miércoles, 9 de septiembre de 2020

Confesiones de una hembra despechada

 Mónica Mancini

 

Yo me declaro insatisfecha de la vida que llevo.

Me trajeron a este lugar siendo muy pequeña, me colmaron de mimos y de atenciones, mis primeros meses fueron los más felices. Ella me alimentaba con infinito amor, no me dejaba llorar ni balbucear un deseo, los adivinaba con solo mirarme. Recuerdo cómo entendía mis miradas: yo revoleaba mis ojitos, sacudía con encanto mis pestañas y, ahí, estaba ella, ávida por cumplir mis caprichos.

Él llegaba de su trabajo ansioso por encontrarse conmigo, me tomaba entre sus brazos y me decía palabras cariñosas, yo no alcanzaba a entenderlas, pero no me cabía la más mínima duda de que me transmitía su amor, su nostalgia por pasar todo un día sin mi presencia. Después, la interrogaba a ella sobre todo lo que había hecho durante el día, mis travesuras, mi alimentación, mis horas de sueño.

Cuando recibían visitas, yo era el trofeo que mostraban henchidos de orgullo. Las conversaciones giraban alrededor de la aventura que significaba tenerme en su casa. Hasta yo intuía que más de uno manifestaba un poquito de aburrimiento a través de un bostezo o de un cambio brusco de tema. Pero ellos parecían no notarlo, tan felices y orgullosos narraban apasionados los pequeños detalles de nuestra convivencia, que ignoraban airosos los mensajes subliminales que les enviaban sus invitados.

Ni hablar de nuestros viajes. Yo me acomodaba en el medio, cómoda. Elegía las paradas qué hacíamos. A mí me encantaba detenerme y conocer cada lugar, ellos accedían gustosos, me complacían y sabían muy bien qué hacer para tenerme contenta. Recuerdo con melancolía sus comentarios indignados cuando alguien me ignoraba o no se percataba de mi hermosura, de mi inteligencia. Qué tiempos aquellos de mi reinado.

Un día ella se fue presurosa, hasta emocionada, él la acompañó. Cargaron bolsos y me dieron algunas explicaciones insuficientes, en ese momento empecé a preocuparme. Me dije a mi misma que me debía tranquilizar, que yo era el eje de sus vidas, su lucecita, la razón de su existir… pero la inquietud no me abandonó del todo y no me equivocaba, para nada.

Pasados unos pocos días volvieron, pero no estaban solos, traían algo envuelto entre sus brazos, algo que parecía muy valioso, lo miraban con adoración y estaban pendientes de ese bulto oloroso, ruidoso. Además, una gran cantidad de objetos llenaron la casa, muy coloridos, muy puntillosos… hasta ocuparon mis espacios preferidos sin previo aviso, sin pedirme autorización.

Es así como empezó mi tragedia, como se dio inicio a mi decadencia, a la falta de popularidad en mi propio hogar. Parecía una pesadilla, pero no lo era, era la cruda realidad. Dejé de comer, escondía sus objetos más preciados, los miraba con desazón; pero parecía que habíamos dejado de entendernos, que hablábamos lenguas diferentes.

Repito y lo seguiré repitiendo una y otra vez: Me declaro insatisfecha con esta vida que llevo, mi rutina es recordar y recordar mi época de esplendor, y regodearme en los momentos felices. Pero, en fin, hoy por hoy aprendí a sentir un poco de felicidad cuando el “intruso” juega conmigo y me tira el palito para que se lo lleve y hasta me emocioné cuando me dijo “ba-bau” la primera vez. Hay que reconocer que tiene su encanto. 

Disimulando estos tiernos sentimientos, lo miro con indiferencia y me voy a dormir a mi “cucha” a continuar soñando con mi pasado glorioso.

1 comentario:

  1. Excelente, por momentos imagine el final pero también creí que era un hermanito. Hasta que ese final con tanta ternura me encantó. He escrito muchos relatos con voz de mascota.
    Muy bueno, un abrazo.

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