viernes, 27 de junio de 2014

Semblanza de mi padre

Por Elena Itatí Risso

Era de estatura mediana, lo que podríamos llamar un hombre común. Era músico: tocaba la guitarra, el bandoneón y el acordeón; y, aunque nunca fue un virtuoso, amaba la música.
En su juventud integró una orquesta como bandoneonista, que en esa época se denominaba orquesta “típica”, cuyos repertorios eran fundamentalmente tangos, valses, milongas, tonadas y algunos foxtrots.
Cuando mi mamá consideró que ese ambiente de baile semanal, del que se obtenían algunos ingresos, se tornaba “peligroso” para la pareja, acordaron prescindir de esa entrada monetaria.
Era peluquero, de los viejos peluqueros que afeitaban, cortaban el pelo o la pelusa. De paso vendía artículos de perfumería, billetes de lotería, instrumentos de música y cuerdas de guitarra. Esto hacía que la peluquería siempre estuviera llena de músicos ocasionales que probaban los instrumentos que iban a llevar, lo que daba a la peluquería un aire de peña folklórica.
Era un hombre simple, odiaba las discusiones. Le gustaba confiar en los demás: era una norma en su vida nunca explicitada. Nunca discutir, nunca pelearse, nunca enojarse.
 Irónico, alegre, siempre encontraba una razón para contemporizar. Era sereno, tierno, muy sociable. El amor a la música era el primer contacto que establecía con una pregunta muy típica de él, que nos causaba gracia: “¿Le hace a la música?”
Y allí comenzaba el primer lazo de unión con el otro, ya sea autoridad, sacerdote, vecino, viajero, novio de sus hijas o cliente. Ahí comenzaba su relación
Su corazón asemejaba un lago sereno; pero una forma rara de gastar sus dientes demostraban un grado de ansiedad solo manifestada en su escasa paciencia para soportar visitas protocolares: enseguida con una sonrisa daba por terminada una, ya fuera que lo visitaran a él o que él visitara a otro. A los diez minutos levantaba la mano en señal de saludo de despedida. Solo la música hacía que se prolongara.
A todos nos inició en la música: hijos y nietos. Todos sentimos que el abuelo y su corazón musical es el responsable de los caminos elegidos.
Siendo los cuatro niños, nos cargaba en sus viejas chatitas, siempre de estados lamentables y nos llevaba a la ruta. Allí, nos tirábamos los cinco en el pasto, mirando las estrellas. Era un entretenimiento hasta que mi mamá terminara de cocinar.
Lamento no recordar qué conversábamos, pero evidentemente íbamos felices a ese entretenimiento. A sus nietos los llevaba a caminar, (a los nueve primeros) iban a juntar frutitos de eucaliptus o florcitas silvestres.
Iban los nueve felices con su abuelo, a veces cantando algunas canciones folklóricas.
Teníamos en la familia miles de anécdotas de sus originales formas de desprenderse de alguien que él consideraba cargoso, nunca haciendo notar ese sentimiento. Sus ironías perduran en el imaginario de todos los que lo amamos
Cuando vinieron a vivir a Rosario, ciudad que él siempre quiso, la recorría de Norte a Sur y de Este a Oeste, siempre intentando establecer nuevos lazos, simples lazos. Amó el rio, nuestro hermoso río, al que iba a ver todos los días
Su recuerdo produce en hijos y nietos una honda ternura y hace que siempre esté presente entre nosotros.

Mi primer mate

Por Paquita Pascual

Mis frías manos envuelven con regocijo y ternura la panzona calabacita, tan deseada durante toda la mañana.
Venía de hacer una cola de tres horas en la puerta de un banco, con una temperatura de dos grados bajo cero.
Un deseo irrefrenable de tenerla entre mis manos y saborear su deliciosa infusión me acompañó durante toda la mañana; pero debía esperar hasta terminar mi trámite y llegar a casa,
Podría haber entrado en un bar y pedir una infusión de mate, pero yo quería disfrutar mi calabacita y entibiar mis manos.
Su burbujeante espumita, me invita a saborear la codiciada delicia. Y es con el primer sorbito que “las voces del silencio” me llevan a los recuerdos. Y pienso en aquella primera vez, cuando una vecina generosa me invito a compartir un mate. ¡Mi primer mate!
Hacía cinco años que había venido de un país donde no se conocía semejante costumbre.
Era una pequeña jarrita enlozada con una minúscula manijita de la que mi vecina me previno –“agárrala de aquí para que no te quemes”–, y una especie de instrumento largo y finito del cual se suponía yo debía beber.
Ya al apoyar mi boca en la bombilla sentí que me quemaba, y eso me desagradó. Nadie me había dicho cómo se manejaba ese instrumento. Tampoco mi orgullo me permitió preguntar cómo se usaba y fue en el primer soplo que se produjo el desastre.
Mi almidonada blusa de broderie lo mismo que el blanco mantelito que mi vecina puso en mis piernas quedaron a la miseria y, por supuesto, el susto y la vergüenza me hicieron tirar al suelo los elementos que, con tanto amor, mi vecina había puesto en mis manos.
Pasó mucho tiempo antes de que volviera a retomar esa práctica, pero yo había venido a este país para quedarme y, por lo tanto, debía adoptar sus costumbres.
Mi primer dinerillo ganado en este país fue a parar al bazar de mi barrio y, ahí descubrí que la práctica del mate era tan popular que había un diseño para cada cacharrito.
Al descubrir mi ignorancia, el atento dependiente se ofreció a aconsejarme. “Todos son buenos, pero los auténticos son de calabaza”, dijo y esta es mi calabacita que aún conservo, y que en este momento acaricio y entibia mis manos. Mientras le pido perdón por aquel desprecio que en aquel momento sentí.
  Fueron largos días de práctica sola y encerrada en mi cocina, hasta que me acepté como una buena tomadora de mate.

martes, 24 de junio de 2014

Desarraigo

Por María Rosa Fraerman

Ya pasaron muchos años desde que no vivo en mi casa natal, y cuando cierro mis ojos las imágenes y olores se van sucediendo una tras otra y siento que la extraño cada día más.
Cuando se toman decisiones apresuradas las cosas no salen del todo bien y así fue como mi padre, de un día para el otro, decide que nos mudemos. Era mucha la angustia que sentía al partir mi abuela. Los días eran vacíos sin su presencia y el dolor por su ausencia se hacía insostenible.
Mi casa era bella, un jardín de rosas blancas y un limonero perfumado nos daban la bienvenida. La ventana de la cocina daba a la calle lo que me permitía estar atenta cuando alguna de mis amigas me llamaba para salir. En el patio había una pequeña huerta de ensalada fresca y zapallos para la sopa caliente, que mi mamá todos los días preparaba.
El momento había llegado. El camión de la mudanza esperaba en la calle. Al costado, los muebles desarmados, canastos repletos de cosas; y yo, empacando uno a uno los recuerdos que durante treinta años permanecieron guardados en algún sitio del ropero. Viejas muñecas, compañeras de juegos que alguna vez con mucho amor abracé. Pilas de cuadernos con algunos insuficientes y notas sobre mi mal comportamiento. Los discos que coleccionaba mi hermano que mucho significaron en mi adolescencia; y la ropa, esa usé durante toda mi vida y que mi mamá jamás se animó a tirar.
Cada cosa que guardaba me hizo revivir felices momentos de mi niñez.
Solo yo aún permanecía adentro de mi casa.
No podía irme sin despedirme de cada rincón.
Llorando abracé mi almohada de plumas como lo hacía en los momentos en que me sentía angustiada o cuando, despierta, soñaba con ser grande y que fue testigo de lo vivido y de lo que me faltó por vivir.
Acaricié las paredes, apagué la luz y sin mirar atrás me fui.
A veces, cuando regreso al barrio paso por la puerta de la casa que aún siento mía y me busco en el aroma de las glicinas, en el olor a tierra mojada, en el solcito de los amaneceres y las tostadas de la mañana.
Siento que el alma se me escapa en cada suspiro, aunque el tiempo no se detenga y no tenga sentido, me busco y voy tras las huellas para que me salpique de ternura y descubro que no me fui nunca.


                                       

Las dos mosqueteras

Por María Julia Rivas

Éramos muy chicas María, mi amiga de toda la vida, y yo. Además de todas las historias vividas, teníamos seis años y un día decidimos hacer, con dos cajas de zapatos y piolines, el exhibidor de nuestra venta de estampitas en la esquina de Salta y Lagos. Estábamos al lado del manicero, que vendía maní y semillitas de girasol con cáscaras calentitas. Salía un olor espectacular de esa rústica y pequeña chimenea.
Pero, ¿qué sucedió? El padre de mi amiga nos pescó en plena venta y dijo: “María, está en penitencia”. Pero nosotras seguimos, porque con ese dinero nos íbamos a comer pizza al “Danubio”, que quedaba en nuestra cuadra. La gente nos miraba, porque en esa época no se acostumbraba que dos pequeñas, cuyos pies no llegaban al suelo, estuvieran solas; pero a nosotras no nos importaba nada.
Pero ahora viene el hurto. Sí, robábamos en casa “TIA” útiles escolares y se los regalábamos a María Esther, que vivía enfrente. Creíamos que no podía comprarlos; pero todo producto era de nuestra imaginación. Nadie se enteró que eso era producto de un ilícito.
Otro hurto fue en “La Buena Vista”, de Cafferata y Urquiza. Había un enorme fuentón lleno de bolitas y yo comencé a guardármelas, hasta que una persona nos detuvo. Mi mamá dijo: “Pero, ¿qué pasa?”. “La nena se lleva bolitas, ¿no?”. Comenzaron a revisarme y no terminaba de sacar bolitas. Imagínense qué me pasó; y, bueno, nosotras lo hacíamos para gente que necesitaba.
Como termina esta historia: con felicidad; porque sigo tan amiga como cuándo éramos chicas.
Ah, me olvidaba. Nunca nos hemos peleado. La amo mucho.
Besos a mi querida Piyo, como le decían.







Mussolini visita Gangi


Por Juan José Mocciaro
juanjosemocciaro@gmail.com

En el verano del 2010 visito Gangi, a 150 kilómetros de Palermo, Sicilia, y me alojo en un Agroturismo llamado Villa Rainó, que perteneció al Barón Li Destri, Barón de Rainó; y al ingreso, sobre la puerta principal, se observa el escudo de armas: un brazo armado de plata empuñando con la mano tres espigas de trigo oro, donde su dueño es Aldo Conte, un gangitano muy simpático que lo atiende con su esposa e hijos y una noche después de cenar le realizo una pregunta que me tenía intrigado a ver al lado de la pileta 15 pinos en círculo y él me relató:
“El Barón perteneció a la logia de los Templarios y que cada pino pertenecía a un miembro de esa logia. Cuando allí se reunían todos iban con grandes capuchas cubriéndose sus cabezas, por lo tanto no se veían sus rostros, pero todos sabían quién estaba o no presente por el lugar que ocupaban delante de cada árbol que tenían asignado”.
En 1925, Mussolini visitó Gangi para reunirse con los barones de ese momento. El objetivo: combatir la mafia, cuyo primer secuestro extorsivo de un médico había sido en ese pueblo y quería tomar carta en el asunto para que no se extienda por toda Sicilia. Rápidamente se da cuenta de que los mafiosos eran los propios barones. Finalizada la reunión estos lo invitan a comer debajo de los pinos. Il Duce no acepta, pero sí lo hace su chofer quien en el camino de regreso a Palermo tiene un “accidente”. No queda claro si estaba ebrio, si se quedó dormido o si fue envenenado y el auto pega varias vueltas.
Un pastor que estaba con sus ovejas llevándolas por el camino salva a Mussolini y este le dice que le pida lo que quiera pues tiene el poder para concedérselo. El pastor responde que solo le pide que no diga en Gangi que lo salvó, pues su vida correría peligro.
Desde Roma, Mussolini nombra diversos funcionarios para combatir la mafia en Gangi, pero todos se corrompían hasta que nombra a Il Prefetto, Cesare Mori, hombre de su entera confianza.
El 1º de enero de 1926, Il Prefetto decide rodear Gangi con los carabinieri para capturar a los mafiosos, pero solo encuentra mujeres, niños y ancianos, pues todos los hombres se habían fugado a través de túneles hacia las montañas. Después de cinco días de sitio, les corta el suministro de agua y es ahí cuando aparece un delator que le informa dónde se encuentran escondidos en la montaña. Este informante es Don Colagero Albanese conocido como Il Brigante Albanese con orden de captura por más de 40 años, quien termina matándose golpeando su cabeza contra las piedras.
Cuenta la historia que los Barones les compraban las tierras a los campesinos por un precio vil y le daban los pasajes para que emigren a América.
Quizás sea este el gran secreto que se llevaron a la tumba nuestros abuelos, muchos de ellos no le contaron a sus hijos y nietos de dónde venían.
¿Habrá sido por miedo?
No nos olvidemos que en esa época también se encontraron en Rosario con la mafia.


N. del R: La foto que acompaña el relato fue toma en  Villa Rainó, Gangi, Sicilia y hace referencia donde se reunió Mussolini con los barones del lugar.

Por fin conseguí un mate

Por Norma Pagani

Un día mis padres, que vivían, igual que nosotros, en Cañada Seca, un pequeño pueblo del noroeste, de la provincia de Buenos Aires, limitando con Córdoba y Santa Fe, en la zona llamada por la Policía como Triangulo de la Bermudas, en su Ford 100 destartalada, vinieron a visitarnos al campo, ubicado a diez kilómetros del mismo, donde pasábamos los fines de semana, y las vacaciones de invierno y verano desde 1977, cuando la familia separó los campos y cada uno construyó su vivienda.
 Desde lejos, se oía el ruido del motor gasolero, mientras los novillos corrían asustados por el campo recién sembrado.
Andrea y Verónica ambas de 7 y 5 años –María Laura, aún no había nacido– acudieron rápidamente hacia la tranquera de ingreso al cuadro de la casa dando gritos de alegría, ya que adoraban a sus abuelos, que siempre traían golosinas y alguna sorpresa.
Después del recibimiento cargado de besos y abrazos, se acercaron con una calabacita que hacía ruido.
“Es un mate”, dijo mi papa, “noté que no tenían para cebar los amargos que tanto me gustan, antes de almorzar o cenar y se lo pedí a un amigo, que es experto en elegirlos.
-Hay que curarlo, durante siete días, con yerba usada sin azúcar, pero antes deben cortar la boca con mucho cuidado. Lo ideal sería un bisturí de cirujano, pero como no hay un cuchillo filoso es igual y no se olviden de guardar las semillitas. El año que viene se siembra y tendrán mates para usar y regalar.
Al día siguiente, después de un cuidadoso y prolijo trabajo quedó lleno de yerba y listo para su “curación” como le decían en el pueblo.
La semana siguiente, cuando vinieron nuevamente, trajeron a los nonos, los padres de mi esposo y un asado con sus ensaladas. Prendieron el fuego frente a la casa, en el suelo, ya que no había parrillero en el campo. Se pusieron a conversar.
Las nenas desaparecieron. No se las oía. Habían prendido la cocina a leña, se notaba por las ventanas abiertas y el humo que salía. De pronto, se acercaron a la puerta y pidieron silencio y ojos cerrados. “Abran”, dijeron a coro. “Sorpresa”.
“El mate –dijo mi papá– y cebado por mis nietas”. Una tenía la pava con una servilleta en la manija para no quemarse y alejada para no tiznarse la ropa; mientras que la otra invitaba a todos a compartir esa delicia que solo en el campo tenía un sabor especial por la pava y la yerba añejada por el poco uso.
Terminaron las vacaciones y lo quise llevar a mi casa del pueblo.
“No –me dijo mi esposo– es del campo. Solo en este lugar lo disfrutarás por la cocina y la pava”. No dije nada, pero me quedé con la duda y los deseos de disfrutarlo. No se dio.
Las chicas crecieron, terminaron la secundaria y en las décadas del 80 y 90 se vinieron a Rosario. El mate quedó olvidado en un rincón del aparador. Solo se usaba ocasionalmente, ya que durante mucho tiempo usé edulcorante y él era solo para amargo. Además, fuimos espaciando las visitas y mi esposo no era muy adicto a esa bebida.
Nos vinimos a vivir a Rosario en 2004, cuando obtuve mi jubilación como maestra y viajábamos al pueblo cada treinta días. Yo casi no iba al campo.
Quedó olvidado.
El año pasado, entraron a la casa los dueños de lo ajeno. Todo revuelto y desordenado. Descubrí el mate. Al verme con él en la mano, mi esposo me dijo: “¿Quién se va a llevar algo sin valor? Lo miré y pensé: “Tantos años deseando tenerlo y va a terminar en manos extrañas que lo van a usar como pelota o aplastar con el pie”. Lo tomé y lo guardé en el auto, por si se arrepentía y me lo hacía dejar.
Así fue como pasó de un mueble a otro. Con el precio de la yerba, se buscan mates más pequeños y mi interés por él ya había decaído.
Al pedir el profesor un objeto para narrar una historia fui al pueblo, donde guardo mis recuerdos a buscar algo.
Cuando mis ojos se posaron en el pensé: ¿por qué no?
Me senté a escribir. Me llegaron todos los recuerdos, sabores, olores, ruidos y sentimientos que estaban escondidos en un rinconcito de mi mente.
Las risas de mis tres hijas y mis sobrinos Mauricio y Silvana, jugando a la casita o chapoteando en el tanque.
Los ladridos de Diana y Puchito corriendo las ovejas o ayudando a los hombres a entrar las vacas al corral.
Los granos de maíz que Zorrino y Pampi, el caballo y la yegüita, comían de nuestras manos, mientras mi suegro, con más de ochenta años, entraba orgulloso montado en su tordilla con el balde de leche que había ordeñado a Pochocha, la vaquita de mis hijas.
Los días de yerra, cuando venían los primos y se hacían asados, regados de buen vino, ginebra y las empanadas, pasteles y palmeritas que hacían mi suegra y mi mama.
Las carneadas de cerdo, donde los sabores de la cebolla de verdeo, se mezclaba con la pimienta y el clavo de olor, hervido en vino, mientras las risas de los hombres solo se apagaban para saborear un espumoso amargo previo a la comida; mientras se escuchaban las bochas al chocar y la taba al clavarse en el piso de tierra, o los grupos cuando alguien decía: “Truco”.
El ruido de la rueda del molino al sacar agua fresca para que los animales y personas saciaran su sed; mientras las mujeres refrescábamos las bebidas, regábamos el patio y el olor a tierra mojada se impregnaba con el humo del asado.
Los tractores y el Ford Falcon, que tanta tristeza nos dio al cambiarlo por la Ford 100, que nos parecía que habíamos tocado el cielo cuando la trajimos de la agencia de Laboulaye.
El trigo maduro, las perdicitas, los teros anunciando la visita, los balidos de los animales, las lechucitas paradas en el poste, que hoy la fumigación ha extinguido, la luna saliendo entre las plantas, la cama de los abuelos que vino de Italia. Cuántos recuerdos, cuánto olvido, cuánta añoranza...
Hoy el mate, que para cualquiera sería algo que no llamaría la atención, está en Rosario y es el protagonista de esta historia, pero que ya no es para mí lo que fue ayer.
Nuevamente cambió de aparador.


Sin tu magia y la abuela, ya no sos para mi “la barraca”

Por Norma Pagani

Cuando yo nací en Cañada Seca, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, el verano estaba en su esplendor. Era un 30 de diciembre. En la familia se estaban preparando para recibir el primero de año y no esperaban todavía mi llegada, pero aparecí y desde el principio fui la luz de los ojos de mis abuelos maternos, Rosa y Pascual. Los paternos ya tenían infinidad de nietos.
El abuelo, a pesar de estar enfermo de cáncer, todos los días iba a jugar al truco a un boliche cercano. Le encantaban los ravioles y comer bien, tomarse el vermut con el fernet “Branca” y una sencilla picada o las empanadas de carne que nunca faltaban. Siempre estaba vestido de traje y sombrero. Cuando ya no pudo salir por sus dolencias, mi mama todos los días debía ir a su casa a cuidarlo. Se ponía muy contento y me llamaba “mi pelancho”, porque era rubia, sin cabellos, de ojos azules como él y le recordaba a su familia italiana, que había dejado en Pergamino, alejado por una disputa familiar.
Llegó a Cañada, con dinero, buena estampa y ganas de formar una familia. Era un candidato muy codiciado entre las casaderas. Tenía varias que lo pretendían. Llegaban invitaciones y las jóvenes se engalanaban para recibirlo. Cuando le preguntaban por cual se decidiría siempre respondía: “¡Mi novia aun no nació!”
Rafael, un amigo, le comento que tenía hermanas casaderas. Le hablo maravillas de Rosa. Era la ideal, joven, veintidós años menor que Pascual, “solterón” de 39 años para esa época. Era de tez blanca, cabello castaño y unos ojos grises que se parecían a las nubes en los días tormentosos, de tan brillantes y bellos. Muy trabajadora y habilidosa.
 Efectivamente su profecía se cumplió. Cuando la conoció se enamoró perdidamente de ella.
Había que convencer a la abuela Manuela, española desconfiada del forastero que venía de muy lejos, de una familia desconocida y teniendo ya un pretendiente del agrado de ella. Después de varias idas y venidas y exageraciones del hermano, deseoso de casar a la hermana, con este hombre buen mozo y rico, la unión se concretó. Vinieron algunos hermanos de Pergamino y después de la boda la llevo de luna de miel a Buenos Aires.
De regreso se instalaron en una chacra alquilada en el Cabruja.
Pascual tenía un hermoso caballo llamado Boticario. Lo cuidaba un peoncito a quien le hacía creer que el animal bosteaba monedas, lógicamente pasaba la mano con el metal y el inocente lo creía. Así era mi abuelo, chistoso y propenso a las bromas.
Nacen mi mama y Pocho el único varón de la pareja. Más tarde llegaría Elsa la menor.
Las malas cosechas, menguaron el dinero y debieron instalarse en el pueblo, cambiando el rubro de agricultores a barraqueros (compra y venta de frutos del país).
Se instalaron en 1930 en el propio pueblo, en una casa alquilada, toda rodeada de tapiales, sin revocar, con dos habitaciones y un corredor abierto, sin aljibe ni baño adentro. Con un galpón para guardar la balanza, lana, cerdas y un saladero donde se conservaban los cueros frescos. A fuera, había caballetes para los cueros secos.
Esta era “la barraca”, el lugar que en el transcurso de los años tuvo cambios en lo edilicio, pasó a ser propiedad de los abuelos, pero que conservó su espíritu y esa magia que la hacían única. Nunca vi cielo más bello y estrellado que el que podía observarse apoyado en su aljibe.
 El lugar donde me crié y viví hasta que me case en 1970.
Al fallecer el abuelo, quedé a vivir con mi tía Elsa y abuela, con el consentimiento de mis padres, que tenían su casa a pocas cuadras. Tenía dos años y salí a los veinte. Nunca disfruté, como mi hermano, de mi casa paterna, ni dormí con mis padres, ya que cuando me llevaban a media noche me traían de vuelta, porque extrañaba a la abuela.
Así, transcurrió mi infancia y adolescencia. Nacieron mi hermano Titi y mis primos, Goni y Viviana, hijos de mi tío Pocho; y llegó Roberto, hijo de Lita, una sobrina del abuelo, que vivía en el campo y Zulema una joven que estaba con nosotros por no tener un hogar. Con ella compartí lindos momentos. Uno de ellos, ir al cine por primera vez y descubrir que, al terminar la función, los actores no estaban detrás de la pantalla; o comer milanesas a la “napolitana”, que trajo como novedad de la casa donde era mucama.
 Elsa se fue a Buenos Aires y se casó. Al tiempo, nació Gabriela, su única hija, y yo seguí con la abuela, en esa casa maravillosa donde había alegría, gente que iba y venía. Era el lugar donde se hospedaban las primas del campo para tener sus hijos con doña Mariana, la comadrona del pueblo que me trajo al mundo, o con el médico del pueblo.
Eran especiales los 30 de agosto, cumpleaños de mi abuela. Morocha, llegaba en su chatita azul, con su esposo e hijos desde Santa Regina, un pueblo vecino. Traía tortas decoradas de blanco y chocolate, y siempre alguna novedad. Recuerdo su decorado con un pincel o la pastafrola con grageas de colores. Con Ramón y María, los hermanos de ambas, hacían fiestas y disfrutaban de esos encuentros.
A ellos se agregaba Elsa, que venía en “El Cuyano”, un tren de película para mi mente infantil, ya que era lo máximo tomar un desayuno con rulitos de manteca o comer un sándwich envuelto en papel blanco.
 Otro acontecimiento era el “Día de los muertos y los santos”. Los niños de la casa no sabíamos con quién ir, si con la tía Morocha, que traía cajas de retamas amarillas y rosas rojas, y gorritos novedosos para el sol, en su chatita azul Ford A; o con Lita, que venía del campo en su carro tirado por dos caballos
 Ambos eran excitantes. Correteábamos todo el día por el cementerio. Era una fiesta para nosotros. Era lo máximo comer los únicos helados del año, paquetitos de vainilla o chocolate entre dos obleas, que se terminaban enseguida. Había que apurarse o hasta el próximo año no comías. En el pueblo no había heladería. Pasarían años hasta que llegara una. Actualmente, los traen de Rufino.
La abuela era generosa, siempre tenía chicos para mandar a la escuela, cuyos padres vivían en el campo, o personas a su mesa. Además, era muy religiosa. Los días de Semana Santa tapaba con un lienzo negro las imágenes con una velita prendida (a mí me daba terror) y hacia la vigilia como correspondía.
Lo económico nuevamente le dio la espalda y tuvo que dejar el negocio en manos de mi papá.
Lavaba ropa “para afuera” a mano. No había lavarropas. Siempre con el cigarrillo en la boca, enojándose con la calandria del monte cercano, creyendo que alguien la silbaba para hacerle una broma; narrándome cuentos, mientras sus manos se engarrotaban con el agua fría, que traía de una bomba muy alejad, en un sulky tirado por “Piba”, una yegua oscura que le sirvió varios años hasta que murió y se hizo el aljibe, donde se juntaba el agua de lluvia que caía de los techos.
Pasaron los años, todos crecimos, yo salí de “la barraca” para estudiar de maestra en Rufino, volver y casarme. Dejé a la abuela y la casa.
 ¡Cómo las extrañe a ambas! Me costó adaptarme a la nueva vida. Extrañé la alegría, los olores y sabores del lugar donde viví 20 años.
La abuela murió en la casa que tanto amo. Siempre fue mi casa hasta el día que se vendió y no compré por miedo a su deterioro o no poder vivir en ella.
Ya casada, viviendo en la casa mis dos padres casi cuarenta años, seguimos disfrutando de muchas cosas. Mi padre llegando con su chata cargada de lana. Era lindo verlo trabajar entre los lienzos cuando llegaba cansado de recorrer los campos, después bañarse y sentarse a tomar el amargo Y prender el cigarrillo que tanto daño le hizo, mientras hacia el churrasco para los dos. Mi mamá con la casa llena de gente, como la abuela, esperando a las nietas con sus costeletas a la plancha, que nunca pudimos comerlas con ese gusto, ya que no le preocupaba el humo u o el olor, solo el sabor. Los pasteles cascotitos como pedía mi papá, los tallarines caseros y las empanadas, únicos e irremplazable para las nietas, aunque a mí no me salgan tan mal.
Cuando voy al pueblo, paso por delante y pienso en lo que viví en ese lugar, en las personas que la habitaron. La veo tan distinta, sin su magia, que no me animo a entrar.

lunes, 23 de junio de 2014

Evocando vivencias en la búsqueda de raíces…y el “2CV”

Por Nilda Tuan

Ilustración de Nilda Tuan
Tratando de recuperar este recuerdo personal grabado en mi cerebro con la manera en que fue codificado –primer viaje largo en Citroen 2CV, con una amiga y mi padre a su pueblo natal, Díaz– hoy escribo.
Vivíamos mi padre, mi madre y yo en Capitán Bermúdez.
Una vez ya con mi trabajo como maestra titular y trasladándome a una escuela de los alrededores –desde mis inicios en Salto Grande con viajes diarios– empiezo a proyectar la compra de un auto.
En esa época, década del 70, podía ser Fiat 600 o un Citroen, según mis posibilidades económicas y función.
Previo asesoramiento, me decido por el 2CV y solicito un crédito accesible en la Mutual de los papeleros –mi padre, papelero, ya se había jubilado– y consigo una garantía propietaria de mi amiga de la infancia y vecina, Susy. La otra, con el sueldo de una compañera de la
escuela, Nanci.
Mi padre me apoya con entusiasmo y se encarga de las reformas necesarias para construir una sencilla cochera a la entrada de la vieja casa natal.
Mi madre, con algunas dudas y temores, se conforma.
Un primo me da las explicaciones básicas y me hace practicar estacionamiento.
Así, solo doy una vuelta manzana alrededor de la Municipalidad con un empleado acompañante y consigo mi primer carnet de conducir por cinco años.
Y al tiempo, me largo a manejar en el lugar y hacia Rosario o San Lorenzo.
La primera vez que salgo de Capitán Bermúdez fue en diciembre, calor, eran 14 horas. Ni las iguanas en la ruta. Me acompaña mi amiga Mirta, con coraje y sin miedo, hasta el barrio Lisandro de la Torre, ex ARROYITO, a buscar unos apuntes a la casa de Marita. Todo bien.
Ilustración de Nilda Tuan
¡La vuelta! Justo en el paso a nivel de la entrada, las barreras bajas. Iba con el pie en el freno –ni siquiera usé el de mano– y, cuando termina de pasar el tren, en la subida, iba evitando retroceder y había un auto atrás tocando bocina. Acelero rápidamente. Fue todo un logro volver sanas y salvas, incluso el “2CV” sin rasguños.
Con el paso del tiempo y más confianza organizo ir a Diaz, que aún era pueblo, por ruta la 11 y a una altura determinada, con desvío hacia el oeste. Íbamos con mi padre y Mirta.
Recorrimos el lugar del centro, simple, con plaza, la iglesia y encontramos algunos pocos conocidos de mi padre.
La casa que construyeron él y sus hermanos varones ya no estaba.
Como la mayoría de los pobladores, mi familia, incluso con el único abuelo que conocí, viejo y enfermo, se habían trasladado al ex pueblo Juan Ortiz, cuando se instaló la fábrica de papel Celulosa en 1932 o 1934, según me contaron.
Varios años antes había llegado mi madre desde zonas rurales aledañas a Oliveros, con parte de su familia: un hermano mayor, Luis; una hermana mayor 14 años, Pascualina; y el menor, Francisco.

Allí, fueron formando otras familias.

Una chica de 10

Por María Victoria Steiger

¡Hola!
Soy Victoria, la que contó una historia de cuando era chiquita.
Esa que tenia una pila de hermanas y… ¡no eran tan tranquilitas!
El de ahora es un tramo de mi escolaridad hasta, quizás, el primer año de la secundaria.
Te cuento:
Seguimos en la casa enorme en Mendoza.
Llevamos una vida de familia grande.
Las visitas eran pocas y con otras familias de tres o cuatro chicos, que venían a jugar a casa o íbamos a casa de ellos.
Otra salida era ir los sábados al cine del colegio. ¡Había dos películas con recreo para comprar caramelos!
A mi me gustaban. Ahora, de grande. creo que las monjas ayudaban a que un día mis padres pudieran dormir la siestita ¡sin ruidos ni griterío!
Las monjas no me “encantaban”, pero me hice más amiga de la de Música, que no era de un carácter ideal, pero tampoco una “bruja”.
Ella siempre tenía ideas: el coro del colegio, los títeres, el conjunto de folklore.
Mi hermana mayor aprendía piano con ella. En casa no teníamos piano y practicaba en el cole, en la sala de música.
Era un salón no muy grande que tenia cuartitos con pianos separados. Yo daba vueltas y miraba como la monja hacia los títeres y las marionetas.
Después, entré al coro, aprendí cómo manejar los títeres y con otras chicas presentábamos “grandes obras”.
Esto era buenísimo. Inventábamos cuentos y nadie veía nuestras caras ni cómo nos moríamos de risa con los cambios en las letras de “Caperucita y el lobo” y tantos otros relatos de la época.
Estas actividades eran “muy convenientes”.
¿Por qué? Es que como en todas las escuelas, se preparan los actos patrios. Las que estábamos en el coro teníamos que ensayar y perdíamos algunas clases.
¡Era buenísimo!
Como ven no era una alumna “de 10”.
Mis notas no eran para el “cuadro de honor”. ¿Qué era esto?
Por cada grado o curso ponían los nombres de las mejores alumnas.
Siempre lo leía pero… ya sabía que el mío no figuraba.
¡Nunca me hice gran problema! Lo mío era más manejarme con lo que podía.
Al colegio llegó un órgano de tubos impresionante. Sor Elena sabía tocar el piano; pero órgano no y menos ese.
Le pusieron un profesor y ella estudiaba casi todo el día.
El coro lo seguía; pero el resto lo dejó hasta que ella aprendió a tocar ese instrumento.
Mientras preparaba y estudiaba, nos enseñaba cómo sonaban las teclas chiquitas, los botones que cambiaban los sonidos y lo más “increíble” para nosotras era la pedalera que hacía los sonidos más graves.
Las del coro teníamos que ir a escuchar la música que estudiaba –creo que para que la pobre se sacara el miedo al público– y llegó el día de la inauguración con su concierto!
Claro todo estaba bárbaro, pero ¡tanto órgano y música de iglesia daban un sueño terrible!
Llegó el día del concierto, fue mucha gente, y la monja muy orgullosa y contenta volvió a su normalidad: su sala de música y a emprender otra actividad.
¡Quería aprender a tocar la guitarra criolla para formar un conjunto!
Cuando me enteré ya había otras chicas con guitarra y que sabían algo, así que a buscar una porque yo también quería aprender.
No fue fácil, pero en casa no me decían que no. ¡Pero tenían que encontrar una barata!
Al fin encontraron una y empecé primero con un profesor que iba los sábados a la biblioteca que quedaba a una cuadra de casa.
Había muchísimos alumnos todos tocando a la vez y no se aprendía mucho.
Mi mamá se quedaba a esperar que terminara la clase y se dio cuenta que así no iba a hacer nada.
Al final, terminé en lo de la monja Elena y mis compañeras con guitarra que me enseñaron a “rascar” mis primeros acordes
En ese tiempoyo tendría unos 11 o 12 años. Iba y venía con las cosas del colegio y la guitarra “a cuestas”.
¡Al fin pude tocar unos acordes y entré en el conjunto!
Mis actividades seguían bien, pero pasaba el tiempo y la monja del último grado de la primaria la llamó a mi mamá. ¿Qué pasa con esta nena que no estudia nada?
Era claro, en casa éramos muchas y, si más o menos la libreta estaba bien no pasaba nada, pero deben haber tomado alguna lección y yo estaba en la “luna” y no sabría que poner y decidió llamarla.
Realmente no me acuerdo mucho, pero algo mejoré y no tuve problemas para pasar a primer año de la secundaria.
Yo quería aprender más de la guitarra y me mandaron a un conservatorio. Tenía instrumento una vez por semana y teoría y solfeo.
Con la guitarra, bárbaro; pero lo otro me resultaba terrible de aburrido, pero era obligatorio.
Mi aplicación a la secundaria no cambió mucho y mi fin de año fueron cuatro materias para rendir. Un desastre para todos en casa.
Bueno no había otra que estudiar.
Así fue mi primera etapa de escuela y mis comienzos con la música.

Tendría muchas más cosas para contarles pero terminarían aburridísimos.

Expresiones de una época

Por Luis Molina

Escuchando un tango, música con la cual me crié, mi mente rememora las charlas de aquellas vecinas, chismosas ellas, ataviadas con su batón de uso diario, chancletas con medias, pañuelo en la cabeza, Dejando la escoba a un lado y la manguera en el piso salpicando por doquier.
Desde la radio Julio Sosa canta: “Ha visto vecina, que poca vergüenza, casarse de blanco, después que pecó”
¿Pecó?
No podía entender el significado de aquellas palabras, como decían también: “Las chicas buenas no hablan de esas cosas…”
¿Qué cosas?
O cuando la señora gorda cuyo marido estaba como siempre en el comité haciendo méritos para conseguir un puestito en la fundación Eva Perón. Claro, no era cualquier tipo. Era delegado del sindicato en la fábrica debía dejar enfriar el café, porque un pícaro había tapado el inodoro del baño de personal con la estopa que le daba la patronal para limpiarse las manos.
Entonces, su tarea consistía en parar toda la fábrica, porque no existían suficientes baños para los obreros, porque así lo exigían los estatutos. A él, no lo podían tocar. Era “el delegado”. Además, estaba afiliado al partido.
Me parece verla hoy en el almacén de don López a esta señora gorda, revoleando los ojos, mirando de soslayo, comentando con su vecina a media voz y en tono de secreto:
—¿Vio? a la mosquita muerta… Yo sabía que no era trigo limpio. El morocho ese, que quiere que le diga, para mí que le hizo la porquería, ¿no vio la cara de contenta que tenía?, ¡Qué vergüenza! Ay Jesús, María y José.
—¡Seguro! Por la cara de la madre, me parece que no le vino…
—¿Usted cree? La que vi y anda con el asunto es la de la esquina. ¿Le vio la cara? Da lástima.
—¡Qué diferente a mi nena, que estudia corte y confección, el padre ya dijo que en la fundación Evita le va a conseguir la máquina de coser…!
—¡Ah!, ¡pero mire qué bien! La mía va a la academia “Pitman” a aprender a escribir a máquina. La chica no nació para sirvienta, que otra vaya a fregar pisos.
Luego continuaba la charla comentando sobre “Los Pérez García” o el programa de Juan Carlos Mareco, Pinocho.
—Yo quería escuchar “Odol Pregunta” por un millón de pesos pero él, puso “El Glostora Tango Club”, porque anoche tocaba D’Arienzo, ¿puede creer?

Me costó crecer entre esos códigos, o vaya a saber qué eran.
Por supuesto, en los mediodías del domingo prefería escuchar “La revista Dislocada”, donde un joven Porcel además de actuar cantaba como los dioses.
A la noche, eran “Los cinco grandes del buen Humor” o Balá, Marchesini y Locatti haciendo de las suyas.
Me hubiese gustado tener una radio en aquella época.
Por suerte, doña Francisca, la dueña del conventillo me dejaba escuchar sentado en una silla bajita en la puerta de su pieza. Así, conocí a “Tarzanito”, además de escuchar a Pedrito Rico y Joselito, que española ella no se los perdía.
Mi vecina, como madre celosa del cuidado de su hija, la acompañaba a tomar el tranvía cuando iba a trabajar, ¡Qué ejemplo de mujer! La nena veinteañera de físico privilegiado muy bella y simpática, a la que vecinas celosas cuchicheando le sacaban el cuero. Pero ella siempre llegó muy puntual al cabaret de Pichincha donde trabajaba.

Y Doña Rosa, que siempre que el marido se iba a trabajar dejaba un sifón en la ventana, vacío por supuesto. Ellos no tomaban soda. Un día volvió Genaro, el marido, y el sifón aún estaba allí. Adentro, también estaba el Fede, joven repartidor de diarios. Pero esa es otra historia. 

Moña

Por Ana María Miquel

Le pusieron ese sobrenombre, porque cuando bebé tenía el pelo realmente como una canasta de rulos y, para sacárselos de la cara, la mamá se los apretaba con dos enormes moños sobre la cabeza. Como no existía corralito, la colocaban adentro de un cajón de manzanas. La bondad, generosidad y ternura emanaban y emanan de ella a raudales hasta el día de hoy, a pesar de las adversidades. Es la mayor de cinco hijos.
Es la hermana que yo no tengo. Tenemos la misma edad, las mismas costumbres, los mismos gustos, las mismas inquietudes, las mismas confidencias. No hace falta hablar para saber lo que está pensando la otra, nos encontramos una o dos veces al año, pero siempre es como si nos hubiéramos visto ayer. Ahora, con la tecnología, nos comunicamos con más facilidad. En las cocinas nos manejamos a la par sin necesidad de explicaciones, aunque ella cocina mucho más rico que yo.
Nos conocimos cuando teníamos dieciocho años. Mi hermano mayor, nos llevó a una prima de Buenos Aires y a mí, a un club en Mendoza donde se realizaba un baile de Carnaval. El muy pícaro ya sabía que Moña también iría con sus primas y ya estaban enamorados; pero debían cumplir con todo el protocolo de la época. Bailaron toda la noche y allí, creo, ellos confirmaron el noviazgo y yo mi relación con Moña.
Como verán, Moña es mi cuñada.
Han pasado muchísimos años, mejor no contarlos pero aunque lejos, siempre estuvimos cerca. En los momentos más difíciles de mi vida estuvo a mi lado. Por ejemplo cuando nació mi primer hijo, vivíamos a dos cuadras una de otra. Como yo trabajaba por la mañana y tenía una empleada que cuidaba de mi hijo mayor, ella todas las mañanas pasaba por mi casa para saber cómo estaba el nene. Una mañana entró y se encontró a mi hijo sentado en su cochecito con un cartel que decía: “Señora, no trabajo más, me voy”. La loca e irresponsable de la muchacha había dejado solo en la casa a un bebé que aún no caminaba. Ni siquiera fue hasta la casa de Moña para avisarle y dejarle a mi hijo. Ella no se hizo problemas, cerró la casa y se llevó a mi hijo con ella.
Cuando nació mi primera hija, lloraba todo el día. Una tarde vino a casa Moña y me dice: “Andá al supermercado que yo me quedo con la nena”. Cuando volví, me comenta medio enojada: “¿Sabés por qué llora tu hija?, porque tiene hambre. Le hice una mamadera y no dejó ni rastros”. Tenía razón. De ahí en más comenzó a tomar mamadera.
La cuestión que pasaron los años y una vez le detectaron “la mala palabra en un pecho”. La operaron, le hicieron quimioterapia, todos sufrimos a la par de ella, pero su espíritu, fortaleza y los rezos de todos, la hicieron salir adelante. Y siguió viviendo feliz y contenta y haciéndose cargo de las angustias y alegrías de todos los que la rodeaban. Viajó mucho, pero mucho, mucho. Tanto mi hermano como ella son felices viajando.
Con la vuelta de los años, otra vez “la mala palabra”, pero en otro lugar. Esta vez, ya le estaban haciendo señas desde arriba. Pero no la íbamos a dejar ir. Todos la necesitamos, cada uno a su manera. Por supuesto que su espíritu de lucha, continuó intacto y aceptó todo lo que los médicos le indicaban y salió adelante y aunque parezca mentira está muy bien. Una de las veces que la vi, lo pensé y se los dije: “Moña, sos una bestia, qué fortaleza tenés para haber salido de ésta”. Y, entonces con lágrimas en los ojos, me respondió: “¡Cómo me voy a morir, quién cuidaría de tu hermano?”
Realmente me dejó sin palabras.
Cuando ya estuvo repuesta y no significaba un peligro viajar, nos fuimos las dos solas (por primera vez en su vida ella viajaba y salía de su casa sin mi hermano) a Dubai. Allí, nos esperaba mi hijo menor. Esos días vividos en Dubai fueron realmente inolvidables, tanto para ella como para mí. Para ella era como volver a sus orígenes, ya que sus padres eran libaneses y las costumbres y comidas por supuesto que son muy parecidas. Y, para mí, una alegría inmensa de poder andar libremente por esa maravillosa ciudad, sin obligaciones de maridos que atender. Y, como ella habla inglés, yo me sentía muy segura.
La primera noche que llegamos y después de larga charla con mi hijo, nos fuimos a dormir, nosotras en una cama de matrimonio en el dormitorio y él en el comedor. Cuando nos acostamos me dice: “Al final, siempre termino durmiendo con un Miquel”. ¡Cómo me hizo reír!
No parábamos en la casa. Recorríamos todos los lugares habidos y por haber, teníamos la pileta de natación a nuestra disposición, los shopping, los restaurantes, los mercados: de las especias, del oro. Las playas y el mar. Las tiendas con telas finísimas, las túnicas, las casas de perfumes, los chocolates. Realmente, era otro mundo. En algún momento del día, cuando la veía cansada, le decía volvamos a la casa que estoy cansada. Era verdad, yo me cansaba y la veía a ella que también y no quería que le subiera la presión o que hubiera alguna complicación.
Un día habla con uno de sus hijos y éste le insiste con que no debía volver sin ir a visitar la mezquita de Abu Dhabi. Yo no tenía mucho interés en ir, pero nos habíamos acostado a dormir la siesta o a estirar el cuerpo y ella me seguía hablando de Abu Dhabi. Entonces se me hizo la luz. Sus tiempos, no eran los míos. Nadie tiene la vida comprada. Yo me podía morir en esos momentos. Pero ella vive como si cada día fuese el último, porque siente que tiene la espada en la cabeza y que cada momento es un regalo. Entonces le respondí: “Vamos mañana a Abu Dhabi”. Se transformó como una criatura y organizamos el viaje; es decir, ella lo organizó con mi hijo, porque nos manejábamos en ómnibus de línea.
A la mañana siguiente, salimos para conocer la mezquita de Abu Dhabi. Llegamos a eso de las trece horas, con cincuenta grados de calor. Pensé: “Aquí una de las dos pasa para el otro lado”. Para colmo, era una construcción tan pero tan grande y toda de mármol blanco y con adornos en dorado, que el sol refulgía por todos lados. El colectivo nos dejó en un lugar donde teníamos que caminar bastante para poder entrar. En un momento dado los guardias se dieron cuenta de nuestras caras rojas y no de vergüenza, que nos hicieron detenernos, ponernos a la sombra y pidieron un cochecito como esos de las canchas de fútbol, para que nos transportara. Un guardia le dice a Moña que se sentara en un escalón de mármol blanco y ella lo toca, pensando que estaba frío, pero quemaba (buenísimo para las hemorroides) y el hombre, medio ofendido porque ella pasó la mano le dijo: “Está limpio señora”. No dijo nada y se sentó.
Llegamos al lugar donde nos vistieron con las túnicas negras tapadas de pies a cabeza, dejamos los zapatos en las estanterías de la entrada y entramos a lo que sería la Sala de Oraciones, con la famosa alfombra, y las famosas lámparas. En un momento Moña empieza a gritar: “¡Ana, Ana!” Y le respondo: “¡Aquí estoy! A tu lado”. Y me dice: “Ah, parecés Rasputín, no te había conocido”.
Desde Dubai, teníamos pensado ir cuatro días a Jordania, pero era el año pasado, cuando había problemas con los sirios y nos aconsejaron que no fuéramos. Nos volvimos a Argentina. Después de más de un día de vuelo necesitábamos camas para dormir. En Buenos Aires fuimos a la casa de mi hijo y allí dormimos como bebés. Al día siguiente, ella partió para Mendoza y yo para Rosario.
Realmente fue un viaje inolvidable, tanto para ella como para mí. Todos nos preguntaban si no habíamos tenido roces por la convivencia. De ninguna manera, nos complementamos y nos conocemos demasiado bien como para pasar un mal momento. En el avión de regreso, nos habíamos armado con las mesitas y las mantas una hermosa mesa de juego. Veníamos jugando a la canasta, cuando apareció una azafata de primera clase. Al vernos nos dice: “Solo les falta una bebida”. “Sí, sí”, le contestamos y nos trajo una bebida que no sé cómo se llama; pero según la descripción de la azafata era como tomar un helado derretido, Moña se tomó dos y yo dos cervezas. Ja…Ja…La pasamos genial. ¡Cómo me gustaría volver!

martes, 17 de junio de 2014

Gangitanos en Rosario

Por Juan José Mocciaro

Ya había encontrado el pueblo de origen de mi abuelo siciliano, ya tenía la doble ciudadanía italiana. ¡Eran dos pasos muy importantes! Pero una pregunta me daba vuelta por mi cabeza ¿habría más gangitanos y descendientes en nuestra ciudad?
Rosario recibió de fines del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX una gran corriente de inmigrantes de origen español e italianos, en especial de Sicilia.
Fui al Consulado a consultar el padrón de los que tienen ciudadanía italiana y la sorpresa fue muy grande al encontrar 145 personas que provenían de ese pueblo de Sicilia: Gangi.
“¡Qué bueno tener identificados a los ‘paisanos’!”. Ahora, tenía que pensar ¿en juntarlos?
Me contacto con la profesora Hilda Vazzano de la localidad de Azul, y le propongo que venga a Rosario a dar una charla sobre Gangi y juntar a los paisanos para ese encuentro.
Desgraciadamente, por una dolencia, no pudo venir ese día a Rosario a dar la charla; y aunque agotamos los medios para avisarle a la gente que se suspendía, con la ansiedad de haber esperado este momento tanto tiempo, llego a la sala “Casa Familia Siciliana”, de San Nicolás al 1900, y había más de 50 personas, muchas de ellas de igual apellido otras se preguntaban si eran parientes, otras indagaban por su abuelo o abuela. En fin, era un gran encuentro familiar y tantos otros se mezclaban en un emocionado abrazo.
El título de la tarjeta de invitación llevó a confusión. Muchos creían que era para viajar que rezaba: “Viaje a Gangi, la tierra de nuestras raíces”.
Luego de las explicaciones del caso, con enorme alegría y de común acuerdo, aprovechamos la ocasión para realizar un encuentro y dejar todo organizado para formar una entidad.
Así fue como el 24 de octubre 2009, en el local de la Familia Abruzzesa de Rosario de calle Santiago 1334, quedó conformada la “Asociación Familia Gangitana de Rosario” y me eligieron para presidirla.
En esa oportunidad, José Sanfilippo, socio fundador, hijo de gangitano, nos regala a cada uno de los presentes una lámina amarillenta de la imagen del Spirito Santo traída por su abuela en el barco, de esa tierra tan lejana. Cabe señalar que es el protector de Gangi, siendo a partir de este momento el de nuestra entidad también.

N. del R: La foto que acompaña a esta historia fue tomada en 1929 en la puerta del Colegio Sagrado Corazón, de calle Mendoza y Moreno, donde están los primeros inmigrantes gangitanos llegados a nuestra ciudad, habían traído una imagen del protector del pueblo y la habían depositado en esa capilla, donde se observa a algunos integrantes de la Comisión Pro-Templo y la banda de música; porque la costumbre era ir a darle serenatas a los paisanos y recaudar unos pesos para contribuir a la causa de construir un templo, que actualmente se encuentra en la calle Cochabamba al 6300 y que fue levantada con mucho sacrificio tanto monetario como corporal.

Brujas, Bélgica

Por Ana María Miquel

En la famosa época del “uno a uno” y con mi hija becada en Francia, nos pudimos hacer con mi marido una escapadita por “las Europas”.
Estando en Amsterdam, madrugamos y desayunamos abundantemente. Tomamos un tranvía hasta la estación de trenes y luego un tren desde Amsterdam hasta Brujas. Salimos a las 8 y 25 exactamente y estábamos en Brujas a las 12.
Para no andar con las valijas y como solo estaríamos un día en esa ciudad, decidimos dejar en los casilleros de la estación de trenes todos los bultos, inclusive las camperas de abrigo y mi bolso cargado hasta con un queso ahumado que traía de Holanda para mi hijo en Argentina,. Fue así como a mi marido le dimos una mochila de tela con los sándwiches, a mi hija su carterita y yo llevé la mochila de ella con máquinas de fotos y anteojos. En una palabra, muy livianos para poder caminar cómodos, ya que hacía mucho calor y era un día esplendoroso.
Mi hija se nos adelantó para sacar el pasaje Brujas (Bélgica)- Lille (Francia); mientras que nosotros salimos de la estación de trenes y mi marido me pidió un rollo de fotos para la máquina (no eran digitales). “Los dejé en la cartera grande, compramos en el camino”, le respondí, a lo que, con cara de pocos amigos, me increpa diciéndome: “No, ya me asaltaron con la revelación de los rollos anteriores en Amsterdam. Vamos a buscarlo”.
Volvimos al casillero, lo abrimos, sacamos un rollo, volvimos a cerrar y nos fuimos.
Ya en la estación comenzaron las fotos. Era imposible no grabar en algún lado esas gigantescas matas de pensamientos amarillos y no me olvides azules. Mi hija ya conocía Brujas y, como de costumbre, nos llevó de la nariz.
Hay veces en que los hijos se convierten en padres de sus padres.
Comenzamos a caminar por un parque que más parecía un bosque entre túneles de árboles y un gran lago donde se desplazaban familias enteras de patos y cisnes. A esa hora, había poca gente y lo dejamos a mi marido cuidando un banco mientras nosotras nos fuimos a buscar bebidas. Comimos nuestros sándwiches y frutas, mientras que en otros bancos, rubias y coloradas familias hacían lo mismo.
Luego, caminamos por callecitas de cuentos hasta la gran plaza de la ciudad y mi marido y mi hija se fueron urgente a comprar francos belgas para que tuviéramos con qué movernos o comprar algo si queríamos. Mi marido rezongaba por lo bajo, porque no encontraba un cajero y mi hija trataba de mirar para otro lado para no escucharlo. Yo, como buena mamá siempre, en medio de los dos.
Para calmar los ánimos, nos sentamos a tomar un café y luego partimos en un minibús para pasear por la ciudad. Luego, tomamos un barquito para recorrer los canales. Otro cafecito, compramos exquisitos chocolates y me quedé fascinada con los trabajos a bolillo y los encajes.
A las 18, debíamos tomar el tren a Lille. Ya era hora de partir a la estación, para tener tiempo de recoger el equipaje y buscar el andén que nos correspondía.
Llegamos al valijero de la estación y casi nos da un ataque al corazón. ¡Estaba abierto y vacío! Fueron cruces de miradas entre los tres, pero nos habíamos quedado mudos. Me fui como una tromba a la ventanilla, pero ¿quién me iba a entender mi español? Solo hablan inglés, flamenco y holandés. Yo hacía señas como el penado 14, hasta que vino mi hija y comenzó a hablar en francés con el tipo de detrás del mostrador. Y este buen señor la hizo hablar de golpe en inglés porque le decía que no entendía francés. El colorado entendía todo, ya que ella le mostraba el ticket con el código del casillero. El belga colorado (por no decir una palabrota) se fue a un rincón a hablar con otro. Mi marido me pidió un cigarrillo y yo pensaba ¿cómo volveríamos a Argentina?, ¿con qué ropa?, ¿las camperas de abrigo?, ¿los perfumes que habíamos comprado?, ¿los bulbos de gladiolos? En fin, estaba haciendo un inventario del robo y no me podía convencer de que nos hubiera pasado algo así.
El colorado se arrimó a mi hija y le dijo que si nosotros habíamos vuelto a abrir el armario una vez cerrado, ya que entonces, había quedado abierto. Eso sucedió cuando fuimos a sacar el rollo de fotos.
Comencé a decirle a mi hija que esa repartición debería tener seguros por las cosas que uno dejaba. Entonces. como la cola de gente que esperaba ser atendida iba creciendo, el colorado nos hizo señas para que entráramos a una oficina abierta, tipo galpón, llena de bicicletas colgadas del techo y grandes mesones. Cuando entramos, muriéndose de risa junto a su compañero, levanta el índice hacia un estante y allí estaban nuestras cosas. No pude menos que reaccionar por impulso y me puse en puntas de pie y al belga ¡le dí un beso y un abrazo de aquellos!
…Oh!....Oh!... decía el colorado. Abrí la bolsa y le entregué una caja de los bombones que habíamos comprado. Reaccionó mi marido y lo abrazó y le dio unos pesos. El hombre no se esperaba esos obsequios y se quedó muy agradecido. Pero allí descubrimos cómo funciona la seguridad en los depósitos de las estaciones. Al volver a abrir tan rápidamente el armario, quedó detectado en una pantalla, llamó la atención y fueron a sacar todo y guardarlo, cosa que nosotros no conocíamos.

De cualquier manera, allí estaba todo y no faltaba absolutamente nada. Tomamos el equipaje y corrimos al andén para tomar el tren a Lille. Era el segundo robo del que nos salvábamos.

Mi hermano se compró un auto

Por MAHJO

Cuando mi hermano tenía 18 años, diez más que yo, se le ocurrió comprarse un auto, para lo cual tuvo la feliz idea de ir hasta Firmat –localidad situada en el sur de Santa Fe– a comprar una chatita Ford T y traerla andando hasta Rosario. ¿Qué ocurrió en el camino? Cuando llegó a la famosa “curva de la muerte”, cerca de Pérez, se le paró la chatita, lo que no hubiera sido nada, si no fuera porque en ese momento venía el tren. Felizmente, mi hermano se bajó a empujarla y pudo sacarla a tiempo.
Cuando llegó a Rosario y mi padre se enteró de la compra lo quiso matar y se salvó de cobrar, porque estaba mi abuela en casa.
Como mi tío trabajaba de chofer en el Banco Provincial de Santa Fe, mi hermano le pidió que la manejara. Claro, él estaba acostumbrado a los coches grandes, con buenos frenos, como los que usaba en el banco, y en la primera esquina terminamos en la vereda, porque no pudo frenar.
Y, ahora, voy a hablar de mi viejo aprovechando que se acerca el Día del Padre. Como verán era un hombre muy rígido, parecía un militar, pero lógicamente la crianza que nos dio fue la que aprendió de sus padres.
Sin embargo, tengo buenos recuerdos de mi infancia, él nos llevaba a mi amigo y a mí a recorrer el puerto donde veíamos esos barcos, esos trenes cerealeros y recuerdo que había una montaña de arena de donde nos arrojábamos con mi amigo. También nos llevaba a remontar barriletes detrás de la Yerbatera Martin, donde aunque ustedes no lo crean había una villa. Y precisamente hablando de los barriletes, mi padre había descubierto que si el tiro del medio del barrilete era más largo éste volaba más alto, por lo que todos los chicos de la cuadra traían sus barriletes para que mi papá le hiciera los tiros.
También nos fabricó un carrito que, en lugar de rulemanes tenía ruedas de madera e incluso les había puesto un freno. Lo llevábamos a la Bajada San Juan, esa que termina en la Avenida Belgrano, y allí nos arrojábamos.
Felizmente la Avenida Belgrano no tenía el tránsito que tiene ahora, porque a pesar del freno de vez en cuando terminábamos en la Avenida.
Luego vino lo de la bicicleta, sobre la que ya les conté, y por último: agradecerle a mi padre la enseñanza que nos dio y que en los momentos difíciles de mi vida siempre estuvo a mi lado. ¡Qué pena no tenerte Viejo!

lunes, 16 de junio de 2014

Casa de mujeres

Por María Elena Domenech

Había que estar a horario en la parada de la línea “E” para no perder el colectivo que desde la zona sur nos llevaba por distintas zonas de la ciudad hasta el barrio Echesortu donde yo cursaba el primer grado en una escuela de monjas. Era casi una expedición para mis cinco años y tardé en entender por qué mi mamá me había anotado en un colegio que quedaba tan pero tan lejos de casa.
De lunes a viernes, de marzo a diciembre se repetía el apuro por tener el guardapolvo con tablas y moño atrás, impecable, para subir a un transporte que la mayoría de las veces iba repleto de trabajadores, que anhelaban llegar a sus hogares para almorzar y descansar unas horas para retornar luego con el hastío en la mirada.
En mi caso y en el de mi mamá, a esa hora comenzaba nuestro trabajo: yo en la escuela y ella esperando cinco horas hasta mi salida para hacer el camino inverso en el mismo colectivo, que por repetición se convertiría en un ambiente familiar.
En esta rutina laboral, éramos dos las que subíamos pero bajábamos tres, porque a medio camino mi mamá se asomaba por donde podía y hacía una seña que significaba “estamos acá”. Entonces, Marga, que esperaba en una esquina a la hora convenida, se despedía de su madre y se unía a nosotras hasta llegar a la escuela, mundo desconocido y al principio atemorizante, donde la luz se traducía como pinturitas de colores y papel araña en los cuadernos. Así, durante dos años hasta que mi abuelo le cedió una casa a mi vieja y nos mudamos a la vuelta del colegio.
La “E” seguía pasando pero ahora con marga y su madre.
Con el tiempo, ella también se mudó y habitó una casa sobre mi misma calle, pero a 10 cuadras de distancia. A esa altura 9 de julio se levantaba orgullosa de su arquitectura, con sus casas alineadas, iguales, distinguidas ¡con balcones para serenatas!

Así, conocí a Margarita
Entre a su casa recién de adolescente, no sé por qué no antes, y allí me relacioné mucho con su familia.
El padre era viajante de una fábrica de calzado, por lo tanto permanecía mucho tiempo fuera de casa. Guardo la imagen de un hombre alto con unos ojos celestes clarísimos y semblante muy serio, que llegaba con un maletín y con muchas pilas de cajas de zapatos atadas que quedaban depositadas en una habitación que cumplía el rol de escritorio, oficina, depósito y lugar donde nos juntábamos a charlar con las amigas, siempre y cuando él no estuviera.
El espacio era reducido y las cajas apiladas trepaban las paredes, a veces mi imaginación volaba tanto que sentía un insoportable olor a pata sucia. De todos modos, me encantaba estar en esa casa.
Las tardes en el hogar de Marga eran muy cálidas. Su mamá, siempre con una sonrisa, mejillas rosadas, ojos chispeantes y cantando canciones españolas, nos preparaba una leche con bizcochos exquisitos que tomábamos en la gran mesa de la cocina, un ambiente amplio con mucha luz y con varios sectores: la máquina de coser siempre abierta y con alguna costura empezada en un rincón, los útiles escolares de las tres hermanas desordenados sobre una mesa pequeña al lado de un armario que guardaba libros y más libros; y el sector de la abuela, una española muy menuda, siempre vestida de luto que a mí me parecía centenaria pero que tuvo mucha vida por delante. Yo la veía como un adorno, no se movía de su sillón ni dejaba de escuchar la radio a pesar del bochinche de nuestras conversaciones. Las dos hermanas de Marga, menores que ella, siempre estaban compartiendo la gran mesa y contando anécdotas de la abuela y del loro.

Casa de mujeres era esa casa. Solo voces femeninas en su interior, solo llamados telefónicos de otras mujeres: primas, tías, amigas. Solo visitas de más amigas y un solo hombre, el padre, que rara vez estaba y se lo veía.
Solo mujeres para resolver y decidir, para poner resistencia y defenderse, como esa vez muchos años después en que tocaron el timbre y Marga, que se había tirado a descansar un rato ya que debía seguir preparando una materia para rendir en la facultad de Filosofía y Letras, se levantó intuyendo la noche que se venía junto a la noche y vio desde el balcón de su cuarto dos coches marca Ford Falcon. ¡Quién no asociaba esos coches siniestros con la desaparición y la muerte! ¡Oscura década de los 70! ¡Sangrienta e inolvidable década!

Mi amiga nunca fue una persona que se caracterizara por su agilidad o liviandad de cuerpo, todo lo contrario; pero en ese segundo supo que si no aprendía a volar se condenaba a desaparecer.
Un instante después había trepado y saltado el muro del patio de su casa y se perdería en la noche, mientras varias personas a los gritos y con atropellos destrozaban todo lo que podían.
Un puñado de mujeres abrazadas, sin defensa pero íntegras, observaban la escena.
El padre fue terminante: compró un billete de avión a Madrid, le armó un pequeño bolso y le puso unos pesos en el bolsillo de su abrigo.
Dos días después, estaba Marga, parada frente a la Plaza de Cibeles, con su bolso y su tapado, que apenas la protegía del frío madrileño, sin saber qué hacer ni dónde ir.
En mi madurez, cuando estuve en Madrid y en esa plaza, pude ver tu figura recortada en ese paisaje y me pregunté cómo hiciste para vencer el desamparo, para derrotar las nostalgias, para enfrentar otra sociedad estando tan sola, cruelmente sola amiga mía siendo tan pequeña.
La calle 9 de julio, hilo conductor de tantas idas y vueltas, se bifurcó para mí hacia la nada.

En Rosario, unos años más tarde, se casaba la más chica de las hermanas. Al tiempo, tuvo una hija, se separó y volvió a la casa materna... con otra mujer.

Todo el brillo de los ojos y la sonrisa de su madre, estaban presentes en Marga. Todo era dicho con la gracia bien administrada que transmitía la genética.
Salimos de la escuela primaria para seguir juntas la secundaria. Para ello, bastó dar dos pasos a la derecha y seguir bajo la misma tutela de la congregación que nos educaba. En ese momento empezaban a construir el nuevo edificio y nosotras fuimos ascendiendo de piso junto con los golpes de martillo y los obreros que se balanceaban en los andamios.
 Atravesamos nuestra adolescencia con muchas carcajadas. Marga me enseñó a reírme de mí misma, a ver lo ridículas que podíamos ser a veces y a encontrar divertidas ciertas situaciones dramáticas en las que nos involucrábamos.
En el colegio ella se sentaba delante de mí y cuando estábamos aburridas inventábamos historias. Nada quedaba escrito, todo era oral y espontáneo. Así nació entre otras, la historia del Cholo, un cuarentón con mentalidad infantil que no hacía nada y vivía explotando a su madre, cuatro huesos envueltos en un batón florido que ni nombre tenía porque siempre fue “la madre del Cholo”.
La que tenía una idea sobre la aventura de ese día, la disparaba y la otra la iba completando hasta armar escenas disparatadas que nos hacían reír hasta las lágrimas. Por primera, vez sentí las carcajadas de María Rosa, una flacucha muy tímida y silenciosa que sentada detrás de mí escuchaba algo de las aventuras del Cholo.
Desde siempre, Marga demostró devoción por los libros y la literatura, y en esa etapa del secundario era la única que brillaba en los análisis literarios, que yo odiaba porque no entendía ni el título de la tarea a realizar.
Por ejemplo, el análisis de “El Quijote” hizo que nos instalásemos con otras amigas en casa de Marga durante semanas enteras para completar el trabajo. Ella nos explicaba con gran generosidad.
Los vientos siguieron entrando en la casa de la calle 9 de julio, barriendo a veces y otras no tanto, las dificultades que cada día traía consigo.
La muerte del único hombre de la familia, sin la presencia de la mayor de las hijas, quebró por un tiempo la estructura hogareña, pero la resistencia matriarcal saltó las oscuras crestas de los miedos y la casa recobró el ritmo de las costuras y carcajadas.
La hermana del medio, ya separada y con tres hijas mujeres que criar, sumó su presencia a los cuartos de estar donde transcurría la vida de las hembras mayores, mientras que las menores corrían entre rodajas de pan con dulce de leche y cuadernos con tareas escolares.
Marga, en Madrid, terminó su carrera universitaria y trabajó en distintas redacciones como administrativa.
No sentía rencor por las circunstancias que habían decidido su destino ni por su padre, pero al morir éste se sintió desprotegida como nunca.
En un momento de su vida sintió que era hora de hacer algo que tuviera su sello, entonces organizó y puso en marcha un diario barrial.
Esto le llevaba mucho esfuerzo, pero también ocupó el tiempo que no ocupaban los hombres. Tuvo muchas relaciones pasajeras y algunas estables con personas en las que se recostaba con una entrega ingenua, regalando su mejor vuelo de mujer apasionada: pero siempre terminaba mal, agotada en su propio fracaso.
Estaba sola igual que todas las mujeres de su familia y alguna noche se preguntó quién había decidido que esto fuera así.
Pasaron varios años durante los cuales no hubo un solo día en que, a la distancia, no se fundieran en un abrazo las alegrías con los dolores.
La casa de Rosario albergaba cuatro generaciones de mujeres que en algún momento de sus vidas habían quedado a cargo de las crías y la casa de Madrid retenía a una mujer que, por más que se esforzara, no podía contener las ganas de volver con su familia.
Cada casa era la fortaleza en el día y la debilidad en las noches, cuando los silencios se hacen tan fuertes que es necesario romperlos con el pensamiento para no sucumbir ante ellos. Cada mujer era un mundo de recuerdos y proyectos que dejaban instalada la mayor de las incertidumbres
Tantos fueron los destellos como las sombras que cubrían el alma, tantas las ganas de alcanzar como la resignación a lo inalcanzable, simple vida que sólo sumaba días, que templaron el carácter de la soledad: mezcla de abandono, intolerancia y melancolía.
¿Cuándo se apagaron tus carcajadas, Marga? ¿Cuándo perdiste el sentido del humor? ¿Cuándo decidiste que ya no importaba recuperarlos?
Marga volvió con el tiempo a cuestas y en el regreso se encontró con que debía enfrentar otros tiempos: los del desarraigo. Lo que añoraba ya no existía. De sus veinte años nadie se acordaba, sus espacios estaban ocupados por otras figuras irreconocibles; había que empezar de nuevo y eso le resultó tan difícil como el día en que había tenido que partir.
Para contener tanta fragilidad estaba la casa de las mujeres y cada noche se escuchaba una canción de cuna que escapaba a través de las puertas del balcón.
Ya no somos las de entonces ni pretendemos serlo con las décadas sumadas en nuestras vidas. El destino falló a favor y en contra de cada una de nosotras. Marga sigue junto a sus mujeres y yo tengo una familia propia, pero ni tiempo ni distancia ni pareceres diferentes, empequeñecieron nuestra amistad