Susana Dal
Pastro
La puerta del frente es una
hoja azul sobre un escalón oscuro de granito. La abro y me recibe El Pipo.
El Pipo es perfumado,
colorido. Y siempre alguna flor se mece cuando suenan el piano o el violín de
mis hermanos y primos. También hay nidos en El Pipo.
Del laurel de El Pipo pende mi
hamaca. Me encanta hamacarme.
En El Pipo corro con el
triciclo, meriendo, riego las plantas. Me empapo con la manguera si hace calor.
En El Pipo me divierto.
Los años modificaron la casa.
El frente se convirtió en un
gran salón ocupado por mostradores, estanterías y escritorio. Un cartel
luminoso sobre el espacio aéreo de la vereda lo destaca con el nombre de la
sociedad comercial.
Ahora se entra a la
casa por una puerta gris que abre al pasillo; sigue el patio de adelante, así
lo llamamos. Dos escalones. Un gran hall que conecta, a través de las puertas y
banderolas de siempre, a dormitorios y comedor. Un patio más, bordeado de
macetas, una parra de uva chinche y, casi en el centro de manzana, la cocina
enorme y, a un costado, el baño grande. Y más atrás, el “patiecito-lavadero”
No queda nada de todo eso.
Salvo los recuerdos.
Hace poco, conversando con mi
prima Lita, que atesora momentos familiares con fechas, nombres y apellidos,
recordamos los perros que siempre nos acompañaron. Yo conocí solamente a
Maletín y a Chiquita, los dos pichichos con los que jugábamos en la quinta de
mis tíos en Ybarlucea.
Me cuenta mi prima que mucho
antes hubo otro perro, el Pipo, compañero muy querido. Un fox terrier de pelo
liso, un guardián acostumbrado a pasear y viajar en sidecar a cuanto lugar
fueran mi tío y mi papá. Se acomodaba en su lugar y allá iban los tres tanto
por la ciudad y alrededores, como a Santa Fe, Córdoba o Buenos Aires.
Por esos años, la familia tenía una casa de fin de
semana en General Lagos; lugar de descanso, reuniones con amigos, espacio de
prueba de motores. Fue allí donde un día, inexplicablemente, el Pipo corrió
hacia las ruedas del camioncito en marcha terminando gravemente herido. Pipo ¿creíste
que nos iríamos sin vos? ¡nunca te dejaríamos olvidado!
Se hizo lo que se pudo para
reanimarlo, pero el golpe había sido mortal. Con amargura lo trajeron a
Rosario. Llorando, lo enterraron en el gran jardín que desde aquel día se
convirtió en El Pipo. El Pipo donde me hamaqué, jugué, comí, regué las plantas,
me divertí.
Conocer la historia de El Pipo volvió mágica mi casa.
Ahora, cuando abro esa puerta, un jardín para las orejas en señal de alerta. Lo huelo. Me huele. Le sonrío. Me sonríe. Lo contemplo y él, manso, mueve la cola saludándome.
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