martes, 19 de mayo de 2026

Palabras cautivas

 Mónica Mancini

 

Buzón, estafeta postal, correo, certificada, expreso, vía aérea, telegrama, estampilla, cartero… Me pregunto si los millenials o la generación “Z”, tendrán idea del uso que le dábamos los Silver a todos estos vocablos.

La comunicación, emblema de la cultura y de la evolución, ha sido siempre un tema candente, en el que todos hemos estado pendientes para acceder a informarnos de hechos que suceden a distancia o simplemente de entablar relaciones con personas o instituciones que nos interesan.

La palabra escrita es gran protagonista de la historia, ya que ante el debut de la escritura se dividen los tiempos humanos y con ella la posibilidad de dejar testimonio de acontecimientos, transformaciones, datos, que sin duda nos ayudan a conocer el pasado y comprender mejor el presente.

Esta introducción es para incorporar a mi relato a las que fueron protagonistas en mi adolescencia, a las que esperaba con ansiedad todos los días cerca del mediodía :las cartas, de la mano de mi amigo el cartero.

Las circunstancias de la vida hicieron que, por cuestiones familiares, debiera vivir en la ciudad de San Miguel de Tucumán en los años setenta y tres y setenta y cuatro, en los que cursé cuarto y quinto año de la secundaria. Demás está decir lo duro que es para una adolescente irse a vivir a mil kilómetros de su familia, de sus amigos y, lo peor de todo, del novio.

La comunicación telefónica aún era con operadora y muy cara, tampoco había tantos teléfonos instalados y se utilizaba solo en casos de suma urgencia. Era reemplazado por el famoso y tan temido telegrama, el que tenía variados usos. Se enviaba cuando hacías un viaje y llegabas a destino, para enviar felicitaciones para un evento importante, el pésame en caso de fallecimiento y también te lo mandan aun hoy cuando te despiden de un trabajo o cuando renuncias a este. Su contenido debía ser breve y claro, el costo era por la cantidad de palabras y se contaban todas; es decir, destinatario, remitente, dirección. Si debías avisar que llegaste bien, terminabas poniendo solo “llegué”; para saludos, “felicidades”, tratando de expresar, en una o muy pocas palabras lo que deseabas comunicar.

Queda claro, entonces, que la comunicación casi con exclusividad era el intercambio epistolar, que en mi caso era sumamente fluido.

Para acelerar los tiempos, el modo de enviar la correspondencia era mandarla certificada o expresa, lo que implicaba un costo bastante más elevado que la carta simple, a la que le ponías un San Martin coloradito y la metías en el también colorado buzón. Esa demoraba hasta quince días, no daba, por lo que yo me manejaba con las más caras y los que me escribían también.

De esta forma, casi todos los días yo recibía una carta ya sea de mi novio, de mi hermana, de mis amigas y también las enviaba.

 

El buzón, ahora transformado en algo decorativo, era importante para nosotros. En mi niñez, donde repetidas veces íbamos a tirar las cartas en su interior, imbuida del realismo mágico, creía que existían túneles por donde las cartas se desplazaban solitas y llegaban a destino. No era loco, si pensábamos que un ratón era capaz de llevarse los dientes y dejarte dinero a cambio, y que tres señores volaban en camello para dejarte regalos.

Tanto el cartero de Tucumán como el de Rosario ya sabían la historia y, cuando eventualmente pasaban unos días sin correspondencia, hasta se disculpaban cuando veían el rostro de decepción ante la ausencia de noticias.

El cartero andaba con un bolso de cuero, en general gastado, zapatos como para aguantar la caminata y casi siempre se anunciaba con el grito: “carteroooo”. En el caso de nuestra familia en los tiempos de mi exilio era bien recibido, pero muchas veces las notificaciones que traía daban disgustos, multas, impuestos, cedulas de intimación, cuentas a pagar y debía aguantarse las malas caras y, a veces, hasta se la tomaban con él por ser el mensajero.

En mi barrio, el mismo cartero estuvo más de veinte años; recorría unas cuantas manzanas y solía aceptar un mate o un cafecito, según el clima, en un intervalo de su trabajo. Como otros servidores públicos formaba parte de la cotidianeidad del paisaje, en una época en que los rostros tenía nombre y nos involucrábamos con la historia de cada uno.

Muchas veces el cartero, Rubén, si abrías la carta rápido, se quedaba a esperar y preguntaba si tu cara manifestaba preocupación…¿una mala noticia?¿Esta todo bien? Y de esa manera compartías con él algo que estaba pasando en la familia: una enfermedad, un viaje, un nacimiento.

Bolso colgado del hombro, zapatos gastados, uniforme del Correo, siempre varones… Muchos años persiguiendo esa imagen, ese bolso mágico capaz de cambiarte la vida con un nuevo trabajo, con una ruptura amorosa o con la peor de las noticias.

 Esas palabras prisioneras en un sobre que podía ser perfumado, entelado o con una inscripción en el frente eran capaces de cruzar el océano y conectar a aquellos que un día tuvieron que alejarse tanto para armar su vida en otros países.

 Palabras cautivas que eran liberadas con esperanza o con temores, capaces de entrelazar corazones o romperlos, palabras que de mano en mano iban llegando a destino, protagonistas de novelas, de canciones, de historias como la que yo estoy compartiendo en estos momentos con amigos, que seguramente conservan entre sus recuerdos alguna carta que le cambio la vida.

Stop, cambio y fuera.

 

 

Los niños de antes, los niños de ahora

 

Raquel Arroyo

 

¿Los niños no juegan? Sí, Los niños juegan, pero no tienen juguetes.

¿Los niños no tienen juguetes? Sí, los niños tienen juguetes, pero no tienen imaginación.

Los niños tienen imaginación, pero la aplican distinto. ¿Distinto a qué? A como la aplicaba yo cuando era niña.

Este soliloquio no me lleva a nada, o mejor dicho me lleva a mi infancia. Pasa que ya no veo niños con juguetes en las calles. No hay nenas con cochecitos paseando tiernos bebotes. Ni nenes armando un fuerte indestructible en la vereda, con soldaditos de plástico rodeándolo y subiendo por los puentes, improvisados con pedacitos de madera sacados del galponcito del abuelo.

Y viajo en el tiempo a los años 60 en los que transcurría mi infancia. Y me veo sentada en el patio de mi casa, debajo de la parra de uva chinche, jugando con mi muñeca Piel Rose. Es la primera muñeca que recuerdo; era de goma, con ojos movibles, pero sin pelo. Su peinado, de rodete y flequillo, estaba insinuado en la textura de la goma. Pero para mí era un pelo hermoso y le ataba cintas que sacaba a escondidas del costurero de mi madre, aquel costurero que había dado una segunda oportunidad a la lata de té La Virginia y ahora estaba lleno de hilos, agujas y cintas que terminaban adornando la cabeza de mi muñeca sin pelo. En el patio también estaba desplegado sobre un mantel el juego de batería de cocina, con sus ollitas y sartenes de aluminio, idénticas a las de mi madre. Las hojas de la parra picadas, un poco de agua y algunas ramitas de helecho eran el alimento justo y necesario para mi muñeca. No recuerdo su nombre, pero sí me acuerdo cuando llegó a mi casa. Fue una noche de Reyes, en la que juro que los escuché, sentí sus pasos y hasta el de los camellos. Venía en una caja enorme y traía algunos vestidos que eran iguales los míos. Claro, con los años supe que mi mamá le había hecho hacer a mi tía, la modista, la ropita con la tela que había sobrado de los vestidos que me había hecho a mí.

Cuando cumplí creo que nueve o diez años, la tía Sara llegó a casa con dos cajas envueltas en papel floreado. Me dijo que eran zapatos y que esperaba que me gusten. A mí los zapatos no me entusiasmaban porque usaba los Pie Tutoris que no eran nada atractivos para una niña. Fue inmensa mi alegría al descubrir que en esas cajas había dos muñecas, una de pelo plateado y otra de pelo negro, lacio y con flequillo las dos. La morena tenía un vestido de seda natural con arabescos y la rubia uno de organza color rosado. Me llevó solo unos minutos ponerles nombre. La rubia sería Fabiola, que era por ese entonces reina de Bélgica. La de pelo negro se llamaría Soraya, que había sido la esposa del Sha de Persia. Hasta ahora no entiendo mi debilidad por la monarquía: sabía todos los nombres de todas las reinas y princesas. Conservé esas muñecas durante mucho tiempo, y mis hijas las heredaron y jugaron con ellas, hasta que, como corresponde a niñas traviesas... en algo así como una revolución republicana, terminaron con las vidas de las reinas.

No tuve demasiados juguetes, no tenía hermanos de mi edad para compartir. Mi hermana era ocho años mayor y no recuerdo haber heredado sus juguetes. Pero lo que sí me acuerdo es haber tenido juegos de mesa, todos los que iban saliendo. El Senku, el Cerebro Mágico, Ludo, Damas, el Juego de la Oca. Pero lo que más me gustaba era inventar, crear. Con mi amigo Daniel hacíamos barriletes y hasta un karting armamos con restos de su cochecito de bebé y rulemanes que pedimos en el taller de la vuelta. Favorecidos por vivir en calles en subida, nos largábamos desde dos cuadras arriba, y nos turnábamos. Una vez cada uno empujaba; una vez cada uno conducía, hasta que se desarmó el karting, y volaron los rulemanes, y se rasparon las rodillas, y nuestras febriles mentes de niños inventores ya estaban planeando un nuevo prototipo.

Y cuando no era el karting, eran los barriletes que también hacíamos con Daniel. Papel de diario, cañas de la vía y engrudo de harina y agua. Íbamos a la canchita a remontarlo, y a competir con los chicos de la cuadra para ver cuál volaba más alto, pero invariablemente el barrilete estaba empachado. Siempre nos pasaba lo mismo. Y quedábamos fuera de la competencia, hasta que aparecía nuestro salvador: mi papá. Y ahí ingresábamos otra vez en el juego. Porque mi viejo sabía de barriletes, y de engrudos que no empachaban, y de colas de tela con el peso justo. Mandábamos cartitas a través del hilo y los más dañinos ponían una Gillette y... ¡chau barrilete!

Y jugábamos divertido y barato. Tres metros de elástico en la mercería nos aseguraban tardes con amigas. El tejo que le pedíamos a Pedrito, el zapatero, nos sacaba del aburrimiento con una rayuela dibujada en la vereda de don José, la más ancha de la cuadra. Y ni hablar si teníamos bolitas o figuritas; porque en aquellos tiempos las figuritas se cambiaban, se jugaban, se ganaban o se perdían.

Juego divertido, juego sano, juego que despierta la imaginación. Juego que une, a pesar de la Gillette en el barrilete. Juego que hace transpirar y que cansa, y que te hace llegar a la noche con las rodillas raspadas, y la cara arrebatada por el sol. Muñecas que tienen nombre, amigos que te desafían, mientras tratan de acertar la bolita en el hoyo. Compañeros de grado que en el recreo te dan “dos por una”, porque tenés la difícil, y vos les obligás a subir la apuesta, porque sabés que no la va a conseguir. La disputa sanadora que te preparó para la vida. El “no” de tus viejos, el abrazo del amigo, el rechazo del primer amor, la mala nota, el regalo que le pediste a los Reyes y nunca llegó. El juego, la imaginación, la convivencia, el mirarse a los ojos. Eso está faltando... Los niños tienen juguetes, pero ya no se raspan las rodillas...

martes, 12 de mayo de 2026

Ronda de fogón bajo un cielorraso

Susana Dal Pastro

 

Era 1979, un año de duro comienzo para nosotros; pero, a medida que transcurría, la calma estaba volviendo.

Un viernes, a la salida de la escuela, yo iría con mi hija de cuatro años y mis sobrinos a almorzar a la casa de mi hermana. Tomamos un taxi desde la escuela Normal número 1 hasta Ayacucho y San Juan hasta la casa de mi hermana, que vivía en la esquina del pasaje Santa Cruz.

El taxi se detuvo sobre Ayacucho. Pagué el viaje y nos bajamos los cuatro... los cinco, también venía el canario que nos habían dado para que pasara el fin de semana con nosotros. De una mano, la jaula; y mi hija, de la otra. El taxi arrancó.

Mi hermana que ya nos había visto, se asomó al balcón saludándonos. Mi hija se soltó y corrió hacia la vereda de enfrente sin darme tiempo a sujetarla. Venía un auto que frenó a pocos centímetros de ella mientras una fuerza invisible desviaba su cabeza hacia la dirección contraria a la rueda. El taxista que ya había recorrido varios metros, había visto la escena; se bajó del auto y vino hacia mí abrazándome y diciéndome que le agradeciera a la Virgen porque mi hija estaba bien. Lloramos todos.

 Fue entonces cuando recordé que la Virgen estaba todavía en casa.

 

Otra tarde, en breve meditación con mi hija, ella me dijo que le gustaría que la Virgen le trajera un hermanito. Traté de explicarle que eso no iba a poder ser. Seríamos siempre nosotros tres: ella, papá y yo. No sé qué habrá entendido, pero finalmente se conformó pidiéndole un perrito a la Virgen. Me reí un rato y enseguida reviví las palabras de nuestro médico gastroenterólogo y amigo, Cacho, cuando vino a verme al sanatorio donde estuve internada. Le aseguré que ya no lo intentaríamos de nuevo. Él me contestó seguro y tierno: “Sí, hasta que vuelvas a tu casa.

Y sucedió. Tiempo después sospechábamos un nuevo embarazo. Y esta vez iría todo bien.

 

Lo que termino de contar pasó después de que llamaran a mi puerta y me preguntaran si quería recibir la imagen de la Virgen.

Acepté sin pensar. Enseguida comenté entre los míos que tal día a tal hora vendría un grupo de señoras de la iglesia San Cayetano con una imagen de la Medalla Milagrosa.

Mi mamá trajo un mantel blanco y flores para preparar la mesita donde acomodarían a María. Llegado el momento, familiares y amigos se presentaron puntuales.

Recitamos las oraciones que nos habían dejado las damas de la iglesia. Rezamos en conjunto. Respiramos un aire suave y tranquilo, que nos conmovió; y, tras esa ceremonia íntima y sincera, improvisamos una cena.

En lugar de compartir el pan, compartimos unas pizzas calentitas y sabrosas.

Las visitas y las pizzas se prolongaron durante todas las tardes que la imagen estuvo con nosotros.

Apacibles atardeceres con vecinos, amigos y familiares que venían a rezar.

Infaltable, el fogón compartido. Momentos inolvidables a pura pizza, empanadas, historias, promesas y nuevas esperanzas.

 

Muchos años después, en tiempo de Adviento, fui con mi hermana y sus amigas a un encuentro de mujeres en la parroquia Natividad del Señor. Fue otro gran momento en nuestras vidas. Tras la misa el padre Ignacio nos bendijo una por una. Estar frente a él me emocionó al punto de que me temblaron las piernas y tuve un leve mareo. Algo vibraba bajo mis pies.

Un gran apoyo, un gran consuelo, un alma caritativa siempre presente.

Gracias, bendito padre Ignacio.