martes, 20 de octubre de 2015

El tranvía

Carmen Gastaldi

…tilín, tilín…, talán, talán…
 pasa el tranvía por Tucumán…

De madera, aparentando ser de metal, con dos plataformas o cabeceras, una en cada extremo, dibujando estas un medio hexágono y otras veces un medio octógono. Cuatro puertas, con escaleritas para ascender o descender. Pasamanos, oscilando arriba, pendiendo de una barra fija de extremo a extremo, otros, como manivelas de bronce, en los espaldares de los asientos. Los asientos, construidos con brillantes listones de madera y, con la cualidad de cambiar su orientación, según el motorman lo condujera desde una u otra plataforma.
“Motorman”, el vocablo inglés que se usaba para referirse al conductor. Este era el que manejaba y siempre iba, por lógica, en la plataforma delantera. El otro personaje era “el guarda”, que viajaba recorriendo los asientos, vendiendo los boletos; o sea, cobrando el pasaje por el viaje. Luego, se quedaba atrás, que era por donde subían los pasajeros.
 Los tiradores sobre el techo, lo conectaban a la red eléctrica, gracias a la cual andaban. Las ruedas de metal, sobre los rieles o también llamados vías férreas, que se extendían a lo largo, a ras del empedrado por todas las calles por las que circulaban.
Las ventanillas, ¡las disputadas ventanillas!, que podías subir en esos días en que el calor agobiaba, permitiendo que corriera el viento. Estaban provistas de cortinas, que acomodabas según te molestara el sol.
Eran sumamente ruidosos y algunos tenían recorridos tan largos que se hacían esperar mucho en las esquinas y cuando llegaban, muchas veces pasaban de largo, porque llevaban tantos pasajeros, que algunos viajaban colgados.
A muchos de estos pasajeros, les gustaba viajar en esta situación para no pagar boleto. Se ascendía por atrás y se descendía por adelante. Entonces, los colgados, muy amablemente, se bajaban en todas las esquinas para ceder el lugar a los que subían y, por supuesto, seguir viajando gratis.
Cuentan que fue pasando mediado del siglo XIX que aparecen, por primera vez, en Rosario los tranvías tirados por caballos. Desde entonces pasaron muchos inviernos, muchos veranos, como siempre, el tiempo pasó implacable.
Recién los conocí y los utilicé allá por fines de la década del 50. La línea 6, que desde Rosario Norte, llegaba hasta Gaboto y Necochea, me llevaba hasta la escuela, a la casa de mis tíos…. La tomaba en Virasoro y Necochea, por esta hasta avenida Pellegrini, por la senda central, en la que la gente esperaba para subir o para descender, luego tomaba Balcarce y al llegar a Santa Fe, descendíamos todas las chicas del “Normal” y del “Urquiza”. Seguía su viaje casi vacío. Luego, a la vuelta, subía en Alvear y Santa Fe, volvía a tomar Pellegrini, cuando doblaba en Necochea, al llegar a la altura de calle La Paz, la doble vía se convertía en una. Entonces, si veníamos con suerte, pasábamos sino había que esperar que pasara el que venía en sentido contrario, ya que desde 27 de Febrero solo había una vía para transitar hasta La Paz o viceversa.
 Te cuento que los viajes en el “6” eran como la previa, pero la previa de la escuela. Todas las chicas del “Superior”, del “Rivadavia”, de la “Dante”, del “Urquiza” y del “Normal” viajábamos en el mismo horario. Por supuesto, también los varones, a los que se sumaban los del “Poli” y los del “Nacional 1”. En los horarios de entrada y salida de las escuelas, casi éramos los únicos pasajeros. Nos amontonábamos en los asientos a los que muchas veces les cambiábamos la orientación del respaldo para quedar enfrentadas y poder cuchichear mejor. El motorman y el guarda nos tenían gran paciencia. Las risas, las conversaciones de una punta a la otra, los chistes, las cargadas con algún chico… Ellos eran más discretos. Nosotras, ¡siempre alborotadas!
 El 7, el 8 y el l8 cruzaban partes del centro y luego tomaban por avenida San Martín hacia el sur. El 5 y el 25 pasaban ida y vuelta por Salta. En la ida llegaban hasta el control pasando por avenida Alberdi y bulevar Rondeau. Te dejaban justo en la calle de la bajada para el balneario La Florida.
 El 22, por 27 de Febrero, llegaba hasta el puerto, que, para esa época, tenía allí una entrada para la gente. Los domingos, las familias, los mates, las cañas de pescar eran también pasajeros de esta línea. No había tantos autos y los que había eran de las clases más pudientes. Era una sociedad con una gran brecha, casi no existía la clase media, los trabajadores circulaban en bicicletas o en el tranvía.
 El 11 te llevaba hasta el barrio Saladillo, zona sudeste de la ciudad, de frigoríficos, barrio de las “Quebradas del Saladillo”, pequeños saltos de agua del arroyo, que en el verano convocaban mucha gente. Cada barrio tan peculiar, tan distintos entre sí eran recorridos por tranvías. Por sus ventanillas, podías ver esta peculiaridad. Por ejemplo, las largas cuadras del Saladillo, albergando algunas casas sencillas, pero la mayoría de ellas eran y algunas siguen siendo, pequeños castillos, ubicados en los centros de los terrenos, rodeados de parques, con bancos, escalinatas, esculturas y. apenas un poquito más allá, pasando la escuela Aristóbulo del Valle, en las calles transversales a las avenidas, muy cercana al arroyo, la “villa” comenzaba a mezclarse con el suntuoso paisaje casi inglés.
 En los años 80, trabajé en esa escuela, que dado la gran población infantil de la zona, teníamos que funcionar en tres turnos. Allí vi mezclarse a los niños de un Hogar de Huérfanos, los de familias muy pobres y los otros, los de las grandes mansiones…
 Muchas líneas que yo no recuerdo, tal vez porque nunca las usé, pero sí recuerdo que los tranvías, con su andar y su campanilla, rompían el silencio. ¿Será por eso que los sacaron de nuestro paisaje cotidiano?  Adentro, toda una aventura. Estudiantes, obreros, oficinistas, docentes, ¡todos usábamos el tranvía! También, los carteristas, los aromas indeseados y los “arrimadores”…

Casalegno (Memorias de un ferroviario)

Susana Olivera

“El vino della cresta me fa girà la testa”.

Toda una colonia de lombardos y piamonteses en Casalegno.
Como todas las noches, después de la cena, se había reunido en la vinería, un despacho de bebidas con unas tres mesas y una barra, un grupo de muy alegres amigos. Esa costumbre era cosa de hombres y entre copa y copa y canciones en lombardo y piamontés hablaban de las cosechas, de los precios del maíz y el trigo, de las lluvias y las sequías. Había algunos ferroviarios; a ellos les interesaban la carga y descarga de los trenes, las horas de llegada y partida… los jornales… Por entonces, por 1940.
Yo los conocía a todos, porque diariamente iban a la estafeta postal que estaba bajo mi responsabilidad. Iban a ver pasar el tren, a comprar el diario, a contarse sus novedades…

“El vino della cresta mi fa girà la testa…

Mucha alegría, muchos cantos… cada canción ameritaba una copa…

“Mi son stuffata di té, non te voglio più vedè…”
“E allora con la bionda y con la nera me ne vado a passeggià…
 E bè e bè, lo hai voluto te”…
Eh, Genaro, contá cómo te fue la semana pasada en Rosario…- pidió Diógenes Troccoli, con un guiño picaresco a su compañero de mesa. Diógenes tenía una chacra y lo ayudaban en los cultivos sus seis hijos varones.
Me fue bien… me recibieron bien… Mi novia, como era domingo, había preparado una rica tallarinada con buena salsa y…
No, yo quiero saber cómo llegaste a la casa de tu novia…
Ah eso… Bueno fue un lío. Yo nací y viví siempre acá, así que Rosario… bueno… No fue fácil.

Genaro Giacomelli, un joven ferroviario, bajó la cabeza como pensando, tratando de recordar, o no queriendo hablar sobre algo que seguramente lo dejaba mal parado…

Dale, Genaro, contá… No te vamos a robar a la María, porque nos contés cómo te fue… la primera vez que conocés a los futuros suegros no es fácil…
No, no me fue mal. Cuando llegué, el padre me llevó aparte y me preguntó cuánto ganaba, dónde pensaba vivir… con una voz que parecía un trueno. El hombre es enorme, gordo, con una panza tremenda y unos bigotes negros que apuntan a la izquierda y a la derecha… unos ojos que parece que te desnudan; camina balanceándose y sacando panza… pero no me fue mal…
Contá cómo llegaste…
Yo le dije que esperaba un ascenso y que me iban a trasladar de Casalegno a…
Pero, vos ¿sos sordo? ¿Cómo llegaste a la casa de la María?
Bueno, justo que yo le explicaba eso al padre, la María llamó a la mesa…Así que me lo saqué de encima…Yo ya se los conté cómo llegué, que me dio trabajo…fue mi primera vez en Rosario…
Yo no lo oí- agregó el gallego Cepeda.
Ni yo, ni yo…- fue el coro de los que estábamos en su mesa y también en las mesas vecinas.
Bueno, ustedes saben que yo nunca estuve en Rosario… Yo los quisiera ver a ustedes solos en Rosario, nada más que con una dirección…
Ya lo sabemos. ¿Qué te pasó?- agregó Pantaleón.
Bueno, yo me bajé del tren en la Estación “Rosario Central”. La María me había explicado que tenía que llegar a la calle Corrientes… yo tenía todo anotado en un papel que llevaba en el bolsillo. Lógico, ni idea de cómo llegar a la calle Corrientes, así que empecé a preguntar…
¿Entonces?
El primero, un hombre mayor, muy amable, me dio tantas explicaciones mostrándome el camino con sus dos brazos que no entendí… “siga una cuadra y doble a la derecha, después doble a la izquierda, después siga”… y giraba sobre sí mismo. Volví a preguntar y finalmente llegué. ¡Estaba ahí no más la calle Corrientes!
¿Llegaste a la casa de la María? ¿Así de fácil?- otra vez Pantaleón Bucciarelli se impacientaba.
No, no. La María me había explicado que la casa estaba en calle San Lorenzo, número 989. Releí el papel con las anotaciones y sí, esa era la dirección. Así que pregunté cómo llegaba a la calle San Lorenzo. Con mi papel en la mano, finalmente llegué a San Lorenzo después de varias intentonas… Ahora, tenía que encontrar el número 989. Recorrí la calle y no estaba. Volví a preguntar si era esa la calle. Era.
Se habría equivocado la María o vos anotaste mal- comentó Diógenes.
Pará, Genaro, pará…¡mozo!- interrumpió el gallego-. Otra vueltita de tinto para los amigos. Yo pago. Vos seguí, Genaro. Seguí ahora…
No, no… estaba bien anotado. Volví a recorrerla de esquina a esquina. Yo me fijé bien. Estaba el 988, el 960… Volví otra vez a la otra esquina… 940, 966. Yo tenía anotado 989. No estaba. Me dio la María mal la dirección, empecé a dudar, el papel lo había escrito ella. Creí que yo no estaba en la calle San Lorenzo.
¿Entonces, qué hiciste?
Estaba preocupado. Me esperaban para el almuerzo. Y llegar tarde la primera vez… No va que en la esquina estaba parado un taxi que decía “Libre”… Así que lo tomé y le mostré mi papel con la anotación…
Págueme 50 centavos- me dijo el chofer.
Me extrañó que debía pagarle por adelantado, pero le pagué. Entonces, el hombre se bajó del auto, me abrió la puerta, me tomó del brazo, yo trataba de zafarme porque no entendía nada. “Está loco este ¿qué me agarra del brazo?”, pensé. Me cruzó la calle y recién me soltó en el número 989… ¡Estaba en la vereda de enfrente la casa, en la vereda de los impares! El tipo se despidió muy sonriente y volvió al taxi… Bueno. Por fin… lo importante era que yo estaba en la casa de la María

Una risotada sacudió a todos los presentes… No acababan… golpeaban la mesa con las manos y las copas… Genaro sonreía copa en mano, moviendo su cabeza…
“A cualquiera le pasa”, dijo. “Yo los quiero ver a ustedes en Rosario…”.
Siguieron los cantos: cada vez más entusiastas y en voz más alta: cada vez más tinto en las cabezas.

“E allora con la bionda y con la nera…me nevado al cabaret… e bè, e bè… lo hai voluto te”…






Rosalía

Carmen Gastaldi

Pequeña, de estructura chica, tal vez por eso siempre usaba zapatos de tacos altos.
Vecina de mi casa de Pichincha, apenas pared de por medio y en el fondo por un tapial por el cual espiaban los gallineros de casa, unas rosas, un limonero y, perdido entre sus verdes, “Pedrito” el loro, que hablaba como un loro: “Carmencita a comer trrrr… trrrr”, “Rosalía, Rosalía, la papa de Pedrito”, y otra vez su trino de pájaro cantor de tangos.
Rosalía era su nombre y vivía rodeada de rosas. El frente de la casa constaba de un tapial, que en sus primeros 80 centímetrps, de abajo para arriba, era más ancho, luego quedaba hacia la calle como un borde para hacerse más delgado y terminar en unas pequeñas rejas, por donde las flores asomaban. Una bella puerta de hierro de dos hojas también coronada por rejas te introducía a un ancho pasillo de mosaicos blancos y negros, que sobre la izquierda y por varios metros, corría paralelo al hermoso jardín.
Casa “chorizo”, como decíamos, en la cual, una vez pasado el jardín, la primera habitación era el comedor, luego un amplio dormitorio, baño, cocina, cuartito y fondo pródigo en plantas, con un limonero y “Pedrito”.
Allí, vivían doña Juliana, su esposo don Nicanor y Rosalía. Todos españoles de las tierras vascas. El matrimonio no tenía hijos. Inmigrantes de la postguerra, llegaron a La Argentina para quedarse. Toda la familia quedó en España. Entre ellos, la hermana de Juliana con varios niños y en la época del racionamiento y así fue como Rosalía llegó a vivir con sus tíos a los que ella adoptó como padres y ellos la amaron como a una hija.
Casi amiga de mamá, ambas muy hábiles y dedicadas a las manualidades como tejer, bordar, coser, comenzaron a frecuentarse. El lugar era su casa, donde compartían tardes de chocolate, tecitos y labores. Yo, en el medio. Con mis cortos cinco añitos me atrevía a considerarla “mi amiga”. Me encantaba estar. Recuerdo el comedor, de muebles de madera, brillantes y oscuros como el piso, adornados por carpetitas, visillos y cortinas, todas amorosas, almidonadas, tejidas al crochet. Muchos cajones en los que yo podía curiosear con su permiso. La ventana daba al jardín siempre lleno de rosas, jazmines, helechos, madreselvas… Solo una puerta, la que comunicada por dentro con el dormitorio contiguo, esa puerta no me gustaba. Cada vez que intentaba espiar, abriendo apenas una hendija, una voz de mujer áspera y gastada, pero muy autoritaria, preguntaba: “¡¿Quién anda allí?! Cerraba con rapidez y tratando de no hacer ruido.
El rumor de unos tacones me anunciaba que Rosalía estaba cerca y eso me tranquilizaba. Sus tacos altos y gruesos, moda de la época, la anunciaban en todas partes, con su repiquetear rápido y seguro.
Una tarde de verano, muy calurosa, caminaba por el patio y al pasar por ese dormitorio la puerta estaba abierta. En una cama inmensa, toda blanca, rodeada de almohadones, alcancé a ver el rostro de la mujer. Anguloso, sin brillo, casi amarillo. Rodeaban sus ojos cerrados unos círculos profundos, pintados como con carbón. La frente despejada con el cabello tomado a la altura de las sienes, en dos trenzas interminables en las que se mezclaban los grises y algunos tonos de negro. Apenas se veían su cabeza y los hombros descarnados. Me quedé quieta, boquiabierta viéndola por primera vez. De pronto, abrió los ojos y, primero con sorpresa y luego con furia en la mirada, con su voz más áspera gritó: “¡Rosalía!”. Yo corrí hacia la puerta de calle, donde don Nicanor, sentado en una silla y pantalla en mano trataba de mitigar el calor. Me senté quietita en el umbral, a su lado, y otra vez: “¡Rosalía!”. El ya no la escuchaba…
Rosalía me explicó que ella era Juliana, su mamá. Que la vida no había sido muy buena con ella ya que la había privado de caminar, circunstancia que vivía como una vergüenza, como un castigo, y por eso permanecía en cama, encerrada en su habitación esperando. Nunca accedió a sentarse en una silla de ruedas…
Nunca más la vi, pero la seguí escuchando.
Así, entre sus flores, Nicanor, Juliana, Pedrito, sus zapatos de tacos altos y su pequeña amiga, así se sucedían los días en la vida de Rosalía, hasta que llegó Irma.
Vivía a dos casas, pero no cruzaban palabra, solo el saludo. Las dos con veintipico largos, casi solteronas para el barrio, comenzaron una amistad que, para mi pensamiento de niña de cinco o seis años, me incluía. A veces, cuando yo estaba, hablaban por lo bajo, así no podía escuchar, y como niña que era no me molestaba, ni me importaba. Solo quería estar con ellas. Me querían y yo también.
Primero, comenzaron a hacer los mandados juntas. Luego, se arriesgaron a ir al parque Norte, donde yo me colaba o, pensándolo bien, era el pretexto. A la estación de trenes, ahí cerquita… Y, así, en una de esas salidas conocieron a dos jóvenes, ambos amigos, de Buenos Aires, que cada quince días venían a Rosario por cuestiones de trabajo. Carlos y Abelardo. Al poco tiempo se pusieron de novias.
Irma y Carlos, pasados unos meses, se casaron y se fueron a vivir a Buenos Aires.
Abelardo, alto, buen mozo, siempre de traje, zapatos lustrados y sombrero. Rosalía, a pesar de sus tacos altos, apenas le llegaba al hombro, pero se amaban.
Pasaron los meses, unos años y, para tristeza de Rosalía no se hablaba de casamiento…
Una tarde soleada de invierno, cuando regresaba de la escuela, mamá me esperaba en la esquina con cara de preocupada. ¡Todos los vecino estaban en la calle y, frente a la casa de Rosalía, un cerco de policías no te dejaban acercar! No entendía nada y mamá no contestaba a mis preguntas. Sentí una gran congoja y empecé a llorar sin saber por qué. Nos quedamos afuera hasta que la Policía pidió que la gente se guardara en sus casas.
A la hora de la cena, al regreso de papá, mamá habló:
¿Sabés Salva, como esto de Rosalía y Abelardo no se resolvía, Irma averiguó su dirección en Buenos Aires y adiviná qué?
¿Qué?, respondió papá.
¡Abelardo es casado hace años y es papá de tres niños! Irma se comunicó con Rosalía y le contó toda la verdad. ¡Pobrecita!, con todo el dolor de su alma, le escribió una carta pidiéndole que no vuelva nunca más.
Pero esta tarde él vino. Cuando ella lo vio corrió y se encerró en su casa. Él, fuera de sí, la llamaba a los gritos. Sentimos los tacos de Rosalía corriendo y salimos justo cuando él se trepaba, prendido de las rejas y mientras ella corría le disparó tres tiros.
¡Quedé perpleja! No pude escuchar nada más. Solo pude pensar en el jardín, en las rosas que asomaban entre esas rejas, los helechos, las madreselvas, sus plantas, sí indudablemente ellas la cubrieron para evitar que él la matara…
Nos mudamos. Pasaron años, muchos. Nunca supe de Rosalía. Sí que no vivía más en la casa.
Hace un tiempo pasamos con el auto por la cuadra. Nos detuvimos y bajé.
Nada, nada queda. Solo el tapial como testigo. Y como dice un tango “solo telarañas que teje el yuyal, y el rosal tampoco existe…”.
Busqué y encontré en mi bolso un lápiz labial, rojo como sus rosas. En el tapial escribí “Rosalía”.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

La colimba - Cuarta parte

Luis Zandri

En la oficina de Seguridad a la que fui asignado hacía trabajos administrativos por la mañana. A la tarde, si quería, me quedaba allí; pero como había poco para hacer me aburría. Entonces, me iba de fajina con un grupo a cortar pastos, desarmar vagones, o cualquier otra tarea al aire libre.
Una vez, me mandaron a la casa de un coronel que vivía en el barrio militar, dentro del predio. Era a la hora de la siesta; cuando llegué, solamente la empleada doméstica estaba trabajando, mientras la familia dormía. Me dijo que tenía que cortar el césped del jardín, que tomara una cortadora que estaba en el galpón, pero que tuviera cuidado porque solía dar “pataditas” la corriente. “Bien, voy a probarla”, le dije. La saqué, la puse en funcionamiento y por un rato funcionó bien, por lo que me confié, pero en un instante me “pateó” mal, quedé agarrado con las dos manos del mango, no podía soltarme, le daba patadas a la palanca pero no conseguía nada, quería gritar y no podía, de mi garganta solo salían sonidos guturales, pensé que era mi fin. Pero no era mi hora todavía, la empleada se dio cuenta de lo que pasaba y la desenchufó, despidiéndome entonces con fuerza hacia atrás, quedando tendido en el suelo. Luego dio aviso al coronel, me levantaron, me sentaron, me atendieron y después de un largo rato de descanso me envió a la enfermería para que me revisaran, por si había quedado alguna secuela. Por suerte quedé vivito y coleando.
Entre los soldados había dos jugadores de fútbol de Newell’s Old Boys y dos de Rosario Central. Los de Newell’s jugaban en la tercera división y los de Central en la reserva. Uno de ellos era José Aurelio Pascuttini, que en ese año debutó en la primera división por lesión de Casares, que era el marcador central derecho. Era muy buen compañero con todos nosotros y lo habían asignado a la zapatería. El otro era Rogelio Poncini, que también jugó en la primera división de Central y años más tarde también en Newell´s. Jugaba en el mismo puesto que Pascuttini, pero era un atorrante. Se juntaba con un grupo que eran los más indisciplinados del ´batallón, en todos los líos o entreveros estaban metidos ellos, por lo que con frecuencia los castigaban con arrestos. Una vez quise ir de fajina con ellos y él me dijo: “Pibe, vos no vengás con nosotros, porque vos sos un buen pibe y te vas a perjudicar”. Años después, en 1978, apareció como ayudante de campo de César Luis Menotti en el campeonato mundial. Se ve que eran muy buenos amigos.
En horas de la tarde jugábamos al fútbol casi todos los días, la cancha estaba ubicada cerca de las instalaciones del batallón y era multiuso: allí hacíamos entrenamiento militar, gimnasia y deporte.
 En septiembre se produjo la primera baja, donde un 25 por ciento del total quedaban liberados. La mayoría de los que se vieron beneficiados tenían “palanca”; es decir, tenían algún “padrino” que influía para que así ocurriera. De los tres que estábamos en la oficina se retiró Javier, mientras Guillermo y yo nos quedamos con una gran bronca y, además, nosotros éramos los que entregábamos las libretas de enrolamiento firmadas y selladas a todos los soldados que se iban, por lo que nuestro rencor era aún mayor.
Tiempo después nuestra oficina fue trasladada a otro lugar fuera del batallón, dependiendo de la Jefatura Militar, y nuestro jefe era un capitán de apellido Becker.
Un día le comenté a un sargento ayudante que yo tocaba el bandoneón, así que me propuso que lo llevara. Accedí a su pedido y, por las noches, después de la cena, nos sentábamos en un amplio espacio, a la entrada del edificio de la “cuadra” (donde estaban ubicados los dormitorios), siempre acompañados por un grupo de soldados y entre tangos, valses, milongas, pasodobles y algunas piezas folclóricas disfrutábamos de agradables momentos de fraternidad y paz. Después, se incorporó al grupo un soldado de Entre Ríos, que también tocaba el bandoneón, claro que su repertorio era el chamamé y el folclore.
Un sargento primero llamado Zunini me propuso ir a tocar a los bares de Fray Luis Beltrán o ciudades cercanas “a la gorra” y él, como mi representante, pero no acepté. En esas reuniones me llevé una sorpresa, porque unos los suboficiales que estaba con nosotros, el cual tenía un carácter bastante agrio y al que yo no tenía nada de aprecio, se convirtió en mi más fiel oyente, disfrutaba con la música que yo tocaba y me pedía que repitiera algunas de las piezas que había escuchado.
En ese año 1965, nuestro presidente era Arturo Humberto Illia, época en que actuaban los grupos subversivos activos, ocurriendo ataques o atentados en distintos lugares del país, por lo que durante todo el año el Batallón estuvo en estado de alerta a raíz de ello, pero felizmente no ocurrió nada anormal.

 Un año después, el 13 de febrero de 1967, ocurrió la mayor explosión de la historia en ese lugar, cuando estallaron los polvorines, resultado de un atentado. Fueron cuatro detonaciones que arrasaron los polvorines y provocaron graves daños en casas, comercios y automóviles de la ciudad.

Anécdotas musicales IV

Luis Zandri

Un día sábado de 1963 teníamos que ir a tocar a un baile de un club de la ciudad de Las Parejas, tierras de donde era oriundo don Roque Vasalli, el fabricante de maquinarias agrícolas que llevan su nombre, muy reconocidas a nivel nacional e internacional.
Como siempre, el viaje se iniciaba en Granadero Baigorria donde residía el director de nuestra orquesta, “Wilton Jazz”, Manuel “Pirucho” Hortal. La salida era a temprana hora de la tarde, teniendo en cuenta la distancia y también calculando un tiempo extra por cualquier inconveniente que se produjera en el viaje. El vehículo era una rural Dodge de color rojo con tres asientos para tres pasajeros cada uno; o sea, una capacidad para nueve personas, a la cual llamábamos “la empanada”, y era propiedad del director. Más o menos a las cinco de la tarde yo los esperaba en Juan José Paso y avenida Alberdi, ya que quedaba de paso hacia el destino.
El viaje iba transcurriendo normalmente; pero el problema era que había probabilidad de lluvias y tormentas, de manera que el pronóstico se cumplió y, cuando habíamos cubierto aproximadamente la mitad del recorrido, comenzó a llover y a medida que avanzábamos la lluvia era más intensa, hasta transformarse en un diluvio. Cuando faltarían más o menos 30 kilómetros para llegar, la “empanada” dijo: “Basta, hasta aquí llegué”. Se paró el motor y no dio más señales de vida.
No podíamos hacer nada, porque continuaba lloviendo, de modo que estábamos todos adentro del vehículo debatiendo para ver qué solución le dábamos al asunto. Después de un buen rato de espera, ¡oh sorpresa! Había un grupo de cinco o seis muchachos de la ciudad de San Lorenzo que eran “fans” de la orquesta y ya conocidos por nosotros, que nos seguían frecuentemente a los pueblos y ciudades del interior de la provincia de Santa Fe donde íbamos a actuar, y aparecieron allí como por obra de gracia, de manera que se interiorizaron de lo que nos pasaba y continuaron su viaje para informarles a las autoridades del club para que nos auxiliaran.
Más tarde vino un mecánico con su pick-up y otro automóvil. El auto retornó llevando a varios del grupo y el resto nos quedamos allí. Después de hacer todos los intentos posibles de parte del mecánico, como no pudo poner en marcha nuestro transporte, lo enganchó a su pick-up y nos llevó a remolque. Algunos iban en la cabina pero el conductor y yo, que era de los más jóvenes iba con otros compañeros en la caja, que era abierta, porque llevábamos dos roperitos con ropa que utilizábamos en determinadas “entradas” del baile, cuando tocábamos música de estilo jazz, brasileña o tropical.
El hecho es que nosotros dos íbamos acostados encima de los roperitos por temor a que el viento los abriera y se mojara la ropa, de manera que sin temor a equivocarme, esa fue la peor mojadura que tomé en mi vida y milagrosamente no me enfermé.
Cuando llegamos al club, vimos que tenía un escenario muy alto y la pista era al aire libre; y, por supuesto, el baile se había suspendido. Todo el público se había retirado, menos unos 20 a 30 locos, que se habían quedado esperando a que llegáramos. Apenas nos vieron nos pidieron que tocáramos algo. Al principio nos negamos dadas las circunstancias, pero ante el entusiasmo del grupo y su insistencia, por fin, accedimos.
La mayoría estaban descalzos, la pista de baile era una pileta con unos 10 a 15 centímetros de agua. Subimos al escenario, sacamos algunos instrumentos y tocamos aproximadamente 30 minutos para darles el gusto. Algunos bailaban en la pista inundada y otros en el escenario junto a nosotros. Después, se retiraron todos y nos quedamos con la gente del club.
Apenas si pudimos comer unos sándwiches, porque ya era muy tarde y el personal del bar se había retirado. Pero el problema más serio era dónde íbamos a dormir, ya que obligadamente teníamos que quedarnos porque a la “empanada” había que arreglarla al día siguiente. El inconveniente que surgió era que la gente que había venido de otros pueblos o de los campos de la zona, ante la inclemencia del tiempo se quedó y ocupó todas las plazas disponibles en los hoteles y alojamientos de la ciudad.
Fue entonces cuando el presidente del club nos ofreció gentilmente que fuéramos a pernoctar a su casa, comentándonos que tenía un salón de su negocio y que de alguna forma nos podíamos acomodar para pasar la noche. No teníamos otra opción, así que allá fuimos, pero cuando llegamos y entramos al salón que iba a ser nuestro dormitorio, nuestra sorpresa fue mayúscula ya que este buen señor había omitido decirnos que era... ¡una casa mortuoria!
De manera que el salón estaba decorado por hermosos ataúdes, las tapas de chapa correspondientes a cada uno, grandes cruces de metal y velas y velones de varios tamaños. Nos facilitó sillones, reposeras y algún sofá. Cama no había para nadie, así que cada uno se acomodó como mejor pudo y buenas noches, a tratar de dormir unas horas. Después de un largo tiempo de charlas y bromas nos fuimos calmando, se hizo el silencio y nos dormimos.
De pronto, nos despertamos todos abruptamente, ¡Tac! ¡Tac! ¡Tac!, ¡Fuertes tacazos resonaban en el querido y nunca bien ponderado piso de pinotea!! Y quién podía ser sino otro que... ¡Patuto! El saxofonista, el eterno bromista, que recorría el salón en calzoncillos, con una gran cruz en una mano y una enorme vela en la otra, con cara de película de terror. Por supuesto que recibió un repertorio completo de insultos y le tiramos con todo lo que teníamos a mano.
Antes de las seis de la mañana ya estábamos todos despiertos, mal dormidos y cansados. Como hacía mucho calor salimos y nos sentamos en la vereda. Luego de un rato de comentarios sobre todo lo ocurrido, Patuto le propone a Parolín, el baterista, hacer la parodia de Mister Chasman y su muñeco Chirolita. Una cosa de locos, después de todo lo que habíamos pasado, un domingo a las 6.30 de la mañana, Patuto imitando al ventrílocuo y Parolín al muñeco. Realmente, lo hacían muy bien y nos divertimos un rato. Más tarde vino el presidente, nos llevaron a desayunar y para compensar un poco todos los trastornos que tuvimos que soportar nos invitaron a comer un asado al mediodía; mientras el mecánico reparaba nuestro vehículo.

Así fue como disfrutamos de un buen asado, el director arregló con el presidente del club otra fecha para realizar el baile y a la tarde tempranito partimos de regreso a nuestra ciudad y, con buen tiempo y sin inconvenientes, llegamos a destino.

martes, 22 de septiembre de 2015

La fuerza del cariño

María Elena Domenech

Con cinco años mi madre me inscribió para comenzar el primer grado inicial. No tenía la edad, por lo tanto, fue en complicidad con las monjas que la habían tenido como alumna en esa escuela. Si la nena no rendía, repetía el grado. Esa fue la condición. Pero la nena rindió y siguió adelante con muchas otras nenas que sí tenían la edad y que habían hecho, previamente, el Jardín de Infantes.
Época de pactos, complicidad y tragedia. Época de la Revolución Libertadora, que empezó a gestarse desde antes de mi nacimiento. Solo un recuerdo vivo tengo de esos años, estar en la terraza de una casita de barrio con mi mamá y ver pasar muy bajo una formación de aviones, que quizás no pasaban tan bajo y con tres años mi mente lo vio así; pero el miedo que yo percibí en mi madre fue absolutamente real.
El colegio de monjas estaba en un edificio antiguo, bien conservado, con olor nada agradable a las flores que dentro de sus floreros adornaban las imágenes de la Virgen María, presente en todas las salas. En el aula de primer grado, grande, tan fría, con rejas en las ventanas, puertas enormes, pupitres de madera y nada de sol, inicié mi educación y debo decir que al principio no sabía por qué estaba allí ni qué hacer. Mi maestra era una monja, que dentro de su hábito azul noche se veía muy severa, pero con el paso de los años y con otra mirada resultó ser dulce y comprensiva. Lo único que yo hacía era tirarle del velo que cubría su cabeza, porque no me salían los clásicos patitos que ella dibujaba tan prolijamente en el pizarrón. Cuaderno de pocas hojas forrado en papel araña azul y lápiz negro fueron los elementos utilizados para lograr el objetivo. Y había que lograrlo, porque pesaban veladas amenazas, si salíamos del renglón y descubrían el uso de la goma. Obviamente que sin adiestramiento previo, mi cuaderno presentaba todas las pruebas para ser condenada a la pena máxima y cada una de sus hojas parecía gritar sobre mi culpabilidad al mostrar algo semejante a caranchos en lugar de patos caminando con total libertad. Y acá aparece el primer acto injusto en relación a las demás, porque yo sin saberlo gozaba de un salvoconducto por ser la hija de Normita. Por lo tanto, no me retaban y se sacaban de encima el problema haciéndome practicar en casa hasta que saliera bien.
Mi prima, que es unos meses mayor que yo, también iba a ese grado. Recuerdo a las dos peinadas iguales, raya al medio, flequillo, cabello tirante recogido en dos rodetes a ambos lados de la cara, delantal blanco con tablas y moño bien almidonado atrás; las dos arrastrando un portafolios de cuero enorme para nuestra estatura y que iba prácticamente vacío; pero que tenía como objetivo ser usado durante toda la primaria. Nada de comprar uno nuevo cada año. Llevábamos en el bolsillo un paquete de galletitas dulces “Manón”, pequeño, y un vasito plástico plegable para el agua que bebíamos en los recreos. Esto fue siempre mi mayor problema, ya que no quedaba bien abierto y se cerraba cuando comenzaba a beber con el consiguiente derrame de agua sobre el delantal. Odiaba ese vaso de color verde. pero nunca me lo cambiaron. En realidad, nunca se enteraron de que el vaso estaba fallado, porque era una época donde no se reclamaba, ¡mucho menos se exigía! Aceptábamos lo que nos daban y ni se nos ocurría pensar en que teníamos derecho a participar en la elección de los útiles escolares o la ropa que usábamos. Crecimos y sobrevivimos a esas costumbres.
Con los años mi escuela dejó de tener secretos y cada pasillo o pasadizo era conocido por nosotras que pasábamos muchas horas allí adentro, especialmente cuando se organizaban los actos escolares, que para mí eran maravillosos, porque se representaban obras de teatro y yo siempre tenía que actuar. ¡Me encantaba hacerlo!
Además de mi prima, encontré a mis primeras amigas y, aunque en ese momento no podía saberlo con ellas, di muchos de los mejores pasos de mi vida.
Me gusta hablar de mis amigas, cada una de ellas es una novela en sí misma, una suma de historias, paleta de colores que cubren el gran abanico de la vida. Personalidades y caracteres muy diferentes que se unen en un tronco único, el del cariño que fue creciendo a lo largo de tantos años. No siempre hemos estado juntas, cada una hizo su vida y algunas de nosotras nos alejamos de la ciudad de origen; sin embargo, seguimos siendo tan amigas como al principio; mejor que al principio.
Hace tiempo que mantenemos la costumbre de viajar por unos días todas juntas. El destino es Pinamar, que fuera de temporada se brinda lánguidamente a nosotras. Vamos allí, porque una de mis amigas tiene un departamento y generosamente lo comparte con todas.
Si nuestra infancia estuvo plagada de juegos, rondas y cantos, nuestra adolescencia de risas, descubrimientos y sufrimientos por amores que parecían eternos y eran olvidados en poco tiempo, nuestra madurez tiene el corazón incondicionalmente abierto para guardar los secretos del alma de cualquiera de nosotras, tiene la fortaleza para escuchar sin emitir juicios, la honestidad de la palabra suave que contiene o fuerte que hace reaccionar y en esos días sacamos lo mejor de cada una como muestra de la fuerza del cariño que nos tenemos.
Son cuatro días de caminar, tomar sol si el tiempo lo permite, de hablar de manera caótica donde una frase quizás queda completa varias horas más tarde, de relajarnos mirando el mar, de cantar, bailar y reírnos hasta lo indecible; mientras se prepara la gran mesa para comer y donde además de la comida y la bebida cada una toma y deja lo que su alma necesita. Volvemos enriquecidas de paisaje y buena compañía. ¡Qué mejor que la compañía de las amigas de toda la vida!
Somos mujeres grandes, que seguimos dibujando patitos cada día de nuestras vidas con el compromiso de hacerlo siempre sobre la línea y no caer de ella.

Los laosianos

Teresita Giuliano

“En el marco del Proceso de Reorganización Nacional iniciado con el golpe militar del 24 de Marzo de 1976, tuvo lugar la implementación del Programa de acogida a personas refugiadas del sudeste asiático (principalmente laosianos).
Este programa de refugio se implementó en respuesta a la convocatoria de las Naciones Unidas a los países miembros, de acoger a personas desplazadas del sudeste asiático tras los conflictos bélicos en esa región.
En el caso de la Argentina, la decisión del gobierno de aceptar a un contingente de personas refugiadas resultaba una situación propicia para difundir una imagen internacional que lo mostrase respetuoso de los derechos humanos.
Luego de una breve selección de candidatos, arribaron al país entre 1979 y 1980 alrededor de trescientas familias provenientes de países del sudeste asiático”.
(De: “Refugiados del sudeste asiático en la Argentina – 30 años de historia”. Dirección Nacional de Población, Ministerio del Interior y Transporte).

…Y nos dimos cita frente a la Comuna del pueblo. Recuerdo que hacía muchísimo calor y era el mediodía. Estábamos todos, las familias enteras, las autoridades y ¡la banda! con sus bastoneras y músicos uniformados sudando a mares.           Ese día nadie almorzó… esperábamos… hasta que llegaron.
 Apenas hizo su aparición en la esquina del cine “Central” un colectivo del Ejército, la banda comenzó a sonar. Estacionó frente al edificio comunal y comenzaron a bajar los “laosianos” (como les llamábamos), con cara de susto y sin entender nada.    Mucha gente mirándolos fijamente (aunque sonrientes), algunos que les tendían las manos, otros que los querían tocar, la música de la banda, las autoridades del pueblo preparadas para el discurso de bienvenida… y ellos, con su escasísimo conocimiento de nuestro idioma y algún chapuceo en inglés o en francés.
 No queríamos dejarlos solos. Con la banda adelante y todos nosotros a su alrededor, los llevamos a dar una vuelta por las calles céntricas y luego los acompañamos hasta el lugar de residencia provisorio, que les habían preparado.
Los ubicaron en la maestranza comunal en unos pequeños depósitos convertidos en habitaciones. Allí quedaron un tiempo. La idea era hacerlos pasar por un período de adaptación y aprendizaje a sus nuevas condiciones de vida.
Los chicos del pueblo, colgados del portón de ingreso, se pasaban horas mirándolos y tratando se entablar algún tipo de conversación.
Pronto se corrió la voz: “¡Los laosianos comen cascarudos y chicharras!”.
Decían que los freían en unas pequeñas sartenes y los comían como si fuera maní tostado. Nunca lo comprobé, aunque mis hermanos lo aseveran.
Al poco tiempo, fueron llevados a vivir y trabajar como peones en chacras de la zona rural del pueblo.
Se suponía que aprenderían los rudimentos de nuestra agricultura y ganadería para radicarse definitivamente en los campos necesitados de mano de obra.
Por esos años (pre-transgénicos), se empleaba mucho personal temporario para “cortar los yuyos de la soja”, trabajo este que se realizaba en forma manual y que implicaba un gran esfuerzo físico.
Los laosianos no eran agricultores ni estaban ligados a las actividades del sector agropecuario (había profesores, maestros, pero en su mayoría tenían una formación militar), por lo que no pudieron adaptarse a las condiciones laborales locales.
…Y un día, el pueblo que los acogió con su mejor predisposición los vio partir hacia las ciudades, donde encontrarían otros medios para subsistir.

Actualmente, la mayoría de los refugiados del sudeste asiático que vinieron a la Argentina, reside en la provincia de Misiones, donde las características climáticas, el tipo de vegetación y determinados alimentos son similares a los de sus países de origen.