domingo, 14 de junio de 2015

Desarraigo

MAHJO

Un 15 de marzo de 1972 recibo una llamada de la embajada belga diciéndome que el 31 de marzo tenía que estar en Bruselas. Se imaginan lo que fue eso, prepararme en quince días para estar siete meses. Primero, debía conseguir quien me reemplazara con mis clientes; luego, un crédito para cubrir las cuotas del departamento, que estaba pagando; y, por supuesto, ver la ropa que iba a llevar, especialmente, por el peso que permitía el avión.
Primera sorpresa: en el avión me encuentro con otro rosarino, que también iba becado. Segunda sorpresa: había que buscar alojamiento. Decidimos alojarnos juntos y el primer problema fue el baño, ya que nosotros desconocíamos que eso era un lujo. Tercera sorpresa: en Bélgica llueve 250 días al año. En realidad, Bruselas es la Londres del continente europeo.
La convivencia la íbamos llevando con mi compañero cocinando y yo lavando los platos. Además, el dominaba mejor el francés que yo, por lo que cuando salíamos juntos no había problemas. En el curso teníamos la ventaja de que éramos todos latinoamericanos. Así era la beca que se trataba de “Administración de Pequeñas y Medianas Empresas”.
El trato con los profesores era muy bueno; pero la gente de allá era muy cerrada al punto tal que yo decía “acá, la gente debe tener los hijos por gajos”; porque no veía la manera en que se relacionaban; y empecé a extrañar. Mi compañero tenía algunos casetes de tango y nos castigábamos con el mate ya que él había llevado yerba. También nos habíamos anotado en la embajada argentina en Bruselas, de modo de que cuando había algún acontecimiento nos invitaban. Pero empezaron a pasar los días y cada vez se me hacía más difícil la estadía.
Una cosa que no conté es que no querían alquilar departamentos a los latinoamericanos, porque teníamos mala fama, lo que nos llevó a recorrer bastante hasta encontrar uno y con baño. Sí, aunque no lo crean, la gente se bañaba en los baños públicos.
Mi compañero, que era casado y con hijos, recibía permanentemente cartas de la Argentina y yo, que creí que con la distancia podía solucionar mi problema, me encontré con que se agrandaba. Sí, mi ex mujer averiguó dónde me alojaba y me empezó a escribir que quería reunirse conmigo, es decir que nos arregláramos. Esto fue un golpe muy duro para mí, al punto tal de que no solo extrañaba la Argentina sino que, además, quería que me bocharan en alguna materia y que me mandaran de vuelta.
¿Cómo termina la historia? Ni mi ex mujer fue a Europa ni yo abandoné la beca; pero, eso sí, con posibilidades de quedarme a trabajar en Bélgica, incluso de terminar el doctorado en la Universidad de Lovaina, me vine apenas de regreso a la Argentina terminó la beca.
Nunca pensé que iba a extrañar tanto.

Los juegos de mi infancia

Norma Pagani

En la década del cincuenta, los niños de Cañada Seca, entre los que me incluyo, jugábamos todo el día, excepto en las horas de clase, comidas, siesta y cuando escuchábamos los teleteatros por radio, ya que no teníamos televisión. Recién en los últimos años de los sesenta veíamos los canales de Rosario, cuando el clima lo permitía.
Nuestros lugares de juego eran los patios de nuestras casas y la escuela en los recreos, las calles cubiertas de guadal, donde caminábamos descalzos haciendo surcos con los pies, que terminaban llenos de polvo.
Nos juntábamos en la calle en las noches de verano, a la luz de la luna o de las luciérnagas, que nos brindaban su tenue luz, y aprovechando reflejos de los autos al dar la vuelta en la curva, mostrando nuestras sombras que representaban al cine.
Eran muchos los juegos que recuerdo. “Martin pescador”, “Mantantirulirulá”, “La Mancha”, “El tejo”, las figuritas, La Rayuela”, “El huevo podrido”, “Los maderos de San Juan”, las estatuas y las rondas: “La blanca paloma”. “Farolera”, “Mambrú”, “Arroz con leche”, “Antón pirulero” y muchas que no recuerdo, pero que disfrutábamos entre todos.
Los varones preferían la pelota, las canicas y hacer rodar una rueda con gancho de alambre; y las niñas, la casita y la maestra, que era pura imitación de las nuestras.
No recuerdo juegos de ingenio como hay ahora en el mercado. Algún rompecabezas y ludo. Sí, lotería y cartas, que se compartían con los mayores, sobre todo en las noches de invierno en las que no se podía salir afuera.
El balero, el yo-yo y la payana eran parte de nuestros juegos, además de los que nos compraban, y la bicicleta que tenía la mayoría.
Teníamos celebraciones en el pueblo, que eran recibidas con gran alegría por niños y grandes.
Las fiestas dedicadas al Patrono del pueblo el “Sagrado Corazón de Jesús”, única religión en esa época, se celebraba con actos religiosos en la capilla y la procesión por las calles del pueblo. Como eran y son en junio, las señoras se engalanaban con sus saquitos de piel o lo mejor que tenían. A la noche, la fiesta era en la Sociedad Italiana, hoy cuartel de bomberos, un salón de chapas de tamaño considerable, donde hacía mucho frío y de vez en cuando una comadreja pasaba por los tirantes acaparando la atención de todos.
Se vendía comida, que las integrantes de la Comisión Parroquial preparaban en sus casas, ayudadas por sus maridos a recolectar alimentos por los campos y el pueblo. Todos colaboraban con su querido patrono.
La parte artística estaba a cargo de las Escuelas Provincial Nº 22 (actual) y la Nacional Nª 19 (ex “Laínez”) fusionada con la anterior en los años sesenta o setenta.
Preparaban cuadros vivos relacionados con el tema o bailes diversos. También actuaban los jóvenes y adultos, que tocaban instrumentos o tenían habilidad para el canto.
Otra celebración, como de todos los niños del mundo eran Los Reyes Magos. A la mañana, seguíamos las pisadas de los perros por las calles de tierra, creyendo que eran la de los camellos.
 El día anterior juntábamos pasto y colocábamos recipientes de agua junto a los zapatos, donde aparecían los regalos, y todo volcado y desparramado por los animalitos que comían y saciaban su sed. Ahora pienso que nunca se nos ocurrió dejarles comida a los Reyes. Hasta los doce años tuve esa ilusión.
Las veladas escolares se hacían una vez al año para recaudar fondos. Se vendía comida. Cada docente con su grado preparaba un número. Eran siete. Interminables según los mayores, pero emocionantes para los niños que éramos actores. Actualmente, se siguen haciendo, no así las patronales.
La fogata de San Juan y San Pedro era única. Ir en sulky a traer un yuyo seco llamado “morenita”, hoy desaparecida por las fumigaciones de los campos, y armar fogatas. Le poníamos ramas de siempre verde para que hicieran explosiones. Nos encantaba hacer la fogata alta. Quedábamos sin voz por los gritos y colorados por el calor.
 En los campos colgaban muñecos de los molinos y los prendían a la noche. El viento al dar vuelta la rueda, daba un espectáculo alucinante de fuegos artificiales, que era acompañado de “viva San Juan y San Pedro, la cola del chancho negro”. Actualmente, no se festeja y los niños no tienen conocimiento de esa festividad.
Las fiestas patrias y el 1° de mayo se celebraban a lo grande. El señor Sixto Gil despertaba al pueblo con bombas y preparaba el tradicional asado del 1°.
Primero, eran los actos en la plaza con autoridades y/o en la escuela. Todos con el mejor guardapolvo blanco, el de las fiestas, medias, guantes y escarapela. Sin abrigos ni pantalones en pleno invierno. El Himno, el discurso, las poesías y los bailes alusivos.
Después, chocolate con bollitos, que eran donados por la panadería o los compraba la Cooperadora. Los padres, vecinos y familiares cantaban el Himno con nosotros, que parecíamos estatuas. Hasta el día de hoy lo sigo haciendo.
Después del almuerzo, comenzaban frente a la Sociedad o al Club las carreras de sortijas, embolsados, carreras cuadreras en las afueras del pueblo o campeonato relámpago de futbol en la cancha del club organizador. En mi infancia y juventud, teníamos tres instituciones que producían mucha rivalidad entre la hinchada: la Sociedad Italiana, el Club Agrario y el Club Social, del cual mi familia era simpatizante. Mis padres y muchas personas seguían al equipo de sus amores por los pueblos vecinos. En la actualidad solo queda el último. Los otros fueron demolidos.
Los carnavales eran muy divertidos. A los más pequeños no nos permitían participar con los mayores, porque era peligroso. Yo recuerdo, siendo pequeña a un grupo de jóvenes meter a una joven en una bebida de animales gritando que la ahogaban. Los niños usábamos pomos de goma y después bombitas.
En los bailes usaban harina, provocando la risa de todos. Había corsos con carrozas que hacían los vecinos. Eran muy famosos en la zona los del Club Social. Vendían choripanes y elegían la reina entre las jóvenes del pueblo. Era por votos primeramente y después por jurado.
Los juegos y entretenimientos eran variados, como ya les conté. Compartiré uno de mis preferidos: “Los soldaditos que vienen a trabajar”. Lo jugábamos las niñas o mixto, con el mismo número de participantes. Se formaban dos grupos tomados de las manos enfrentados. El que comenzaba llegaba cantando e iniciaba un dialogo entre los dos.
Somos los soldaditos que venimos a trabajar.
—¿De dónde vienen?
De muy lejos (se hacia la mímica señalando el camino).
—¿Qué oficio traen?
Muy bueno.
—¿Pueden mostrarlo?
Aquí demostraban con mímica el oficio, que previamente había sido elegido antes de salir entre todos, hasta que los oponentes lo adivinaban.
 Cuando eso ocurría los visitantes salían corriendo para evitar ser agarrados por los contrarios. Los atrapados pasaban a pertenecer al otro equipo
Seguía el juego intercambiando roles y ganaba el que lograba más participantes.
Ese juego estaba en mi infancia pueblerina, donde los niños jugábamos y leíamos ya sea un libro de la biblioteca de la escuela o “Paturuzito”, “Donald” o cuentos de hadas.



miércoles, 10 de junio de 2015

Juegos de niños

Juegos de niños

Alberto Nicolorich

Recuerdo con nostalgia los años de la niñez en mi querido San Lorenzo. Tenía ocho o diez años y al lado de mi casa había un terreno baldío, que nos servía para nuestros juegos con una barrita de amigos. Nos encontrábamos después del almuerzo y la sobremesa, que siempre se hacía en casa y donde se comentaba lo sucedido en la escuela.
Cerca de las dos de la tarde nos reuníamos a jugar a los autitos, el trompo, la pelota o preparar un barrilete para el sábado ir a remontarlo.

Los trompos

Para jugar al trompo teníamos que hacer un circulo en la tierra con algún palito, que nunca faltaba. Los trompos tenían varias formas. Yo tenía la chanchita, regordeta y petisa, a la que le había hecho, con el torno de papá (era dentista), agujeros en la parte más gorda para que al girar zumbara con un sonido especial, lo que la hacía distinta de las demás. Además a la pinta, que era de un clavo sin cabeza que previamente lo calentaba al rojo y lo enfriaba en aceite para templarlo, lo afinaba y le pulía la púa, para que con buena puntería clavara el trompo de otro. También la pintaba con sobras de pintura, que siempre encontraba en el garaje de casa. La zanahoria era alta y fina, muy difícil de poder dejar dentro del círculo, pues cuando perdía velocidad se caía y rodaba casi siempre fuera del círculo.
Para tirar los trompos, previamente los envolvíamos en soga muy fina de arriba hacia abajo lo que producía que, al tirarlo, girara velozmente y al parar tenía que quedar en el circulo.

El barrilete

Conocía cuatro tipos: la tarrasquita, el mundo, la estrella o medio mundo y e
l cajón.
La primera era la más sencilla, pues se hacía con dos cañas que se cortaban en cuatro y se tomaban dos partes y se unían en cruz con hilo de algodón. Se hacían unas muescas en las cañas, cerca de las puntas para que el hilo no se saliera; con papel de diario se encolaba; se le colocaban las riendas y una cola formada con retazos de tela, que siempre me proveía el costurero de mamá; y a volar.
Las otras dos formas de barrilete, el mundo, la estrella o medio mundo, eran más complejas, pues había que unir tres cañas más largas, depende del tamaño que quisiéramos y bien cortadas, porque al ser más grande, el viento hacia más fuerza. Tenían papel de barrilete, que es más fino y liviano, y la cola era más larga.
El cajón sí que era complicado. Había que cortar cañas tacuara muy finas y pelarlas, luego hacer cuatro cruces bien atadas con hilo de algodón. Había que elegir cuatro cañas de más o menos un metro, de acuerdo al tamaño que le queríamos dar, y realizarles unas caladuras para que el hilo no se corriera; unir todo para formar el cajón; cruzarle unos hilos uniendo los extremos y el medio, para darle más rigidez a la estructura y además para poder colocar el papel de barrilete; y, de esta forma, terminar con la obra, que muchas veces nos llevaba varios días concluir; poner los vientos y a volar, cosa que a veces no ocurría y teníamos que volver a casa para modificar lo que estaba mal . Luego sí, al Campo de la Gloria, esperar un lindo viento y, ahí sí, a disfrutar de nuestra obra, con papá al lado para alentarme. Terminaba el día con la satisfacción de haber logrado, con algo de ayuda y supervisión, pero con paciencia, la dicha de que el cajón desplegara su prestancia en los cielos pegados al majestuoso Paraná.           


Juegos de mi niñez

Ana Inés Otaegui

“Uno, dos y tres, cigarrillo cuarenta y tres”. Así, comienza el juego con mi sobrinito Nathan. Y él, con su mirada curiosa y expectante, me pregunta: “¿Cómo es ese juego?”. Le respondo: “Bueno, presta atención, porque es muy fácil:
Se alinean cinco o seis chicos, o más también, y a una distancia de unos siete u ocho metros, se ubica el que dirige el juego. Esa personita, se coloca de espalda al grupo y dice rápidamente: ‘Uno, dos y tres, cigarrillo cuarenta y tres’. En ese momento, el grupo camina hacia él, lo más ligero que puede, y se detiene, cuando el niño que dirige el juego se da vuelta al terminar esa frase (“uno, dos y tres, cigarrillo cuarenta y tres”), de manera que, si al girar encuentra a alguien moviéndose, este tiene que ir al punto de partida y allí se encuentra en desventaja con respecto al resto del grupo”.
“¿Y quién gana?”, pregunta Nathan.
Le digo: “Bueno, déjame terminar: Aquél niño que llega al lugar donde está el que dirige el juego, ese es el que gana. Y luego el ganador es el que dirige el juego y todos los demás integran el grupo que se vuelve a alinear”.
“Dale, dale, contame otro jueguito, dale”, dice mi sobrinito insistentemente. Y yo sigo: “Corre trencito, corre por el bosque, y se detiene frente a la estación: ‘Martín Pescador ¿se podrá pasar? Pasará, pasará, pero el último quedará’”.
No entiendo lo que me acabas de cantar- dice asombrado Nathan.
Esperá, que recién empieza.
Sigo: “Los niños hacen un trencito (el primero, es la locomotora y el resto son los vagones). Tomándose de la cintura van cantando esa canción, mientras se desplazan. Por otro lado, hay dos niños que hacen de barrera: ellos se enfrentan tomándose las manos y las elevan, formando un arco. Estos niños, eligen por ejemplo un color cada uno: violeta, uno; y verde el otro; o pueden elegir el gusto del helado: frutilla y chocolate (a modo de ejemplo). El trencito se detiene al llegar a la barrera, que se encuentra baja, y la locomotora les pregunta a los de la barrera: ‘Martín Pescador, ¿se podrá pasar?’ Y ellos responden: ‘Pasará, pasará, pero el último quedará’. Luego se elevan los brazos y el trencito pasa por ese arco, agachándose un poquito para no tocarlos. El último queda atrapado al bajar la barrera y allí se pregunta ¿qué color te gusta más? ¿El violeta o el verde?, por ejemplo. Al elegir uno de esos colores, ese vagoncito se coloca detrás del niño que hace de barrera y que representa ese color elegido. Y, así, sigue el trencito con su canto hasta llegar a la locomotora sola. Gana el grupo que tiene más vagoncitos, que se van ubicando detrás de la barrera que han elegido”.
Después de explicarle todo este juego, me dice Nathan: “Ah, eso, es para nenas. Yo no voy a jugar a eso. ¿Qué te creés?”.
Bueno después de todo, valió la pena el intento, porque cuando vio que los chicos de mi barrio jugaban al Martín Pescador, él se agregó al juego, muy contento.

Aparatos modernos

Teresita Giuliano

El televisor

El 17 de Octubre de 1951 se realizó la primera emisión de la televisión argentina. 
Tuvieron que pasar alrededor de diez años para que llegaran los televisores al pueblo.
Era todo un acontecimiento y se corría rápidamente la voz: “¡Los Boni se compraron un televisor!, ¡dicen que los Moine también!”. Dichosos los conocidos y cercanos que podían ir a verlo.
Hasta que llegó también al barrio, al hogar de los Pettinari.
Gente amable, sencilla y de gran corazón, abrieron las puertas de su casa (nunca mejor dicho), para que amigos, vecinos y parientes pudieran disfrutarlo también.
Y allí íbamos, en patota, mi mamá con nosotros cuatro, los vecinos de al lado y los de enfrente, más los dueños de casa que eran nueve, con la nona y el tío soltero. Don Ernesto y doña Ángela, que vivían en la esquina solo asistían cuando había algún programa especial.
En el amplio vestíbulo de la casa, que parecía ensancharse para que nadie se quedara afuera, nos acomodábamos, los chicos adelante sentados en el suelo y los mayores en sillas, banquitos, sillones, detrás.
Nelly y Minga, las cuñadas dueñas de la casa, ejercían de anfitrionas e invitaban con mate y café a los grandes y caramelos para todos.
No importaban las interferencias ni la “llovizna”, que solía cubrir la pantalla. Lo importante era que mirábamos la televisión. Con decir que los chicos, arrobados con el aparato, ni pelábamos.
Se veía Canal 7 y, más adelante, los canales 3 y 5 de Rosario.
Recuerdo los nombres de algunos programas, aunque estén mezclados en el tiempo: “Viendo a Biondi”, “Telecómicos”, “La Familia Falcón”, “La nena”, “Odol Pregunta”, “Sábados circulares de Mancera”.
Hago un aparte para relatar la historia del señor del pueblo que fue protagonista de una cámara oculta de las que hacía Pipo Mancera en su programa:
El señor Viozzi había llegado de niño a la Argentina, quedando algunos de sus hermanos en Italia.
Con la complicidad de sus hijos, la producción del programa los contactó y los hizo venir a la Argentina, a la vez que el señor Viozzi, que residía en Tortugas, fue llevado con engaños a Buenos Aires y se filmó el reencuentro filial frente a miles de televidentes conmovidos con la historia.
De más está decir que no hubo un habitante del pueblo que se quedara sin ver el programa y se sintió orgulloso por ello.
Al tiempo, mi papá también compró un televisor.
Recuerdo haber visto la llegada del hombre a la Luna en mi casa.
Seguimos visitando a los Pettinari, pero nos reuníamos a jugar a la lotería… con los vecinos, amigos y parientes en una larga mesa dispuesta ¡en el vestíbulo!

El Winco

Ese año (1971) esperábamos con impaciencia la llegada del Niño Dios, presintiendo que iba a ser una Navidad especial.
Teníamos trece y doce años mi hermano mayor y yo; nueve y siete mis hermanos pequeños.
Aunque ya éramos grandes y conocíamos la identidad del Niño Dios, en casa se mantenía la tradición de recibir los regalos la mañana de Navidad después de que mamá y papá los pusieran secretamente en mitad de la noche sobre nuestros zapatos.
Creo que apenas amanecía cuando me desperté y convencí a uno de mis hermanos que me acompañe a espiar al comedor.
Quedamos asombrados ante la vista de unos grandes paquetes. Fuimos a despertar a los otros dos y ahí, sí, entre los cuatro, despejando papeles y cintas de colores, encontramos una flamante bicicleta entre los zapatos de mis hermanos pequeños, y en los míos y los de mi hermano mayor…un tocadiscos Wincofon en su mesita original con cuatro LP acomodados en ella.
La algarabía que reinó en mi casa toda esa Navidad, entre las vueltas en bicicleta y los giros del tocadiscos, es indescriptible.
En el pueblo, en la mayoría de los hogares, aún nos manejábamos con la corriente continua. La alterna de 220 wat, que era la que necesitaba el Winco era también muy nueva y solo unos elegidos la poseían, como el doctor Ventafini, el médico vecino.
Mi papá le pidió permiso para realizar una conexión y usar su corriente. Puso un enchufe en la pared medianera de ambas casas y, así, gracias a la buena voluntad del doctor, pudimos hacer uso del tocadiscos antes que cambiaran todo el sistema eléctrico.
El Winco acompañó toda nuestra adolescencia y fue protagonista de los “asaltos” que organizábamos en casa y el equipo de música en mi fiesta de quince, con mi hermano encargado de poner los discos y conformar a los más de cien invitados, que bailaban al son de los ritmos de la nueva ola con el volumen al máximo.
Mi papá viajaba una vez por mes a Rosario y, como en Tortugas no había disquerías, siempre regresaba con discos que compraba en la Terminal de Ómnibus.
Traía uno de tango (infaltable) para ellos, uno de folklore porque había que tenerlo, otro de música infantil para los más chicos (así conocimos a María Elena Walsh y el Pro Música de Rosario) y los más esperados, de “música moderna” para nosotros: Alta Tensión, Voltops, Música en Libertad, también Credence, Bee Gees, Julio Iglesias, pasando por Raúl Parentela y Rosamel Araya.
Completito y ecléctico. Papá pensaba en todos.
Tuve un novio que en una ocasión me regaló un simple (el bolero “Dos almas”) y, tal como se estilaba, escribió en su centro de papel y en forma de caracol, la siguiente dedicatoria: “Tere: protege este disco y guárdalo en lo más profundo de tu corazón. Son los deseos fervientes de H.”
La canción me gustó, pero no alcanzó a compensar mi desilusión ante tamaña cursilería y al poco tiempo lo dejé. Eso sí, cumplí sus deseos, ya que aún lo conservo, no en lo más profundo de mi corazón, sino con los demás discos.
Mi mamá siguió escuchando música en el tocadiscos durante mucho tiempo, después de que ya todos no habíamos casado. Nada le gustaba más que poner sus discos de tango por las mañanas mientras hacía las tareas de la casa y tarareaba o cantaba las melodías.
También se ocupaba de conseguir las púas, que se gastaban y había que cambiarlas. 
Tengo el Winco en mi casa y cada tanto pongo algún simple que adquiero en los mercados de pulgas por el solo placer de escuchar un rato su sonido tan particular y permitirme sentir un poquito (solo un poco) de nostalgia.

Banco Hipotecario Nacional

Ana Inés Otaegui

Terminé mi escuela secundaria y, al poco tiempo, ya estaba trabajando en el Banco Hipotecario Nacional, ubicado en la calle San Lorenzo al 900 de Rosario. Ingresé a ese edificio todo vidriado por fuera, para mí tan grande y tan imponente, lleno de oficinas, máquinas de escribir, de calcular, escritorios de maderas con sus respectivas sillas, armarios de puertas corredizas…
Mi primer día de trabajo fue el lunes 29 de septiembre de 1975. Me presentaron ante el gerente y todo el personal; y allí estaba yo, un poco nerviosa y con el miedo de poder hacer bien mi tarea. Todas esas dudas corrían rápidamente en mi mente; pero, por otro lado, tenía la alegría de trabajar en ese lugar. Eran emociones encontradas.
Fui asignada, al sector Préstamos, pero al poco tiempo pasé a Escrituraciones, ya que escribía rápidamente y sin errores en la Olivetti; lo que era fundamental para ese lugar, ya que los contratos eran larguísimos y con muchos detalles: medidas, superficies, planos, informes del Registro de la Propiedad y demás. Los contratos, llamados Mutuos, se firmaban con distintos sindicatos, gremios, empresas constructoras. Luego todas esas viviendas eran adjudicadas a las familias que pertenecían a dichas entidades. Recuerdo que en un principio esos planes de viviendas se llamaban “Eva Perón”, “Barrio Rucci”, “17 de octubre”. Luego cambiaron sus nombres y ya no se mencionaban de esa manera. Yo los conocí como barrio “1° de Mayo”, entre otros. Tiempos de compulsión y autoritarismo. Dos compañeros fueron declarados prescindibles. Sí, se usaba ese término para expulsarlos por alguna razón que el régimen consideraba correcto y, por supuesto, que nadie cuestionaba. Reinaba el miedo.
En esos tiempos, se escrituraban alrededor de ciento cincuenta propiedades por mes. Había mucho trabajo, muy dinámico era todo. Salían como pan caliente cada uno de esos documentos y lo más lindo era ver la expresión de esos rostros, llenos de alegría, de todas esas familias al tener por primera vez la casa propia. Allí, conocí a tantos escribanos, que para poder participar en esos planes se debían anotar previamente en el Banco. Nunca vi a tantos escribanos juntos esperando su turno para escriturar. Esos planes de viviendas eran a largo plazo, 25 ó 30 años, con hipoteca como garantía. Las cuotas eran acordes al ingreso familiar. Luego, con la indexación, en la que se aplicaba un coeficiente de actualización sobre la deuda, a muchos se les hacía difícil pagar.
Muchas empresas constructoras de Rufino, Venado Tuerto, Las Parejas, San Jerónimo Sud y San Jerónimo Norte, la firma Chiarito Hermanos, Cibelli Construcciones, entre otras, desfilaban por el Banco para lograr sus contratos. 
Mi paso por esa institución dejó en mí recuerdos imborrables, gratos por cierto, que siempre trataré de conservarlos.

Una carta con historia

Teresita Giuliano

28 de setiembre de 1951 – Alzamiento del general Benjamín Menéndez

En la mañana del 28 de septiembre de 1951, estalló una revuelta militar encabezada por el general Benjamín Menéndez para derrocar al régimen de Juan Domingo Perón. En pocas horas el levantamiento fue derrotado. (Fuente: www.elhistoriador.com.ar)
Mi tío Lalo, hermano mayor de mi madre, luego de haber cumplido con el servicio militar obligatorio, decidió seguir la carrera de Gendarmería.  
Transcribo en forma textual una carta enviada a sus padres y hermanas:

“Campo de Mayo, 29 Sept. de 1951 (hora 9)
Mamá, papá y chicas; les hago estas líneas para decirles que estén tranquilos, lo que pasó lo sabrán por la radio y los diarios, yo ayer viernes estaba con Antonio y el Nolo en la pieza y sentimos por radio que decretaron el estado de sitio y me vine a la Escuela a las 12, se hacen muchos comentarios, ya les contaré si voy el 17, aunque lo creo muy difícil y más ahora con esto.
Bueno, acá nos tienen sin poder salir, hasta cuando no lo sé, anoche lo escuchamos a Perón y tenemos noticias por la radio.
Hasta ahora no hubo movimiento aquí, sólo están preparados por las dudas, pero ya está todo tranquilo y parece que se va a levantar pronto el acuartelamiento.
Ayer se llenó la Plaza de Mayo de hombres y mujeres con palos y garrotes, ya verán las fotos en diarios, después que los habló Perón ya se calmaron y dispersaron.
Los que están listos son los que iniciaron el lío este, y ya están casi todos presos.
Por mí mismo no se inquieten, estamos lo más bien, con radio y cartas para truquear, así que no se aflijan ya les haré saber más noticias.
Será hasta siempre, reciban besos y abrazos de
Lalo
Saludos a todos

Caseros, sábado 29 hora 15, ya ven que todo salió como yo decía, ya estoy en el (….), tomando verdes con el Lalo y Antonio, vino anoche, le escribió a los padres anoche, ya se levantó el estado de sitio, todo está en orden y tranquilo, sólo se oyen los comentarios de lo que pasó, acá en Palomar tiraron unos cañonazos, pero enseguida se rindieron, porque se habían sublevado algunos de la Base Aérea del Palomar, pero cuando sintieron que empezaron con ametralladoras sacaron bandera blanca, había pocos nuestros, menos mal que les falló el plan, sino lo pensaban matar a Perón y asaltar la Casa de Gobierno con Rawson al frente, pero ahora sonarán como cobardes traidores cuando los capturen y no debe faltar mucho.
Bueno, contesten a ver que tal lo pasaron por ahí, si se asustaron. Sin más, deseo que estén todos bien, como yo.
Hoy casi les mando la carta de la Escuela, pero tenía esperanzas de salir, y así fue. Ahora estamos todos contentos, reciban saludos de Lalo, Antonio y Nolo que se fue de Lola, un gran abrazo y saludos de                                   

Lalo