jueves, 17 de septiembre de 2026

Expertas en venenitos

Mariela Losano

 

A la vuelta de mi casa, había una hilera de paraísos de esquina a esquina, bordeando la zanja. El tercer árbol era mi “casa de juegos”.

Con mi amiga Norma corríamos desesperadas hasta llegar, trepábamos, nos acomodábamos, y comenzaba el juego. 

Si la bici quedaba apoyada en el tronco era más fácil subir y nos ahorrábamos un par de raspones. La rama mayor era el comedor y la más alta en forma de “v” era el dormitorio. 

La cocina guardaba cantidad de venenitos que se trasformaban en el menú del día... o bien nos servían de defensa cuando algún pibe nos molestaba. 

El permiso para salir a jugar a la calle era, por supuesto, después de la siesta, (momento en el que el barrio se paralizaba y moría durante un par de horas). 

Corríamos hasta la esquina sorteando las vecinas que sacaban a la vereda sus sillas de paja, el mate enlosado y apoyaban la pava en el suelo, sobre alguna tablita de madera. Aunque algunas más prolijas aprovechaban a lucir sus agarraderas tejidas al crochet con los restos de lanas sobrantes de los chalecos de los nietos. 

También teníamos que esquivar a los regadores. Oficialmente en mi cuadra eran dos. Uno, el mejor, era don Pepe: se plantaba con las piernas abiertas en el borde de la zanja, y cuál golfista experimentado en tiros al hoyo, introducía su palo de escoba con tarrito de duraznos en el agua, para luego comenzar su terapia de “olor a tierra mojada”. Cuando terminaba, se quedaba un rato observando su obra y calculando su éxito. 

Llegar a nuestro “árbol-casita” era un premio luego de hacer la tarea y lavar la taza del café con leche de la merienda. 

Ahí, éramos dueñas y señoras de todo lo que pasaba. A veces nos convertíamos en mamá, otras en cantantes famosas y más de una vez la altura nos permitió ser espectadoras de lujo de alguna pelea o beso robado. Cosas que no sé por qué, pero siempre pasan en una esquina. 

Nos sentábamos con las patitas colgando. Pienso que, al no tener los pies en la tierra, nuestras cabezas eran totalmente libres y felices. 

No recuerdo cuándo dejé de subirme al árbol. 

Pero nadie sabe de mi dolor cuando un día volviendo de la secundaria, la calle estaba cortada, el pavimento avanzaba, y unas máquinas enormes y ruidosas aplastaron la hilera de paraísos como si fueran Tiranosaurios Rex enojados con la vida destruyendo todo a su paso. 

Llegué a casa sin ganas de hablar. Con la imagen de una maraña de troncos y ramas amontonadas en un rincón. 

Me senté en la silla de la cocina y me di cuenta de que mis pies no quedaban colgando. 

Hoy... después de muchos años, todavía me gusta juntar venenitos y probar puntería mientras camino. 

La calle ya no es de tierra. 

Norma no está. 

Don Pepe tampoco. 

O quizás sí. 

Mientras tanto sonrío, aunque el mundo siga equivocado. 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario