martes, 19 de mayo de 2026

Los niños de antes, los niños de ahora

 

Raquel Arroyo

 

¿Los niños no juegan? Sí, Los niños juegan, pero no tienen juguetes.

¿Los niños no tienen juguetes? Sí, los niños tienen juguetes, pero no tienen imaginación.

Los niños tienen imaginación, pero la aplican distinto. ¿Distinto a qué? A como la aplicaba yo cuando era niña.

Este soliloquio no me lleva a nada, o mejor dicho me lleva a mi infancia. Pasa que ya no veo niños con juguetes en las calles. No hay nenas con cochecitos paseando tiernos bebotes. Ni nenes armando un fuerte indestructible en la vereda, con soldaditos de plástico rodeándolo y subiendo por los puentes, improvisados con pedacitos de madera sacados del galponcito del abuelo.

Y viajo en el tiempo a los años 60 en los que transcurría mi infancia. Y me veo sentada en el patio de mi casa, debajo de la parra de uva chinche, jugando con mi muñeca Piel Rose. Es la primera muñeca que recuerdo; era de goma, con ojos movibles, pero sin pelo. Su peinado, de rodete y flequillo, estaba insinuado en la textura de la goma. Pero para mí era un pelo hermoso y le ataba cintas que sacaba a escondidas del costurero de mi madre, aquel costurero que había dado una segunda oportunidad a la lata de té La Virginia y ahora estaba lleno de hilos, agujas y cintas que terminaban adornando la cabeza de mi muñeca sin pelo. En el patio también estaba desplegado sobre un mantel el juego de batería de cocina, con sus ollitas y sartenes de aluminio, idénticas a las de mi madre. Las hojas de la parra picadas, un poco de agua y algunas ramitas de helecho eran el alimento justo y necesario para mi muñeca. No recuerdo su nombre, pero sí me acuerdo cuando llegó a mi casa. Fue una noche de Reyes, en la que juro que los escuché, sentí sus pasos y hasta el de los camellos. Venía en una caja enorme y traía algunos vestidos que eran iguales los míos. Claro, con los años supe que mi mamá le había hecho hacer a mi tía, la modista, la ropita con la tela que había sobrado de los vestidos que me había hecho a mí.

Cuando cumplí creo que nueve o diez años, la tía Sara llegó a casa con dos cajas envueltas en papel floreado. Me dijo que eran zapatos y que esperaba que me gusten. A mí los zapatos no me entusiasmaban porque usaba los Pie Tutoris que no eran nada atractivos para una niña. Fue inmensa mi alegría al descubrir que en esas cajas había dos muñecas, una de pelo plateado y otra de pelo negro, lacio y con flequillo las dos. La morena tenía un vestido de seda natural con arabescos y la rubia uno de organza color rosado. Me llevó solo unos minutos ponerles nombre. La rubia sería Fabiola, que era por ese entonces reina de Bélgica. La de pelo negro se llamaría Soraya, que había sido la esposa del Sha de Persia. Hasta ahora no entiendo mi debilidad por la monarquía: sabía todos los nombres de todas las reinas y princesas. Conservé esas muñecas durante mucho tiempo, y mis hijas las heredaron y jugaron con ellas, hasta que, como corresponde a niñas traviesas... en algo así como una revolución republicana, terminaron con las vidas de las reinas.

No tuve demasiados juguetes, no tenía hermanos de mi edad para compartir. Mi hermana era ocho años mayor y no recuerdo haber heredado sus juguetes. Pero lo que sí me acuerdo es haber tenido juegos de mesa, todos los que iban saliendo. El Senku, el Cerebro Mágico, Ludo, Damas, el Juego de la Oca. Pero lo que más me gustaba era inventar, crear. Con mi amigo Daniel hacíamos barriletes y hasta un karting armamos con restos de su cochecito de bebé y rulemanes que pedimos en el taller de la vuelta. Favorecidos por vivir en calles en subida, nos largábamos desde dos cuadras arriba, y nos turnábamos. Una vez cada uno empujaba; una vez cada uno conducía, hasta que se desarmó el karting, y volaron los rulemanes, y se rasparon las rodillas, y nuestras febriles mentes de niños inventores ya estaban planeando un nuevo prototipo.

Y cuando no era el karting, eran los barriletes que también hacíamos con Daniel. Papel de diario, cañas de la vía y engrudo de harina y agua. Íbamos a la canchita a remontarlo, y a competir con los chicos de la cuadra para ver cuál volaba más alto, pero invariablemente el barrilete estaba empachado. Siempre nos pasaba lo mismo. Y quedábamos fuera de la competencia, hasta que aparecía nuestro salvador: mi papá. Y ahí ingresábamos otra vez en el juego. Porque mi viejo sabía de barriletes, y de engrudos que no empachaban, y de colas de tela con el peso justo. Mandábamos cartitas a través del hilo y los más dañinos ponían una Gillette y... ¡chau barrilete!

Y jugábamos divertido y barato. Tres metros de elástico en la mercería nos aseguraban tardes con amigas. El tejo que le pedíamos a Pedrito, el zapatero, nos sacaba del aburrimiento con una rayuela dibujada en la vereda de don José, la más ancha de la cuadra. Y ni hablar si teníamos bolitas o figuritas; porque en aquellos tiempos las figuritas se cambiaban, se jugaban, se ganaban o se perdían.

Juego divertido, juego sano, juego que despierta la imaginación. Juego que une, a pesar de la Gillette en el barrilete. Juego que hace transpirar y que cansa, y que te hace llegar a la noche con las rodillas raspadas, y la cara arrebatada por el sol. Muñecas que tienen nombre, amigos que te desafían, mientras tratan de acertar la bolita en el hoyo. Compañeros de grado que en el recreo te dan “dos por una”, porque tenés la difícil, y vos les obligás a subir la apuesta, porque sabés que no la va a conseguir. La disputa sanadora que te preparó para la vida. El “no” de tus viejos, el abrazo del amigo, el rechazo del primer amor, la mala nota, el regalo que le pediste a los Reyes y nunca llegó. El juego, la imaginación, la convivencia, el mirarse a los ojos. Eso está faltando... Los niños tienen juguetes, pero ya no se raspan las rodillas...

No hay comentarios:

Publicar un comentario