Eduardo
Gershanik
Los
estudiantes universitarios de hoy probablemente no hayan enfrentado un
bolillero en un examen.
En
la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Rosario, los
programas de examen estaban divididos en “bolillas”. Algunas materias
tenían ocho o diez. Otras llegaban a veinte, veinticinco o más.
El
examen oral tenía un mecanismo sencillo: el alumno introducía la mano en el
bolillero y extraía dos bolillas. Sobre una de esas bolillas debía realizar una
exposición y, sobre la otra, el tribunal examinador podía formular preguntas.
El bolillero establecía una especie de pacto entre el alumno y la cátedra.
Por
un lado, el estudiante sabía que para presentarse con la certeza de aprobar
debía conocer todo el programa.
Las
bolillas fáciles y las difíciles, las interesantes y las aburridas, las breves
y aquellas interminables que uno hubiera preferido que jamás hubieran sido
incorporadas al programa.
El
azar impedía elegir. Cualquiera podía salir.
Pero
el sistema también nos proporcionaba cierta tranquilidad.
Suponíamos
que, una vez extraídas las dos bolillas, el examen quedaba razonablemente
circunscripto a esos temas. El profesor podía preguntar, profundizar, buscar
relaciones y comprobar cuánto sabíamos, pero dentro de aquel territorio que el
propio azar había delimitado.
Eso
nos hacía sentir relativamente protegidos de un temor bastante frecuente entre
los estudiantes: que algún profesor particularmente severo –o, según nuestra
menos respetuosa terminología de entonces, un poco maldito– se dedicara
a recorrer el programa buscando precisamente aquello que menos sabíamos.
Había
una sola autoridad imparcial: el azar.
Claro
que el sistema funcionaba perfectamente mientras el alumno aceptara su parte
del acuerdo: estudiar todas las bolillas.
Nosotros,
en cambio, solíamos intentar renegociar unilateralmente ese contrato.
En
lugar de preguntarnos “¿cómo hago para aprender todo el programa?”, preferíamos
una pregunta bastante más interesante:
“¿Cuántas
bolillas puedo dejar sin estudiar y todavía tener buenas posibilidades de
aprobar?”
Y
allí comenzaba una materia que no figuraba en ningún plan de estudios: el
arte de ganarle al bolillero.
El
bolillero funcionaba perfectamente; los que intentábamos convertirlo en una
ruleta éramos nosotros.
La
Facultad, naturalmente, partía de una presunción bastante razonable: el alumno
debía conocer todo el programa.
Los
alumnos partíamos de otra.
Había
que aprobar.
Y
para conseguirlo desarrollábamos una verdadera ciencia paralela, que nunca
figuró en ningún plan de estudios.
Por
falta de tiempo, por cansancio, por exceso de confianza o simplemente porque
alguna bolilla nos resultaba insoportable, comenzaban las especulaciones.
Había
bolillas que, según la información que circulaba por los pasillos, “salían
mucho”.
Esas
había que estudiarlas.
Otras
eran particularmente difíciles y entonces surgía una curiosa solución
académica: en lugar de estudiarlas más, algunos decidíamos directamente no
estudiarlas.
También
interrogábamos a los sobrevivientes.
Apenas
un compañero salía del examen, todavía pálido por la experiencia, comenzaba el
interrogatorio: “¿Cuáles te tocaron?”.
La
información se transmitía rápidamente.
Si
acababan de salir la 7 y la 14, aparecía inmediatamente una teoría
tranquilizadora: “Esas ya salieron. Ahora no van a volver a salir”.
No
tengo la menor idea de qué fundamento estadístico tenía semejante afirmación.
Probablemente
ninguno.
Todo
dependía, además, de una cuestión crucial: ¿las bolillas extraídas volvían
inmediatamente al bolillero o quedaban afuera hasta terminar la mesa?
Sobre
ese detalle se construían teorías dignas de una investigación científica.
También
estaban los números favoritos.
El
7 podía traer suerte. El 13, según las convicciones personales, podía ser
evitado o buscado.
Había
otra estrategia bastante utilizada: algunas bolillas se estudiaban
perfectamente; otras, razonablemente; y finalmente estaban aquellas a las que
se les daba una lectura rápida con la esperanza de que, si aparecían, alguna frase
perdida en la memoria permitiera iniciar una conversación decorosa.
Y
en casi todas las materias existía la bolilla maldita.
Esa
que nadie quería sacar.
Era
larga, difícil, aburrida o reunía las tres condiciones.
En
definitiva, convertíamos el examen en un problema de probabilidades.
Si
el programa tenía veinte bolillas y habíamos estudiado dieciocho, el
razonamiento parecía impecable: ¿Qué posibilidades hay de que justo me toquen
las dos que no estudié?
Muchas,
evidentemente, no eran.
Pero
alguna posibilidad había.
Lo
sé porque me ocurrió.
Fue
en una materia relacionada con la Ley de Quiebras.
Había
estudiado prácticamente todo el programa.
Todo,
menos dos bolillas.
Hasta
aquel examen yo me consideraba, con cierto orgullo, invicto.
Nunca
me habían aplazado. Hasta entonces siempre había estudiado todas las bolillas y
había conseguido superar cada examen.
En
aquellos años teníamos una libreta universitaria en la que quedaban
asentadas las calificaciones de los exámenes orales. Durante las mesas, algún profesor
del tribunal, por curiosidad o quizá simplemente para entretener la espera,
solía hojearla y mirar los antecedentes del alumno que tenía enfrente.
La
mía, hasta ese momento, no registraba aplazos. Predominaban los “Bueno” y había
también algún “Distinguido”, especialmente uno que recuerdo con cierto orgullo
en Derecho Civil.
No
sé si aquel tribunal miró mi libreta ni si esos antecedentes influyeron en lo
que ocurrió después; porque cuando llegó mi turno, introduje la mano en el
bolillero y saqué la primera bolilla era una de las dos que no
había estudiado.
Todavía
quedaba una oportunidad. Había muchas bolillas amigas y solamente una enemiga.
Volví
a introducir la mano.
Y
salió la otra.
Las
dos únicas bolillas que no había estudiado.
De
una de ellas conservaba apenas una idea. Debía comenzar explicando el principio
general aplicable a determinados contratos vigentes al momento del concurso.
Según
recuerdo, el principio establecía que esos contratos no se rescindían.
Era
prácticamente lo único que sabía.
Comencé
la exposición.
Y
dije exactamente lo contrario.
El
profesor me miró y, en lugar de interrumpirme, me pidió que repitiera lo que
acababa de decir.
Hoy
comprendo que me estaba tendiendo una mano.
Tal
vez había visto aquella libreta sin aplazos. Tal vez simplemente era un buen
profesor que advirtió que los nervios podían haberme jugado una mala pasada.
Me
estaba diciendo, sin decirlo: “Piénselo nuevamente. Tiene la oportunidad de
corregirse”.
Pero
yo no entendí la señal.
Y
con una seguridad que mis conocimientos no justificaban, repetí exactamente lo
mismo.
El
profesor consideró que ya no tenía sentido continuar.
Me
indicó que el examen terminaba allí y que podía presentarme nuevamente en el
próximo turno.
Había
sido aplazado.
Bajé
la cabeza y me retiré sigilosamente del aula, tratando de mantener la expresión
que correspondía a un alumno que acababa de fracasar.
Pero
apenas crucé la puerta comenzó a ocurrirme algo bastante curioso.
Sentí
alivio.
Un
enorme alivio.
Porque
solamente yo sabía algo que el profesor ignoraba.
Después
de aquella primera frase equivocada no tenía absolutamente nada más que decir.
Si
aquel hombre hubiera insistido “bueno, continúe...”, yo probablemente habría
quedado mudo frente al tribunal, esperando algún milagro académico que
difícilmente iba a producirse.
El
profesor seguramente pensó que al interrumpir el examen me estaba castigando.
Nunca
supo que, en realidad, me estaba salvando.
Volví
en el turno siguiente. La ley de Concursos y Quiebras 11.719 había sido
reemplazada por la 19.551, de modo que tuve que estudiar el programa completo,
no solamente las 2 bolillas.
No volví
a presentarme a ningún examen sin saber todas las bolillas.