viernes, 3 de julio de 2015

El inevitable progreso

Nora Alicia Nicolau

“Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran
y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana.”
Eduardo Galeano (del “Libro de los abrazos”)

Ahora, nosotros somos el “mañana” de nuestros abuelos y nuestros padres. Si nos pudieran ver… ¿qué pensarían?
Mi abuelo paterno tenía un negocio de “forrajes y semillas” en barrio Echesortu, en la calle Constitución al 800. Vendía fardos de pasto (alfalfa), bolsas de maíz, afrecho, avena, cebada, mijo, alpiste, trigo, etcétera. Tanto al por mayor como al menudeo. En la esquina, Constitución y Córdoba, junto a su galpón, tenía un depósito de bolsas de harina, donde se proveían los panaderos mallorquines de Rosario, sus compadres y amigos. Él había nacido en el puerto de Pollensa, en Mallorca y mantenía su comunicación con ellos.
Junto a sus locales comerciales, había edificado su vivienda, la primera en esa manzana del barrio. Una casona que se comunicaba con uno de esos locales y tenía su entrada sobre calle Córdoba al 3600. Se entraba por una enorme puerta de madera de dos hojas a un zaguán que llevaba a un gran patio cubierto de macetas y plantas. En el frente, dos grandes habitaciones con balcones de altas persianas y hermosas barandas de hierro forjado. Les seguían otros tres ambientes, uno era el comedor diario. Aparte, estaba la cocina y el baño. Una escalera de cemento llevaba a la pequeña terraza con lavadero y baranda, que daba al patio. Macetas de todo tipo las alegraban. Por una escalera más pequeña se ascendía a una gran terraza donde se colgaba la ropa. Hermosa construcción de la época. Hace décadas la familia fue vendiendo estas propiedades. Hoy, hay cuatro casas en ese lugar y permanece el galpón algo modificado.
Cuando mi padre y su hermano fueron mayores constituyeron una empresa familiar, una sociedad: “Juan Nicolau e hijos”. El negocio fue fructífero, cuando en la ciudad habitaban muchos animales domésticos y para el trabajo. Llegaron a abrir una sucursal a pocas cuadras del comercio de calle Constitución.
Recordemos que no solo a los difuntos se los llevaba en carruajes tirados por caballos, sino que el panadero, el lechero, las mercancías en general eran repartidas en jardineras. Había carros, chatas, sulkys, y algún gaucho a caballo, también “coches de plaza” para transportar a los pasajeros que llegaban en los trenes. Se usaban muy pocos autos y hasta los tranvías eran tirados por caballos a principios del siglo XX (en 1905/06 apareció el primer tranvía eléctrico). La mayoría de las casas tenían gallineros y se surtían en el negocio de mi familia del alimento para los caballos y de las semillas necesarias para aves, incluido los pájaros que no faltaban en ninguna vivienda. Teníamos dos jardineras y una chata para el reparto. En un lote cercano estaba la caballeriza en la que se guardaban dos o tres caballos.
Fui testigo del avance del progreso. Una reglamentación, una ordenanza, me parece, dispuso evitar los gallineros en casas de familia y se controló severamente. Fueron desapareciendo nuestros clientes. Al poco tiempo, se prohibió transitar con vehículos de tracción a sangre. Desaparecieron las jardineras y casi los proveedores a domicilio.
Recuerdo cuando el último “mateo”, como se llamaba a los “coche de plaza”, que había quedado en la ciudad, se despidió de mi padre. Lo conducía un hombre de muy baja estatura y muy amigo del negocio donde dejó su tristeza junto al último fardo de pasto que adquirió. Nuestras jardineras se convirtieron en un hermoso camión que mi tío tuvo que aprender a manejar. Fueron apareciendo los taxímetros como coches de alquiler.
No voy a renunciar a los recuerdos y a los valores de mi infancia. Con nosotros también va desapareciendo una época. Lo narrado forma parte del ayer… del tiempo de mis abuelos y mi familia. Fui testigo del cierre del negocio a causa del progreso inevitable.
Ahora en el presente nosotros somos memoriosos del pasado; pero, expectantes del futuro. Avizoro el progreso al leer y observar los nuevos avances en los medios de transporte, en la medicina, en los complicados aparatos electrónicos como las impresoras 3D, que ya están entre nosotros; la nueva manera de relacionarnos entre las personas y la comunicación entre los países; el conocimiento y los adelantos en astronomía y más y más…

Se cree que vivimos en presente, pero siempre conjugamos los verbos en futuro. Vamos siendo el mañana, personificado en los hijos y nietos. A ellos les diría lo que leí hoy en Facebook: “Hoy tienes que decidir que otro ayer quieres para mañana” M. Mayer.

5 comentarios:

  1. Muy lindo relato. Observando la fotografía y leyendo el relato sentí que estaba adentro en el negocio de forraje.

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  2. Cuántos recuerdos...Yo fui a vivir a ese barrio cuando me casé... los repartidores en sus carros... el mateo. Disfruté tu texto.
    Cariños
    Susana Olivera

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  3. Gratos recuerdos amiga, mi padre tenía una jardinera con la que repartía hielo. Aún recuerdo el gallinero en el fondo de casa.
    Gracias por tan bellos recuerdos.
    Un abrazo.

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  4. Estos textos que vamos escribiendo van replicando en otros . Cómo me gusta!! NORA NICOLAU

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  5. Es muy vívida tu forma de expresarte, Nora. Me pareció ver una película! Muy lindo!
    Cariños.
    Teresita

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