lunes, 12 de junio de 2017

Historia joven

Susana Olivera

Tum tum tum. Golpes con el puño cerrado en la puerta del consultorio del doctor Ferretti, un traumatólogo.
—Es mi turno, doctor. No el de esa señora.
¿Cómo es su nombre?
Juan Castagna.
No, todavía no le toca. Ya lo voy a llamar.

El Sanatorio Plaza atiende afiliados a Pami. Yo estaba esperando mi turno en medio de una multitud de silenciosos pacientes en un día de calor agobiante. La “refrigeración” de la sala de espera consistía en un ventilador de techo que apenas movía sus aspas; es decir, no daba nada de viento. Juan –el único verborrágico– estaba indignado.
¿Usted que turno tiene?- me preguntó casi a los gritos.
El tres- le respondí.
No puede ser. Yo tenía el dos y entró una señora, usted no tiene el tres.
Puedo estar equivocada-dije. Es que lo pedí por teléfono. Puedo haber escuchado mal.

Intervinieron otros pacientes quejándose sobre la atención telefónica de “Turnos”.
Ah, señora, tuvo suerte. Yo estuve más de media hora para lograr llegar a “Turnos”… “Para Radiología marque 1… para Ecografías marque 2… para Cardiología marque 3” y un montón de especialidades más. Cuando terminó dijo que “aguarde y será atendido por una operadora.” Pero no me atendieron nunca. Volvieron a repetir toda la historia… Para Radiología marque 1… Para Ecografías...
A mí me pasó lo mismo. Estuve más de una hora prendida al teléfono con lo que cuestan las llamadas…
Yo vine personalmente –volvió a participar Juan–, me molesté en venir personalmente y me dijeron que mi turno era el “dos” y entró otra persona… Si usted tiene el tres, quiere decir que a mí no me llama, la llama a usted. No soy el próximo.
Mire, me puedo equivocar- dije.
Ah, no, yo le pregunto…

Tum tum tum- golpea con increíble fuerza.
¿Señor?
Yo tengo el turno dos y entró una mujer. Me tocaba a mí.
No, mire. Ya le dije que no estaba usted. Voy a poner la planilla en la puerta para que puedan saber cuándo les toca…
El médico “pacientemente” pega la hoja con cinta transparente en la puerta de su consultorio.
¡No! No puede ser. ¡Me toca el doce!
A lo mejor escuchó mal- le dije. Es fácil confundirse.
No señora. Yo escuché perfectamente. Es que son todos unos sinvergüenzas. Seguro que me cambiaron el turno. Ah no. Yo me voy a Administración a quejarme.

El hombre se dirigió al ascensor y, mientras esperaba, explicaba a quién lo quería escuchar lo que le había ocurrido.
Llegó mi turno, debí hacerme un estudio en el consultorio de al lado por lo que me quedé en el lugar.
Pasó más de una hora; le tocó el turno a Juan; el médico lo llamó e insistió varias veces; porque ya lo había visto. Juan Castagna había desaparecido…

No lo vi llegar, pero escuché su charla. Algún comedido le explicó que ya lo habían llamado…
¿Cómo tardó tanto?- le preguntaron.
Ah, ¿tardé mucho? Es que estaba fresquito en la Administración. Me quedé un rato. Había asientos desocupados. Tienen aire acondicionado esos sinvergüenzas. A nosotros que nos parta un rayo. Ellos son nuestros empleados. Nosotros le pagamos el sueldo. Así que me quedé un rato. Que el médico me atienda ahora.
Tum tum tum- golpea otra vez
¡Señor Castagna!- dijo el médico. Ya lo llamé y usted no estaba. Va a tener que esperar hasta que atienda al último paciente…
Pero… pero, ¿usted sabe quién soy yo?
¿Cómo no? Es el señor Castagna. Espere. Espere su turno.
El médico cerró la puerta y Juan se quedó indignado hablando con todos y a los gritos…

Es una historia de hoy mismo. Es una historia actual de lo que suele pasar con los adultos mayores y con los médicos que los atienden. Es una historia “joven”. Nada que ver Borges en este caso y sus “grietas del obstinado olvido”.
Así es. Esta es una historia joven. Recuerdo cuando yo tenía cinco o seis años que venía el médico a casa, el doctor Celoria y atendía a todos, a nosotros, los chicos y recetaba tónicos, vahos, gárgaras, reposo, una enemita, agua mineral y té negro. Y de paso también algún Geniol para los dolores de huesos de mamá.

Era el médico de la familia. 

2 comentarios:

  1. ¡ Qué época Susana !!! Teníamos el médico de la famlia, él nos conocía a todos y nos atendía a todos, chicos y grandes....sabía de nuestra familia y de todos nuestros problemas...éramos humanos y nó solo números...éramos un cuerpo entero y no solo un corazón , un riñón o un estómago, etc...Cómo ha cambiado todo...Mi padre fué médico...de los de antes....

    ResponderEliminar
  2. No digas que vas al Plaza, notarán que somos de la tercera edad, dicho de otra manera "Viejos", no caerán en cuenta de nuestra juventud tardia.
    Me has dejado pensando, ¿Juan, no sería yo?
    Me encantó tu relato´
    Un abrazo. Luis.

    ResponderEliminar