jueves, 10 de septiembre de 2026

Después de la guerra

 Mónica Mancini

 

Enero de mil novecientos ochenta y tres. El anterior había sido un año terrible a nivel país, ya que habíamos vivido la desgracia de la guerra de Malvinas y también en mi familia vivimos otra, sin armas ni soldados, pero también muy dolorosa.

Ese verano estaba recién separada, con dos niñitas de uno y cinco años, la había pasado realmente muy mal y tenía mucha necesidad de alejarme de Rosario y, como se diría ahora, resetearme.

Pasadas las fiestas y utilizando unos pocos ahorros que tenía decidí irme a las sierras cordobesas todo el mes de enero y febrero hasta el tiempo de reintegrarme a mi trabajo en la escuela, obvio que con mis hijitas.

En esos tiempos no existía Booking, ni Trivago, ni Tripadvisor… era muy difícil alquilar a distancia, así que decidí viajar a Tanti, localidad cordobesa muy tranquila y accesible a mis posibilidades, solo por un día con la intención de buscar alguna casa que me permita pasar esos meses de vacaciones con las nenas.

Llegué a Tanti en Chevallier a una pequeña estación de colectivos y pregunté por alguna inmobiliaria. Noté muchísima amabilidad de las personas, especialmente de los remiseros y empleados de la terminal, lo que me tranquilizo mucho, pensando lo acertada que estuve en elegir ese lugar. Tenía solo 25 años, estaba sola y quizás eso llamaba la atención.

Concreté el alquiler de una casa en las sierras, bastante alejada de la calle principal, señé y me volví a Rosario a buscar a las niñas.

Fue todo un tema hacer los preparativos, ropa, juguetes, remedios, documentos, etcétera. Viajar en micro sola con dos niñas pequeñas es bastante complicado. Al día de hoy, no entiendo cómo me anime y como nadie se atrevió a decirme que no era una buena idea irme sola al medio de las sierras sin teléfono y sin formas de comunicar cualquier inconveniente. En fin, se ve que mi decisión era muy determinante.

Salimos otra vez en Chevallier, con todo el equipaje. Cuando llegamos a Tanti, con tres valijas, dos niñas y solo dos manos, estaba convencida de que los señores tan amables que me habían recibido en el primer viaje me ayudarían. Error, cuando me vieron tan complicada no tuve ofertas de colaboración, así que como pude fui trepando para llegar a la casita. Como en el cuento de la cabra, el repollo y el lobo… llevaba un trecho las valijas sin perder de vista a las nenas; volvía, llevaba a una y luego a la otra… y, así, tardando bastante, logramos llegar y habitar la propiedad, sencilla, pero dentro de un paisaje muy pintoresco.

Construimos una rutina diaria muy distinta a la que teníamos en Rosario. Después de desayunar, salíamos a hacer caminatas por algunos senderitos cercanos. La mayor caminaba y a la chiquita la cargaba a cococho. Si hacía calor, nos deteníamos en alguna “ollita” de agua o arroyito y nos refrescábamos. No existía el protector solar y nos flechamos los primeros días, después ya estábamos curtidas.

Volvíamos, íbamos a hacer las compras. Como no teníamos heladera, hacíamos la compra a diario con lo que consumíamos.

A mediados de enero, la pequeña cumplió dos años, hicimos un festejo íntimo, con una torta y el par de velitas alusivo. Creo que ella la paso bien, como regalo le compré una carterita que le gustaba y eso la puso muy contenta. Yo también estaba alegre, estaba con ellas dos, era todo lo que necesitaba para estar tranquila y festejando otro año más de mi hija.

El contacto con Rosario era epistolar. Escribía y recibía cartas permanentemente, a las que tenía que llevar e ir a buscar a la inmobiliaria, pues el cartero no llegaba adonde nosotras estábamos

El tiempo en las sierras corría de otra manera, sentíamos mucha paz y había una intimidad entre las tres llenas de armonía. Las niñas la pasaban bien, dibujaban, jugaban. Abundaba la lectura de cuentos por las noches, que era la manera de despedir otro día más de caminatas y zambullidas. Generalmente terminaban bastante cansadas.

Cuando se dormían yo aprovechaba para escribir cartas, pero también muchas historias que se me iban ocurriendo, especialmente recreando los relatos de mi abuelo inmigrante, protagonista anónimo de su propia guerra. Así es como me alejaba, por momentos, de la realidad que me estaba tocando vivir, especialmente cuando pensaba en la vuelta a la rutina y tenia miles de situaciones que resolver.

Las vacaciones en Tanti fueron una experiencia única, donde medí mis fuerzas y mi resiliencia. Comprobé que el paisaje en una naturaleza donde los protagonistas son el sol, el aire, el agua y las sierras, llenan el espíritu y fortalecen el cuerpo y la mente.

El regreso fue bueno, porque la familia nos había extrañado, especialmente a las niñas y nos recibieron con mucho cariño. Estábamos fortalecidas como para empezar una nueva etapa. ¡Arriba las chicas!

El mago

 

Daniel Jobbel

 

Me organizaron una fiestita. Vino un mago, joven, joven, flaquito, se ría y hacía reír. Yo lo miraba feo, con cara de nada, no recuerdo bien la edad, seis o siete añitos, El tipo hizo magia con las cartas. Después hizo magia con papeles escritos, hizo otra con dibujos. Hizo magia. Yo serio como un personaje de Ionesco, con la mirada ausente y los más grandes metidos en la atención de su magia.

Lo cierto que es linda la magia. Esa vez no hubo caramelos, ni me di cuenta. No pedí torta; porque estaba, aunque ausente, divertido y me olvidé, no me di cuenta.

Mi mamá se reía de las cosas que decía. Ponía caras el mago. Muecas. Revoleaba los ojos. Hablaba con la gente. Hablaba en esos tiempos de los sesenta como si fuera “El señor de los anillos”, de mucho tiempo después. Se asemejaba, solo eso. Lo feo y malo era que mi mamá no me dejaba ver la tele, ese Noblex con el Pato Donald o el “Muñeco Maldito”, esa serie para los más grandes.

Creo a la distancia que nadie tiene cumpleaños feos, salvo una vez, recuerdo, que mi tía se peleó con mi tío porque había venido con una mancha de rouge en la camisa, pero acá no estaban con esos líos.

El mago llamaba a la gente que ayudara con la magia. Siempre se ríe de la gente del que le toca subir, pero no es malo, a mí me gustaría subir, pro el mago ni me miró. De allí mi bronca con los magos en una tarde mágica.

Hizo un lindo juego con campañillas para que le presten atención, mientras algunos distraídos de mis amigos andaban en otra cosa. Un señor grande lo ayudó en eso.

Había también unos chicos músicos, que lo acompañaban y de quienes él decía que eran su banda. Después hizo trucos con una máquina de sonidos que le ponía voces de viejo, de nene, de abuelo, de señor enojado. Era una máquina rara. Voces en una maquinita ser lindo tener una me dije.

Debe ser cara, ojalá que mi mamá me la compre.

El mago dijo que no quería ser mago y que también laburaba de otra cosa; yo me acuerdo ahora de Facundo Cabral que decía que era bombero, yo quiero ser bombero… ¡Cuántos chicos soñaban con ser bomberos! Hoy quizás no.

El mago no quería ser bombero quería ser otra cosa, pero si lo digo le arruino el chiste, pero no quería ser bombero ni mago y yo quisiera ser cantor. El no, pero canta.

No decía malas palabras ni nada. En esos sesenta del siglo pasado había que tener bastante gana, para ser mago.

Le dije a mamá si puedo pasar a buscar la torta que quedó en ese bodegón del barrio, porque en casa no había lugar para festejar el cumpleaños. La fiestita era en el Club Nuevo Aurora, de Suipacha e Ituzaingó, en barrio Parque. Le pedí a mamá que me lleve otra vez, pero me dijo que no todos los días se festeja el cumpleaños. ¡Será que hay una temporada para los cumpleaños! En ese tiempo seguro que no.

Ahí, mi mamá me zamarreó del brazo y me dijo todos los días alguien cumple años, siempre, entonces pensé quiero cumplir otra vez al mes y que nadie me diga que son las diez y me dejen libre de mirar la tevé…

Mi padre, ese bombero que se transformó en el mago del cuento, me invitó a jugar a las cartas, para saciar mi ilusión.

jueves, 13 de agosto de 2026

Inusuales. Parte I

 Hugo Longhi

 

Quizás porque en mi niñez y adolescencia no lo pude hacer, de adulto me sobrevino el impulso de viajar. Deliciosa actitud que, sin embargo, tiene sus riesgos y conlleva sus esfuerzos. De todos modos, no estoy aquí para analizar sociológicamente la cuestión sino para mostrar, muy a vuelo de pájaro, algunas recorridas realizadas en estos años. Pero no todas, solo las que concluyeron en destinos poco usuales para los argentinos.

Si les parece comenzaré por América Latina.

Ya hace tiempo que casi todos los rosarinos que parten desde el aeropuerto local hacia el exterior aterrizan en Tocumen, la estación aérea panameña. De allí, siguen viaje rumbo a distintos puntos del continente.

Yo, de puro contrera, esa vez decidí quedarme en Panamá. Me caminé toda la cinta costera atendiendo las indicaciones del solmáforo para que el voraz sol de la región no me afectara tanto. Por supuesto, anduve por el casco histórico donde están el palacio de gobierno, la catedral y el museo nacional, entre otros. También escalé el cerro Ancón, el más alto de la ciudad, para disfrutar de su vista panorámica. Y, claro, el crucero por el canal para observar esa maravillosa obra de la ingeniería moderna. Aclaración por si alguna vez van: el clima es insoportable, jamás transpiré tanto, al punto de pensar de que tenía algún problema cardíaco.

Un par de años después me incorporé al grupo que utiliza a Tocumen como “toco y me voy” o touch and go, si lo prefieren, y me corrí hasta la vecina Costa Rica. San José, su capital, no tiene tantos atractivos turísticos, pero su extenso Parque Metropolitano “La Sabana” bien vale una tarde. También el brillante Museo del Oro. Mi idea era visitar el volcán Poás y ya tenía todo listo para ir cuando un día antes el muy travieso decidió entrar en erupción. Hacía 64 años que venía durmiendo una especie de siesta y justo se despertó en ese momento. Vaya suerte la mía. Obvio, excursión suspendida.

Pego un salto hasta Cuba. A esta altura debo aclarar que esta semblanza evocativa no tiene ninguna prolijidad cronológica. Qué importa cuando se viaja, lo valioso es hacerlo. Bueno, en la isla bonita, estuve dos veces, una con planes netamente turísticos y la otra diría que con fines sociales. Me alojé en casa de amigos cubanos de entonces y pude comprobar todas las carencias que soportan. Aun así son super felices y se esforzaron por darme lo que no tienen.

Anduve por Matanzas, una ciudad cercana a Varadero, y allí visité las cuevas de Bellamar, extenso accidente natural en forma de galerías donde abundan las estalactitas y las estalagmitas. Después les preguntaré cuales son unas y cuales las otras porque nunca me acuerdo. Después.

Otro punto poco visitado por extranjeros es Manzanillo, en el occidente de la isla. Allí coincidí con el Día Internacional de la Mujer y les puedo asegurar que se festeja en serio. Es jornada feriada, además. Hay playas en ambos puntos caribeños citados.

Me voy para México, pero no para la ciudad capital ni la ribera maya sino hacia el lado del Pacífico. Nada menos que Acapulco. A este lugar quisiera dividirlo en tres. La zona playera, donde están todos los hoteles y va la gente de clase media; luego, las islas con sus mansiones de millonarios, por caso Luis Miguel, Julio Iglesias, Jeniffer Lopez y tanta gente que uno frecuenta, ejem. A esos sitios solo se puede llegar por agua y hay cruceros que hacen la recorrida todo el tiempo.

La tercera fracción de Acapulco, destino poco habitual entre los argentinos insisto, es la ciudad en sí, donde viven sus habitantes. Después del lujoso periplo naval se me ocurrió volver en colectivo urbano para no pagar taxis que, dicho sea de paso, hay que acordar precio antes de abordarlos. El bus va costeando el mar y yo iba extasiado con ese paisaje hasta que, de repente, giró hacia la izquierda y se internó en el lado opuesto. Y allí descubrí el verdadero Acapulco, lejos del glamur de las mansiones y los servicios de los hoteles. Ríanse de nuestras villas, nuestras calles de tierra, nuestras zanjas y demás. De pronto tuve temor de que alguien arrojara alguna piedra o algo así contra el vehículo por el ambiente que se percibía. Pero ¿quién podría sospechar que allí iba un turista extranjero? Solo un delirante viajaría en colectivo urbano. Yo lo hice y finalmente sobreviví. De más está decir que no repetí la experiencia durante mi estadía.

Me queda, para ir cerrando, mi llegada a Ecuador, una vez más vía Tocumen, lugar donde ya me movía más cómodo que en mi casa. Desembarqué en Quito y tras sortear algunos trastornos de salud debido a la altura, salí a caminar la ciudad. Como para no ser tan tedioso solo me limitaré a comentar un punto que está en las afueras, en la región de Pichincha, pero no la tuya Cristina, sino donde se encuentra el complejo “Mitad del Mundo”, ese monolito atravesado por una línea que supuestamente señala la división entre hemisferios. Si, adivinaron, me saqué la típica foto apoyando un pie en cada lado. También allí existen otros atractivos como, por ejemplo, el Museo del Cacao. Me hicieron probar la pasta original de este fruto y, qué quieren que les diga, prefiero el chocolatín que compro en el quiosco de la esquina.

En Guayaquil, ya a nivel del mar, subí los 444 escalones hasta el faro. No crean que los conté pacientemente, sino que cada uno de los peldaños posee su numerito inserto como si fuese un mosaico. Agotador, pero llegar tiene su premio, la vista es espectacular, sobre todo hacia la bahía.

Omito exprofeso mi paso por Bolivia. El trayecto desde Villazón a La Paz por vía terrestre es como para que un productor de Hollywood haga varias películas. Toda una odisea. Quedará para otra oportunidad.

El árbitro ha pitado el final de la primera etapa de mi reseña. Tras el entretiempo volveré con el resto. Mientras tanto los invito a que me indiquen qué lugares extraños o poco usuales para los argentinos me recomendarían conocer. 

Pasaporte en mano, nos reencontramos en cualquier momento.

Herencia de silencios

 Alberto Castillo

 

Yo era muy pibe, seis o siete años.

Una tarde, en el club Faustino, un amigo me pregunta: “¿Che, mi viejo me dijo que tenés diferente apellido que tus hermanos?

Yo tenía dos hermanos, bastante mayores. Guillermo y Luis, del primer matrimonio de mi madre.

Salí del club y corrí a preguntarle.

Me miró, endureció su rostro y me contestó: “Decile al curioso que venga a preguntarme a mí. Y vos, ya vas a tener edad para saber”.

Nunca tuve esa edad.

Pasaron algunos años y de visita al pueblo de mi familia paterna, una prima me cuenta la existencia de una supuesta hija de mi viejo, situación que en el lugar era por todos conocida.

Mis viejos aún eran personas relativamente jóvenes.

Ni siquiera pregunté. Sabía, presentía, que era inútil.

Crecí creyendo que llegaría el día en que todo cobraría sentido.

Que alguien me relataría la historia completa.

Ese día nunca llegó.

Mi padre y mi madre partieron sin decirme nada; y las respuestas, solo por ellos conocidas.

Mi hermano Luis fue el primero en contraer matrimonio. Su esposa fue mucho más que una nuera para mi madre. Fue su confidente. La que conoce toda la historia familiar

Hace poco tiempo le pregunté. Sereno, pero firme, le pedí que me contara y lo mal que sentía por ignorar. Su respuesta fue terminante: ¡Se lo prometí a tu madre! Lo tengo todo escrito. ¡Cuando yo parta se van a enterar de todo!

Hay silencios que protegen, pero cuando son guardados por personas que amamos, hieren, dejan una marca profunda.

Las heridas no nacen de lo que ocurrió, sino de aquello que nunca fue dicho.

Hoy y con esfuerzo pude armar algo de ese entramado de misterios.

Algunos parientes y amigos aportaron algo de información; siempre codificada y con recelo.

Lo que no se nombra tiende a repetirse en las siguientes generaciones en forma de conductas y miedos sin causas claras.

Crecer con mentiras, con verdades ocultas, induce a dudar de los otros y dificulta entablar vínculos sanos. Una psicoanalista belga, Maud Mannoni, escribió sobre “el saber no sabido o la tristeza sin razón”.

Sé que seguirán las preguntas sin respuestas. Pero mientras existan los recuerdos y la voluntad de buscarlos, la historia de mi familia seguirá viva.

Escribirla es una forma de rescatarla del olvido. Ponerlo en palabras no cambiará mi pasado, pero si puede ayudarme a convivir mejor con él.

No siempre escribimos para recordar.

A veces escribimos para no cargar solos con los recuerdos. 

Me lo debo yo, pero sobre todo mi hijo y mi nieto.

Tío Luis: retrato de un hombre querido

 Alberto Castillo

 

Hay personas que sin proponérselo dejan una huella amable en la vida de los demás. Mi tío Luis, hermano menor de mi madre, era una de ellas.

Tenía una presencia que no pasaba desapercibida. Era un hombre de buena pinta, elegante sin esfuerzo y con una sonrisa que parecía abrir todas las puertas.

Las mujeres lo miraban con admiración, pero el conquistaba mucho más por su forma de ser que por su aspecto.

Era simpático, atento y tenía ese don de hacer sentir importantes a quien tenía enfrente.

Tenía admiración y enorme cariño por mi madre a quién visitaba todos los días. Él, a pesar de ser bastante menor que ella, la llamaba “la nena”.

Se casó muy joven con mi tía Dolly, hermosa mujer, morena, de una belleza singular. Hija de una brasileña y de un padre de ascendencia italiana.

Encuentros propios del Rosario de esos tiempos.

Luis y Dolly eran la pareja perfecta. Él, elegante, de mucha pinta; ella, hermosa y con un aire distinto al de las muchachas de aquellos años.

Dolly era cantante de boleros y no lo hacía como pasatiempo, tenía escenario y presencia.

Lo hacía semanalmente por LT 8 Radio Rosario.

Para la Rosario de mediados de los cincuenta era una adelantada a su tiempo.

Independiente, segura.

Verlos juntos era un deleite.

Su matrimonio fué casi efímero. Al poco tiempo de nacer su hijo, mi primo, el camino de la pareja tomó otro rumbo.

Sin embargo, ese final nunca se convirtió en una historia de rencores.

Al contrario, había algo muy especial en él: sabía despedirse sin herir.

Con el paso de los años tuvo varias novias; pero todas lo recordaban y hablaban de él con una sonrisa.

Todas tenían contacto con mi madre, quien terminaba siendo amiga y confidente de ellas.

Era como si Luis tuviera la virtud de cuidar los afectos, incluso cuándo el amor terminaba.

No es una cualidad común.

Tal vez por eso, quienes lo quisimos nunca dejamos de recordarlo con cariño.

Se empleó desde muy joven en Boglione y Cobelli, tienda de ropas, sobre todo impermeables y artículos del hogar.

Estaba situada en calle Mitre 738, zona del histórico teatro Odeón de Rosario.

Esa tienda, especie de shopping actual, tuvo plena vigencia entre los años cuarenta y setenta.

Allí, Luis se destacaba como vendedor de salón, sobre todo entre la clientela femenina

Tenía debilidad por las mujeres rubias, como salidas de una película de Hollywood. Y me consta que era exitoso cuándo su encanto natural despertaba una mirada cómplice.

Generoso, de buen humor. Disfrutaba de la vida, de las reuniones familiares, de las charlas y las risas compartidas. Con él cerca, el ambiente era mucho más liviano.

Tenía la capacidad de hacer sentir bien a los demás y ese es un talento que no se aprende.

Bastaba con que alguno de nosotros alabara la camisa o la campera que llevaba, para que al día siguiente apareciera en casa un bolso. Dentro estaba prolijamente doblada esa misma prenda que habíamos elogiado.

Disfrutaba dando... 

Cuando pienso en mi tío Luis, no recuerdo grandes discursos o hazañas extraordinarias. Lo recuerdo por algo mucho más valioso: por haber sido una buena persona. De esas que aún años después siguen despertando una sonrisa en quiénes tuvimos la suerte de conocerlo.

martes, 11 de agosto de 2026

Carnavaleando

 Beatriz Prince

 

Vivíamos con mi familia, mamá y mis dos hermanos, en San Martin al 4000.

Esperábamos con ansias el carnaval, mamá nos llevaba a los tres al corso de San Martín y Bulevar Segui, “el corso del choripán”. Íbamos disfrazados y felices, con pomos y serpentinas. ¡Cuanto humo!, carrozas sencillas, muchos disfraces caseros y aparecía él “el rey Momo”, el poeta Alfonso Alonso Aragón”, querido personaje que reinó en los carnavales rosarinos por décadas; estoico, cuánta dignidad en su postura, su traje de raso rosado, gastado, corona y una espada como cetro; era pintoresco e ingenuo, mendigaba ropa y comida. Su poesía era inteligible y su vida trashumante. Sus ojos algo tristes, tal vez por haber visto tanto; era víctima de bromas y cada año le renovaban su reinado.

Luego, crecimos e íbamos a los clubes del barrio, CAOVA, Central Córdoba, El Tala, Provincial, Newell’s, Gimnasia y Esgrima, y cada barrio con su club.

A mediados de los 70, en Provincial disfrutábamos el Sótano Beat: Los No, Conexión número 5, Batallón Mermelada, Los Gatos. En Gimnasia y Central, artistas internacionales, Johnny Halliday, Silvie Bartan, Adamo, Manzanero, Serrat. Recuerdo en la parte trasera y los costados de los colectivos sus fotos promocionándolos.

En el Parque Independencia, estaban los corsos del intendente Luis Cándido Carvallo, con despliegue de costosas carrozas y trajes luminosos con coreos brillantes, gran despliegue de color y belleza, una comparsa mejor que otra.

En 1976, durante la dictadura, los militares prohibieron los festejos del carnaval, y retiran el feriado.

Volviendo al barrio, durante el día, siestas y tardes jugando al carnaval. Niños jóvenes y adultos con pomos, cacerolas, baldes y globos, estos ultimos no me gustaban pues dolían, lo vivía como algo muy agresivo. Dos o tres vecinos muy cercanos trataban de mojar a las viejas, mamá, mis tías, mi nona, que tenían entonces mi edad actual, ¡que atrevido llamarlas viejas! Ellos hacían guardia esperando que pasaran por un patio, una puerta y allí las bañaban. Todos nos divertíamos mucho.

Las puertas de pasillos y casas permanecían abiertas, pues todos cargábamos agua donde podíamos.

Una tarde esperando el cole para ir al centro a trabajar, me hicieron sopa, debí volver a casa a cambiarme, por supuesto que llegué tarde al trabajo.

Otra vez, en Maipú y Ocampo, al bajar de la “C” , voy llegando a donde me esperaban, y para un auto y cuatro muchachos se bajan con un balde lleno de globos. Terminé contra la pared, siendo blanco de la lluvia de globazos sin piedad. Muertos de risa se fueron y yo quedé llorando muy asustada; una vez más deseé ser varón y “poder” con esto.

Nunca olvidaré una tarde, luego de jugar al carnaval, toda mojada y descalza, entré a mi cuarto, tomé el velador para correrlo y me atravesó un rayo. Fue como si hubiese entrado por la palma de mi mano, que permanecía cerrada tomando el caño en forma de medialuna, fue pasando por mi cuerpo y descargó en los pies, sentí un dolor muy profundo, no recuerdo más.

Lo demás me lo contaron: desperté acostada en el piso, temblando, rodeada de mi familia y vecinos, con un médico revisándome. “Esta señorita tiene un corazón muy fuerte” dijo el médico y agregó: “Esto se lo reforzó”.

Mi hermano mayor, que en ese momento dormía en el cuarto de al lado, se despertó por mis gritos, contó que eran alaridos; a almohadazos había tratado de separarme del velador, yo lo sostenía con la mano cerrada (era una medialuna de metal), y me sacudía hacia todos lados, hasta que mi mamá, que estaba bañándose, escuchó los gritos y corrió a bajar la llave de luz.

Me disparé golpeándome contra una pared y luego caí al suelo. Cuentan que me sacudí como poseída y temblaba, quedé llena de moretones; afortunadamente el doctor era vecino y llegó rapidísimo. Esa noche mi hermano Manuel, una amiga (Estelita) y yo fuimos a un cumple de 15 años (esa era mi edad también) y le pedí a mi mama que me acompañara. Yo iba a todos los asaltos, cumples y bailes con mis hermanos, pero esa noche necesité a mamá a mi lado. Quedé como perrito golpeado, a tal punto que esa noche no bailé, ¡con lo que amo bailar!; mi amiga estuvo a mi lado, haciéndome pata, planchamos toda la noche. Flor de susto me lleve.

De grande, luego de mis trabajos en la época de venta de indumentaria y negocios familiares, estudié instructora de yoga, masajes y reiki; y, cada vez que me decían “que buen reikista sos” (modestia aparte), yo pensaba en broma: “Recibí energía para rato”.

 

 

jueves, 18 de junio de 2026

La última barra de amigos

 

María Cristina Piñol

 

Hasta hace no mucho tiempo el barrio entero se sentía como “tu casa”, existía un fuerte sentido de pertenencia sobre cada calle, vereda, plaza o campito. Salir a jugar era un ritual cotidiano y fascinante. Lo hicieron la generación de mis padres, la nuestra y la de mis hijos, hoy ya todos cuarentones.

Como vivimos siempre en el mismo barrio y en la misma calle, somos testigos de los cambios sufridos en el transcurso del tiempo. Hoy están mis nietos viviendo también en “nuestro barrio”; y, aunque hay otros pibes además de ellos en la cortada y alrededores, no tienen ningún contacto entre sí. Ya no se juega en la vereda, tampoco en las plazas ni hay un campito libre para jugar a la pelota, por ejemplo.

Pero les voy a hablar de la “barra” de mi hijo menor que está por cumplir cuarenta y un años.

Son alrededor de quince “hombres” y en todo el tiempo transcurrido siguen siendo como ellos mismos se denominan “La última barra del barrio”.

Ya casi todos están casados, algunos divorciados y con hijos, y un soltero que tiene dos hijos, pero no pareja.

Hoy los amigos de la nueva generación son de la escuela o del deporte que practican. Ya no se escucha decir, por ejemplo, “mañana nos encontramos “en la esquina a la hora de siempre”, solo se conectan por WhatsApp y quedan en ir a la casa de tal o cual, o al shopping, o al gimnasio, o a lo sumo al club.

En aquel tiempo todos nos conocíamos con todos y entre padres y madres, que también éramos vecinos, fuimos viendo como esos chicos crecieron y se hicieron hombres.

Uno o dos días por semana iban a jugar al fútbol en el campito de atrás de Minetti y siempre recuerdan que debían volver a las 20, porque a esa hora se cenaba.

Aun hoy todos los martes siguen yendo a jugar al fútbol. Es religión. Ahora, los horarios se los pondrán las esposas y tampoco van al campito, sino que alquilan una canchita privada de la cual dos por tres vuelven con alguna lesión.

Ya tienen problemas de “grandes”, papás enfermos, por ejemplo, alguna necesidad económica y, ante lo que sea, siempre están ayudándose los unos a los otros, en las buenas y en las malas. La mamá de uno de los chicos vive sola frente a mi casa y tiene problemas de salud. Los hijos que pueden cuidarla viven en Roldán, y mi hijo también y él se encargaba de llevarla todos los días. Cuando le pregunté si le molestaba, me contestó: “Mamá yo me crié en esa casa con Elena, me da mucho dolor verla así, es lo que puedo hacer por ella y por Juan”, un amigo incondicional.

Este fin de año, lo festejamos en casa de mi hijo y fueron casi todos los del grupo, algunos ya con sus propios hijos. Era un ir y venir de recuerdos entre ellos y con nosotros.

Después de varios brindis, se me acerca uno y me dice: “Te voy a contar algo que estoy seguro que no sabés, Cris: la primera película porno que vimos la vimos todos juntos en tu casa y, por supuesto, ustedes no estaban. Jaja”.

Qué fantásticas eran las amistades del barrio, que seguros nos sentíamos los chicos y los padres. Recurrían a cualquiera de nosotros como si fuéramos familia y, así, lo sentíamos.

Ellos se ponían algún sobrenombre y aún se siguen llamando por esos motes, cuando los vemos juntos riendo y “cargándose” parece que el tiempo se hubiera detenido.

Claro que físicamente fueron cambiando, hoy todos se llaman “gordo” los unos a los otros salvo a un par que siguen siendo aún “el flaco” de aquel entonces.