jueves, 18 de junio de 2026

La última barra de amigos

 

María Cristina Piñol

 

Hasta hace no mucho tiempo el barrio entero se sentía como “tu casa”, existía un fuerte sentido de pertenencia sobre cada calle, vereda, plaza o campito. Salir a jugar era un ritual cotidiano y fascinante. Lo hicieron la generación de mis padres, la nuestra y la de mis hijos, hoy ya todos cuarentones.

Como vivimos siempre en el mismo barrio y en la misma calle, somos testigos de los cambios sufridos en el transcurso del tiempo. Hoy están mis nietos viviendo también en “nuestro barrio”; y, aunque hay otros pibes además de ellos en la cortada y alrededores, no tienen ningún contacto entre sí. Ya no se juega en la vereda, tampoco en las plazas ni hay un campito libre para jugar a la pelota, por ejemplo.

Pero les voy a hablar de la “barra” de mi hijo menor que está por cumplir cuarenta y un años.

Son alrededor de quince “hombres” y en todo el tiempo transcurrido siguen siendo como ellos mismos se denominan “La última barra del barrio”.

Ya casi todos están casados, algunos divorciados y con hijos, y un soltero que tiene dos hijos, pero no pareja.

Hoy los amigos de la nueva generación son de la escuela o del deporte que practican. Ya no se escucha decir, por ejemplo, “mañana nos encontramos “en la esquina a la hora de siempre”, solo se conectan por WhatsApp y quedan en ir a la casa de tal o cual, o al shopping, o al gimnasio, o a lo sumo al club.

En aquel tiempo todos nos conocíamos con todos y entre padres y madres, que también éramos vecinos, fuimos viendo como esos chicos crecieron y se hicieron hombres.

Uno o dos días por semana iban a jugar al fútbol en el campito de atrás de Minetti y siempre recuerdan que debían volver a las 20, porque a esa hora se cenaba.

Aun hoy todos los martes siguen yendo a jugar al fútbol. Es religión. Ahora, los horarios se los pondrán las esposas y tampoco van al campito, sino que alquilan una canchita privada de la cual dos por tres vuelven con alguna lesión.

Ya tienen problemas de “grandes”, papás enfermos, por ejemplo, alguna necesidad económica y, ante lo que sea, siempre están ayudándose los unos a los otros, en las buenas y en las malas. La mamá de uno de los chicos vive sola frente a mi casa y tiene problemas de salud. Los hijos que pueden cuidarla viven en Roldán, y mi hijo también y él se encargaba de llevarla todos los días. Cuando le pregunté si le molestaba, me contestó: “Mamá yo me crié en esa casa con Elena, me da mucho dolor verla así, es lo que puedo hacer por ella y por Juan”, un amigo incondicional.

Este fin de año, lo festejamos en casa de mi hijo y fueron casi todos los del grupo, algunos ya con sus propios hijos. Era un ir y venir de recuerdos entre ellos y con nosotros.

Después de varios brindis, se me acerca uno y me dice: “Te voy a contar algo que estoy seguro que no sabés, Cris: la primera película porno que vimos la vimos todos juntos en tu casa y, por supuesto, ustedes no estaban. Jaja”.

Qué fantásticas eran las amistades del barrio, que seguros nos sentíamos los chicos y los padres. Recurrían a cualquiera de nosotros como si fuéramos familia y, así, lo sentíamos.

Ellos se ponían algún sobrenombre y aún se siguen llamando por esos motes, cuando los vemos juntos riendo y “cargándose” parece que el tiempo se hubiera detenido.

Claro que físicamente fueron cambiando, hoy todos se llaman “gordo” los unos a los otros salvo a un par que siguen siendo aún “el flaco” de aquel entonces.