martes, 19 de septiembre de 2023

Primera vez

 Hugo Longhi

 

El día inicial de 1983 no solo nos obligó al ritual cambio del viejo almanaque por el nuevo, sino que nos llevó a prepararnos para pensar en modo elecciones.

Y pese a que la cita cívica sería recién a fines de octubre, la excitación era grande, enorme y las incertidumbres también. Yo andaba por los veinticuatro años y sería mi primera vez frente a las urnas. Allí uno de los tantos tornillos flojos de la inexistente democracia en nuestro país, recién votar tantos años después de lo que debía.

Fue en ese verano, en las playas u otros sitios vacacionales, cuando se comenzó a hablar de política. Hasta hacía poco tiempo era un tema prohibido o, cuanto menos, inconveniente. Ahora todos queríamos opinar, imaginar lo que se venía, que sin dudas sería mejor que lo vivido en los pasados siete años.

Todos nos disfrazamos de expertos en la materia y yo no fui la excepción. En mi trabajo de oficina algunos asuntos habitués pasaron a segundo plano. La política era excluyente.

Por supuesto que los medios también comenzaron a jugar su juego. Sin tanto desarrollo ni tecnología como hoy día, cada uno insertaba su pizca de aporte en favor de tal o cual ideología. Y más tarde esto se agigantó cuando se empezaron a delinear los candidatos.

Pero esto pasaba en la tele, la radio o los diarios. ¿Y yo, en que andaba? Todavía vivía con mis padres, en Granadero Baigorria. Salía de mis obligaciones laborales a las 19.30 y regresaba en el insoportable 9 de Julio, la empresa de ómnibus que hacía el recorrido interurbano hacia el norte por aquellos tiempos.

Los aproximadamente cincuenta minutos que me llevaban el traslado los utilizaba para conversar con un compañero que continuaba viaje hasta Capitán Bermúdez. Hablábamos de política, obvio. No siempre coincidíamos, pero qué importaba. Ese diálogo no solo nos acortaba el aburrido trayecto sino que nos iba entrenando para el nuevo escenario. A veces algún que otro pasajero se metía en la charla, por lo general disintiendo con nosotros. Todo quedaba ahí. Tal vez, no nos dábamos cuenta pero ya en ese momento estábamos edificando la incipiente democracia.

Haciendo un gran salto en el recordado calendario y con un clima electoral bastante más ardiente, se me ocurrió una idea algo absurda. Pasaría por unidades básicas, comités, sedes de partidos y les pediría los votos. No tenía decisión tomada sobre a quién elegir pero, tal vez, con todo el papelerío sobre una mesa, podría resolver el acertijo.

Con mi amigo Sergio, más o menos de la misma edad, comenzamos el raid. Fuimos atendidos a veces con marcado entusiasmo, otras con indiferencia y hasta con cierta agresividad pensando vaya a saberse que cosas buscaban esos juveniles rostros. La estrategia no sirvió de mucho.

Los días avanzaban y los actos de cierre se venían para Rosario. Quizás porque casi siempre eran de noche y yo no vivía aquí, no fui a ninguno. Pero no me desentendía del asunto. Procuraba ver y leer todo lo que pudiera. Me interesaba y además me servía para participar en cualquiera de las innumerables discusiones que surgían en el ámbito laboral.

Y vuelvo a la excitación de la que refería al principio. Por esos días, fui a la despedida de soltero de un compañero. En principio concurrí casi por obligación dado que el homenajeado no me era tan cercano y suponía que no me iba a divertir mucho.

Sin embargo, el clima electoral que ya nos atravesaba demasiado fuerte a todos fue diseñando un estado de ánimo que explotó como nunca en ese tipo de encuentros. Todos estábamos felices, nos sentíamos cómodos y esperanzados. Al día siguiente uno de los candidatos firmes haría su presentación en el Monumento y eso era un combustible fogoneante para varios. Conclusión: nunca disfruté tanto este tipo de despedidas. Y les aseguro que fui a montones.

Finalmente llegó el Día D. Me correspondió votar en la Escuela Hogar de mi ciudad de residencia. Yo sé que tiene otro nombre oficial, pero ahora no me acuerdo. Fui a la mañana con todos los nervios y dudas de una primera vez aunque todo resultó tan rápido y sencillo que me retiré con una sonrisa. El resto de esa soleada jornada dominguera fue para pasarla distendido en la casi campestre Granadero Baigorria de aquellos tiempos.

Finalmente el nuevo presidente asumió. Y luego otros. La extensa película que se desarrolló será tema para otra ocasión. Lo invalorable era tener la película. Vivirla sin cortes ni censuras. Sentir que si hacíamos las cosas mal seríamos castigados, pero como lo dictaminaba la ley. Por lo demás, deberíamos gozar de una libertad de actos y pensamientos donde el límite lo sabríamos colocar nosotros mismos. 

Democracia se llama esta deliciosa señora que está por cumplir cuatro décadas. No necesita que le dediquemos una canción. Con cuidarla, protegerla, alimentarla conceptualmente y, sobre todo, con amarla, alcanza.

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