Alberto Castillo
Yo era muy pibe, seis o siete
años.
Una tarde, en el club
Faustino, un amigo me pregunta: “¿Che, mi viejo me dijo que tenés diferente
apellido que tus hermanos?
Yo tenía dos hermanos,
bastante mayores. Guillermo y Luis, del primer matrimonio de mi madre.
Salí del club y corrí a
preguntarle.
Me miró, endureció su rostro y
me contestó: “Decile al curioso que venga a preguntarme a mí. Y vos, ya vas a
tener edad para saber”.
Nunca tuve esa edad.
Pasaron algunos años y de
visita al pueblo de mi familia paterna, una prima me cuenta la existencia de
una supuesta hija de mi viejo, situación que en el lugar era por todos
conocida.
Mis viejos aún eran personas
relativamente jóvenes.
Ni siquiera pregunté. Sabía,
presentía, que era inútil.
Crecí creyendo que llegaría el
día en que todo cobraría sentido.
Que alguien me relataría la
historia completa.
Ese día nunca llegó.
Mi padre y mi madre partieron
sin decirme nada; y las respuestas, solo por ellos conocidas.
Mi hermano Luis fue el primero
en contraer matrimonio. Su esposa fue mucho más que una nuera para mi madre. Fue
su confidente. La que conoce toda la historia familiar
Hace poco tiempo le pregunté.
Sereno, pero firme, le pedí que me contara y lo mal que sentía por ignorar. Su
respuesta fue terminante: ¡Se lo prometí a tu madre! Lo tengo todo escrito. ¡Cuando
yo parta se van a enterar de todo!
Hay silencios que protegen,
pero cuando son guardados por personas que amamos, hieren, dejan una marca
profunda.
Las heridas no nacen de lo que
ocurrió, sino de aquello que nunca fue dicho.
Hoy y con esfuerzo pude armar
algo de ese entramado de misterios.
Algunos parientes y amigos
aportaron algo de información; siempre codificada y con recelo.
Lo que no se nombra tiende a
repetirse en las siguientes generaciones en forma de conductas y miedos sin
causas claras.
Crecer con mentiras, con
verdades ocultas, induce a dudar de los otros y dificulta entablar vínculos
sanos. Una psicoanalista belga, Maud Mannoni, escribió sobre “el saber no sabido
o la tristeza sin razón”.
Sé que seguirán las preguntas
sin respuestas. Pero mientras existan los recuerdos y la voluntad de buscarlos,
la historia de mi familia seguirá viva.
Escribirla es una forma de
rescatarla del olvido. Ponerlo en palabras no cambiará mi pasado, pero si puede
ayudarme a convivir mejor con él.
No siempre escribimos para
recordar.
A veces escribimos para no cargar solos con los recuerdos.
Me lo debo yo, pero sobre todo mi hijo y mi nieto.
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