Mónica Mancini
En la cuadra en
la que yo vivía, por la década del sesenta, las maravillosas calles de tierra,
nos daban mucha libertad a los chicos, ya que pasaba un auto muy de vez en
cuando. Todo estaba cerca y habilitado para entrar y salir de las casas de los
vecinos. Era época de puertas abiertas, literalmente.
Había varios
negocios, a saber: el almacén de don Eugenio, la verdulería de don Moran, la bicicletería
de los Dini, el taller de costura de doña Enriqueta, la carnicería de mi papa.
Pero lo mejor de todo era el kiosco de la Pirucha, gran personaje, no solo de
la cuadra, sino del barrio.
En su esquina
se reunían las vecinas a la tardecita en verano y a la hora de la siesta en
invierno, y se armaba un grupo interesante en el que se charlaba de las ultimas
noticias del barrio. Lo podría trasladar a nuestra época como un Facebook solo
basado en la oralidad, pero con una cantidad de detalles, a los que le ponían like
pocas veces.
Lo que más
disfrutaba la Pirucha eran los carnavales, cada año diseñaba y se inventaba un
disfraz distinto, visitaba las casas y a veces no la reconocíamos. Del que más
me acuerdo es el de Miss Universo, con una malla negra y la cinta cruzada
alusiva al concurso. Ya siendo una señora grande era muy jugada, de vanguardia.
Ella no solo vendía
golosinas, también artículos de mercería, de perfumería y remedios. En fin,
tenia casi todo lo que los chicos necesitábamos.
Pero eso no era
importante para nosotros. Lo que nos atraía era que tenía la capacidad de ser
Celestina, o de oficiar de correo del amor. Era la cómplice perfecta para armar
escapadas a escondida de los padres.
Su kiosco
estaba ubicado justo en la esquina, donde se formaba una ochava. Allí, se
juntaba la barra de pibes del barrio, todos ya adolescentes con sus bicis
y sus picardías, pasaban horas sentados en un tronco, tomaban una Coca y
también comenzaban a fumar sus primeros cigarrillos, los que Pirucha les vendía
sueltos y formaba parte de un pacto de silencio: los padres no se debían
enterar. Aunque eran muy conocidos por ella, no traicionaba.
En mi cuadra éramos
cuatro chicas de más o menos la misma edad, coincidente con las de los galanes
que se instalaban en la esquina. No podíamos juntarnos con ellos, porque no nos
dejaban. Es por eso que la Pirucha era tan importante. La comunicación era
totalmente epistolar. Íbamos a comprar un Bazooka y le dejábamos una cartita
con el nombre del destinatario muy bien definido y, luego, allí también
encontrábamos la respuesta. El encuentro se producía, pero lejos de la esquina
y del radar de los padres, bastante prejuiciosos en aquellos tiempos.
No conservo
ninguna foto de ella. No era fácil en esos tiempos registrar esos momentos tan
llenos de emoción, no había forma de plasmar en algún lugar esos latidos
acelerados del corazón, cuando ella te entregaba un sobrecito con las palabras
amorosas del chico que te gustaba.
Pero la
recuerdo muy bien, su cara redonda, su pelo negro y su picardía, su doble
sentido. Un personaje del barrio para no olvidar.
Pasados los
años ya no necesitábamos de sus servicios de “correo sin estampilla”, la vi
envejecer haciéndole frente al paso del tiempo. Hasta sus últimos días armaba
la rueda de vecinas en la esquina de su casa y contaba chistes sobre las
enfermedades y las competencias perdidas con la edad. A tantas convocaba que
muchas personas pensaban que allí había un geriátrico.
En estos
momentos estoy pensando que nunca supe su nombre ni su apellido, pero no me
hace falta, me resulta tan sonoro y tan cálido… Pirucha, Piru, sabor dulzón del
chicle Bazooka o del Yum Yum, perfume intenso del sachecito de champú Sedal,
suavidad del sobre dónde venían los mensajitos de esos primeros amores…
Su apodo trae
de nuevo todas esas sensaciones de adolescente, un pasaje por los recuerdos que,
como quien dice, es volver a escuchar al corazón.
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