jueves, 13 de agosto de 2026

Inusuales. Parte I

 Hugo Longhi

 

Quizás porque en mi niñez y adolescencia no lo pude hacer, de adulto me sobrevino el impulso de viajar. Deliciosa actitud que, sin embargo, tiene sus riesgos y conlleva sus esfuerzos. De todos modos, no estoy aquí para analizar sociológicamente la cuestión sino para mostrar, muy a vuelo de pájaro, algunas recorridas realizadas en estos años. Pero no todas, solo las que concluyeron en destinos poco usuales para los argentinos.

Si les parece comenzaré por América Latina.

Ya hace tiempo que casi todos los rosarinos que parten desde el aeropuerto local hacia el exterior aterrizan en Tocumen, la estación aérea panameña. De allí, siguen viaje rumbo a distintos puntos del continente.

Yo, de puro contrera, esa vez decidí quedarme en Panamá. Me caminé toda la cinta costera atendiendo las indicaciones del solmáforo para que el voraz sol de la región no me afectara tanto. Por supuesto, anduve por el casco histórico donde están el palacio de gobierno, la catedral y el museo nacional, entre otros. También escalé el cerro Ancón, el más alto de la ciudad, para disfrutar de su vista panorámica. Y, claro, el crucero por el canal para observar esa maravillosa obra de la ingeniería moderna. Aclaración por si alguna vez van: el clima es insoportable, jamás transpiré tanto, al punto de pensar de que tenía algún problema cardíaco.

Un par de años después me incorporé al grupo que utiliza a Tocumen como “toco y me voy” o touch and go, si lo prefieren, y me corrí hasta la vecina Costa Rica. San José, su capital, no tiene tantos atractivos turísticos, pero su extenso Parque Metropolitano “La Sabana” bien vale una tarde. También el brillante Museo del Oro. Mi idea era visitar el volcán Poás y ya tenía todo listo para ir cuando un día antes el muy travieso decidió entrar en erupción. Hacía 64 años que venía durmiendo una especie de siesta y justo se despertó en ese momento. Vaya suerte la mía. Obvio, excursión suspendida.

Pego un salto hasta Cuba. A esta altura debo aclarar que esta semblanza evocativa no tiene ninguna prolijidad cronológica. Qué importa cuando se viaja, lo valioso es hacerlo. Bueno, en la isla bonita, estuve dos veces, una con planes netamente turísticos y la otra diría que con fines sociales. Me alojé en casa de amigos cubanos de entonces y pude comprobar todas las carencias que soportan. Aun así son super felices y se esforzaron por darme lo que no tienen.

Anduve por Matanzas, una ciudad cercana a Varadero, y allí visité las cuevas de Bellamar, extenso accidente natural en forma de galerías donde abundan las estalactitas y las estalagmitas. Después les preguntaré cuales son unas y cuales las otras porque nunca me acuerdo. Después.

Otro punto poco visitado por extranjeros es Manzanillo, en el occidente de la isla. Allí coincidí con el Día Internacional de la Mujer y les puedo asegurar que se festeja en serio. Es jornada feriada, además. Hay playas en ambos puntos caribeños citados.

Me voy para México, pero no para la ciudad capital ni la ribera maya sino hacia el lado del Pacífico. Nada menos que Acapulco. A este lugar quisiera dividirlo en tres. La zona playera, donde están todos los hoteles y va la gente de clase media; luego, las islas con sus mansiones de millonarios, por caso Luis Miguel, Julio Iglesias, Jeniffer Lopez y tanta gente que uno frecuenta, ejem. A esos sitios solo se puede llegar por agua y hay cruceros que hacen la recorrida todo el tiempo.

La tercera fracción de Acapulco, destino poco habitual entre los argentinos insisto, es la ciudad en sí, donde viven sus habitantes. Después del lujoso periplo naval se me ocurrió volver en colectivo urbano para no pagar taxis que, dicho sea de paso, hay que acordar precio antes de abordarlos. El bus va costeando el mar y yo iba extasiado con ese paisaje hasta que, de repente, giró hacia la izquierda y se internó en el lado opuesto. Y allí descubrí el verdadero Acapulco, lejos del glamur de las mansiones y los servicios de los hoteles. Ríanse de nuestras villas, nuestras calles de tierra, nuestras zanjas y demás. De pronto tuve temor de que alguien arrojara alguna piedra o algo así contra el vehículo por el ambiente que se percibía. Pero ¿quién podría sospechar que allí iba un turista extranjero? Solo un delirante viajaría en colectivo urbano. Yo lo hice y finalmente sobreviví. De más está decir que no repetí la experiencia durante mi estadía.

Me queda, para ir cerrando, mi llegada a Ecuador, una vez más vía Tocumen, lugar donde ya me movía más cómodo que en mi casa. Desembarqué en Quito y tras sortear algunos trastornos de salud debido a la altura, salí a caminar la ciudad. Como para no ser tan tedioso solo me limitaré a comentar un punto que está en las afueras, en la región de Pichincha, pero no la tuya Cristina, sino donde se encuentra el complejo “Mitad del Mundo”, ese monolito atravesado por una línea que supuestamente señala la división entre hemisferios. Si, adivinaron, me saqué la típica foto apoyando un pie en cada lado. También allí existen otros atractivos como, por ejemplo, el Museo del Cacao. Me hicieron probar la pasta original de este fruto y, qué quieren que les diga, prefiero el chocolatín que compro en el quiosco de la esquina.

En Guayaquil, ya a nivel del mar, subí los 444 escalones hasta el faro. No crean que los conté pacientemente, sino que cada uno de los peldaños posee su numerito inserto como si fuese un mosaico. Agotador, pero llegar tiene su premio, la vista es espectacular, sobre todo hacia la bahía.

Omito exprofeso mi paso por Bolivia. El trayecto desde Villazón a La Paz por vía terrestre es como para que un productor de Hollywood haga varias películas. Toda una odisea. Quedará para otra oportunidad.

El árbitro ha pitado el final de la primera etapa de mi reseña. Tras el entretiempo volveré con el resto. Mientras tanto los invito a que me indiquen qué lugares extraños o poco usuales para los argentinos me recomendarían conocer. 

Pasaporte en mano, nos reencontramos en cualquier momento.

Herencia de silencios

 Alberto Castillo

 

Yo era muy pibe, seis o siete años.

Una tarde, en el club Faustino, un amigo me pregunta: “¿Che, mi viejo me dijo que tenés diferente apellido que tus hermanos?

Yo tenía dos hermanos, bastante mayores. Guillermo y Luis, del primer matrimonio de mi madre.

Salí del club y corrí a preguntarle.

Me miró, endureció su rostro y me contestó: “Decile al curioso que venga a preguntarme a mí. Y vos, ya vas a tener edad para saber”.

Nunca tuve esa edad.

Pasaron algunos años y de visita al pueblo de mi familia paterna, una prima me cuenta la existencia de una supuesta hija de mi viejo, situación que en el lugar era por todos conocida.

Mis viejos aún eran personas relativamente jóvenes.

Ni siquiera pregunté. Sabía, presentía, que era inútil.

Crecí creyendo que llegaría el día en que todo cobraría sentido.

Que alguien me relataría la historia completa.

Ese día nunca llegó.

Mi padre y mi madre partieron sin decirme nada; y las respuestas, solo por ellos conocidas.

Mi hermano Luis fue el primero en contraer matrimonio. Su esposa fue mucho más que una nuera para mi madre. Fue su confidente. La que conoce toda la historia familiar

Hace poco tiempo le pregunté. Sereno, pero firme, le pedí que me contara y lo mal que sentía por ignorar. Su respuesta fue terminante: ¡Se lo prometí a tu madre! Lo tengo todo escrito. ¡Cuando yo parta se van a enterar de todo!

Hay silencios que protegen, pero cuando son guardados por personas que amamos, hieren, dejan una marca profunda.

Las heridas no nacen de lo que ocurrió, sino de aquello que nunca fue dicho.

Hoy y con esfuerzo pude armar algo de ese entramado de misterios.

Algunos parientes y amigos aportaron algo de información; siempre codificada y con recelo.

Lo que no se nombra tiende a repetirse en las siguientes generaciones en forma de conductas y miedos sin causas claras.

Crecer con mentiras, con verdades ocultas, induce a dudar de los otros y dificulta entablar vínculos sanos. Una psicoanalista belga, Maud Mannoni, escribió sobre “el saber no sabido o la tristeza sin razón”.

Sé que seguirán las preguntas sin respuestas. Pero mientras existan los recuerdos y la voluntad de buscarlos, la historia de mi familia seguirá viva.

Escribirla es una forma de rescatarla del olvido. Ponerlo en palabras no cambiará mi pasado, pero si puede ayudarme a convivir mejor con él.

No siempre escribimos para recordar.

A veces escribimos para no cargar solos con los recuerdos. 

Me lo debo yo, pero sobre todo mi hijo y mi nieto.

Tío Luis: retrato de un hombre querido

 Alberto Castillo

 

Hay personas que sin proponérselo dejan una huella amable en la vida de los demás. Mi tío Luis, hermano menor de mi madre, era una de ellas.

Tenía una presencia que no pasaba desapercibida. Era un hombre de buena pinta, elegante sin esfuerzo y con una sonrisa que parecía abrir todas las puertas.

Las mujeres lo miraban con admiración, pero el conquistaba mucho más por su forma de ser que por su aspecto.

Era simpático, atento y tenía ese don de hacer sentir importantes a quien tenía enfrente.

Tenía admiración y enorme cariño por mi madre a quién visitaba todos los días. Él, a pesar de ser bastante menor que ella, la llamaba “la nena”.

Se casó muy joven con mi tía Dolly, hermosa mujer, morena, de una belleza singular. Hija de una brasileña y de un padre de ascendencia italiana.

Encuentros propios del Rosario de esos tiempos.

Luis y Dolly eran la pareja perfecta. Él, elegante, de mucha pinta; ella, hermosa y con un aire distinto al de las muchachas de aquellos años.

Dolly era cantante de boleros y no lo hacía como pasatiempo, tenía escenario y presencia.

Lo hacía semanalmente por LT 8 Radio Rosario.

Para la Rosario de mediados de los cincuenta era una adelantada a su tiempo.

Independiente, segura.

Verlos juntos era un deleite.

Su matrimonio fué casi efímero. Al poco tiempo de nacer su hijo, mi primo, el camino de la pareja tomó otro rumbo.

Sin embargo, ese final nunca se convirtió en una historia de rencores.

Al contrario, había algo muy especial en él: sabía despedirse sin herir.

Con el paso de los años tuvo varias novias; pero todas lo recordaban y hablaban de él con una sonrisa.

Todas tenían contacto con mi madre, quien terminaba siendo amiga y confidente de ellas.

Era como si Luis tuviera la virtud de cuidar los afectos, incluso cuándo el amor terminaba.

No es una cualidad común.

Tal vez por eso, quienes lo quisimos nunca dejamos de recordarlo con cariño.

Se empleó desde muy joven en Boglione y Cobelli, tienda de ropas, sobre todo impermeables y artículos del hogar.

Estaba situada en calle Mitre 738, zona del histórico teatro Odeón de Rosario.

Esa tienda, especie de shopping actual, tuvo plena vigencia entre los años cuarenta y setenta.

Allí, Luis se destacaba como vendedor de salón, sobre todo entre la clientela femenina

Tenía debilidad por las mujeres rubias, como salidas de una película de Hollywood. Y me consta que era exitoso cuándo su encanto natural despertaba una mirada cómplice.

Generoso, de buen humor. Disfrutaba de la vida, de las reuniones familiares, de las charlas y las risas compartidas. Con él cerca, el ambiente era mucho más liviano.

Tenía la capacidad de hacer sentir bien a los demás y ese es un talento que no se aprende.

Bastaba con que alguno de nosotros alabara la camisa o la campera que llevaba, para que al día siguiente apareciera en casa un bolso. Dentro estaba prolijamente doblada esa misma prenda que habíamos elogiado.

Disfrutaba dando... 

Cuando pienso en mi tío Luis, no recuerdo grandes discursos o hazañas extraordinarias. Lo recuerdo por algo mucho más valioso: por haber sido una buena persona. De esas que aún años después siguen despertando una sonrisa en quiénes tuvimos la suerte de conocerlo.

martes, 11 de agosto de 2026

Carnavaleando

 Beatriz Prince

 

Vivíamos con mi familia, mamá y mis dos hermanos, en San Martin al 4000.

Esperábamos con ansias el carnaval, mamá nos llevaba a los tres al corso de San Martín y Bulevar Segui, “el corso del choripán”. Íbamos disfrazados y felices, con pomos y serpentinas. ¡Cuanto humo!, carrozas sencillas, muchos disfraces caseros y aparecía él “el rey Momo”, el poeta Alfonso Alonso Aragón”, querido personaje que reinó en los carnavales rosarinos por décadas; estoico, cuánta dignidad en su postura, su traje de raso rosado, gastado, corona y una espada como cetro; era pintoresco e ingenuo, mendigaba ropa y comida. Su poesía era inteligible y su vida trashumante. Sus ojos algo tristes, tal vez por haber visto tanto; era víctima de bromas y cada año le renovaban su reinado.

Luego, crecimos e íbamos a los clubes del barrio, CAOVA, Central Córdoba, El Tala, Provincial, Newell’s, Gimnasia y Esgrima, y cada barrio con su club.

A mediados de los 70, en Provincial disfrutábamos el Sótano Beat: Los No, Conexión número 5, Batallón Mermelada, Los Gatos. En Gimnasia y Central, artistas internacionales, Johnny Halliday, Silvie Bartan, Adamo, Manzanero, Serrat. Recuerdo en la parte trasera y los costados de los colectivos sus fotos promocionándolos.

En el Parque Independencia, estaban los corsos del intendente Luis Cándido Carvallo, con despliegue de costosas carrozas y trajes luminosos con coreos brillantes, gran despliegue de color y belleza, una comparsa mejor que otra.

En 1976, durante la dictadura, los militares prohibieron los festejos del carnaval, y retiran el feriado.

Volviendo al barrio, durante el día, siestas y tardes jugando al carnaval. Niños jóvenes y adultos con pomos, cacerolas, baldes y globos, estos ultimos no me gustaban pues dolían, lo vivía como algo muy agresivo. Dos o tres vecinos muy cercanos trataban de mojar a las viejas, mamá, mis tías, mi nona, que tenían entonces mi edad actual, ¡que atrevido llamarlas viejas! Ellos hacían guardia esperando que pasaran por un patio, una puerta y allí las bañaban. Todos nos divertíamos mucho.

Las puertas de pasillos y casas permanecían abiertas, pues todos cargábamos agua donde podíamos.

Una tarde esperando el cole para ir al centro a trabajar, me hicieron sopa, debí volver a casa a cambiarme, por supuesto que llegué tarde al trabajo.

Otra vez, en Maipú y Ocampo, al bajar de la “C” , voy llegando a donde me esperaban, y para un auto y cuatro muchachos se bajan con un balde lleno de globos. Terminé contra la pared, siendo blanco de la lluvia de globazos sin piedad. Muertos de risa se fueron y yo quedé llorando muy asustada; una vez más deseé ser varón y “poder” con esto.

Nunca olvidaré una tarde, luego de jugar al carnaval, toda mojada y descalza, entré a mi cuarto, tomé el velador para correrlo y me atravesó un rayo. Fue como si hubiese entrado por la palma de mi mano, que permanecía cerrada tomando el caño en forma de medialuna, fue pasando por mi cuerpo y descargó en los pies, sentí un dolor muy profundo, no recuerdo más.

Lo demás me lo contaron: desperté acostada en el piso, temblando, rodeada de mi familia y vecinos, con un médico revisándome. “Esta señorita tiene un corazón muy fuerte” dijo el médico y agregó: “Esto se lo reforzó”.

Mi hermano mayor, que en ese momento dormía en el cuarto de al lado, se despertó por mis gritos, contó que eran alaridos; a almohadazos había tratado de separarme del velador, yo lo sostenía con la mano cerrada (era una medialuna de metal), y me sacudía hacia todos lados, hasta que mi mamá, que estaba bañándose, escuchó los gritos y corrió a bajar la llave de luz.

Me disparé golpeándome contra una pared y luego caí al suelo. Cuentan que me sacudí como poseída y temblaba, quedé llena de moretones; afortunadamente el doctor era vecino y llegó rapidísimo. Esa noche mi hermano Manuel, una amiga (Estelita) y yo fuimos a un cumple de 15 años (esa era mi edad también) y le pedí a mi mama que me acompañara. Yo iba a todos los asaltos, cumples y bailes con mis hermanos, pero esa noche necesité a mamá a mi lado. Quedé como perrito golpeado, a tal punto que esa noche no bailé, ¡con lo que amo bailar!; mi amiga estuvo a mi lado, haciéndome pata, planchamos toda la noche. Flor de susto me lleve.

De grande, luego de mis trabajos en la época de venta de indumentaria y negocios familiares, estudié instructora de yoga, masajes y reiki; y, cada vez que me decían “que buen reikista sos” (modestia aparte), yo pensaba en broma: “Recibí energía para rato”.