martes, 11 de agosto de 2026

Carnavaleando

 Beatriz Prince

 

Vivíamos con mi familia, mamá y mis dos hermanos, en San Martin al 4000.

Esperábamos con ansias el carnaval, mamá nos llevaba a los tres al corso de San Martín y Bulevar Segui, “el corso del choripán”. Íbamos disfrazados y felices, con pomos y serpentinas. ¡Cuanto humo!, carrozas sencillas, muchos disfraces caseros y aparecía él “el rey Momo”, el poeta Alfonso Alonso Aragón”, querido personaje que reinó en los carnavales rosarinos por décadas; estoico, cuánta dignidad en su postura, su traje de raso rosado, gastado, corona y una espada como cetro; era pintoresco e ingenuo, mendigaba ropa y comida. Su poesía era inteligible y su vida trashumante. Sus ojos algo tristes, tal vez por haber visto tanto; era víctima de bromas y cada año le renovaban su reinado.

Luego, crecimos e íbamos a los clubes del barrio, CAOVA, Central Córdoba, El Tala, Provincial, Newell’s, Gimnasia y Esgrima, y cada barrio con su club.

A mediados de los 70, en Provincial disfrutábamos el Sótano Beat: Los No, Conexión número 5, Batallón Mermelada, Los Gatos. En Gimnasia y Central, artistas internacionales, Johnny Halliday, Silvie Bartan, Adamo, Manzanero, Serrat. Recuerdo en la parte trasera y los costados de los colectivos sus fotos promocionándolos.

En el Parque Independencia, estaban los corsos del intendente Luis Cándido Carvallo, con despliegue de costosas carrozas y trajes luminosos con coreos brillantes, gran despliegue de color y belleza, una comparsa mejor que otra.

En 1976, durante la dictadura, los militares prohibieron los festejos del carnaval, y retiran el feriado.

Volviendo al barrio, durante el día, siestas y tardes jugando al carnaval. Niños jóvenes y adultos con pomos, cacerolas, baldes y globos, estos ultimos no me gustaban pues dolían, lo vivía como algo muy agresivo. Dos o tres vecinos muy cercanos trataban de mojar a las viejas, mamá, mis tías, mi nona, que tenían entonces mi edad actual, ¡que atrevido llamarlas viejas! Ellos hacían guardia esperando que pasaran por un patio, una puerta y allí las bañaban. Todos nos divertíamos mucho.

Las puertas de pasillos y casas permanecían abiertas, pues todos cargábamos agua donde podíamos.

Una tarde esperando el cole para ir al centro a trabajar, me hicieron sopa, debí volver a casa a cambiarme, por supuesto que llegué tarde al trabajo.

Otra vez, en Maipú y Ocampo, al bajar de la “C” , voy llegando a donde me esperaban, y para un auto y cuatro muchachos se bajan con un balde lleno de globos. Terminé contra la pared, siendo blanco de la lluvia de globazos sin piedad. Muertos de risa se fueron y yo quedé llorando muy asustada; una vez más deseé ser varón y “poder” con esto.

Nunca olvidaré una tarde, luego de jugar al carnaval, toda mojada y descalza, entré a mi cuarto, tomé el velador para correrlo y me atravesó un rayo. Fue como si hubiese entrado por la palma de mi mano, que permanecía cerrada tomando el caño en forma de medialuna, fue pasando por mi cuerpo y descargó en los pies, sentí un dolor muy profundo, no recuerdo más.

Lo demás me lo contaron: desperté acostada en el piso, temblando, rodeada de mi familia y vecinos, con un médico revisándome. “Esta señorita tiene un corazón muy fuerte” dijo el médico y agregó: “Esto se lo reforzó”.

Mi hermano mayor, que en ese momento dormía en el cuarto de al lado, se despertó por mis gritos, contó que eran alaridos; a almohadazos había tratado de separarme del velador, yo lo sostenía con la mano cerrada (era una medialuna de metal), y me sacudía hacia todos lados, hasta que mi mamá, que estaba bañándose, escuchó los gritos y corrió a bajar la llave de luz.

Me disparé golpeándome contra una pared y luego caí al suelo. Cuentan que me sacudí como poseída y temblaba, quedé llena de moretones; afortunadamente el doctor era vecino y llegó rapidísimo. Esa noche mi hermano Manuel, una amiga (Estelita) y yo fuimos a un cumple de 15 años (esa era mi edad también) y le pedí a mi mama que me acompañara. Yo iba a todos los asaltos, cumples y bailes con mis hermanos, pero esa noche necesité a mamá a mi lado. Quedé como perrito golpeado, a tal punto que esa noche no bailé, ¡con lo que amo bailar!; mi amiga estuvo a mi lado, haciéndome pata, planchamos toda la noche. Flor de susto me lleve.

De grande, luego de mis trabajos en la época de venta de indumentaria y negocios familiares, estudié instructora de yoga, masajes y reiki; y, cada vez que me decían “que buen reikista sos” (modestia aparte), yo pensaba en broma: “Recibí energía para rato”.

 

 

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