jueves, 13 de agosto de 2026

Herencia de silencios

 Alberto Castillo

 

Yo era muy pibe, seis o siete años.

Una tarde, en el club Faustino, un amigo me pregunta: “¿Che, mi viejo me dijo que tenés diferente apellido que tus hermanos?

Yo tenía dos hermanos, bastante mayores. Guillermo y Luis, del primer matrimonio de mi madre.

Salí del club y corrí a preguntarle.

Me miró, endureció su rostro y me contestó: “Decile al curioso que venga a preguntarme a mí. Y vos, ya vas a tener edad para saber”.

Nunca tuve esa edad.

Pasaron algunos años y de visita al pueblo de mi familia paterna, una prima me cuenta la existencia de una supuesta hija de mi viejo, situación que en el lugar era por todos conocida.

Mis viejos aún eran personas relativamente jóvenes.

Ni siquiera pregunté. Sabía, presentía, que era inútil.

Crecí creyendo que llegaría el día en que todo cobraría sentido.

Que alguien me relataría la historia completa.

Ese día nunca llegó.

Mi padre y mi madre partieron sin decirme nada; y las respuestas, solo por ellos conocidas.

Mi hermano Luis fue el primero en contraer matrimonio. Su esposa fue mucho más que una nuera para mi madre. Fue su confidente. La que conoce toda la historia familiar

Hace poco tiempo le pregunté. Sereno, pero firme, le pedí que me contara y lo mal que sentía por ignorar. Su respuesta fue terminante: ¡Se lo prometí a tu madre! Lo tengo todo escrito. ¡Cuando yo parta se van a enterar de todo!

Hay silencios que protegen, pero cuando son guardados por personas que amamos, hieren, dejan una marca profunda.

Las heridas no nacen de lo que ocurrió, sino de aquello que nunca fue dicho.

Hoy y con esfuerzo pude armar algo de ese entramado de misterios.

Algunos parientes y amigos aportaron algo de información; siempre codificada y con recelo.

Lo que no se nombra tiende a repetirse en las siguientes generaciones en forma de conductas y miedos sin causas claras.

Crecer con mentiras, con verdades ocultas, induce a dudar de los otros y dificulta entablar vínculos sanos. Una psicoanalista belga, Maud Mannoni, escribió sobre “el saber no sabido o la tristeza sin razón”.

Sé que seguirán las preguntas sin respuestas. Pero mientras existan los recuerdos y la voluntad de buscarlos, la historia de mi familia seguirá viva.

Escribirla es una forma de rescatarla del olvido. Ponerlo en palabras no cambiará mi pasado, pero si puede ayudarme a convivir mejor con él.

No siempre escribimos para recordar.

A veces escribimos para no cargar solos con los recuerdos. 

Me lo debo yo, pero sobre todo mi hijo y mi nieto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario