jueves, 3 de septiembre de 2015

Los higos se roban

Teresita Giuliano

Una vez escuché al genial Alejandro Dolina decir esta frase: “Los higos no se compran, doña, ¡los higos se roban!”.
Claro, eso era antes. Antes, cuando los árboles frutales abundaban en los patios, en las huertas, en los campos, en los baldíos y hasta en las veredas.
Antes.
Ligados a todos mi recuerdos de infancia. La higuera en el patio de la abuela, con sus frutos recogidos a mansalva; un ciruelo considerado precioso por sus ciruelas amarillas, dulces como la miel, pero que solo daba unas seis por año… ¡Sí, seis!, cuidadas como un tesoro hasta que maduraban y luego compartidas entre los afortunados, que siempre nos quedábamos con ganas de más.
Antes.
Cuando las granadas caían y reventaban en el suelo, en esa explosión de color y sabor que atraía a las abejas… (¿Dónde hay árboles de granada ahora?).
Los naranjos y mandarinos rebosantes a través de los tejidos de los patios, al alcance de todos. Ese olor prohibido a mandarina verde es inolvidable. “¡Les va a hacer mal, no las coman verdes”, nos decían, pero ¿cómo resistirse?
Antes.
Cuando en las veredas formaban fila las moreras blancas y negras y nos trepábamos a juntar las moras y a comerlas allí mismo, sin lavarlas, tiñéndonos las manos, la cara y la ropa, sabiendo que luego venía la reprimenda, pero ¿quién nos quita lo bailado?
Y los coquitos de las palmeras, que esos sí los teníamos que juntar del suelo y pedir permiso para ingresar a la casa donde estaban. Había una familia que vivía frente a la escuela primaria y en la época de los coquitos, hacíamos cola para entrar. Buena gente, ¡qué paciencia!
Antes.
Cuando en la temporada de los cornalines (eran como una manzanitas del tamaño de una aceituna, crocantes y dulces), nos recorríamos el pueblo ante la data cierta de que en los patios de algunos vecinos ya se hallaban maduros y listos para comer.
Nunca más los comí. ¿Aún existen los árboles de cornalines?
Y los quinotos, con su cáscara tan dulce y su corazón tan agrio. También los llamábamos “concuá”. Yo solamente les comía la cáscara.
Antes.
Cuando saltábamos la tapia del vecino, que haciendo la vista gorda nos permitía llenarnos los bolsillos de nueces y nos regalaba las ciruelas caídas.
Y en un extremo de audacia, robarle tunas al nopal, entre sus espinas defensivas, solo para probar su sabor.
Se me hace agua la boca, como antes… Y se me endulza el alma con el recuerdo, ahora.

Nota: Gracias a mis amigos y conocidos de la infancia que me ayudaron a descubrir que:
. Los cornalines son los frutos de una planta llamada mistol.
. Estas plantas aún existen en algunos patios de los vecinos de Tortugas.
. Los quinotos también se llaman kumcuat (de allí la deformación “concuá”) y fortunella.
. Tenemos los mismos recuerdos

2 comentarios:

  1. El título de tu relato debió ser: "Antes" . Narras una época donde éramos felices con la naturaleza, donde nuestras travesuras eran robar fruta. Si habré comido fruta caliente en tardes de verano, luego a correr, no por el dueño sino que el baño no estaba cerca, recuerdo las peras verdes y calientes que aparte del reto me daban mucha velocidad.
    Gracias por el recuerdo. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Bello tu texto. Me encantó la repetición de ANTES... Es como si quisieras decir... "toda la alegría e inocencia de la infancia se perdió". yo no viví eso de poder comer la fruta dirctamente del árbol... chica de ciudad...
    Un abrao
    Susana Olivera

    ResponderEliminar