jueves, 8 de octubre de 2026


Susana Dal Pastro

 


Los abuelos italianos se habían casado muy jóvenes. Tuvieron cuatro hijos; el menor, nacido en 1905, era mi papá.

Cuando estalló la Primera Gran Guerra, el nono ya había fallecido y la nona educaba a los hijos y atendía la hostería sostenida por su fe y su fuerza interior. Fue una etapa muy dura de la vida en la que no se permitía a sí misma demostrar debilidad ante sus niños, a tal punto, que solamente los besaba y acariciaba cuando los sabía dormidos.

Los chicos fueron creciendo y la nona supo ver en cada uno cuales eran sus talentos, sus cualidades y preferencias. A mi papá, por ejemplo, una tarde de silencio, lo creyó dormido, pero cuando fue a verlo a su habitación, lo encontró muy concentrado dibujando. Fue cuando tomó la decisión de inscribirlo en una escuela de dibujo aplicado a las artes y las industrias, donde se destacó como muy buen alumno.

Varios años después los hijos emigraron y, apenas establecidos en nuestra ciudad, le mandaron los pasajes para volver a estar juntos.

La nona había nacido en Vicenza, Véneto. Tuvo el gran privilegio de pocos en su tiempo: leer y escribir. (Algo que agradecía siempre). Por eso, era ella la que recibía y contestaba las cartas.

Leía mucho y sabía qué lecturas compartir con nosotros.

Durante mucho tiempo, cada viernes después de la escuela, con el menor de mis primos, pasábamos los fines de semana con la nona en Ybarlucea. Apenas terminado el almuerzo, mi tío ya tenía el camioncito listo para llevarnos. El trayecto nos parecía largo en aquellos tiempos. Atravesábamos Alberdi. Seguíamos por la ruta pavimentada hasta cruzar las vías del tren y continuar hacia la zona rural, pasando por las oficinas del correo y un gran almacén. Llegábamos. La casa era amplia. De día, luminosa. Después, desde el atardecer y hasta acostarnos, nos alumbraba un sol de noche.

El primer canto del gallo sorprendía a la nona en la cocina. El folklore familiar empezaba muy temprano: la nona nos traía a la cama un pocillo de café con unas gotas de ferroquina –fa venire buon sangue– aseguraba y nos dejaba dormir un rato más.

Apenas levantados, íbamos a buscar leche recién ordeñada al tambo vecino, propiedad de un amigo de la familia. Valía la pena la caminata: era una estampa campera desperezándose frente a nosotros. Ventanas encendidas que ojeaban y ojeábamos. Animales alentando al movimiento. Pájaros despertando a una primavera latente.

Mientras alimentábamos las aves y recogíamos los huevos, la nona batía con fuerza una parte de la leche y nos deleitaba con manteca casera para untar las tostadas recién hechas.

Después de desayunar, regábamos el cuidado jardín lleno de flores de estación y recorríamos la huerta buscando las mejores verduras para el almuerzo.

A partir de la siesta, todo el predio era para nosotros: bicicletas, árboles para trepar, barro para modelar.

La merienda nos encontraba en la galería o a la sombra de la palmera. Era la hora de conversar y proyectar el futuro: qué seríamos cuando fuéramos grandes: viviríamos en el campo... Con lo acumulado en la libreta de ahorro, invitaríamos a la nona a recorrer Italia.

Aunque la nona solamente había salido de su pueblo para cruzar el océano, hablaba de la Basílica de San Pedro como si la hubiera caminado rincón por rincón. Describía todo con gran seguridad: “Cuando estén en Roma, observen bien; miren y admiren el arte, valoren el tiempo dedicado a Dios por tantos maestros y artesanos. Pidan ser bendecidos con la fe que tuvieron ellos”.

La tarde se iba haciendo más tranquila. Llegaba el momento de conversación y de lectura. Pronto cenaríamos y después, un rato más de charla y a la cama.

La nona era la última en acostarse. Ordenaba el comedor con un repasador en las manos y una jaculatoria en los labios:

–Sia lodato Gesú Cristo?

– Sí, nona. Sempre sia lodato.

Revisaba la ropa mientras interponía

–Sia lodato Gesú Cristo?

–Sempre sia lodato.

Ya acostados, continuaban los rezos:

– “Padre nuestro que estás en el cielo…”.

–Sia lodato Gesú Cristo...

Los domingos llegaban rápido. La mesa grande ya estaba lista. El fuego para el asado empezaba a chispear. Desde el horno de barro el aroma a pan nos hacía agua la boca. Pero había que esperar que llegaran los autos para comer todos juntos.

Impacientes, observábamos los perros que presentían desde muy lejos, la llegada de la familia. Estábamos contentos de ver nuevamente a padres y tíos, pero eso significaba que en unas horas más tendríamos que volver a la ciudad.

Con el tiempo la quinta fue vendida y la nona se vino a vivir con nosotros. Ya no se levantaba al amanecer, pero hasta su último día, cada noche, dirigió nuestras oraciones. Crecimos con ella siempre al lado, moviéndose, cocinando, tejiendo, escuchándonos, hablándonos…

Primos y hermanos estudiamos, trabajamos, nos casamos y formamos nuestras propias familias. Ya no nos veíamos tan seguido, pero jamás perdimos los lazos.

Pasarían muchos años hasta el soñado viaje a Italia.

Un día mi esposo y yo, por fin, lo logramos.

En ciudad del Vaticano, unidos a una interminable procesión, entramos a la Basílica. Mi corazón latía fuerte pensando que la nona estaría viéndonos.

Como ella nos anticipara, unos angelitos inmensos y gordos, a la izquierda y a la derecha de la nave principal, nos dan la bienvenida y nos invitan a santiguarnos con el agua bendita de las pilas que ellos mismos sostienen.

Nos sorprende un grupo de diplomáticos en traje de ocasión acompañados de sus mujeres vestidas de solemne negro; vienen a una celebración especial. Orquesta y coro abren el desfile. Los diplomáticos se ubican cerca del altar papal. Inmediatamente, un incontenible murmullo anuncia la presencia del Papa, que se aparece con cardenales y obispos. Pasa a corta distancia. Nos mira. Su mirada es dulce y clara como era la de la nona. Tímidamente levanto una mano y lo saludo; él responde. Tiemblan mis piernas.

El Papa continúa sonriente dando bendiciones. Avanza hacia el altar. Ahora, todo es silencio.

Comienza la ceremonia. El Papa pronuncia sus primeras palabras: “Sia lodato Gesú Cristo…”.

Me conmuevo. Me emociono. La vuelvo a ver sonriente y chiquita tal cual era, mirándome.

“Sí, nona. Sempre sia lodato”.

Ausencia

 Alberto Castillo



                                                                                  
El sol de las tardecitas siempre pegaba de refilón en la esquina de Monteagudo y Vélez Sarsfield.

Lugar donde aún se encuentra el café y bar "La Academia", lo sigo llamando así, aunque en su frente figura otro nombre.

Típico boliche de barrio.

Y cada tardecita aparecía Guillermo; no podría haber vivido en otro barrio que no fuera Refinería.

Electricista de profesión, no reparaba ningún artefacto, aunque siempre cargaba con una valija de herramientas. Aunque sí, reparaba el alma de sus amigos con su ingenio y su alegría.

Se vestía de manera singular, con cascos de seguridad o como cuándo le festejamos su cumpleaños y llevaba un gorro jamaiquino y rastas Bob Marley.

Guillermo era de esos, un tipo de barrio que no se olvida, parte del paisaje, de las conversaciones, de las historias que uno cuenta una y otra vez.

No necesitaba hacer demasiado para llamar la atención. Le alcanzaba con aparecer, sentarse un rato y en cuestión de minutos ya había hecho o dicho cosas que no se le hubiera ocurrido a nadie más.

Porque Guillermo tenía eso; una imaginación para las locuras verdaderamente extraordinaria.

Comenzaba hablando de cualquier pavada y terminaba contando un pasaje de “El Hombre de la esquina rosada”, de Borges.

Historias imposibles en donde siempre era el actor principal, que vivía situaciones que luego se transformaban en anécdotas para toda la vida.

Y todos felices.

Bebía, a veces demasiado.

Detrás de ese personaje alegre, que era capaz de divertir y hacernos olvidar de las miserias cotidianas, había una realidad que él conocía perfectamente.

Producto de su adicción convivía con una enfermedad que finalmente terminó llevándoselo.

Lo sabía.

Y por eso todavía tiene más valor recordar como decidió vivir hasta el final.

Guillermo seguía siendo Guillermo.

Seguía haciendo de las suyas, como si hubiera decidido decirle a su dolencia “no me importas, voy a seguir haciendo locuras como siempre"

Y vaya si las hizo

Por eso, cuesta tanto aceptar que ya no está.

Hay personas que parecen estar hechas para estar siempre. En la esquina, en el bar, en la mesa con nosotros, con sus ocurrencias, barbaridades, provocando risas que quedan, permanecen.

Ahora uno mira ese lugar y falta alguien.

Falta Guillermo.

Y lo curioso es que cuándo lo recuerdo no puedo quedarme solo con la tristeza, me acuerdo de sus locuras y me digo “que tipo necesario este Guille”.

Quizás sea su mejor legado.

Que siga haciéndonos reír.

¿Se acuerdan de aquella vez que fuimos a la isla y Guille...?

Y ahí vuelve a aparecer.

Porque está, quedó en el barrio, en el bar, con su eterna cerveza, nunca fría, y sobre todo en ese lugar donde guardamos a quienes quisimos de verdad.

Se extrañan sus locuras, sus salidas inesperadas y esa manera tan suya de tomarse la vida.

Te extraño, amigo.

Y cada vez que apareces en una charla, alguien va a terminar diciendo entre una sonrisa y un suspiro:

Que personaje inolvidable

Y tendrá razón.

“La ausencia era eso. Un lugar que uno conoce y recuerda de memoria, como si fuera una foto, dónde uno falta”. Ricardo Piglia

Hermosa mia

 

Paula Corna

 

“Hermosa mía”. Así, me llamaba, ya que mi nombre no recordaba, no me importaba, yo sabía quién era él, era mi papá, hermoso mío.

Todo comenzó en el año 2018. Papá manejó desde los 18 años, fue a renovar su carné de conducir con 78 años y lo hicieron volver a su casa, le dieron otra fecha y otra vez volvió con un pedido de visita a un neurólogo, no aprobó, no volvió a manejar más en su vida. Fue muy duro para él, de a poco iba perdiendo de hacer cosas que en toda su vida las había realizado.

Y así empezó el deterioro de sus neuronas, lentamente y esa horrible enfermedad llamada Alzheimer fue diagnosticada.

Pastillas parches, consultas a especialistas, terapias de familia y, poco a poco, papá ya no era el mismo de antes.

Siempre fue una persona de pocas palabras, las justa y necesarias, le gustaba el tango, folclore, jugar al chichón, tomar mate, también una rica cerveza fría o una buena copa de vino tinto, compañía no le faltaba.

Iban pasando los días, meses, años y la enfermedad también avanzaba, hasta que papá no pudo más cambiarse solo, comer solo, ir al baño solo, dependía de otros.

¡Qué enfermedad tan cruel, cómo es posible que una persona se olvide de todo!

Pero nos decían: “Tranquilos él no sufre”. Claro, éramos nosotros que al verlo deteriorándose día tras día sufríamos. 

“Hermosa mía”, así me llamó los últimos días de su vida y qué lindo sonaba cuando me lo decía con una sonrisa.

Lo extraño mucho, extraño sus fuertes abrazos, sus consejos, su escucha siempre atenta; cada tanto escucho “Naranjo en flor” o “Cambalache”; o “Zamba de mi esperanza” o miro las estrellas y me acuerdo de él. 

Hermoso mío, ya no estás físicamente pero siempre lo estarás en mi corazón. 

Tu hermosa mía.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Expertas en venenitos

Mariela Losano

 

A la vuelta de mi casa, había una hilera de paraísos de esquina a esquina, bordeando la zanja. El tercer árbol era mi “casa de juegos”.

Con mi amiga Norma corríamos desesperadas hasta llegar, trepábamos, nos acomodábamos, y comenzaba el juego. 

Si la bici quedaba apoyada en el tronco era más fácil subir y nos ahorrábamos un par de raspones. La rama mayor era el comedor y la más alta en forma de “v” era el dormitorio. 

La cocina guardaba cantidad de venenitos que se trasformaban en el menú del día... o bien nos servían de defensa cuando algún pibe nos molestaba. 

El permiso para salir a jugar a la calle era, por supuesto, después de la siesta, (momento en el que el barrio se paralizaba y moría durante un par de horas). 

Corríamos hasta la esquina sorteando las vecinas que sacaban a la vereda sus sillas de paja, el mate enlosado y apoyaban la pava en el suelo, sobre alguna tablita de madera. Aunque algunas más prolijas aprovechaban a lucir sus agarraderas tejidas al crochet con los restos de lanas sobrantes de los chalecos de los nietos. 

También teníamos que esquivar a los regadores. Oficialmente en mi cuadra eran dos. Uno, el mejor, era don Pepe: se plantaba con las piernas abiertas en el borde de la zanja, y cuál golfista experimentado en tiros al hoyo, introducía su palo de escoba con tarrito de duraznos en el agua, para luego comenzar su terapia de “olor a tierra mojada”. Cuando terminaba, se quedaba un rato observando su obra y calculando su éxito. 

Llegar a nuestro “árbol-casita” era un premio luego de hacer la tarea y lavar la taza del café con leche de la merienda. 

Ahí, éramos dueñas y señoras de todo lo que pasaba. A veces nos convertíamos en mamá, otras en cantantes famosas y más de una vez la altura nos permitió ser espectadoras de lujo de alguna pelea o beso robado. Cosas que no sé por qué, pero siempre pasan en una esquina. 

Nos sentábamos con las patitas colgando. Pienso que, al no tener los pies en la tierra, nuestras cabezas eran totalmente libres y felices. 

No recuerdo cuándo dejé de subirme al árbol. 

Pero nadie sabe de mi dolor cuando un día volviendo de la secundaria, la calle estaba cortada, el pavimento avanzaba, y unas máquinas enormes y ruidosas aplastaron la hilera de paraísos como si fueran Tiranosaurios Rex enojados con la vida destruyendo todo a su paso. 

Llegué a casa sin ganas de hablar. Con la imagen de una maraña de troncos y ramas amontonadas en un rincón. 

Me senté en la silla de la cocina y me di cuenta de que mis pies no quedaban colgando. 

Hoy... después de muchos años, todavía me gusta juntar venenitos y probar puntería mientras camino. 

La calle ya no es de tierra. 

Norma no está. 

Don Pepe tampoco. 

O quizás sí. 

Mientras tanto sonrío, aunque el mundo siga equivocado. 

 

Las dos que no había estudiado

 

Eduardo Gershanik

 

Los estudiantes universitarios de hoy probablemente no hayan enfrentado un bolillero en un examen.

En la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Rosario, los programas de examen estaban divididos en “bolillas”. Algunas materias tenían ocho o diez. Otras llegaban a veinte, veinticinco o más.

El examen oral tenía un mecanismo sencillo: el alumno introducía la mano en el bolillero y extraía dos bolillas. Sobre una de esas bolillas debía realizar una exposición y, sobre la otra, el tribunal examinador podía formular preguntas.
El bolillero establecía una especie de pacto entre el alumno y la cátedra.

Por un lado, el estudiante sabía que para presentarse con la certeza de aprobar debía conocer todo el programa.

Las bolillas fáciles y las difíciles, las interesantes y las aburridas, las breves y aquellas interminables que uno hubiera preferido que jamás hubieran sido incorporadas al programa.

El azar impedía elegir. Cualquiera podía salir.

Pero el sistema también nos proporcionaba cierta tranquilidad.

Suponíamos que, una vez extraídas las dos bolillas, el examen quedaba razonablemente circunscripto a esos temas. El profesor podía preguntar, profundizar, buscar relaciones y comprobar cuánto sabíamos, pero dentro de aquel territorio que el propio azar había delimitado.

Eso nos hacía sentir relativamente protegidos de un temor bastante frecuente entre los estudiantes: que algún profesor particularmente severo –o, según nuestra menos respetuosa terminología de entonces, un poco maldito– se dedicara a recorrer el programa buscando precisamente aquello que menos sabíamos.

Había una sola autoridad imparcial: el azar.

Claro que el sistema funcionaba perfectamente mientras el alumno aceptara su parte del acuerdo: estudiar todas las bolillas.

Nosotros, en cambio, solíamos intentar renegociar unilateralmente ese contrato.

En lugar de preguntarnos “¿cómo hago para aprender todo el programa?”, preferíamos una pregunta bastante más interesante:

“¿Cuántas bolillas puedo dejar sin estudiar y todavía tener buenas posibilidades de aprobar?”

Y allí comenzaba una materia que no figuraba en ningún plan de estudios: el arte de ganarle al bolillero.

El bolillero funcionaba perfectamente; los que intentábamos convertirlo en una ruleta éramos nosotros.

La Facultad, naturalmente, partía de una presunción bastante razonable: el alumno debía conocer todo el programa.

Los alumnos partíamos de otra.

Había que aprobar.

Y para conseguirlo desarrollábamos una verdadera ciencia paralela, que nunca figuró en ningún plan de estudios.

Por falta de tiempo, por cansancio, por exceso de confianza o simplemente porque alguna bolilla nos resultaba insoportable, comenzaban las especulaciones.

Había bolillas que, según la información que circulaba por los pasillos, “salían mucho”.

Esas había que estudiarlas.

Otras eran particularmente difíciles y entonces surgía una curiosa solución académica: en lugar de estudiarlas más, algunos decidíamos directamente no estudiarlas.

También interrogábamos a los sobrevivientes.

Apenas un compañero salía del examen, todavía pálido por la experiencia, comenzaba el interrogatorio: “¿Cuáles te tocaron?”.

La información se transmitía rápidamente.

Si acababan de salir la 7 y la 14, aparecía inmediatamente una teoría tranquilizadora: “Esas ya salieron. Ahora no van a volver a salir”.

No tengo la menor idea de qué fundamento estadístico tenía semejante afirmación.

Probablemente ninguno.

Todo dependía, además, de una cuestión crucial: ¿las bolillas extraídas volvían inmediatamente al bolillero o quedaban afuera hasta terminar la mesa?

Sobre ese detalle se construían teorías dignas de una investigación científica.

También estaban los números favoritos.

El 7 podía traer suerte. El 13, según las convicciones personales, podía ser evitado o buscado.

Había otra estrategia bastante utilizada: algunas bolillas se estudiaban perfectamente; otras, razonablemente; y finalmente estaban aquellas a las que se les daba una lectura rápida con la esperanza de que, si aparecían, alguna frase perdida en la memoria permitiera iniciar una conversación decorosa.

Y en casi todas las materias existía la bolilla maldita.

Esa que nadie quería sacar.

Era larga, difícil, aburrida o reunía las tres condiciones.

En definitiva, convertíamos el examen en un problema de probabilidades.

Si el programa tenía veinte bolillas y habíamos estudiado dieciocho, el razonamiento parecía impecable: ¿Qué posibilidades hay de que justo me toquen las dos que no estudié?

Muchas, evidentemente, no eran.

Pero alguna posibilidad había.

Lo sé porque me ocurrió.

Fue en una materia relacionada con la Ley de Quiebras.

 

Había estudiado prácticamente todo el programa.

Todo, menos dos bolillas.

 

Hasta aquel examen yo me consideraba, con cierto orgullo, invicto.

Nunca me habían aplazado. Hasta entonces siempre había estudiado todas las bolillas y había conseguido superar cada examen.

En aquellos años teníamos una libreta universitaria en la que quedaban asentadas las calificaciones de los exámenes orales. Durante las mesas, algún profesor del tribunal, por curiosidad o quizá simplemente para entretener la espera, solía hojearla y mirar los antecedentes del alumno que tenía enfrente.

La mía, hasta ese momento, no registraba aplazos. Predominaban los “Bueno” y había también algún “Distinguido”, especialmente uno que recuerdo con cierto orgullo en Derecho Civil.

No sé si aquel tribunal miró mi libreta ni si esos antecedentes influyeron en lo que ocurrió después; porque cuando llegó mi turno, introduje la mano en el bolillero y saqué la primera bolilla era una de las dos que no había estudiado.

Todavía quedaba una oportunidad. Había muchas bolillas amigas y solamente una enemiga.

Volví a introducir la mano.

Y salió la otra.

Las dos únicas bolillas que no había estudiado.

De una de ellas conservaba apenas una idea. Debía comenzar explicando el principio general aplicable a determinados contratos vigentes al momento del concurso.

Según recuerdo, el principio establecía que esos contratos no se rescindían.

Era prácticamente lo único que sabía.

Comencé la exposición.

Y dije exactamente lo contrario.

El profesor me miró y, en lugar de interrumpirme, me pidió que repitiera lo que acababa de decir.

Hoy comprendo que me estaba tendiendo una mano.

Tal vez había visto aquella libreta sin aplazos. Tal vez simplemente era un buen profesor que advirtió que los nervios podían haberme jugado una mala pasada.

Me estaba diciendo, sin decirlo: “Piénselo nuevamente. Tiene la oportunidad de corregirse”.

Pero yo no entendí la señal.

Y con una seguridad que mis conocimientos no justificaban, repetí exactamente lo mismo.

El profesor consideró que ya no tenía sentido continuar.

Me indicó que el examen terminaba allí y que podía presentarme nuevamente en el próximo turno.

Había sido aplazado.

Bajé la cabeza y me retiré sigilosamente del aula, tratando de mantener la expresión que correspondía a un alumno que acababa de fracasar.

Pero apenas crucé la puerta comenzó a ocurrirme algo bastante curioso.

Sentí alivio.

Un enorme alivio.

Porque solamente yo sabía algo que el profesor ignoraba.

Después de aquella primera frase equivocada no tenía absolutamente nada más que decir.

Si aquel hombre hubiera insistido “bueno, continúe...”, yo probablemente habría quedado mudo frente al tribunal, esperando algún milagro académico que difícilmente iba a producirse.

El profesor seguramente pensó que al interrumpir el examen me estaba castigando.

Nunca supo que, en realidad, me estaba salvando.

Volví en el turno siguiente. La ley de Concursos y Quiebras 11.719 había sido reemplazada por la 19.551, de modo que tuve que estudiar el programa completo, no solamente las 2 bolillas.

No volví a presentarme a ningún examen sin saber todas las bolillas.

Memorias

 Susana Dal Pastro

 

En nuestra casa siempre hubo tiempo para la música. Flamenco, jotas, pasodobles, de un lado. Barcarolas, canzonetas y tarantelas, del otro. Todo alternado con tangos, valses, rancheras, zambas.

Teníamos piano y mis primos también un violín; aprendían con la profesora y vecina Rosa de Sasso, que hacía lo imposible para que todos escucharan y estudiaran música. Su casa siempre estaba abierta para los chicos del barrio que quisieran entrar y presenciar sus clases. Además, les permitía jugar en el jardín. Tenía una jaula inmensa llena de pájaros y una pecera con variados peces de colores. Jack, el perro flaco y alto, que conocía a todos, ladraba suave y cortito invitando a pasar. Rosa también promovía a ARDAL, Asociación Rosarina de Artistas Líricos, que difundía y promovía la ópera y la música clásica, institución de la que éramos socios.

Íbamos seguido al teatro. Mi mamá siempre recordó al famoso “Colón” de calle Corrientes y Urquiza, demolido en 1958.

Yo era muy chica cuando fuimos a ver a Carmen Amaya en “La Comedia”. La bailaora cautivó al público en un diálogo entre taconeo y cante jondo. Carmen Amaya actuaba con toda su familia y aquella noche sus sobrinos muy chiquitos emocionaron con tanta gracia y talento.

También vimos a Lola Flores y su compañía. Pedrito Rico, un ídolo que enamoraba a las chicas y enfurecía a los muchachos. Ángel Pericet y la escuela bolera.

No perdíamos ocasión de ver comedias con protagonistas como Luis Sandrini y su compañía. O Ernesto Bianco, otro grande y querido actor. Y, por supuesto, patinaje sobre hielo y circos, mis favoritos.

 

Tras larga enfermedad falleció mi hermano y mi mamá quedó destrozada. Lo llamaba. Lo buscaba por la casa, por el taller. Había adelgazado mucho. No se asomaba a la calle. No salía de su tristeza.

Y fue pasando el tiempo.

Un día vimos el anuncio de la presentación de Nati Mistral en el teatro El Círculo. ¿Y si vamos?  Fue una actuación fabulosa. A teatro lleno. Increíble ver a mi mamá saltando en la butaca celebrando cada gesto, cada palabra de la Nati. Finalizada la función, apurada y sin permiso, se fue a saludarla al camarín. Y, por supuesto, hubo una fotografía que llegaría a casa en pocos días.

Mi mamá era otra. Charlaba, se reía. Había empezado a ocuparse otra vez de la cocina y volvió a prepararnos nuestros platos preferidos, sabrosos como siempre.

 

Una mañana de mandados, mi mamá fue a la carnicería de la cuadra y al entrar, el carnicero que nos conocía bien y estaba al tanto de nuestra situación, la saluda con un “¡Ajá! ¿con que anda por ahí sacándose fotos con artistas?”.

Al no encontrar la casa, al fotógrafo se le ocurrió entrar en la carnicería y preguntarle al carnicero si conocía a la señora de la foto.

Poco a poco la vida retomó su curso y nos regaló otra gran noche con Mariano Mores y su orquesta. Inolvidable espectáculo, continuador de más veladas compartidas.  

Nunca intenté enviarle un saludo de agradecimiento a Nati Mistral. Y lo lamento. Estoy segura de que le hubiera gustado saber todo lo que ella sola había logrado con la poesía de aquella noche.

El carnaval




 Mirta Prince

 

En todo lugar, la cultura se refiere a la vida de un pueblo y a sus propias tradiciones.

Cuando llegamos a Orán, queríamos informarnos de todo lo que allí acontecía.

Para ello, recurrimos a don Roque y doña Vicenta, vecinos inolvidables, que con el paso del tiempo se convirtieron en los abuelos del corazón de mis hijos.

Su lema era “acá todo el año es carnaval”, cosa que no puede contradecirse, ya que los entusiastas comparseros usaban todo el año en preparación de trajes, pintura de telas, bordado de coloridas lentejuelas, espejitos, brillantes botones y cuanto más.

La música, coreografías, desfiles ocupaban su tiempo.

No debemos olvidar que, dentro del departamento de Orán, había cuarenta comunidades aborígenes como Wichis, Massay, Chiriguanos, Ava guaraní, Pueblo Colla, Tintunaki, Toba, Matacos, Chorote y tantas más.

Al llegar los carnavales todo era una fiesta en la López y Planes. En la actualidad, se construyó un corsódromo con todas las comodidades para el caso. Ya que según dicen, hay demasiado turismo.

Los comparsas guardan su propio estilo, en especial niaderenko y pimpineros. Bailando su característico Pim Pim y sus instrumentos musicales como el ferruco, la quena, sikus, flautas de pan, erquencho, pututo, caja chayera, maracas, raspadores, bombo, etcétera.

Los pimpineros tenían sus clásicos atuendos, el tipac de vistosos colores en las damas, gruesas trenzas y collares hechos con semillas y ojotas. En el caballero, pantalón negro, camisa, sombrero, alpargatas y hojas de albahaca en las orejas.

Tampoco faltan conjuntos tropicales, andinos, disfrazados individuales, comparsas artísticas al son de la música legendaria.

Allí, no juegan con agua, con las temperaturas reinante te secabas muy rápido, pero harina y elementos como semillas, hojas y raíces no faltan en las clásicas pintadas.

Luego del corso, el Club Gimnasia era el convocante. Allí se armaba la fiesta, si querías pasar un buen momento, debías llevar ropa descartable.

Sacabas la entrada y recibías una bolsita, en ella harina, semillas y ahí nomas te decoraban. Hacía tanto calor que te regalaban agua perfumada.

¡La noche era genial! Y, por supuesto, íbamos toda la barra de amigos.

Así, era… hace muchos años. Dicen que “el tiempo pasa, pero el carnaval resiste”.