Mónica Mancini
Buzón, estafeta
postal, correo, certificada, expreso, vía aérea, telegrama, estampilla,
cartero… Me pregunto si los millenials o la generación “Z”,
tendrán idea del uso que le dábamos los Silver a todos estos vocablos.
La
comunicación, emblema de la cultura y de la evolución, ha sido siempre un tema
candente, en el que todos hemos estado pendientes para acceder a informarnos de
hechos que suceden a distancia o simplemente de entablar relaciones con
personas o instituciones que nos interesan.
La palabra
escrita es gran protagonista de la historia, ya que ante el debut de la
escritura se dividen los tiempos humanos y con ella la posibilidad de dejar
testimonio de acontecimientos, transformaciones, datos, que sin duda nos ayudan
a conocer el pasado y comprender mejor el presente.
Esta
introducción es para incorporar a mi relato a las que fueron protagonistas en
mi adolescencia, a las que esperaba con ansiedad todos los días cerca del
mediodía :las cartas, de la mano de mi amigo el cartero.
Las
circunstancias de la vida hicieron que, por cuestiones familiares, debiera
vivir en la ciudad de San Miguel de Tucumán en los años setenta y tres y
setenta y cuatro, en los que cursé cuarto y quinto año de la secundaria. Demás
está decir lo duro que es para una adolescente irse a vivir a mil kilómetros de
su familia, de sus amigos y, lo peor de todo, del novio.
La comunicación
telefónica aún era con operadora y muy cara, tampoco había tantos teléfonos
instalados y se utilizaba solo en casos de suma urgencia. Era reemplazado por
el famoso y tan temido telegrama, el que tenía variados usos. Se enviaba cuando
hacías un viaje y llegabas a destino, para enviar felicitaciones para un evento
importante, el pésame en caso de fallecimiento y también te lo mandan aun hoy cuando
te despiden de un trabajo o cuando renuncias a este. Su contenido debía ser
breve y claro, el costo era por la cantidad de palabras y se contaban todas; es
decir, destinatario, remitente, dirección. Si debías avisar que llegaste bien,
terminabas poniendo solo “llegué”; para saludos, “felicidades”, tratando de
expresar, en una o muy pocas palabras lo que deseabas comunicar.
Queda claro,
entonces, que la comunicación casi con exclusividad era el intercambio
epistolar, que en mi caso era sumamente fluido.
Para acelerar
los tiempos, el modo de enviar la correspondencia era mandarla certificada o
expresa, lo que implicaba un costo bastante más elevado que la carta simple, a
la que le ponías un San Martin coloradito y la metías en el también colorado
buzón. Esa demoraba hasta quince días, no daba, por lo que yo me manejaba con
las más caras y los que me escribían también.
De esta forma,
casi todos los días yo recibía una carta ya sea de mi novio, de mi hermana, de
mis amigas y también las enviaba.
El buzón, ahora
transformado en algo decorativo, era importante para nosotros. En mi niñez,
donde repetidas veces íbamos a tirar las cartas en su interior, imbuida del
realismo mágico, creía que existían túneles por donde las cartas se desplazaban
solitas y llegaban a destino. No era loco, si pensábamos que un ratón era capaz
de llevarse los dientes y dejarte dinero a cambio, y que tres señores volaban
en camello para dejarte regalos.
Tanto el
cartero de Tucumán como el de Rosario ya sabían la historia y, cuando
eventualmente pasaban unos días sin correspondencia, hasta se disculpaban
cuando veían el rostro de decepción ante la ausencia de noticias.
El cartero
andaba con un bolso de cuero, en general gastado, zapatos como para aguantar la
caminata y casi siempre se anunciaba con el grito: “carteroooo”. En el caso de
nuestra familia en los tiempos de mi exilio era bien recibido, pero muchas
veces las notificaciones que traía daban disgustos, multas, impuestos, cedulas
de intimación, cuentas a pagar y debía aguantarse las malas caras y, a veces,
hasta se la tomaban con él por ser el mensajero.
En mi barrio,
el mismo cartero estuvo más de veinte años; recorría unas cuantas manzanas y
solía aceptar un mate o un cafecito, según el clima, en un intervalo de su
trabajo. Como otros servidores públicos formaba parte de la cotidianeidad del
paisaje, en una época en que los rostros tenía nombre y nos involucrábamos con
la historia de cada uno.
Muchas veces el
cartero, Rubén, si abrías la carta rápido, se quedaba a esperar y preguntaba si
tu cara manifestaba preocupación…¿una mala noticia?¿Esta todo bien? Y de esa
manera compartías con él algo que estaba pasando en la familia: una enfermedad,
un viaje, un nacimiento.
Bolso colgado
del hombro, zapatos gastados, uniforme del Correo, siempre varones… Muchos años
persiguiendo esa imagen, ese bolso mágico capaz de cambiarte la vida con un
nuevo trabajo, con una ruptura amorosa o con la peor de las noticias.
Esas palabras prisioneras en un sobre que
podía ser perfumado, entelado o con una inscripción en el frente eran capaces
de cruzar el océano y conectar a aquellos que un día tuvieron que alejarse
tanto para armar su vida en otros países.
Palabras cautivas que eran liberadas con
esperanza o con temores, capaces de entrelazar corazones o romperlos, palabras
que de mano en mano iban llegando a destino, protagonistas de novelas, de
canciones, de historias como la que yo estoy compartiendo en estos momentos con
amigos, que seguramente conservan entre sus recuerdos alguna carta que le
cambio la vida.
Stop, cambio y
fuera.