jueves, 3 de septiembre de 2015

Mi barrilete

Graciela Cucurella

—¡Papá papá! ¡Quiero un barrilete!
—Bueno, pero… tenemos que ir a buscar las cañas. Hay que ir caminando hasta el terraplén.
—¡Sí, sí!- decía yo con alegría.

Una tarde, después de una siesta, caminamos bastante hacia un terraplén donde había muchas cañas.
Mi papá también aprovechaba para traer algunas cañas para hacer las tomateras de su huerta. Las elegía con mucha paciencia y las más fuertes eran para mi barrilete.
Cuando volvíamos a casa con las cañas a cuesta, nos gustaba conversar mucho. Él me contaba cómo iba a ser y como lo íbamos a armar. A mí me fascinaba hablar con él, porque sabía hacer de todo, siempre se daba maña para todo.
Llegamos a casa y le conté a mi mamá que iba a hacer un barrilete. A ella no le hacía mucha gracia, siempre me decía que yo era una nena y eso de hacer barriletes era cosa de varones. A mí mucho no me importaba, yo quería mi barrilete.
Después de descansar un rato, de tomar la leche con tostadas y dulce casero que hacía mi mamá, comenzaban los preparativos para hacer el barrilete.
Mi papá ponía al fuego un jarrito con agua y harina para hacer el engrudo, luego cortaba las cañas para que fueran parejas y las unía con un hilo. Algunas veces no teníamos dinero para comprar papel de barrilete y lo hacíamos con papel de diario y con muchos flecos. Después le poníamos los tiros que debían estar parejos para poder remontarlo y con tiras de telas le hacíamos la cola. La teníamos que hacer exacta porque si era corta coleaba y no subía. Lo que siempre quise saber es para qué se le ponía una Gillette en la cola, algunos chicos decían que era para cortarle el hilo a los otros barriletes, pero eso nunca lo vi.
Al día siguiente, después de que se secaba bien, salíamos al patio, que era muy grande, y lo remontaba con la ayuda de mi papá. Era tanta la alegría, que disfrutaba mucho de ver como se elevaba cada vez más. Soltaba el hilo y más arriba se iba. ¡Qué hermosa sensación! Y en mi mente de niña, pensaba que llegaría al cielo.
Después, quise una hamaca y, como siempre que pedía algo, mi papá me complacía y me armó una.
En el patio de mi casa había un árbol grande y frondoso, con ramas gruesas y firmes. El árbol era un paraíso muy especial para mí, él era mi amigo y hablaba con él siempre que podía. Todavía recuerdo su nombre, yo lo había bautizado “Anzú-Anzú”. Amaba a ese árbol, porque teníamos largas conversaciones imaginarias con él.
En una de sus ramas, mi papá me armó una hamaca que era igual a las de la plaza. A la tarde, después de hacer la tarea, pasaba horas hamacándome y siempre que lo hacía tenía la misma sensación: me parecía que si me hamacaba bien alto, con mis pies iba a tocar el cielo.
¡Qué felicidad! ¡Qué hermosa infancia!
Agradezco todos los días el haber tenido un padre como vos.
Él se llamaba Vicente, era alto, muy elegante, con muchas canas, ojos celestes, silencioso, inteligente, recto y honrado.
A mi hermana y a mí nos enseñó de todo. ¿De qué manera? Con el ejemplo, con respeto, con educación, nos dio de todo, todo lo que estuviera a su alcance, y por sobre todas las cosas nos dio muchísimo amor.
Te extraño y te amo con todo mi corazón.

La muñeca de porcelana

Teresita Giuliano

A todos los niños que ingresaríamos ese año a primer grado inferior de la escuela primaria, nos citaron para tomarnos un test, cuyo resultado utilizarían las maestras para realizar un diagnóstico de la capacidad comprensiva e intelectual de los alumnos.
En una de las pruebas, la docente nos leyó un cuento acerca de una niña que tenía una muñeca de trapo.
Luego nos invitaba a pasar al frente y nos pedía que lo contemos con nuestras palabras.
Cuando llegó mi turno, tuve la picardía de ir leyendo de reojo el cuento que estaba en el libro abierto sobre el escritorio.
Pero me salió mal.
El cuento original hablaba de una muñeca de “porcelana”, palabra que la maestra había cambiado por “trapo”, pensando tal vez que iba a ser más identificable con nuestra experiencia.
Así que cuando leí “muñeca de porcelana”, la señorita me interpeló: “¿Cómo de porcelana? ¡Yo dije que la muñeca era de trapo!”.
Tuve que confesar la trampa: “Lo leí en el libro, señorita”.
 —¿Tenés este libro en tu casa?- preguntó, pensando que lo podía saber de memoria.
—No, yo sé leer.
Buscó otros libros que también leí. Me llevó cual fenómeno de feria ante las otras maestras y la directora y leí cuanto pusieron ante mis ojos.
 Llamaron a mi mamá y le dijeron: “Señora, esta niña por sus condiciones no va a hacer el primer inferior, ¡la pondremos directamente en el superior!”.
Y allí fui, a reunirme con un grupo de niños que ya habían cursado un año. Y yo, que sí sabía leer y escribir porque lo había aprendido jugando, apenas conocía los números y no sabía sumar ni restar ni resolver problemas matemáticos.
Me quedaba en los recreos dentro del aula practicando con alguna compañerita que la maestra designaba, mientras escuchaba con tristeza los cantos de rondas y juegos que me estaban vedados.

Pagué los errores de un sistema educativo que privilegiaba el resultado: padecí y odié matemáticas todos mis años de estudiante.

Pepe

José Lombardo

Mi madre siempre me decía que no tenía que andar por ahí con personas mayores. La verdad es que nunca tuve esa costumbre, pero con Pepe era diferente y ella nunca opuso reparos a pesar de que siempre andábamos con él de aquí para allá y que las cosas que podía hacer con Pepe no eran de las que se hacen con chicos de la misma edad.
A Pepe le gustaban “los remates”. Los remates en el pueblo se hacían los días domingo por la mañana. Cerca de las diez, se escuchaban unas bombas de estruendo que anunciaban el comienzo y allá nos íbamos. En aquellos años cercanos a 1950 se acostumbraba a rematar en un corralón gran cantidad de elementos usados: roperos, faroles, victrolas, discos, frascos, puertas, camas, juegos de living, cortinas de madera, mesas, aperos, herramientas y todo aquello que a uno se le pueda ocurrir. En el corralón donde se realizaba el remate ordenaban todo por “lotes” prolijamente numerados de manera que uno sabía más o menos cuando podrían llegar a rematar el elemento de su interés. El rematador arriba de un banquito y atrás de un escritorio elevado recibía las ofertas y con un martillo daba fe de la operación realizada golpeando sobre una pequeña libreta que tenía en su mano. Y Pepe era un comprador serial. Una vez se compró como diez frascos de dulce de tomate. Los frascos serían de unos 2 kilogramos y eran realmente muy llamativos pues estaban conformados exteriormente como un cilindro regular pero de paredes acanaladas, con una boca tan ancha como el frasco y con tapas de chapa. Otra vez se compró un fonógrafo que era más antiguo aún que las conocidas victrolas marca “Víctor” que tenían la imagen del perrito escuchando la bocina en la tapa.
Era muy común, que a mediodía apareciese con los hijos del vecino y ante la tierna mirada de mi madre, corrían las sillas y la mesa del corredor contra la pared para disputar ardorosos partidos con una pelota de goma: Pepe y yo, contra los vecinos.
A Pepe le gustaba sembrar papas. Me llevaba un domingo tempranito a un terreno que estaba al lado de la casa de su madre y allí, asada en mano, preparábamos los surcos y para el mediodía ya teníamos la pequeña huerta preparada para la siembra. En general, para recoger la cosecha yo me negaba terminantemente.
Íbamos juntos a la cancha, pues éramos hinchas del mismo equipo. Me llevaba a las carreras de sulkys en las afueras del pueblo. Juntos solíamos juntar higos en la quinta de una tía suya y muchas veces me enseñó como hacía el licor de mandarinas y cómo se curaban las aceitunas.
En la mesa grande de mi casa, donde mi madre daba clases de costura, con Pepe armábamos los modelos de aeromodelismo que llevábamos a volar a un campito cercano. Cuando nos poníamos a trabajar no podíamos parar y a veces eran las cuatro de la mañana y allí estábamos a la luz de un velador pegando y cortando trozos de madera valsa o forrando con papel japonés algún fuselaje. 
No creo necesario continuar, todos a esta altura se habrán dado cuenta que Pepe era mi padre, un tipo de padre que no insistía en desgranar consejos a través de la palabra. Opino que sus modos y sus formas fueron su manera de decir el mensaje de vida que necesitaba transmitir: sabía que las cosas usadas guardan sus secretos, por eso las adquiría en los remates, quería a sus allegados y era capaz de jugar con ellos a la salida del trabajo, sembraba en la tierra que quería y de donde no se fue nunca, compartía con nosotros sus secretos a voces y mostraba con orgullo sus papas, sus aceitunas y sus licores y finalmente, si algo le faltaba, sobre la mesa de la costura, nos enseñó a preparar las alas para poder volar.

Los higos se roban

Teresita Giuliano

Una vez escuché al genial Alejandro Dolina decir esta frase: “Los higos no se compran, doña, ¡los higos se roban!”.
Claro, eso era antes. Antes, cuando los árboles frutales abundaban en los patios, en las huertas, en los campos, en los baldíos y hasta en las veredas.
Antes.
Ligados a todos mi recuerdos de infancia. La higuera en el patio de la abuela, con sus frutos recogidos a mansalva; un ciruelo considerado precioso por sus ciruelas amarillas, dulces como la miel, pero que solo daba unas seis por año… ¡Sí, seis!, cuidadas como un tesoro hasta que maduraban y luego compartidas entre los afortunados, que siempre nos quedábamos con ganas de más.
Antes.
Cuando las granadas caían y reventaban en el suelo, en esa explosión de color y sabor que atraía a las abejas… (¿Dónde hay árboles de granada ahora?).
Los naranjos y mandarinos rebosantes a través de los tejidos de los patios, al alcance de todos. Ese olor prohibido a mandarina verde es inolvidable. “¡Les va a hacer mal, no las coman verdes”, nos decían, pero ¿cómo resistirse?
Antes.
Cuando en las veredas formaban fila las moreras blancas y negras y nos trepábamos a juntar las moras y a comerlas allí mismo, sin lavarlas, tiñéndonos las manos, la cara y la ropa, sabiendo que luego venía la reprimenda, pero ¿quién nos quita lo bailado?
Y los coquitos de las palmeras, que esos sí los teníamos que juntar del suelo y pedir permiso para ingresar a la casa donde estaban. Había una familia que vivía frente a la escuela primaria y en la época de los coquitos, hacíamos cola para entrar. Buena gente, ¡qué paciencia!
Antes.
Cuando en la temporada de los cornalines (eran como una manzanitas del tamaño de una aceituna, crocantes y dulces), nos recorríamos el pueblo ante la data cierta de que en los patios de algunos vecinos ya se hallaban maduros y listos para comer.
Nunca más los comí. ¿Aún existen los árboles de cornalines?
Y los quinotos, con su cáscara tan dulce y su corazón tan agrio. También los llamábamos “concuá”. Yo solamente les comía la cáscara.
Antes.
Cuando saltábamos la tapia del vecino, que haciendo la vista gorda nos permitía llenarnos los bolsillos de nueces y nos regalaba las ciruelas caídas.
Y en un extremo de audacia, robarle tunas al nopal, entre sus espinas defensivas, solo para probar su sabor.
Se me hace agua la boca, como antes… Y se me endulza el alma con el recuerdo, ahora.

Nota: Gracias a mis amigos y conocidos de la infancia que me ayudaron a descubrir que:
. Los cornalines son los frutos de una planta llamada mistol.
. Estas plantas aún existen en algunos patios de los vecinos de Tortugas.
. Los quinotos también se llaman kumcuat (de allí la deformación “concuá”) y fortunella.
. Tenemos los mismos recuerdos

Pájaro carpintero

Susana Olivera

Siempre me ha hecho feliz ver los pájaros carpinteros.
Se anuncian con un grito característico y después bajan en grupos de dos o tres. Son torpes en el suelo, caminan dando saltos. Nadie diría que pueden pararse paralelos a las ramas de los árboles y tienen un vuelo tan airoso. Vienen a visitarnos dos tipos diferentes. El que más me gusta es uno negro, con pecho blanco y el copete rojo en la cabeza. Otros no son tan vistosos, son grises pero también con su hermoso penacho rojo.
El llamado que anuncia su llegada me hace interrumpir toda tarea que estoy haciendo y solo espero que bajen, me quedo en una quietud total para no asustarlos. Y pienso: “¿Dónde vivirán? Hay pocos árboles cercanos. ¿Habrán anidado en un poste de la luz? ¿Por qué vienen siempre a nuestro terreno?”.
Me hace feliz ver los pájaros carpinteros, golpeteando los troncos con su seco “toc toc”, haciendo sus nidos en alguna parte.

Por entonces la firma Fraiman y Vancini había hecho un loteo de campos, que se usaban para la siembra de maíz, y ofrecía una financiación muy conveniente. Con unos amigos habíamos visto la posibilidad de tener nuestras casas en esa zona para compartir los fines de semana, lo llamaban Funes R y estaba cercano a la parada 9. Queríamos estar juntos, por eso, como todos, compramos un lote y lo estábamos acondicionando nosotros mismos.
No era fácil: poco dinero y poco tiempo: solo disponíamos los fines de semana por nuestros trabajos. Además, no teníamos luz eléctrica, habíamos llevado velas y un sol de noche. Limpiamos el terreno de marlos. Lo cercamos. También habíamos hecho cavar un pozo y sacábamos el agua de la napa con una bomba de mano: había que bombear subiendo y bajando el brazo de la bomba unas cien veces para llenar de agua el tanque que habíamos ubicado arriba de la casa.
Solo construimos una habitación con un bañito ayudados por un albañil. Para empezar. Más adelante iríamos sumando habitaciones. Todavía no estaba bien amurada la puerta de entrada, solo la apoyábamos para cerrar por los animales. No había robos por esa época en la zona… 1970.
 En la habitación teníamos una mesita, dos reposeras de lona, el equipo de mate, vasos y jarra, cubiertos y platos y algunas herramientas para trabajar la tierra: guadaña para cortar el yuyo alto, una cortadora a rodillo para el pasto, tijeras de podar, palas…, las dejábamos allí; llevábamos el termo con agua caliente y regresábamos ahítos de sol y cansados por el trabajo.

En esa oportunidad el pasto había crecido terriblemente en el camino: era tan alto que casi tapaba el Fiat 600 y apenas quedaba espacio para acercarnos al terreno por la huella. Solo se veían yuyos y yuyos por ambas ventanillas. Íbamos a plantar unos eucaliptos para cortar el viento sur que era muy fuerte y nos arruinaba los rosales y el jazmín que cultivábamos cerca de la casa. Además, queríamos amurar una repisa para acomodar nuestras cosas.
Hacía calor; las chicharras anunciaban que íbamos a tener una temporada cálida, y el chistido de las langostas nos acompañaba mientras tomábamos mate. Yo había regado “el jardín”… es decir, los cuatro rosales y la mata de jazmín de lluvia… y había un olor a tierra mojada, a rosas, al jazmín que estaba todo florecido, el mate que iba y venía…
Los pájaros carpinteros nos hacían su acostumbrada visita para completar el hermoso día. Los mirábamos y habíamos suspendido el mate para no asustarlos. Un moscardón zumbaba su línea recta sobre nuestras cabezas. Los pájaros picoteaban cerca de un rincón cubierto de manzanillas silvestres. Como ellos, también estábamos construyendo nuestro nido a pura mano, a puro esfuerzo. Pero era como un juego… nos daba placer.

Antes de regresar, ya anochecía, nos habíamos propuesto acomodar unos mosaicos que nos habían regalado de una obra en construcción y eran todos diferentes, así que queríamos probar distintos dibujos antes de colocarlos, planear unas guardas para que el piso quedara bonito…
Entramos… se habían callado las chicharras y las langostas. Había silencio y una oscuridad muy grande: no había luna.
Nos sentamos en el suelo y empezamos a acomodar los mosaicos. Pasaba el tiempo, no sé cuánto pasó ni qué hora era: poco importaba. El rocío había aumentado el aroma del jazmín y traía algo de frescura al calor de la noche de diciembre. Nos mostrábamos el trabajo; hacíamos y deshacíamos.
Salí para traer agua, bombeé unas diez veces. Un sapo tímido aprovechaba el agua que se derramaba. Llené la jarra de plástico transparente. El agua de pozo estaba siempre fresca, le puse cascaritas de limón y la bebíamos mientras comparábamos los dibujos.

Nos pareció escuchar pasos por la franja de camino que quedaba libre de yuyos. Era poco probable: no había viviendas en esa zona, no tenía sentido un caminante por allí; sólo había una casona importante a unas seis cuadras, en la entrada de la ruta, pero allí solo vivía el cuidador. Sin embargo, eran pasos… estábamos alerta. Miré entonces el reloj: eran las diez de la noche.
Nos dimos cuenta de la soledad del lugar. Callamos.
Escuchamos crujir las plantas que rodeaban la habitación. Seguramente era una comadreja: habíamos visto algunas y estaban con sus crías.
Me acerqué a la puerta abierta y traté de escudriñar el pastizal. No se veía nada. Me prometí que cortaría el pasto del camino frente a la casa la próxima vez que viniera. Me quedé un rato para ver si se repetían los pasos.
Sin lugar a dudas la puerta que no estaba puesta no nos protegería de nada. No quería sugestionarme pero algo que no podía explicar estaba pasando. Acerqué el farol a la entrada. No iluminaba demasiado lejos. De cuando en cuando, aquí y allá se encendían las luciérnagas.
Seguimos trabajando un rato más, pero nos sentíamos inquietos. Un grillo desparramaba su canto monocorde. De repente, calló.
El silencio pesaba.
Otra vez el crujir de las plantas. Nos pusimos de pie de un salto. No cabía dudas: alguien estaba frente a nuestra casa. Llamamos: “Hola, hola. ¿Busca a alguien?”.
Silencio por respuesta. Insistimos… Nada.
Entramos. ¿Cómo seguir con nuestra tarea? Escuchamos como una respiración húmeda, como el gorgoritear del aire en el fondo de la garganta. No hablábamos. Allí había alguien. Era evidente.

 Levantamos la vista y vimos unos ojos enormes brillando en la oscuridad. ¿Algún animal? ¿Un caballo? ¿Un perro? ¿Una persona?
Algo querían si se habían acercado. Llamamos otra vez pero sin obtener respuesta.
No averiguamos más, partimos…
Dejamos todo tal cual estaba, apoyamos la puerta en el hueco, nos metimos en el Fiat y salimos velozmente camino a la ruta…

Tratamos de hablar de otra cosa mientras corríamos a los barquinazos en el camino de tierra hacia la ruta.
Habíamos dejado en la casa algunas cosas que necesitábamos: el termo, mi bolso con los anteojos y la billetera, las ojotas, unas revistas, un par de abrigos. Pero no volveríamos por esa noche. Estaba decidido.
Para quebrar el mal momento yo hablaba y hablaba…decía que “cada vez hay menos manzanilla en el terreno y que nos visitan muchos pájaros: gorriones, torcacitas, jilgueros, colibríes, zorzales con su pecho colorado, horneros, benteveos, también loros… Pero solo nos da alegría la visita de los pájaros carpinteros.”
Como ellos construíamos nuestra casa… a los picotazos.
Seguramente, volveríamos… al día siguiente, volveríamos.

martes, 7 de julio de 2015

Biblioteca en formación

Ofelia Sosa

Recuerdos nítidos y cálidos. Pasajes de una vida.
Rosario, año 1961.
Papá me regaló mi primer libro de fantasías, que también fue mi libro de cabecera.
Tenía 8 años. Buena niña, buena alumna y buena lectora.
Yo era la más chica de tres hermanas y de tanto escucharlas repetir sus lecciones, aprendí a leer y escribir a los cinco años. Por ende, fui a Primero Inicial de oyente, como se decía antes.
Veía a papá leer en sus momentos de ocio sus libros de historia y a Corín Tellado.
Me sentaba a su lado y leía con total disfrute mi libro favorito: “Peter Pan”, el niño que podía volar y no crecía. Tenía a su amiga Wendy, a los niños perdidos, al hada Campanita y, por supuesto, también tenía un enemigo, el pirata Capitán Garfio, todos en el País de Nunca Jamás.
Sus anécdotas hacían que me involucrara hasta sentirme parte de sus historias.
Después, mi relación con la biblioteca escolar se hizo más asidua, haciendo que sacara un libro por día. Hasta que un día la bibliotecaria me pidió que le contara el libro que devolvía, ya que no creía que pudiera leer tanto y tan rápido. Fue así como, convencida, me siguió entregando día a día los libros que le pedía.
Se fueron sumando “Juvenilia”, “Corazón”, “Cuentos de la selva”, “La Ilíada”, “La Odisea”, etcétera.
De esa forma, tanto yo como mis pares, nos acercábamos a las bibliotecas como un lugar más, creado para nuestra comodidad, ya que las bibliotecarias estaban siempre presentes para aconsejarnos y acelerar nuestras búsquedas.
Después, de grande, entre estudio y trabajo, libros que nos enriquecían.
Recuerdo que en aquél momento, año 1979 con 26 años, recibía en mi escritorio al señor Esteban, vendedor del “Círculo de Lectores”, al que me había asociado para poder seguir leyendo, ya que no tenía tiempo para ir a comprar un libro.
Después de años, ya con hijos grandes, volví a mis queridos libros; y fue en el Taller Literario de la Biblioteca Argentina, con la profesora Patricia Gualino, que comencé a escribir. Años creciendo en este espacio que abriga en momentos buenos y malos.
Vocablos envolventes que penetran y enriquecen.
Me seduce la palabra, por eso la leo y la escribo.
Gracias papá, gracias escuela y gracias docentes.

El hacedor

Carmen Gastaldi

“…amo tanto las palabras…
Brillan como piedras de colores,
Como platinados peces.
Son espuma, hilo, metal, rocío…”
Pablo Neruda

 Todas las estaciones del año tienen para mí “ese qué sé yo, ¿viste”. Cada una tiene su propia impronta. Ese sello, su música, su aroma… Me gustan todas; pero, por “ese qué sé yo”, el otoño y el invierno son mis preferidas
 De niña pequeña dormía en una cuna. Esa cuna, muchas veces, era el corralito de mis juegos. De madera, pintada de rosa, con barrotes delgados que formaban parte de dos barandas que se podían subir y bajar. En la cabecera, sobre la parte más ancha, se destacaba, en relieve, el dibujo de una casita, sobre un prado verde, en el cual jugaba una niña con un perrito y un aro. Realmente esa imagen me fascinaba. Horas, sentadita, mirándola, metiéndome en ella a jugar con el perro y con la niña. ¡ No dudo de que ese fue mi primer libro!
 La escuela, preescolar, inviernos muy fríos. Anginas, tecitos, jugos, remedios. Al mediodía, papá regresando de su trabajo, deja caer sobre mi cama un paquete de regalo. Lo abro ansiosa y me encuentro con “El gato con botas”, “La bella durmiente” y otro librito que era para pintar. Todavía no leía, por lo tanto papá tuvo que hacerlo para mí. Una, dos, tres, cien veces, hasta que yo los podía repetir de memoria.
 Lo del otoño y el invierno tiene que ver con eso. Una gripe, frecuente en aquellos inviernos significaba recibir los infaltables libros que papá me regalaba.
 La primaria, segundo o tal vez tercer grado. Durante varios años, vivieron al cuidado de mi abuela dos primos: Cachi y Chiche, al que se sumaba Miguelito, que ya estaba instalado con sus padres en la casa materna. Ellos eran un poco más grandes que yo. ¡Todos revoltosos! Cuando papá regresaba de sus ocupaciones, después de un baño y cebando unos matecitos, nos entretenía con juegos de cálculos orales y, luego, siempre, una lectura.
Con él aprendimos a escuchar y disfrutar de la buena lectura. Fue la época del “libro leído”. Tenía una pequeña biblioteca con muchos policiales, pero a nosotros nos leía poemas, párrafos de algún capítulo de cierta novela que a él lo había impactado, cuentos. Con él conocimos autores como Salgari, Güiraldes, Lucio V. Mansilla, Edgar Allan Poe, Edmundo D’Amicis, José Hernández, Julio Verne, Alcott, Mark Twain, entre muchos otros.
 Los libros de lectura que usábamos en la escuela eran esperados por mí con gran ansiedad. Cuando me los compraban, siempre nuevos, me encantaba rodearlos con mis manos, sentir su forma, su textura, su aroma a recién editados. Venían ilustrados y en los grados superiores volví a encontrarme con los autores que mi padre nos leía.
Con la secundaria, aparte de los que por currícula teníamos que leer, llegaron los Corín Tellado, Poldy Bird y algún que otro libro de Agatha Christie”.
A los diecisiete años, llegó el trabajo y mi empeño por cursar una carrera larga y que estaba diseñada para los que no necesitaban trabajar, ya que los horarios de asistencia a clases, eran por la mañana y por la tarde. Lo intenté, pero no pude. Abandoné y luego me di cuenta de que no era lo mío. Al poco tiempo, ese trabajo también quedó atrás. Renuncié, aun cuando el dueño, el señor Torriani me ofreció mejor sueldo y demás. Era muy joven y no la pasaba bien gracias al contador. Hoy lo definimos como “acoso”. Me fui.
 Concurría a la biblioteca y descubrí que ese era mi lugar. Que el mundo de los libros era mi medio, que como dice Neruda, amaba las palabras y que cuando Borges dice “la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido” tiene razón; pero la literatura, como género, no es el universo de los libros. Los libros, para mí, son la transmisión del pensamiento vivo de la humanidad toda, a través de sus autores.

 Salvador Alberto Gastaldi: “el hacedor”. ¡Con todo orgullo, mi padre!