lunes, 2 de septiembre de 2024

Almorzando con mis raíces

 Susana Dal Pastro

 

Mientras lavo muy bien las papas aparecen las narices arrugadas de siempre diciendo: “¿Eso vas a comer otra vez? Hum, ¿cómo te puede gustar esa comida?” No entienden que se trata de un alimento completo de sabor, de tradición y de entrañable compañía. Cada vez que preparo mi plato del alma siento acercarse a la mesa los seres queridos de mi niñez.

Las papas con su cáscara ya están hervidas; las dejo enfriar apenas, las pelo y las piso.

En los años cincuenta no hacía falta esperar el 29 de cada mes para comer ñoquis; cualquier día venía bien para reunirnos. Y juntos volver a escuchar las historias del lejano y añorado pueblo italiano de donde había venido la parentela.

Listo y salpimentado el puré; un puñado de harina, un huevo; mezclo y estiro la masa.

 Los relatos abarcan una amplia distancia de tiempo; los nonos paternos nacieron alrededor de 1878; se casaron a los veinte años de edad y tuvieron los hijos en los comienzos del 1900. Mi tío y mi papá estudiaban en escuelas de arte e industria cuando estalló la Gran Guerra. Para ese entonces el nono ya no estaba.

¡Ay! Me cuesta dar forma a los ñoquis. Pensar que la nona los hacía tan fácilmente.

Entre 1927 y 1928 mi papá y mi tío llegaron a Rosario con una valija de sueños y apenas lo puesto; ahí, bajo un cielo diáfano, estaban el río y la pujante ciudad prometiendo gratificar esfuerzos. Pronto, junto a otros paisanos lograron sentirse parte de estos lares. Los hermanos trabajaron y ahorraron para traer con ellos a la nona y a su sobrina casi hija, Elena.

 Mi papá se casó con la María, mi madre; el tío, con la prima Elena que, tras varios años sin verse, lo había deslumbrado. Ahora, había dos familias más establecidas en la turbulenta República de la Sexta. El barrio de entonces era un gran espacio de casas bajas, vivero, clubes, cines, heladerías, depósitos de maderas, industrias, talleres, fábricas. La fábrica de conservas de nuestros vecinos le daba un ritmo colorido a la zona cuando, a media mañana, las trabajadoras de delantal, cofia y botas iban a buscar bizcochos y facturas a la panadería.

Se destacaban los campanarios de las iglesias, instituciones como el Hospicio de Huérfanos, Instituto “El Buen Pastor”; hospitales y ferrocarril, completaban la geografía. Los pobladores de distintos orígenes eran todos sencillos y solidarios.

Los chicos teníamos varias escuelas cerca para asistir; jugábamos en la calle o en la plaza y también nos hamacábamos en las palmeras del bulevar. Bajo la mirada atenta de los vecinos andábamos por las veredas en bici, en Ferrari de lata o en sulkyciclo.

Todos los años aplaudíamos a nuestros hermanos, primos y amigos en los esperados conciertos de piano que organizaba Rosa en su gran casa de balcones abiertos para que todos pudieran oír y disfrutar del evento. Las madres sonreían emocionadas ante el talento de sus hijos.

Crecíamos sanos y contentos de tanto que teníamos.

Desde aquel entonces mantenemos todos los vínculos heredados. La ciudad, reconocida hija de su propio esfuerzo, sigue siendo abierta, cálida, hospitalaria.

Una vez, un viajero me dijo que Rosario es linda porque tiene nombre de mujer.

Hoy, 2024, la Sexta es la Cuarta que crece a lo alto y a lo ancho. Van surgiendo atractivos edificios en todas las cuadras. Nosotros no nos movimos de acá. Nuestro árbol tiene brotes nuevos; ahora cuidamos y paseamos nietos, y mi prima ya es bisabuela.

A lo largo del tiempo tuvimos grandes momentos y no tan grandes. Alegrías y tristezas, resignación y esperanza; siempre esperanza.

Los ñoquis ya están cocidos; los baño con un poco de manteca derretida; rocío con canela mezclada con un “fitin de zucchero” y listo.

 El aroma dulce del plato y los recuerdos me hacen agua la boca. 

El cine de mi pueblo

 

Oscar Bedetti

 

Ir al cine era un hecho muy agradable y con continuidad. El cine para mí representaba el mundo de la ilusión, del conocimiento, por todo lo que se mostraba y porque no a veces descubría cierta magia. Iba casi todos los domingos a la matiné de las 13.30; y también ya a la función del sábado por la noche, allí con películas más importantes y dentro de la lógica censura.

Y esos días en que la niñez dejaba paso a la adolescencia, ir al cine significaba concurrir al lugar que no estaba vedado en ese tiempo (siempre y cuando la película no tuviera restricción) y que alguien novato podía hacer. Entonces enamorarse de ese otro mundo que mostraban las imágenes, enamorarse de veras de esos rostros que aparecían y envolvían con su encanto desde la pantalla. Y quien no se enamoró de esas mujeres inalcanzables, pero allí tan presentes y casi reales.

Y todo transcurría con la primera película, siempre de menor calidad que la siguiente. Y, entonces, luego de un intermedio de quince minutos, momento para llenarse uno de chocolates o helados, el plato fuerte llegaba con la película principal, la más famosa, la más esperada.

Yo no viví eso de las tres películas en una matiné. Creo que eran exclusividad de los cines de las ciudades. En el pueblo no existió, al menos en esa época.

Otras veces, en aquel salón de la Sociedad Italiana, y lindante a la pared sur de la sala, lugar del patio trasero y embaldosado, y preparado para todo tipo de bailes con escenario y terraza incluida, el Patio Italiano, se escuchaba claramente la música. Entonces, los chicos adolescentes abandonábamos la sala para concurrir a ese lugar en busca de otros momentos de diversión.

Una buena rutina. Fueron años en que vi demasiadas películas en el cine de mi pueblo.

Época en que cada varón usaba saco y corbata. Y las mujeres con buena ropa. Toda una ceremonia.

El cine era como cambiar el mundo. Imágenes y sonidos que no se podían tener en la casa. Un gran salón (con el tiempo con el piso con declive) con veinte hileras de butacas de madera pintadas de gris, algunas con asiento acolchado. Y la pantalla color luna, con una guarda de tela azul que rozaba el piso del escenario, en cuyo borde podía leerse en letras mayúsculas Cine Teatro Sociedad Italiana.

Yo llegaba siempre temprano, porque había que hacer la cola en la boletería para adquirir la entrada, porque mucha gente acudía al cine en esa época. A veces, en grupo íbamos a tomar una gaseosa al bar, allí mismo, de la Sociedad Italiana.

Se daban cuatro funciones semanales, jueves, sábados, domingos (matiné y noche), a veces también los martes, día exclusivo de películas de contenido sexual. Tan ingenuas en el momento, pero con ese rótulo igual.

En ese entonces era habitual que concurriera gente de Cafferata, Berabevú y Gödeken.

De las funciones de los sábados se entraba y salía de noche. Y era muy bueno con los amigos, porque después teníamos permiso y salíamos a callejear la céntrica calle, que estaba en la esquina del cine.

Y en las tardes de matiné comprábamos caramelos, que se vendían por metro para revolear en las cabezas vecinas. Y las películas con monstruos de cartón en celuloide blanco y negro. Y los cowboys Randolf Scott, John Wayne, Gary Cooper y vaya que eran valientes. Y cada vez que se cortaba la película se armaba un griterío infernal y peligraban las butacas, que algunas veces no estaban atornilladas al piso.

Qué lógico me resultaba que el mundo cambiara durante una función de cine. Que ya no fuera el mismo. Que hubiera sido transformado en el transcurso de una película. Que entrara a la sala desde un momento, a veces lleno de luz y saliera a una calle nocturna, fría, al suave resplandor amarillo de las luces de las calles, y la imaginación revolviendo las posibilidades de lo que podía ser mi vida entre incontenibles fantasías inspiradas por los protagonistas que habían muerto, amado, peleado, triunfado y renacido en la película.

El cine. Un espacio que era luz y sombra, donde cabían la emoción y el temor, donde había llantos y risas. Ese cúmulo de sueños que paulatinamente comenzaba a desaparecer.

martes, 24 de octubre de 2023

La democracia y la casita de mis viejos



Daniel O. Jobbel



Un día volví a mi barrio. “Para estar cerca de mi corazón, alguien dijo que yo me fui de mi barrio, pero ¿cuándo? si yo siempre estuve llegando”.

Aquellas noches de verano por el barrio Las Delicias, inmensas de misterio para un pibe con su mirada infantil, mirada rotunda hacia las estrellas por la poca urbanización. Un pasaje de barro y zanja. Allí, iba creciendo ladrillo a ladrillo la casa de mis viejos. A veces mi padre nos sacaba a dar una vuelta caminando y otras en bicicletas. Calles de tierra, ni siquiera el “mejorado” que vino, sí, con la democracia. Calles con zanjas aún peligrosas, ladridos de perros que a veces nos perseguían, el chillido de los grillos y el croar de las ranas bajo una luna clara. Algunas casas de las llamadas: “tipo banco”, porque las hacía el Banco Hipotecario Nacional de entonces. Sumisos también aparecían otros chalecitos en ladrillo sin revocar. Un lugar específico donde se asentaba los trabajadores de la Fábrica Militar De Armas “Domingo Mattheu”. Un barrio obrero que la fábrica ofrecía esa oportunidad. Y una fábrica que fue cerrada, como otras, en democracia. Pero que dejó huellas. El barrio creció.

No nos perdíamos una gran cosa en ese lugar y principalmente en casa a esas horas la verdad, solo una radio, una tele y pocos teléfonos; para llamar había que ir a una caseta telefónica en la estación de servicios La Blanca, frente a la fábrica; hoy devenida en Jefatura de Policía de Rosario, cita en Ovidio Lagos y Gutiérrez.

Mi madre se quedaba viendo televisión, tejiendo alguna mantita o cosiendo un ruedo junto con una mateada con alguna vecina. Así, no había excusa al atardecer de salir a las travesías por el barrio hasta la plaza a la vuelta de la esquina, con mi viejo adelante como un Goyeneche empedernido cantando algún viejo tango al cual le cambiaba la letra y, entre medio, esa marchita peronista que a mí me parecía intransigente. Tal es así que mi primer voto de adolescente fue para el Partido Intransigente.
Así, bajo las estrellas del conurbano profundo, a veces relojeando relámpagos de tormentas o gritando desesperados el nombre del perro que se nos perdía y volvía de peleas con los de su especie, con la lengua afuera de placer, embarrado, moviendo su cola, y jadeando. Así caminábamos con mi viejo, llegando al final de avenida Arijón, y era como llegar al límite del municipio, luego empezaban las quintas de Ordoñez y algún que otro establecimiento metalúrgico. En aquellos primeros años ochenta era otro Rosario.
Llegaba la democracia como un viento limpio de nuevo día. Aquel mes de diciembre hubo fiestas en las plazas de todo el país. Los artistas se sumaron a la celebración de un momento histórico: el regreso a la democracia. La libertad empezaba a ser vivida con felicidad por todos los ciudadanos, aunque el estado de ánimo no modificaría sustancialmente la realidad presentada por las dificultades económica de entonces. El primer gobierno democrático asumió en un contexto económico nada fácil.

Escribo esto sin querer comparar, sin pretender de antemano todo lo que hoy día es en mi vida familiar y por ende la de todos.

La democracia trajo el nunca más a esa larga y oscura noche del último gobierno de facto. Que los lápices vuelvan a escribir. La cultura se potenció en las diferentes artes, principalmente en la música y el teatro. Podemos ser libre de pensar, educar, disentir, respetar, oxigenar las ideas, y también el voto.

“La vida es una moneda, quien la rebusca la tiene”, cantaba Baglietto en tiempos de la Nueva Trova Rosarina. Y aquí me paro, como si me pegaran un tiro a la medianoche. Hago un paréntesis. Lo que sí la democracia también duele. Esta adulta de cuarenta años está enferma. Desde el inicio no supo desovillar los enredos con su economía. O la máscara que se oculta detrás de sus recetas.

Desde aquella ventana en donde miro el pasado de esas rondas con mi viejo de aquello dos o tres veranos sofocados de calor y un ladrillo más para esa casa obrera. La economía siempre nos cacheteaba mal. Mi padre pudo terminar la casa con mucho esfuerzo. Una economía que no se lleva bien con la democracia. Con el tiempo se crearon odio, grietas, moral colectiva o moral individualista. Menuda encrucijada. Quizás provenga de cómo somos a pesar de lo que nos gustaría ser. ¿Somos odiosos seriales? ¿O nos preparan la partitura? Lo dejo ahí. Pero si hacemos una introspección, mucho de lo que aborrecemos lo podemos encontrar en nosotros mismos. Somos ese cóctel de defectos mezclados de virtudes. Somos un licuado de todo eso, lo bueno y lo malo en distintas proporciones, van cambiando según quién vaya agitando la mezcla. Que digo con esto que la crisis es moral. Se consigue con educación. A la democracia le falta honestidad y, por supuesto, que algún ingrediente más.

Mi viejo, ante preguntas sin respuestas, solía levantar el mentón, con un puchero de niño y levantaba las cejas, mientras te soltaba un silencio perpetuo. Y lo último. Aunque “el odio no es buena razón para promover cruzadas ciegas ni para reinstaurar la Inquisición”, dice Héctor Tizón, muchos patentaron la culpa y la responsabilidad de las cosas que pasan es por siempre de los otros. Pero para evitarles más dolores de cabeza y cuentas al psicoanalista, quiero decirles: seamos un poquito mejor, la educación es lo primordial y la solidaridad que nos enseñaron nuestros abuelos, ni asesinos a sueldo, ni bohemios empedernidos, con la seguridad que nos merecemos, la justicia que nos debemos y el trabajo en blanco, salud que nos corresponde, repartamos mejor los panes y peces, y seamos menos egoístas. Eso deberíamos enseñarles a las próximas generaciones.

Apagones

 Hugo Longhi

 

Últimas semanas de 1978, la euforia por la obtención del Mundial de Futbol iba disminuyendo. El gobierno militar había usufructuado a su favor aquel triunfo. Se sentían gloriosos y todopoderosos.

Cuando ya todos nos íbamos decididamente preparando para las tradicionales fiestas de Fin de Año, una noticia nos sacudió. Había surgido un conflicto limítrofe con Chile por el canal de Beagle y amenazaba con ser serio; podría llegar a desembocar en una cuestión bélica. Tal vez, los militares necesitaban demostrar aquella dudosa gloria. Para peor, del otro lado de la cordillera, también había un dictador lo cual configuraba un escenario demasiado peligroso.

Y la cuestión fue que nos comenzaron a adoctrinar de alguna manera para esa eventual circunstancia. Entre las disposiciones que determinaron, la más curiosa o, cuanto menos, la que yo más recuerdo fueron los apagones. Se trataba de que en las principales ciudades del país, en un día y a una hora determinada de la noche, se apagaran todas las luces del alumbrado urbano, edificios públicos, plazas y, claro, también los hogares. Esa era la parte que nos tocaba a nosotros.

Se suponía que de esa manera lograríamos desorientar al enemigo que no tendría puntos de referencias dónde atacar. No sé, eso lo imagino yo porque era imposible descubrir lo que pasaba por la cabeza de esos estrategas. Esta calificación va con marcada ironía, por supuesto.

Años después en Malvinas, lamentablemente, comprobaríamos que ese oscurecimiento masivo de nada servía. Igual, la población debía acatar la orden y así se hizo. En Rosario fueron dos o tres jornadas.

Dentro de la operatoria se incluía el nombramiento de un jefe de manzana, quien debía recorrer, revisar y controlar el estricto cumplimiento de la medida. En mi cuadra esta tarea recayó en José, un vecino que pecó de estar sentado en la vereda frente a la puerta de su casa, algo muy normal por aquellos tiempos, y fue el elegido.

En líneas generales por mi zona se cumplió el objetivo. En mi casa bajamos las persianas, la luz de adelante permaneció sin encenderse, pero no así las interiores. No hubo mayores incidentes ni problemas.

Finalmente alguna, pizca de coherencia surgió y alguien decidió acudir al Vaticano para que hiciera de mediador en esta crisis. El novel papa Juan Pablo II nombró a un simpático cardenal llamado Antonio Samoré, quien tras reunirse reiteradamente con las autoridades de un lado y de otro, manejando una diplomacia admirable logró que el conflicto no avanzara. Al menos, las armas quedarían guardadas sin ser utilizadas.

En lo personal, ese período casi olvidado de la historia reciente argentina me quedó muy grabado por un par de temas puntuales.

Por esos días, había conseguido ingresar a la empresa en la cual permanecería trabajando durante cuarenta años.

Lo otro fue la inminente mudanza de mi familia a Granadero Baigorria. Dejaba el barrio que me vio crecer durante quince años. Los amigos y los hábitos cambiarían.

Fueron dos hitos importantes en mi vida y siempre tomé esos apagones u oscurecimientos como referencia cronológica, aunque no tuviesen nada que ver. 

Es por eso por lo que saco el tema a la luz, valga el juego de palabras. Espero que también sirva para activar vuestras memorias y tal vez los estimule a contar pintorescas experiencias al respecto.

Cantamos los cuarenta

 Mónica Mancini

 

Mis recuerdos más lejanos sobre las elecciones datan del año mil novecientos sesenta y tres. Recuerdo con claridad que con seis años caminaba de la mano de mi madre y pasamos por un comité, cuando ya había ganado Arturo Illia y con entusiasmo me dediqué a juntar los votos que ya no tenían ningún valor y andaban desparramados por las veredas. De a poco, se fueron convirtiendo en barquitos, avioncitos y todas las formas que una nena de esa edad podía construir con su imaginación.

Hubo una gran pausa donde no tengo recuerdos claros de la forma en que viví las idas y venidas de los gobiernos de facto y los democráticos. Aunque un hecho presente en mi memoria es el “Rosariazo”. En mil novecientos sesenta y nueve, con solo trece años fui testigo de sucesos que conmocionaron la ciudad, todo pareció descontrolarse, se quemaron troles y se hicieron saqueos en los negocios. Recuerdo con espanto observar cómo personas enceguecidas saqueaban el kiosco de revistas de la estación de trenes Rosario Oeste, cómo entraban en los galpones rompiendo obstáculos y llevándose todo lo que encontraban a su paso. También pude ver la represión que sufrieron algunos y las consecuencias que les trajeron semejantes acontecimientos.

Entre esos trágicos hechos y 1983, pasaron muchísimas cosas. En lo personal ya me había recibido de maestra, casado y había sido madre de dos niñas. Siendo observadora de sucesos complejos, como el conflicto con Chile, la guerra de Malvinas y los reveses de la economía. Vivir en un país en democracia era una gran ilusión, más aún cuando empecé a conocer la figura de don Raúl, hombre que transmitía tantas esperanzas de libertad con su famoso slogan “Con la democracia se come, se cura y se educa”. Sonaban tan prometedora sus palabras, que no tuve ninguna duda cuando aquel domingo treinta de octubre, con veintiocho años votaba por primera vez. Con emoción, entré al cuarto oscuro y no solo puse un voto en el sobre, allí deposité mis anhelos de vivir un futuro con la capacidad de elegir, de perder el miedo y de manifestar mis ideas con espíritu crítico sin correr riesgos.

Afortunadamente desde esa primera elección se sucedieron muchas otras, por cuarenta años pudimos elegir a quienes nos gobiernan. Me toco repetidas veces ser presidenta de mesa, donde participé activamente del proceso: preparar las urnas, pegar los padrones en la pared, acomodar los votos en las mesas, retener el documento, firmar los sobres, el posterior conteo y el envió del telegrama. Todo lo hice con mucha alegría y responsabilidad, agradeciendo que esos sucesos del pasado, sean del pasado y que aún con conflictos podamos ejercer el derecho del sufragio. 

Haciendo un presuroso viaje en el tiempo, en este dos mil veintitrés, pasando los sesenta años, sigo yendo a votar con satisfacción. Lo hago regularmente con mi hermana, previo desayuno en un bar, aprontamos los DNI y entramos en la escuela que nos toca sabiendo qué vamos a elegir. Votamos manteniendo los mismos objetivos que expresó Alfonsín aquel veintinueve de octubre en el Monumento: “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra prosperidad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

Constituyendo

Hugo Longhi

 

El timbre del portero eléctrico sonó reiteradas veces, como era costumbre en él. Yo ni siquiera respondía, sabía que solo era su señal de que había pasado y dejado algo en el buzón del edificio. Pero ese mediodía de viernes, poco antes de que saliera a trabajar, el repiqueteo sonoro fue más intenso, digamos insistente, y por lo tanto atendí. La orden fue terminante: “Bajá que hay una sorpresa para vos”.

Por aquel entonces, promediando la década de los 90, yo recibía muchísima correspondencia de parte de radios internacionales y esa cotidianeidad hizo que estableciera cierta confianza con el cartero.

El muchacho joven, de pelo largo teñido de rubio, me esperaba con un papelito en la mano. ¿Esa sería la sorpresa? Lo primero que me preguntó fue si tenía algo que hacer el domingo. Ante mi gesto de no comprender agregó que ese papelito era una citación para formar parte de la mesa electoral en los comicios que aquel día se iban a desarrollar.

Yo no lo podía creer, tenía que participar como segundo asistente de mesa, recién me comunicaban con solo dos días de anticipación y sin ninguna instrucción. Y, bueno, le firmé el acuse de recibo y subí los tres pisos de escaleras mascullando bronca. No tenía donde quejarme ni como hacerlo. Dichos comicios eran para designar convencionales constituyentes para el gran congreso que se realizaría en Santa Fe con el objetivo de modificar y actualizar la Constitución.

Esas cuarenta y ocho horas pasaron volando y el domingo, minutos antes de las ocho me presenté en el lugar establecido. Ya había personas formando fila para votar. El policía me recibió amablemente y hasta me pareció que sonreía al verme. Me invitó a pasar. Allí, me encontré con un amplio salón con mesas distribuidas en todo el perímetro del predio.

Yo no sabía para qué lado agarrar. Pasado ese instante de desorientación me dispuse a buscar el número de mi mesa y allí quedé inmóvil dudando sobre qué hacer. Cuando ya la desesperación me atrapaba fuerte, de la nada surgió una chica bastante joven que, identificándose como fiscal del Partido Justicialista, se ofreció a ayudarme. Fue como un maná caído del cielo. Pese a su juventud ya tenía cierta experiencia en este tipo de actos.

Demás está decir que ni el presidente de mesa ni el primer asistente habían aparecido por lo cual debí hacerme cargo de todo. Sí, de pronto era yo el que comandaría el movimiento y control de los votantes. Lo primero que hicimos fue pegar los padrones en la pared, armar las urnas, ordenar las boletas en el cuarto oscuro y, claro, ser el primero en sufragar. No sea cosa que por los nervios me olvidara de hacerlo.

Alrededor de las ocho treinta estuve en condiciones de comenzar a recibir gente, muchos de los cuales ingresaron bastante molestos por la demora. Poco a poco me fui tranquilizando al observar que todo se desarrollaba con normalidad y a la vez gané confianza. Cada tanto la chica, que al verme tan desamparado se había sentado junto a mí, se iba a recorrer otras mesas.

Habrán pasado unas dos horas de iniciada la cuestión cuando apareció un gordito de barba y aspecto de mal dormido. Preguntó si esa era la mesa tal y ante mi afirmación dijo que era el designado como primer asistente. Obvio, lo invité, barra, obligué a que se sentara y se dispusiera a colaborar. Al principio la relación fue tirante, porque pretendí mostrarme enojado por su impuntualidad, pero al rato nos fuimos acomodando. Poseía un extraño sentido del humor que me hacía reír. Junto a la chica formamos un mini equipo que funcionó.

Así, fue transcurriendo la jornada. Pasaron algunas caras conocidas entre los que recuerdo al periodista Evaristo Monti y un directivo de la compañía donde trabajaba que, porfiadamente, pretendía votar con un documento viejo. Por una vez, me di el gusto, de darle órdenes y que las acatara. Los últimos en llegar, casi ya al cierre del acto, fueron una familia de japoneses, un padre con sus hijos varones. Esos marcados ojitos rasgados nos hicieron adivinar a la distancia que ellos eran los que faltaban para completar el padrón.

Por tratarse de una elección atípica, insisto se elegían solo congresales constituyentes, el recuento de votos fue bastante rápido y estimo que una hora después ya había completado la tarea. En definitiva la bronca previa y la angustia inicial se transformaron en satisfacción por el deber cumplido. Y encima con una actividad novedosa. Así es, puedo afirmar que mi firma, impensadamente, figura en muchos DNI de rosarinos, seguramente ya sin uso. 

Volví a casa caminando tranquilo en ese atardecer de abril de 1994. La única duda que me quedó fue saber quién sería el verdadero jefe de mesa que, por cierto, jamás apareció.

Democracia. Crónica de una sobreviviente

 María Cristina Piñol

 

Cuarenta años ininterrumpidos de democracia en Argentina. Lo que debería ser indiscutible y cotidiano como lo define la Constitución Nacional en este hermoso y tragicómico país parecer ser excepcional y, por ende, para algunos es digno de ser festejado.

Nos cuenta la historia que en el año 1912, bajo la presidencia de Roque Sáenz Peña, se promulga la ley por la cual el voto se torna secreto y obligatorio para todos los ciudadanos en todo el territorio nacional ya que hasta ese entonces se usaba el método de “voto cantado”, que provocaba fuertísimas presiones en los votantes y muchos no asistían a los comicios. Si bien no se prohibía el “voto femenino”, para confeccionar el padrón electoral, dado que otro medio de identificación no existía, se utilizaba el “padrón militar” y por eso solo votaban hombres. Desde el mismo momento que se sanciona la Ley Sáenz Peña, un grupo de mujeres entre las que se destacaban Alicia Moreau y Julieta Lanteri, comenzaron su lucha por la incorporación del voto femenino a la ley vigente. Fue una lucha denodada y constante y recién en 1947 durante el gobierno del presidente Perón y con impulso de su esposa Eva Duarte, logra materializarse después de treinta y cinco años. La mujer pudo votar por primera vez en 1951.

Desde aquel año 1912 se cuentan en mi país seis golpes de Estado concretados, en 1930, 1943, 1955, 1962,1966 y 1976.

 Imposible para mi recordar el golpe de 1955, solo tenía dos años, pero sí tengo imágenes, conversaciones, discusiones y hasta el ruido ensordecedor helicópteros y aviones pasando bajo sobre la ciudad durante el golpe cívico militar, que derrocó en 1962 al Presidente Arturo Frondizi, quien fuera inmediatamente trasladado a la isla Martín García en carácter de detenido. Su vicepresidente, José María Guido, lo sucedió en el cargo en un nombramiento contaminado de irregularidades y gobernó algo menos de dos años. Azules y Colorados, ambas fracciones antagónicas del Ejército, protagonizaron durante el mandato de Guido enfrentamientos armados entre sí con saldo de varios muertos y heridos.

Una “joyita” el inicio de los 60 y, como siempre, nosotros, el puro pueblo, en el medio.

Mediados de 1963 se vuelve a las urnas y resulta electo el doctor Arturo Humberto Illia. Todavía el Partido Justicialista estaba proscripto. Mis recuerdos de esa época solo se asientan en conversaciones familiares, en discusiones entre mi abuelo Pedro y mi tío, y en la imagen de una gran tortuga con la cara del presidente en la revista “Primera Plana”. ¿Bizarro no?

Y llegó nuevamente el helicóptero el 28 de junio de 1966, otro golpe de Estado y van…? Pero de este y los sucesivos ya me acuerdo. Cursaba primer año de secundaria en la Escuela, que aún funcionaba en la Facultad de Ciencias Económicas. Nos llega al aula la orden de desalojar el establecimiento, pero no nos dicen la causa. Salíamos en fila y al llegar al hall de ingreso vemos en la escalinata de acceso soldados montados a caballo “escoltándonos” hasta la vereda. Ya del vamos pintaba feo. Desde que nací 13 años atrás llevaba más gobiernos dictatoriales que democráticos.

A partir de ese año los recuerdos son más vívidos y fueron tantos los momentos de quiebre y zozobra que cuesta enumerarlos. Intrigas, “asociaciones delictivas” y asesinatos a sangre fría como el del sindicalista Vandor, auguraban el inicio de tiempos aún más turbulentos. En 1970 es asesinado también Pedro Eugenio Aramburu por la agrupación Montoneros, quienes no dudaron en adjudicarse su secuestro, “juzgamiento”, torturas y posterior asesinato y hasta creo que fue filmado.

Transcurrí todo el secundario en dictadura y llegó la etapa de la facultad en 1971, con un ambiente nacional enrarecido. Avistando su fin, el presidente de facto Lanusse convoca a los partidos políticos, propone el llamado Gran Acuerdo Nacional al que no adhirió nadie y, entonces, propone las elecciones libres y sin proscripción partidaria alguna, pero con ciertas consignas que fueron aceptadas para 1973, año en el que voté por primera vez.

Gana el “Frente Justicialista para la Liberación”, con su candidato Héctor Cámpora y la consigna “Cámpora al gobierno Perón al poder”. Para ese entonces, ERP y Montoneros ya captaban la atención de propios y extraños, pero aún faltaba algo, la Triple A, Alianza Anticomunista Argentina. Nadie la nombra ya pero existió y fue brutal.

Y siguen mis recuerdos, el regreso de Perón a la Argentina y la “Masacre de Ezeiza”, con trece muertos declarados y una cantidad de heridos que se desconoce.

En el mes de septiembre de 1973 es asesinado/ajusticiado José Ignacio Rucci encontrándose en su cuerpo treinta y tres impactos de balas.

A los cuarenta y nueve días de haber asumido su mandato Cámpora renuncia y se convoca a nuevas elecciones, las primeras sin proscripciones desde de 1955. Perón asume como presidente vistiendo su traje militar (había sido reincorporado al Ejercito argentino) y su esposa, María Estela Martínez, como vicepresidente el 12 de diciembre de 1973. También recuerdo aquel discurso en el que llamó “estúpidos e imberbes” a los montoneros reunidos en la Plaza. Una figura crucial emerge entre las sombras, José López Rega. Apodado “El brujo” por sus inclinaciones a las predicciones esotéricas, se le atribuyó entre otras cosas la creación y operatividad de la Triple A.

El 1º de julio de 1974 fallece el presidente Juan Perón, lo sucede María Estela Martínez, su vice, quien es derrocada el 24 de marzo de 1976 y confinada en la residencia “El Messidor”, de Villa la Angostura.

De ahí en más la sucesión de hechos incalificables de parte de quienes conformaron los sucesivos gobiernos de facto y que son por su proximidad temporal los que más recordamos tuvieron su final aquel histórico 10 de diciembre de 1983, cuando después de casi ocho años, de brutal dictadura asume el presidente electo Raúl Alfonsín.

Y con cambios de colores políticos, resignaciones de mandatos antes de tiempo en pos de la continuidad de la democracia, volvimos a votar. Y siguieron los dos períodos de despilfarros del presidente Menem y su “Rosadita”. Volvimos a las urnas, esta vez Fernando De La Rúa asume como presidente, caos económico y social, cacerolazos, etcétera. El presidente constitucional renuncia y le sigue la vergüenza mundial de cambiar cinco presidentes sucesivamente en una semana.

No obstante los argentinos seguimos creyendo en la democracia, aunque a veces no estemos de acuerdo con el gobierno de turno, bancamos cada mandato esperando las próximas elecciones. Es cierto, cuarenta años que nos gobiernan quienes elegimos en las votaciones, para nosotros es un logro, aunque para nada signifique que todo está bien.

Democracia es en su esencia el gobierno del pueblo y para el pueblo, con solo poner una boleta en la urna no termina nuestra responsabilidad. 

Mi país es un país de “blanco” o “negro”, en él la extensa gama de grises no existe, y ¿saben qué? la gran mayoría de los argentinos vivimos, pensamos y sentimos dentro de los grises. Democracia, la Señora sobreviviente.