miércoles, 16 de septiembre de 2015

Memorias de un ferroviario

Susana Olivera

“Yo hablo lombardo y piamontés.”
Lo hablo con mi buena esposa Pina, cuando al final del día nos sentamos en nuestros banquitos bajos en el andén de la estación mirando la puesta del sol.
Mientras, Pina teje.
Nos gusta hablar en piamontés, es dulce, sonoro y nos trae recuerdos… montones… Algunos, de la patria vieja cuando éramos chicos; otros, los más, de cuando vivíamos en Colonia Candelaria con la familia y otros italianos que también había traído junto con mis padres don Carlos Casado… las mesas grandes, todos gritando como si fuéramos sordos…
Y es hermoso mirar el horizonte ancho, limpio, con algún árbol o mata dibujado con lápiz negro, allá lejos, donde nos alcanza la vista… Y el sol redondo que baja y baja y… ¡ya, ya se ocultó! Queda el cielo rojo tiñendo los pastizales por un tiempo hasta que de golpe cae la oscuridad.
Yo trabajaba en el ferrocarril como pesador de vagones cuando vivía en Candelaria; mi compañero don Cicinio Torresani me había cambiado el turno, porque yo no podía trabajar de noche por un problema que tenía en la vista. Se lo agradeceré siempre, porque el sueldo del pesador era bueno y me permitió casarme con mi novia, Cándida, Pina. Fue el 5 de diciembre de 1920.
Como sabía telégrafo, tenía una muy hermosa caligrafía y había ocupado distintos cargos en el ferrocarril, me nombraron a los cuatro años de casados como jefe de Estación en Santa Emilia. Y acá estamos, un lugar solitario, a 180 kilómetros de Rosario, sin vecinos cercanos, sin negocios donde comprar lo necesario para vivir. Tenemos dos hijitos pequeños, tres años Cesarito y uno Tita.
El puesto de jefe de Estación es como la vida del caracol que lleva siempre la casa a cuestas. Así, le ocurre al jefe de Estación. Nosotros cargamos todos nuestros muebles y utensilios en un vagón, llegamos y los ubicamos acá en la vivienda que nos provee el ferrocarril, a un costado de la Estación. Y haremos igual cuando nos trasladen de Santa Emilia a otro destino que no conocemos.
Recuerdo cuando llegamos a Santa Emilia… Escuchaba a Pina llorar a escondidas por el estado que se encontraba la casa, muy fría, paredes descascaradas, el baño muy sucio… Y también por la soledad.
Yo lloraba sin lágrimas. Había que salir adelante. Y luchamos. En un par de días blanqueamos las paredes, nos hicimos un brasero que alimentábamos con leña seca, ya que había mucha en la estación, limpiamos el baño con ácido muriático y solamente ¿solamente?: faltaba ver cómo conseguíamos las provisiones. Recogimos el grano que caía de la carga de los vagones; Pina lo cocinaba. Lo que habíamos llevado se acababa rápidamente…
Había dos estancias separadas por las vías: Santa Emilia y Santa Isabel. En la primera, el administrador era Mister Stephen Cox (don Esteban) y en la segunda Mister John Harper.
Una semana después de nuestra llegada nos visitó el señor Esteban Cox. Su visita nos devolvió el alma al cuerpo. Nos dijo que la estancia nos daría dos kilos de carne diarios, granos, sebo para hacer jabón y nos prestaría una vaca para la leche. Así se había hecho siempre con el jefe de estación. Además, nos dijo que cada ocho días, venía de Hughes Pacífico Ricciputi, el panadero, y nos dejaba el pan.
Sí, nos volvió el alma al cuerpo. Nos secamos las lágrimas y Pina y yo dijimos ¡a seguir trabajando! No estábamos solos.
Construimos un gallinero, habíamos traído cuatro gallinas y un gallo; dispusimos un terreno próximo a la casa, lo desmalezamos y comenzamos la huerta. También sembramos papas ayudados por personal del ferrocarril, que vivía en campos cedidos por ambas estancias.
Tiempo más tarde nos visitó el señor Harper y nos trajo ocho gallinas más. Ya teníamos huevos frescos. Además, pollitos que cuando crecían aumentaban nuestra dieta y hasta llegamos a venderlos.
La vida era dura, pero ya sin lágrimas; con el tiempo compramos la vaca, mandábamos huevos y pollos a Rosario para venderlos, también vendíamos verduras de nuestra huerta y llegó el momento en que casi podíamos guardar el sueldo que nos ganábamos en el ferrocarril.
Hicimos amigos entre el personal del ferrocarril, cargadores, apuntadores, pesadores, cambistas, señaleros. No estábamos solos. Los domingos nos venía a buscar en un sulky un colono, Sinforoso Barrera, que trabajaba en la estancia y tenía cuatro hijos de edad parecida a los nuestros. La esposa doña Asunta, se había hecho muy amiga de Pina y era muy agradable estar con esta gente laboriosa y sencilla, que nos recibía con abundante comida y enorme cordialidad y que, como nosotros, estaban perdidos en la soledad. Los chicos, que estaban creciendo sanos y fuertes, disfrutaban la compañía de sus amiguitos, quienes les enseñaron a andar a caballo, a hacer nudos en el lazo y otros juegos infantiles.
No existía el transporte en camiones, así que llegaban a la estación varios trenes diarios para cargar grano y ganado, además trenes de pasajeros y yo alternaba mis tareas como jefe con las labores de campo para ayudar a Pina. Era ella quien trabajaba la tierra.
En una oportunidad un linyera me pidió trabajo y yo lo mandé a ayudar a Pina; le decían “el Barba” y estuvo con nosotros mucho tiempo, su “casa” era un vagón en desuso. Hasta que un día pudo más su veta de trashumante y partió en busca de su rumbo.
Así, se pasaba la vida, trabajábamos duro, en la estación se luchaba contra la falta de agua, el molino era muy viejo, y si no había viento… solo nos quedaba el agua que guardábamos en el aljibe, pero estábamos juntos, teníamos estabilidad y paz y veíamos progresar a nuestros hijos, nuestros ingresos y nuestra capacidad económica.
Nos daba gusto ver nuestra obra: las alacenas repletas de conservas que hacíamos con el producto de nuestra huerta, salsas de tomate, dulces, escabeches de perdiz y martineta que yo solía cazar ayudado de mi fiel perro Top, el gallinero que ahora tenía también pavos y gansos, con la leche de nuestra vaca preparábamos manteca, crema y quesillos, atendíamos la huerta y los terrenos linderos sembrados con papa, trigo y una sola vez lino.
El día era largo, de trabajo intenso, por eso nos gustaba el momento de descanso y mirar la puesta de sol charlando con mi buena esposa Pina en nuestra lengua natal… A veces cantando. Cuando caía la noche, entrábamos en nuestra casa y escuchábamos radio: ahora teníamos una “Atwater Kent”, nos la había regalado don Esteban Cox.
Pero no todo era trabajo… se hacían grandes fiestas que duraban el día entero en las estancias… se comía asado con cuero, empanadas, tortas variadas, se jugaba a las carreras, a la taba, se disfrutaba de música, de canto y baile… siempre había yerra y también doma…
Se contaban anécdotas.
 En una de estas fiestas John Harper contó en su castellano chapurreado y el whisky dándole vueltas por la cabeza, lo que había ocurrido a “un gringo”, Fortunato Citadini, hombre que se había aquerenciado en su estancia y vivía en un galpón en el que se guardaban herramientas, junto con su mujer “La Angiulina”.
 “Ehhhh, estoooo, Foochunateu atiende chivos y ceedos…los alimenta y limpia los corales y…ahh estoo… y io le daba comer a los dos y lugar para dormir… y unos pesos para cigariios…Foochunateu habla italiano, pego no entendible, un dialetou, I believe… Un día… llega coriendou… guitando y iorando…”: “¡La vecchia fu topata!¡La vecchia fu topata!”
¿La vecchia? ¿Qué vecchia?- ¿ es la Angiulina?- pegunto.
Futopata, futopata… mamma mia, futopata…- se agaraba la cabeza con las manos.
¿Dónde está la vecchia?
—.. a vechia fu topata…
Síi, yes, vamos a veela. …- corimos todos con él.
—¡Ayyy! Mamma mía… No se despierta La Angiulina…fu topata… ¡È morta! …
Ahhh, la Angiulina ehhh ¿la vecchia…?
Cherto, la vecchia…
Well, la Angiulina esta cabeza abaxo en el coral de los ceedos, toda sucia ehhh e inconsciente… un chivo le topó poo atrás al estaa agachada y ella pega la cabeza con palo del coral… “Fu topata”… La tuvimos que ehhh… levantar y lavar. Solo se golpeó. Al fin, abrió los ojos y dijo: “uyuy… siamo tutti rovinati”.
Cómo nos reímos… tan graciosa la mezcla de idiomas, el hablar del señor Harper… el vinito que todos habíamos disfrutado, nuestros pocos años, la vida simple de toda esa gente trabajadora, haciendo crecer el campo y el ganado.
Yo… hablo lombardo y piamontés. También un poco de inglés con lo que me entiendo con don Esteban y John Harper…
Estamos en nuestra cocina después de la fiesta.
Mi buena esposa Pina teje… Yo escucho la radio… los chicos juegan y ríen.
Pina y yo nos reímos también recordando a John Harper, su castellano, su whisky rodeándole la cabeza y su anécdota.
Miro las agujas de Pina que hacen clic clic al avanzar el tejido, miro el ovillo de lana que se mueve en la canasta como si fuera por arte de magia… como si estuviera vivo.
Dios, qué bella vida, qué felicidad.
Años más tarde fuimos trasladados a Casalegno. Pero añoro esa época de nuestros comienzos, éramos tan jóvenes, tan sanos, con tantos deseos de progresar, de ir adelante, de ver crecer nuestro destino.

(Estas “Memorias” fueron obtenidas de recuerdos contados y repetidos infinitas veces por mis padres políticos Ángel Natalio Sessa y su esposa Cándida Erba).




                                                                                                        

5 comentarios:

  1. Susana, cuánta simpleza y qué hermoso relato (como son todos los tuyos). Me quedé con ganas de más. Felicitaciones con todo mi corazón. Ana.

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  2. Sin palabras, lo disfruté.
    Gracias...
    Un abrazo.

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  3. Gracias Ana María y Luis por sus comentarios. Siempre los espero.
    Susana Olivera

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  4. Que lindos son tus relatos! Me parecía estar en el campo!
    Felicitaciones. Victoria

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  5. No me canso de agradecerles, amigos, que lean y comenten mis relatos... De deja calentito el corazón.
    Un abrazo enorme
    Susana Olivera

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