Mirta Prince
En
mi niñez, Arrecifes era un pequeño pueblo. No había demasiadas opciones en
aquella época para los que deseábamos estudiar.
Escasas
propuestas, para los que estábamos cerca del inicio de la etapa secundaria.
Hacía
muy poco que el instituto San Bartolomé ubicado en Lamadrid y España, de
carácter privado, al que concurrían los que podían abonar la cuota, había
dejado de funcionar
Sabíamos
que había trámites, reuniones, promesas de lograr tener el Colegio Nacional en
la localidad. Este sería ubicado en el mismo lugar del Instituto, cuyas aulas,
galerías y patio no eran más que dependencias de un antiguo hotel.
En
pocos días ¡buenas noticias! Llego la inscripción, muy numerosa. Lograron tres
divisiones con gente que venia de Santa Lucia, Pueblo Doyle, La Delia, La
Nélida, Seña, Pérez Millán, La Violeta, La Luisa y Capitán Sarmiento.
Los
profesores, algunos inolvidables, nos hablaban con respeto, destacaban nuestros
logros y errores.
Pero…
no todo era paz. Ya nos habían dado referencias de Silvia, como una persona
extraña, inestable que no demostraba paciencia, ganas de escucharnos,
enseñarnos. Nada le conformaba y no tenía en cuenta que no a todos le gustaba
el arte. Dentro del colegio era catalogada como “la solterona inaguantable”,
mala, siempre quejosa, irritada, malhumorada.
El
grupo de Santa Lucia era “terrible”, siempre metidos en algún problema.
Ella
no tenía “onda” con ellos.
En
una conversación, la docente manifestó que no le gustaban los pájaros, le
provocaban molestia, irritación, desagrado. Creo que fue un error.
Hubo
un incidente menor, que pasó sin problemas.
Pasaron
algunos días feriados y volvimos a tener plástica.
Y,
entonces, estalló el conflicto.
Notamos
algo raro, habían traído una caja, aflojado la puerta del sótano, un deposito
de cajas y bártulos en desuso. Estaban como deliberando, organizando.
Nos
dispusimos a trabajar y ahí nomas un pájaro, un gorrión, voló en dirección a
Silvia.
Ella
se asustó, corrió y se tropezó con la tarima, y cayó golpeándose la cabeza, y el
gorrión se estrelló contra el pizarrón.
Alguien
del curso corrió a buscar ayuda a la Secretaría; y, ahí nomas, llegaron
preceptores y directores.
Nosotros
no acusamos, dijimos no saber nada, negamos todo, y afirmábamos que la ventana
estaba abierta y que por allí habrá entrado…
Las
cosas no terminaron ese día.
Al
día siguiente, nos dijeron que teníamos que contar por escrito lo que sucedió.
En pocas palabras, querían que nos acusemos. ¡no lo lograron!...
Citaron
a los padres y no se presentaron.
La
docente fue reemplazada. Por suerte, llegó Evelia.
Las
cosas cambiaron, nos enseñaba, explicaba, escuchaba, hasta incluso se reía.
Ese episodio quedó grabado, pasaron los años y lo recordamos en cada reencuentro.
Y Martita, que viajaba diariamente con ellos siempre, dijo: “Juro, juro que no vi nada”.
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