martes, 23 de junio de 2015

Escuela “Obispo Boneo”

Juan José Mocciaro

1º Inicial "B", escuela "Obispo Boneo". La maestra es Lidia Laurino De Latorre. El autor del relato está en la hilera de los arrodillados y es el cuarto de izquierda a derecha.

Enclavada en barrio Refinería, “escuela de curas”, como le decían en el barrio, pareciera que uno entra en el túnel del tiempo, donde afloran los recuerdos, campana de bronce que hacían sonar las porteras, una gran galería que se transformaba en un pista de carrera en los recreos, siempre había una pelota de medias para despuntar el vicio, el amplio patio tenía plantas de mora, donde si te caía una en el guardapolvo, no había mancha más difícil de sacar y te ligaba un reto en tu casa, pero qué ricas que eran. Con una capilla donde todos los domingos teníamos la obligación de ir a misa y que nos sellaran un carnet de asistencia. Cuando llegaba el lunes e ingresábamos a clase, la maestra controlaba uno por uno al carné.
Todos los meses en cada curso elegían a los mejores alumnos sobresalientes y distinguidos, y consistía en que te entregaban un diploma de color marrón con la imagen de Don Orione y al distinguido azul, además en la entrada de la dirección había un gran cuadro con el nombre de los premiados del mes.
En la parte superior estaban los dormitorios de los curas y un cine, que los fines de semana daban películas para todo el público, el matiné para los niños. Una vez al año daban una película de cómo había que limpiarse los dientes y nos regalaban una crema dental “Kolynos” con su cepillo.
Durante los recreos dos o tres curas recorrían el patio para mantener el orden.
En la esquina de Gorriti y Santa María de Oro había una canchita de futbol que pertenecía al colegio, donde los alumnos jugábamos durante la semana y los sábados los mayores. Los arcos eran de caños desmontables y, ahí, pude ver jugar al "Pato" Pastoriza, que luego se fue al profesionalismo. En es lugar, actualmente está la nueva iglesia.
Un personaje de ese colegio era el maestro Bernal, siempre tenía tercer grado turno mañana. Él había comprado dos juegos de camisetas para sus alumnos y los viernes a la última hora los hacía jugar en la canchita. En época del barrilete los regalaba a los mejores alumnos de la semana, como así también al que realizaba alguna travesura te hacía pasar al frente, con el brazo estirado y los dedos juntos y te pegaba con una regla de madera llamada “pica pica” (ese momento no se borraba más).
Cuando llegaba fin de año y nos íbamos de vacaciones nos daban un carné para que cuando vayamos a misa se nos selle. Cuando me lo da el cura, yo todo inocente le digo: “Mire que yo me voy a Córdoba”. Y él me responde: “En Córdoba hay iglesias como acá”.
Así, mi recuerdo y homenaje al colegio que me vio hacer los primeros pasos en la educación. 

Luciérnagas cautivas

Teresita Giuliano

Mis juegos de niña fueron compartidos con tres hermanos varones.
Jugábamos mucho en el patio de casa, en la vereda, en la calle, en la plaza de enfrente.
Jugábamos a los indios y vaqueros, donde yo cumplía el rol de la muchachita que debía ser rescatada.
También a los piratas: enterrábamos tesoros en pozos cavados en el patio y confeccionábamos los planos para llegar a ellos.
Trepábamos al peral de la nona que se convertía en fuerte, en atalaya, en casita, en escondrijo.
Hacíamos montañas con las hojas del otoño y las ramas de los árboles podados.
Nos pintábamos las manos, la cara y la ropa comiendo las moras que juntábamos de los árboles del callejón.
En el verano, nuestros cabellos se ponían amarillos por la exposición al sol y los juegos en la pileta que nos había construido el tío Bartolo en el patio.
Con mis hermanos aprendí a disparar el rifle de aire comprimido, a usar la gomera, a encarnar lombrices en los anzuelos de las cañas de pescar, a construir casitas en los árboles y chozas entre los tomatales, a andar a caballito sobre “Chiquita”, nuestra perra policía, a disfrutar aventuras y a callar travesuras, a compartir frutas robadas y a idear estrategias para no dormir la siesta.
Vi desde pequeña a mi perra parir sus cachorros, a mis hermanos destripar pescados, a mi nona haciendo a un lado con la mano los sapos mientras cortaba lechuga de la quinta.
Una vez en el arroyo llené una carterita con montones de luciérnagas, que cacé a la tardecita imaginando que, cuando las largara en mi habitación a oscuras, la iluminarían.
Fue un duro aprendizaje, cuando comprendí que estaban muertas.
En una ocasión, mamá estaba preocupada, porque sentía un olor desagradable dentro del ropero donde estaba la ropa de mis hermanos.
Investigando halló la causa: en el bolsillo de un gamulán que usaba mi hermano mayor encontró ¡un puñado de lombrices en avanzado estado de descomposición!
Así, aprendíamos el ciclo de la vida, viviendo lo dulce y lo amargo, lo efímero y lo permanente, en ese interactuar con la naturaleza, sin dramas innecesarios, palpando la realidad.
Y el regreso a casa para tomar la leche, siempre con algún invitado, como si fuéramos pocos.
Ahora, pienso que todo el pueblo fue el “patio de casa”, porque nos movíamos en él con la seguridad que da lo conocido y lo propio.
Aún hoy, cuando vuelvo a mi pueblo y camino por sus calles, siento dentro de mí esa sensación de seguridad, de que allí no puede pasarme nada malo, de que detrás de cada puerta puedo encontrar un rostro conocido… una sonrisa amiga. 

¡ A la calle todos!

María Victoria Steiger

Volviendo a lo que relataba de nuestra vida en Mendoza.
Había contado sobre la mudanza de barrio que fue muy pesada para todos y creo que en todos los casos, sin tener en cuenta las edades, ¡es difícil!
Ya nos habíamos acostumbrado a la casa nueva, a cada uno sus lugarcitos. Mi hermano ya empezaba con la escuela (jardín de infantes en esa época) y traía de la casa grande todas las “diabluras” que le enseñamos.
Mi padre era muy madrugador y también se adaptó a la casa. En el baño había instalado su equipo de mate y la radio. Creo que la prendía más o menos a las 6 de la mañana; y empezaba la hora de tango, noticias y mate, mientras se afeitaba y bañaba.
Eso significaba que faltaba poco para la despertada general “¡Arriba todos. Ya es la hora!, decía con una voz como para que despertaran todos los vecinos.
Como nosotras éramos más grandes teníamos nuestras tareas. Yo quedé para la cocina. Cuando estábamos de vacaciones, me ocupaba de la sopa, que era infaltable todos los días, fuese verano o invierno. Claro que lo de la cocina no era la sopa solamente, sino también el arroz con carne, pastel de carne, milanesas, etcétera, todo para nueve personas. No me resultaba difícil y entre las cosas de la cocina me quedaba un tiempito para leer.
Para Navidad nos regalaron libros a todas. Mis hermanas no tenían problema en que yo los leyera primero y les contara, si estaba bueno. Así, entre el caldo de la sopita y las otras comidas, leía todo lo que había en casa.
No faltaba entretenimiento. Teníamos una perra salchicha, que ladraba a todos y molestaba al vecino de la casa de al lado; y cuando salíamos a la vereda, rápidamente se escapaba a toda velocidad.
El gato se escondía en lugares insólitos y cuando nos descuidamos merodeaba cerca de la jaula del canario.
Tantas escapadas de la perra, el gato que aprovechaba, una mañana apareció el canario desplumado y el gato escondido tras un mueble. Para sacarlo fue un problema. Estaba enredado con los cables y nos dio corriente. Me arañó las manos, y entre esto y el pobre canario, mi padre se lo llevó al negocio.
Mis hermanas también tenían tareas en casa: el orden del dormitorio, poner o levantar la mesa, planchar, etcétera.
En general, se las cambiaban entre todas; pero nadie agarraba la cocina. Así, aprendí un poco.
Un día empezó todo normalmente con el tango a todo volumen y nosotras aprovechando el último “tironcito” cuando… a todo volumen se escuchó: “Todos a la calle, así como están y rápido!
Se movía todo, ya otra veces había pasado, pero esta vez era fuerte,mi guitarra arriba del ropero iba de un lado al otro, no pude hacer nada porque tenía que subirme a la silla y teníamos que bajar. Pero no todas se despertaron rápido.
En nuestro dormitorio, Susana se fue rápido al otro dormitorio a ayudar con los más chicos; y Eugenia, la mayor, sentada al borde de la cama a los gritos, no quería bajar. No sé cómo la convencí. Me parece que bajó con un “cachetón”.
Fue, como ahora le dicen, ataque de pánico. Además del temblor, había ruido subterráneo.
Nos encontramos con todos los vecinos en camisón. Fue todo muy feo y muy rápido.
Después que pasó, estuvimos un buen rato en la calle, porque cuando tiembla se espera el remezón, que le dicen allá a las réplicas que suelen ser iguales o más fuertes. Bueno, todo pasó y fuimos entrando con un poco de miedo, pero entre cambiarnos y desayunar se volvió a la normalidad.
Después, mi papá escuchaba la radio y comentaba lo fuerte del temblor y las distintas reacciones. Nosotras, exageradas, le contamos lo de Eugenia y nos dijo a todas que era común que cada persona fuera distinta. Pobre, ella estaba enojada con nosotras, que la obligamos a bajar y no entendía nada. Por muchos años y a pesar de la explicación de mi padre, la cargábamos al primer movimiento que sentíamos, aunque fuera poco.
Creo que fue el último temblor que sentimos en Mendoza. Después, ya de casada, en nuestro primer departamento acá en Rosario, aunque no lo podía, creer tembló.
Ya teníamos a nuestra primera hija y mi marido no entendía de temblores, además era “liviano”. Teníamos una sola lámpara colgante y se movía un poco, tan poco que iba de un lado al otro. Por supuesto, prendimos la radio y se confirmó lo del temblor que para ésta zona es rarísimo.
Cuantos años que pasaron y hace un mes o un poco más me acordé de los temblores. Una de mis hijas, que está viviendo en el norte de Italia, se despertó de madrugada. Primero, se sintió un poco mareada y creyó que algo le había caído mal al estómago; pero se levantó y se le movía un poco todo y se acordó de lo que yo en algún momento le contaba de los temblores. Todo pasó muy rápido y, por la mañana, confirmó que sí, que era un temblor, por suerte liviano.

Así fue como tuve las ganas de contarles un poquito más de mi época de Mendoza.

jueves, 18 de junio de 2015

Vacaciones y juegos

Susana Olivera

¿A quién contarle?
¿A quién le importa
si las rosas se marchitan?
(Antonia Taleti)

El mes que más me gustaba cuando niña era diciembre, por un montón de razones. Una es que no había escuela, así que la plaza y los juegos no tenían horarios. Además, venían la Navidad, los regalos, las fiestas; pero, sobre todas las cosas, venían las vacaciones.
Las vacaciones. Tenían sabor de mudanza. Era un movimiento de cosas, de utensilios, de ropa. Se preparaban los colchones, que entonces eran rellenos de lana. Sobre ellos, mamá ponía ropa de cama, sábanas y frazadas, la ropa de toda la familia, ollas y sartenes, cubiertos, vajilla, nuestros juguetes. Después de largas discusiones, acordábamos llevar solamente los juegos: ludo, oca, naipes, damas. Mis hermanos, sus trompos, soldaditos, figuritas, pelotas. Y yo, mi osa de peluche de enormes ojos fijos, algunas de mis muñecas y el álbum de figuritas de Blancanieves.
 Además, antes de partir, se cubrían los muebles, los sillones y las arañas con sábanas viejas. Solo quedaba en pie la habitación de papá y mamá. Parecía que nos íbamos al fin del mundo.
Enrollaban el colchón –quedaban todas las cosas adentro– y lo cubrían con una lona. Papá la cosía como si fuera un paquete cilíndrico con piolín y una aguja curva enorme, de manera que quedaba todo protegido dentro del colchón. Los seis colchones se despachaban por tren.
 Las tías y la abuela en su casa hacían lo mismo. Íbamos con ellas.
Papá podía acompañarnos solamente quince días y algún fin de semana largo. Nosotros nos quedábamos los meses de vacaciones hasta marzo. Esa separación era lo único que me estrujaba un poquito la alegría, pero se escondía por la enorme expectativa, ya conocida pero no por eso menos disfrutada.
Alquilábamos una casa, siempre la misma, que quedaba frente al arroyo Vaquerías, en Casagrande, un poco antes de llegar a Valle Hermoso, en un recodo del sinuoso camino de montañas. En ese entonces, era un lugar agreste y solitario. Solo se veían chivos trepando por las laderas cubiertas de piedras y espinillos. La única vivienda cercana era una que estaba frente a la nuestra, cruzando el arroyo; era muy humilde, el baño era de chapas y estaba afuera de la casa. Pertenecía a una mujer que vivía sola –a veces la visitaba un señor con grandes bigotes negros y una escopeta– y criaba patos y gallinas. La llamábamos “La Patera”. Era muy lindo verla sacar los patos empujándolos con una rama y caminando todos en una fila blanca con un gran vaivén de caderas. Y las gallinas seguidas de sus pollitos que andaban por todas partes y hasta sabían cruzar el arroyo y meterse en nuestra casa.
Viajábamos en tren, debíamos trasbordar en Córdoba y continuar en coche motor después de recoger las cosas que habíamos enviado con anticipación. Y, finalmente, ¡la llegada a la casa!
Mientras los mayores acomodaban las camas y alistaban el almuerzo, nosotros íbamos a la cochera, lugar enorme lleno de cosas que nos fascinaban: parrillas de camas, cajones de madera, baúles cerrados con llave, herramientas para jardinería, frascos vacíos, otros más grandes con víboras y pájaros flotando en un líquido blanquecino, diarios y revistas viejas, gomas de auto en desuso. Eso era lo que de inmediato sacábamos y empezaban las carreras alrededor de la casa empujándolas con nuestras manos que quedaban negras de tierra. Ganaba el que llegaba primero y no se le había caído la goma ni una sola vez. No era fácil porque el jardín tenía muchas piedras y no era parejo.
Luego, la bajada al arroyo. La casa se encontraba bastante más arriba, probablemente para evitar las crecientes muy comunes en esa zona. Como el balneario “La Samaritana” se encontraba lejos, papá nos hacía un piletón en el arroyo: sacaba las piedras más grandes, las ponía en los extremos y con una pala hacía un poco más profundo el fondo. Todo era perfecto… nos molestaba que nos llamaran a comer, porque debíamos entrar y dejar lo que estábamos disfrutando…
Al atardecer, empezábamos a cazar sapos. Llevábamos linternas para alumbrarnos cuando caía el sol. Los levantábamos sujetándolos por la mitad del cuerpo y cuidábamos que no nos orinaran. Los llevábamos a la cochera, los metíamos en baldes con un poco de agua que habíamos sacado bombeando y los guardábamos hasta el día siguiente. Les dábamos de comer las moscas que habíamos cazado y guardado en los frascos de vidrio. Y, al día siguiente, empezaba el juego. Debíamos hacer todo en silencio, porque nos tenían prohibido jugar con los sapos y cazarlos; pero… la cochera estaba muy alejada, en el fondo del terreno.
Cada uno de nosotros tenía sus propios sapos que los distinguíamos por el color o el tamaño. Trazábamos con tiza una línea, los acomodábamos y ¡a correr carreras!
Otro juego era atarlos con un hilo y llevarlos a pasear como si fueran perros.
¿Cuándo se terminaba todo? Cuando algún adulto nos obligaba a soltar todos los sapos después de un buen reto. (Los recuperábamos la noche siguiente).
Creo por mi experiencia de infancia, y por los juegos de mis hijos, que lo que más placer causa es repetir y repetir siempre lo mismo: allí está el sentido del juego.
A la noche, Abuela sacaba una perinola y jugábamos todos con ese trompito con varias caras que tenían la leyenda: “Pon uno, pon dos, saca uno, saca dos, saca todo, todos ponen, deja todo”. Jugábamos con porotos. Si ganábamos, la abuela nos daba una moneda para comprar caramelos cuando fuéramos al pueblo… Y si no ganábamos, igual recibíamos la moneda que la Abuela nos alargaba con una sonrisa. La Abuela, cuánta ternura y cuánta gracia en su afecto…
Todas las noches repetíamos lo mismo y esperábamos impacientes la moneda que señalaba el final del juego y la hora de ir a la cama. Siempre demorábamos ese momento con juegos, corridas y risas como si nos diera pena terminar el día; mientras se escuchaban los imperiosos pedidos de silencio.
A veces, nos visitaban amigos de mis padres con sus hijos que tenían más o menos nuestras edades y con ellos compartíamos nuestros juegos preferidos. Éramos seis chicos; a veces, ocho, si estaban también nuestros primos.
Les dábamos a los pájaros migas de las meriendas que mamá nos había llevado al jardín. Poco a poco se iban acercando y picoteaban el pasto. Pronto eran toda una bandada.
Entusiasmados, desmigábamos panes enteros y los tirábamos al aire, parecían palomas. Levantábamos los brazos como si voláramos mientras cantábamos rondas infantiles… girábamos cada vez más rápido rodeados de pan, de alas y de pájaros, y formábamos un raro cortejo de niños-pájaro.
 Solíamos reírnos de las primas mayores, que no jugaban con nosotros, que nos llamaban “tontitos” y que olían asquerosamente a perfume. Además, todo el tiempo hablaban de sus novios sentadas a la sombra de los árboles moviendo sus cabezas como si dijeran “sí… sí... no… no…” Le tirábamos piedrecitas y nos corrían indignadas. También tratábamos de tocarlas con algún sapo, que manteníamos escondido y era tan gracioso escuchar sus gritos asqueados…
Un día, un día se terminó la ilusión del viaje a Casagrande. ¿Cuándo fue? Continuaron los viajes hasta que fuimos adolescentes en la escuela secundaria… murió la Abuela, hubo casamientos en la familia; pero ¿cuándo se terminó para mí?
Creo, me parece que fue en una oportunidad que mamá me dijo:
¿Vas a llevar las muñecas y la Osita? Estás demasiado grande para eso. Sos una señorita…
¿Una señorita yo? ¿Una señorita?
No más carreras, no más cacería, no más juguetes, no más rondas de pájaros. ¿No juegan las señoritas?

¿Una señorita yo?

Crecí jugando

Norma Azucena Cofré

Recuerdos de una infancia feliz.
Nostalgia por esos momentos en que el tiempo era solamente mío.
Los deseos se hacían realidad en mi imaginación. ¿El mejor juguete? Era llevar a la práctica y desarrollar las fantasías que habitaban mi mente… no las adquiridas por el avance de la tecnología, que atraen la atención de los niños, entregando todo creado, anulando esa capacidad propia del ser humano, desde que el mundo es mundo, de crear su propio mundo.
Puedo narrar con alegría y felicidad los juegos que acompañaron mi niñez. La vida quiso que naciera más cerca de la cordillera que de la ciudad, donde si por casualidad tenía un juguete comprado, seguro era en tiempos de elecciones y los mandaba el “partido”, igual que los guardapolvos, con un sello que decía “Evita Perón”.
Jugaba sola. En ese momento éramos tres hermanas y un bebe varón. Mis hermanas más grandes, por un lado, tal vez ayudando a mamá, yo… jugando al sol, con mi juguete regalado y haciendo casitas de arena, mientras dialogaba con un amigo invisible.
Nació otro varón, yo cumplía seis añitos. En esa época era muy chiquitas de mente; pero lo suficientemente diestra como para cuidar del bebé. Era mi hermanito y, a su vez, mi juguete, lo cuidaba como una mamá, le hablaba, le enseñaba cómo debía portarse y a hacer las cosas que la mamá le mandaba. A tal punto era la mamá, que estando casada y con mi primera hija sentía que mi hermano me pertenecía como hijo.
En la escuela primaria, hacíamos juegos grupales: la payana, la rayuela, saltar a la soga, la mancha, la escondida, la hamaca. Siempre incorporábamos a cada juego una dificultad para competir en destrezas. Pasábamos los recreos jugando.
En mi casa, había gallinas, pavos, patos, gansos, chanchos, perros y, una chivita que encontramos lejos del rebaño. Me divertía molestando a las gallinas cuando comían el maíz; o entran al gallinero a juntar los huevos, revisando la canasta de la gallina que empollaba, para ver si los pollitos habían comenzado a cascar el huevo para nacer, siguiendo a los patos en su carrera.
Los chanchos tenían su chiquero. Era cuestión de acercarme y tirarles algo para que se agruparan y empujaran para comer lo que les tiraba; a veces era solo una varilla, que ellos creían que era comida.
Los años pasaban y los juegos cambiaban. Siempre fui muy inquieta, mi tiempo tenía que estar ocupado, algo tenía que inventar.
Una mañana, mi madre había salido tras un arriero a comprar un chivo para que papá lo hiciera a la estaca, aproveché la ocasión de esa libertad en la cocina y comencé a elaborar una pizza, como la hacía mamá, con harina leudante y soda, (hoy hago la masa con levadura), así fui aprendiendo a cocinar y me encanta.
Papá, siempre que encontraba una novedad para que desarrollemos destreza física y el intelecto, la fabricaba o la compraba y nos la traía de regalo. Una vez, apareció con unos caños e hizo una hamaca en el patio de casa. Siempre hacía que compitiéramos o nos ganáramos las cosas. Nos mostró lo que había fabricado y nos instó a trepar por el caño, cruzarlo y bajar. De las tres, fui la única que llegó a la cima.
Un día apareció con el cerebro mágico, nos hacía demostrarle que sabíamos tanto que la lamparita se encendía con la respuesta.
En otra oportunidad llegó con una máquina de escribir “Remington”. La puso sobre la mesa y nos llamó. “Aquí dejo esta máquina (ya había fabricado la caja que cubría el teclado) -nos dijo-, la que aprenda a escribir al tacto, es dueña de la máquina, mi paciencia para aprender a escribir sin mirar el teclado terminó enseguida. No era para mí, mis intereses pasaban por inventar o leer historietas.

Hoy, que han pasado los años y soy abuela, sigo siendo inquieta, desafío mi capacidad en cada oportunidad que me ofrece la vida. Asisto a la UNR para Adultos Mayores, al taller “Contame una Historia”. Escribir y recordar la historia que me formó, me da mucha felicidad y alegría: descubrir que cada momento que viví fue el momento que tenía que vivir, para ser quién soy y ser inmensamente feliz”.

Camote asado

Enzo Burgos

La cosa estaba clara: había que juntar mayor cantidad de madera para concretar la mejor de “las fogaratas”. El Gordo dirigía el operativo indicando a cada pibe dónde debían ir para conseguir maderas en desuso o ramas de una reciente poda. Todo iba a servir para derrotar a las demás fogatas del barrio.
El ritual anual estaba en marcha y los chicos acataban las órdenes del líder. Cuando todos partieron a cumplir con su misión, quedó Humbertito, el más pequeño, sentado en un umbral y observando al Gordo con los ojos humedecidos.
“Mirá, Bertito, no te enojés. Vos querés entrar en la barra, pero sos muy pulguita. Si conseguís algo bueno, pero muy bueno, yo hablo con los chicos para que te acepten”, le dijo el Gordo.
El chiquilín, sin contestar, se puso de pie y salió corriendo. Él ya sabía dónde había maderas y hacia allí se dirigió.
Desde los fondos de su casa podía llegar a la vivienda de doña Margarita, quien tenía sobre el precario techo de su gallinero, una enorme cantidad de escobas viejas. Ese sería el botín que permitiera su entrada a la barra.
Cuando descendía desde la terraza vecina al techo del gallinero, lo invadió un sentimiento de culpa. Aquello era robar y su padre nunca lo perdonaría. Meditó un instante y se decidió: no robaría. Si lo querían aceptar en la barra, que fuera por ser un buen chico, pero por ladrón ¡no!
En ese momento resbaló cayendo en medio del gallinero, mientras sentía un agudo dolor en el tobillo. Las manos y la cara, además de sucias, olían horribles. Comenzó a gritar asustado.
En su habitación, doña Margarita, viuda y costurera, estaba dale que dale a la vieja Singer para ganarse la vida. Pese al traqueteo de la máquina de coser y la novela radial que invadía el ambiente, escuchó el llanto del mocoso en medio de un cacareo infernal.
Cuando descubrió a Bertito, se asombró; pero la sorpresa se fue transformando en sonrisa al notar el estado lamentable en que se encontraba.
El pibe la miraba asustado y la buena mujer lo ayudó a levantarse. Después tras ponerlo en medio del piletón del patio, lo lavó y secó. Luego, lo peinó pasando las yemas de sus dedos sobre el jabón mojado, improvisando un fijador, para armarle un peinado gardeliano al chiquilín.
Desde la inocencia de sus pocos años, narró lo sucedido, sin ocultar nada. Dijo de su arrepentimiento y juró no volver a robar nunca más.
Doña Margarita, tras consolarlo, le preguntó si tenían muñeco para la fogata y, ante la negativa del ladrón arrepentido, le propuso fabricarle uno enorme.
Con ayuda de la vieja máquina y sobrantes de costuras, construyó uno tan grande como el mocoso, con boca roja y dos ojos enormes hechos con botones de un tapado apolillado.
El chico loco de alegría, comentó: “Lindo, doña, lástima que no esté vestido”.
La mujer se dirigió a un antiguo ropero y de su interior extrajo un sombrero y un saco que colocó al enorme pelele. Entonces, comentó a Bertito: “Bueno, andá volando con tus amigos. Creo que con este muñeco te ganás seguro, un lugar en el grupo”.
Cuando el pibe llegó, en medio de la calzada, se levantaba una pila impresionante de maderas. Al ver al muñeco los demás chicos no lo podían creer, alabando la gestión del chiquilín.
“¡Te pasaste, pulga!, comentó el Gordo y trepó sobre aquella maraña de maderas y ramas secas para ubicar al muñeco en su cúspide.
Luego, el fuego fue consumiendo lo conseguido por los chicos ante la alegría de los vecinos. Cuando las llamas alcanzaron al muñeco, la gritería tornó ensordecedora y cada puñado de sal gruesa que se tiraba al fuego, estallaba en miles de chispitas. Eran los fuegos artificiales de los pobres, la alegría de divertirse con poco, casi diríamos con nada. Debe ser por eso que Alguien dijo que de ellos será el reino de los Cielos.
Doña Margarita también participó de este festejo barrial desde la puerta de su casa. Cuando el fuego tomó contacto con el sombrero y el saco, dos lágrimas cayeron de sus ojos cansados de seguir la línea de la costura y descendieron zigzagueantes entre las arrugas de su rostro.
Se secó con una de las puntas de la pañoleta que cubría su encorvada espalda y retornó a su hogar. porque el frío era tan bravo que ¡hasta hacía llorar!
Ya en su pieza, que era dormitorio, taller y comedor, se preparó su sopita de todas las noches y al disminuir el bullicio, que llegaba de la calle, imaginó que en el rescoldo habrían colocado camotes para comerlos luego sentados en el cordón de la vereda.
Se sentó para cenar acompañada por su soledad y tras la primera cucharada, miró el retrato de un hombre de grandes bigotes, quien la observaba desde el interior de un marco ovalado.
Tras minutos de jugar con la cuchara dando vueltas a la sopa, le clavó la mirada al de los mostachos, diciendo: “Vos siempre recomendaste me deshiciera de todas tus cosas, por eso me quedé tan solo con tu sombrero y un saco, porque eran los que más me gustaban, pero hoy vino un chico que… mirá, viejo, no sé cómo decirlo, pero estoy contenta. Y vos, aunque me mirés serio como siempre, también lo estás.
De pronto, se sobresalta al escuchar que llaman a su puerta. Vuelve a colocarse la pañoleta y al abrir encuentra a su pequeño amigo, quien sin decir nada le entrega un paquete hecho con papel de diario.
—Nene, ¿qué es esto?- inquiere azorada la mujer, mientras el pibe sale corriendo y sin detenerse ni darse vueltas, le grita.
—¡Gracias doña, la quiero mucho!
Cuando doña Margarita abre el paquete, la sorprende su tibio contenido: camotes asados. En ese preciso instante, la anciana descubrió que no solo el frío hace llorar. También el camote asado.


* Con mi familia viví hasta mi adolescencia en un departamento de pasillo en Corrientes 2057, a metros de la sede de la Universidad Abierta para Adultos Mayores, de la UNR. La vivienda aún existe y en aquellos años en uno de los departamentos, creo que el 2, vivía una señora viuda que cosía “para afuera”.

Papi

Luis Molina

Papi…
Qué palabra…
Tantas veces repetida por mis hijos, pero…
¿La dije alguna vez?
Ha pasado mucho tiempo y no lo recuerdo. Él era muy mayor y quizás por esa cosas de la época, o vaya saber que, no me dejó muchos recuerdos. Eso sí, su educación, algo en los genes que me arrastró a este camino de letras.
Fue tipógrafo del diario “Los Principios” de la ciudad de Córdoba, luego emigró con mi madre (muy joven ella) a esta ciudad, donde vi la luz hace tantos años. Hoy, una charla sobre el tema puso en mí la pregunta: ¿Quién era mi padre?
Lo recuerdo sí, pero vagamente. Se fue siendo yo muy pequeño. En mis siete años recién cumplidos no tenía cabida la palabra muerte. Lo tomé como algo que pasó; luego, sí, a medida que el tiempo avanzaba comencé a notar que era el único en la escuela que no tenía papá, me sentía diferente a los demás.
Ramalazos de memoria me traen a aquel nene de cuatro años, que cuando llegaba el diario todas las tardes (“La Tribuna”, que en aquella época era vespertino), quería ser el primero, ya que por entonces me fascinaba entender qué significaban aquellas letras, en especial “El Gato Félix”, “Doña Tremebunda”, “Pepita y Lorenzo”, caricaturas que leía ávidamente, de hecho fueron muchas palizas que no se si lograron hacerme entender que debía aguardar mi turno. El patriarcado tenía la potestad sobre el periódico.
Recuerdo, sí, la jardinera azul y el caballo bayo que tiraba de ella. El reparto de hielo era su medio de vida. Algunas veces lo acompañé, pero no me bajaba hasta llegar de vuelta a casa. El barrio Echesortu era nuestro mundo.
Excesivo con la pulcritud de su ropa, siempre salía de traje, asiduo del hipódromo, no faltaba los fines de semana. Mi madre, en tanto, me llevaba al Parque de la Independencia. Hamacas, juegos, un chupetín Misky, eran nuestras salidas. Una vuelta en la lancha de Nino, que tenía forma de hidroavión. Dado que ese señor era vecino, no nos cobraba.
En verano disfrutábamos la zona de “El Palomar”, que era muy fresca (no sé por qué) en invierno, demasiado fría. Algunas veces, subía a la calesita. Debía conformarme con una vuelta.
Aquél hombre elegante, de traje cruzado y sombrero, que lustraba sus zapatos él mismo, tal su manera de vestir (nada que ver con el hijo), tenía un letra impecable, era perfecta, casi dibujada, nada podía envidiar a la manuscrita de los libros de primer grado. Una vez (Creo que fue para reyes) me trajo un camión de madera, grande y fuerte, a tal punto, que me duró casi un día y medio sano.
Entre sus actividades, como changa en época de la exposición rural, supo cuidar a la vaca campeona. En aquellas botellas de dos litros, que por ese momento existían, traía a casa leche pura de la campeona, que yo degustaba a placer.
Pero viejo; ¿vos jugaste conmigo alguna vez?
¿Te dije “Papi”? ¿O solo te miraba con respeto y temor ya que, travieso como era, sabía que me reprenderías, sobre todo cuando llegaba el diario?
No te recuerdo enseñándome a patear una pelota. Mi mente busca en la oscuridad del olvido respuestas que parecen no estar y me pregunto, ¿cómo habría sido mi vida de haberte tenido en mi adolescencia? Nunca lo sabré.
En verdad no sé por qué me pregunto esto hoy…

Papi, viejo, la vida no nos dio oportunidad y, bueh, es lo que hay…