplios, la brisa se siente en la cara, en el pelo y no molesta. Se percibe algarabía, juventud. Es el renacimiento de los brotes en la vegetación yerma que nos dejó el invierno. Sí, es ella, ¡bienvenida primavera!
Mientras camino, recuerdo en especial una primavera ya lejana en el tiempo. Tendría yo entre 16 y 17 añitos, a punto de terminar mis estudios secundarios, década del 60.
Para entonces, en el barrio tenías todo para solucionar las compras sin necesidad de ir al súper; porque no existían, ni tampoco eso de ir al centro. Almacenes, baratillos, zapaterías, relojerías, tiendas, todo al alcance de la mano. Cada barrio tenía su propio centro, que se extendía a lo largo de una calle en la cual se sucedían, unos cercanos a otros, los diferentes comercios. Además existían la “Asociaciones de Comerciantes”, por ejemplo, en mi barrio era la “Asociación de comerciantes de calle Necochea”.
Para festejar la llegada de la primavera, la Asociación organizaba un desfile de “carrozas”, cada una representando a un negocio, adornadas con flores y otras alegorías y una o dos niñas, empleadas del mismo, que competirían al finalizar los festejos, por el reinado de esa primavera.
Como dije, yo estudiaba. También, como dije, todo al alcance de la mano, cuando se trataba de comprar telas para confeccionar un vestido o una pollera, mi Ita y yo siempre íbamos a la “Tienda La Nieve”, de Necochea y Amenábar, de la que éramos clientas. Esa tienda, la más grande del lugar, era atendida por sus dueños y dos hijos varones. Es así como fuimos con mi abuela a comprar unas telas y Nieves, la dueña, entre charla y charla, nos sugiere la posibilidad de incluirme en su carroza representando a la tienda. A la Ita no le causó mucha gracia y a mí me tomó totalmente de sorpresa, pero me gustó la idea. Quedamos en contestarle.
Otra cualidad de los barrios, en esa época, era que todos nos conocíamos. El sentarse en la vereda, cruzarse a hablar con las vecinas, creaban “las redes sociales” del momento, que funcionaban con la tecnología del boca en boca, con una rapidez inusitada y todos nos enterábamos de todo. Fue así como al día siguiente me vi involucrada en una “Guerra por la Corona”.
Claro, yo no era empleada de la tienda, condición sine qua non y, cuando se conoció que la representaría, se me vino “el malón” encima; es decir, a la puerta de casa. Hasta allí se llegó una delegación de dos mamás y tres chicas, una con llanto incluido, la empleada de “Tienda La Negrita”. Vinieron a exigirme la renuncia, cosa que no sucedería, porque yo no había aceptado todavía. Corrillos, dimes y diretes, la cuestión fue que la cosa no pasó a mayores. La idea me había gustado, porque la tomé como un halago personal, pero no me entusiasmaba mucho y menos aun después de lo sucedido. Por supuesto, la respuesta fue un “no”, acompañado de los fundamentos y las disculpas del caso.
La Reina de esa primavera fue la empleada de “La Negrita”, la que lloraba, y por esas casualidades de la vida su nombre era Carmen; o sea, tocaya mía.
Y ahora viene lo mejor. Durante años me quitó el saludo, a pesar de que dos de sus hijos coincidieron en la escuela primaria con mis hijas.
…y pasaron muchas primaveras…
En otra, hace unos seis o siete años, mi amiga Stella nos invitó a una cena en beneficio de la parroquia de enfrente de su casa, en el barrio. Mucha gente, mucho ruido, algarabía, fideos caseros de por medio y, como en todas las “cenas a beneficio”, las infaltables rifas. ¡No va que me gano el primer premio!, y entre los hurras de mi mesa me paro y me encamino apurada, entre felicitaciones y risas, hacia el final del salón a recibirlo. En eso escucho decir a la persona que me lo entregaría: “Voy a tener el placer de entregarle este premio a una antigua y querida amiga”. Levanto la mirada sorprendida y quien así se refería era Carmen, mi tocaya y otrora cuasi contrincante de la corona, que me esperaba con una sonrisa, un abrazo y un beso conciliador.

¡Qué locas primaveras!

martes, 23 de septiembre de 2014

Primavera en la vieja casona

Por Susana Oliveira

La cara se le llena del sol de la mañana temprano: esa ventana mira al este. Se sienten gorjeos agudos de los pájaros que vuelan en círculos por el espacio. Planean con las alas extendidas y se arrojan en picadas temerarias. A veces se tiran contra la ventana. ¿Tendrán el nido por allí? Otros pasan a una velocidad increíble dejando en el cielo una estela azul. O hacen interminables y ondulantes rondas. Parecen… sí, parecen golondrinas. Han llegado las golondrinas. Dicen que siempre vuelven al nido que dejaron la temporada anterior. Tal vez sea verdad. Poco importa. Pero sí su llegada. Basta de escarcha, de frío, de viento. De encierro.
¿Ha llegado la primavera también? Será hora de abrir las ventanas, correr los pesados cortinados y dejar lugar al sol, a la luz, a la vida.
En el piso alto se abrirán los ventanales y se quitarán los visillos tejidos con primor al crochet. Se lavarán y almidonarán. El tiempo está más templado y seco. No será pesado el trabajo. Ella lo sabe.
Y, tras la puerta cancel, un espejo ovalado refleja el piso de mármol blanco y negro. Muestra, además, una estilizada e inquieta figura femenina vestida con un chemise blanco, con un moño enlazado bajo la barbilla. Tiene la mirada clara, serena. Y manos hermosas. El perchero sostiene el sombrero y el chal del hombre que está en su estudio. Ella sonríe al verlos negando con su cabeza. Felipe… querido Felipe.
 Deberá preparar el té para él antes de que las sombras oscurezcan las ventanas. ¿Dónde lo servirá? Seguramente en la sala de música. Es pequeña y cálida. En la mesita redonda, en un rincón, tapada con el cobertor, hay un ramo de fresias, que son tan perfumadas; sobre el piano, uno de marimoñas y sobre el aparador tras una hilera de estatuitas de porcelana, unas alverjillas. Sin dudas. Ha llegado la primavera.
El servicio de té. Una mesa redonda, pequeña con unas patas talladas en forma de garras de león, un mantel azul bordado con arabescos blancos y ribeteado con una puntilla gruesa, que ella tejió hace mucho tiempo… y la vajilla de porcelana blanca, transparente, con un fino borde dorado.
Entra la luz por las ventanas abiertas, junto con un aire tibio que mece las cortinas suavemente como grandes alas blancas.
 Ha preparado algunas exquisiteces para la hora del té: mermelada de frutillas, (dicen que las primeras son las más dulces), natillas, scones, una tarta de manzanas. A Felipe le encantan y ha calentado litros de agua, porque también él es un enamorado del té.
Sobre un sillón, donde duerme apaciblemente Platón, un enorme gato blanco, hay una cesta llena de ovillos de lana de todos colores: teje una manta para cubrir las piernas del anciano para que se abrigue cuando trabaja tanto tiempo sentado en su estudio. Está traduciendo del francés no sabe bien qué libro y para qué o para quién lo hace.
Lo importante es que ha llegado la primavera. El servicio de té está ubicado en una bandeja sobre el aparador que tiene dos altas columnas con tallas que representan feroces guerreros vikingos.
¿Llamará a Felipe otra vez? Se enfriará el agua. Lo llamará, porque seguramente puede interrumpir su trabajo un momento, luego lo continúa: “Felipe, Felipe, está el té. Mirá, hay flores de primavera… Estamos otra vez en primavera, querido. Se huele el perfume de las flores en el aire tibio”.
Siempre la emocionó la llegada de la primavera.

Suena el timbre. Seguramente serán los chicos de Martínez que vienen a buscar las confituras que sobraron de la semana pasada. Son tres hermanitos, delgados, morenos. También se llevan prendas tejidas, en desuso o alguna hecha especialmente para ellos. Tejer… su pasión y su entretenimiento. Pero útil… cajones llenos de mantas, de chalecos, de medias, de mañanitas. Le encantan las mañanitas, especialmente si se sujetan con moños. Además, está la repostería. Cuando los hijos eran pequeños, les hacía tantos dulces. Las alacenas estaban llenas de frascos rotulados con nombres y fechas.
Falta hoy, falta el bullicio de los cuatro hijos corriendo por la casona, riendo, bajando las escaleras por el pasamano, arrebatándose los dulces, las canciones infantiles, las retahílas… Han crecido, han crecido tan rápido, han partido. Tienen sus propios hogares y sus propios hijos. La casa, tan querida, con tantos recuerdos felices, ahora tan grande, tan silenciosa, tan ordenada. Tan llena de hábitos. De sereno amor.
Pero ha llegado la primavera. Vendrán los paseos lentos por el Bulevar, el reposo disfrutando del sol en los bancos blancos adornados con cabezas de quimeras.
 Deberá buscar en los armarios y en los arcones ropa más fresca, más colorida. Y guardar las frazadas más pesadas y los acolchados.
Si. Ha llegado la primavera. Ha llegado la primavera otra vez. Una vez más.

Aquella primavera

Por Ana María Miquel

Eran un grupo grande de adolescentes de entre quince y veinte años, que tenían la suerte de poseer a un matrimonio, padres de varios chicos del grupo, que los acompañaban en cada una de sus propuestas o aventuras.
Con anticipación al Día de la Primavera, ya estaban organizando un picnic a la montaña. Sería la gran aventura, ya que llevarían una amplia carpa, pasarían la tarde, la noche y todo el 21 de setiembre de 1960. Ese grupo estaba formado por hermanos, primos y amigos íntimos de unos u otros. Algunos ya estaban de novios desde hacía un tiempo.
En consecuencia, la capitana del grupo, de acuerdo con el capitán (es decir, el matrimonio mayor) tenía todo muy bien organizado. Después de la cena, que consistió en papas fritas con huevos fritos hechos por tandas en una garrafa, se hizo una hermosa fogata y allí estuvieron con guitarras cantando hasta bien entrada la noche. A algunos ya se les permitía fumar en público o tomarse un vasito de vino.
Pero grande fue la sorpresa cuando llegó la hora de ir a descansar y el matrimonio se tiró en sus bolsas de dormir en el medio de la carpa.
—Las mujeres todas de mi lado- dijo la capitana.
—Los varones del mío- Afirmó el capitán.
De esa manera, se aseguraban que no hubiera ningún entrevero entre la concurrencia o malos entendidos o consecuencias nefastas dentro de unos meses.
Transcurrió la noche sin sobresaltos y amaneció un día esplendoroso, desayunaron y partieron a pescar. El capitán enseñaba cómo tirar la línea, cómo colocar la carnada. Era un hombre conocedor del tema, pero algunos de sus alumnos no acertaban en nada. Inclusive, “Ella” cuando le tocó el turno tiró todo al agua: el riel, el anzuelo, la carnada. Fue una sola carcajada y no la dejaron pescar más. A “El”, le ocurrió otro tanto.
En consecuencia, se dedicaron a mirar a los otros y a conversar entre ellos. Siempre andaban juntos y las miradas decían más que las conversaciones. Algo había, pero lo que fuera, sería imposible: eran primos.
Pero a ellos no les importaba. “El” ya había hecho las averiguaciones del caso y sabía que no habría inconvenientes en una futura relación que terminara en casamiento.
Fue así como en la tarde y alejados del grupo, “El” le leyó un texto de Rabindranath Tagore: “Querría decirte las palabras más hondas que tengo que decir; pero no me atrevo, no vayas tú a reírte. Por eso me río de mí mismo y deshago en bromas mi secreto. Sí, me estoy burlando de mi dolor, para que no te burles tú.
Querría decirte las palabras más verdaderas que te tengo que decir, pero no me atrevo, no vayas a no creerme. Por eso las disfrazo de mentira, y te digo lo contrario de lo que quisiera decir. Sí, hago absurdo mi dolor, no vayas a hacerlo tú.
Querría decirte las palabras más ricas que guardo para ti; pero no me atrevo, porque no vas a pagarme con las mejores tuyas. Por eso te nombro duramente y hago alarde despiadado de osadía. Sí, te maltrato, de miedo que no comprendas mi dolor.
Querría sentarme silencioso al lado tuyo; pero no me atrevo, no se me vaya a salir el corazón por la boca. Por eso charlo y disparato y me escondo el corazón tras mis palabras. Le pego a mi pena rudamente, no vayas a pegarle tú.
Querría irme de tu lado; pero no me atrevo, no vayas a conocer mi cobardía. Por eso llevo alta mi cabeza y paso como distraído junto a ti, que con el rayo constante de tus ojos renuevas siempre mi dolor.”
Con ese texto, “Él” se atrevió a decir las palabras que no podían salir de su boca. “Ella” las recibió con mariposas en su cabeza y su corazón. Iniciaron un noviazgo que duró varios años, y fue aprobado y querido por ambas familias. El final, solo ellos lo conocen.

Biblioteca Popular "Homero"


Por Juan José Mocciaro
juanjosemocciaro@gmail.com

La Biblioteca Popular Homero se encuentra enfrente de donde yo nací, Vélez Sarsfield al 900. Fundada el 2 de setiembre de 1936, en su nacimiento se encontraba en la esquina de Gorriti y Santa María de Oro, frente al Colegio “Boneo”, para luego mudarse a la actual dirección. Desde muy pequeño me cruzaba y comencé a leer especialmente los libros de Emilio Salgari, Julio Verne, donde la imaginación me transportaba a los lugares fantásticos de los relatos.
El encargado de abrir y cerrar la puerta de entrada era José Zgarbik, un descendiente de checoslovacos que había realizado la carrera de cura en la congregación del Lasalle, pero cuando tuvo que dar los votos finales desistió para volver a la vida pública. Trabajaba en Agua y Energía como jefe de Grandes Medidores. Era gran lector y amante del cine, nos contaba que llegó a ver hasta cuatro películas por fin de semana. Otra pasión era hacer crucigramas del diario “La Nación” en minutos y, por sobre todo; campeón rosarino de ajedrez. Don José marcó la vida de muchos niños del barrio, sus pasiones fueron una verdadera referencia, que aún hoy en mi caso cultivo.
A todos los jóvenes de la biblioteca, nos enseñó los primeros pasos del juego ciencia, organizaba torneos permanentemente y se había transformado en un deporte que no veíamos la hora de que abriera la biblioteca para poder jugar diariamente.
A raíz de un torneo interno que se realizó, le pedimos a la Comisión Directiva que compren premios y no tuvieron mejor idea de mandarnos hablar con los directivos de la Caja de Crédito Arroyito, que se encontraba en Avenida Alberdi y Vélez Sarsfield. Su presidente, Jaime Kreimer, nos recibió muy amablemente y nos dijo: “No hay problema nosotros les regalamos los premios para todos los participantes, pero les quiero hacer una pregunta: ¿el local de la biblioteca es propio o alquilado? Le respondimos que no podíamos contestar, porque desconocíamos en qué condiciones se encontraba la misma. Entonces, nos respondió que les dijéramos a los miembros de la Comisión Directiva que fueran a hablar con él. Así hicimos y, cuando los directivos fueron a la Caja, les entregó un crédito para poder comprar el local actual.
Todos los vecinos comentaban que cuando no estuviera más Zgarbik la biblioteca cerraría; pero se dio todo lo contrario, cuando sucedió lo peor, se hizo cargo una nueva comisión directiva con muchos jóvenes, que nos habíamos formado en esa entidad y que queríamos devolverle algo de todo lo que nos había dado.
Diariamente, pasaba con su auto un empresario que tenía una fábrica de café y especias muy importante de la ciudad a pocas cuadras y siempre nos preguntaba cuántos socios teníamos. “Aproximadamente 500” le contestamos y le explicábamos que el local era muy chico y no había lugar físico para albergar más socios. Un día el presidente, Héctor Ortolani, jubilado ferroviario, me llama y me pide que lo acompañe a una entrevista con ese empresario que lo había citado a sus oficinas. Acudimos y mientras se desarrollaba la misma nos dice: “Yo les voy a realizar una donación”. Pensamos que serían algunos juegos de ajedrez o libros, ya que nos tenía acostumbrado a ello. “Les voy a donar la casa lindante a la biblioteca”, dijo. Quedamos mudos con el presidente y no entendíamos nada. Entonces nos dijo: “Averigüen si la casa de al lado se vende”.
Salimos caminando por calle Vélez Sarsfield y no podíamos reaccionar de lo que habíamos escuchado, la casa se compró y pasamos a duplicar los metros cuadros. El día de la inauguración pusimos una placa, porque queríamos que figure el nombre del empresario que había tenido este gesto y nos dijo: “Pongan el nombre de mi padre que se sentiría orgulloso de lo que hice”.
Pasamos a tener 800 socios. En poco tiempo, la biblioteca tomó un nuevo rumbo debido a que en el barrio existen 12 colegios, a menos de doce cuadras a la redonda, y se les ofrecía a los estudiantes los libros de textos para todo el año escolar.
Fue tan grande la repuesta de los vecinos que otra vez quedó chico el lugar y, con unos ahorros que teníamos, se construyó el primer piso para darle más comodidad al socio; y hoy podemos decir con todo orgullo que se duplicó la cantidad de socios, siendo actualmente un ejemplo cultural para el barrio.

Papeles olvidados


Por Susana Oliveira

… las tardías notas que no
leerán los pocos días
que me quedan…
 (Jorge Luis Borges, “Las cosas”)


Cuando tuvimos que vender la casa de mis abuelos paternos después de la muerte de ambos y después de haber estado cerrada por años, me traje un viejo arcón de madera tallada lleno de cartas que estaban borrándose con el paso del tiempo. Entonces, de esto hace unos diez años, traté de leerlas, de ordenarlas, de descifrarlas… Era un trabajo realmente grande, había algunas que se deshacían al tocarlas; en otras, no entendía la letra. Decidí que cuando me jubilara me ocuparía de esa parte de nuestra historia familiar. Olvidé las cartas, a pesar de que el arcón está en un lugar bien visible en mi casa. Y hoy, gracias a Borges, y a mi intención de recobrar el pasado y dejárselo a los más jóvenes, las he sacado del olvido.
Transcribo algunas.
Mi abuelo se llamaba José María Aguirre.


Agosto, 25 de 1892, Hacienda de San Pedro
Sr. José María Aguirre

Mi inolvidable hijo:
Ayer tuve el gusto de recibir tu cartita después de tantos años que no tenía noticias de ti, así que me apresuro a contestarte.
Mucho he sentido los infortunios de tu vida y espero que esas peripecias que has sufrido te enseñen a hacer el bien, a ser un hombre honrado, juicioso y trabajador.
Nosotros hace dos años que nos vinimos a la Hacienda de San Pedro por el trabajo de González. Tu cartita me la trajo tu hermana Delfina que quedó en la casa de Santiago. Te ruego que toda la correspondencia me la mandes a la Hacienda.
Tu carta… No te puedo decir la alegría al tenerla en mis manos… No la podía abrir, temblaba toda. ¿Y si eran malas noticias? Hijo ¿cuánto hace que partiste? ¿cuánto, que no tengo noticias tuyas? No sabía si estabas en Chile, si habías cruzado a Mendoza, si estabas sano y bien.
Negro querido, cuando empecé a escribir, me propuse no hacerte ningún reproche. Perdóname. Aquí termino.
No me decís nada de tu pellizco. Debe estar hecha una señorita. ¿Cinco años ya? Dame noticias de ella. Tu cartita guarda silencio.
Me pides permiso para seguir llamándome Madre… siempre en mi recuerdo, en mi añoranza y en mis oraciones te seguí llamando Hijo. Eres mi hijo bien amado, a pesar de tu partida que me dolió tanto. Nunca dejé de llamarte hijo, hijito, siempre, siempre soñado y siempre esperando tu regreso.
Sí, deseo que me escribas lo más pronto posible y…no sólo que me contestes sino que me digas que vendrás a verme.
Recibe un cariñoso abrazo de tu vieja enferma y que ya para nada sirve.
                                   María A. de González


Diciembre 14, de 1893. Hacienda de San Pedro
Sr. José María Aguirre

Mi negro querido:
Hemos recibido tu encomienda. ¡Qué alegría! ¡Cómo hemos saboreado tu rica encomienda! Ya nos habíamos olvidado del sabor de la fruta. Ayer ocupamos las últimas naranjas en unos helados para el viejo porque era el día de su santo…
Bueno, al recibir tus otras cartitas anteriores no le dije a González que había tenido noticias tuyas, tenía miedo de que reaccionara mal, pero era tanta la alegría de todos cuando llegó el paquete con tantas cosas ricas que ya le conté todo de vos.
Se puso contento al saber que estás bien y progresando con tu taller. Tal vez tengas un tiempo libre y te puedas hacer un viaje con tu Sarita… debe estar tan hermosa ese pellizco, sobre todo si se parece a vos, mi querido.
González me dijo que te invitara a venir. Dice que está todo olvidado y que él te siente su hijo y que siempre te ha sentido así a pesar de que no lleves su apellido.
Tu verdadero padre –aunque nunca te reconoció- ha dejado en su testamento un dinero para vos y también una finca en San Pedro. Yo no me entiendo de esas cosas pero González ha prometido llevar el testamento a un abogado y hacerlo cumplir. “Ese muchacho tiene que disponer de lo que le pertenece”, me ha dicho el viejo. Así que no bien tenga noticias, te escribiré.
Te prohíbo preocuparte por mi salud, estoy mucho mejor… El clima seco de la Hacienda me ha hecho muy bien, y ya casi no tengo problemas con mis viejos pulmones. Tal vez, me traen algunos problemas mis viejos ojos, pero todavía puedo leer tus cartitas.
Tu afectísima.
María Aguirre de González
                 

Febrero, 25 de 1894, Hacienda de San Pedro.
Sr. José María Aguirre.

Mi querido hijo:
Hace unos pocos días recibí una carta tuya desde Alto Verde, provincia argentina de Tucumán pero me decías que no te escribiera allí porque estarías por poco tiempo. Que volverías a mudarte, esta vez a Rosario, que creo que es más importante que Alto Verde. Y seguramente mejor para tu fábrica de maniquíes.
Por favor no me dejes sin noticias tuyas, escríbeme en cuanto te ubiques en Rosario. De todas formas te mando ésta a la dirección que me das en Alto Verde.
Tengo muchas noticias para vos. González se entrevistó con el abogado por lo del testamento de tu padre y parece que todo está encaminado, pero tendrías que hacerte un viajecito acá, a Chile, para hacer toda la documentación. No me parece bien que no quieras aceptar lo que te corresponde. Él no se ocupó de vos en vida pero el dinero y la finca pueden ayudarte para encausar tu destino y el de Sarita.
Muchas veces pienso que no debiste escapar con el bebé después de la muerte de la mamá en el parto, que no te la podían quitar los familiares de la mamá por más que fuera gente muy importante (vos eras el padre y también tenías solvencia) y que además debiste hacer frente al enojo de González porque no habías hecho las cosas bien, no te habías casado y repetías así tu propia historia. Tendrías que haber solucionado las cosas acá, en tu Chile, donde todos te amamos. Acá podríamos haberte ayudado, haberte dado trabajo y casa para vos y tu pellizco y no que fueras a ganarte la vida sólo con tus manos hábiles en un país extranjero. ¡Qué diferente hubiera sido todo para mí! Hubiera disfrutado de vos, mi querido, y de mi nieta. ¡Cómo ansío conocerla! ¿Podré llegar a verla antes de quedar ciega?
Otra noticia importante es el próximo casamiento de Delfina. Se casa con el sobrino menor del viejo; le lleva unos cuantos años pero no tantos como para no poder ser feliz con él. Todos estamos contentos… ¡Qué daría porque pudieras venir a la boda! Pero sé que estás con un montón de planes para organizar tu vida en Rosario.
Recibe un saludo de todos y un abrazo de tu madre,
                               María Aguirre de González


Abril 27 de 1895, Hacienda de San Pedro
Sr. José María Aguirre

Querido, amado, inolvidable hijo:
Me perdonarás la letra… casi no veo y esta es la última carta que te escribo. Delfina, que está viviendo con nosotros en la Hacienda después de su boda, me prometió que ella escribiría lo que yo le dictara. Será así.
El tiempo ha pasado y no hemos encontrado solución. Sabés que me haría muy feliz poder dar cumplimiento al testamento. Me dice el viejo que habría una manera de terminar la documentación sin que vengas a Chile, donde está tu familia. Me explica que se tendría que hacer por poder, con un abogado de Rosario. Veré que te aclaren cómo es eso… Pero ¡qué bueno sería que te hagas un viajecito pronto!
Qué feliz me hizo saber que has conocido en Rosario a una bella mujer de la que te has enamorado y con quien te vas a casar…González cree que era hora que formaras un hogar y que eso lo pone muy contento. Me decís que tiene quince años… ¡qué joven! Vos, treinta y dos, si saco bien la cuenta. Basta con lo que me decís, que es cristiana, muy buena, muy trabajadora y muy hermosa y que además, ama a tu pellizco. Sé cómo has luchado por esa niña…Tu matrimonio era lo que te faltaba para rehacer tu vida, tendrás otros hijos y podrás criarlos a todos junto a Sarita. Ahora más que nunca debes recibir lo que te corresponde para poder organizar tus cosas.
Me gustaría conocer a Isabel, tu prometida. ¿Sería posible que me mandaras una foto de los tres? Debes estar tan hermoso con bigotes, como me cuentas que te has dejado… Y Sarita… me la imagino con sus largas trenzas negras. Pero tiene que ser muy pronto, la ceguera avanza tan rápido…
Tengo una ilusión en mi vida… poder verte a vos, a tu futura esposa y a mi nieta… Dios me ayude a lograrlo.
Amado hijo, siempre, siempre estaré con vos
                              María Aguirre de González




Hay muchas otras cartas y con ellas algún día completaré la historia de José María, Isabel, Sarita y los siete hijos que tuvieron, entre ellos, Carlos, mi padre.

El jardín interior

Por Ana María Miquel

Yo creo que todos tenemos un “jardín interior”; es decir, dentro de nuestro cuerpo, mente, espíritu y psiquis, hay un lugar especial, que yo lo llamo: “jardín interior”. Para mí, ese jardín interior está ubicado donde se encuentra el Alma. El jardín interior es la casa o la residencia del Alma. Es lo que nos hace ser lo que somos; porque allí residen todas las cosas que nos hacen bien y nos gratifican o que nos golpean y nos hacen mal: el amor, la lectura, la pintura, los sueños, las frustraciones, los enojos, el dolor, la pasión y la fe.
Pero resulta que ese jardín, según las personas, puede estar en distintas condiciones. Puede ser humilde, pero estar muy iluminado y limpio. Puede estar lleno de flores, que su dueño protege y cuida diariamente. Puede ser una selva llena de telas de araña y alimañas. Puede ser un desierto. Puede ser un témpano de hielo. Puede ser un lugar tapialado de tal manera que nadie pueda llegar. Puede ser una hermosa y fértil llanura con fácil acceso.
Sea lo que sea y esté en las condiciones en que esté, ese jardín es privado, íntimo, solamente de su propietario y nadie tiene llegada a él, a no ser que el propietario dé la autorización o, sin querer, alguien descubra la llave e ingrese sin ser llamado.  
Cuando esto último ocurre, ¡qué desastre! Uno queda desamparado, desnudo, con todos sus secretos, gustos, necesidades, ilusiones, proyectos, tristezas, desencantos y sueños a la vista del intruso.
Lo más lamentable de todo es que el propietario, a lo mejor sin querer, sin proponérselo le dio acceso a otra persona o esa otra persona estaba al acecho para saber en qué momento meterse en el jardín interior del otro. Por supuesto que no llega a darse cuenta de lo trágico y nefasto de su intromisión. O, a lo mejor, lo sabe y no le importa.
Pero el dueño del jardín interior que fue invadido se tira en el piso a llorar su pena y decide levantar grandes paredes para que nadie pueda llegar a su esencia, a su intimidad, a sus sueños.

Para los budistas, hay personas que simbolizan puentes, entre uno y otro ser humano. Para los que no somos budistas, directamente somos unos ilusos por abrir la puerta a quien no corresponde.

El Loco

Por José Mario Lombardo

Frente al hospital vivía uno de mis tíos, hermano de mi padre. Su casa ocupaba el frente de un lote bastante amplio que tenía unos 50 metros de fondo. Como no había cloacas, el pozo negro, por una cuestión de higiene, se había ubicado lejos de la vivienda. Sobre el mismo pozo se había construido la letrina, que era el baño de la casa.
Entonces, sobre el fondo del terreno, en el rincón Oeste, se encontraba la letrina, mientras que en el Este había un palomar.
El palomar era una especie de cilindro de mampostería de unos tres metros de diámetro por unos cuatro o cinco metros de alto. Tenía una sola abertura que permitía la entrada por una pequeña puerta y no tenía techo. En su interior, sobre el muro circular, se encontraban recintos rectangulares también construidos de ladrillo en los cuales las palomas hacían su nido.
No recuerdo haber visto otro palomar de ese tipo en el pueblo. Siempre me resultó extraña su existencia en ese lugar: Blanco, encalado, con sus revoques rugosos, semejaba la torre de un castillo sin castillo, sin fosos ni ventanas. Cada vez que iba a esa casa, era inevitable mi entrada al palomar, que tenía el piso acolchado por el guano de las palomas, un sordo palmotear de alas y una nube de polvo mezclada con piojillo.
Un día, con mi padre, nos trajimos un casal de palomas. Eran muy pequeñas. Un macho y una hembra y nos dimos a la tarea de criarlos. Estaban muy débiles, quizá por eso, la palomita se murió a los tres o cuatro días. Quedó el palomo, que fortalecido y adaptado a su nueva vivienda comenzó a crecer en medio de la familia, comía el mismo alpiste del canario y de a poco hizo migas con “El Negro”, que era el gato más ladino del mundo.
Como el gato tenía nombre: “negro”, decidimos ponerle nombre al palomo, entonces después de una encarnizada discusión en la que intervino toda la familia, algún tío, y varios vecinos, optamos por el nombre que seguramente le correspondía y que el aprobó de inmediato: “Loco”.
En la cocina teníamos la radio, que era eléctrica a lámparas con su frente esterillado, protegido por varillitas horizontales de madera lustrada. Tenía onda corta, onda larga y le habíamos colocado una antena en el techo para evitar las descargas. En esa radio escuchábamos el noticioso del mediodía, el radioteatro de la tarde, y por la noche, algún programa musical. Con ese aparato también compartimos por Radio Colonia sintonizada por mi padre o Radio del Estado por mi tío, gran Peronista, los sucesos de aquellos inolvidables días de setiembre del 55.
Fue antes del 55 que un día, “El Loco” se paró sobre la radio. No sé si estaban pasando el noticioso, pero estoy seguro de que la radio estaba encendida. Era cerca del mediodía, pues estábamos por comer. “El loco” entró por la ventana, planeó bajito y se posó serenamente sobre el aparato. Estuvo un rato allí mientras almorzábamos para después, como si hubiese estado escuchando las noticias, darse por satisfecho y salir por donde había entrado. Desde ese día, sin que nadie se lo pidiera, nos visitó diariamente a la hora del almuerzo. Si la radio estaba encendida, se paraba sobre ella supongo que para enterarse de los acontecimientos del día.
Nunca lo encerramos, él hizo su vida libre yendo y viniendo como alguien más de la casa, además nunca tuvo problemas con “El Negro”, gato ladino, que lo miraba deambular por el territorio como si alguna vez le hubiese otorgado su permiso.
Éramos muy amigos de nuestros vecinos. Compartíamos las fiestas, los cumpleaños y casi siempre, a la hora de comer, alguno de ellos nos visitaba para charlar o muchas veces para dirimir discusiones que solían tener sobre tal o cual cosa, como por ejemplo la cantidad de sal para curar las aceitunas, la edad de los conejos o el nombre completo de Belgrano.
Un día llegó el José, uno de los vecinos. El José siempre usaba gorra visera. Se sentó en la silla del rincón, porque a comer ellos no aceptaban. Venía a ofrecernos una rifa del club. Nos sorprendimos cuando entró “El Loco” y se paró en su cabeza. Sobre la gorra. Entonces, desde aquel día, quien se sentase con gorra en la silla del rincón, gozaría del privilegio de tener al “Loco” sobre su cabeza. (Siempre sospechamos que “El Loco” les adivinaba el pensamiento).
Cuando mi padre partía para el trabajo a eso de las ocho de la mañana, “El loco” lo acompañaba hasta la puerta de calle. Allí, se quedaba hasta que lo veía doblar en la esquina. Después, comenzó a hacerlo a lo largo de la cuadra, volando de rama en rama o de pilar a algún tapial, para finalmente suspender su camino en el cartel del almacén del barrio.
“El Loco” se había acostumbrado a comer alpiste, por eso le pusimos una tapita de dulce sobre la rinconera de la cocina donde él sabía que estaba su ración diaria, de manera que cada tanto entraba a picotear unos granitos para luego hacer sus visitas a los patios vecinos.
Un día, de vuelta de su labor, al mediodía, mi padre comentó que “El Loco” lo había acompañado hasta la entrada del trabajo y que se había quedado parado sobre el cartel del negocio. Todos pensamos que era otra de sus maneras de demostrar su cariño hacia nuestro grupo familiar. Para celebrarlo, le pusimos en la tapita de dulce doble ración de comida. Pero ocurrió que “El Loco” no apareció a comer en todo el día ni al día siguiente ni al otro. Fue así como pasaron los días y nuestro mágico compañero no volvió con nosotros. No podíamos entender el motivo de su ausencia pero con el tiempo nos dimos cuenta de que su último gesto acompañando a papá había sido su despedida. Allí quedó entonces, sobre la rinconera, la doble ración de alpiste que nadie se atrevió a tocar.”El Loco” seguramente había encontrado compañera y naturalmente, como buen bicho libre, había volado buscando una nueva vida. Nadie es dueño de la vida del otro, no hubiera sido justo que al loco lo tuviéramos en una jaula o con las alas cortadas. Todos somos libres de volar hacia nuestro horizonte soñado. “El loco”, al fin y al cabo, habría encontrado su lugar en el mundo; por eso, a pesar de extrañar su presencia, nos contentamos con desearle una buena vida y recordar con cariño sus simpáticas e inesperadas actitudes.
Pasó el tiempo. Casi un año. Un buen día, para nuestra sorpresa, “El Loco” entró por la ventana. Primero. se paró sobre la radio que estaba apagada, después saltó hasta la rinconera donde aún estaba la tapita con alpiste, comió unos granitos y se fue. Se fue y nunca volvió.
Nos quedamos asombrados. No podíamos comprender que una paloma, luego de un año, nos siguiera recordando o acaso ubicando su antiguo hogar, sus lugares predilectos y hasta el lugar donde comía.

Ese día, “El Negro” estaba durmiendo en el umbral de la puerta. Cuando “El Loco” apareció, seguramente su instinto felino lo despertó. Lo miró hacer como de costumbre. Después, cuando lo vio salir por la ventana, se lamió una mano, se la pasó por esos ojos amarillos que tenía y se acomodó de nuevo para continuar la siesta. En él no cabía el asombro, el gato sabía, por ladino y por poeta, que al final siempre se regresa.

Primavera

Por Nilda R.Tuan

Setiembre, primavera, estallido de la naturaleza, brotes, colores por doquier.
Hago una relación con la adolescencia y juventud; pero que se puede trasladar a la madurez, ya que se siente, a través de todos los sentidos, la llegada de esta estación, sin importar edades.
Y aparece la etapa de mi vida de los quince a diecisiete años.
¡Mis quince años! No quise fiesta. No tenía muchos amigos, pero había logrado, cursando el tercer año comercial, compañerismo y amistad entre la minoría de mujeres y la mayoría de varones; a través del tiempo, “los chicos del Comercial”.
No había competencia. Ellos hacían las averiguaciones. Si saldríamos de excursión, organizaban “los asaltos” en alguna casa, en San Lorenzo, sede del único Colegio Nacional.
Por supuesto, en el lugar de la reunión, se encontraban presentes los padres dueños de casa. Por lo general, las mujeres nos encargábamos de elaborar gustosamente los comestibles. La música con tocadiscos, era el rock, que a pesar de no ser tan habilidosos, nos defendíamos bien bailando, imitando lo visto en películas.
Al terminar, a veces nos venía a buscar en colectivo algún padre; pero no lo hacíamos muy tarde. Nos sentíamos protegidas también por nuestros compañeros.
¿Y los picnics para el día del estudiante? Solicitaban permiso, creo, las autoridades del colegio, para realizarlos en el espacio libre, especie de camping, club del Batallón Arsenal en Fray Luis Beltrán. Me parece que había una cancha de fútbol, tenis y una pileta, que no estaba habilitada en ese tiempo. Había una gran arboleda y caminos. No se podían dañar los árboles ni llevar cámara fotográfica.
Era bastante numerosa la concurrencia de jóvenes y se iban formando grupos entre los conocidos. Los encargados de hacer el asado eran los varones. Casi siempre mientras lo preparaban comíamos sándwiches y bebíamos gaseosas. La mayoría de las veces el plato principal salía crudo adentro y quemado por fuera. Aún así era divertido.
Después de “almorzar” nos acercábamos a una pista de baile, pero algunos no nos quedábamos mucho tiempo y seguíamos paseando.
Con Martha, pasamos en el mismo turno, a la sección anexa normal, cursando el cuarto y quinto año con alrededor de treinta y cinco mujeres .Cada tanto, organizábamos “asaltos” para recaudar fondos pro- viaje de estudios, que en esa época aún no era Bariloche. Pero, finalmente, nunca lo realizamos.
Esas reuniones eran más abiertas, con tarjetas de invitación, en salones prestados y con bastante concurrencia. Cambiaba el objetivo y entonces no se disfrutaba como antes.
Solo rescato como muy positivo el conocer a un joven de Rosario, que por un tiempo nos acompañamos en esos asaltos, incluso en el baile de graduación. Pero, hasta ahí nomás. Evidentemente, con diecisiete años, éste para mí, primer enamoramiento, no prosperó. Pero sí, reitero, guardo un grato recuerdo.

La casa de mis abuelos

Por María Victoria Steiger

No me acuerdo cómo viajamos.
Vinimos a visitar a mis abuelos. Los padres de mi papá que eran de Rosario como él.
Yo les había contado que por trabajo vivíamos en Mendoza.
Mi mamá se quedó con mis hermanas.
Viajamos: las dos “mayores” con papá.
La casa… impresionante.
Teníamos que portarnos como nenas educadas. Las recomendaciones: lavarse las manos, no levantar los codos al usar los cubiertos, comer con la boca cerrada y mucho más.
Claro, el viaje era largo y pasamos unos días acá.
Conocimos un montón de primos. Algunos mucho mayores y otros casi de nuestra edad.
Mi papá tenía cinco hermanos cuatro mujeres y un varón, que era el tercero.
Por supuesto, recorrimos toda la casa. Nosotras con papá paramos en el tercer piso, donde vivía mi tía sola. Daba a la terraza y ella tenía sus plantas y mi abuelo dos pajareras enormes, una con canarios y otra con unos pájaros negros muy lindos, pero que gritaban un montón.
En el segundo piso, vivían mis abuelos y, como en una suerte de departamento aparte del mismo piso, había dos habitaciones y baño para mis tíos –el hermano de papá y su señora– y sus dos hijos.
En el primer piso o planta baja, que fue lo que más me impresionó, había una sala enorme con un piano de cola, que tocaba mi abuela tocaba, y algunos sillones. Esa sala tenía una puerta que no se abría hasta la hora de las comidas. Era de madera y vidriecitos de muchos colores, me dijeron que se llamaba vitral, muy linda.
En la misma planta, se hallaba el escritorio de mi abuelo al que entré creo que una vez.
La hora de almorzar en general en éste viaje fue de conocer la casa de los otros tíos abuelos y de las otras hermanas de papá.
¡Ah, otra cosa! La casa tenía sótano. Mi abuelo me llevó una vez. El iba al mercado y traía las verduras y otras compras que hacían falta y como yo pregunté por la cocina, ¡me la mostró y me dijo que no era lugar para chicos! Nunca más bajé, pero me hubiera gustado investigar más.
La cena siempre era en casa, ¡y bajábamos bañadas y cambiadas, muy coquetas!
Desde el primer día, la mesa era para mí un espectáculo. Les cuento: copas para agua transparentes, las copas de color para el vino blanco y otra para el vino tinto.
Bueno con estas cosas, copas altas tenía un problemón. ¡Cómo hacer para no romper nada! Fue complicado pero me salió. En todos los días que pasamos, no rompimos nada.
Claro, en casa, en Mendoza, no es que viviéramos como indios: pero usábamos vasos comunes y siempre había algún modelo distinto, porque rompíamos fácilmente. Teníamos copas pero se usaban para los mayores cuando había fiestas.
La comida era muy rica y variada, parecida a la de casa pero… primer plato, segundo plato y postre eran como mucho. Yo comía bien; pero pedía un poco menos de todo por que no se podía despreciar ninguno.
Este fue un viaje inolvidable. De vuelta en casa, las dos contábamos de todo al mismo tiempo. Yo, especialmente, quedé impresionada por dos cosas: mi abuelo que cuando terminaba cada comida preguntaba en vos muy alta: “¿Quién quiere un par de huevos fritos?” Después de semejante comida todos se reían con gusto. La otra cuestión que me llamaba la atención era la mesa puesta con todas las copas, que para mí eran de una luminosidad enorme.


viernes, 12 de septiembre de 2014

Rastra, bombacha y botas‏

Por Norma Azucena Cofré

En la cordillera, zona agreste y fría, vivía Balsamino, un hombre muy especial, chileno de nacimiento, lindo hombre, buen porte, tez muy blanca y pecosa.
Comerciante nato, prepotente, dominante, enamoradizo. No dejaba polleras sin que se enredara en ellas, de las cuales tuvo tres hijos.
Se dedicaba a la cría de ganado bovino, ovino y caprino. Manufacturaba sus carnes haciendo charquis, curtiembre de cueros, hilado de lanas de oveja y chivos. Vendía o hacía trueque por aguardiente y demás productos de su interés para hacer la misma operación aquí en Argentina.
Cecilia, su mujer, también chilena, no era tan agraciada, pero tenía porte. Era perfecta para él: humilde, sumisa, condescendiente.
Tuvieron siete hijos entre mujeres y varones. Los varones trabajan con el padre y las mujeres con la madre.
¿Por qué Balsamino era especial? Cuando traía una de "sus" amante a la casa, llamaba a la Cecy y le decía: “Prepárese unas churrascas al rescoldo con quesillo y mate y sírvale a la señora”. Y... que ni se le ocurriera a la Cecy decirle o insinuar algo. Tenía el arreador al lado, un lazo de tientos de vaca, que mamita si te daba un azote. Luego, le decía: “Deléitele el oído a señora con su canto”. Cecy tomaba la guitarra y cantaba, con resignación y tal vez...
Tuvieron una familia muy buena y honesta, porque a pesar de todo lo vivido Balsamino en el fondo eran bueno y amaba su familia; pero como él era tramposo pensaba que todos eran iguales. Las hija iban a la escuela de noche y él se disfrazaba para ir a controlarlas a la salida.
Balsamino y Teobaldo, su hijo mayor, cruzaban la cordillera para hacer sus negocios con paisanos del país trasandino.
En uno de esos viajes, Teobaldo conoce y se enamora de una de las hijas del comprador de su padre, la mimada Telma, a la que le promete una pronta visita y casamiento.
Teobaldo regresa muy enamorado, piensa la forma de volver a buscarla pero Balsamino no debía saber nada.
En complicidad con su hermano Orlando y convencido del amor de ambos, idea la huida de su casa.
Para no levantar sospechas una mañana como tantas otras, los hermanos comienzan su tarea, Balsamino salía más tarde. Teobaldo se despide de Orlando y, le dice: “No sabes nada de mí, solo que me fui”.
Teobaldo llega a Chile, busca a Telma, se vienen a Argentina. El casamiento legal fue como a los 20 años de convivencia y, de esa unión –que según Teobaldo, Telma se enamoró de las bombachas, la rastra y las botas del gaucho argentino– nacimos ocho hermanos, cuatro varones y cuatro mujeres.
Una de ellas soy yo, Norma.

Siempre hay alguna cosa…

Por Ana María Miquel

Me veo sentada en un sanatorio, con mi yerno al lado, esperando el nacimiento de mi primera nieta mujer.
Se abre la puerta del ascensor y aparece mi hijo menor. “Mamá, en Mendoza te están buscando desesperados. La abuela se cayó ayer a la tardecita y se quebró la cadera. Esta noche la operan”.
Sentí que el mundo giraba a mí alrededor vertiginosamente y que hacia algún lado saldría despedida. ¿Quién me necesitaba más, mi hija o mi mamá? Mis deseos espontáneos eran quedarme con mi hija y su cargamento de vida. Pero allá tenía obligaciones morales y de hija que debía cumplir.
A la mañana siguiente, ya estaba en Mendoza y fui directamente al sanatorio. Cuando llegué la vi bien, contenta de verme.
“Me mandé una macana y no sé si Dios me perdonará ésta”, me dijo con cara de culpa. Ya mis hermanos la habían retado, porque había cometido una de sus tantas locuras. Con más de noventa años, seguía siendo libre e independiente como un caballo desbocado.
Me mostró la pierna “con el costurón” que le hicieron, era la primera vez en su vida que estaba internada. Ni siquiera lo había estado cuando nacieron sus hijos. Alguien me mostró la placa radiográfica y pensé: “No puede ser de otra persona más que de ella”. En primer plano aparecía un alfiler de gancho y unas cuantas monedas desparramadas. En el apuro o, por respeto, no le sacaron la bombacha al hacer la placa y salió reflejado su monedero privado. Una bolsita de tela prendida a la bombacha con un alfiler.
Mis hermanos me comentaron que por momentos desvariaba y hablaba cosas incoherentes. En ella no lo podía creer. Los que saben me explicaron que estaba bajo un shock que se produce en las personas mayores cuando se las saca de su hábitat para ser internadas. También me dijeron que la operación había salido muy bien, pero que estaba con una gran anemia y no quería comer.
En uno de los momentos de cordura y bajo mi insistencia, logró contarme cómo se había caído.
Ella vivía en su casa, bajo el cuidado, protección y atención de una mujer madura con aires de ama de llaves de un castillo inglés. Esta señora representaba para nosotros una gran tranquilidad, ya que sabíamos que estaba muy bien acompañada, entretenida y atendida solícitamente. Además, se encargaba de llevarla al médico, pagar impuestos y cualquier otro trámite que hubiera que hacer. Pero, por sobre todas las cosas, soportaba estoicamente el autoritarismo de una mujer de más de noventa años, acostumbrada a dirigir y a ser respetada.
En su vida, mi mamá tuvo una actitud sabia: fue desprendiéndose de todas las cosas materiales de valor que pudiera tener. En consecuencia, a la vuelta de los años, no le faltaba nada, pero vivía modestamente ayudada por los hijos varones. Inclusive le había hecho prometer a mi hermano mayor, que nunca la sacarían de su casa para enviarla a un geriátrico. De lo dicho, se puede deducir que ya no tenía nada de valor material, solo el dinero, que como dije, lo guardaba muy escondido y lo administraba de maravillas.
Pero sí, tenía algo que para ella era de muchísimo valor: enaguas.
Esa prenda íntima, tipo vestido, que ya casi no se fabrican y las mujeres mayores usaban para ir al médico. Tanto mis cuñadas como yo, cuando encontrábamos alguna se la comprábamos y mis hermanos la proveían de naipes para jugar a la canasta.
Tenía un amplio cajón de la cómoda con hermosas enaguas: enteras, de cintura, para uso diario, para el frío, para el calor y para ir al médico. Pero se le había puesto en su paranoia de vieja, que “la muchacha” le robaba las enaguas.
—Para qué las quiere? –le decíamos– si ya no se usan. ¡Además a ella no le entran!
—Pero las vende –nos respondía– o se las regala a la hermana del campo.

Y no había manera de hacerla entrar en razón. Una de las tardes en que estaba internada, conseguí saber cómo se había roto la cadera, contado por ella misma.
Le había inventado un mandado a “la muchacha” diciéndole que fuera a jugarle un número a la quiniela. Cuando se fue. Subió por una amplia escalera que daba a la habitación de la empleada, con su bastón y sus zapatones de piel, ya que sufría mucho el frío. Una vez en la habitación, revisó todo buscando sus enaguas, sin encontrar nada, volvió por donde había subido, sosteniéndose del pasamano y al llegar al último escalón se resbaló y cayó. Con tan mala suerte, que al caer empujó con el pie un gran macetón que se le vino encima y le pegó en la cadera.
Allí quedó tendida hasta que llegó la muchacha y como nada la amilanaba le dio la orden y el diagnóstico.
—¡Llamá a urgencias, me quebré la cadera!
Fue el principio del fin. Cuando levanté su casa, me traje y tengo guardadas todas las enaguas. ¡Trapos, con un gran valor afectivo!