Susana Dal Pastro
En nuestra casa siempre hubo
tiempo para la música. Flamenco, jotas, pasodobles, de un lado. Barcarolas,
canzonetas y tarantelas, del otro. Todo alternado con tangos, valses,
rancheras, zambas.
Teníamos piano y mis primos
también un violín; aprendían con la profesora y vecina Rosa de Sasso, que hacía
lo imposible para que todos escucharan y estudiaran música. Su casa siempre
estaba abierta para los chicos del barrio que quisieran entrar y presenciar sus
clases. Además, les permitía jugar en el jardín. Tenía una jaula inmensa llena
de pájaros y una pecera con variados peces de colores. Jack, el perro flaco y
alto, que conocía a todos, ladraba suave y cortito invitando a pasar. Rosa
también promovía a ARDAL, Asociación Rosarina de Artistas Líricos, que difundía
y promovía la ópera y la música clásica, institución de la que éramos socios.
Íbamos seguido al teatro. Mi
mamá siempre recordó al famoso “Colón” de calle Corrientes y Urquiza, demolido
en 1958.
Yo era muy chica cuando fuimos
a ver a Carmen Amaya en “La Comedia”. La bailaora cautivó al público en un
diálogo entre taconeo y cante jondo. Carmen Amaya actuaba con toda su familia y
aquella noche sus sobrinos muy chiquitos emocionaron con tanta gracia y talento.
También vimos a Lola Flores y
su compañía. Pedrito Rico, un ídolo que enamoraba a las chicas y enfurecía a los
muchachos. Ángel Pericet y la escuela bolera.
No perdíamos ocasión de ver
comedias con protagonistas como Luis Sandrini y su compañía. O Ernesto Bianco,
otro grande y querido actor. Y, por supuesto, patinaje sobre hielo y circos,
mis favoritos.
Tras larga enfermedad falleció
mi hermano y mi mamá quedó destrozada. Lo llamaba. Lo buscaba por la casa, por
el taller. Había adelgazado mucho. No se asomaba a la calle. No salía de su
tristeza.
Y fue pasando el tiempo.
Un día vimos el anuncio de la
presentación de Nati Mistral en el teatro El Círculo. ¿Y si vamos? Fue una actuación fabulosa. A teatro lleno.
Increíble ver a mi mamá saltando en la butaca celebrando cada gesto, cada
palabra de la Nati. Finalizada la función, apurada y sin permiso, se fue a
saludarla al camarín. Y, por supuesto, hubo una fotografía que llegaría a casa
en pocos días.
Mi mamá era otra. Charlaba, se
reía. Había empezado a ocuparse otra vez de la cocina y volvió a prepararnos
nuestros platos preferidos, sabrosos como siempre.
Una mañana de mandados, mi
mamá fue a la carnicería de la cuadra y al entrar, el carnicero que nos conocía
bien y estaba al tanto de nuestra situación, la saluda con un “¡Ajá! ¿con que
anda por ahí sacándose fotos con artistas?”.
Al no encontrar la casa, al
fotógrafo se le ocurrió entrar en la carnicería y preguntarle al carnicero si
conocía a la señora de la foto.
Poco a poco la vida retomó su curso y nos regaló otra gran noche con Mariano Mores y su orquesta. Inolvidable espectáculo, continuador de más veladas compartidas.
Nunca intenté enviarle un saludo de agradecimiento a Nati Mistral. Y lo lamento. Estoy segura de que le hubiera gustado saber todo lo que ella sola había logrado con la poesía de aquella noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario