jueves, 17 de septiembre de 2026

Expertas en venenitos

Mariela Losano

 

A la vuelta de mi casa, había una hilera de paraísos de esquina a esquina, bordeando la zanja. El tercer árbol era mi “casa de juegos”.

Con mi amiga Norma corríamos desesperadas hasta llegar, trepábamos, nos acomodábamos, y comenzaba el juego. 

Si la bici quedaba apoyada en el tronco era más fácil subir y nos ahorrábamos un par de raspones. La rama mayor era el comedor y la más alta en forma de “v” era el dormitorio. 

La cocina guardaba cantidad de venenitos que se trasformaban en el menú del día... o bien nos servían de defensa cuando algún pibe nos molestaba. 

El permiso para salir a jugar a la calle era, por supuesto, después de la siesta, (momento en el que el barrio se paralizaba y moría durante un par de horas). 

Corríamos hasta la esquina sorteando las vecinas que sacaban a la vereda sus sillas de paja, el mate enlosado y apoyaban la pava en el suelo, sobre alguna tablita de madera. Aunque algunas más prolijas aprovechaban a lucir sus agarraderas tejidas al crochet con los restos de lanas sobrantes de los chalecos de los nietos. 

También teníamos que esquivar a los regadores. Oficialmente en mi cuadra eran dos. Uno, el mejor, era don Pepe: se plantaba con las piernas abiertas en el borde de la zanja, y cuál golfista experimentado en tiros al hoyo, introducía su palo de escoba con tarrito de duraznos en el agua, para luego comenzar su terapia de “olor a tierra mojada”. Cuando terminaba, se quedaba un rato observando su obra y calculando su éxito. 

Llegar a nuestro “árbol-casita” era un premio luego de hacer la tarea y lavar la taza del café con leche de la merienda. 

Ahí, éramos dueñas y señoras de todo lo que pasaba. A veces nos convertíamos en mamá, otras en cantantes famosas y más de una vez la altura nos permitió ser espectadoras de lujo de alguna pelea o beso robado. Cosas que no sé por qué, pero siempre pasan en una esquina. 

Nos sentábamos con las patitas colgando. Pienso que, al no tener los pies en la tierra, nuestras cabezas eran totalmente libres y felices. 

No recuerdo cuándo dejé de subirme al árbol. 

Pero nadie sabe de mi dolor cuando un día volviendo de la secundaria, la calle estaba cortada, el pavimento avanzaba, y unas máquinas enormes y ruidosas aplastaron la hilera de paraísos como si fueran Tiranosaurios Rex enojados con la vida destruyendo todo a su paso. 

Llegué a casa sin ganas de hablar. Con la imagen de una maraña de troncos y ramas amontonadas en un rincón. 

Me senté en la silla de la cocina y me di cuenta de que mis pies no quedaban colgando. 

Hoy... después de muchos años, todavía me gusta juntar venenitos y probar puntería mientras camino. 

La calle ya no es de tierra. 

Norma no está. 

Don Pepe tampoco. 

O quizás sí. 

Mientras tanto sonrío, aunque el mundo siga equivocado. 

 

Las dos que no había estudiado

 

Eduardo Gershanik

 

Los estudiantes universitarios de hoy probablemente no hayan enfrentado un bolillero en un examen.

En la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Rosario, los programas de examen estaban divididos en “bolillas”. Algunas materias tenían ocho o diez. Otras llegaban a veinte, veinticinco o más.

El examen oral tenía un mecanismo sencillo: el alumno introducía la mano en el bolillero y extraía dos bolillas. Sobre una de esas bolillas debía realizar una exposición y, sobre la otra, el tribunal examinador podía formular preguntas.
El bolillero establecía una especie de pacto entre el alumno y la cátedra.

Por un lado, el estudiante sabía que para presentarse con la certeza de aprobar debía conocer todo el programa.

Las bolillas fáciles y las difíciles, las interesantes y las aburridas, las breves y aquellas interminables que uno hubiera preferido que jamás hubieran sido incorporadas al programa.

El azar impedía elegir. Cualquiera podía salir.

Pero el sistema también nos proporcionaba cierta tranquilidad.

Suponíamos que, una vez extraídas las dos bolillas, el examen quedaba razonablemente circunscripto a esos temas. El profesor podía preguntar, profundizar, buscar relaciones y comprobar cuánto sabíamos, pero dentro de aquel territorio que el propio azar había delimitado.

Eso nos hacía sentir relativamente protegidos de un temor bastante frecuente entre los estudiantes: que algún profesor particularmente severo –o, según nuestra menos respetuosa terminología de entonces, un poco maldito– se dedicara a recorrer el programa buscando precisamente aquello que menos sabíamos.

Había una sola autoridad imparcial: el azar.

Claro que el sistema funcionaba perfectamente mientras el alumno aceptara su parte del acuerdo: estudiar todas las bolillas.

Nosotros, en cambio, solíamos intentar renegociar unilateralmente ese contrato.

En lugar de preguntarnos “¿cómo hago para aprender todo el programa?”, preferíamos una pregunta bastante más interesante:

“¿Cuántas bolillas puedo dejar sin estudiar y todavía tener buenas posibilidades de aprobar?”

Y allí comenzaba una materia que no figuraba en ningún plan de estudios: el arte de ganarle al bolillero.

El bolillero funcionaba perfectamente; los que intentábamos convertirlo en una ruleta éramos nosotros.

La Facultad, naturalmente, partía de una presunción bastante razonable: el alumno debía conocer todo el programa.

Los alumnos partíamos de otra.

Había que aprobar.

Y para conseguirlo desarrollábamos una verdadera ciencia paralela, que nunca figuró en ningún plan de estudios.

Por falta de tiempo, por cansancio, por exceso de confianza o simplemente porque alguna bolilla nos resultaba insoportable, comenzaban las especulaciones.

Había bolillas que, según la información que circulaba por los pasillos, “salían mucho”.

Esas había que estudiarlas.

Otras eran particularmente difíciles y entonces surgía una curiosa solución académica: en lugar de estudiarlas más, algunos decidíamos directamente no estudiarlas.

También interrogábamos a los sobrevivientes.

Apenas un compañero salía del examen, todavía pálido por la experiencia, comenzaba el interrogatorio: “¿Cuáles te tocaron?”.

La información se transmitía rápidamente.

Si acababan de salir la 7 y la 14, aparecía inmediatamente una teoría tranquilizadora: “Esas ya salieron. Ahora no van a volver a salir”.

No tengo la menor idea de qué fundamento estadístico tenía semejante afirmación.

Probablemente ninguno.

Todo dependía, además, de una cuestión crucial: ¿las bolillas extraídas volvían inmediatamente al bolillero o quedaban afuera hasta terminar la mesa?

Sobre ese detalle se construían teorías dignas de una investigación científica.

También estaban los números favoritos.

El 7 podía traer suerte. El 13, según las convicciones personales, podía ser evitado o buscado.

Había otra estrategia bastante utilizada: algunas bolillas se estudiaban perfectamente; otras, razonablemente; y finalmente estaban aquellas a las que se les daba una lectura rápida con la esperanza de que, si aparecían, alguna frase perdida en la memoria permitiera iniciar una conversación decorosa.

Y en casi todas las materias existía la bolilla maldita.

Esa que nadie quería sacar.

Era larga, difícil, aburrida o reunía las tres condiciones.

En definitiva, convertíamos el examen en un problema de probabilidades.

Si el programa tenía veinte bolillas y habíamos estudiado dieciocho, el razonamiento parecía impecable: ¿Qué posibilidades hay de que justo me toquen las dos que no estudié?

Muchas, evidentemente, no eran.

Pero alguna posibilidad había.

Lo sé porque me ocurrió.

Fue en una materia relacionada con la Ley de Quiebras.

 

Había estudiado prácticamente todo el programa.

Todo, menos dos bolillas.

 

Hasta aquel examen yo me consideraba, con cierto orgullo, invicto.

Nunca me habían aplazado. Hasta entonces siempre había estudiado todas las bolillas y había conseguido superar cada examen.

En aquellos años teníamos una libreta universitaria en la que quedaban asentadas las calificaciones de los exámenes orales. Durante las mesas, algún profesor del tribunal, por curiosidad o quizá simplemente para entretener la espera, solía hojearla y mirar los antecedentes del alumno que tenía enfrente.

La mía, hasta ese momento, no registraba aplazos. Predominaban los “Bueno” y había también algún “Distinguido”, especialmente uno que recuerdo con cierto orgullo en Derecho Civil.

No sé si aquel tribunal miró mi libreta ni si esos antecedentes influyeron en lo que ocurrió después; porque cuando llegó mi turno, introduje la mano en el bolillero y saqué la primera bolilla era una de las dos que no había estudiado.

Todavía quedaba una oportunidad. Había muchas bolillas amigas y solamente una enemiga.

Volví a introducir la mano.

Y salió la otra.

Las dos únicas bolillas que no había estudiado.

De una de ellas conservaba apenas una idea. Debía comenzar explicando el principio general aplicable a determinados contratos vigentes al momento del concurso.

Según recuerdo, el principio establecía que esos contratos no se rescindían.

Era prácticamente lo único que sabía.

Comencé la exposición.

Y dije exactamente lo contrario.

El profesor me miró y, en lugar de interrumpirme, me pidió que repitiera lo que acababa de decir.

Hoy comprendo que me estaba tendiendo una mano.

Tal vez había visto aquella libreta sin aplazos. Tal vez simplemente era un buen profesor que advirtió que los nervios podían haberme jugado una mala pasada.

Me estaba diciendo, sin decirlo: “Piénselo nuevamente. Tiene la oportunidad de corregirse”.

Pero yo no entendí la señal.

Y con una seguridad que mis conocimientos no justificaban, repetí exactamente lo mismo.

El profesor consideró que ya no tenía sentido continuar.

Me indicó que el examen terminaba allí y que podía presentarme nuevamente en el próximo turno.

Había sido aplazado.

Bajé la cabeza y me retiré sigilosamente del aula, tratando de mantener la expresión que correspondía a un alumno que acababa de fracasar.

Pero apenas crucé la puerta comenzó a ocurrirme algo bastante curioso.

Sentí alivio.

Un enorme alivio.

Porque solamente yo sabía algo que el profesor ignoraba.

Después de aquella primera frase equivocada no tenía absolutamente nada más que decir.

Si aquel hombre hubiera insistido “bueno, continúe...”, yo probablemente habría quedado mudo frente al tribunal, esperando algún milagro académico que difícilmente iba a producirse.

El profesor seguramente pensó que al interrumpir el examen me estaba castigando.

Nunca supo que, en realidad, me estaba salvando.

Volví en el turno siguiente. La ley de Concursos y Quiebras 11.719 había sido reemplazada por la 19.551, de modo que tuve que estudiar el programa completo, no solamente las 2 bolillas.

No volví a presentarme a ningún examen sin saber todas las bolillas.

Memorias

 Susana Dal Pastro

 

En nuestra casa siempre hubo tiempo para la música. Flamenco, jotas, pasodobles, de un lado. Barcarolas, canzonetas y tarantelas, del otro. Todo alternado con tangos, valses, rancheras, zambas.

Teníamos piano y mis primos también un violín; aprendían con la profesora y vecina Rosa de Sasso, que hacía lo imposible para que todos escucharan y estudiaran música. Su casa siempre estaba abierta para los chicos del barrio que quisieran entrar y presenciar sus clases. Además, les permitía jugar en el jardín. Tenía una jaula inmensa llena de pájaros y una pecera con variados peces de colores. Jack, el perro flaco y alto, que conocía a todos, ladraba suave y cortito invitando a pasar. Rosa también promovía a ARDAL, Asociación Rosarina de Artistas Líricos, que difundía y promovía la ópera y la música clásica, institución de la que éramos socios.

Íbamos seguido al teatro. Mi mamá siempre recordó al famoso “Colón” de calle Corrientes y Urquiza, demolido en 1958.

Yo era muy chica cuando fuimos a ver a Carmen Amaya en “La Comedia”. La bailaora cautivó al público en un diálogo entre taconeo y cante jondo. Carmen Amaya actuaba con toda su familia y aquella noche sus sobrinos muy chiquitos emocionaron con tanta gracia y talento.

También vimos a Lola Flores y su compañía. Pedrito Rico, un ídolo que enamoraba a las chicas y enfurecía a los muchachos. Ángel Pericet y la escuela bolera.

No perdíamos ocasión de ver comedias con protagonistas como Luis Sandrini y su compañía. O Ernesto Bianco, otro grande y querido actor. Y, por supuesto, patinaje sobre hielo y circos, mis favoritos.

 

Tras larga enfermedad falleció mi hermano y mi mamá quedó destrozada. Lo llamaba. Lo buscaba por la casa, por el taller. Había adelgazado mucho. No se asomaba a la calle. No salía de su tristeza.

Y fue pasando el tiempo.

Un día vimos el anuncio de la presentación de Nati Mistral en el teatro El Círculo. ¿Y si vamos?  Fue una actuación fabulosa. A teatro lleno. Increíble ver a mi mamá saltando en la butaca celebrando cada gesto, cada palabra de la Nati. Finalizada la función, apurada y sin permiso, se fue a saludarla al camarín. Y, por supuesto, hubo una fotografía que llegaría a casa en pocos días.

Mi mamá era otra. Charlaba, se reía. Había empezado a ocuparse otra vez de la cocina y volvió a prepararnos nuestros platos preferidos, sabrosos como siempre.

 

Una mañana de mandados, mi mamá fue a la carnicería de la cuadra y al entrar, el carnicero que nos conocía bien y estaba al tanto de nuestra situación, la saluda con un “¡Ajá! ¿con que anda por ahí sacándose fotos con artistas?”.

Al no encontrar la casa, al fotógrafo se le ocurrió entrar en la carnicería y preguntarle al carnicero si conocía a la señora de la foto.

Poco a poco la vida retomó su curso y nos regaló otra gran noche con Mariano Mores y su orquesta. Inolvidable espectáculo, continuador de más veladas compartidas.  

Nunca intenté enviarle un saludo de agradecimiento a Nati Mistral. Y lo lamento. Estoy segura de que le hubiera gustado saber todo lo que ella sola había logrado con la poesía de aquella noche.

El carnaval

 Mirta Prince

 

En todo lugar, la cultura se refiere a la vida de un pueblo y a sus propias tradiciones.

Cuando llegamos a Orán, queríamos informarnos de todo lo que allí acontecía.

Para ello, recurrimos a don Roque y doña Vicenta, vecinos inolvidables, que con el paso del tiempo se convirtieron en los abuelos del corazón de mis hijos.

Su lema era “acá todo el año es carnaval”, cosa que no puede contradecirse, ya que los entusiastas comparseros usaban todo el año en preparación de trajes, pintura de telas, bordado de coloridas lentejuelas, espejitos, brillantes botones y cuanto más.

La música, coreografías, desfiles ocupaban su tiempo.

No debemos olvidar que, dentro del departamento de Orán, había cuarenta comunidades aborígenes como Wichis, Massay, Chiriguanos, Ava guaraní, Pueblo Colla, Tintunaki, Toba, Matacos, Chorote y tantas más.

Al llegar los carnavales todo era una fiesta en la López y Planes. En la actualidad, se construyó un corsódromo con todas las comodidades para el caso. Ya que según dicen, hay demasiado turismo.

Los comparsas guardan su propio estilo, en especial niaderenko y pimpineros. Bailando su característico Pim Pim y sus instrumentos musicales como el ferruco, la quena, sikus, flautas de pan, erquencho, pututo, caja chayera, maracas, raspadores, bombo, etcétera.

Los pimpineros tenían sus clásicos atuendos, el tipac de vistosos colores en las damas, gruesas trenzas y collares hechos con semillas y ojotas. En el caballero, pantalón negro, camisa, sombrero, alpargatas y hojas de albahaca en las orejas.

Tampoco faltan conjuntos tropicales, andinos, disfrazados individuales, comparsas artísticas al son de la música legendaria.

Allí, no juegan con agua, con las temperaturas reinante te secabas muy rápido, pero harina y elementos como semillas, hojas y raíces no faltan en las clásicas pintadas.

Luego del corso, el Club Gimnasia era el convocante. Allí se armaba la fiesta, si querías pasar un buen momento, debías llevar ropa descartable.

Sacabas la entrada y recibías una bolsita, en ella harina, semillas y ahí nomas te decoraban. Hacía tanto calor que te regalaban agua perfumada.

¡La noche era genial! Y, por supuesto, íbamos toda la barra de amigos.

Así, era… hace muchos años. Dicen que “el tiempo pasa, pero el carnaval resiste”.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Después de la guerra

 Mónica Mancini

 

Enero de mil novecientos ochenta y tres. El anterior había sido un año terrible a nivel país, ya que habíamos vivido la desgracia de la guerra de Malvinas y también en mi familia vivimos otra, sin armas ni soldados, pero también muy dolorosa.

Ese verano estaba recién separada, con dos niñitas de uno y cinco años, la había pasado realmente muy mal y tenía mucha necesidad de alejarme de Rosario y, como se diría ahora, resetearme.

Pasadas las fiestas y utilizando unos pocos ahorros que tenía decidí irme a las sierras cordobesas todo el mes de enero y febrero hasta el tiempo de reintegrarme a mi trabajo en la escuela, obvio que con mis hijitas.

En esos tiempos no existía Booking, ni Trivago, ni Tripadvisor… era muy difícil alquilar a distancia, así que decidí viajar a Tanti, localidad cordobesa muy tranquila y accesible a mis posibilidades, solo por un día con la intención de buscar alguna casa que me permita pasar esos meses de vacaciones con las nenas.

Llegué a Tanti en Chevallier a una pequeña estación de colectivos y pregunté por alguna inmobiliaria. Noté muchísima amabilidad de las personas, especialmente de los remiseros y empleados de la terminal, lo que me tranquilizo mucho, pensando lo acertada que estuve en elegir ese lugar. Tenía solo 25 años, estaba sola y quizás eso llamaba la atención.

Concreté el alquiler de una casa en las sierras, bastante alejada de la calle principal, señé y me volví a Rosario a buscar a las niñas.

Fue todo un tema hacer los preparativos, ropa, juguetes, remedios, documentos, etcétera. Viajar en micro sola con dos niñas pequeñas es bastante complicado. Al día de hoy, no entiendo cómo me anime y como nadie se atrevió a decirme que no era una buena idea irme sola al medio de las sierras sin teléfono y sin formas de comunicar cualquier inconveniente. En fin, se ve que mi decisión era muy determinante.

Salimos otra vez en Chevallier, con todo el equipaje. Cuando llegamos a Tanti, con tres valijas, dos niñas y solo dos manos, estaba convencida de que los señores tan amables que me habían recibido en el primer viaje me ayudarían. Error, cuando me vieron tan complicada no tuve ofertas de colaboración, así que como pude fui trepando para llegar a la casita. Como en el cuento de la cabra, el repollo y el lobo… llevaba un trecho las valijas sin perder de vista a las nenas; volvía, llevaba a una y luego a la otra… y, así, tardando bastante, logramos llegar y habitar la propiedad, sencilla, pero dentro de un paisaje muy pintoresco.

Construimos una rutina diaria muy distinta a la que teníamos en Rosario. Después de desayunar, salíamos a hacer caminatas por algunos senderitos cercanos. La mayor caminaba y a la chiquita la cargaba a cococho. Si hacía calor, nos deteníamos en alguna “ollita” de agua o arroyito y nos refrescábamos. No existía el protector solar y nos flechamos los primeros días, después ya estábamos curtidas.

Volvíamos, íbamos a hacer las compras. Como no teníamos heladera, hacíamos la compra a diario con lo que consumíamos.

A mediados de enero, la pequeña cumplió dos años, hicimos un festejo íntimo, con una torta y el par de velitas alusivo. Creo que ella la paso bien, como regalo le compré una carterita que le gustaba y eso la puso muy contenta. Yo también estaba alegre, estaba con ellas dos, era todo lo que necesitaba para estar tranquila y festejando otro año más de mi hija.

El contacto con Rosario era epistolar. Escribía y recibía cartas permanentemente, a las que tenía que llevar e ir a buscar a la inmobiliaria, pues el cartero no llegaba adonde nosotras estábamos

El tiempo en las sierras corría de otra manera, sentíamos mucha paz y había una intimidad entre las tres llenas de armonía. Las niñas la pasaban bien, dibujaban, jugaban. Abundaba la lectura de cuentos por las noches, que era la manera de despedir otro día más de caminatas y zambullidas. Generalmente terminaban bastante cansadas.

Cuando se dormían yo aprovechaba para escribir cartas, pero también muchas historias que se me iban ocurriendo, especialmente recreando los relatos de mi abuelo inmigrante, protagonista anónimo de su propia guerra. Así es como me alejaba, por momentos, de la realidad que me estaba tocando vivir, especialmente cuando pensaba en la vuelta a la rutina y tenia miles de situaciones que resolver.

Las vacaciones en Tanti fueron una experiencia única, donde medí mis fuerzas y mi resiliencia. Comprobé que el paisaje en una naturaleza donde los protagonistas son el sol, el aire, el agua y las sierras, llenan el espíritu y fortalecen el cuerpo y la mente.

El regreso fue bueno, porque la familia nos había extrañado, especialmente a las niñas y nos recibieron con mucho cariño. Estábamos fortalecidas como para empezar una nueva etapa. ¡Arriba las chicas!

El mago

 

Daniel Jobbel

 

Me organizaron una fiestita. Vino un mago, joven, joven, flaquito, se ría y hacía reír. Yo lo miraba feo, con cara de nada, no recuerdo bien la edad, seis o siete añitos, El tipo hizo magia con las cartas. Después hizo magia con papeles escritos, hizo otra con dibujos. Hizo magia. Yo serio como un personaje de Ionesco, con la mirada ausente y los más grandes metidos en la atención de su magia.

Lo cierto que es linda la magia. Esa vez no hubo caramelos, ni me di cuenta. No pedí torta; porque estaba, aunque ausente, divertido y me olvidé, no me di cuenta.

Mi mamá se reía de las cosas que decía. Ponía caras el mago. Muecas. Revoleaba los ojos. Hablaba con la gente. Hablaba en esos tiempos de los sesenta como si fuera “El señor de los anillos”, de mucho tiempo después. Se asemejaba, solo eso. Lo feo y malo era que mi mamá no me dejaba ver la tele, ese Noblex con el Pato Donald o el “Muñeco Maldito”, esa serie para los más grandes.

Creo a la distancia que nadie tiene cumpleaños feos, salvo una vez, recuerdo, que mi tía se peleó con mi tío porque había venido con una mancha de rouge en la camisa, pero acá no estaban con esos líos.

El mago llamaba a la gente que ayudara con la magia. Siempre se ríe de la gente del que le toca subir, pero no es malo, a mí me gustaría subir, pro el mago ni me miró. De allí mi bronca con los magos en una tarde mágica.

Hizo un lindo juego con campañillas para que le presten atención, mientras algunos distraídos de mis amigos andaban en otra cosa. Un señor grande lo ayudó en eso.

Había también unos chicos músicos, que lo acompañaban y de quienes él decía que eran su banda. Después hizo trucos con una máquina de sonidos que le ponía voces de viejo, de nene, de abuelo, de señor enojado. Era una máquina rara. Voces en una maquinita ser lindo tener una me dije.

Debe ser cara, ojalá que mi mamá me la compre.

El mago dijo que no quería ser mago y que también laburaba de otra cosa; yo me acuerdo ahora de Facundo Cabral que decía que era bombero, yo quiero ser bombero… ¡Cuántos chicos soñaban con ser bomberos! Hoy quizás no.

El mago no quería ser bombero quería ser otra cosa, pero si lo digo le arruino el chiste, pero no quería ser bombero ni mago y yo quisiera ser cantor. El no, pero canta.

No decía malas palabras ni nada. En esos sesenta del siglo pasado había que tener bastante gana, para ser mago.

Le dije a mamá si puedo pasar a buscar la torta que quedó en ese bodegón del barrio, porque en casa no había lugar para festejar el cumpleaños. La fiestita era en el Club Nuevo Aurora, de Suipacha e Ituzaingó, en barrio Parque. Le pedí a mamá que me lleve otra vez, pero me dijo que no todos los días se festeja el cumpleaños. ¡Será que hay una temporada para los cumpleaños! En ese tiempo seguro que no.

Ahí, mi mamá me zamarreó del brazo y me dijo todos los días alguien cumple años, siempre, entonces pensé quiero cumplir otra vez al mes y que nadie me diga que son las diez y me dejen libre de mirar la tevé…

Mi padre, ese bombero que se transformó en el mago del cuento, me invitó a jugar a las cartas, para saciar mi ilusión.

jueves, 13 de agosto de 2026

Inusuales. Parte I

 Hugo Longhi

 

Quizás porque en mi niñez y adolescencia no lo pude hacer, de adulto me sobrevino el impulso de viajar. Deliciosa actitud que, sin embargo, tiene sus riesgos y conlleva sus esfuerzos. De todos modos, no estoy aquí para analizar sociológicamente la cuestión sino para mostrar, muy a vuelo de pájaro, algunas recorridas realizadas en estos años. Pero no todas, solo las que concluyeron en destinos poco usuales para los argentinos.

Si les parece comenzaré por América Latina.

Ya hace tiempo que casi todos los rosarinos que parten desde el aeropuerto local hacia el exterior aterrizan en Tocumen, la estación aérea panameña. De allí, siguen viaje rumbo a distintos puntos del continente.

Yo, de puro contrera, esa vez decidí quedarme en Panamá. Me caminé toda la cinta costera atendiendo las indicaciones del solmáforo para que el voraz sol de la región no me afectara tanto. Por supuesto, anduve por el casco histórico donde están el palacio de gobierno, la catedral y el museo nacional, entre otros. También escalé el cerro Ancón, el más alto de la ciudad, para disfrutar de su vista panorámica. Y, claro, el crucero por el canal para observar esa maravillosa obra de la ingeniería moderna. Aclaración por si alguna vez van: el clima es insoportable, jamás transpiré tanto, al punto de pensar de que tenía algún problema cardíaco.

Un par de años después me incorporé al grupo que utiliza a Tocumen como “toco y me voy” o touch and go, si lo prefieren, y me corrí hasta la vecina Costa Rica. San José, su capital, no tiene tantos atractivos turísticos, pero su extenso Parque Metropolitano “La Sabana” bien vale una tarde. También el brillante Museo del Oro. Mi idea era visitar el volcán Poás y ya tenía todo listo para ir cuando un día antes el muy travieso decidió entrar en erupción. Hacía 64 años que venía durmiendo una especie de siesta y justo se despertó en ese momento. Vaya suerte la mía. Obvio, excursión suspendida.

Pego un salto hasta Cuba. A esta altura debo aclarar que esta semblanza evocativa no tiene ninguna prolijidad cronológica. Qué importa cuando se viaja, lo valioso es hacerlo. Bueno, en la isla bonita, estuve dos veces, una con planes netamente turísticos y la otra diría que con fines sociales. Me alojé en casa de amigos cubanos de entonces y pude comprobar todas las carencias que soportan. Aun así son super felices y se esforzaron por darme lo que no tienen.

Anduve por Matanzas, una ciudad cercana a Varadero, y allí visité las cuevas de Bellamar, extenso accidente natural en forma de galerías donde abundan las estalactitas y las estalagmitas. Después les preguntaré cuales son unas y cuales las otras porque nunca me acuerdo. Después.

Otro punto poco visitado por extranjeros es Manzanillo, en el occidente de la isla. Allí coincidí con el Día Internacional de la Mujer y les puedo asegurar que se festeja en serio. Es jornada feriada, además. Hay playas en ambos puntos caribeños citados.

Me voy para México, pero no para la ciudad capital ni la ribera maya sino hacia el lado del Pacífico. Nada menos que Acapulco. A este lugar quisiera dividirlo en tres. La zona playera, donde están todos los hoteles y va la gente de clase media; luego, las islas con sus mansiones de millonarios, por caso Luis Miguel, Julio Iglesias, Jeniffer Lopez y tanta gente que uno frecuenta, ejem. A esos sitios solo se puede llegar por agua y hay cruceros que hacen la recorrida todo el tiempo.

La tercera fracción de Acapulco, destino poco habitual entre los argentinos insisto, es la ciudad en sí, donde viven sus habitantes. Después del lujoso periplo naval se me ocurrió volver en colectivo urbano para no pagar taxis que, dicho sea de paso, hay que acordar precio antes de abordarlos. El bus va costeando el mar y yo iba extasiado con ese paisaje hasta que, de repente, giró hacia la izquierda y se internó en el lado opuesto. Y allí descubrí el verdadero Acapulco, lejos del glamur de las mansiones y los servicios de los hoteles. Ríanse de nuestras villas, nuestras calles de tierra, nuestras zanjas y demás. De pronto tuve temor de que alguien arrojara alguna piedra o algo así contra el vehículo por el ambiente que se percibía. Pero ¿quién podría sospechar que allí iba un turista extranjero? Solo un delirante viajaría en colectivo urbano. Yo lo hice y finalmente sobreviví. De más está decir que no repetí la experiencia durante mi estadía.

Me queda, para ir cerrando, mi llegada a Ecuador, una vez más vía Tocumen, lugar donde ya me movía más cómodo que en mi casa. Desembarqué en Quito y tras sortear algunos trastornos de salud debido a la altura, salí a caminar la ciudad. Como para no ser tan tedioso solo me limitaré a comentar un punto que está en las afueras, en la región de Pichincha, pero no la tuya Cristina, sino donde se encuentra el complejo “Mitad del Mundo”, ese monolito atravesado por una línea que supuestamente señala la división entre hemisferios. Si, adivinaron, me saqué la típica foto apoyando un pie en cada lado. También allí existen otros atractivos como, por ejemplo, el Museo del Cacao. Me hicieron probar la pasta original de este fruto y, qué quieren que les diga, prefiero el chocolatín que compro en el quiosco de la esquina.

En Guayaquil, ya a nivel del mar, subí los 444 escalones hasta el faro. No crean que los conté pacientemente, sino que cada uno de los peldaños posee su numerito inserto como si fuese un mosaico. Agotador, pero llegar tiene su premio, la vista es espectacular, sobre todo hacia la bahía.

Omito exprofeso mi paso por Bolivia. El trayecto desde Villazón a La Paz por vía terrestre es como para que un productor de Hollywood haga varias películas. Toda una odisea. Quedará para otra oportunidad.

El árbitro ha pitado el final de la primera etapa de mi reseña. Tras el entretiempo volveré con el resto. Mientras tanto los invito a que me indiquen qué lugares extraños o poco usuales para los argentinos me recomendarían conocer. 

Pasaporte en mano, nos reencontramos en cualquier momento.