Susana Dal Pastro
Cuando estalló la Primera Gran Guerra,
el nono ya había fallecido y la nona educaba a los hijos y atendía la hostería
sostenida por su fe y su fuerza interior. Fue una etapa muy dura de la vida en
la que no se permitía a sí misma demostrar debilidad ante sus niños, a tal
punto, que solamente los besaba y acariciaba cuando los sabía dormidos.
Los chicos fueron creciendo y la nona
supo ver en cada uno cuales eran sus talentos, sus cualidades y preferencias. A
mi papá, por ejemplo, una tarde de silencio, lo creyó dormido, pero cuando fue
a verlo a su habitación, lo encontró muy concentrado dibujando. Fue cuando tomó
la decisión de inscribirlo en una escuela de dibujo aplicado a las artes y las
industrias, donde se destacó como muy buen alumno.
Varios años después los hijos emigraron y,
apenas establecidos en nuestra ciudad, le mandaron los pasajes para volver a
estar juntos.
La nona había nacido en Vicenza, Véneto.
Tuvo el gran privilegio de pocos en su tiempo: leer y escribir. (Algo que
agradecía siempre). Por eso, era ella la que recibía y contestaba las cartas.
Leía mucho y sabía qué lecturas compartir
con nosotros.
Durante mucho tiempo, cada viernes
después de la escuela, con el menor de mis primos, pasábamos los fines de
semana con la nona en Ybarlucea. Apenas terminado el almuerzo, mi tío ya tenía
el camioncito listo para llevarnos. El trayecto nos parecía largo en aquellos
tiempos. Atravesábamos Alberdi. Seguíamos por la ruta pavimentada hasta cruzar
las vías del tren y continuar hacia la zona rural, pasando por las oficinas del
correo y un gran almacén. Llegábamos. La casa era amplia. De día, luminosa. Después,
desde el atardecer y hasta acostarnos, nos alumbraba un sol de noche.
El primer canto del gallo sorprendía a
la nona en la cocina. El folklore familiar empezaba muy temprano: la nona nos
traía a la cama un pocillo de café con unas gotas de ferroquina –fa venire
buon sangue– aseguraba y nos dejaba dormir un rato más.
Apenas levantados, íbamos a buscar leche
recién ordeñada al tambo vecino, propiedad de un amigo de la familia. Valía la
pena la caminata: era una estampa campera desperezándose frente a nosotros. Ventanas
encendidas que ojeaban y ojeábamos. Animales alentando al movimiento. Pájaros
despertando a una primavera latente.
Mientras alimentábamos las aves y
recogíamos los huevos, la nona batía con fuerza una parte de la leche y nos
deleitaba con manteca casera para untar las tostadas recién hechas.
Después de desayunar, regábamos el
cuidado jardín lleno de flores de estación y recorríamos la huerta buscando las
mejores verduras para el almuerzo.
A partir de la siesta, todo el predio era
para nosotros: bicicletas, árboles para trepar, barro para modelar.
La merienda nos encontraba en la galería
o a la sombra de la palmera. Era la hora de conversar y proyectar el futuro:
qué seríamos cuando fuéramos grandes: viviríamos en el campo... Con lo
acumulado en la libreta de ahorro, invitaríamos a la nona a recorrer Italia.
Aunque la nona solamente había salido de
su pueblo para cruzar el océano, hablaba de la Basílica de San Pedro como si la
hubiera caminado rincón por rincón. Describía todo con gran seguridad: “Cuando
estén en Roma, observen bien; miren y admiren el arte, valoren el tiempo dedicado
a Dios por tantos maestros y artesanos. Pidan ser bendecidos con la fe que
tuvieron ellos”.
La tarde se iba haciendo más tranquila.
Llegaba el momento de conversación y de lectura. Pronto cenaríamos y después, un
rato más de charla y a la cama.
La nona era la última en acostarse.
Ordenaba el comedor con un repasador en las manos y una jaculatoria en los
labios:
–Sia lodato Gesú Cristo?
– Sí, nona. Sempre sia lodato.
Revisaba la ropa mientras interponía
–Sia lodato Gesú Cristo?
–Sempre sia lodato.
Ya acostados, continuaban los rezos:
– “Padre nuestro que estás en el cielo…”.
–Sia lodato Gesú Cristo...
Los domingos llegaban rápido. La mesa
grande ya estaba lista. El fuego para el asado empezaba a chispear. Desde el horno
de barro el aroma a pan nos hacía agua la boca. Pero había que esperar que
llegaran los autos para comer todos juntos.
Impacientes, observábamos los perros que
presentían desde muy lejos, la llegada de la familia. Estábamos contentos de
ver nuevamente a padres y tíos, pero eso significaba que en unas horas más
tendríamos que volver a la ciudad.
Con el tiempo la quinta fue vendida y la
nona se vino a vivir con nosotros. Ya no se levantaba al amanecer, pero hasta
su último día, cada noche, dirigió nuestras oraciones. Crecimos con ella
siempre al lado, moviéndose, cocinando, tejiendo, escuchándonos, hablándonos…
Primos y hermanos estudiamos,
trabajamos, nos casamos y formamos nuestras propias familias. Ya no nos veíamos
tan seguido, pero jamás perdimos los lazos.
Pasarían muchos años hasta el soñado
viaje a Italia.
Un día mi esposo y yo, por fin, lo
logramos.
En ciudad del Vaticano, unidos a una
interminable procesión, entramos a la Basílica. Mi corazón latía fuerte
pensando que la nona estaría viéndonos.
Como ella nos anticipara, unos angelitos
inmensos y gordos, a la izquierda y a la derecha de la nave principal, nos dan
la bienvenida y nos invitan a santiguarnos con el agua bendita de las pilas que
ellos mismos sostienen.
Nos sorprende un grupo de diplomáticos
en traje de ocasión acompañados de sus mujeres vestidas de solemne negro;
vienen a una celebración especial. Orquesta y coro abren el desfile. Los
diplomáticos se ubican cerca del altar papal. Inmediatamente, un incontenible
murmullo anuncia la presencia del Papa, que se aparece con cardenales y
obispos. Pasa a corta distancia. Nos mira. Su mirada es dulce y clara como era
la de la nona. Tímidamente levanto una mano y lo saludo; él responde. Tiemblan
mis piernas.
El Papa continúa sonriente dando
bendiciones. Avanza hacia el altar. Ahora, todo es silencio.
Comienza la ceremonia. El Papa pronuncia
sus primeras palabras: “Sia lodato Gesú Cristo…”.
Me conmuevo. Me emociono. La vuelvo a ver sonriente y chiquita tal cual
era, mirándome.



