martes, 31 de octubre de 2017

Las cataratas del Iguazú

Patricia Pérez

Mi trabajo fue motivar gente para que venda, aún lo hago pero le dedico menos horas.
En 2001, cuando el país no encontraba el rumbo, se realizó junto a la empresa con la cual trabajo, un plan de motivación, viaje a Cataratas incluido.
Por ser la distribuidora que más gente había convocado, fui designada como encargada del micro.
No era un honor, era una gran responsabilidad, ya que implicaba documentos en regla, autorizaciones de menores, etcétera.
Comencé tres meses antes a organizar y mandar mensajes a mis compañeras distribuidoras para que se ocupen de su gente, pidiéndoles los requisitos para el viaje.
Llegó el día. Ese viaje tuvo un antes, un después y un final, cada parte con su condimento.
Comenzamos a recoger gente en la Terminal, luego por San Lorenzo y, por último, en Santa Fe.
Junto con la coordinadora de la empresa del colectivo comenzamos a pasar lista.
Llegó a una menor, le pregunté por su autorización y me dijo: “Viajo con mi mamá” y le respondi: “Pero necesito la de tu papá”.
Entre discusiones, la encargada de ese grupo me dijo que no la iba a dejar abajo.
Fue un momento de mucha tensión, ya que yo sabía que en la frontera no iba a pasar y debía encontrar la solución para no perjudicar a las cincuenta y nueve personas restantes.
Llegamos a la frontera y, como suponíamos, no nos permitieron pasar.
Hablamos con la empresa para la cual trabajo y nos encontraron la solución.
Yo no sabía si reír o llorar. Una cuadra antes de la frontera, en un lugar indicado, iba a estar esperando a la menor una persona que la cruzaría a través del campo a Brasil.
Así es como desaparecen personas.
Del otro lado la esperaría alguien de la empresa, que además abonaría una suculenta suma.
Hecho el trámite, el contingente se encontró sin ningún inconveniente más en Brasil.
Lo que sucedió después fueron hermosos días de diversión, desayunos de primera, piletas con jacuzzi y excursiones una más linda que la otra.
Visitamos el parque Nacional Iguazú, con esa naturaleza imponente, los animales silvestres paseando por los caminos.
Comidas típicas, bailes con disfraces. Era todo realmente fantástico.
Pero los nervios de cruzar la frontera hicieron que me sangrara la nariz y que esa posible suba de presión se presentara como un aviso.
Iba con mi marido y dos de mis hijos, la mayor y el menor, así que tratamos de disfrutar todo lo que pudimos ese viaje sin pensar en el regreso.
Y llegó el día que teníamos que volver, así que otra vez el contingente al micro.
Nuevamente el mismo procedimiento. La menor cruzando la frontera a través del campo.
Esos momentos fueron interminables hasta que apareció la chica nuevamente en el edificio de teléfono.
Otra vez la normalidad. Suelo argentino.
Emprendimos la vuelta cargando nuestra energía en las minas de Wanda. ¡Qué sensación vibrante!
Después de ese viaje con tantos condimentos, no recibí más que agradecimientos de la gente que lo compartió. 
Eso hace que, a pesar de los contratiempos, mi trabajo valga la pena.

1 comentario:

  1. Todo vale la pena en la vida incluso la trampita para cruzar aunque sea peligrosa, (somos argentinos, que más se puede pedir de nosotros?)
    Me gustó tu relato Patricia.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar