Hugo Longhi
Quizás porque en mi niñez y adolescencia no lo pude
hacer, de adulto me sobrevino el impulso de viajar. Deliciosa actitud que, sin
embargo, tiene sus riesgos y conlleva sus esfuerzos. De todos modos, no estoy
aquí para analizar sociológicamente la cuestión sino para mostrar, muy a vuelo
de pájaro, algunas recorridas realizadas en estos años. Pero no todas, solo las
que concluyeron en destinos poco usuales para los argentinos.
Si les parece comenzaré por América Latina.
Ya hace tiempo que casi todos los rosarinos que parten
desde el aeropuerto local hacia el exterior aterrizan en Tocumen, la estación
aérea panameña. De allí, siguen viaje rumbo a distintos puntos del continente.
Yo, de puro contrera, esa vez decidí quedarme
en Panamá. Me caminé toda la cinta costera atendiendo las indicaciones del solmáforo
para que el voraz sol de la región no me afectara tanto. Por supuesto, anduve
por el casco histórico donde están el palacio de gobierno, la catedral y el
museo nacional, entre otros. También escalé el cerro Ancón, el más alto de la
ciudad, para disfrutar de su vista panorámica. Y, claro, el crucero por el
canal para observar esa maravillosa obra de la ingeniería moderna. Aclaración
por si alguna vez van: el clima es insoportable, jamás transpiré tanto, al
punto de pensar de que tenía algún problema cardíaco.
Un par de años después me incorporé al grupo que
utiliza a Tocumen como “toco y me voy” o touch and go, si lo prefieren,
y me corrí hasta la vecina Costa Rica. San José, su capital, no tiene tantos
atractivos turísticos, pero su extenso Parque Metropolitano “La Sabana” bien
vale una tarde. También el brillante Museo del Oro. Mi idea era visitar el
volcán Poás y ya tenía todo listo para ir cuando un día antes el muy travieso
decidió entrar en erupción. Hacía 64 años que venía durmiendo una especie de
siesta y justo se despertó en ese momento. Vaya suerte la mía. Obvio, excursión
suspendida.
Pego un salto hasta Cuba. A esta altura debo aclarar
que esta semblanza evocativa no tiene ninguna prolijidad cronológica. Qué
importa cuando se viaja, lo valioso es hacerlo. Bueno, en la isla bonita,
estuve dos veces, una con planes netamente turísticos y la otra diría que con
fines sociales. Me alojé en casa de amigos cubanos de entonces y pude comprobar
todas las carencias que soportan. Aun así son super felices y se esforzaron por
darme lo que no tienen.
Anduve por Matanzas, una ciudad cercana a Varadero, y
allí visité las cuevas de Bellamar, extenso accidente natural en forma de
galerías donde abundan las estalactitas y las estalagmitas. Después les
preguntaré cuales son unas y cuales las otras porque nunca me acuerdo. Después.
Otro punto poco visitado por extranjeros es
Manzanillo, en el occidente de la isla. Allí coincidí con el Día Internacional
de la Mujer y les puedo asegurar que se festeja en serio. Es jornada feriada,
además. Hay playas en ambos puntos caribeños citados.
Me voy para México, pero no para la ciudad capital ni
la ribera maya sino hacia el lado del Pacífico. Nada menos que Acapulco. A este
lugar quisiera dividirlo en tres. La zona playera, donde están todos los
hoteles y va la gente de clase media; luego, las islas con sus mansiones de
millonarios, por caso Luis Miguel, Julio Iglesias, Jeniffer Lopez y tanta gente
que uno frecuenta, ejem. A esos sitios solo se puede llegar por agua y
hay cruceros que hacen la recorrida todo el tiempo.
La tercera fracción de Acapulco, destino poco habitual
entre los argentinos insisto, es la ciudad en sí, donde viven sus habitantes.
Después del lujoso periplo naval se me ocurrió volver en colectivo urbano para
no pagar taxis que, dicho sea de paso, hay que acordar precio antes de
abordarlos. El bus va costeando el mar y yo iba extasiado con ese paisaje hasta
que, de repente, giró hacia la izquierda y se internó en el lado opuesto. Y
allí descubrí el verdadero Acapulco, lejos del glamur de las mansiones y
los servicios de los hoteles. Ríanse de nuestras villas, nuestras calles de
tierra, nuestras zanjas y demás. De pronto tuve temor de que alguien arrojara
alguna piedra o algo así contra el vehículo por el ambiente que se percibía.
Pero ¿quién podría sospechar que allí iba un turista extranjero? Solo un
delirante viajaría en colectivo urbano. Yo lo hice y finalmente sobreviví. De
más está decir que no repetí la experiencia durante mi estadía.
Me queda, para ir cerrando, mi llegada a Ecuador, una
vez más vía Tocumen, lugar donde ya me movía más cómodo que en mi casa.
Desembarqué en Quito y tras sortear algunos trastornos de salud debido a la altura,
salí a caminar la ciudad. Como para no ser tan tedioso solo me limitaré a
comentar un punto que está en las afueras, en la región de Pichincha, pero no
la tuya Cristina, sino donde se encuentra el complejo “Mitad del Mundo”, ese
monolito atravesado por una línea que supuestamente señala la división entre
hemisferios. Si, adivinaron, me saqué la típica foto apoyando un pie en cada
lado. También allí existen otros atractivos como, por ejemplo, el Museo del
Cacao. Me hicieron probar la pasta original de este fruto y, qué quieren que
les diga, prefiero el chocolatín que compro en el quiosco de la esquina.
En Guayaquil, ya a nivel del mar, subí los 444
escalones hasta el faro. No crean que los conté pacientemente, sino que cada
uno de los peldaños posee su numerito inserto como si fuese un mosaico.
Agotador, pero llegar tiene su premio, la vista es espectacular, sobre todo
hacia la bahía.
Omito exprofeso mi paso por Bolivia. El trayecto desde
Villazón a La Paz por vía terrestre es como para que un productor de Hollywood
haga varias películas. Toda una odisea. Quedará para otra oportunidad.
El árbitro ha pitado el final de la primera etapa de mi reseña. Tras el entretiempo volveré con el resto. Mientras tanto los invito a que me indiquen qué lugares extraños o poco usuales para los argentinos me recomendarían conocer.
Pasaporte en mano, nos reencontramos en cualquier momento.