Paula Corna
“Hermosa mía”. Así, me llamaba, ya que mi nombre no
recordaba, no me importaba, yo sabía quién era él, era mi papá, hermoso mío.
Todo comenzó en el año 2018. Papá manejó desde los 18 años, fue
a renovar su carné de conducir con 78 años y lo hicieron volver a su casa, le
dieron otra fecha y otra vez volvió con un pedido de visita a un neurólogo, no
aprobó, no volvió a manejar más en su vida. Fue muy duro para él, de a poco iba
perdiendo de hacer cosas que en toda su vida las había realizado.
Y así empezó el deterioro de sus neuronas, lentamente y esa
horrible enfermedad llamada Alzheimer fue diagnosticada.
Pastillas parches, consultas a especialistas, terapias de
familia y, poco a poco, papá ya no era el mismo de antes.
Siempre fue una persona de pocas palabras, las justa y
necesarias, le gustaba el tango, folclore, jugar al chichón, tomar mate, también
una rica cerveza fría o una buena copa de vino tinto, compañía no le faltaba.
Iban pasando los días, meses, años y la enfermedad también
avanzaba, hasta que papá no pudo más cambiarse solo, comer solo, ir al baño
solo, dependía de otros.
¡Qué enfermedad tan cruel, cómo es posible que una persona
se olvide de todo!
Pero nos decían: “Tranquilos él no sufre”. Claro, éramos
nosotros que al verlo deteriorándose día tras día sufríamos.
“Hermosa mía”, así me llamó los últimos días de su vida y qué
lindo sonaba cuando me lo decía con una sonrisa.
Lo extraño mucho, extraño sus fuertes abrazos, sus consejos,
su escucha siempre atenta; cada tanto escucho “Naranjo en flor” o “Cambalache”;
o “Zamba de mi esperanza” o miro las estrellas y me acuerdo de él.
Hermoso mío, ya no estás físicamente pero siempre lo estarás
en mi corazón.
Tu hermosa mía.
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