jueves, 16 de abril de 2026

La esquina de Pirucha

Mónica Mancini

 

En la cuadra en la que yo vivía, por la década del sesenta, las maravillosas calles de tierra, nos daban mucha libertad a los chicos, ya que pasaba un auto muy de vez en cuando. Todo estaba cerca y habilitado para entrar y salir de las casas de los vecinos. Era época de puertas abiertas, literalmente.

Había varios negocios, a saber: el almacén de don Eugenio, la verdulería de don Moran, la bicicletería de los Dini, el taller de costura de doña Enriqueta, la carnicería de mi papa. Pero lo mejor de todo era el kiosco de la Pirucha, gran personaje, no solo de la cuadra, sino del barrio.

En su esquina se reunían las vecinas a la tardecita en verano y a la hora de la siesta en invierno, y se armaba un grupo interesante en el que se charlaba de las ultimas noticias del barrio. Lo podría trasladar a nuestra época como un Facebook solo basado en la oralidad, pero con una cantidad de detalles, a los que le ponían like pocas veces.

Lo que más disfrutaba la Pirucha eran los carnavales, cada año diseñaba y se inventaba un disfraz distinto, visitaba las casas y a veces no la reconocíamos. Del que más me acuerdo es el de Miss Universo, con una malla negra y la cinta cruzada alusiva al concurso. Ya siendo una señora grande era muy jugada, de vanguardia.

Ella no solo vendía golosinas, también artículos de mercería, de perfumería y remedios. En fin, tenia casi todo lo que los chicos necesitábamos.

Pero eso no era importante para nosotros. Lo que nos atraía era que tenía la capacidad de ser Celestina, o de oficiar de correo del amor. Era la cómplice perfecta para armar escapadas a escondida de los padres.

Su kiosco estaba ubicado justo en la esquina, donde se formaba una ochava. Allí, se juntaba la barra de pibes del barrio, todos ya adolescentes con sus bicis y sus picardías, pasaban horas sentados en un tronco, tomaban una Coca y también comenzaban a fumar sus primeros cigarrillos, los que Pirucha les vendía sueltos y formaba parte de un pacto de silencio: los padres no se debían enterar. Aunque eran muy conocidos por ella, no traicionaba.

En mi cuadra éramos cuatro chicas de más o menos la misma edad, coincidente con las de los galanes que se instalaban en la esquina. No podíamos juntarnos con ellos, porque no nos dejaban. Es por eso que la Pirucha era tan importante. La comunicación era totalmente epistolar. Íbamos a comprar un Bazooka y le dejábamos una cartita con el nombre del destinatario muy bien definido y, luego, allí también encontrábamos la respuesta. El encuentro se producía, pero lejos de la esquina y del radar de los padres, bastante prejuiciosos en aquellos tiempos.

No conservo ninguna foto de ella. No era fácil en esos tiempos registrar esos momentos tan llenos de emoción, no había forma de plasmar en algún lugar esos latidos acelerados del corazón, cuando ella te entregaba un sobrecito con las palabras amorosas del chico que te gustaba.

Pero la recuerdo muy bien, su cara redonda, su pelo negro y su picardía, su doble sentido. Un personaje del barrio para no olvidar.

Pasados los años ya no necesitábamos de sus servicios de “correo sin estampilla”, la vi envejecer haciéndole frente al paso del tiempo. Hasta sus últimos días armaba la rueda de vecinas en la esquina de su casa y contaba chistes sobre las enfermedades y las competencias perdidas con la edad. A tantas convocaba que muchas personas pensaban que allí había un geriátrico.

En estos momentos estoy pensando que nunca supe su nombre ni su apellido, pero no me hace falta, me resulta tan sonoro y tan cálido… Pirucha, Piru, sabor dulzón del chicle Bazooka o del Yum Yum, perfume intenso del sachecito de champú Sedal, suavidad del sobre dónde venían los mensajitos de esos primeros amores…

Su apodo trae de nuevo todas esas sensaciones de adolescente, un pasaje por los recuerdos que, como quien dice, es volver a escuchar al corazón.

  

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