jueves, 13 de agosto de 2026

Inusuales. Parte I

 Hugo Longhi

 

Quizás porque en mi niñez y adolescencia no lo pude hacer, de adulto me sobrevino el impulso de viajar. Deliciosa actitud que, sin embargo, tiene sus riesgos y conlleva sus esfuerzos. De todos modos, no estoy aquí para analizar sociológicamente la cuestión sino para mostrar, muy a vuelo de pájaro, algunas recorridas realizadas en estos años. Pero no todas, solo las que concluyeron en destinos poco usuales para los argentinos.

Si les parece comenzaré por América Latina.

Ya hace tiempo que casi todos los rosarinos que parten desde el aeropuerto local hacia el exterior aterrizan en Tocumen, la estación aérea panameña. De allí, siguen viaje rumbo a distintos puntos del continente.

Yo, de puro contrera, esa vez decidí quedarme en Panamá. Me caminé toda la cinta costera atendiendo las indicaciones del solmáforo para que el voraz sol de la región no me afectara tanto. Por supuesto, anduve por el casco histórico donde están el palacio de gobierno, la catedral y el museo nacional, entre otros. También escalé el cerro Ancón, el más alto de la ciudad, para disfrutar de su vista panorámica. Y, claro, el crucero por el canal para observar esa maravillosa obra de la ingeniería moderna. Aclaración por si alguna vez van: el clima es insoportable, jamás transpiré tanto, al punto de pensar de que tenía algún problema cardíaco.

Un par de años después me incorporé al grupo que utiliza a Tocumen como “toco y me voy” o touch and go, si lo prefieren, y me corrí hasta la vecina Costa Rica. San José, su capital, no tiene tantos atractivos turísticos, pero su extenso Parque Metropolitano “La Sabana” bien vale una tarde. También el brillante Museo del Oro. Mi idea era visitar el volcán Poás y ya tenía todo listo para ir cuando un día antes el muy travieso decidió entrar en erupción. Hacía 64 años que venía durmiendo una especie de siesta y justo se despertó en ese momento. Vaya suerte la mía. Obvio, excursión suspendida.

Pego un salto hasta Cuba. A esta altura debo aclarar que esta semblanza evocativa no tiene ninguna prolijidad cronológica. Qué importa cuando se viaja, lo valioso es hacerlo. Bueno, en la isla bonita, estuve dos veces, una con planes netamente turísticos y la otra diría que con fines sociales. Me alojé en casa de amigos cubanos de entonces y pude comprobar todas las carencias que soportan. Aun así son super felices y se esforzaron por darme lo que no tienen.

Anduve por Matanzas, una ciudad cercana a Varadero, y allí visité las cuevas de Bellamar, extenso accidente natural en forma de galerías donde abundan las estalactitas y las estalagmitas. Después les preguntaré cuales son unas y cuales las otras porque nunca me acuerdo. Después.

Otro punto poco visitado por extranjeros es Manzanillo, en el occidente de la isla. Allí coincidí con el Día Internacional de la Mujer y les puedo asegurar que se festeja en serio. Es jornada feriada, además. Hay playas en ambos puntos caribeños citados.

Me voy para México, pero no para la ciudad capital ni la ribera maya sino hacia el lado del Pacífico. Nada menos que Acapulco. A este lugar quisiera dividirlo en tres. La zona playera, donde están todos los hoteles y va la gente de clase media; luego, las islas con sus mansiones de millonarios, por caso Luis Miguel, Julio Iglesias, Jeniffer Lopez y tanta gente que uno frecuenta, ejem. A esos sitios solo se puede llegar por agua y hay cruceros que hacen la recorrida todo el tiempo.

La tercera fracción de Acapulco, destino poco habitual entre los argentinos insisto, es la ciudad en sí, donde viven sus habitantes. Después del lujoso periplo naval se me ocurrió volver en colectivo urbano para no pagar taxis que, dicho sea de paso, hay que acordar precio antes de abordarlos. El bus va costeando el mar y yo iba extasiado con ese paisaje hasta que, de repente, giró hacia la izquierda y se internó en el lado opuesto. Y allí descubrí el verdadero Acapulco, lejos del glamur de las mansiones y los servicios de los hoteles. Ríanse de nuestras villas, nuestras calles de tierra, nuestras zanjas y demás. De pronto tuve temor de que alguien arrojara alguna piedra o algo así contra el vehículo por el ambiente que se percibía. Pero ¿quién podría sospechar que allí iba un turista extranjero? Solo un delirante viajaría en colectivo urbano. Yo lo hice y finalmente sobreviví. De más está decir que no repetí la experiencia durante mi estadía.

Me queda, para ir cerrando, mi llegada a Ecuador, una vez más vía Tocumen, lugar donde ya me movía más cómodo que en mi casa. Desembarqué en Quito y tras sortear algunos trastornos de salud debido a la altura, salí a caminar la ciudad. Como para no ser tan tedioso solo me limitaré a comentar un punto que está en las afueras, en la región de Pichincha, pero no la tuya Cristina, sino donde se encuentra el complejo “Mitad del Mundo”, ese monolito atravesado por una línea que supuestamente señala la división entre hemisferios. Si, adivinaron, me saqué la típica foto apoyando un pie en cada lado. También allí existen otros atractivos como, por ejemplo, el Museo del Cacao. Me hicieron probar la pasta original de este fruto y, qué quieren que les diga, prefiero el chocolatín que compro en el quiosco de la esquina.

En Guayaquil, ya a nivel del mar, subí los 444 escalones hasta el faro. No crean que los conté pacientemente, sino que cada uno de los peldaños posee su numerito inserto como si fuese un mosaico. Agotador, pero llegar tiene su premio, la vista es espectacular, sobre todo hacia la bahía.

Omito exprofeso mi paso por Bolivia. El trayecto desde Villazón a La Paz por vía terrestre es como para que un productor de Hollywood haga varias películas. Toda una odisea. Quedará para otra oportunidad.

El árbitro ha pitado el final de la primera etapa de mi reseña. Tras el entretiempo volveré con el resto. Mientras tanto los invito a que me indiquen qué lugares extraños o poco usuales para los argentinos me recomendarían conocer. 

Pasaporte en mano, nos reencontramos en cualquier momento.

Herencia de silencios

 Alberto Castillo

 

Yo era muy pibe, seis o siete años.

Una tarde, en el club Faustino, un amigo me pregunta: “¿Che, mi viejo me dijo que tenés diferente apellido que tus hermanos?

Yo tenía dos hermanos, bastante mayores. Guillermo y Luis, del primer matrimonio de mi madre.

Salí del club y corrí a preguntarle.

Me miró, endureció su rostro y me contestó: “Decile al curioso que venga a preguntarme a mí. Y vos, ya vas a tener edad para saber”.

Nunca tuve esa edad.

Pasaron algunos años y de visita al pueblo de mi familia paterna, una prima me cuenta la existencia de una supuesta hija de mi viejo, situación que en el lugar era por todos conocida.

Mis viejos aún eran personas relativamente jóvenes.

Ni siquiera pregunté. Sabía, presentía, que era inútil.

Crecí creyendo que llegaría el día en que todo cobraría sentido.

Que alguien me relataría la historia completa.

Ese día nunca llegó.

Mi padre y mi madre partieron sin decirme nada; y las respuestas, solo por ellos conocidas.

Mi hermano Luis fue el primero en contraer matrimonio. Su esposa fue mucho más que una nuera para mi madre. Fue su confidente. La que conoce toda la historia familiar

Hace poco tiempo le pregunté. Sereno, pero firme, le pedí que me contara y lo mal que sentía por ignorar. Su respuesta fue terminante: ¡Se lo prometí a tu madre! Lo tengo todo escrito. ¡Cuando yo parta se van a enterar de todo!

Hay silencios que protegen, pero cuando son guardados por personas que amamos, hieren, dejan una marca profunda.

Las heridas no nacen de lo que ocurrió, sino de aquello que nunca fue dicho.

Hoy y con esfuerzo pude armar algo de ese entramado de misterios.

Algunos parientes y amigos aportaron algo de información; siempre codificada y con recelo.

Lo que no se nombra tiende a repetirse en las siguientes generaciones en forma de conductas y miedos sin causas claras.

Crecer con mentiras, con verdades ocultas, induce a dudar de los otros y dificulta entablar vínculos sanos. Una psicoanalista belga, Maud Mannoni, escribió sobre “el saber no sabido o la tristeza sin razón”.

Sé que seguirán las preguntas sin respuestas. Pero mientras existan los recuerdos y la voluntad de buscarlos, la historia de mi familia seguirá viva.

Escribirla es una forma de rescatarla del olvido. Ponerlo en palabras no cambiará mi pasado, pero si puede ayudarme a convivir mejor con él.

No siempre escribimos para recordar.

A veces escribimos para no cargar solos con los recuerdos. 

Me lo debo yo, pero sobre todo mi hijo y mi nieto.

Tío Luis: retrato de un hombre querido

 Alberto Castillo

 

Hay personas que sin proponérselo dejan una huella amable en la vida de los demás. Mi tío Luis, hermano menor de mi madre, era una de ellas.

Tenía una presencia que no pasaba desapercibida. Era un hombre de buena pinta, elegante sin esfuerzo y con una sonrisa que parecía abrir todas las puertas.

Las mujeres lo miraban con admiración, pero el conquistaba mucho más por su forma de ser que por su aspecto.

Era simpático, atento y tenía ese don de hacer sentir importantes a quien tenía enfrente.

Tenía admiración y enorme cariño por mi madre a quién visitaba todos los días. Él, a pesar de ser bastante menor que ella, la llamaba “la nena”.

Se casó muy joven con mi tía Dolly, hermosa mujer, morena, de una belleza singular. Hija de una brasileña y de un padre de ascendencia italiana.

Encuentros propios del Rosario de esos tiempos.

Luis y Dolly eran la pareja perfecta. Él, elegante, de mucha pinta; ella, hermosa y con un aire distinto al de las muchachas de aquellos años.

Dolly era cantante de boleros y no lo hacía como pasatiempo, tenía escenario y presencia.

Lo hacía semanalmente por LT 8 Radio Rosario.

Para la Rosario de mediados de los cincuenta era una adelantada a su tiempo.

Independiente, segura.

Verlos juntos era un deleite.

Su matrimonio fué casi efímero. Al poco tiempo de nacer su hijo, mi primo, el camino de la pareja tomó otro rumbo.

Sin embargo, ese final nunca se convirtió en una historia de rencores.

Al contrario, había algo muy especial en él: sabía despedirse sin herir.

Con el paso de los años tuvo varias novias; pero todas lo recordaban y hablaban de él con una sonrisa.

Todas tenían contacto con mi madre, quien terminaba siendo amiga y confidente de ellas.

Era como si Luis tuviera la virtud de cuidar los afectos, incluso cuándo el amor terminaba.

No es una cualidad común.

Tal vez por eso, quienes lo quisimos nunca dejamos de recordarlo con cariño.

Se empleó desde muy joven en Boglione y Cobelli, tienda de ropas, sobre todo impermeables y artículos del hogar.

Estaba situada en calle Mitre 738, zona del histórico teatro Odeón de Rosario.

Esa tienda, especie de shopping actual, tuvo plena vigencia entre los años cuarenta y setenta.

Allí, Luis se destacaba como vendedor de salón, sobre todo entre la clientela femenina

Tenía debilidad por las mujeres rubias, como salidas de una película de Hollywood. Y me consta que era exitoso cuándo su encanto natural despertaba una mirada cómplice.

Generoso, de buen humor. Disfrutaba de la vida, de las reuniones familiares, de las charlas y las risas compartidas. Con él cerca, el ambiente era mucho más liviano.

Tenía la capacidad de hacer sentir bien a los demás y ese es un talento que no se aprende.

Bastaba con que alguno de nosotros alabara la camisa o la campera que llevaba, para que al día siguiente apareciera en casa un bolso. Dentro estaba prolijamente doblada esa misma prenda que habíamos elogiado.

Disfrutaba dando... 

Cuando pienso en mi tío Luis, no recuerdo grandes discursos o hazañas extraordinarias. Lo recuerdo por algo mucho más valioso: por haber sido una buena persona. De esas que aún años después siguen despertando una sonrisa en quiénes tuvimos la suerte de conocerlo.

martes, 11 de agosto de 2026

Carnavaleando

 Beatriz Prince

 

Vivíamos con mi familia, mamá y mis dos hermanos, en San Martin al 4000.

Esperábamos con ansias el carnaval, mamá nos llevaba a los tres al corso de San Martín y Bulevar Segui, “el corso del choripán”. Íbamos disfrazados y felices, con pomos y serpentinas. ¡Cuanto humo!, carrozas sencillas, muchos disfraces caseros y aparecía él “el rey Momo”, el poeta Alfonso Alonso Aragón”, querido personaje que reinó en los carnavales rosarinos por décadas; estoico, cuánta dignidad en su postura, su traje de raso rosado, gastado, corona y una espada como cetro; era pintoresco e ingenuo, mendigaba ropa y comida. Su poesía era inteligible y su vida trashumante. Sus ojos algo tristes, tal vez por haber visto tanto; era víctima de bromas y cada año le renovaban su reinado.

Luego, crecimos e íbamos a los clubes del barrio, CAOVA, Central Córdoba, El Tala, Provincial, Newell’s, Gimnasia y Esgrima, y cada barrio con su club.

A mediados de los 70, en Provincial disfrutábamos el Sótano Beat: Los No, Conexión número 5, Batallón Mermelada, Los Gatos. En Gimnasia y Central, artistas internacionales, Johnny Halliday, Silvie Bartan, Adamo, Manzanero, Serrat. Recuerdo en la parte trasera y los costados de los colectivos sus fotos promocionándolos.

En el Parque Independencia, estaban los corsos del intendente Luis Cándido Carvallo, con despliegue de costosas carrozas y trajes luminosos con coreos brillantes, gran despliegue de color y belleza, una comparsa mejor que otra.

En 1976, durante la dictadura, los militares prohibieron los festejos del carnaval, y retiran el feriado.

Volviendo al barrio, durante el día, siestas y tardes jugando al carnaval. Niños jóvenes y adultos con pomos, cacerolas, baldes y globos, estos ultimos no me gustaban pues dolían, lo vivía como algo muy agresivo. Dos o tres vecinos muy cercanos trataban de mojar a las viejas, mamá, mis tías, mi nona, que tenían entonces mi edad actual, ¡que atrevido llamarlas viejas! Ellos hacían guardia esperando que pasaran por un patio, una puerta y allí las bañaban. Todos nos divertíamos mucho.

Las puertas de pasillos y casas permanecían abiertas, pues todos cargábamos agua donde podíamos.

Una tarde esperando el cole para ir al centro a trabajar, me hicieron sopa, debí volver a casa a cambiarme, por supuesto que llegué tarde al trabajo.

Otra vez, en Maipú y Ocampo, al bajar de la “C” , voy llegando a donde me esperaban, y para un auto y cuatro muchachos se bajan con un balde lleno de globos. Terminé contra la pared, siendo blanco de la lluvia de globazos sin piedad. Muertos de risa se fueron y yo quedé llorando muy asustada; una vez más deseé ser varón y “poder” con esto.

Nunca olvidaré una tarde, luego de jugar al carnaval, toda mojada y descalza, entré a mi cuarto, tomé el velador para correrlo y me atravesó un rayo. Fue como si hubiese entrado por la palma de mi mano, que permanecía cerrada tomando el caño en forma de medialuna, fue pasando por mi cuerpo y descargó en los pies, sentí un dolor muy profundo, no recuerdo más.

Lo demás me lo contaron: desperté acostada en el piso, temblando, rodeada de mi familia y vecinos, con un médico revisándome. “Esta señorita tiene un corazón muy fuerte” dijo el médico y agregó: “Esto se lo reforzó”.

Mi hermano mayor, que en ese momento dormía en el cuarto de al lado, se despertó por mis gritos, contó que eran alaridos; a almohadazos había tratado de separarme del velador, yo lo sostenía con la mano cerrada (era una medialuna de metal), y me sacudía hacia todos lados, hasta que mi mamá, que estaba bañándose, escuchó los gritos y corrió a bajar la llave de luz.

Me disparé golpeándome contra una pared y luego caí al suelo. Cuentan que me sacudí como poseída y temblaba, quedé llena de moretones; afortunadamente el doctor era vecino y llegó rapidísimo. Esa noche mi hermano Manuel, una amiga (Estelita) y yo fuimos a un cumple de 15 años (esa era mi edad también) y le pedí a mi mama que me acompañara. Yo iba a todos los asaltos, cumples y bailes con mis hermanos, pero esa noche necesité a mamá a mi lado. Quedé como perrito golpeado, a tal punto que esa noche no bailé, ¡con lo que amo bailar!; mi amiga estuvo a mi lado, haciéndome pata, planchamos toda la noche. Flor de susto me lleve.

De grande, luego de mis trabajos en la época de venta de indumentaria y negocios familiares, estudié instructora de yoga, masajes y reiki; y, cada vez que me decían “que buen reikista sos” (modestia aparte), yo pensaba en broma: “Recibí energía para rato”.

 

 

jueves, 18 de junio de 2026

La última barra de amigos

 

María Cristina Piñol

 

Hasta hace no mucho tiempo el barrio entero se sentía como “tu casa”, existía un fuerte sentido de pertenencia sobre cada calle, vereda, plaza o campito. Salir a jugar era un ritual cotidiano y fascinante. Lo hicieron la generación de mis padres, la nuestra y la de mis hijos, hoy ya todos cuarentones.

Como vivimos siempre en el mismo barrio y en la misma calle, somos testigos de los cambios sufridos en el transcurso del tiempo. Hoy están mis nietos viviendo también en “nuestro barrio”; y, aunque hay otros pibes además de ellos en la cortada y alrededores, no tienen ningún contacto entre sí. Ya no se juega en la vereda, tampoco en las plazas ni hay un campito libre para jugar a la pelota, por ejemplo.

Pero les voy a hablar de la “barra” de mi hijo menor que está por cumplir cuarenta y un años.

Son alrededor de quince “hombres” y en todo el tiempo transcurrido siguen siendo como ellos mismos se denominan “La última barra del barrio”.

Ya casi todos están casados, algunos divorciados y con hijos, y un soltero que tiene dos hijos, pero no pareja.

Hoy los amigos de la nueva generación son de la escuela o del deporte que practican. Ya no se escucha decir, por ejemplo, “mañana nos encontramos “en la esquina a la hora de siempre”, solo se conectan por WhatsApp y quedan en ir a la casa de tal o cual, o al shopping, o al gimnasio, o a lo sumo al club.

En aquel tiempo todos nos conocíamos con todos y entre padres y madres, que también éramos vecinos, fuimos viendo como esos chicos crecieron y se hicieron hombres.

Uno o dos días por semana iban a jugar al fútbol en el campito de atrás de Minetti y siempre recuerdan que debían volver a las 20, porque a esa hora se cenaba.

Aun hoy todos los martes siguen yendo a jugar al fútbol. Es religión. Ahora, los horarios se los pondrán las esposas y tampoco van al campito, sino que alquilan una canchita privada de la cual dos por tres vuelven con alguna lesión.

Ya tienen problemas de “grandes”, papás enfermos, por ejemplo, alguna necesidad económica y, ante lo que sea, siempre están ayudándose los unos a los otros, en las buenas y en las malas. La mamá de uno de los chicos vive sola frente a mi casa y tiene problemas de salud. Los hijos que pueden cuidarla viven en Roldán, y mi hijo también y él se encargaba de llevarla todos los días. Cuando le pregunté si le molestaba, me contestó: “Mamá yo me crié en esa casa con Elena, me da mucho dolor verla así, es lo que puedo hacer por ella y por Juan”, un amigo incondicional.

Este fin de año, lo festejamos en casa de mi hijo y fueron casi todos los del grupo, algunos ya con sus propios hijos. Era un ir y venir de recuerdos entre ellos y con nosotros.

Después de varios brindis, se me acerca uno y me dice: “Te voy a contar algo que estoy seguro que no sabés, Cris: la primera película porno que vimos la vimos todos juntos en tu casa y, por supuesto, ustedes no estaban. Jaja”.

Qué fantásticas eran las amistades del barrio, que seguros nos sentíamos los chicos y los padres. Recurrían a cualquiera de nosotros como si fuéramos familia y, así, lo sentíamos.

Ellos se ponían algún sobrenombre y aún se siguen llamando por esos motes, cuando los vemos juntos riendo y “cargándose” parece que el tiempo se hubiera detenido.

Claro que físicamente fueron cambiando, hoy todos se llaman “gordo” los unos a los otros salvo a un par que siguen siendo aún “el flaco” de aquel entonces.

martes, 19 de mayo de 2026

Palabras cautivas

 Mónica Mancini

 

Buzón, estafeta postal, correo, certificada, expreso, vía aérea, telegrama, estampilla, cartero… Me pregunto si los millenials o la generación “Z”, tendrán idea del uso que le dábamos los Silver a todos estos vocablos.

La comunicación, emblema de la cultura y de la evolución, ha sido siempre un tema candente, en el que todos hemos estado pendientes para acceder a informarnos de hechos que suceden a distancia o simplemente de entablar relaciones con personas o instituciones que nos interesan.

La palabra escrita es gran protagonista de la historia, ya que ante el debut de la escritura se dividen los tiempos humanos y con ella la posibilidad de dejar testimonio de acontecimientos, transformaciones, datos, que sin duda nos ayudan a conocer el pasado y comprender mejor el presente.

Esta introducción es para incorporar a mi relato a las que fueron protagonistas en mi adolescencia, a las que esperaba con ansiedad todos los días cerca del mediodía :las cartas, de la mano de mi amigo el cartero.

Las circunstancias de la vida hicieron que, por cuestiones familiares, debiera vivir en la ciudad de San Miguel de Tucumán en los años setenta y tres y setenta y cuatro, en los que cursé cuarto y quinto año de la secundaria. Demás está decir lo duro que es para una adolescente irse a vivir a mil kilómetros de su familia, de sus amigos y, lo peor de todo, del novio.

La comunicación telefónica aún era con operadora y muy cara, tampoco había tantos teléfonos instalados y se utilizaba solo en casos de suma urgencia. Era reemplazado por el famoso y tan temido telegrama, el que tenía variados usos. Se enviaba cuando hacías un viaje y llegabas a destino, para enviar felicitaciones para un evento importante, el pésame en caso de fallecimiento y también te lo mandan aun hoy cuando te despiden de un trabajo o cuando renuncias a este. Su contenido debía ser breve y claro, el costo era por la cantidad de palabras y se contaban todas; es decir, destinatario, remitente, dirección. Si debías avisar que llegaste bien, terminabas poniendo solo “llegué”; para saludos, “felicidades”, tratando de expresar, en una o muy pocas palabras lo que deseabas comunicar.

Queda claro, entonces, que la comunicación casi con exclusividad era el intercambio epistolar, que en mi caso era sumamente fluido.

Para acelerar los tiempos, el modo de enviar la correspondencia era mandarla certificada o expresa, lo que implicaba un costo bastante más elevado que la carta simple, a la que le ponías un San Martin coloradito y la metías en el también colorado buzón. Esa demoraba hasta quince días, no daba, por lo que yo me manejaba con las más caras y los que me escribían también.

De esta forma, casi todos los días yo recibía una carta ya sea de mi novio, de mi hermana, de mis amigas y también las enviaba.

 

El buzón, ahora transformado en algo decorativo, era importante para nosotros. En mi niñez, donde repetidas veces íbamos a tirar las cartas en su interior, imbuida del realismo mágico, creía que existían túneles por donde las cartas se desplazaban solitas y llegaban a destino. No era loco, si pensábamos que un ratón era capaz de llevarse los dientes y dejarte dinero a cambio, y que tres señores volaban en camello para dejarte regalos.

Tanto el cartero de Tucumán como el de Rosario ya sabían la historia y, cuando eventualmente pasaban unos días sin correspondencia, hasta se disculpaban cuando veían el rostro de decepción ante la ausencia de noticias.

El cartero andaba con un bolso de cuero, en general gastado, zapatos como para aguantar la caminata y casi siempre se anunciaba con el grito: “carteroooo”. En el caso de nuestra familia en los tiempos de mi exilio era bien recibido, pero muchas veces las notificaciones que traía daban disgustos, multas, impuestos, cedulas de intimación, cuentas a pagar y debía aguantarse las malas caras y, a veces, hasta se la tomaban con él por ser el mensajero.

En mi barrio, el mismo cartero estuvo más de veinte años; recorría unas cuantas manzanas y solía aceptar un mate o un cafecito, según el clima, en un intervalo de su trabajo. Como otros servidores públicos formaba parte de la cotidianeidad del paisaje, en una época en que los rostros tenía nombre y nos involucrábamos con la historia de cada uno.

Muchas veces el cartero, Rubén, si abrías la carta rápido, se quedaba a esperar y preguntaba si tu cara manifestaba preocupación…¿una mala noticia?¿Esta todo bien? Y de esa manera compartías con él algo que estaba pasando en la familia: una enfermedad, un viaje, un nacimiento.

Bolso colgado del hombro, zapatos gastados, uniforme del Correo, siempre varones… Muchos años persiguiendo esa imagen, ese bolso mágico capaz de cambiarte la vida con un nuevo trabajo, con una ruptura amorosa o con la peor de las noticias.

 Esas palabras prisioneras en un sobre que podía ser perfumado, entelado o con una inscripción en el frente eran capaces de cruzar el océano y conectar a aquellos que un día tuvieron que alejarse tanto para armar su vida en otros países.

 Palabras cautivas que eran liberadas con esperanza o con temores, capaces de entrelazar corazones o romperlos, palabras que de mano en mano iban llegando a destino, protagonistas de novelas, de canciones, de historias como la que yo estoy compartiendo en estos momentos con amigos, que seguramente conservan entre sus recuerdos alguna carta que le cambio la vida.

Stop, cambio y fuera.

 

 

Los niños de antes, los niños de ahora

 

Raquel Arroyo

 

¿Los niños no juegan? Sí, Los niños juegan, pero no tienen juguetes.

¿Los niños no tienen juguetes? Sí, los niños tienen juguetes, pero no tienen imaginación.

Los niños tienen imaginación, pero la aplican distinto. ¿Distinto a qué? A como la aplicaba yo cuando era niña.

Este soliloquio no me lleva a nada, o mejor dicho me lleva a mi infancia. Pasa que ya no veo niños con juguetes en las calles. No hay nenas con cochecitos paseando tiernos bebotes. Ni nenes armando un fuerte indestructible en la vereda, con soldaditos de plástico rodeándolo y subiendo por los puentes, improvisados con pedacitos de madera sacados del galponcito del abuelo.

Y viajo en el tiempo a los años 60 en los que transcurría mi infancia. Y me veo sentada en el patio de mi casa, debajo de la parra de uva chinche, jugando con mi muñeca Piel Rose. Es la primera muñeca que recuerdo; era de goma, con ojos movibles, pero sin pelo. Su peinado, de rodete y flequillo, estaba insinuado en la textura de la goma. Pero para mí era un pelo hermoso y le ataba cintas que sacaba a escondidas del costurero de mi madre, aquel costurero que había dado una segunda oportunidad a la lata de té La Virginia y ahora estaba lleno de hilos, agujas y cintas que terminaban adornando la cabeza de mi muñeca sin pelo. En el patio también estaba desplegado sobre un mantel el juego de batería de cocina, con sus ollitas y sartenes de aluminio, idénticas a las de mi madre. Las hojas de la parra picadas, un poco de agua y algunas ramitas de helecho eran el alimento justo y necesario para mi muñeca. No recuerdo su nombre, pero sí me acuerdo cuando llegó a mi casa. Fue una noche de Reyes, en la que juro que los escuché, sentí sus pasos y hasta el de los camellos. Venía en una caja enorme y traía algunos vestidos que eran iguales los míos. Claro, con los años supe que mi mamá le había hecho hacer a mi tía, la modista, la ropita con la tela que había sobrado de los vestidos que me había hecho a mí.

Cuando cumplí creo que nueve o diez años, la tía Sara llegó a casa con dos cajas envueltas en papel floreado. Me dijo que eran zapatos y que esperaba que me gusten. A mí los zapatos no me entusiasmaban porque usaba los Pie Tutoris que no eran nada atractivos para una niña. Fue inmensa mi alegría al descubrir que en esas cajas había dos muñecas, una de pelo plateado y otra de pelo negro, lacio y con flequillo las dos. La morena tenía un vestido de seda natural con arabescos y la rubia uno de organza color rosado. Me llevó solo unos minutos ponerles nombre. La rubia sería Fabiola, que era por ese entonces reina de Bélgica. La de pelo negro se llamaría Soraya, que había sido la esposa del Sha de Persia. Hasta ahora no entiendo mi debilidad por la monarquía: sabía todos los nombres de todas las reinas y princesas. Conservé esas muñecas durante mucho tiempo, y mis hijas las heredaron y jugaron con ellas, hasta que, como corresponde a niñas traviesas... en algo así como una revolución republicana, terminaron con las vidas de las reinas.

No tuve demasiados juguetes, no tenía hermanos de mi edad para compartir. Mi hermana era ocho años mayor y no recuerdo haber heredado sus juguetes. Pero lo que sí me acuerdo es haber tenido juegos de mesa, todos los que iban saliendo. El Senku, el Cerebro Mágico, Ludo, Damas, el Juego de la Oca. Pero lo que más me gustaba era inventar, crear. Con mi amigo Daniel hacíamos barriletes y hasta un karting armamos con restos de su cochecito de bebé y rulemanes que pedimos en el taller de la vuelta. Favorecidos por vivir en calles en subida, nos largábamos desde dos cuadras arriba, y nos turnábamos. Una vez cada uno empujaba; una vez cada uno conducía, hasta que se desarmó el karting, y volaron los rulemanes, y se rasparon las rodillas, y nuestras febriles mentes de niños inventores ya estaban planeando un nuevo prototipo.

Y cuando no era el karting, eran los barriletes que también hacíamos con Daniel. Papel de diario, cañas de la vía y engrudo de harina y agua. Íbamos a la canchita a remontarlo, y a competir con los chicos de la cuadra para ver cuál volaba más alto, pero invariablemente el barrilete estaba empachado. Siempre nos pasaba lo mismo. Y quedábamos fuera de la competencia, hasta que aparecía nuestro salvador: mi papá. Y ahí ingresábamos otra vez en el juego. Porque mi viejo sabía de barriletes, y de engrudos que no empachaban, y de colas de tela con el peso justo. Mandábamos cartitas a través del hilo y los más dañinos ponían una Gillette y... ¡chau barrilete!

Y jugábamos divertido y barato. Tres metros de elástico en la mercería nos aseguraban tardes con amigas. El tejo que le pedíamos a Pedrito, el zapatero, nos sacaba del aburrimiento con una rayuela dibujada en la vereda de don José, la más ancha de la cuadra. Y ni hablar si teníamos bolitas o figuritas; porque en aquellos tiempos las figuritas se cambiaban, se jugaban, se ganaban o se perdían.

Juego divertido, juego sano, juego que despierta la imaginación. Juego que une, a pesar de la Gillette en el barrilete. Juego que hace transpirar y que cansa, y que te hace llegar a la noche con las rodillas raspadas, y la cara arrebatada por el sol. Muñecas que tienen nombre, amigos que te desafían, mientras tratan de acertar la bolita en el hoyo. Compañeros de grado que en el recreo te dan “dos por una”, porque tenés la difícil, y vos les obligás a subir la apuesta, porque sabés que no la va a conseguir. La disputa sanadora que te preparó para la vida. El “no” de tus viejos, el abrazo del amigo, el rechazo del primer amor, la mala nota, el regalo que le pediste a los Reyes y nunca llegó. El juego, la imaginación, la convivencia, el mirarse a los ojos. Eso está faltando... Los niños tienen juguetes, pero ya no se raspan las rodillas...