María Cristina Piñol
Hasta hace
no mucho tiempo el barrio entero se sentía como “tu casa”, existía un fuerte
sentido de pertenencia sobre cada calle, vereda, plaza o campito. Salir a jugar
era un ritual cotidiano y fascinante. Lo hicieron la generación de mis padres,
la nuestra y la de mis hijos, hoy ya todos cuarentones.
Como
vivimos siempre en el mismo barrio y en la misma calle, somos testigos de los
cambios sufridos en el transcurso del tiempo. Hoy están mis nietos viviendo
también en “nuestro barrio”; y, aunque hay otros pibes además de ellos en la cortada
y alrededores, no tienen ningún contacto entre sí. Ya no se juega en la vereda,
tampoco en las plazas ni hay un campito libre para jugar a la pelota, por
ejemplo.
Pero les
voy a hablar de la “barra” de mi hijo menor que está por cumplir cuarenta y un
años.
Son
alrededor de quince “hombres” y en todo el tiempo transcurrido siguen siendo
como ellos mismos se denominan “La última barra del barrio”.
Ya casi
todos están casados, algunos divorciados y con hijos, y un soltero que tiene
dos hijos, pero no pareja.
Hoy los
amigos de la nueva generación son de la escuela o del deporte que practican. Ya
no se escucha decir, por ejemplo, “mañana nos encontramos “en la esquina a la
hora de siempre”, solo se conectan por WhatsApp y quedan en ir a la casa de tal
o cual, o al shopping, o al gimnasio, o a lo sumo al club.
En aquel
tiempo todos nos conocíamos con todos y entre padres y madres, que también éramos
vecinos, fuimos viendo como esos chicos crecieron y se hicieron hombres.
Uno o dos
días por semana iban a jugar al fútbol en el campito de atrás de Minetti y
siempre recuerdan que debían volver a las 20, porque a esa hora se cenaba.
Aun hoy
todos los martes siguen yendo a jugar al fútbol. Es religión. Ahora, los
horarios se los pondrán las esposas y tampoco van al campito, sino que alquilan
una canchita privada de la cual dos por tres vuelven con alguna lesión.
Ya tienen
problemas de “grandes”, papás enfermos, por ejemplo, alguna necesidad económica
y, ante lo que sea, siempre están ayudándose los unos a los otros, en las
buenas y en las malas. La mamá de uno de los chicos vive sola frente a mi casa
y tiene problemas de salud. Los hijos que pueden cuidarla viven en Roldán, y mi
hijo también y él se encargaba de llevarla todos los días. Cuando le pregunté
si le molestaba, me contestó: “Mamá yo me crié en esa casa con Elena, me da
mucho dolor verla así, es lo que puedo hacer por ella y por Juan”, un amigo
incondicional.
Este fin
de año, lo festejamos en casa de mi hijo y fueron casi todos los del grupo,
algunos ya con sus propios hijos. Era un ir y venir de recuerdos entre ellos y
con nosotros.
Después de
varios brindis, se me acerca uno y me dice: “Te voy a contar algo que estoy
seguro que no sabés, Cris: la primera película porno que vimos la vimos
todos juntos en tu casa y, por supuesto, ustedes no estaban. Jaja”.
Qué
fantásticas eran las amistades del barrio, que seguros nos sentíamos los chicos
y los padres. Recurrían a cualquiera de nosotros como si fuéramos familia y,
así, lo sentíamos.
Ellos se
ponían algún sobrenombre y aún se siguen llamando por esos motes, cuando los
vemos juntos riendo y “cargándose” parece que el tiempo se hubiera detenido.
Claro que físicamente
fueron cambiando, hoy todos se llaman “gordo” los unos a los otros salvo a un
par que siguen siendo aún “el flaco” de aquel entonces.