Alberto Castillo
Hay personas que
sin proponérselo dejan una huella amable en la vida de los demás. Mi tío Luis,
hermano menor de mi madre, era una de ellas.
Tenía una
presencia que no pasaba desapercibida. Era un hombre de buena pinta, elegante
sin esfuerzo y con una sonrisa que parecía abrir todas las puertas.
Las mujeres lo
miraban con admiración, pero el conquistaba mucho más por su forma de ser que
por su aspecto.
Era simpático,
atento y tenía ese don de hacer sentir importantes a quien tenía enfrente.
Tenía admiración y
enorme cariño por mi madre a quién visitaba todos los días. Él, a pesar de ser
bastante menor que ella, la llamaba “la nena”.
Se casó muy joven
con mi tía Dolly, hermosa mujer, morena, de una belleza singular. Hija de una
brasileña y de un padre de ascendencia italiana.
Encuentros propios
del Rosario de esos tiempos.
Luis y Dolly eran
la pareja perfecta. Él, elegante, de mucha pinta; ella, hermosa y con un aire
distinto al de las muchachas de aquellos años.
Dolly era cantante
de boleros y no lo hacía como pasatiempo, tenía escenario y presencia.
Lo hacía
semanalmente por LT 8 Radio Rosario.
Para la Rosario de
mediados de los cincuenta era una adelantada a su tiempo.
Independiente,
segura.
Verlos juntos era
un deleite.
Su matrimonio fué
casi efímero. Al poco tiempo de nacer su hijo, mi primo, el camino de la pareja
tomó otro rumbo.
Sin embargo, ese
final nunca se convirtió en una historia de rencores.
Al contrario,
había algo muy especial en él: sabía despedirse sin herir.
Con el paso de los
años tuvo varias novias; pero todas lo recordaban y hablaban de él con una
sonrisa.
Todas tenían
contacto con mi madre, quien terminaba siendo amiga y confidente de ellas.
Era como si Luis
tuviera la virtud de cuidar los afectos, incluso cuándo el amor terminaba.
No es una cualidad
común.
Tal vez por eso,
quienes lo quisimos nunca dejamos de recordarlo con cariño.
Se empleó desde
muy joven en Boglione y Cobelli, tienda de ropas, sobre todo impermeables y
artículos del hogar.
Estaba situada en
calle Mitre 738, zona del histórico teatro Odeón de Rosario.
Esa tienda,
especie de shopping actual, tuvo plena vigencia entre los años cuarenta y
setenta.
Allí, Luis se
destacaba como vendedor de salón, sobre todo entre la clientela femenina
Tenía debilidad
por las mujeres rubias, como salidas de una película de Hollywood. Y me consta
que era exitoso cuándo su encanto natural despertaba una mirada cómplice.
Generoso, de buen
humor. Disfrutaba de la vida, de las reuniones familiares, de las charlas y las
risas compartidas. Con él cerca, el ambiente era mucho más liviano.
Tenía la capacidad
de hacer sentir bien a los demás y ese es un talento que no se aprende.
Bastaba con que
alguno de nosotros alabara la camisa o la campera que llevaba, para que al día
siguiente apareciera en casa un bolso. Dentro estaba prolijamente doblada esa
misma prenda que habíamos elogiado.
Disfrutaba dando...
Cuando pienso en mi tío Luis, no recuerdo grandes discursos o hazañas extraordinarias. Lo recuerdo por algo mucho más valioso: por haber sido una buena persona. De esas que aún años después siguen despertando una sonrisa en quiénes tuvimos la suerte de conocerlo.
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