Susana Dal Pastro
Era 1979, un año de duro comienzo para
nosotros; pero, a medida que transcurría, la calma estaba volviendo.
Un viernes, a la salida de la escuela,
yo iría con mi hija de cuatro años y mis sobrinos a almorzar a la casa de mi
hermana. Tomamos un taxi desde la escuela Normal número 1 hasta Ayacucho y San
Juan hasta la casa de mi hermana, que vivía en la esquina del pasaje Santa
Cruz.
El taxi se detuvo sobre Ayacucho. Pagué
el viaje y nos bajamos los cuatro... los cinco, también venía el canario que
nos habían dado para que pasara el fin de semana con nosotros. De una mano, la
jaula; y mi hija, de la otra. El taxi arrancó.
Mi hermana que ya nos había visto, se
asomó al balcón saludándonos. Mi hija se soltó y corrió hacia la vereda de
enfrente sin darme tiempo a sujetarla. Venía un auto que frenó a pocos
centímetros de ella mientras una fuerza invisible desviaba su cabeza hacia la
dirección contraria a la rueda. El taxista que ya había recorrido varios
metros, había visto la escena; se bajó del auto y vino hacia mí abrazándome y
diciéndome que le agradeciera a la Virgen porque mi hija estaba bien. Lloramos
todos.
Fue entonces cuando recordé que la Virgen
estaba todavía en casa.
Otra tarde, en breve meditación con mi
hija, ella me dijo que le gustaría que la Virgen le trajera un hermanito. Traté
de explicarle que eso no iba a poder ser. Seríamos siempre nosotros tres: ella,
papá y yo. No sé qué habrá entendido, pero finalmente se conformó pidiéndole un
perrito a la Virgen. Me reí un rato y enseguida reviví las palabras de nuestro
médico gastroenterólogo y amigo, Cacho, cuando vino a verme al sanatorio donde
estuve internada. Le aseguré que ya no lo intentaríamos de nuevo. Él me contestó
seguro y tierno: “Sí, hasta que vuelvas a tu casa.
Y sucedió. Tiempo después sospechábamos
un nuevo embarazo. Y esta vez iría todo bien.
Lo que termino de contar pasó después de
que llamaran a mi puerta y me preguntaran si quería recibir la imagen de la
Virgen.
Acepté sin pensar. Enseguida comenté
entre los míos que tal día a tal hora vendría un grupo de señoras de la iglesia
San Cayetano con una imagen de la Medalla Milagrosa.
Mi mamá trajo un mantel blanco y flores
para preparar la mesita donde acomodarían a María. Llegado el momento,
familiares y amigos se presentaron puntuales.
Recitamos las oraciones que nos habían
dejado las damas de la iglesia. Rezamos en conjunto. Respiramos un aire suave y
tranquilo, que nos conmovió; y, tras esa ceremonia íntima y sincera,
improvisamos una cena.
En lugar de compartir el pan,
compartimos unas pizzas calentitas y sabrosas.
Las visitas y las pizzas se prolongaron
durante todas las tardes que la imagen estuvo con nosotros.
Apacibles atardeceres con vecinos,
amigos y familiares que venían a rezar.
Infaltable, el fogón compartido.
Momentos inolvidables a pura pizza, empanadas, historias, promesas y nuevas esperanzas.
Muchos años después, en tiempo de
Adviento, fui con mi hermana y sus amigas a un encuentro de mujeres en la
parroquia Natividad del Señor. Fue otro gran momento en nuestras vidas. Tras la
misa el padre Ignacio nos bendijo una por una. Estar frente a él me emocionó al
punto de que me temblaron las piernas y tuve un leve mareo. Algo vibraba bajo
mis pies.
Un gran apoyo, un gran consuelo, un alma
caritativa siempre presente.
Gracias, bendito padre Ignacio.