Mónica Mancini
Enero de mil novecientos ochenta y tres. El anterior había sido un año
terrible a nivel país, ya que habíamos vivido la desgracia de la guerra de
Malvinas y también en mi familia vivimos otra, sin armas ni soldados, pero
también muy dolorosa.
Ese verano estaba recién separada, con dos niñitas de uno y cinco años, la
había pasado realmente muy mal y tenía mucha necesidad de alejarme de Rosario y,
como se diría ahora, resetearme.
Pasadas las fiestas y utilizando unos pocos ahorros que tenía decidí irme a
las sierras cordobesas todo el mes de enero y febrero hasta el tiempo de
reintegrarme a mi trabajo en la escuela, obvio que con mis hijitas.
En esos tiempos no existía Booking, ni Trivago, ni Tripadvisor… era muy
difícil alquilar a distancia, así que decidí viajar a Tanti, localidad
cordobesa muy tranquila y accesible a mis posibilidades, solo por un día con la
intención de buscar alguna casa que me permita pasar esos meses de vacaciones
con las nenas.
Llegué a Tanti en Chevallier a una pequeña estación de colectivos y pregunté
por alguna inmobiliaria. Noté muchísima amabilidad de las personas,
especialmente de los remiseros y empleados de la terminal, lo que me
tranquilizo mucho, pensando lo acertada que estuve en elegir ese lugar. Tenía
solo 25 años, estaba sola y quizás eso llamaba la atención.
Concreté el alquiler de una casa en las sierras, bastante alejada de la
calle principal, señé y me volví a Rosario a buscar a las niñas.
Fue todo un tema hacer los preparativos, ropa, juguetes, remedios,
documentos, etcétera. Viajar en micro sola con dos niñas pequeñas es bastante
complicado. Al día de hoy, no entiendo cómo me anime y como nadie se atrevió a
decirme que no era una buena idea irme sola al medio de las sierras sin
teléfono y sin formas de comunicar cualquier inconveniente. En fin, se ve que
mi decisión era muy determinante.
Salimos otra vez en Chevallier, con todo el equipaje. Cuando llegamos a
Tanti, con tres valijas, dos niñas y solo dos manos, estaba convencida de que
los señores tan amables que me habían recibido en el primer viaje me ayudarían.
Error, cuando me vieron tan complicada no tuve ofertas de colaboración, así que
como pude fui trepando para llegar a la casita. Como en el cuento de la cabra,
el repollo y el lobo… llevaba un trecho las valijas sin perder de vista a las
nenas; volvía, llevaba a una y luego a la otra… y, así, tardando bastante,
logramos llegar y habitar la propiedad, sencilla, pero dentro de un paisaje muy
pintoresco.
Construimos una rutina diaria muy distinta a la que teníamos en Rosario.
Después de desayunar, salíamos a hacer caminatas por algunos senderitos
cercanos. La mayor caminaba y a la chiquita la cargaba a cococho. Si
hacía calor, nos deteníamos en alguna “ollita” de agua o arroyito y nos
refrescábamos. No existía el protector solar y nos flechamos los primeros días,
después ya estábamos curtidas.
Volvíamos, íbamos a hacer las compras. Como no teníamos heladera, hacíamos
la compra a diario con lo que consumíamos.
A mediados de enero, la pequeña cumplió dos años, hicimos un festejo íntimo,
con una torta y el par de velitas alusivo. Creo que ella la paso bien, como
regalo le compré una carterita que le gustaba y eso la puso muy contenta. Yo
también estaba alegre, estaba con ellas dos, era todo lo que necesitaba para
estar tranquila y festejando otro año más de mi hija.
El contacto con Rosario era epistolar. Escribía y recibía cartas
permanentemente, a las que tenía que llevar e ir a buscar a la inmobiliaria,
pues el cartero no llegaba adonde nosotras estábamos
El tiempo en
las sierras corría de otra manera, sentíamos mucha paz y había una intimidad
entre las tres llenas de armonía. Las niñas la pasaban bien, dibujaban, jugaban.
Abundaba la lectura de cuentos por las noches, que era la manera de despedir
otro día más de caminatas y zambullidas. Generalmente terminaban bastante
cansadas.
Cuando se
dormían yo aprovechaba para escribir cartas, pero también muchas historias que
se me iban ocurriendo, especialmente recreando los relatos de mi abuelo
inmigrante, protagonista anónimo de su propia guerra. Así es como me alejaba,
por momentos, de la realidad que me estaba tocando vivir, especialmente cuando
pensaba en la vuelta a la rutina y tenia miles de situaciones que resolver.
Las vacaciones en Tanti fueron una experiencia única, donde medí mis fuerzas y mi resiliencia. Comprobé que el paisaje en una naturaleza donde los protagonistas son el sol, el aire, el agua y las sierras, llenan el espíritu y fortalecen el cuerpo y la mente.
El regreso fue bueno, porque la familia nos había extrañado, especialmente a las niñas y nos recibieron con mucho cariño. Estábamos fortalecidas como para empezar una nueva etapa. ¡Arriba las chicas!
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