viernes, 17 de abril de 2026

El pobre gorrión

Mirta Prince

 

En mi niñez, Arrecifes era un pequeño pueblo. No había demasiadas opciones en aquella época para los que deseábamos estudiar.

Escasas propuestas, para los que estábamos cerca del inicio de la etapa secundaria.

Hacía muy poco que el instituto San Bartolomé ubicado en Lamadrid y España, de carácter privado, al que concurrían los que podían abonar la cuota, había dejado de funcionar

Sabíamos que había trámites, reuniones, promesas de lograr tener el Colegio Nacional en la localidad. Este sería ubicado en el mismo lugar del Instituto, cuyas aulas, galerías y patio no eran más que dependencias de un antiguo hotel.

En pocos días ¡buenas noticias! Llego la inscripción, muy numerosa. Lograron tres divisiones con gente que venia de Santa Lucia, Pueblo Doyle, La Delia, La Nélida, Seña, Pérez Millán, La Violeta, La Luisa y Capitán Sarmiento.

Los profesores, algunos inolvidables, nos hablaban con respeto, destacaban nuestros logros y errores.

Pero… no todo era paz. Ya nos habían dado referencias de Silvia, como una persona extraña, inestable que no demostraba paciencia, ganas de escucharnos, enseñarnos. Nada le conformaba y no tenía en cuenta que no a todos le gustaba el arte. Dentro del colegio era catalogada como “la solterona inaguantable”, mala, siempre quejosa, irritada, malhumorada.

El grupo de Santa Lucia era “terrible”, siempre metidos en algún problema.

Ella no tenía “onda” con ellos.

En una conversación, la docente manifestó que no le gustaban los pájaros, le provocaban molestia, irritación, desagrado. Creo que fue un error.

Hubo un incidente menor, que pasó sin problemas.

Pasaron algunos días feriados y volvimos a tener plástica.

Y, entonces, estalló el conflicto.

Notamos algo raro, habían traído una caja, aflojado la puerta del sótano, un deposito de cajas y bártulos en desuso. Estaban como deliberando, organizando.

Nos dispusimos a trabajar y ahí nomas un pájaro, un gorrión, voló en dirección a Silvia.

Ella se asustó, corrió y se tropezó con la tarima, y cayó golpeándose la cabeza, y el gorrión se estrelló contra el pizarrón.

Alguien del curso corrió a buscar ayuda a la Secretaría; y, ahí nomas, llegaron preceptores y directores.

Nosotros no acusamos, dijimos no saber nada, negamos todo, y afirmábamos que la ventana estaba abierta y que por allí habrá entrado…

Las cosas no terminaron ese día.

Al día siguiente, nos dijeron que teníamos que contar por escrito lo que sucedió. En pocas palabras, querían que nos acusemos. ¡no lo lograron!...

Citaron a los padres y no se presentaron.

La docente fue reemplazada. Por suerte, llegó Evelia.

Las cosas cambiaron, nos enseñaba, explicaba, escuchaba, hasta incluso se reía.

Ese episodio quedó grabado, pasaron los años y lo recordamos en cada reencuentro.

Y Martita, que viajaba diariamente con ellos siempre, dijo: “Juro, juro que no vi nada”.

jueves, 16 de abril de 2026

La esquina de Pirucha

Mónica Mancini

 

En la cuadra en la que yo vivía, por la década del sesenta, las maravillosas calles de tierra, nos daban mucha libertad a los chicos, ya que pasaba un auto muy de vez en cuando. Todo estaba cerca y habilitado para entrar y salir de las casas de los vecinos. Era época de puertas abiertas, literalmente.

Había varios negocios, a saber: el almacén de don Eugenio, la verdulería de don Moran, la bicicletería de los Dini, el taller de costura de doña Enriqueta, la carnicería de mi papa. Pero lo mejor de todo era el kiosco de la Pirucha, gran personaje, no solo de la cuadra, sino del barrio.

En su esquina se reunían las vecinas a la tardecita en verano y a la hora de la siesta en invierno, y se armaba un grupo interesante en el que se charlaba de las ultimas noticias del barrio. Lo podría trasladar a nuestra época como un Facebook solo basado en la oralidad, pero con una cantidad de detalles, a los que le ponían like pocas veces.

Lo que más disfrutaba la Pirucha eran los carnavales, cada año diseñaba y se inventaba un disfraz distinto, visitaba las casas y a veces no la reconocíamos. Del que más me acuerdo es el de Miss Universo, con una malla negra y la cinta cruzada alusiva al concurso. Ya siendo una señora grande era muy jugada, de vanguardia.

Ella no solo vendía golosinas, también artículos de mercería, de perfumería y remedios. En fin, tenia casi todo lo que los chicos necesitábamos.

Pero eso no era importante para nosotros. Lo que nos atraía era que tenía la capacidad de ser Celestina, o de oficiar de correo del amor. Era la cómplice perfecta para armar escapadas a escondida de los padres.

Su kiosco estaba ubicado justo en la esquina, donde se formaba una ochava. Allí, se juntaba la barra de pibes del barrio, todos ya adolescentes con sus bicis y sus picardías, pasaban horas sentados en un tronco, tomaban una Coca y también comenzaban a fumar sus primeros cigarrillos, los que Pirucha les vendía sueltos y formaba parte de un pacto de silencio: los padres no se debían enterar. Aunque eran muy conocidos por ella, no traicionaba.

En mi cuadra éramos cuatro chicas de más o menos la misma edad, coincidente con las de los galanes que se instalaban en la esquina. No podíamos juntarnos con ellos, porque no nos dejaban. Es por eso que la Pirucha era tan importante. La comunicación era totalmente epistolar. Íbamos a comprar un Bazooka y le dejábamos una cartita con el nombre del destinatario muy bien definido y, luego, allí también encontrábamos la respuesta. El encuentro se producía, pero lejos de la esquina y del radar de los padres, bastante prejuiciosos en aquellos tiempos.

No conservo ninguna foto de ella. No era fácil en esos tiempos registrar esos momentos tan llenos de emoción, no había forma de plasmar en algún lugar esos latidos acelerados del corazón, cuando ella te entregaba un sobrecito con las palabras amorosas del chico que te gustaba.

Pero la recuerdo muy bien, su cara redonda, su pelo negro y su picardía, su doble sentido. Un personaje del barrio para no olvidar.

Pasados los años ya no necesitábamos de sus servicios de “correo sin estampilla”, la vi envejecer haciéndole frente al paso del tiempo. Hasta sus últimos días armaba la rueda de vecinas en la esquina de su casa y contaba chistes sobre las enfermedades y las competencias perdidas con la edad. A tantas convocaba que muchas personas pensaban que allí había un geriátrico.

En estos momentos estoy pensando que nunca supe su nombre ni su apellido, pero no me hace falta, me resulta tan sonoro y tan cálido… Pirucha, Piru, sabor dulzón del chicle Bazooka o del Yum Yum, perfume intenso del sachecito de champú Sedal, suavidad del sobre dónde venían los mensajitos de esos primeros amores…

Su apodo trae de nuevo todas esas sensaciones de adolescente, un pasaje por los recuerdos que, como quien dice, es volver a escuchar al corazón.

  

miércoles, 15 de abril de 2026

Mi casa mágica

Susana Dal Pastro

 

La puerta del frente es una hoja azul sobre un escalón oscuro de granito. La abro y me recibe El Pipo.

El Pipo es perfumado, colorido. Y siempre alguna flor se mece cuando suenan el piano o el violín de mis hermanos y primos. También hay nidos en El Pipo.

Del laurel de El Pipo pende mi hamaca. Me encanta hamacarme.

En El Pipo corro con el triciclo, meriendo, riego las plantas. Me empapo con la manguera si hace calor.

En El Pipo me divierto.

 

Los años modificaron la casa.

El frente se convirtió en un gran salón ocupado por mostradores, estanterías y escritorio. Un cartel luminoso sobre el espacio aéreo de la vereda lo destaca con el nombre de la sociedad comercial.

Ahora se entra a la casa por una puerta gris que abre al pasillo; sigue el patio de adelante, así lo llamamos. Dos escalones. Un gran hall que conecta, a través de las puertas y banderolas de siempre, a dormitorios y comedor. Un patio más, bordeado de macetas, una parra de uva chinche y, casi en el centro de manzana, la cocina enorme y, a un costado, el baño grande. Y más atrás, el “patiecito-lavadero”

No queda nada de todo eso. Salvo los recuerdos.

 

Hace poco, conversando con mi prima Lita, que atesora momentos familiares con fechas, nombres y apellidos, recordamos los perros que siempre nos acompañaron. Yo conocí solamente a Maletín y a Chiquita, los dos pichichos con los que jugábamos en la quinta de mis tíos en Ybarlucea.

Me cuenta mi prima que mucho antes hubo otro perro, el Pipo, compañero muy querido. Un fox terrier de pelo liso, un guardián acostumbrado a pasear y viajar en sidecar a cuanto lugar fueran mi tío y mi papá. Se acomodaba en su lugar y allá iban los tres tanto por la ciudad y alrededores, como a Santa Fe, Córdoba o Buenos Aires.

Por esos años, la familia tenía una casa de fin de semana en General Lagos; lugar de descanso, reuniones con amigos, espacio de prueba de motores. Fue allí donde un día, inexplicablemente, el Pipo corrió hacia las ruedas del camioncito en marcha terminando gravemente herido. Pipo ¿creíste que nos iríamos sin vos? ¡nunca te dejaríamos olvidado!

Se hizo lo que se pudo para reanimarlo, pero el golpe había sido mortal. Con amargura lo trajeron a Rosario. Llorando, lo enterraron en el gran jardín que desde aquel día se convirtió en El Pipo. El Pipo donde me hamaqué, jugué, comí, regué las plantas, me divertí.

Conocer la historia de El Pipo volvió mágica mi casa.

Ahora, cuando abro esa puerta, un jardín para las orejas en señal de alerta. Lo huelo. Me huele. Le sonrío. Me sonríe. Lo contemplo y él, manso, mueve la cola saludándome.

Galiffi

 María Elena Molina

 

Escuché en la clase que alguien investigó sobre la mafia en Rosario. Comentó que escribió libros y tuvo acceso a los prontuarios.

Vino a mi recuerdo relatos de mi infancia.

Entre los años 60 y 70, viví junto a mi familia en la ciudad de Gálvez, en una casa que ha quedado en los sueños de mi infancia y mi primera adolescencia.

Alquilábamos una de las casas más antiguas del pueblo, ubicada en el centro de aquella pequeña ciudad.

El patio era inmenso, con limoneros y árboles frutales, con un altillo que era nuestra casita de juegos.

Al lado vivía La Nona, así la llamamos siempre, su casa era idéntica a la nuestra, y los patios estaban unidos.

Ella, recordaba que sus hijos habían jugado con Ágata y le contaba a mi familia, que los Galiffi habían sido sus vecinos y que trabajaban una sodería.

Eran tan buenos vecinos, que nunca pudo ni siquiera imaginar que se trataba de una de las familias clave de la mafia.

Recordaba también que viajaban muy seguido a Rosario.

Me pregunto, la bella, bellísima Ágata en medio de crímenes, robos, cárcel y encierros, ¿habrá recordado el sol de los patios donde jugaba en su infancia?

Me gustaría dar vuelta este relato y que alguien me cuente con el rigor de los documentos, si Galiffi realmente vivió en Galvez, en qué año y durante cuánto tiempo.

jueves, 9 de abril de 2026

"Negra, ¡mi Negra linda!"

 Beatriz Prince

 

Recuerdo que la escuchaba cantar y lo que me transmitía. Emocionada le decía a mis amigas: “Cuando tenga hijos, si es mujer, le pondremos Mercedes, y si es varón, León (por Gieco)”. Los hijos no llegaron, pero si sobrinos, sobrinos putativos, alumnos, amigos, y pude brindarles todo mi amor.

Mi admiración por Mercedes es incondicional. La voz más bella de mujer argentina y el mensaje de sus canciones: la libertad. Ella fue bandera en mi vida y afortunadamente la descubrí temprano.

Mis primos de Reconquista, dueños de un hospedaje, me contaron que cuando ella iba a cantar allí, ni bien se alojaba en el hotel, llegaba la Policía y se la llevaba, por suerte volvía pronto.

Yo la escuchaba por radio, en casetes, la veía en tele, y cantábamos sus canciones en las juntadas y peñas.

A Mercedes Sosa la presentó Jorge Cafrune en el festival de Cosquín de 1965, transgrediendo las reglas, hecho que fue desaprobado por la comisión directiva con Julio Marviz a la cabeza. Canto “Canción del derrumbe indio” solo acompañada por la caja. La plaza “se vino abajo”. ¡Su carrera fue brillante!

Luego se acercaron “tiempos difíciles”. En el 75 fue varias veces amenazada por la Triple A.

Al finalizar el recital en “El almacén San José” (Centro cultural de La Plata) en 1978 fue detenida junto a su público.

Ante la realidad, y a causa de sucesos posteriores, se exilia a principios del 79 huyendo de la dictadura. Estuvo primero en París y luego en España.

En 1980 tuve la dicha de presenciar su recital en Palma de Mallorca en el castillo de Bellver. fue impresionante, mi corazón y toda yo de fiesta, llamaba la atención su poncho rojo y negro.

Luego del concierto fuimos con mis amigos a una zona de bares de moda, y estando en la terraza de un bar, la veo. No dudé, me acerqué y me presenté; de cuclillas me puse a sus pies y ella muy cariñosa, me tomó una mano, y me dijo: “Me duele mucho mi país m’ija”. Los amigos de mi amiga psicóloga, exiliada allí hacía unos años, no vieron muy bien mi proceder, yo en “las nubes”, feliz.

Mercedes vuelve a su patria. En febrero de 1982, en esa época mi amigo Néstor (hoy reconocido actor en Roma) me invita a tomar clases de teatro con un profesor de Buenos Aires, en Rosario. Un día, el grupo de compañeros de teatro nos invita al cine teatro Real, en Oroño y Salta, donde la Negra daría un recital. Terminado el concierto un compañero nos conduce a su camarín y ella nos abraza a cada uno: recuerdo su abrazo y su sonrisa. Luego, todos nos trasladamos al excuartel de bomberos que quedaba en calle Salta y allí organizaron una peña estudiantil. Fue alucinante, empanadas vinito y “ella” con nosotros, dicha total.

Daniel Grinbank fue el productor que se arriesgó a repatriar a Mercedes Sosa y la gente pudo reunirse en masa en la Argentina. Hizo trece presentaciones en diez días, devolviéndole a su gente todo su amor, con una fama y dimensión mejor a la que tenía. Despliega el nuevo cancionero donde agrega a la música de raíz, tango, rock argentino y ritmos caribeños. Herejía para la época.

Y llega el recital en el estadio de Rosario Central, larguísima era la cola para entrar. Mucha tensión, mucho nervio, mucho policía vigilando, me impresionó la cantidad de perros, máscaras y escudos, peligrosa barrera. No me lo contaron… yo lo viví.

Al entrar subíamos las escaleras corriendo con temor, mate, mantas y euforia.

 

 

“Teníamos, salud

sonrisa y juventud

y nada en los bolsillos

Con prisa y con calor

el mismo buen humor

bailaba en nuestro ser

Luchando siempre igual

hacíamos castillos

Y el ansia de vivir

nos hizo resistir

y no desfallecer”

 

Aparece “La Negra” con el mismo poncho rojo y negro que conocí en Palma, y estalló el estadio. Luego de la ovación nosotros le cantamos:

 

“Negra no te vayas

Negra vení, quedate en Argentina

Que este es tu país”

 

Y volvimos a escuchar en vivo:

“Como un pájaro libre”, “Los mareados”. “El día que me quieras”, “Serenata para la tierra de uno”, “Canción con todos”, “Solo le pido a dios”, “La carta”, “Los antiguos dueños de la tierra (Indio Toba)”, “Cuando ya me empiece a que a quedar solo”, etcétera, etcétera.

Nuevamente, Mercedes con nosotros.

Y se quedó en su país hasta el final de sus días.

En 1998, trabajamos con mi marido en los festivales de Jesús María y Cosquín. Rubén, representando a una joven cordobesa (soporte, telonera de Los Nocheros), a los Trovadores del Norte, además de otros cantantes y músicos.

Yo los preparaba vocal y físicamente, con yoga, entrenamiento y técnicas corporales.

En Cosquín, además del escenario mayor existen los espectáculos callejeros y una serie de peñas. En aquel momento entre ellas estaba la peña de Fabián Matus, hijo de Mercedes. Allí, cantó Mariela y allí nuevamente la reencontré, estuve con ella. En cuclillas le tomé una mano, le conté que hacíamos, y le recordé lo del Rex, con la peña estudiantil en el cuartel de bomberos en Rosario, lo del concierto en Palma durante su exilio y le pedí una foto con nuestra cantante; aceptó gustosa, me faltó piolín para fotografiarme con ella. Me arrepentí luego.

A Mercedes la llevo en mi corazón, me siento plena y abrigadita con su recuerdo, me considero afortunada con haber compartido pedacitos de vida con ella, es mi paradigma. Jamás olvidaré su ternura, su sonrisa, sus canciones, su lucha, su valentía. Su voz.

¡Ay Negra!, mi Negra Linda!

domingo, 9 de noviembre de 2025

Presente

Alberto Castillo

 

Cuando relato mis recuerdos de personajes para mi inolvidables, estoy seguro de que para ustedes son seres desconocidos, anónimos. Y es lógico que así sea.

Los traigo al presente, porque para mí fueron importantes en lo que hoy soy.

En lo virtuoso y en lo no tanto...

Son aquellos que me enseñaron a amar; los amigos que escucharon, los que cuando me equivoqué me lo hicieron notar. Esos seres que con pequeños gestos me hicieron transitar por un mundo más humano y compasivo...

Sin proponérselo, dejaron una huella imborrable en los corazones de quienes los rodearon.

Los invisibles desde el anonimato hacen desde lo cotidiano algo extraordinario.

Nos vamos nutriendo de sus palabras, de sus gestos, nos apropiamos de parte de su vida y vamos construyendo nuestro Yo.

Agradezco mucho a mis amigos que ya no están, los que ya no quiero, a los que hace mucho tiempo no veo. Compañeros de colegio, de trabajo, de militancia.

Mi familia; mi hermano; ese que me inició casi de manera clandestina en la lectura, astucia que entendí pasado el tiempo.

La memoria es tramposa. Es probable que haya romantizado hechos que no fueron tan épicos, pero no me arrepiento de haberlo hecho.

Creo que nadie quiere pasar tontamente por la vida. Y me hace sentir bien que todo es como lo recuerdo.

Todo lo que pasa por la nostalgia es al mismo tiempo maravilloso y triste.

Contar estas historias nos pueden ayudar a sanar.

A cerrar heridas.

Escucharlas o leerlas, también.

Nos hace sentir que somos semejantes. Que nos ayuda a superar el aislamiento, sobre todo en tiempos de pérdidas y desencuentros.

Y cuando nos detenemos a mirar a nuestro alrededor, comenzamos a reconocernos en el otro.

Nos ayuda también a reconocer quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. ¿Qué es lo que nos distingue de otros, como nos vinculamos y algo para mí determinante e inadmisible? ¿Cuál es el sentido de la vida?

 

Porque estar aquí, ocupar un lugar no es gratuito. Cuando el solo hecho de nacer es casi milagroso, tenemos que justificar nuestra presencia.

 

Y como creo que todo es “colectivo” una de las formas de pagar este peaje es poder transitar juntos las alegrías y los sufrimientos. Y esto solo para empezar…

Una vez escuché que la vida es como un viaje en colectivo; algunos comienzan junto a vos, otros se suben a mitad de camino, muchos se bajan antes de llegar y pocos permanecen con vos hasta el final.

Pero cada uno de ellos dejan algo en tu corazón.

Baja la persiana y disfruta del viaje.

 

“Todo concluye al fin, nada puede escapar

Todo tiene un final, todo termina

Tengo que comprender, no es eterna la vida

El llanto en la risa, allí termina”.

Presente, Vox Dei.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Papa p’al loro

 Beatriz Prince

 

En 1987 ocurrieron tres sucesos que me generaron distintas emociones. El Papa Juan Pablo II visita argentina en el mes de abril y en su paso por Rosario un compañero de estudio de Rubén (mi marido) nos invita a tomar mate a su departamento, ubicado en Santa Fe e Italia, para ver pasar al papa móvil y su comitiva. ¡Todo un acontecimiento!

Rubén y su amigo (Juan Manuel) estaban estudiando Veterinaria e iban todos los días a Casilda a cursar.

En esa época Rubén trabajaba como tipógrafo por la mañana en la Municipalidad de Rosario y luego viajaba a Casilda, ¡todo un esfuerzo! Un día decide renunciar pues no estaba de acuerdo con varias cuestiones y con la ética del lugar. Yo lo consideré una valentía, ¡no fue fácil!

Ya vivíamos juntos y decide mudarse a Casilda y ponen con un amigo una veterinaria con venta de plantas y pájaros. Yo, en mis clases de dibujo, lo dibujaba trabajando en el local con las puertas de las jaulas abiertas y los pájaros sueltos volando por la casa.

En la veterinaria tenían un loro viejo, queridísimo por todos: estudiantes, amigos, vecinos y clientes. Imitaba todas las marchas: La Internacional, la Peronista, la Radical y de acuerdo a quien llegaba cantaba la correspondiente y, si una chica entraba o pasaba por la puerta, silbaba el típico silbido de piropo (fui fuiuu).

Cuando por las noches había guitarreada, cosa que sucedía muy a menudo, al otro día Harry, el loro, intentaba dormir cubriéndose la cara con las alas, por la luz.

Una mañana llega mi marido a casa con el loro dentro de su jaula y me dice: “Harry se enfermó, está triste, no quiere comer hace unos días, no habla, no silba”. ¡Tremenda noticia, que me entristeció! Una mañana, estando sola con el loro, mientras preparaba mis clases de Hatha Yoga y Técnicas corporales, porque soy instructora, se me ocurre una idea. “Una idea es como un beso”, dice mi amiga Flor Balestra y pienso: “¡Si el nació en el litoral, como yo, es probable que su música de cuna sea el chamamé!”. La misma que me acunó, pues mi mamá escuchaba radio Goya, que estaba enfrente de Reconquista, ciudad donde nací.

Sin dudar busco un casete, lo pongo, y suena un “chamamé maceta”, vibrante y colorido. Al rato, en cámara lenta, Harry corre el ala de sus ojos, se incorpora y yo lo aliento diciéndole: “¡Vamos Harry, vamos, tenés que vivir!”. De repente, gira en su trapecio y comienza a emitir sonidos, y al final algo así como un débil sapucai.

¡Yo no entraba en mí!, el loro reaccionó. Corro a buscar comida, preparo un plato con frutas, semillas, nueces y el alimento que considere aceptara. Y así, lentamente, comenzó a comer.

Nuestro living se convirtió en una “bailanta” y yo, exultante y feliz, comencé a bailar también. Así nos encontró Rubén al mediodía, meta baile y sapucai.

Días después vuelve a Casilda y yo sigo visitándolo.

Un día uno de los estudiantes lo asusto, Harry trepó por los techos y no volvió. En mi fantasía, voló tras los acordes de un acordeón que le alegro el corazón.