Beatriz Prince
Vivíamos con mi familia, mamá y mis dos hermanos, en San
Martin al 4000.
Esperábamos con ansias el carnaval, mamá nos llevaba a los
tres al corso de San Martín y Bulevar Segui, “el corso del choripán”. Íbamos
disfrazados y felices, con pomos y serpentinas. ¡Cuanto humo!, carrozas
sencillas, muchos disfraces caseros y aparecía él “el rey Momo”, el poeta
Alfonso Alonso Aragón”, querido personaje que reinó en los carnavales rosarinos
por décadas; estoico, cuánta dignidad en su postura, su traje de raso rosado,
gastado, corona y una espada como cetro; era pintoresco e ingenuo, mendigaba
ropa y comida. Su poesía era inteligible y su vida trashumante. Sus ojos algo
tristes, tal vez por haber visto tanto; era víctima de bromas y cada año le
renovaban su reinado.
Luego, crecimos e íbamos a los clubes del barrio, CAOVA,
Central Córdoba, El Tala, Provincial, Newell’s, Gimnasia y Esgrima, y cada
barrio con su club.
A mediados de los 70, en Provincial disfrutábamos el Sótano
Beat: Los No, Conexión número 5, Batallón Mermelada, Los Gatos. En Gimnasia y Central,
artistas internacionales, Johnny Halliday, Silvie Bartan, Adamo, Manzanero,
Serrat. Recuerdo en la parte trasera y los costados de los colectivos sus fotos
promocionándolos.
En el Parque Independencia, estaban los corsos del intendente
Luis Cándido Carvallo, con despliegue de costosas carrozas y trajes luminosos
con coreos brillantes, gran despliegue de color y belleza, una comparsa mejor
que otra.
En 1976, durante la dictadura, los militares prohibieron los
festejos del carnaval, y retiran el feriado.
Volviendo al barrio, durante el día, siestas y tardes
jugando al carnaval. Niños jóvenes y adultos con pomos, cacerolas, baldes y
globos, estos ultimos no me gustaban pues dolían, lo vivía como algo muy
agresivo. Dos o tres vecinos muy cercanos trataban de mojar a las viejas, mamá,
mis tías, mi nona, que tenían entonces mi edad actual, ¡que atrevido llamarlas
viejas! Ellos hacían guardia esperando que pasaran por un patio, una puerta y
allí las bañaban. Todos nos divertíamos mucho.
Las puertas de pasillos y casas permanecían abiertas, pues
todos cargábamos agua donde podíamos.
Una tarde esperando el cole para ir al centro a
trabajar, me hicieron sopa, debí volver a casa a cambiarme, por supuesto que
llegué tarde al trabajo.
Otra vez, en Maipú y Ocampo, al bajar de la “C” , voy
llegando a donde me esperaban, y para un auto y cuatro muchachos se bajan con
un balde lleno de globos. Terminé contra la pared, siendo blanco de la lluvia
de globazos sin piedad. Muertos de risa se fueron y yo quedé llorando muy
asustada; una vez más deseé ser varón y “poder” con esto.
Nunca olvidaré una tarde, luego de jugar al carnaval, toda
mojada y descalza, entré a mi cuarto, tomé el velador para correrlo y me
atravesó un rayo. Fue como si hubiese entrado por la palma de mi mano, que
permanecía cerrada tomando el caño en forma de medialuna, fue pasando por mi
cuerpo y descargó en los pies, sentí un dolor muy profundo, no recuerdo más.
Lo demás me lo contaron: desperté acostada en el piso,
temblando, rodeada de mi familia y vecinos, con un médico revisándome. “Esta
señorita tiene un corazón muy fuerte” dijo el médico y agregó: “Esto se lo
reforzó”.
Mi hermano mayor, que en ese momento dormía en el cuarto de
al lado, se despertó por mis gritos, contó que eran alaridos; a almohadazos había
tratado de separarme del velador, yo lo sostenía con la mano cerrada (era una
medialuna de metal), y me sacudía hacia todos lados, hasta que mi mamá, que
estaba bañándose, escuchó los gritos y corrió a bajar la llave de luz.
Me disparé golpeándome contra una pared y luego caí al
suelo. Cuentan que me sacudí como poseída y temblaba, quedé llena de moretones;
afortunadamente el doctor era vecino y llegó rapidísimo. Esa noche mi hermano
Manuel, una amiga (Estelita) y yo fuimos a un cumple de 15 años (esa era mi
edad también) y le pedí a mi mama que me acompañara. Yo iba a todos los
asaltos, cumples y bailes con mis hermanos, pero esa noche necesité a mamá a mi
lado. Quedé como perrito golpeado, a tal punto que esa noche no bailé, ¡con lo
que amo bailar!; mi amiga estuvo a mi lado, haciéndome pata, planchamos toda la
noche. Flor de susto me lleve.
De grande, luego de mis trabajos en la época de venta de
indumentaria y negocios familiares, estudié instructora de yoga, masajes y
reiki; y, cada vez que me decían “que buen reikista sos” (modestia aparte), yo
pensaba en broma: “Recibí energía para rato”.