martes, 9 de junio de 2015

Uno para todos y todos para uno

José Mario Lombardo

Éramos muy chicos, apenas teníamos unos diez a doce años. Aquella tarde nos habíamos reunido en el baldío de enfrente como de costumbre, en ese lugar donde jugábamos al futbol, a las escondidas y a un montón de juegos que nos inventábamos.
Aquella tarde teníamos una misión, que veníamos repitiendo todos los años siempre para la misma fecha. Entonces, cuando llegó el Jorge, nos fuimos para su casa y sacamos del galpón la rastra que usaban para preparar la quinta.
La rastra –para aquellos que no la conocen– es una plataforma de hierro muy pesada, que se apoya en largos punzones metálicos y que, al ser arrastrada por la tierra arada con la ayuda de uno a o dos caballos, rotura la tierra con su propio peso, cumpliendo la función de un enorme rastrillo, de allí, supongo, su nombre de “rastra”.
Bueno, digo que la sacamos, la dimos vuelta patas para arriba de manera que era mucho más fácil de mover y salimos por el barrio, los seis inseparables amigos, a recoger todo el pasto seco, los papeles y los trapos que encontrásemos tirados por la calle.
La mayor cantidad de pasto, la conseguimos frente a las vías del ferrocarril, en el alambrado que corría junto a la que todos denominábamos “zanja de la vía” y, así, amontonamos sobre nuestro vehículo de arrastre una gran montaña de pastos secos resecos, que pudimos desenredar de aquellos cuatro alambres que separaban la calle de las vías.
Cuando ya la rastra no admitía más carga, emprendimos el regreso hasta el patio del Jorge, un patio de grandes dimensiones donde guardaban el caballo de reparto de la sodería, tenían el galpón que ya mencioné, una hermosa quinta y disponían de un buen gallinero, quedando todavía un buen espacio libre para nuestras correrías.
No fue fácil mover la rastra con semejante carga. Estaba realmente pesada, pero como buenos mosqueteros, cuando nos proponíamos llevar a cabo nuestros planes resultábamos invencibles y por eso, con mucho esfuerzo y sudor, logramos llevar nuestra carga pastífera hasta el patio del Jorge.
Ya anochecía en aquella tarde de invierno. Ya escuchábamos gritos vecinos y nosotros preparamos todo para ensayar los nuestros.
Retiramos el pasto de la rastra para hacer la parva más alta del mundo, colocamos papeles en su base, colgamos el muñeco de arpillera que habíamos hecho el día anterior y creo que fue el Jorge el que se acercó con un fósforo, encendió los papeles de la base y la fogata apuntó al cielo y llegó hasta las estrellas. Las ramitas crepitaban, se encendían y parecían explotar. Algunas se elevaban con el calor y subían como luciérnagas danzando alrededor de las llamas centrales. Un humo negro salía del muñeco que tardó en arder mientras la fogata, al son de la brisa de la tarde, iluminaba el patio con una luz rojiza.
Y nosotros, los seis mosqueteros, orgullosos por la tarea cumplida, danzábamos alrededor del fuego gritando desaforadamente el canto compartido de siempre: ¡Viva San Juan y San Pedro! ¡Viva San Pedro y San Pablo!
Lo habíamos hecho. Una vez más lo habíamos logrado. Aquella alegría compartida saltaba en chispas que apuntaban a la luna llevando nuestro mensaje solidario, el de los mosqueteros: “Uno para todos y todos para uno”.

jueves, 4 de junio de 2015

En el circo

José Mario Lombardo

Y para empezar por el comienzo un tipo todo de rojo y con una escarapela amarilla así de grande se apareció por la entrada de actores y dirigiéndose ágilmente hacia el centro de la pista levantó su brazo derecho en señal de saludo mientras en su mano derecha sostenía un micrófono al que hablaba a los gritos anunciando que el “circo de los Hermanos Peñalba” se complacía por su intermedio en saludar a toda la concurrencia y con bombos y platillos daba pie para el comienzo de una nueva y extraordinaria función con artistas internacionales y fieras amaestradas o viceversa que de inmediato comenzaron a desfilar ante el aplauso de la concurrida y selecta platea con la gran banda que al compás del redoblante descalabraba con saxo y clarinete una apocalíptica versión de “Los santos vienen marchando” donde se notaba la ausencia de la trompeta que después descubrimos tocaba el domador ocupado en ese momento en las tareas correspondientes al jefe del personal de pista también de chaleco colorado pero como todo a la vez es imposible seguramente la trompeta la dejaba guardada hasta que llegara su turno como un artista más de la ceremonia que de inmediato comenzó con la aparición de la maravillosa contorsionista euroasiática “Marisa” y sus partenaires saludadoras y la verdad que bastante pesadotas que mientras la pobre “Marisa” se anudaba y desanudaba como una soga embrujada las dos laderas desplazaban su simpatía por la pista sonrisa en boca los brazos abiertos con manos expresivas y dudosas caídas de ojos me imagino que dirigidas a los veteranos que ocupaban los palcos del centro pero ni minga de ayudar a la pobre que de euroasiática solo tenía la malla de dos piezas color papel metalizado brillante de chocolatín ante los alardes del técnico de iluminación que ubicado en una caseta cañón en mano disparaba toda la luz como si fueran círculos de paño parecidos a los relojes blandos de ese catalán que supo dedicarse a la pintura con relativo éxito tal como la contorsionista que al final después de tanto esfuerzo optó por retirarse sin pena ni gloria dando paso a la veloz carrera de dos payasos gritones que chocaron en el centro de la pista y por eso uno lloraba por las orejas mientras el otro reía ante la desgracia ajena pero claro que cuando este se quiso sentar en la silla que acomodara cuidadosamente la situación del llanto y la risa cambió de lado cuando el otro se la sacó y en la platea ante tanto llanto de orejas y risa desguazada no había espectador que no hubiese optado por disfrutar de desgracias ajenas porque alguien dijo que así es la vida aunque no lo sea pero a fuer de sincero parecer se le parece cuando se encierran esos dos motociclistas en el globo metálico y comienzan a dar vueltas y vueltas haciendo gala de un temple y una seguridad notables hasta que claro por ahí en una de esas vueltas de la vida se encuentran vaya uno a saber en qué lugar del globo y entonces no habrá aplauso que valga ni mago que logre armarlos de nuevo y no me va a decir que cada vez que los tipos se encierran en ese bendito mundo dado vuelta como una media los tipos no arriesgan el cuero del lado de adentro y mientras uno aplaude no le pasa por la cabeza que otro cantar sería si a los de la moto un día se les ocurre andar por la parte de fuera como corresponde y me cuenta si queda algún espectador aplaudiendo que esto a uno también se le ocurre pero no lo dice para no pasar por ignorante no vaya a ser que escuche la de la silla de al lado que para colmo es vecina y bien que se asustó cuando entró el autito todo destartalado repleto de payasos tirando cohetes por el caño de escape que al final yo digo que uno se sorprende riéndose de las mismas cosas porque así es el circo que siempre termina con el número del domador y sus terribles fieras amaestradas adentro de ese tambaleante jaulón armado prestamente en el centro de la pista para que los pobre bichos cuando apaguen las luces y suene la banda otra vez sin la trompeta porque el domador es jefe del personal de pista y trompetista corran como desesperados entre los aros de fuego ante la opción de correr alrededor o comerse al domador y se me hace que los pobres bichos de puro buenos y no por amaestrados eligen casi siempre lo más aconsejable para el domador.

Terminaba la función. La carpa se movía al compás del viento de la noche. Otra vez se me ocurrió que estábamos del lado de adentro y que al mundo lo habían dado vuelta. Como a una media.

miércoles, 3 de junio de 2015

La infancia divertida

Ana María Miquel

Juegos más comunes:

La payana. Carrera de autitos. Soldaditos de plomo. Las cuatro esquinas. Calienta manos. Veo veo. Estatuas. Don Pirulero. La carretilla. El baile de la silla. Las bolitas o canicas. Carrera de embolsados. Carrera con huevos duros. Piedra, papel o tijera. El gallito ciego. Escondidas. Barriletes. Zancos. El aro. El yo-yo. El elástico. Trompos y baleros. Policías y ladrones. Cinchada. Ta-te-ti. Los prisioneros. La rayuela. La soga.

Las rondas y sus canciones

Arroz con leche. Aserrín y aserrán. Que llueva. Mambrú se fue a la guerra. Sobre el Puente de Avignon. Tengo una muñeca vestida de azul. La farolera. Yo soy la viudita.

La creatividad colectiva o individual

El teatro, la casita de las muñecas, construir juguetes, costura y tejidos, invitaciones a tomar el té, disfraces, transformación en otros personajes, diseñar vestidos para muñecas de papel. Salir a vagar en bicicleta. Pescar gusarapos en las zanjas. Fabricar perfumes.

Juegos de mesa o de días especiales.

Lotería (Bingo), Ruleta. Mecano. Naipes: casita robada, escoba de quince, chinchón, truco, canasta, rumi, poker. Siete y medio. Pirinola. Rutas Argentinas. El estanciero.

Celebraciones en grupo

Mañana de Reyes. Carnaval. Buscar conejos de chocolate para Semana Santa. Fogata de San Pedro y San Pablo. Día del Estudiante. Día de la Primavera. Cumpleaños. Bautismos. Comuniones. Casamientos. Fechas Patrias. Visitas a la plaza de juegos.

Por aquellos años de mi infancia, científicamente se sostenía que los niños que más estaban al aire libre, más jugaban y más se divertían, en la adultez se transformarían en seres inteligentes, creativos, hábiles para el estudio o cualquier trabajo; además de lograr un buen desarrollo físico, evitar enfermedades, abrir el apetito, fortalecer la musculatura y el esqueleto. Asimismo, en el aspecto social se asimilaban reglas de convivencia, de respeto, de urbanismo y de buena conducta.
Sabíamos que estaba mal salir a jugar a la hora de la siesta en verano, sabíamos que no debíamos romper un vidrio de un pelotazo, sabíamos que al anochecer debíamos volver al hogar, sabíamos que debía existir respeto entre varones y mujeres, sabíamos que a una mujer no se le pegaba.
En una palabra, teníamos muy en claro cuáles eran nuestros deberes u obligaciones y cuáles eran nuestros derechos. Inclusive, a pesar de existir diferencias entre juegos de varones y mujeres, a veces nos mezclábamos, sin importar el rol.
Creo que otro tema muy importante a tener en cuenta, era que los amigos pertenecían a familias como la nuestra: papá, mamá, hermanos, tíos, abuelos y amigos. Con niveles económicos semejantes y costumbres similares. Por ejemplo, cuando era época de vacaciones, no recuerdo a ninguna familia de los alrededores que haya ido a algún lado de veraneo. En consecuencia, los chicos teníamos la oportunidad de disfrutar juntos todo el verano. Pero con las mismas obligaciones que emanaban de cada hogar: por las mañanas, tanto mujeres como varones debíamos ayudar en la casa, ya sea con la limpieza, mandados y cuidado de hermanos menores. Tampoco se nos permitía salir a la hora de la siesta, aunque más de uno se escapaba a robar fruta o a hacer alguna travesura. Otros se quedaban obedientes en la casa. Si no queríamos dormir, nos entreteníamos en leer.
Cuando llegaban las cinco de la tarde y habiéndonos dado un baño, tomado la leche, el pan con manteca y dulce casero, comenzaban a abrirse las puertas de la cuadra y a salir niños a la calle. Realmente éramos una bandada entre varones y mujeres y desde todos los hogares se escuchaba:
“¡Al anochecer los quiero acá!”.
“¡Que no los tenga que ir a buscar!”.
“¡Cuando oscurezca los quiero en casa!”.
Y, así, comenzaban una tras otra nuestras tardes de aventuras y juegos. Por lo general, en esas noches de verano los padres salían a sentarse en las veredas y los niños seguíamos nuestros juegos debajo del farol de la esquina. Vivíamos en un barrio rodeado de fincas o terrenos baldíos y los pocos autos que circulaban por sus calles lo hacían a paso de hombre. Los árboles de las calles eran moreras que llenaban las veredas siempre impecables, por el kerosene del lampazo, de diminutos lunares color vino. Había moras blancas y negras y era un deleite comerlas sin ensuciarnos porque después no salía el color o la mancha de la ropa. También nos gustaban los dátiles de las palmeras. Los racimos de uvas que cortábamos del parral que había en cada casa, ya fuera moscatel, Pedro Giménez, cerezas o huevo de gallo. Los duraznos o damascos también recién cortados. Las madres fabricaban grandes cantidades de dulces para el invierno con toda esa materia prima. Y el famoso arrope de uva, ya que era el más económico. Quedaba como una miel, pero con sabor a uvas y sin necesidad de azúcar.
En esa época, las niñas no usaban pantalones, siempre eran vestidos o soleras y los varones pantalones cortos. Pero el hecho de usar polleras no impedía que nos sentáramos en el suelo para jugar a la payana o saltar jugando a la pelota. Después recibíamos los retos de nuestras madres por los dobladillos de los vestidos percudidos por la mugre.
Esos dos juegos, creo que eran los que más me gustaban. Sin contar las muñecas y la fabricación de vestidos a muñecas de papel.
Con respecto a la payana, cada uno juntaba y buscaba las cinco piedritas que mejor vinieran o cupieran en sus manos y, por supuesto, que no fueran chatas. El juego empezaba así: sentados en el piso tres o cuatro participantes. Comenzaba a jugar el que lograba sostener en el dorso de la mano mayor cantidad de piedras. Y ¿cómo se lograba eso? Pues, haciendo un hueco con la palma de la mano, colocando las piedritas en ese pocito, tantear las piedritas con un sube y baja y de pronto tirarlas al aire, dar vuelta la mano inmediatamente y recibir en el dorso de la mano la mayor cantidad de piedras. Estos eran movimientos que se lograban con el tiempo y la práctica y por supuesto estimulaban la motricidad en todos sus aspectos.
Luego, seguía el juego que consistía en cuatro partes. En la primera se tiraban las cinco piedras al piso. Se tomaba una, se la tiraba hacia arriba y en el ínterin se debía levantar otra del piso y tener las dos juntas en la mano y así con el resto.
El segundo paso en vez de tomar de a una piedrita teníamos que tomar dos y dos. Al igual que en el tercero tres y una. La habilidad estaba en cómo tirarlas sobre el piso para poder hacer rápidamente la maniobra de recogerlas mientras una estaba en el aire.
El cuarto y último paso consistía en apoyar la mano izquierda en el piso, abriendo el dedo pulgar y colocando el mayor sobre el índice. De esta manera, quedaba formado un puente por el cual tenían que ir pasando las cuatro piedritas de a una, mientras otra se mantenía en el aire. 
Ese juego me fascinaba y siempre encontraba compañeros para jugar y si no lo hacía sola, porque era una manera de practicar. También me gustaba mucho jugar a los prisioneros, a la rayuela y el trapecio de la plaza. Ni hablar de trepar árboles. Siempre viví rodeada de hermanos, primos y amigos; y terminaban gustándome los juegos que los varones disfrutaban y sintiéndome muy cuidada y protegida por ellos. 

Cursos por correspondencia

Teresita Giuliano

En las décadas del 60 y 70 era muy común ver en las contratapas de las revistas (“El Tony”, “Intervalo”, “Dartagnan”), publicidades que promocionaban cursos por correspondencia.
Ofrecían diversos métodos para alcanzar una especialización y un título “en la comodidad de su hogar”: “aprenda estudiando, aprenda jugando, aprenda mientras duerme (¡con dormifonética, un método revolucionario!), aprenda practicando…”
La temática de los cursos abarcaba todas las profesiones y aún más, se podía estudiar desde “Electricidad del automotor” “Cerrajería”, “Cerámica”, pasando por “Enfermería”, “Locución”, “Azafata”, hasta “Detective privado”, “Técnica de Bonsái” o “Marina mercante”, entre otros.
Se solicitaba enviar un cupón con los datos del interesado y a vuelta de correo, se recibiría la primera clase o folletos explicativos gratis.
Contaba con diez años de edad cuando convencí a mi hermano Wally, dos años menor, para que completáramos los cupones para estudiar “Fotografía”, él; y “Dibujo”, yo. En el casillero donde nos pedían la edad, impunemente declaramos 18 años, él; y 20, yo.
Ensobrar los cupones, escribir la dirección, conseguir el dinero para las estampillas y enviarlos por correo fue apenas un trámite. Había que esperar unos días.
Por supuesto, mamá y papá no se habían enterado y yo, la mayor, no medí las consecuencias. Creo que llegué a pensar que nunca nos iban a mandar nada hasta que llegó el cartero con sendos sobres dirigidos a mi hermanito y a mí.
¡Conmoción en el hogar!, ¿qué podía haber pasado?, ¿por qué habían mandado tal material a dos niños?
Ante tanta confusión y cuestionamientos, tuve que confesar mi autoría y participación en el hecho, recibiendo una de las mayores reprimendas que recuerdo.
 Los sobres con las primeras lecciones siguieron llegando y al no recibir respuesta de los “estudiantes”, enviaban notas con argumentos para convencernos de continuar los estudios. Y con cada carta, los reproches de mi madre.

 Luego cesaron los envíos, quedando la travesura como un recuerdo risueño dentro del anecdotario familiar.

Una rica paella

Paquita Pascual

Qué contenta llegó mi madre de la calle aquel medio día, blandiendo en sus mano las benditas solicitudes firmadas y autorizadas con sus respectivos sellos, al mismo tiempo que gritaba: “Lo conseguí, lo conseguí“.
Hacía treinta días que se traía el mismo trajín de todos los años.
Idas y venidas por todas las delegaciones e instituciones, incluido el mismo Ministerio de Educación, y siempre venía con el mismo desencanto.
¡A los hijos de republicanos les está vedado el ingreso a colegios de Protección Social!
Pero ese año sí, ¡a mi luchadora madre se le había enquistado que todos los niños teníamos el mismo derecho! Así que ese año iríamos
a un colegio de lujo, “Ave María”. Así se llamaba. Encima comeríamos todos los días, porque ese era el mayor motivo.
Estábamos sobreviviendo una posguerra cruel, el racionamiento no nos alcanzaba y muchos días debíamos pasarlo sin comer. No me quiero acordar de los llantos de mi herma menor cuando pedía pan y no había, porque ya se lo había comido a la mañana.
Se terminaba el otoño y pronosticaban un invierno muy crudo, por lo tanto mamá y la tía Pepa empezaron a alistar las ropas con las cuales mitigaríamos el frío; pero claro había pasado un año y habíamos crecido.
Todo nos quedaba chico, comprar era imposible; por lo tanto, habría que agrandar, teñir, remendar…
Lo mío fue fácil, la tía Pepa era menudita, así que cargué con el gabán de ella y a mi hermana le harían una chaqueta de paño rojo que pertenecía al capote de mi abuelo, que había estado en la Guerra de Cuba, y que llevaba guardado con vestigios de esa guerra en un baúl casi veinte años. Por lo tanto, hubo que sortear visitas de polillas y algún que otro insecto. O sea que la chaqueta quedó ajustadita…
Pero qué guapa estaba mi hermanita, aquella mañana cuando juntas y tomaditas de la mano partimos al colegio.
Ella con su chaquetita roja con botones dorados y sus anteojitos, que usaba desde los seis años; y yo, hermana mayor, con el gabán de la tía que me colgaba de todos lados; “pero el año que viene te va a quedar bien”, dijo la tía.
 Era el primer día por lo tanto llegamos a horario, más bien temprano.
Espacio que aproveché para inspeccionar y establecer diferencias con el colegio al que siempre habíamos asistido.
El doctor Joaquín Matamala, maestro de barrio al que por ser de ideas republicanas habían dejado fuera del sistema, nos daba clases privadas en un local pequeño, al que a través de una pequeña cuota mensual concurríamos todos los chicos que pertenecíamos a la clase perdedora. La enseñanza era buena, pero ahí no nos daban de comer, que era lo que mi madre quería.
Fuimos separadas con mi hermana y, como compartíamos el morral, le di sus pertenencias incluidos su plato y cubiertos, primordial…
Pasó la mañana y al toque de campana salimos todas al patio, munidas de los elementos previstos para el almuerzo. No sabía nada de mi hermana, pero al pasar a mi lado me susurró: “Hay paella”.
Me acomodé en la fila que me correspondía de acuerdo a mi grado y supuse que mi hermana había hecho lo mismo.
Llegaron las señoritas de Auxilio Social perfectamente uniformadas.
Grandes paelleras fueron depositadas en el piso de mosaicos, una por cada grado.
Las encargadas de repartir, con un cucharon en la mano, a medida que llegaba nuestro turno, nos llenaban el plato del dicho manjar.
Una vez servida me retiré a un espacio donde daba el sol para disfrutar del exquisito plato, supuse que mi hermana había hecho lo mismo.
Alguien dijo que había habido un problema con una avalancha en una fila, yo me desentendí del caso. Estaba disfrutando del solcito y disfrutando la rica paella.
Una visión borrosa se me apareció de repente. Era mi hermana con su chaquetita roja y sus anteojitos cubiertos de arroz, parecía la bandera española.
Llorando y con su plato a medio llenar me dijo: “Mira que poquito me dieron”.
La maldita avalancha se había formado justo en la fila de su grado y justamente cuando le estaban sirviendo a ella. No solamente arruinó su ropa si no que sufrió quemaduras en sus piernas pues cayó enterita en la paellera.

Estampas del siglo pasado

Susana Olivera

4- Miedo

“Le tiro el sombrero…ja, ja, jaaa…”

Yo veía el cielo por la ventana entreabierta de mi pieza. Era un cielo amarillento, lleno de nubes. Casi sin sol. Es que todavía no había amanecido del todo, pero pensé que iba a llover. Había que levantarse para ir a la escuela: se sentía olor a chocolate, a pan tostado. Raro que mamá no había venido a despertarnos.
Oía la radio. Seguro que mamá la había prendido por el “Reporter Esso” de la mañana. Pero… solamente se escuchaba música militar. Marchas y más marchas. De vez en cuando se interrumpían para pasar comunicados del ejército. “Comunicado Número… del Segundo Cuerpo de Ejército: Se solicita a la población… Las fuerzas leales…” Después volvían las marchas.
Los chicos ya nos habíamos despertado, porque era más tarde que nuestra hora habitual de levantarnos y no se seguía la rutina de todos los días. Además, papá estaba en casa y él salía cuando todavía estábamos durmiendo.
¿Qué pasa, mamá? ¿No vamos a la escuela hoy ¿Por qué papá está en casa?
No, no se preocupen. Hoy no vamos a la escuela.
—¡Bieeeennn! Mamá, ¿podemos ir a la plaza cuando sea más tardecito? Y papá ¿por qué no va a trabajar?
Tampoco él tiene trabajo hoy. Mejor nos quedamos tranquilos en casa.
Pero si no tenemos escuela, a la tarde podemos ir a la plaza.
Vamos a ver… Por ahora, nos quedamos en casa.

Papá se había sentado frente a la mesita donde estaba la radio, un aparato enorme de madera lustrada, con un dial redondo y tela detrás de un enrejado de madera. “Siguen los comunicados del ejército. Esta vez es en serio”, dijo papá. Mamá se lamentó por no haber hecho las provisiones el día antes.
¿Te parece que doña Jovita no va a abrir hoy? Allí podríamos comprar algo de fiambre, fideos, no sé… algo para el día. En la fiambrera guardé carne de ayer…”.
¿No te quedó nada más? No va a abrir. Están diciendo que no salga nadie a la calle.
Algo de arroz. Creo que hay un paquete sin abrir en la despensa. También pan… lo puedo tostar, si está muy duro… Yerba y azúcar para el mate, harina hay… Puedo hacer alguna torta. Veo. Yo me ocupo.
Mamá, ¿no podemos salir? Yo no te dije, pero ayer se me abrió el paquete de arroz y se cayó al piso… Lo levanté, estaba limpito, pero no le supe hacer los cuernitos al paquete y se volcó en la despensa… Yo voy al almacén de doña Jovita.
¿Viste, Su, que siempre es mejor decir lo que pasa? Si me hubieras avisado ayer, ya habríamos arreglado lo del arroz. Veré si puedo salvar algo del paquete. No, no quiero que salgas, hoy es mejor que no estemos en la calle. Papá se asomó a la puerta y están las calles cortadas en Santa Fe y en Córdoba y los soldados apostados en los canteros de la plaza… Han instalado ametralladoras y apuntan hacia acá. Papá vio que los soldados están acostados boca abajo. Nos quedamos todos adentro.
¿Qué es ese ruido? Tiembla todo, las copas parece que bailaran ¿Y si se caen?
Están pasando los tanques por la calle Dorrego. Salgamos de las ventanas. Vamos a las habitaciones de adentro.
La voz de mamá se quebraba. Tenía abrazados a los chicos. Mis hermanos tenían los ojos muy abiertos y veían todo como si fuera una película de cowboys. Se divertían. Eso parecía.
  Dicen que en el edificio de la esquina está escondido Toranzo Montero.
Ja, ja, ja… Le tiro el sombrero.

Carlitos, mi hermano, con sus diez años, parecía no darse cuenta de que era muy en serio lo que estaba ocurriendo.
Carlitos, no es para tomar todo a broma. Es Carlos Severo Toranzo Montero. Se ha sublevado contra el Gobierno y está atrincherado en la esquina- dijo papá.
Se lo notaba nervioso.
Ah, no importa… A Carlos Severo Toranzo Montero igual le tiro el sombrero, ja, jaaa…
—¡Basta! No es para hacer bromas.

Papá nunca reaccionaba así frente a nuestras bromas.
En ese momento se desató un tiroteo impresionante. El ruido era infernal. Yo sentía el corazón tembleque y un vacío en el fondo de la garganta. Algo así como ganas de vomitar. Papá y mamá nos habían llevado a la cocina. que estaba detrás de la casa. Como si la fina puerta de madera pudiera detener las ráfagas de ametralladora.
 El tiroteo seguía. Un vecino de la planta baja tocó el timbre y nos avisó que se habían reunido todos en el departamento de la familia Adlercreutz. Nos pedía que bajáramos para estar todos juntos.
Bajamos. Habían puesto sillas en el comedor alcanzadas por los vecinos y nadie sabía demasiado bien qué ocurría y qué hacer.
A todo esto el tiroteo seguía.
Alguna radio estaba prendida pero solo pasaban marchas militares. Mi hermano pequeño recorría una a una las sillas y hacía monerías en su media lengua. Quebraba un poco el ambiente de desconcierto y temor.
Se sentía caer algo, como si fueran piedras en la vereda.
Están cayendo partes de las paredes. No sé hasta cuándo podrá resistir este hombre pertrechado en un edificio de departamentos donde vive tanta gente.
¿Seguro que es Toranzo Montero el que está escondido?- preguntó mamá.
Así me dijo un grupo de soldados cuando me asomé a la puerta. Recomendó que nos mantuviéramos dentro de casa y que no nos asomáramos…

Por allí a lo lejos –creo que desde el patio– mi hermano Carlos repetía: “Le tiro el sombrero, le tiro el sombrero… a Carlos Severo”.
Alguien trajo una bandeja con pocillos de café. Nos mirábamos impotentes en medio de un ruido ensordecedor. Temblaban las paredes. Eran los tanques que rodeaban la plaza San Martín. Se mezclaba el perfume del café con el olor a pólvora.
No nos apuntaban a nosotros; estábamos a media cuadra, en la misma vereda de la esquina que era el objetivo del Ejército. Pero no estábamos seguros de nada; y no sabíamos cómo y cuándo iba a terminar todo aquello. Una humareda blanca, espesa como si fuera niebla caía sobre el patio…
¿Cuánto duró el espanto? La incertidumbre era terrible. Alguien dijo: “Si llegan a disparar los tanques vuelan el edificio entero. ¿Y la gente? Yo no vi que haya habido evacuación. Todo el mundo está adentro, como nosotros”.
No creo que se atrevan… No se siente que haya respuesta desde adentro, no hay tiros cruzados… Debe estar –si es que está– Toranzo Montero solo, escondido. No debe haber armas adentro del edificio… Creo, me parece…
¿Cómo saberlo?
¿Toranzo Montero dijo?- era mi hermano otra vez… Le tiro el sombrero.
No quiero pensar qué pasaría si se desvía alguna ráfaga de ametralladora y cae sobre nosotros…
No pensemos en eso, no pensemos…

De repente, un silencio total… Se sentía “el sonido del silencio” como antes sentíamos los estampidos. Nos mirábamos sin saber qué hacer. Quedamos un largo rato nosotros también callados. Las tazas de café suspendidas en las manos. Las miradas en los ojos del otro. Silencio total.
¿Se terminó? ¿Se rindió Toranzo Montero? ¿Era contra él todo este movimiento de fuerzas?

Se había terminado.
Papá salió a la puerta y vio el repliegue de los soldados, las ametralladoras levantadas y la partida de los tanques. Podíamos regresar a nuestros departamentos. Pero no se podía salir a la calle. ¿Y las provisiones?
Regresamos, sí, pero el temor estaba prendido como una corbata en nuestras gargantas. ¿Y si volvía a producirse un enfrentamiento?
Se había terminado, aquí, en este foco, pero era solo el comienzo de una época muy dura. Muy dura.
No se había terminado. No… 1955… Era el comienzo de algo que ni siquiera sospechábamos.
Miré el cielo. Era de un azul limpio, profundo. Caía el sol. Prometía ser un atardecer sereno.

Se escuchó una vez más en medio de la quietud que parecía una consigna: “A Carlos Severo Toranzo Montero… le tiro el sombrero, ja, ja ja…”.

La yerra

Norma Pagani

La yerra es una actividad que necesariamente se debe realizar en los establecimientos que se dedican a la cría de novillos. Generalmente, se hace en invierno para evitar que los animales se embichen. Hace dos mil años antes de Cristo ya se hacía en Egipto.
Consiste en extraer los testículos, llamadas “criadillas” del animal macho pequeño, que no se deja para reproductor. Además, se cortan las aspas, vacunan y señalan a machos y hembras por igual.
En esta oportunidad contaré cómo se llevaba a cabo esta tarea en el campo “San Juan” en Cañada Seca, provincia de Buenos Aires, desde 1911 hasta hace una década aproximadamente; aunque actualmente algunos integrantes siguen apostando a la ganadería y haciendo la yerra normalmente, variando algunos pasos, pero siguiendo lo enseñado por las generaciones que los precedieron.
El abuelo Juan, junto a su esposa, hijos varones e hijas mujeres hacían de esta actividad un vez al año un acontecimiento social donde se trabajaba y disfrutaba de almuerzos y juegos variados.
Temprano llegaban en carros, de a caballo y en algún Ford A, familiares de Rufino, Piedritas, vecinos y amigos del campo y el pueblo.
Los hombres iban al corral, donde los esperaban los terneros ya separados de sus madres que en el lote balaban llamando a sus hijos, que respondían del mismo modo durante toda la noche hasta que se juntaban cuando eran soltados. La noche anterior se dejaba todo preparado.
Los agrupaban de a diez.
Ahí comenzaba la demostración de habilidades y destrezas. Con los lazos confeccionados por ellos, enlazaban los animales hasta que estos caían al suelo. Algunos eran excelentes y recibían la alabanza de los demás. No les gustaba fallar. Al estar en el suelo, alguien lo apretaba y otro lo inmovilizaba atando mano y pata de abajo para evitar que se parara.
Se comprobaba si era macho o hembra. Al primero se lo castraba.
¿Quién lo hacía? Primeramente, el abuelo Juan, después ante comentario de su hijo Clemente de quince años, que no le gustó, este hombre de carácter fuerte, le entregó el cuchillo capador a su hijo y le dijo: “Capá vos”. Desde ese día, por casi setenta años se ocupó Clemente de hacerlo. Ya muy anciano entregó esta tarea a su hijo y a su sobrino Pepe, quienes aprendieron el oficio observando al maestro.
Se guardaban las criadillas en un balde –ese manjar era muy codiciado, especialmente por quien escribe– para que las mujeres los cocinaran, ya fuera asados, en milanesas, con cebolla, perejil y ajo o en ravioles, ya que su sabor es similar al del seso.
Actualmente, hay gente que sigue con ese sistema, otros ponen una pinza y una goma o una inyección en los testículos, para que al cabo de varios días caigan solos. Esto evita la pérdida de sangre, la infección y la presencia de bichos tan común en esta tarea, ya que la sangre atrae a las moscas, que producen queresa y gusanos posteriormente.
Al animal se lo curaba con aceite quemado (guardado de los motores de auto o tractor) y querosene. Ahora, se le pone un repelente comprado en la veterinaria o, según la época, igual que antes.
Se continuaba con el corte de las aspas o cuernitos, si los tenía. Esto se hacía con un serrucho si eran grandes o con un cuchillo si eran pequeños y se cauterizaba con un lápiz de descornar o un hierro caliente al rojo vivo.
Cada productor tenía un señalador, que no se repetía, era propio y con este marcaba las orejas del animal. Esa tarea también se hacia ese día. Si no tenía esa señal, era considerado orejano; o sea, sin dueño y si el animal pasaba a otro campo o los amigos del ajeno lo llevaban, no tenía reclamo.
Actualmente al nacer se lo señala. Más pequeño es el animal, menos sufre. Había productores pequeños que los castraban al nacer.
Después con una marca, que se calentaba en un fuego al rojo vivo, se marcaba el cuarto trasero o carretilla o mandíbula sobre el pelo. Para obtener esa señal había que realizar un trámite en la municipalidad y cuando se vendía identificaba con un dibujo al dueño una guía, que se pagaba y paga para vender. Tenía una duración de diez años y se renovaba.
Al ir a otro campo, el comprador ponía su señal.
Antes de largar el animal al lote con su madre, se procedía a vacunar de carbunclo, mancha, neumonía. Más adelante, con una sola se reunían las demás. Si tenían sarna, se curaban con fluido o antisarnicos.
Las hembras pasaban por todo esto excepto por la castración. Ahora ya no se las voltea, se la pasa por la manga. La manga está en el corral, son dos tablas de madera por donde pasan los animales. Generalmente son de madera dura. El lapacho es el más usado. Tiene una tarima y un yugo donde se las sujeta por el cogote.
La persona puede colocar una inyección, hacer tacto para comprobar si las hembras están preñadas, curar de sarna o partear.
 La botella de caña pasaba de mano en mano para atenuar el frio del invierno. Actualmente, se hace en cualquier época de año, ya que los productos que venden no permiten que el animal tenga bichos ocasionados por las moscas. También varía la bebida, Gancia o fernet con cola. No así el asado, aunque las mujeres en su mayoría no hacen los pasteles. Los compran. Tengo unos sobrinos que hacen la previa con chorizos, jamón y bondiola que ellos mismos elaboran.
Generalmente, se seleccionaban futuros toritos para la producción o la venta o para algún vecino que lo elegía o para intercambiar.
Cada persona tenía su actividad. En la casa había un cajón con todos los elementos, maneas, lazos. Señalador, capador, lápiz descornador, que iba rotando por los campos que lo necesitaban. Está en uso todavía.
También se castraban los cerdos, los corderos y potrillos.
Al finalizar la tarea, alguien a caballo llevaba los animales al lote y todos se iban a disfrutar del merecido almuerzo y descanso.
Primero el mate. Se sentaban debajo del monte, mientras alguien hacia el asado.
Corderos a la estaca, lechones, carne de vaca rociados por un buen vino. De postre, los pasteles y palmeritas que hacían las mujeres.
Después seguía la fiesta, juegos de bochas, taba y naipes.
A la noche a seguir la fiesta y a dormir temprano, porque esto no terminaba en un día. Al siguiente había que bañar la hacienda. Tenían un baño hecho de material donde el animal nadaba por veinte metros en agua con antisarnicos.
Otra tarea que se realizaba antes y ahora es la vacunación.
Años atrás se compraba la vacuna de la aftosa y no se colocaba. Se devolvían los frascos vacíos a los que se les tirado el producto.
En la década del noventa aproximadamente se creó Fuvisa. Venían vacunadores al campo.
Previamente había que pedir un turno. Ellos enviaban el personal y traían la vacuna. A veces coincidía con la yerra. Se hacía cada cuatro meses. Tenía un costo elevado. Pero después de varios años se logró erradicar la aftosa y se pudo exportar.
Actualmente se sigue. Hay mucha burocracia. Las terneras tienen su caravana en la oreja. Esto es por la brucelosis, que está controlada. Muchas personas tienen esa enfermedad por no haberse hecho en el pasado una buena vacunación.
Los campos del norte del país se fueron adaptando para la cría de hacienda, ya que la Pampa Húmeda se reserva para la siembra. La genética logro animales más fuertes y resistentes a pastos más duros, con una calidad de carne más firme e inferior. También se crían en filo. Esos son terrenos pequeños, similares a corrales donde el animal casi no camina y se le dan raciones de productos preparados para el engorde y venta rápida, que a mi gusto le dan otro sabor distinto al que se cría a pasto.

Ya no es Argentina el gran productor. Dado el escaso valor, la soja, las trabas a la exportación varios productores se desprendieron de la hacienda.