lunes, 22 de agosto de 2016

Para las mascotas de mi infancia y un poquito más aquí: in memoriam

Haydée Sessarego

En mi hogar paterno-materno hubo siempre, hasta el último día de la corta existencia de mis padres, animales domésticos como perras y gatas en mucha mayor proporción que machos.
 Mami me contaba siempre que caminé por primera vez al año de edad tomada del lomo de una de nuestras perritas mestizas, Lila.
Lila vivió creo que cerca de 10 años y cuando murió mi hermano mayor, Charlie, cavó con pala un pozo en el jardín-huerto del fondo de casa y allí la enterramos. No olvido un detalle: armamos una cruz con maderas de cajones y pusimos escrito con algo negro (no recuerdo de qué tipo de material de escritura o pintura era) “QPD” y “Lila” con fecha de nacimiento, aportada por mamá, y muerte de la que solo recuerdo que fue un día 9.
Recuerdo que, además de ella, en mi casa hubo siempre varias perras. Vivían en casa Lili, de raza Pomerania de color blanco; Diana y Negra, mestizas y hermanas de Lila, pero que se fueron antes.
A todas las adorábamos y lo demostrábamos. Mi hermana Adriana y yo las paseábamos vestidas con ropita de muñecas en el cochecito de paseo de bebés, que fuera de los tres hermanos Sessarego.
En esos tiempos década del 50 y bastante más adelante a las mascotas no se las castraba. Ese fue el motivo por el que recuerdo que alguna de ellas, creo que Dianita, una mezcla de ratonera y algo más de tamaño mediano y poco pelaje habano y blanco, tuvo varios cachorritos, entre ellos a mi adorada Tinita. Nació de color blanco con manchas negras en sus ojos, ¡vaya a saber quién fue su partenaire y de qué raza y/o pelaje era!
Mami y Papi se la habían prometido al muchacho que vendía flores casa por casa en mi barrio Jardín. Llegado el momento del destete y, por lo tanto de darla, armé tal escándalo, con llantos y gritos que el florista se conmovió y le dijo a mi mamá: “No señora, la nena llora mucho, déjesela a ella”. Así se hizo. Recuerdo ese momento en un caluroso mediodía de verano. Junto a mis hermanos Charlie y Adriana, en verano, la bañábamos en la pileta de lavar y le poníamos, además de jabón blanco (ni pensar que existieran los shampoos para animales) y también el famoso “azul “ para blanquear la ropa, que consistía en un cubito de color azul, que con el contacto con el agua se disolvía y blanqueaba la ropa lavada y ¡a la perrita! ¡Pobre bicho lo que nos tuvo que aguantar! El “azul” daba un perfume que olía muy fresquito.
Inolvidable también fue la anteriormente mencionada: la primera Lili, blanca y peludita, que perteneció a la casa materna de mi madre. La trajo a Rosario desde San Justo en Santa Fe cuando se casaron con mi padre. Creo que aproximadamente, allá por el 54, 55 murió víctima de moquillo. Adriana. nuestra hermana menor, lloraba y le decía a papá “Papito adeglala (hablaba con la “d” en lugar de “r”) con tela adhesiva”. Fue muy difícil que nuestra hermanita de entre tres y cuatro años, comprendiera que nada se podía hacer. Creo recordar que mi papi hizo un simulacro de reparación y luego no recuerdo cuál fue la explicación. Papá siendo médico nos arreglaba las articulaciones de algunos juguetes, como muñecas por ejemplo, con elásticos y cinta adhesiva.
También estaba Pimienta, hermana de Tinita, pero negra y blanca. Llevaba ese nombre, puesto por mamá, por su carácter fuerte e intenso. Era muy feúcha por lo que nadie la quiso ni regalada. Ella y su ya mencionada hermana vivieron muchos años junto a mi familia.
Un día llegó, para aumentar el perrerío, una mezcla de ovejera y doberman que un paciente le regaló a papá .La apodamos Duca. Ella nunca se despojó de la bravura de sus dos razas, pero con predominio de doberman. Era de temer. A casa ya no podían entrar, como era costumbre, tocando la puerta sin llave, los vecinos amigos ni los proveedores, porque se paraba en dos patas, gruñía e inmovilizaba contra una pared. Duca no fue una perra amada por mí. Mató a muchas crías de nuestra gata Miquina y también dejó sin ladrido a Tinita al morderle el cuello y cortarle las cuerdas vocales, que suturaron con paciencia y sabiduría Papá y Charlie, que ya era un avanzado estudiante de Medicina. En ese momento yo ya cursaba los primeros años de la carrera de Historia y Adriana estaba finalizando la secundaria.
Finalmente, Duca fue llevada a un campo de conocidos de nuestros padres, ante tanto asesinato y mutilaciones de otros de animalitos.
Pero antes de esto ya había sido rescatado de una esquina por mi papá, previo rastreo de posibles dueños en diferentes cuadras, un salchicha puro al que apodamos Canito, como el perro del dibujo animado de esa época, finales de los 60 y comienzos de los 70: “Canuto y Canito”, dos salchichas padre e hijo.
El susodicho, que como buen representante de su raza era chinchudo y ¡no “respetaba” a ninguna perra en celo! Como algo desopilante, recuerdo que en una tarde sirvió a nuestra segunda perrita Pomerania, Lili, de color té con leche y a la Duca. No se imaginan las mezclas que de esas cruzas salieron. Muy cómicas cruzas de padre y madres, pero todas regaladas y queridas por sus dueños. La tarde del suceso cuando, estando Adriana y yo estudiando en casa, vimos al machito petiso y compadrito avanzar sobre la segunda, mi hermana gritaba: “Haydée hagamos algo para separarlos, porque cuando vengan papi y mami se van a enojar” Yo le respondí: “No se puede, tráeme un sifón de soda para mojarlo”, pero nada, ni nos miraban y seguían como todos los canes “haciendo el amor”. Nos habían dicho que los mantuviéramos separados y vigilados. Nos descuidamos y zápate sucedió. En dos meses en mi casa paterna llegaron a convivir 19 perros entre adultos y cachorros.
Pasando a la “sección” gatuna, nombré ya a Miquina, una gata gris y blanca muy amorosa, que apenas adulta tuvo sus hijitos. Nunca olvidaré que teniendo cerca de ocho, seis y cuatro años los tres hermanos, mami nos llamó para que viésemos nacer los mininitos. Fue una experiencia muy tierna e inolvidable. Lo que no sé es si ya estábamos “avivados”. Sí, Adriana era muy pequeña; pero, yo estómago resfriado, “víctima” de una amiga mayor, Olguita, con estómago más rápido que el mío, nos había contado a mí y a Graciela mi mejor amiga de infancia y de mi misma edad, cómo se “hacían” los bebés. Rápidamente corroboré la versión yendo a peguntarle, palabra por palabra, a papá, que de inmediato pidió socorro a mamá quien finalmente nos aseveró el relato de Olguita, esa nena bastante más grande que vivía en mi cuadra. Recuerdo perfectamente que pese a presenciar el parto de la gata y a la “avivada” de Olguita, Adriana y yo no lo aceptamos en nuestros juegos con muñecas. Allí, a nuestras hijas las traía la cigüeña por la chimenea fantaseada en nuestras infantiles cabecitas. Supongo que el único avivado y crédulo de la verdad de la milanesa era Charlie, por edad y por ser varón.
Terminando con los animales domésticos de la familia, ya más adelante, también moraron en mi casa Pepona, una caniche grande color chocolate, otro regalo de un paciente a mi papá y muy malcriada por él; y Picha, una mestiza negra y blanca, de pelo corto que, contra viento y marea, adopté de la calle. Mis padres ya estaban medios saturados de perros y gatos, y mami se la dio a su peluquera. Un día, ya siendo yo adolescente, pasé por un baldío ubicado en Urquiza y Bulevar Avellaneda, pasando el viaducto en construcción y la vi casi abandonada. En ese mismo instante la llamé, le pedí a la “pseudodueña” que me la diera. Llegué a casa con ella a upa, la bañé y sentencié “Mi Picha no se va más de aquí”. Ambas acompañaron a mi papá Chacho, primero, y a mi mamá Elba, luego, hasta sus últimos días de vidas. Cuando en menos de dos años ambos fallecieron, los tres Sessarego estábamos casados o en pareja y vivíamos en edificios de departamentos, donde hasta hace varios años atrás no se permitía la tenencia de mascotas de ninguna clase. Se las llevó la señora que ayudaba a mi madre, luego de varios días en que fuimos a darles de comer, sacarlas, etcétera. Nuestra tristeza era mayúscula al entrar allí, con ese vacío que deja la orfandad y le sumábamos tener que tomar dicha decisión. Nunca más supimos de las perritas.
Como se podrá observar los animales llamados domésticos, ocuparon un lugar privilegiado en mi tierna infancia y un poco más también. En los barrios de antaño era casi impensable que no hubiera perros, gatos y pájaros, estos últimos lamentablemente enjaulados.
En el centro solo algún gato muy bien educado o canarios en jaulas. ¿Perros?, ¡no, never, imposible!.
Hoy en día, solo tengo en mi hogar una gata adoptada, muy bella, que llegó con el nombre de Loli. Es de color naranja y tiene algunas manchas blancas en su pelaje abundante y largo. Tuvimos una coker y dos gatas; pero, pensándolo bien, es mejor que queden para otra historia.
Observo y siento, ya finalizado este trabajo, ¡cuántas historias coexisten en un mismo relato!

Relato de viaje

Victoria Steiger

Hola, otra vez escribiendo.
Tenía ganas de contarles y no me decidía si seguir con las historias de mis relatos familiares, que en general tanto mis hermanos como mis hijos quieren que les cuente cómo pasamos diferentes épocas.
Tenemos dos hijos viviendo en Europa, uno en Polonia y una hija en Italia; y si pasa un año que ellos no vienen a casa, nosotros vamos a visitarlos y nos planeamos unos días para conocer otros lugares.
Estuvimos con mi marido preparando este último viaje un buen tiempo antes. Charlando de la posibilidad de ir a un lado u otro. Fijar fechas, tiempos etcétera.
Primero, fijamos un tiempo estimado de duración y fecha aproximada, y les consultamos a nuestros hijos si estarían, con sus respectivos trabajos, en condiciones de pasear y estar con nosotros ese tiempo.
Teniendo las fechas disponibles de ellos nos pusimos a “trabajar” el plan general.
Aunque no lo crean, no es fácil. Teníamos muchos lugares que no conocíamos y ahora debíamos ponernos de acuerdo entre los dos.
Con la “excusa” de los chicos viviendo afuera y en otra época, el trabajo de mi marido que le implicaba viajar seguido, yo en lo posible viajaba con él, conocimos unos cuantos lugares lindos.
Después de buscar, charlar, ver distintos recorridos, nos decidimos.
Primero, la fecha de viaje: del 10 de mayo al 10 de junio. Ya con el vuelo confirmado y decididos en algunos tramos, hicimos el programa completo.
Mi marido siempre se encarga de hacer una planilla con las fechas, día a día, de los viajes. Primero, hace un borrador y, ya de acuerdo los dos con los días y fechas, elabora la definitiva, que imprime o manda por mail a los “chicos” para que tengan nuestro itinerario escrito.
Cuando toda la planilla quedó lista, me pareció un poco cargada de lugares: primero, un viaje de ocho días en crucero en el cual visitamos siete lugares distintos. Después, a la ciudad en la que vive nuestra hija menor, que es Treviso en Italia. Desde allí, a San Petersburgo y Moscú, por ocho días. Seguíamos a Polonia a la ciudad donde viven unas primas de mi marido (un día) como para saludarlas. Ya este último tramo lo haríamos con nuestro hijo, que vive en Varsovia.
Como ven, ¡el programa era completito!
El trabajo de armado y reserva y plan de pago lo hace él y yo me encargo de los remedios de cada uno, la ropa, que en la época del viaje era lo mismo que usaría acá, porque acá era otoño y allá primavera, pero un poco más liviana. Tendríamos días cálidos.
Otro de los preparativos fue un chequeo médico que hizo mi marido. Él ya ha tenido unos cuantos problemas cardiológicos y quería salir con todo en orden.
También debíamos preparar el listado de los pagos y la limpieza de casa. Generalmente, mi hija mayor viene todos los días, abre ventanas y le da movimiento a la casa. Todas (son tres con sus chicos) viven cerca y se juntan en casa para que los chicos jueguen en el jardín.
Al fin, llegó la fecha. Tuvimos todo listo recién la noche anterior. Yo siempre repaso mentalmente lo que puse y me propongo “no lo hago más”. Lo que me olvidé lo compro. Claro es fácil decirlo, pero nunca lo hice. Si me falta algo lo reemplazo, todo se arregla. Es que uno no viaja con todo el “placar”.
Desde el aeropuerto de Buenos Aires a Frankfurt, poco tiempo para el siguiente vuelo a Roma, así que íbamos preparados para una caminata rápida por ese aeropuerto que es inmenso.
Todo bien. ¡Llegamos a Roma!
De allí, fuimos a un puesto de información turística para tomar un transporte público a Civitavecchia que está a una hora de Roma. Nos informaron desde dónde salía un ómnibus directo y los horarios. Estábamos con el tiempo justo y no alcanzamos a comprar los boletos antes, llegamos a la parada sin nada y el chofer nos dijo que era el último directo y nos hizo subir porque no llegábamos al puesto de venta y volver. ¡Todo en señas, italiano, muy rápido, pero entendimos!
Siempre que llegábamos a un lugar, mandamos mensaje a “todos” que es el grupo de los chicos en nuestros celulares, con una foto del lugar.
Teníamos dos días antes de tomar el crucero. El primer día, cansados del viaje largo recorrimos Civitavecchia caminando. Es una ciudad chica muy linda y prolija.
Al día siguiente, fuimos a Roma en tren e hicimos otra caminata de varias horas (lo que yo le llamo pata tour), vuelta al hotel con ganas de pizza y a dormir.
¡Todo venía según los planes!
Ya estábamos listos para ir al embarque, son unas cuantas horas antes salimos del hotel con tiempo suficiente y por supuesto con todas las “pilas” para éstos lugares nuevos.
El barco enorme para conocer y no perderse nos costó un poquito, entre que uno se acomoda ya llega la salida para el próximo puerto: Génova era el primero.
No les voy a contar todos los lugares en detalle, porque se haría larguísimo este relato.
Pasamos por lugares hermosos y en todos caminábamos mucho y la pasábamos muy bien.
El tiempo de este viaje, como les conté, era de ocho días. Al tercer día, mi marido estaba con la cara bien bronceada y decidió salir con sombrero para protegerse del sol (tiene piel muy blanca) y no quería pasarla mal por el sol que, sobre todo al medio día, estaba fuerte.
Al día siguiente, por la tarde, empezó a sentirse afiebrado pensamos en esto del sol o un poco de resfrío. Tomó un medicamento para bajar le fiebre y en un rato se sintió bien.
Ya era un miércoles y llegábamos a Civitavecchia el viernes y estos días siempre un rato volvía con la fiebre. Pensamos que con menos caminata estaría mejor y así llegaríamos bien a Treviso, donde vive nuestra hija.
El viaje en el crucero, salvando esas fiebres molestas, salió muy lindo y ya teníamos los pasajes en tren para el próximo tramo.
Llegamos muy justos con el tiempo para tomar el tren pero teníamos unas horitas para descansar hasta Treviso, que queda al norte de Italia a media hora de Venecia.
Descansamos en el viaje y nos esperaba Victoria, nuestra hija. El departamento estaba cerca de la estación, así que nos fuimos a pie.
Ya allí, dejamos las valijas y con mi hija fuimos a comprar algunas cosas para la cena, pero antes nos sentamos a charlar y tomar un aperitivo tradicional de allá.
Por supuesto la charla en “vivo” estaba muy entretenida, pero teníamos que hacer las compras. También nos organizamos para ir al médico al día siguiente, para que lo controlaran por la fiebre a mi marido.
Cenamos tranquilos, contentos de estar juntos y nos fuimos a dormir para seguir lo planeado al otro día.
Más o menos a las tres de la mañana, él me despertó porque se sentía mal. Estaba agitado y con fiebre. Llamamos a la asistencia al viajero y pedían un número de teléfono fijo de Italia. Les di el de mi hija y enseguida nos llamaron para que directamente fuéramos al hospital de allá.
Rebeca, una amiga de Victoria, sacó el auto y llegamos en quince minutos.
En el hospital había bastante gente en la urgencia, le tomaron los datos y le pidieron que explicara lo que sentía. Ahí no más, lo hicieron pasar para revisarlo. Nosotros estamos estudiando el idioma, pero es difícil hablarlo correctamente. Victoria sí habla correctamente. Nos dijeron que en cuanto lo revisaran nos llamaban.
Esperamos un rato y la llamaron solamente a ella. Bartolomé, mi marido, tenía que quedarse internado. Tenía fiebre y arritmia; pero parecía que estaba mejorando y nos dijeron que esperáramos.
Quedamos afuera en la guardia de urgencia. Fueron un par de horas interminables sin saber que estaba pasando.
Al rato, llaman a Victoria y le dijeron que estaba mejor, que lo iban a pasar a una habitación para control y, si todo andaba bien, en un par de días le darían el alta.
Ya a esa altura de los acontecimientos queríamos verlo y saber si se sentía mejor. En un rato más salió la camilla de él para el traslado. Casi corriendo, nosotras fuimos atrás de ellos para no perderlos. Es un hospital muy grande.
Llegamos, no me acuerdo si era un piso arriba o abajo a una habitación grande. Ahí, lo recibieron, le preguntaron por los medicamentos que tomaba. Él los lleva anotados en una lista. Se lo veía tranquilo; pero después de que le preguntaron todo, se fueron; y nos dijeron que les avisáramos cualquier cambio. Al ratito, empezó a agitarse y llamamos urgente. Fue algo terrible de olvidar, llamaron a más gente para atenderlo y parecía que no salía de esa crisis.
No puedo contar mucho más. Salimos con cama y todo lo que le pusieron a la sala de agudos. Ya no podíamos entrar y nos dijeron que esperáramos para un informe.
Imposible de contar todo lo que sentimos. Nos quedamos en el pasillo sentadas frente a la puerta de la sala de agudos, que es un lugar que abre dos veces al día para visitas. Si salís de ahí, no podes volver fuera de esos horarios (eso lo supimos después); pero ni se nos hubiera ocurrido salir antes de saber que pasaba.
Pasó otro par de horas o un siglo para nosotras y salió una doctora que pidió hablar con mi hija, que hacía de intérprete, y nos explicó la situación.
La arritmia empeoró y no sabían por qué pasaba todo eso. Estaba con oxígeno y se sentía mejor sin agitación. Quedaba internado sin diagnóstico del origen de ese suceso. Nos dijeron que volviéramos a las tres de la tarde para un nuevo informe, pero excepcionalmente podíamos saludarlo unos minutos antes de irnos. El panorama que nos “pintó” no era alentador. Nos devolvieron la ropa que llevaba puesta y salimos.
El teléfono de contacto era el de mi hija. Si había algún problema, la llamarían.
A todo esto eran las ocho de la mañana (no me acuerdo) y la diferencia de horario con la Argentina son actualmente de cinco horas.
Nosotras en estado de shock nos perdimos para encontrar la salida, ya habiendo cambiado de lugar adentro buscamos las flechas para terminar saliendo por donde entramos que no era muy difícil.
Fuimos a desayunar, creo que por ahí, y a tratar de calmarnos y ver qué hacíamos con todo lo que pasaba.
Primero, le contamos a mi hijo que vive en Polonia. Pobre, quedó mudo unos minutos y después reaccionó tranquilizándonos y nos dijo que nos llamaba después del próximo informe. Seguidamente nos comunicamos con Rebeca, que no se quedó en el hospital y que cada rato mandaba mensajes para saber algo. Después fuimos a dejar la ropa al departamento y ya era hora para hablar a casa.
Eso fue durísimo. En realidad, creo que no puedo acordarme de toda la secuencia. Las manos me temblaban, la voz se me quebraba y no podía llorar y desahogarme de alguna forma. El pronóstico era desalentador. Las chicas acá preguntaban de todo y no teníamos mucho para contar hasta el informe hay que esperar, recen no sé qué más.
Volvimos a las tres, nos dejaron pasar y seguía con arritmia. La médica no estaba y el informe era de la que seguía con la guardia. No se ponían de acuerdo con el diagnóstico. Una no creía que nunca había tenido arritmia; y otra que diagnosticó bronquitis y los pulmones con líquido lo que provocaba la descompensación cardíaca.
El domingo nos escanearon en Rosario los episodios anteriores y los últimos chequeos que había hecho antes del viaje. Con todo eso, fuimos al hospital que, por ser domingo, teníamos otro horario de visita más. No sabíamos qué doctora o doctor estaba a cargo del caso, preguntamos y nos dijeron que teníamos que pedir turno a las 13.30 para hablar con, en este caso, la doctora; y así lo hicimos. Todo lo que llevamos lo dejamos al médico de guardia, que inmediatamente se lo puso a estudiar con mi hija al lado, que le traducía poco. Los términos médicos en español son similares o están muchas veces en inglés.
Acá, las chicas ya habían hablado con su médico y estaban en contacto con las novedades que les transmitíamos.
Nosotras, allá, deambulábamos entre las visitas permitidas, las consultas especiales y… todo seguía sin nada definitivo, había que esperar que los medicamentos hicieran su efecto.
Los amigos de mi hija se ponían de acuerdo para acompañarnos llevarnos y traernos y mudarnos de departamento. En el que estábamos ya estaba ocupado los días que seguían y el de mi hija era en el tercer piso y suponíamos que cuando esto mejorara él no podría subir.
Lógicamente, el plan inicial de viaje se canceló totalmente. Esperábamos un avance de salud y la mente estaba “ocupada” con esto.
Hay un montón de detalles que por la extensión que tiene este relato no los voy a describir.
Al fin, después de varios días empezaron a concretar diagnóstico y tuvo amplia mejoría. En menos de 24 horas la arritmia cedió y, al día siguiente, lo pasaron de sala a otra con un poco menos de control. Todo se veía mejor.
Las visitas seguían siendo estrictas; pero ya estaba sin oxígeno, hablaba con los otros pacientes, tres en total, en una mezcla de italiano y español. Los compañeros le explicaron varias cosas del movimiento de ahí que le ayudaban a entender el ritmo. Ellos le decían que después de esa etapa lo mudarían a una habitación común y de ahí salía. Lógicament,e todo debía seguir en orden y así fue.
Día noveno de internación, casi a las 20 horas, llegó la doctora a cargo con unas cuantas hojas de recomendaciones, orden de medicación (recetas) y una bolsita con tres días de remedios para no tener que salir urgente a comprarlos.
Las recomendaciones incluían caminatas y vida normal obviamente de a poco por haber estado tantos días en cama. Nos dieron también control con análisis en cuatro días para ir regulando la medicación nueva.
Todo era tan raro fuera de casa. Hubo que aprender un montón de cosas de otro lugar. Es muy difícil de explicar.
Fue una emoción enorme salir con él caminando normalmente del hospital. Nos esperaban unos amigos, que nos llevarían al departamento.
El cambio fue impresionante, ya saliendo a pasear y no al hospital, mi hijo vino de Polonia y pudimos festejar su cumpleaños, algo impensado unos días antes.
El lugar era muy céntrico le gustó mucho y todos los días salíamos a pasear primero un rato y parábamos a tomar algo, volvíamos a almorzar, una siestita y a pasear de nuevo.
Los controles fueron bien y al segundo, una semana después, tenía permiso para volver a Argentina.
Todavía me cuesta contar esta experiencia, pero quería hacerlo porque a nuestra edad, ya jubilados, nos quedan muchas cosas por hacer y conocer pero…
Todos debemos viajar con seguro médico y una vez en casa mi marido contando a un amigo lo que le había pasado le dijo que él aparte del seguro ampliado llevaba un cederrón con su historia médica por cualquier eventualidad.
Todavía nosotros no tenemos resuelto el tema con el seguro; pero en teoría se hacen cargo de la internación porque fue una urgencia, pero es un trámite largo y se toman su tiempo.
El hospital nunca nos exigió nada. Entramos y salimos sin firmar absolutamente nada y la atención fue impecable.
Bueno, este relato se me hiso larguísimo; pero ahora nosotros, que creímos que teníamos todo “fríamente calculado”, tuvimos una experiencia muy dura.
Ahora, no sé cuándo planearemos otro viaje, pero cuando se pueda, aparte de la planilla con días horarios y lugares, cambiarán mucho y habrá otras “cositas” para llevar.
Espero que les sirva mi relato, no para no viajar, pero si para usar de nuestra experiencia y no pasar por malos momentos, como este, que gracias a Dios puedo contarlo con buen final.
Hoy, estamos en casa, contentos haciendo. muchas cosas y disfrutando de nuestros hijos y nietos.
¡Hasta la próxima!

domingo, 21 de agosto de 2016

Mi mamá de leche

Noemí Peralta

Un ser muy especial compartió mi vida apenas nací, el 28 de Junio de 1941. En esa época quién recibía a los bebés era la partera.
Mi madre no tenía leche suficiente para alimentarme y, como se solía hacer, recurrió a una mujer que había tenido una bebé por la misma fecha en que yo nací.
Se llamaba Antonia y con el tiempo se transformó en “la gorda Antonia”, apodo que se impuso en mi casa por el cariño que sentíamos todos hacia ella y porque era enorme y obesa.
Comenzó a ayudar a mi madre desde el día en que nací y era ella quien me amamantaba al mismo tiempo que a su bebé. Pasaron a ser mi mamá de leche y mi hermana de leche.
Tuvimos una relación muy estrecha, basada en el cariño que nos prodigaba a mí y a mis hermanitos.
Ayudó a mi madre hasta que fui adolescente.
Su figura era voluminosa, pero era una mujer muy activa.
Cuando cumplí los quince años, aunque no estaba muy bien de salud, vino a ayudarle a mi madre en la fiesta que se realizó en nuestra casa.
Sé que muchas mamás alimentaban a sus bebés con leche materna de otra mamá que la donaba, pero se la extraían y ponían en una mamadera, pero yo la tenía a ella que me amamantaba directamente de sus pechos.
Guardo un recuerdo cariñoso para quién fue mi segunda mamá y también hacia mi hermana de leche, con quien pasaba muchos momentos alegres, jugando y luego compartiendo nuestras ilusiones de juventud.
Ambas asistieron a mi casamiento, pues mi madre también les tenía mucho cariño.

La nieve

Noemí Peralta

Siempre fui de baja presión sanguínea y supongo que es por eso es que no me gusta el frío. Sufro el invierno en que debo vestirme muy abrigada y, aunque me gusta ver la nieve, no creo que pudiera vivir en un lugar donde en invierno nieva.
De joven, para esa estación del año, me salían sabañones en los dedos de las manos y recuerdo que en época de la primaria en marzo ya hacía frío, cosa que con el paso de los años ya no es así. El clima en Rosario ha cambiado mucho. Solo este año nos ha castigado desde antes del comienzo del invierno, con bajas temperaturas.
Siempre quise ver nevar, pero los viajes vacacionales de mi familia siempre eran en verano, quizás debido a los días de vacaciones que tenía mi padre. Por lo general, íbamos a Mar del Plata o a Córdoba y en pleno verano.
Por eso, a pesar de mi edad, estoy pronta a cumplir setenta y cinco años, mi materia pendiente es ir a algún lugar en donde en ciertas épocas del año, nieve.
Pero recuerdo que en dos oportunidades nevó en Rosario, cuando tenía quince o dieciséis años y después, de casada, cuando una de mis hijas, que nació en mil novecientos setenta y tres, era un bebé de pocos meses.
En las dos oportunidades fue al mediodía. Recuerdo que iba a la escuela secundaria y mi padre acostumbraba irme a buscar con el auto. Apenas salimos de la escuela camino a casa, comenzaron a caer copos de nieve, que al tocar el auto, se derretían. Luego, miré hacia los árboles y noté que algo de nieve quedaba en ellos. Si hubiéramos seguido hasta San Lorenzo, según nos dijeron, hubiéramos visto que allí se había acumulado más y se pudo apreciar mejor. Pero nosotros llegamos a casa y luego recién nos enteramos.
Pasaron muchos años, ya me había casado e iba por mi tercer hijo, que resultó ser una nena después de dos varones.
Era una bebé de tres o cuatro meses, no recuerdo bien el mes en que volvió a nevar.
Estaba cocinando y me quedé maravillada al ver por la ventana de la cocina hermosos copos blancos, que se posaban sobre las plantas del jardín.
Abrigué bien a mis dos hijos mayores, de seis y ocho años, y los insté a que salieran a jugar con la nieve.
Intentaban hacer bolas de nieve para tirárselas, pero en sus manitos se convertían en verdaderos proyectiles, porque se transformaban en hielo macizo.
En fin, disfrutaron el momento y fue la única vez para ellos, que vieron nevar aquí en Rosario.
Luego, cuando fueron adolescentes, con el viaje de graduación, se estilaba ir a Bariloche, así que allí sí que pudieron disfrutar de los paisajes nevados.
Aún me llama la atención que en las dos oportunidades que vi nevar, haya sido al mediodía y que no hicieran muy bajas temperaturas.
Quién sabe cuándo volverá a nevar nuevamente en nuestra hermosa ciudad.

martes, 16 de agosto de 2016

Nuestro primer auto

Marta Susana Elfman

Papá viajaba cada quince días a Buenos Aires a comprar mercadería para el negocio: cueros, forrería –o sea satén–, percalinas y entretelas.
Por lo general, tomaba el colectivo de la empresa Chevallier, que por ese entonces tenía su terminal en Once; por lo que lo dejaba a un paso de todos los mayoristas del ramo y, dentro de lo posible, volvía en el mismo día.
En algunas ocasiones sabia acompañarlo; pero viajábamos en tren, tomando “El Rosarino”, que salía de Rosario Norte a las 7.30. Mi gusto era ir, a media mañana, al salón comedor a tomar un café.
Esa semana papá preparó todo para su viaje como de costumbre, tomando el Chevallier de siempre. A media tarde, nos llamó por teléfono para avisar que volvería al día siguiente, lo que era normal, dado que a veces el tiempo para comprar no le alcanzaba y debía pasar la noche en Capital.
Llegó al día siguiente sobre el mediodía, muy contento y pidiendo a mi mamá y a mí que saliéramos a la puerta, pues nos tenía una sorpresa.
Estacionada bien frente a la puerta de mi casa estaba la gran sorpresa.
Papá había comprado un auto. Era nuestro primer auto. Calculen mi alegría: no podía emitir palabra alguna de la emoción. En esa época, yo contaba con doce años y tener un auto era un lujo .
El móvil era un Bogward modelo 51 importado de Alemania. Era de color blanco, constaba de dos puertas y techo con una lona especial.
Después que papá bajo todo lo comprado para el negocio, quedamos que al día siguiente lo ayudaría a lavarlo y dejarlo impecable.
Esa noche mi ansiedad no me dejo dormir. A las ocho de la mañana estaba lista para tarea con todos los elementos, que mi padre dijo que necesitaríamos para tal evento; porque sí, para mí era un evento muy importante.
Lavamos y lustramos. Cada tanto salía mi mama para ver cómo iba el trabajo. Lo dejamos impecable.
Ahora, había que salir, pues como era de rigor teníamos que mostrarlo a la familia.
Como era sábado, se decidió que después de almorzar y hacer una siesta saldríamos a pasear en nuestro primer auto.
Eran las 19, estábamos todos cambiados a tal fin salimos y nos acomodamos en el auto con los comentarios del caso.
Pero cuando papa le dio arranque, no pasó nada. El auto no respondía. Mi padre hizo todas las inspecciones técnicas del caso, pero el auto no arrancaba. ¡Que decepción! No me quería bajar y decía: “ ¿Y si lo empujamos un poquito?”
Calculen mi frustración.
En fin, la cuestión fue que nunca más arrancó.
El lunes, grúa mediante, partió remolcado hacia el taller mecánico y allí nos enteramos que el problema era una pieza de arranque que había que cambiar; pero el tema no era tan fácil, el auto era importado, el repuesto se tenía que pedir a Alemania y en esa época era algo inalcanzable. Podía tardar de cuatro meses hasta un año, y no se sabía cuál podía ser su costo.
Por lo tanto, el auto quedó en el taller mecánico hasta que papá logro venderlo, no sé a quién ni cómo; pero así terminó nuestro primer auto y mi ilusión.

Recuerdo del pueblo

H. B. Carrozzo

Año 1952. Mes de diciembre.
Poliomielitis en Rosario. Epidemia.
Laly, el tío Laly, el doctor Nölter, recomendó que además de la bolsita de alcanfor colocada en nuestro cuello, nos fuéramos de la ciudad. Especialmente mi madre, que por entonces estaba embarazada de Jorge, su tercer hijo.
Así fue como nos mudamos a Pascanas, un pueblo a la vera de la ruta provincial 11, provincia de Córdoba; pero, fundamentalmente, a la vera de las vías del ferrocarril Mitre. Esos pueblos nacieron, crecieron y vivieron gracias al ferrocarril, al influjo de la corriente agro-exportadora del país. Las rutas eran de tierra, así que el tren era el único medio para salir en días de lluvia.
A Pascanas solíamos ir de vacaciones casi todos los veranos, aunque este viaje apuntaba a todo un año.
La casa de los tíos Boni y Elsa era simple, pero bastante amplia. Varios dormitorios, cocina, el consultorio y sala de espera (el tío era el odontólogo del pueblo y aledaños). Tenía un patio enorme donde había un aljibe, un pozo para extracción de agua de las napas (no apta para consumo). El aljibe se llenaba con agua de lluvia, que se colectaba por canaletas, previa limpieza de la misma. Era oro en esos lugares y por esa época.
También había un jardín con flores, huerta con bastante variedad de vegetales, un gallinero con una buena población avícola, anque algún conejo. A veces, a mi tío le pagaban las consultas con pollos conejos o verduras.
Recuerdo con cariño que mi tía me enseñó los primeros conocimientos sobre el cuidado de la quinta y el jardín, y la limpieza del gallinero para evitar los olores desagradables y transformarlos en un recuerdo olfativo recordable.
Recuerdo los olores del pan recién salido del horno. Los fondos de la casa coincidían con la cuadra de la panadería. El aroma a pan fresco y los biscochos de grasa aún perduran en mi memoria.
Recuerdo el sabor de comer granadas sacadas directamente del árbol de la casa de un vecino. (Subidos al techo de la corta-trilla).
Recuerdo la pileta de natación del Club Atlético y Biblioteca Pascanas a la que íbamos todas las tardes, con sus cuartitos para cambiarse (vestuarios), el trampolín (¿sería el único en 100 kilómetros a la redonda?).
Recuerdo la escuela primaria. Debido a la mudanza empezamos las clases allí e hicimos el primer semestre en esa escuela. (Hasta que nació mi hermano y desapareció el peligro de contagio).
Recuerdo el placer de ir al centro a comer un helado y caminar por la plaza con mi hermano y mis primos.
Recuerdo al cine del pueblo, que tenía función cada tanto. El cine era el salón de la Sociedad de Fomento del pueblo y tenía mesas y sillas como un bar y se podía tomar y comer mientras se veía una película.
Recuerdo los torneos de fútbol infantil en el club Independiente, donde fui goleador y estrella (yo era “el rosarino”).
Recuerdo ir con la hinchada de Atlético a alentar al equipo de la liga en los pueblos vecinos. Iba la familia, todos, en auto, sulky o lo que fuera.
Recuerdos.
Recuerdos.

Recuerdos.

Reincidente

Marta Susana Elfman

Por un tiempo no se volvió hablar del auto, quedó como un recuerdo, algo triste y amargo.
Pero don José; (o sea, mi papá), volvió a las andadas, buscando un auto para comprar; pero como no era hombre de preguntar a alguien con conocimiento en el tema, siguió por su cuenta.
Al fin encontró algo y sin decir nada más lo compró; obvio que mamá y yo nos enteramos cuando ya estaba estacionado frente a nuestra puerta.
Cuando lo vimos, mi primer pensamiento fue “¿arrancará?”, pero no emití palabra alguna.
Era un Chevrolet modelo 51, de color negro, grande y de buen diseño. A este no hubo que lavarlo, brillaba por donde se lo mirara.
Según la historia, su anterior dueño era un médico de nuestra ciudad; por lo tanto, ante cualquier inconveniente había alguien a quien reclamar. Según escuche fue un modelo que había ingresado al país en su momento por el entonces presidente Perón, para ser usado como taxi.
Este fue comprado por su anterior dueño, cero kilómetro y lo había cuidado con esmero. En su último tiempo estaba guardado en su garaje, ya que dada su edad el hombre no manejaba.
El tapizado estaba esta impecable y también todo su interior. Sus asientos eran enteros, sin divisiones por lo que era muy espacioso. En la parte delantera cabían tres personas cómodamente sentadas, ya que los cambios estaban en el volante; y atrás, había lugar para cuatro. Entre el asiento delantero y la parte de atrás había un gran espacio y les aseguro que entraba un banquito para sentar a alguien más.
Su tamaño me había impresionado, nada que ver con el anterior, por lo tanto lo bautice “El Poderoso”, pues entraba la familia, invitados anque el cane.
Papá nos invitó a dar nuestro primer paseo, así que nos cambiamos para tal evento y subimos.
Por supuesto, me senté atrás y en ese momento sentí su real dimensión, pues me sobraba mucho espacio.
Sin hacer comentario alguno, cuando papá arrancó, mi corazón latía al compás del motor. Recorrimos el parque Independencia, el Monumento a la Bandera, todo el puerto y luego, como era de rigor, fuimos a las casas de cada de una de mis tías para mostrarles la nueva adquisición.
Cuando volvimos a casa, recién pude hablar y hacer mil preguntas.
Por supuesto, nuestro querido “Poderoso” compartió gran parte de nuestra vida. Era el orgullo de mi papá.
Claro que llego el momento en que había que cambiarlo por algo más moderno. Despedirnos de nuestro fiel “Poderoso” fue duro y triste. Nos había acompañado varios años y nunca nos dejó a pie.
A partir de ahí, hubo otros cambios, no fue igual, solo eran eso, nada más que un auto.