Raquel
Arroyo
¿Los niños no juegan? Sí, Los niños juegan, pero no
tienen juguetes.
¿Los niños no tienen juguetes? Sí, los niños tienen juguetes,
pero no tienen imaginación.
Los niños tienen imaginación, pero la aplican
distinto. ¿Distinto a qué? A como la aplicaba yo cuando era niña.
Este soliloquio no me lleva a nada, o mejor dicho me
lleva a mi infancia. Pasa que ya no veo niños con juguetes en las calles. No
hay nenas con cochecitos paseando tiernos bebotes. Ni nenes armando un fuerte
indestructible en la vereda, con soldaditos de plástico rodeándolo y subiendo
por los puentes, improvisados con pedacitos de madera sacados del galponcito
del abuelo.
Y viajo en el tiempo a los años 60 en los que
transcurría mi infancia. Y me veo sentada en el patio de mi casa, debajo de la
parra de uva chinche, jugando con mi muñeca Piel Rose. Es la primera muñeca que
recuerdo; era de goma, con ojos movibles, pero sin pelo. Su peinado, de rodete
y flequillo, estaba insinuado en la textura de la goma. Pero para mí era un
pelo hermoso y le ataba cintas que sacaba a escondidas del costurero de mi
madre, aquel costurero que había dado una segunda oportunidad a la lata de té
La Virginia y ahora estaba lleno de hilos, agujas y cintas que terminaban
adornando la cabeza de mi muñeca sin pelo. En el patio también estaba
desplegado sobre un mantel el juego de batería de cocina, con sus ollitas y
sartenes de aluminio, idénticas a las de mi madre. Las hojas de la parra
picadas, un poco de agua y algunas ramitas de helecho eran el alimento justo y
necesario para mi muñeca. No recuerdo su nombre, pero sí me acuerdo cuando
llegó a mi casa. Fue una noche de Reyes, en la que juro que los escuché, sentí
sus pasos y hasta el de los camellos. Venía en una caja enorme y traía algunos
vestidos que eran iguales los míos. Claro, con los años supe que mi mamá le
había hecho hacer a mi tía, la modista, la ropita con la tela que había sobrado
de los vestidos que me había hecho a mí.
Cuando cumplí creo que nueve o diez años, la tía
Sara llegó a casa con dos cajas envueltas en papel floreado. Me dijo que eran
zapatos y que esperaba que me gusten. A mí los zapatos no me entusiasmaban
porque usaba los Pie Tutoris que no eran nada atractivos para una niña. Fue
inmensa mi alegría al descubrir que en esas cajas había dos muñecas, una de
pelo plateado y otra de pelo negro, lacio y con flequillo las dos. La morena
tenía un vestido de seda natural con arabescos y la rubia uno de organza color
rosado. Me llevó solo unos minutos ponerles nombre. La rubia sería Fabiola, que
era por ese entonces reina de Bélgica. La de pelo negro se llamaría Soraya, que
había sido la esposa del Sha de Persia. Hasta ahora no entiendo mi debilidad
por la monarquía: sabía todos los nombres de todas las reinas y princesas.
Conservé esas muñecas durante mucho tiempo, y mis hijas las heredaron y jugaron
con ellas, hasta que, como corresponde a niñas traviesas... en algo así como
una revolución republicana, terminaron con las vidas de las reinas.
No tuve demasiados juguetes, no tenía hermanos de mi
edad para compartir. Mi hermana era ocho años mayor y no recuerdo haber
heredado sus juguetes. Pero lo que sí me acuerdo es haber tenido juegos de
mesa, todos los que iban saliendo. El Senku, el Cerebro Mágico, Ludo, Damas, el
Juego de la Oca. Pero lo que más me gustaba era inventar, crear. Con mi amigo
Daniel hacíamos barriletes y hasta un karting armamos con restos de su cochecito
de bebé y rulemanes que pedimos en el taller de la vuelta. Favorecidos por
vivir en calles en subida, nos largábamos desde dos cuadras arriba, y nos
turnábamos. Una vez cada uno empujaba; una vez cada uno conducía, hasta que se
desarmó el karting, y volaron los rulemanes, y se rasparon las rodillas, y
nuestras febriles mentes de niños inventores ya estaban planeando un nuevo
prototipo.
Y cuando no era el karting, eran los barriletes que también
hacíamos con Daniel. Papel de diario, cañas de la vía y engrudo de harina y
agua. Íbamos a la canchita a remontarlo, y a competir con los chicos de la
cuadra para ver cuál volaba más alto, pero invariablemente el barrilete estaba
empachado. Siempre nos pasaba lo mismo. Y quedábamos fuera de la competencia,
hasta que aparecía nuestro salvador: mi papá. Y ahí ingresábamos otra vez en el
juego. Porque mi viejo sabía de barriletes, y de engrudos que no empachaban, y
de colas de tela con el peso justo. Mandábamos cartitas a través del hilo y los
más dañinos ponían una Gillette y... ¡chau barrilete!
Y jugábamos divertido y barato. Tres metros de
elástico en la mercería nos aseguraban tardes con amigas. El tejo que le
pedíamos a Pedrito, el zapatero, nos sacaba del aburrimiento con una rayuela
dibujada en la vereda de don José, la más ancha de la cuadra. Y ni hablar si
teníamos bolitas o figuritas; porque en aquellos tiempos las figuritas se
cambiaban, se jugaban, se ganaban o se perdían.
Juego divertido, juego sano, juego que despierta la
imaginación. Juego que une, a pesar de la Gillette en el barrilete. Juego que
hace transpirar y que cansa, y que te hace llegar a la noche con las rodillas
raspadas, y la cara arrebatada por el sol. Muñecas que tienen nombre, amigos
que te desafían, mientras tratan de acertar la bolita en el hoyo. Compañeros de
grado que en el recreo te dan “dos por una”, porque tenés la difícil, y vos les
obligás a subir la apuesta, porque sabés que no la va a conseguir. La disputa
sanadora que te preparó para la vida. El “no” de tus viejos, el abrazo del
amigo, el rechazo del primer amor, la mala nota, el regalo que le pediste a los
Reyes y nunca llegó. El juego, la imaginación, la convivencia, el mirarse a los
ojos. Eso está faltando... Los niños tienen juguetes, pero ya no se raspan las
rodillas...
No hay comentarios:
Publicar un comentario