jueves, 9 de abril de 2026

"Negra, ¡mi Negra linda!"

 Beatriz Prince

 

Recuerdo que la escuchaba cantar y lo que me transmitía. Emocionada le decía a mis amigas: “Cuando tenga hijos, si es mujer, le pondremos Mercedes, y si es varón, León (por Gieco)”. Los hijos no llegaron, pero si sobrinos, sobrinos putativos, alumnos, amigos, y pude brindarles todo mi amor.

Mi admiración por Mercedes es incondicional. La voz más bella de mujer argentina y el mensaje de sus canciones: la libertad. Ella fue bandera en mi vida y afortunadamente la descubrí temprano.

Mis primos de Reconquista, dueños de un hospedaje, me contaron que cuando ella iba a cantar allí, ni bien se alojaba en el hotel, llegaba la Policía y se la llevaba, por suerte volvía pronto.

Yo la escuchaba por radio, en casetes, la veía en tele, y cantábamos sus canciones en las juntadas y peñas.

A Mercedes Sosa la presentó Jorge Cafrune en el festival de Cosquín de 1965, transgrediendo las reglas, hecho que fue desaprobado por la comisión directiva con Julio Marviz a la cabeza. Canto “Canción del derrumbe indio” solo acompañada por la caja. La plaza “se vino abajo”. ¡Su carrera fue brillante!

Luego se acercaron “tiempos difíciles”. En el 75 fue varias veces amenazada por la Triple A.

Al finalizar el recital en “El almacén San José” (Centro cultural de La Plata) en 1978 fue detenida junto a su público.

Ante la realidad, y a causa de sucesos posteriores, se exilia a principios del 79 huyendo de la dictadura. Estuvo primero en París y luego en España.

En 1980 tuve la dicha de presenciar su recital en Palma de Mallorca en el castillo de Bellver. fue impresionante, mi corazón y toda yo de fiesta, llamaba la atención su poncho rojo y negro.

Luego del concierto fuimos con mis amigos a una zona de bares de moda, y estando en la terraza de un bar, la veo. No dudé, me acerqué y me presenté; de cuclillas me puse a sus pies y ella muy cariñosa, me tomó una mano, y me dijo: “Me duele mucho mi país m’ija”. Los amigos de mi amiga psicóloga, exiliada allí hacía unos años, no vieron muy bien mi proceder, yo en “las nubes”, feliz.

Mercedes vuelve a su patria. En febrero de 1982, en esa época mi amigo Néstor (hoy reconocido actor en Roma) me invita a tomar clases de teatro con un profesor de Buenos Aires, en Rosario. Un día, el grupo de compañeros de teatro nos invita al cine teatro Real, en Oroño y Salta, donde la Negra daría un recital. Terminado el concierto un compañero nos conduce a su camarín y ella nos abraza a cada uno: recuerdo su abrazo y su sonrisa. Luego, todos nos trasladamos al excuartel de bomberos que quedaba en calle Salta y allí organizaron una peña estudiantil. Fue alucinante, empanadas vinito y “ella” con nosotros, dicha total.

Daniel Grinbank fue el productor que se arriesgó a repatriar a Mercedes Sosa y la gente pudo reunirse en masa en la Argentina. Hizo trece presentaciones en diez días, devolviéndole a su gente todo su amor, con una fama y dimensión mejor a la que tenía. Despliega el nuevo cancionero donde agrega a la música de raíz, tango, rock argentino y ritmos caribeños. Herejía para la época.

Y llega el recital en el estadio de Rosario Central, larguísima era la cola para entrar. Mucha tensión, mucho nervio, mucho policía vigilando, me impresionó la cantidad de perros, máscaras y escudos, peligrosa barrera. No me lo contaron… yo lo viví.

Al entrar subíamos las escaleras corriendo con temor, mate, mantas y euforia.

 

 

“Teníamos, salud

sonrisa y juventud

y nada en los bolsillos

Con prisa y con calor

el mismo buen humor

bailaba en nuestro ser

Luchando siempre igual

hacíamos castillos

Y el ansia de vivir

nos hizo resistir

y no desfallecer”

 

Aparece “La Negra” con el mismo poncho rojo y negro que conocí en Palma, y estalló el estadio. Luego de la ovación nosotros le cantamos:

 

“Negra no te vayas

Negra vení, quedate en Argentina

Que este es tu país”

 

Y volvimos a escuchar en vivo:

“Como un pájaro libre”, “Los mareados”. “El día que me quieras”, “Serenata para la tierra de uno”, “Canción con todos”, “Solo le pido a dios”, “La carta”, “Los antiguos dueños de la tierra (Indio Toba)”, “Cuando ya me empiece a que a quedar solo”, etcétera, etcétera.

Nuevamente, Mercedes con nosotros.

Y se quedó en su país hasta el final de sus días.

En 1998, trabajamos con mi marido en los festivales de Jesús María y Cosquín. Rubén, representando a una joven cordobesa (soporte, telonera de Los Nocheros), a los Trovadores del Norte, además de otros cantantes y músicos.

Yo los preparaba vocal y físicamente, con yoga, entrenamiento y técnicas corporales.

En Cosquín, además del escenario mayor existen los espectáculos callejeros y una serie de peñas. En aquel momento entre ellas estaba la peña de Fabián Matus, hijo de Mercedes. Allí, cantó Mariela y allí nuevamente la reencontré, estuve con ella. En cuclillas le tomé una mano, le conté que hacíamos, y le recordé lo del Rex, con la peña estudiantil en el cuartel de bomberos en Rosario, lo del concierto en Palma durante su exilio y le pedí una foto con nuestra cantante; aceptó gustosa, me faltó piolín para fotografiarme con ella. Me arrepentí luego.

A Mercedes la llevo en mi corazón, me siento plena y abrigadita con su recuerdo, me considero afortunada con haber compartido pedacitos de vida con ella, es mi paradigma. Jamás olvidaré su ternura, su sonrisa, sus canciones, su lucha, su valentía. Su voz.

¡Ay Negra!, mi Negra Linda!

domingo, 9 de noviembre de 2025

Presente

Alberto Castillo

 

Cuando relato mis recuerdos de personajes para mi inolvidables, estoy seguro de que para ustedes son seres desconocidos, anónimos. Y es lógico que así sea.

Los traigo al presente, porque para mí fueron importantes en lo que hoy soy.

En lo virtuoso y en lo no tanto...

Son aquellos que me enseñaron a amar; los amigos que escucharon, los que cuando me equivoqué me lo hicieron notar. Esos seres que con pequeños gestos me hicieron transitar por un mundo más humano y compasivo...

Sin proponérselo, dejaron una huella imborrable en los corazones de quienes los rodearon.

Los invisibles desde el anonimato hacen desde lo cotidiano algo extraordinario.

Nos vamos nutriendo de sus palabras, de sus gestos, nos apropiamos de parte de su vida y vamos construyendo nuestro Yo.

Agradezco mucho a mis amigos que ya no están, los que ya no quiero, a los que hace mucho tiempo no veo. Compañeros de colegio, de trabajo, de militancia.

Mi familia; mi hermano; ese que me inició casi de manera clandestina en la lectura, astucia que entendí pasado el tiempo.

La memoria es tramposa. Es probable que haya romantizado hechos que no fueron tan épicos, pero no me arrepiento de haberlo hecho.

Creo que nadie quiere pasar tontamente por la vida. Y me hace sentir bien que todo es como lo recuerdo.

Todo lo que pasa por la nostalgia es al mismo tiempo maravilloso y triste.

Contar estas historias nos pueden ayudar a sanar.

A cerrar heridas.

Escucharlas o leerlas, también.

Nos hace sentir que somos semejantes. Que nos ayuda a superar el aislamiento, sobre todo en tiempos de pérdidas y desencuentros.

Y cuando nos detenemos a mirar a nuestro alrededor, comenzamos a reconocernos en el otro.

Nos ayuda también a reconocer quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. ¿Qué es lo que nos distingue de otros, como nos vinculamos y algo para mí determinante e inadmisible? ¿Cuál es el sentido de la vida?

 

Porque estar aquí, ocupar un lugar no es gratuito. Cuando el solo hecho de nacer es casi milagroso, tenemos que justificar nuestra presencia.

 

Y como creo que todo es “colectivo” una de las formas de pagar este peaje es poder transitar juntos las alegrías y los sufrimientos. Y esto solo para empezar…

Una vez escuché que la vida es como un viaje en colectivo; algunos comienzan junto a vos, otros se suben a mitad de camino, muchos se bajan antes de llegar y pocos permanecen con vos hasta el final.

Pero cada uno de ellos dejan algo en tu corazón.

Baja la persiana y disfruta del viaje.

 

“Todo concluye al fin, nada puede escapar

Todo tiene un final, todo termina

Tengo que comprender, no es eterna la vida

El llanto en la risa, allí termina”.

Presente, Vox Dei.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Papa p’al loro

 Beatriz Prince

 

En 1987 ocurrieron tres sucesos que me generaron distintas emociones. El Papa Juan Pablo II visita argentina en el mes de abril y en su paso por Rosario un compañero de estudio de Rubén (mi marido) nos invita a tomar mate a su departamento, ubicado en Santa Fe e Italia, para ver pasar al papa móvil y su comitiva. ¡Todo un acontecimiento!

Rubén y su amigo (Juan Manuel) estaban estudiando Veterinaria e iban todos los días a Casilda a cursar.

En esa época Rubén trabajaba como tipógrafo por la mañana en la Municipalidad de Rosario y luego viajaba a Casilda, ¡todo un esfuerzo! Un día decide renunciar pues no estaba de acuerdo con varias cuestiones y con la ética del lugar. Yo lo consideré una valentía, ¡no fue fácil!

Ya vivíamos juntos y decide mudarse a Casilda y ponen con un amigo una veterinaria con venta de plantas y pájaros. Yo, en mis clases de dibujo, lo dibujaba trabajando en el local con las puertas de las jaulas abiertas y los pájaros sueltos volando por la casa.

En la veterinaria tenían un loro viejo, queridísimo por todos: estudiantes, amigos, vecinos y clientes. Imitaba todas las marchas: La Internacional, la Peronista, la Radical y de acuerdo a quien llegaba cantaba la correspondiente y, si una chica entraba o pasaba por la puerta, silbaba el típico silbido de piropo (fui fuiuu).

Cuando por las noches había guitarreada, cosa que sucedía muy a menudo, al otro día Harry, el loro, intentaba dormir cubriéndose la cara con las alas, por la luz.

Una mañana llega mi marido a casa con el loro dentro de su jaula y me dice: “Harry se enfermó, está triste, no quiere comer hace unos días, no habla, no silba”. ¡Tremenda noticia, que me entristeció! Una mañana, estando sola con el loro, mientras preparaba mis clases de Hatha Yoga y Técnicas corporales, porque soy instructora, se me ocurre una idea. “Una idea es como un beso”, dice mi amiga Flor Balestra y pienso: “¡Si el nació en el litoral, como yo, es probable que su música de cuna sea el chamamé!”. La misma que me acunó, pues mi mamá escuchaba radio Goya, que estaba enfrente de Reconquista, ciudad donde nací.

Sin dudar busco un casete, lo pongo, y suena un “chamamé maceta”, vibrante y colorido. Al rato, en cámara lenta, Harry corre el ala de sus ojos, se incorpora y yo lo aliento diciéndole: “¡Vamos Harry, vamos, tenés que vivir!”. De repente, gira en su trapecio y comienza a emitir sonidos, y al final algo así como un débil sapucai.

¡Yo no entraba en mí!, el loro reaccionó. Corro a buscar comida, preparo un plato con frutas, semillas, nueces y el alimento que considere aceptara. Y así, lentamente, comenzó a comer.

Nuestro living se convirtió en una “bailanta” y yo, exultante y feliz, comencé a bailar también. Así nos encontró Rubén al mediodía, meta baile y sapucai.

Días después vuelve a Casilda y yo sigo visitándolo.

Un día uno de los estudiantes lo asusto, Harry trepó por los techos y no volvió. En mi fantasía, voló tras los acordes de un acordeón que le alegro el corazón.

Rebelión en Arrecifes

 Mirta Prince

 

El verano era insoportable en ese enero de 1955. Las altas temperaturas y falta de agua y energía eléctrica hicieron que el carácter sumiso, responsable, negociador que caracterizaba a su población hizo que se agrupara y organizara para marchar a la Municipalidad, en busca de una respuesta inmediata a las carencias sufridas y complicadas por el sofocante calor.

Lo acordado era marchar a fin de lograr ser recibidos por el Intendente.

Se determinó reunirse a las 18 en Ricardo Gutiérrez y Necochea, esquina del Banco Provincia.

Marchaban sigilosamente familias completas, por supuestos mi hermano Lucho, Pelusa y Abel primos, iban en el grupo.

La Policía tenía definida su actuación. Una parte montada y otras de pie impedirían que llegaran a la plaza Mitre.

La violencia era terrible, tratando de dispersar a la gente, disparando con su arma reglamentaria.

Es así como Carlos Félix y Eugenio Camarasa, jóvenes de dieciséis años, fueron asesinados por la Policía en el marco de la represión en la esquina de Lamadrid y Ricardo Gutiérrez, precisamente frente a la Farmacia Chacar.

Desde nuestra casa, mi mamá y yo pudimos ver la desesperación de la gente, corrida por la Policía.

Don Juan, vecino de toda la vida, iba entre la multitud saludando a su familia que quería detenerlo y continúo corriendo sin saber adónde iba.

Al día siguiente, comentó no recordar que vivía allí.

Cuando todo se calmó, llegó la tía Cata en busca de Abel, pensando que estaba en casa.

Es ahí donde ven que ninguno de los tres estaba.

Mi padre va a la plaza, encuentra conocidos que le dicen que los habían visto, pero… no aparecían.

Entonces, va a la casa de los abuelos, cercana a la plaza, y allí estaban escondidos por el abuelo, ya que la policía montada seguía recorriendo Alberdi y Rivadavia.

A esta jornada trágica siempre se la consideró fatídica por luchar para tener una vida digna como merece el ser humano.

jueves, 16 de octubre de 2025

De parto

 

Mónica Mancini*

 

Era junio de mil novecientos cincuenta y seis, una joven de unos veintisiete años, con un embarazo avanzado, comenzó a sentir que había llegado la hora de recibir a su hijo; sus manos, trémulas jugaban con su vientre, yendo y viniendo, tratando de adivinar que donde el piecito, o la cabecita…Cuando se precipito el momento preciso, con su bolso de cuero gastado, cargado de ropa y de ilusiones, fue a la casa de la partera del barrio.

Mi madre me contó esta historia montones de veces, tal como la imagino lo repito y lo comparto. No se por qué motivos estaban solo ella y la partera, quien tenía un evento próximo y en el momento en que las contracciones se hicieron más frecuentes, se fue a la panadería a comprar masas finas. Ella solita y con dolores la pasó realmente muy mal. Y así fue que cuando al fin llegó y la ayudó a que naciera, mi aspecto era bastante patético, muy morada y más feíta que lo que acostumbran a ser los recién nacidos. ¡Y encima de todo… era nena, rompiéndole el sueño a mi padre que soñaba con el varoncito que lo replique!


En casa me esperaba una cuna de madera, pintada de amarillo, con figuritas infantiles, pañales de tela, bombacha de goma y la presencia de mi hermana, la mayor desilusionada con mi aspecto y con mi pasividad. Ella había escuchado muchas veces que tendría una hermanita o hermanito para jugar y eso que veía en la cuna no reaccionaba a su presencia. Tuvo que armarse de paciencia para que podamos convertirnos en las dos compinches que íbamos a ser en un futuro cercano.

“Se le hinchan los pies.

El cuarto mes

le pesa en el vientre

a esa muchacha en flor

por la que anduvo el amor

regalando simiente”.

Llega octubre de mil novecientos setenta y seis, en esta instancia soy yo la embarazada. Ya los bebes no se tenían en la casa de la partera, se acudía a instituciones sanitarias, donde la atención era más completa y se trabajaba mucho con la prevención y la preparación de las madres, especialmente de las primerizas.

Al séptimo mes se comenzaba a hacer una gimnasia preparto, en la que enseñaban a respirar, a jadear, también te daban charlas profilácticas sobre los cuidados que debías tener. Visitaba al medico todos los meses y te exigía una dieta bastante dura, para el hambre y los antojos de la situación.

La preparación también consistía en comprar una caja forrada, muy paqueta y una canastita, para poner la ropa y los cosméticos del bebe respectivamente, todo con puntillas y bordados. Los pañales eran de tela, chiripa, bombacha de látex.

Llegado el momento, acudí al sanatorio, con mucho miedo y todos los enseres necesarios, sosteniéndome del brazo del futuro padre, más nervioso que yo. Muy rápido me llevaron a la sala de partos y fue la primera y mas extraordinaria experiencia que transite, con mucha excitación y ya sin una pizca de temor.

Los que estaban afuera esperando, vieron con ansiedad que se encendió la luz rosa, esa era la manera inmediata de anunciar el género del bebe.

Una vez en la sala y en casa las visitas eran frecuentes y todos la alzaban y besaban sin reparo, compartía espacios comunes y creció sanita y bella.

Y a su manera

volvió al caballo y al carro,

al muñeco de cartón

y los pucheros de barro”.

Junio de dos mil cinco, mi niña cursa los últimos días de embarazo. La emoción de ser abuela no se compara con la de la de ser madre, son dos los corazones que laten en un mismo cuerpo, que se suman al tuyo, que vibra por ellos.

A los tres meses ya sabíamos que era varón, a los seis lo vimos, nadando en el vientre de su madre, descubriendo sus incipientes extremidades, observando su rostro y hasta pudimos tener un CD, para repetir la experiencia todas las veces que se nos ocurra.

Llegado el momento, los preparativos eran más específicos. bolso alegórico con diseños de bebe, bolsas de pañales descartables, ropita de colores variados. Y muchos limites en las visitas y en el cuidado de que el bebe no este en contacto en lugares con muchas personas.

“Si la viese usted

frente al café

jugando rayuela

al atardecer,

es que, a las cinco, su ayer

vuelve de la escuela”.

Todas estas ideas entrelazan mis pensamientos cuando pienso en la línea de la vida, como se transmite generación a generación el cambio y la continuidad. Cambian las circunstancias, pero esta firme la emoción, el prodigio que otro ser aparezca en tu vida para llenarla de una manera casi absoluta. Nos vamos repitiendo, abuela, madre, hija, en un remolino vertiginoso, que nos hace entender que todo no empieza y termina en uno.


             En suma, el milagro de la vida.

“Corre Lagarto...

Pon otra cama en el cuarto.

A empapelarlo de azul

y en agosto de parto”.


* Con ayuda de Joan Manuel Serrat.

Cartas inesperadas

 

Carmen Ramallo

 

Un día, un día cualquiera del año 2017, no recuerdo en qué momento fue porque en realidad sucedió como ese granizo que cae repentinamente sin ser anunciado y te deja helada, así fue cuando sonó el teléfono y del otro lado una voz de hombre no muy grande, más bien joven, preguntó por María del Carmen Ramallo, hija de Santos Hilario. “¿A quién la busca?, pregunté y más o menos así comienza su relato: “Soy Carlos H.... hijo de Florencio, mi papá fue muy amigo del tuyo, vivíamos en Arroyito, mi viejo falleció y al desocupar su departamento encontré unas cartas que seguro te van a importar, ya que tu viejo le escribía al mío, cuando estaba preso en Azul”.

Mientras él me hablaba mi cabeza era un trompo, mil cosas giraban por ella, ya había pasado esa etapa, cada vez que alguien mencionaba a mi papá yo sentía como que me lo iban a traer vivo, pero nunca fue así...

Obviamente, demostré urgente mi interés y acordamos para encontrarnos; él vino a Roldán; primero, pensé en el bar de la esquina de mi casa y nuevamente el fantasma se cruzó (el de la dictadura, el que te perseguía, el que te desaparecía) y pensé, pero no sé quién es y sobre la marcha dije la estación de servicio, donde está el semáforo, a las 16.

Más tarde cuando estuve con mis hijos me decían: “Pero, mamá, ¿cómo sabes que es cierto quien es? Ellos estaban tan intranquilos como yo, pero yo recordaba a esa familia, eran tíos y abuelos postizos, vivían a la vuelta de mi tío Juan (hermano de mi papá).

Esa noche traje a mi mente todo el cariño de esa familia, me veo desde muy pequeña yendo a su casa, por calle French y Cortada Estrada, era la casa de la abuela Celina, muchos domingos familieros, con tío Florencio eran como hermanos con mi papá, los abrazos y la algarabía cuando llegaba mi padre con su familia. Carlos, el joven de las cartas, era un bebé en ese tiempo, recuerdo hacerlo upa y jugar mucho con ese pequeñito; yo debería haber tenido 14 o 15 años aproximadamente, la última vez que lo vi, porque luego nos mudamos a Buenos Aires.

Se me hizo interminable la espera; dormí poco esa noche; ¿qué dirían esas cartas?, ¿cuánto cariño se han tenido para que esta persona sin conocerme sintiera que debían estar en mis manos esas líneas escritas desde lo más íntimo?.

Llegó la hora. Con pasos de incertidumbre, de desconfío, pero con un deseo inmenso de dar ese paso, poro sería como tener un poquito de mi padre, aunque ya sabía que lo habían matado un mes posterior a su secuestro. poco a poco nos fuimos acercando hasta que nos presentamos y entramos al bar.

Retomó su relato de cómo se había encontrado con lo que él consideraba un tesoro cuando vio esos sobres perfectamente guardados conservados en el tiempo y con el amarillo correspondiente; las tomó con mucho cuidado y las leyó una a una, colmado de emoción; y pensó: “Las deben tener sus hijas”. Pero, a la vez, quería conservarlas porque correspondían a su padre; así que transcribió las misivas y me las envió al mail. También las escaneó para entregármelas.

Para encontrarnos buscó en Facebook, datos sobre sus hijas mencionadas en las mismas y yo no solo vivía más cerca, si no que era una persona activa políticamente.

No me alcanzaban las palabras para agradecerle el hermoso gesto que había tenido. En ellas mi papá le cuenta a Florencio, que estaba preso en Azul que lo acusaban de terrorista. Eso fue en abril de 1959, durante el plan ConIntEs (Conmoción Interna de Estado, durante la presidencia de Arturo Frondizi). También cuenta cómo se defendió ante el tribunal militar. En otras cartas, que habla de su primera hija, del nacimiento de su segunda hija, o sea yo. Cada vez que leo estas cartas me inunda el llanto y la emoción; imagino a mi madre sin el amor de su vida acompañándola a parir, pienso en el llanto de mi padre por no poder estar, la impotencia por estar preso solo por defender su país, su gente, la Navidad sin su familia. Todo ha sido muy injusto.

Fue tomado de la vía pública con otros compañeros, estaba buscando trabajo en un pueblito llamado Barker a 230 kilómetros de Mar del Plata, cuando lo tomaron y lo llevaron a la cárcel de Azul.

Sé por la última carta que comenzó el año 1961 en la cárcel. No sé cuánto tiempo estuvo. Calculo que hasta después de marzo o máximo agosto de ese año, cuando se dio por finalizado el Plan.

Con Carlos acordamos un encuentro en casa, ya que su hermana quería conocernos y ver a mamá; y así lo concretamos el siguiente fin de semana. Fue un momento muy cálido y ameno.

Muchas de las personas que estuvieron presas durante este tiempo (Plan ConIntEs) fueron secuestradas, torturadas y asesinadas durante la aberrante dictadura de 1976 y mi padre fue una de ellas.

Gracias, Carlos, por tu sensibilidad, tu decisión. Gracias, porque ese día lograste que nuestros viejos pudieran volver a encontrarse en nosotros.

¿Cambiaron mi vida las cartas? Sí, todo lo que aportara para conocer más sobre el militante me daban más seguridad y orgullo de ser su hija.

Y permítanme terminar este relato de esta manera en que concibo la vida más llevadera: ¡30.000 compañeros desaparecido presente, ahora y siempre!

Un río de amistad

 

Alberto Castillo

 


            Salvo algunos pasajes no quedaba nada por empedrar.

El tranvía se había extinguido hacía unos años.

El barrio matero y chismoso se estaba apagando.

En ese paisaje deambulábamos esa tarde de sábado en esa primavera tempranamente calurosa.

Nuestro refugio era la costa del río de ese Paraná majestuoso.

Llegábamos sorteando la guardia de Prefectura entre los laberintos de la vieja Refinería y los silos en que almacenaban el cereal.

Aún estaba en plenitud la Junta Nacional de Granos, por lo que era habitual que en los muelles se encontraran amarrados barcos de los diversos países a la espera de llenar sus bodegas con los frutos del granero del mundo.

Ya cerca de los setenta se asomaba la decadencia de ese organismo, que fue determinante en la vida laboral y comercial de Rosario y en particular de Refinería.

Ya acechaban las empresas privadas de exportación de cereales.

Era un día espléndido, atardecía. El sol caía sobre las Islas.

Nosotros mojarreábamos
desde la costa para darle sentido a la tarde.

No picaban ni los mosquitos y recogimos todo para irnos.

Estábamos en eso, cuando de repente Adolfo y el mono Bibi gritaron: “¡Aguanten! Vamos hasta el barco y volvemos”.

Se arrojaron al río marrón desde un poste de amarre, que se erguía a unos metros de la costa.

Los dos eran buenos nadadores y hábiles esquivando espineles.

En el desgastado muelle de madera se encontraba amarrado un viejo barco de carga, enorme, despintado y oxidado en su proa de donde colgaba una cadena con el ancla.

No tendría que haber sido riesgoso para ellos.

Les jugaba en contra su osadía, que no mide consecuencias y ese deseo de alardear delante de nosotros.

Nadaron hasta el barco y los perdimos de vista detrás de esa mole.

Pasaron unos minutos y de repente apareció el Mono gritando y braceando con desesperación: “¡El gringo se fue abajo! ¡Lo empujó la correntada!”

Quedamos petrificados, pasaban los minutos; mirábamos hacia el barco y el Gringo no aparecía...

El primero que reaccionó fue el Flaco Daniel. Corrió hacia la costa y comenzó a empujar hacia el agua la canoa del viejo Pascutti, el Turco lo siguió, remaron como locos; mover ese engendro con forma de canoa no era fácil...

Los minutos pasaban, llegaron hasta el barco, los dejamos de ver.

Los marineros de a bordo se asomaban por la baranda de la cubierta, alertados por el griterío.

Yo atiné a comenzar a subir la escalera de madera para buscar ayuda. Por la mitad me detuvieron unos gritos, miré hacia el barco y observé como Daniel desde el borde de la canoa sujetaba al Gringo de un brazo.

Bajé corriendo y lo vi. Los ojos perdidos, casi no respiraba y su palidez asustaba.

Quedé inmóvil mirándolo. Ese rubio, de una pinta envidiable yacía encogido sobre el barro de la orilla.

Una camioneta de prefectura lo llevó hasta el Hospital Freyre. El más cercano...

A pesar del terror que me invadía lo acompañe.

Lo tomé de la mano durante el trayecto.

Llegó inconsciente

Camilla, médicos....

Quedé en el pasillo; rápidamente fueron llegando todos los muchachos.

Dos días internado. El lunes le dieron de alta.

Dejó de venir al bar y al club.

Pasaron unos días y lo fui a visitar. Lo noté muy cambiado.

Se esforzaba para no darle importancia a lo ocurrido.

Lo seguí visitando. De tanto en tanto caía por el bar de Martínez.

Pasó el tiempo, pasaron los años.

Él se dedicó a estudiar una carrera de economía y administrar un pequeño negocio familiar de papelería.

Tuvo éxito.

A mí me ganó la militancia.

Transcurrió el tiempo.

Una noche en una despedida de soltero de un amigo en común nos volvimos a encontrar.

Los dos habíamos cambiado. Éramos Padres; yo, docente, él un mediano empresario.

Le tendí la mano y él me abrazó fuerte.

Durante la cena, entre risas y recuerdos, surgió nuevamente su “anécdota”. Lo observé incómodo.

Cuando la charla derivó en otros temas, se levantó, pasó detrás de mí y me tocó el hombro.

Tomé los cigarrillos y lo seguí. Intenté prender un cigarro cuando se acercó y comenzó a sollozar.

Me contó con detalles lo que sucedió esa tarde.

Cómo una ola lo arrastró debajo del barco. Cómo intentó subir y se golpeó con el casco. La oscuridad, el terror. La falta de aire. Sentir acercarse la muerte.

Como en un intento final nadó con todas sus fuerzas. Cuando ya se entregaba sintió el brazo del Flaco Daniel que lo arrastraba hacia arriba.

Me volvió a mirar y me dijo: “vos no me salvaste, pero me acompañaste hasta que me salvé”.

“No me diste discursos, te quedaste al lado mío, aún recuerdo tu mano tomando la mía en la camioneta de Prefectura”.

“Hoy que estoy mejor, que vuelvo a reír, que vuelvo a soñar, sé que fue gracias a mí, pero fundamentalmente gracias a ustedes. Sé que le debo la vida a Daniel, que me rescató; pero sobre todo a vos, porque te quedaste a mi lado en medio de la oscuridad y no me soltaste.

Y entonces yo también entendí

La verdadera amistad no se basa en lo que das; sino en resistir juntos cuando el otro no puede dar nada.