Contame una historia - Adultos Mayores - UNR
“Memoria, nombre que damos a las grietas del obstinado olvido”, dice Borges. De eso trata “Contame una historia", un curso de la Universidad Abierta para Adultos Mayores, de la Universidad Nacional de Rosario. Cada martes, vamos reconstruyendo un tiempo que las jóvenes generaciones desconocen y merecen conocer, a partir de recuerdos, anécdotas, semblanzas. Ponemos en valor la experiencia de vida de los adultos mayores, como un aporte a la comprensión y a la convivencia. (Lic. José O. Dalonso)
miércoles, 4 de diciembre de 2024
La cuadratura del círculo
Daniel O. Jobbel
Un colibrí trae otro colibrí. Un girasol trae otro girasol al compás del viento. Un río trae un pez, una yegua trajo en su lomo un tío, ese tío abuelo traerá la versión urbana de la última escena de Ionesco.
Como en mayor parte de las chacras del viejo Murphy, hablo, claro está, de las viviendas en medio de la nada, en un pueblo agricultor al sur de la bota de la provincia de Santa Fe. Una casa, construida, conviene decir, sobre una base de material, más o menos alta, con ladrillos de barro, ensamblado con mezcla de yuyo seco y lodo bien fresco. Una escalera de madera exterior de acceso; estaba compuesta por dos grandes habitaciones, una daba al camino de entrada (en este caso el campo), la que llamábamos con mi abuela materna “habitación de afuera”, y otra era la cocina con salida al patio interno, donde paseaban muy orgullosas gallinas, patos y algún pavo frente a las huertas.
Mi primo Raúl, que en realidad no era primo, sino esas amistades de larga data y que conviven con mi tío Ezio, ya que nunca supe si tenía parientes.
Mi primo prestado y yo dormíamos en la cocina, en la misma cama cuando solía pasar algunos días de vacaciones. Era Raúl unos tres años o cuatro años más pequeño que yo, pero la diferencia de edad y la fuerza, a pesar de ser toda a mi favor, nunca le impidió andar de peleas conmigo siempre, parecía que mi primo mayor siempre queriendo adelantarse en las preferencias, implícitas o explícitas, de las mocosas del pueblo.
Nunca se me olvidarán los celos locos que el pobre pibe padeció por una mocosa de quince años de ese pueblo, Murphy, llamada Sonia; delicada, de piernas bien contorneadas, con su short ajustado hasta las nalgas regando platines de lechuga en la huerta de su padre; o dando de comer en la boca al matungo que cargaba con el sulky. ¿Quién no desearía una piba así? Me incluyo. Guapa y deseada, que más tarde, muchos años después, se viniera a vivir a Rosario en los años setenta y nueve, a estudiar filosofía. Años locos al borde del caos.
Cuando me dijeron, en unas vacaciones cualquiera, que ella había regresado a Murphy, fui y pasé disimulado y rápido, casi un instante por su puerta y, durante un instante, apenas el tiempo de una mirada, me encontré con todos los años pasados. Ella estaba tecleando en su Olivetti algún informe de secretaria con la cabeza inclinada; no me vio, por eso no llegué a saber si me habría reconocido.
Del primo postizo solo supe de sus celos rabiosos por la tal Sonia. La buscaba, la espiaba y, confesión de parte, nos gustaba. Enamoramiento muy peculiar y estúpido por una mocosa que nunca le dio bolilla a ninguno del pueblo. Todavía llevo en la memoria que, pese a llevarnos como perros y gatos, más de una vez lo vi tirándose al suelo llorando desesperado por ella, escribiéndole cartas en una servilleta que nunca llegaban. Cuando finalizaba las vacaciones en la chacra, me despedía de la familia para regresar a Rosario con mis abuelos. El tipo no quería ni mirarme y, si intentaba aproximarme, me recibía a golpes y puntapiés. Una vez de mera casualidad nos encontramos con Sonia y sus padres.
El despechado primo, viendo que la joven me estaba prodigando más atenciones que a él, le entró, como era de esperar, un tal arrebato de celos de chiquillo malcriado, me tiró una tajada de sandía que estaba comiendo. Me apuntó a la cara, sin embargo, falló, solo manchó la blanca camisa. Como he dicho, andábamos a las grescas, por todo o por nada. Razón enorme que convalidaba lo dicho por mi tía abuela Agustina cuando decía del chico: “Él es malo, pero tiene corazón”.
Sin pedirle ayuda a nadie para acometer la difícil operación, el chabón de mi primo había resuelto la cuadratura del círculo. Era bueno, pero tenía corazón de cocodrilo. Éramos como los colibrí sobre una flor enamorada. Ese girasol que iluminaba los corazones.
La secuencia siguiente termina con ver treinta años después a Sonia Martínez. Separada con dos hijas de su segunda pareja un contador. Había sido fugaz pareja del tal Raúl, caído en desgracia fue denunciado por violencia y agresión hacia la mujer. La vida te da sorpresas, me dije, y seguí caminando por la vereda del sol.
Vaca
Hugo Longhi
Dijo Gardel que veinte años no es nada. Y la sentencia
quedó firme. Abrazándome a esa jurisprudencia les confesaré que mis primeras
dos décadas de vida dejaron en claro el desorden conductual que me gobernaba.
Todavía no sabía qué quería hacer conmigo ni qué camino recorrer.
Alrededor de abril de 1981 había dejado atrás veintidós
almanaques, contaba con un trabajo seguro y un ingreso mensual que, si bien no
era excelente, me alcanzaba para mis juveniles necesidades. Y andaba
aprendiendo a ahorrar.
De pronto me propuse darme un lujo, un salto de
calidad, dirían los refinados redactores, y decidí tener auto. Bah, un autito y
usado, que apenas era a lo que podía aspirar.
Fue así como una mañana salí con un amigo, avezado en
estas cuestiones, a recorrer concesionarios en busca del móvil soñado. Tras
varios intentos frustrados, finalmente en un local que creo estaba en Urquiza y
Santiago encontré algo parecido a lo aspirado y que se ajustara a las
posibilidades de mi bolsillo. Ni pensar en un Renault 12 o Peugeot 504, los
coches de moda entre la clase media de la época.
Esta era una Renoleta blanca, forma callejera o
popular de referirse al Renault 4S, modelo 1973. Lucía impecable y con sus
neumáticos bien pintaditos de negro. Un poco porque estaba cansado de ir de
sitio en sitio y otro porque me impactó de verdad, le dije a mi amigo: “Es
este”. Y fue no más.
Siguió el desafío de aprender a conducir, tarea que
estuvo a cargo de un tío que además tenía buen conocimiento de mecánica, lo
cual me vendría muy bien en el futuro. El trámite de obtener el carné
habilitante fue eso, un trámite. Por entonces, yo vivía en Granadero Baigorria
y, por lo tanto, me dirigí a la Municipalidad.
Allí me hicieron rendir un examen teórico del cual
previamente me habían llegado bastantes datos que me facilitaron su aprobación.
Luego, para el práctico, un señor me dio instrucciones sobre las pruebas que
debería superar. Lo hizo en un tono severo que me intimidó un poco y, a la vez,
hicieron crecer mis dudas acerca de un resultado exitoso. Pero, de pronto, y
tras haber finalizado la catarata de consignas, el señor dijo: “Listo, ya
rendiste”. Creo que fueron unos cuantos segundos lo que duró mi incertidumbre
hasta que caí en que el tipo me estaba haciendo un gigantesco favor. Nunca supe
por qué lo hizo, seguramente tenía pocas ganas de trabajar. En fin, yo tomé los
papeles, las llaves del auto, me subí y comencé a disfrutar la vida al comando
de un volante.
Con esa Renoleta hice algunas recorridas
interesantes, la mayoría por los alrededores, pero también me llegué hasta
Santa Fe y Paraná. Alguna vez los semiejes, el punto flaco del vehículo, me
dejaron a pie u otra vez, regresando con toda mi familia de la capital de la Provincia,
fue mi impericia o inconsciencia lo que casi me complica la vida. En plena
autopista me di cuenta de que había olvidado cargar combustible y la aguja
golpeteaba incesante e impiadosa contra el borde izquierdo del relojito. Tenía
dos opciones: volver o arriesgarme hasta llegar a Coronda. Elegí lo segundo y a
duras penas arribé a la estación de servicio, la cual fue recibida como un
oasis en pleno Sahara. Mi noble cochecito no me falló.
Toda esta perorata es el prólogo de lo que quiero
realmente contar. Cierta ocasión organicé un viaje a Corrientes con tres
amigos. Uno de ellos era originario de Mercedes, en esa provincia, donde
pernoctaríamos. El trayecto de ida se desarrolló sin inconvenientes, muchos
mates, bromas y la excitación lógica de cuatro loquitos sin mayores
preocupaciones.
El periplo incluyó una visita al santuario del
Gauchito Gil y a partir de allí, al encarar la vuelta a Rosario, comenzaron los
inconvenientes. Dejo en claro que no le echo la culpa a la venerada figura
correntina.
La ruta provincial correntina estaba hecha pedazos,
literalmente tenía más pozos que pavimento. Esto hizo que tuviera que
esforzarme al máximo al mando del vehículo el cual por momentos se tornaba
incontrolable. Habrán sido unos eternos 70 kilómetros que no solo me agotaron demasiado,
sino que además retrasaron los tiempos previstos. A la ruta principal llegamos
de noche, que no era lo más conveniente para un chofer inexperto como yo.
No obstante, el resto del recorrido transcurrió sin
mayores problemas, crucé el Túnel Subfluvial y, a la salida, en la carretera
que lleva a Santa Fe, empezó a emerger un obstáculo diría que natural. A raíz
de las grandes inundaciones de campos en esa zona, los productores
agropecuarios soltaban el ganado bovino y este, huyendo de las amenazantes
aguas, se acercaba peligrosamente a la ruta.
Y, sí, sucedió lo que están imaginando. Comenzó una
suerte de juego electrónico para esquivar vacas y cuando había superado tres o
cuatro niveles, de pronto… ¡Pum!, hice blanco en una hermosa Hollando-Argentina,
que ni se mosqueó tras el frontal impacto. Siguió caminando como si apenas le
hubiese picado un mosquito.
De nuestra parte también tuvimos bastante suerte dado
que nadie salió herido, solo uno de mis amigos que venía durmiendo en el
asiento de atrás se despertó sobresaltado. Nosotros ni un rasguño, pero la Renoletita
dijo “hasta aquí llegué”.
Seguramente el cansancio de llevar horas y horas
manejando colaboró para que no lograra evitar al bicho. Faltaba poco para que aclarara,
pero la cuestión era que estábamos en el medio de la inexistencia y tratando de
que algún automovilista se conmoviera con la suerte de estos cuatro
inconscientes que gritaban a la vera del camino.
Finalmente, un Fiat 600 paró. Era un señor de unos
cuarenta años que accedió a enganchar la linga y arrastrarnos hasta la ciudad.
Un par de nosotros subió a su auto para indicarle más o menos donde dejarnos y
los otros dos, yo incluido, quedamos dentro de la abollada estructura.
Iba a buena velocidad, yo por las dudas con el pie en
el freno por cualquier cosa, y no fue mala la prevención dado que en un momento
el señor se detuvo abruptamente, sin motivo aparente. Lo vimos salir corriendo
a velocidad para el campo. ¿Qué había sucedido? Vio unos cuantos lechoncitos y
le pareció que podía capturar alguno, cuestión que no logró. A mi bronca,
frustración y agotamiento le tenía que añadir un insulto reprimido por este
gesto impensado. Bueno, no era momento para discutirle nada. Sin chanchitos a
bordo el señor continuó con el derrotero y nos dejó cerca de un taller mecánico
que, a esa hora, aún no había abierto.
Con el radiador reparado y el capot medianamente acomodado,
aunque no enderezado del todo, la fiel Renoleta blanca completó el
circuito de retorno a la espera de su restauración total.
A partir de ese momento se inició mi desamor por los rodados. La terminé vendiendo cuando me agarró otra locura, mucho más coherente, la de tener casa propia. Y ya no quise más autos, incluso dejé vencer la credencial. Al día de la fecha no hay arrepentimientos en mí por tal conducta.
Aquel impulso juvenil terminó siendo solo un amor de verano. Me acostumbré y acepté las difíciles condiciones de ser un ciudadano de a pie. Pero, al menos, ya no gasto en combustible, cochera, seguro, patente, peajes, multas o mecánico. Ah, eso sí, siempre dispuesto a subir al primer auto de quien ofrezca llevarme, en lo posible, sin vacas a la vista.
Nuestro casamiento
Susana Dal Pastro
Nos casamos un jueves
2 de abril de 1970. Elegí la fecha, porque en ese mes habían sido las últimas
vacaciones en nuestros respectivos empleos. Caminábamos todos los días por la
ciudad. Los paseos empezaban a la tarde temprano. Recorríamos la avenida
Pellegrini; la costanera. Descansábamos un rato y volvíamos. Una tarde llegamos
hasta La Florida. Eran momentos de conversaciones y silencios. El cielo del
atardecer nos encantó y nos dijimos: “El año que viene en este mes”.
El 2 era el
cumpleaños de mi hermana. Qué mejor fecha.
La ceremonia civil
fue la mañana del mismo 2. Después fuimos a almorzar a un restaurante del
centro.
Tras la ceremonia religiosa en la parroquia
Nuestra Señora del Pilar festejamos en el salón de la Colectividad Helénica.
Una fiesta sencilla con acordes de la marcha nupcial y el feliz cumpleaños.
¿Y la torta? Lejos de lo que habíamos
imaginado. Cuando el abuelo pastelero de mi novio me conoció, me prometió hacer
él mismo la torta de casamiento. Había sido concesionario del restaurante del
Hotel Argentino de Piriápolis, donde, además, se había destacado con trabajos
en azúcar. Lamentablemente, no llegó a cumplir su promesa.
Pasadas las 24 horas del 2 de abril, toques de
oscuridad cada vez más seguidos y largos, avisaban que había que dar por
finalizada la fiesta.
Volví a casa a
cambiarme. Hermanos, primos y algunos amigos esperaron para seguir la noche en
un night club de la avenida Belgrano, donde había espectáculos de tango. Apenas
apareció el cantante Mario Bustos, empezaron los aplausos.
El público era
variado: marineros de distintos lugares (algunos pasados en copas) y parejas
que se lucían bailando.
Pronto empezaron
los brindis augurándonos felicidad. Mario Bustos, al enterarse, se acercó a
saludarnos y nos dedicó “El día que me quieras”. Gran emoción.
Siguieron más tangos
y más baile y hasta una riña, que obligó a expulsar a los implicados.
Casi al final de
la presentación, el cantante volvió a nosotros y anunció otra dedicatoria
aclarando que no era una canción para la noche de bodas; sí para un posible futuro.
Silencio. Expectativa. Música, maestro.
“No te quiero más.
Ni te puedo ver. Me dedico a la garufa. Ahora tengo otro querer”. Una gran
interpretación que provocó ovación y risas a la vez.
La noche terminaba
y teníamos que ir a la terminal. Todos nos siguieron y nos despidieron en la
plataforma del colectivo.
El domingo
siguiente saldríamos para Bariloche; pero antes pasamos dos días completos en
Buenos Aires y tuvimos la gran oportunidad de ver en el Maipo “Tokio de Noche”,
una revista musical japonesa extraordinaria.
La Luna de Miel dio
lugar a otra luna que, con cielo despejado o con nubes, con eclipses o, aún escondida,
nos acompañó por mucho más de cuarenta años.
Del teléfono a manija al teléfono inteligente
Raquel Arroyo
En lo que
respecta a la vida cotidiana creo que lo que más ha avanzado ha sido la
comunicación. El teléfono siempre fue parte de nuestras vidas, antes y ahora, y
ha sufrido unos cambios tan descomunales, que ni nosotros tenemos conciencia,
porque fuimos acompañando esos cambios.
El que está
en los anaqueles más profundos de mi memoria es el teléfono a manija. Una caja
de madera lustrosa atornillada a la pared, con una manivela a la derecha y una
especie de tubo a la izquierda. El de mis recuerdos estaba en la cuadra de la
panadería “La Marchegiana”, a la vuelta de mi casa. Ahí me mandaban a hacer
alguna llamada a mis tías o abuelos para avisar algo. Yo era muy chiquita,
tenía unos cinco o seis años, y doña Matilde me hacía pasar a la cuadra y me
subía a un mostrador de madera para que desde ahí pudiera alcanzarlo.
Descolgaba el tubo, le daba dos vueltas a la manivela y enseguida una voz me respondía:
“operadora”; y ese era el momento de pedir la comunicación. Y en unos minutos,
desde el otro lado, me respondía una voz familiar. Pasaba el recado de mi
madre, me bajaba del mostrador, la panadera me daba una tortita negra y volvía
a mi casa.
El teléfono
de la panadería siempre estaba disponible. Ahí llegaban los avisos a la
madrugada de alguna descompensación de los abuelos. Y alguno de los panaderos
llegaba a mi casa para avisar lo sucedido.
Recuerdo el
teléfono de mis tíos de calle Cochabamba (84476) y el de mis abuelos de calle
Garay (87744), que a la muerte de ellos fue trasladado a la casa de la tía
Cora, en calle Buenos Aires. En aquellas épocas tenían cinco dígitos. Mi primo,
el inventor, había ideado una especie de auriculares con partes de otro
teléfono y así podíamos escuchar entre dos las conversaciones. Nos
entreteníamos haciendo bromas inocentes, buscando en la guía apellidos curiosos
y llamando para hacer burlas.
Durante mucho
tiempo el único teléfono de mi barrio fue el de la panadería. Hasta que hubo la
posibilidad de anotarse en Entel, en una especie de lista de espera, que podía
llevar hasta veinte años. Mis padres se anotaron y a esperar... El segundo
teléfono disponible, fue el de los “viejos”, mis vecinos/abuelos. Todos los
vecinos iban a hablar ahí. Al lado del teléfono negro y lustroso había una
latita en la cual se ponía el pago de la llamada, cotizado en un cartel pegado
a la pared. Había también, una pizarra mágica y una libreta y birome atada a la
repisa de madera, para que los eventuales “llamadores”, usaran en caso de
necesitar hacer alguna anotación. Todavía recuerdo aquel número: 551378. Ya
tenían seis dígitos.
También
usábamos el teléfono público. No había muchos, el más cercano nos quedaba a
seis cuadras. Primero, funcionaban a monedas y, luego, vinieron los cospeles y
más tarde las tarjetas. Pero en el tiempo de las monedas no existía emoción más
grande que meter los dedos en el receptáculo donde las devolvía y encontrar
alguna. Ha pasado alguna vez que golpeando un poquito el aparato empezaba a
“escupir” monedas. Era una alegría tan grande como haber encontrado un tesoro,
aunque la suma no alcanzaba ni para un chupetín.
Un tiempo
después llegó nuestro teléfono. La alegría de ese día todavía la recuerdo. Como
ya habíamos sido notificados por carta, mi mamá se encargó de comprar una
mesita para tal fin. De madera y rejillas de metal, con rueditas. Un espacio
abajo para poner la guía, y al costado una estructura semicircular de metal,
que estaba pensada para poner el tubo del teléfono. ¿A quién se le ocurriría
descolgar el teléfono y dejar el tubo ahí? No sé... cosas de la época. La
mesita estuvo varios días en el comedor esperando la llegada del aparato de
Entel. Hasta que llegó. Nos tocó un número menos que a los vecinos: 551377. Nos
acompañó hasta que se vendió la casa de los viejos.
Y pasó a ser
el teléfono más popular del barrio, todos venían a hablar, pero nosotros no
cobrábamos las llamadas. Los vecinos dejaban nuestro número en sus trabajos, en
las escuelas de sus hijos, a los familiares y hasta a sus novios... Y así
estábamos, recibiendo llamadas todo el día y de todos lados. Hasta de Malvinas,
en plena guerra, cuando nuestro vecino, el señor Ramsky llamó para hablar con
su esposa.
Teníamos al
lado del teléfono un talonario de nota de venta, donde anotábamos los pedidos
que hacían las droguerías al laboratorio donde trabajaba mi padre. Y al que
atendía le tocaba anotar el pedido. El teléfono fue testigo de las
interminables conversaciones de mi hermana con su novio, hasta que el grito de
mi madre llamándola a comer la sacaba de su letargo amoroso. Las largas charlas
de mi mamá con las tías, las acercaba y mantenía al tanto de cada cuestión
familiar. Cuando me mudé con mi familia a cincuenta metros de la casa de mis
padres, un amigo que trabajaba en Entel, nos hizo una conexión clandestina llevando
el cable en altura de una casa a la otra. Y así compartíamos el teléfono.
Espero que esto no tenga que ver con la corrupción que hubo en Entel ni haya
influido en su posterior desguace...
Mi hermana,
ya casada y viviendo en otro barrio, también consiguió que le instalaran el
suyo, el 572728, que todavía tiene, porque ella es así de conservadora. Fue un
alivio para ella tener su teléfono, porque ya no tuvo que ir más a hablar de su
vecino, que había hecho de su aparato un emprendimiento. Había cola en la calle
para hablar. Él se sentaba al lado del teléfono y, mientras escuchaba la
conversación, con un reloj controlaba los minutos. Terminada la llamada,
multiplicaba el costo del pulso por los minutos hablados y cobraba lo
correspondiente. A la vez que gritaba hacia la puerta de calle: “¡El que
sigue!”. Fue el precursor de los locutorios.
Ya, más
adelante en el tiempo, los teléfonos cambiaron de color, los había grises. Y yo
tuve el mío, porque ya con Telecom el asunto era más ágil. El número era
4531807, ya tenían siete dígitos. Seis personas y un teléfono en la casa, era
bastante conflictivo. Con hijos adolescentes que querían hablar con novios y
novias y amigos. ¡Y ni hablar de la factura! Hubo que implementar el candado.
Pero solo fue posible mientras existieron los teléfonos a disco. Con los
botones sólo se podía apelar a la buena voluntad de cada integrante de la
familia. Y así fue corriendo la historia de nuestras vidas a la par del
teléfono. El teléfono fue:
Mi papá, llamando dos o tres veces durante el día
para ver si todo estaba bien y si al perro se lo había llevado la perrera.
Mi hijo, hablando horas con su novia de turno,
aunque recién llegaba de verla.
Mi hija, buscando y encontrando en el teléfono apoyo
y contención de sus compañeras durante su tratamiento por anorexia. Yo buscando
el sostén de las madres de esas chicas con quienes que nos abrazábamos a través
de la llamada.
Mi otra hija, ya casada, llamándome para decirme que
su bebé le había dicho “mamá” o para pedirme que vaya porque su hijito tenía
fiebre.
Esa amiga inoportuna que llamaba en el momento menos
indicado, para contarte sus problemas.
La maestra de mi hijo menor, avisándome que se había
caído por andar trepándose.
Aquellas llamadas sospechosas, que después
confirmarían traiciones.
Mi herramienta de trabajo en mis épocas de
telefonista y operadora.
El instrumento mediador de aquella llamada que nunca hubiéramos querido recibir y también el intermediario de aquella otra llamada que nos cambió la vida.
Desde aquel teléfono a manija hasta este celular que tengo en mis manos y que se ha transformado en una prolongación de mi cuerpo, ha pasado mucha historia, mucha vida. Ahora el teléfono ya no es más el medio para hacer una llamada. Hoy mi celular es mi cámara de fotos, mi alarma, mi almanaque, mi agenda, mi reloj, mi calculadora. Es mi asistente que me recuerda cada cumpleaños para no quedar mal con nadie. Es mi lista del supermercado, mi entrada al recital, es el turno con el médico. Es el termómetro, la máquina de escribir, el boleto de colectivo. Es la radio y el tocadiscos. Es el libro y la película. Es el noticiero y el banco. Es mi billetera, mi álbum de fotos, mi documento, mis recuerdos. Es el que a la noche me reta porque no caminé lo suficiente. Es la receta y el certificado de vacuna. Es el pronóstico del tiempo, son mis amigos que están ahí adentro. Este instrumento de dolor y de placer es el que me permite estar cerca de los que están lejos y alejarme de los que están cerca. Es mi block de notas, donde anoto esa idea que surge de repente y que termina siendo un relato como éste.
jueves, 14 de noviembre de 2024
Desandando el camino de las letras
María Cristina Piñol
Hoy
escribo, aunque no soy escritora; y, mientras veo las letras y las palabras
surgir en la luminosa pantalla de la laptop a medida que rozo apenas cada
tecla, pienso en el camino que mi generación ha transitado a través de las
formas y los distintos elementos que fuimos usando desde que empezamos a
dibujar aquellas primeras letras.
Con apenas
cinco años tomábamos el lápiz con dos deditos, dibujábamos garabatos sobre
cualquier papel y nos resultaba mágico ver los colores sobre las hojas, darles
formas a las letras, pintar una casita o un árbol o un pato. También nos daba
curiosidad saber qué tenía el lápiz dentro del cilindro de madera, aquella
famosa mina que si apretabas muy fuerte se rompía sobre la hoja, y usábamos la
Gillette para afilarla hasta que aparecieron los sacapuntas. ¿Y las gomas de
borrar? Esas pequeñas aliadas, que nos salvaban de varios errores y a veces a
falta de ellas tomabas un trocito de miga de pan, la hacías un bollito y
también borraba…
Ya en
segundo o tercer grado comenzamos a escribir con pluma y tinta, casi igual que
cuando los antiguos egipcios escribían sus jeroglíficos sobre el papiro, aunque
ellos usaban una verdadera pluma de ave y creo que de allí viene el nombre.
Trabajar con la tinta era todo un tema, las manchas aparecían por doquier, en
cuadernos, pupitres y guardapolvos. Y llegaron las gomas de borrar tinta, que
más que borrar rompían las hojas, y el papel secante para apoyar sobre lo
escrito para evitar que se desparrame. Pero también podíamos ver cómo
funcionaba esa mecánica, la pluma fina de cucharita se empapaba en el tintero y
al ponerla sobre el papel se transfería el color. Al poco tiempo llegaron las “lapiceras
a fuente”, las primeras tenían un pequeño tanque que se llenaba también en un
tintero presionando un émbolo que succionaba la tinta, luego las de cartucho,
más fácil, aunque el sistema era el mismo, solo que nada más tenías que cambiar
el cartucho que ya contenía la tinta, y le dimos así el definitivo adiós al tintero.
En esa misma época calcábamos los mapas con tinta china hasta que apareció el “Simulcop”
para aliviarnos un poco la vida, ya que contenía mapas y dibujos impresos en
papel manteca, y con solo apoyarlos sobre las hojas escolares, con un poco de
fricción se reproducía la imagen en los cuadernos. Después, llegaron las
biromes, súper prácticas, aunque era difícil borrar lo escrito, pero también
podíamos saber cómo funcionaban.
Ya en la
secundaria comenzamos a estudiar Mecanografía, las viejas Remington u Olivetti
de hierro negro y bien pesadas que tenían dos rollos de cinta que a cada
golpeteo de las teclas sobre ellos iban imprimiendo las letras sobre el papel
enrollado en el carro de hierro. Estas que describo eran solo mecánicas y, al
poco tiempo, llegaron las eléctricas, más livianas y rápidas pero el mecanismo
era el mismo. Todavía en aquella época, los libros contables se escribían a
mano, lo que llevaba a quienes estudiábamos para ser peritos mercantiles, a
cursar una materia llamada Caligrafía, donde entre otras aprendíamos a dibujar
las letras Gótica y Cursiva Alemana, un tremendo fastidio…
Hasta ese
momento, podría gustarnos o no la escritura a máquina, pero insisto que todos
comprendíamos cómo las letras se registraban en el papel, podíamos ver como al
apretar la tecla esta subía hasta el rollo y se imprimía en la hoja, no había
secretos, nada estaba oculto ni por fuera de nuestra comprensión.
Y llegamos
así hasta la gran revolución tecnológica. Hoy, escribimos, leemos, borramos,
tachamos, ensobramos, guardamos, creamos carpetas virtuales eliminamos,
copiamos y hasta firmamos electrónicamente. Sin dudas muy práctica, más rápida
y acorde a cómo va corriendo el tiempo vertiginosamente, con prisa y sin pausa.
Pero pocos
entienden cómo desde las teclas que apretamos aparecen las letras en la
pantalla, cómo se borra con una sola presión, cómo se cambian los estilos de
letras, los espacios, los tamaños del papel, etcétera, etcétera. Y, sí, todo lo
hacemos sin pensar, todo es “operativo”, creo que la curiosidad innata de los
individuos va decreciendo, ya casi nadie se pregunta los por qué y los para qué
de algunas cosas, no importan esas incógnitas, solo lo hacemos y listo.
Los que
nacimos entre los años 50, 60 y hasta 70 somos quizás lo únicos que a veces nos
preguntamos los cómo y los por qué, a los que aún nos quedan atisbos de
curiosidad, aunque de todos modos estemos también inmersos en el mundo
operativo.
Muchísimos siglos han pasado desde los antiguos escribas, otros tantos desde la imprenta de Gutenberg. Lo cierto es que la palabra escrita de una u otra forma se ha mantenido firme, ha logrado trascender en el tiempo y aún sigue vigente, aunque quizás empiece a trastabillar un poco con los audiolibros o los podcasts, y estos se re transformen en la antigua tradición oral.
Sí, me gusta escribir, aunque no soy escritora, pero confieso que hace rato que no escribo a mano, me fue ganando la vorágine de la inmediatez; no obstante, aún imprimo lo que escribo a pesar de tenerlo también en la compu, me gusta el papel, ojear mi carpeta de tanto en tanto y volver a guardarla en mi biblioteca, en la física, esa que alberga viejos libros que también cada tanto vuelvo a leer.
Té verde
Hugo Longhi
Arranco con una afirmación: no me gusta el té. Supongo
que es porque me remonta a la infancia, cuando estaba enfermo y mi mamá
solucionaba todo con un tecito.
De todos modos, no dejo de reconocer que es una bebida
artesanal, la segunda más consumida en el mundo tras el agua, según algunas
encuestas. Y varios países se disputan históricamente el liderazgo en cuanto a
producción, calidad y beneficios de esta infusión. Léase China, Japón, Corea,
India o Vietnam luchan tenazmente por convencernos de que el suyo es el mejor.
A todos ellos se les suma Inglaterra que, seguramente, habrá pirateado de estos
territorios alguna plantita y desarrolló lo suyo.
Pero mi relación con este brebaje comenzó a cambiar
hace unos veinte años a partir de un viaje que realicé a una ciudad europea
donde me encontré con un conocido, residente allí, que me llevó de recorrida.
En un momento del derrotero me propuso ir a tomar algo. Supuse que hablaba de
una cerveza o algo así pero no, adivinen, se refería a una tasa de té.
El tipo se había hecho adicto a los bares y/o
restaurantes donde servían sus distintas variedades. En este caso era un lugar
al estilo chino.
Obviamente me estaba invitando y era una descortesía
rechazarlo; así que respiré hondo, arrugué la nariz y sorbí a desgano mi tacita,
mientras él disfrutaba a más no poder las varias opciones que nos ofrecían. Además,
me iba explicando un montón de detalles. Entre las ofertadas en la cartilla
estaba el té verde. Punto y aparte.
Meses después, y disculpen que vuelva a mi afición a
escuchar radios internacionales, pero como dijo alguien, todo tiene que ver con
todo. Una de estas emisoras, Radio Internacional de China, organizó un
concurso.
El desafío consistía en responder ocho preguntas cuyas
respuestas estaban incluidas en artículos que ellos difundían. Solo era
cuestión de estar atentos. Nada del otro mundo. Intervendrían oyentes de todas
partes e idiomas y había tres escalas de distinciones, primeros, segundos y
terceros a los que se agregaba un premio especial consistente en un viaje a la
República Popular China con todos los gastos pagos.
La competencia era feroz, el máximo trofeo parecía inalcanzable
y aún con ese espíritu de derrota envié mi participación. Omití mencionar que
además del cuestionario base existía una última petición, una especie de
consulta sobre qué era lo que nos había motivado a tomar parte del certamen.
La radio era la organizadora, pero los gastos los
solventaba una provincia del sudeste chino, cuya principal fuente económica era
la siembra y explotación del té verde. A sabiendas de esto yo mencioné mi
experiencia de meses atrás con mi amigo en la casa de té. Obviamente allí me
expresé con términos super elogiosos para con la bebida. Y ya que estoy con las
frases hechas, es el momento de recordar aquello de que por interés baila el
mono.
Aparentemente a los chinos que tenían que decidir
sobre cuáles serían los ocho oyentes tocados con la “barita mágica” les cayó
bien mi supuesto fanatismo por el té verde y sí, vuelvan a adivinar, fui uno de
esos ocho.
No aguarden detalles del viaje ni mucho menos
problemas como los hubo en aquel periplo a Corea años antes. Esta vez todo se
desarrolló con normalidad, con comunicaciones mucho más avanzadas y aparte la
emisora contaba en aquellos tiempos con una corresponsalía en Buenos Aires,
donde dos chicas orientales, muy jóvenes, simpáticas y manejando un excelente
español allanaron todos los caminos.
Y así fue como gracias al detestable brebaje pude
realizar mi segundo viaje al otro lado del mundo. Algo impensado para mí. Es
por tal motivo que deberán seguir soportando que cada tanto hable de diexismo –aquella
afición a las radios lejanas– y, a partir de estas últimas dos décadas, hay un
lugarcito destacado para el beneficioso e incomparable té verde. ¿O acaso
existe una bebida más deliciosa?
domingo, 10 de noviembre de 2024
Las chicas de los 60 y los 70
María Cristina
Piñol
Atrevidas,
desafiantes y cuestionadoras. Rompimos estereotipos e irrumpimos descaradamente
en mundos que hasta entonces eran reservados para hombres. Desde la moda hasta
las profesiones fueron ganadas por mérito propio por esta generación.
Cerca de 1965, una
diseñadora de moda inglesa inició una revolución y llegaron las minifaldas. No
queríamos vernos como nuestras mamás, necesitábamos diferenciarnos y la “mini”
marcó un camino de ida. También las chicas adoptamos los “vaqueros” o jeans
como prenda diaria, esos mismos que usaban los muchachos, con cierre “adelante”
no con “cierre en la cadera” como los clásicos pantalones femeninos. Calzarnos
un Levi’s, Wrangler o un Far West era la gloria. Llegamos al mini-short,
cortito y con botas de tacos y plataformas, y en un abrir y cerrar de ojos los
bikinis se adueñaron de las playas.
De repente apareció Twiggy rompiendo el modelo
de las “chicas Divito”, basta de cinturas de avispa, caderas redondeadas y
melenas largas, derrumbando los íconos de la mujer perfecta como Sofía Loren o
Marilyn Monroe. Los vestidos ajustados dieron paso a ropas sueltas, los
cinturones que ceñían la cintura pasaron a usarse en la cadera, el “tiro bajo”,
el cabello corto, o largo, o liso o enrulado, y definitivamente instalada la
minifalda. Un repentino aire de libertad cabalgaba sobre esas prendas.
La moda
reflejaba un cambio mucho más profundo que la simple estética. Y ahí estábamos
esas nuevas jóvenes mujeres, arando caminos, arrastrando tradiciones y espiando
horizontes, descubriendo igualdades y desigualdades, ocupando nuevos lugares,
allí, en algo tan pequeño y grande a la vez como una escuela secundaria que
funcionaba aún, dentro de la Facultad de Ciencias Económicas.
Las chicas de
los 60 y 70, ya no aceptábamos fácilmente un “no”, y menos un “no, porque no”
de nadie, ni de padres, ni de profesores ni de “novios”. Las actitudes
“desafiantes” como las llamaban, tenían consecuencias: en el cole
acumulábamos amonestaciones, en nuestras casas algunas penitencias y
prohibiciones de salidas. Fumábamos a escondidas, pero besábamos en público,
bailábamos “suelto” un rock o un twist pero muy pegaditos un lento, aullábamos
con los Rolling Stones y soñábamos romances con Salvatore Adamo. Leíamos a
Marx, a García Márquez o a Simone de Beauvoir, pero no nos avergonzaba devorar
las melosas novelas de Corin Tellado. Irrumpimos en “la noche” y en las
confiterías bailables, algunas tan oscuras que debías prender el encendedor
para no errarle al “trago” y también rompimos el “tabú” que decía que a esos
lugares iban “solo mujeres de mala vida”. No todo era blanco o negro, nos
movíamos entre los tonos de grises, porque en ellos podían convivir la pasión y
la convicción junto con la tolerancia y el respeto, y lo hacíamos muy bien.
Y el camino siguió en las facultades, que ya en los 70 todas tenían casi la misma matrícula de varones y mujeres. Un mundo maravilloso en un momento demasiado tumultuoso. Centros de estudiantes, peñas, noches sin dormir, miedo a rendir, dudas de vocación, café en los bares de la facu, apuntes manchados de mate, amigos de otras provincias que aportaban sus tonadas y costumbres, guitarreadas, ensayos en casa de un amigo que tenía “una banda” de rock, encuentros y desencuentros amorosos, todo nos unía a chicas y chicos exactamente por igual. En no más de 20 años, sin mayores estridencias, pero con contundencias, el mundo femenino ya era otro. Varias fueron profesionales, otras comerciantes con negocios propios, también deportistas y artistas, y algunas, ya no la mayoría, eligieron el hogar y la familia como estilo de vida.
Ya a fines de los 70 y en los 80 muchas de aquellas chicas y chicos fuimos madres y padres, y con el cambio de siglo agregamos el nuevo “título”, abuelos, y esta es “otra historia”. La vida es así, eterno movimiento. Los 60 y 70 marcaron un límite, un antes y un después sobre todo para la mujer, y aún hay bastante camino por recorrer.