Mariela Losano
A la vuelta de mi casa, había una hilera de paraísos de
esquina a esquina, bordeando la zanja. El tercer árbol era mi “casa de juegos”.
Con mi amiga Norma corríamos desesperadas hasta llegar,
trepábamos, nos acomodábamos, y comenzaba el juego.
Si la bici quedaba apoyada en el tronco era más fácil
subir y nos ahorrábamos un par de raspones. La rama mayor era el comedor y la
más alta en forma de “v” era el dormitorio.
La cocina guardaba cantidad de venenitos que se trasformaban
en el menú del día... o bien nos servían de defensa cuando algún pibe nos
molestaba.
El permiso para salir a jugar a la calle era, por supuesto,
después de la siesta, (momento en el que el barrio se paralizaba y moría
durante un par de horas).
Corríamos hasta la esquina sorteando las vecinas que sacaban
a la vereda sus sillas de paja, el mate enlosado y apoyaban la pava en el
suelo, sobre alguna tablita de madera. Aunque algunas más prolijas aprovechaban
a lucir sus agarraderas tejidas al crochet con los restos de lanas sobrantes de
los chalecos de los nietos.
También teníamos que esquivar a los regadores. Oficialmente
en mi cuadra eran dos. Uno, el mejor, era don Pepe: se plantaba con las piernas
abiertas en el borde de la zanja, y cuál golfista experimentado en tiros al
hoyo, introducía su palo de escoba con tarrito de duraznos en el agua, para
luego comenzar su terapia de “olor a tierra mojada”. Cuando terminaba, se
quedaba un rato observando su obra y calculando su éxito.
Llegar a nuestro “árbol-casita” era un premio luego de hacer
la tarea y lavar la taza del café con leche de la merienda.
Ahí, éramos dueñas y señoras de todo lo que pasaba. A veces
nos convertíamos en mamá, otras en cantantes famosas y más de una vez la altura
nos permitió ser espectadoras de lujo de alguna pelea o beso robado. Cosas que
no sé por qué, pero siempre pasan en una esquina.
Nos sentábamos con las patitas colgando. Pienso que, al no
tener los pies en la tierra, nuestras cabezas eran totalmente libres y
felices.
No recuerdo cuándo dejé de subirme al árbol.
Pero nadie sabe de mi dolor cuando un día volviendo de la
secundaria, la calle estaba cortada, el pavimento avanzaba, y unas máquinas
enormes y ruidosas aplastaron la hilera de paraísos como si fueran
Tiranosaurios Rex enojados con la vida destruyendo todo a su paso.
Llegué a casa sin ganas de hablar. Con la imagen de una
maraña de troncos y ramas amontonadas en un rincón.
Me senté en la silla de la cocina y me di cuenta de que mis
pies no quedaban colgando.
Hoy... después de muchos años, todavía me gusta juntar
venenitos y probar puntería mientras camino.
La calle ya no es de tierra.
Norma no está.
Don Pepe tampoco.
O quizás sí.
Mientras tanto sonrío, aunque el mundo siga
equivocado.
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