martes, 23 de septiembre de 2014

Papeles olvidados


Por Susana Oliveira

… las tardías notas que no
leerán los pocos días
que me quedan…
 (Jorge Luis Borges, “Las cosas”)


Cuando tuvimos que vender la casa de mis abuelos paternos después de la muerte de ambos y después de haber estado cerrada por años, me traje un viejo arcón de madera tallada lleno de cartas que estaban borrándose con el paso del tiempo. Entonces, de esto hace unos diez años, traté de leerlas, de ordenarlas, de descifrarlas… Era un trabajo realmente grande, había algunas que se deshacían al tocarlas; en otras, no entendía la letra. Decidí que cuando me jubilara me ocuparía de esa parte de nuestra historia familiar. Olvidé las cartas, a pesar de que el arcón está en un lugar bien visible en mi casa. Y hoy, gracias a Borges, y a mi intención de recobrar el pasado y dejárselo a los más jóvenes, las he sacado del olvido.
Transcribo algunas.
Mi abuelo se llamaba José María Aguirre.


Agosto, 25 de 1892, Hacienda de San Pedro
Sr. José María Aguirre

Mi inolvidable hijo:
Ayer tuve el gusto de recibir tu cartita después de tantos años que no tenía noticias de ti, así que me apresuro a contestarte.
Mucho he sentido los infortunios de tu vida y espero que esas peripecias que has sufrido te enseñen a hacer el bien, a ser un hombre honrado, juicioso y trabajador.
Nosotros hace dos años que nos vinimos a la Hacienda de San Pedro por el trabajo de González. Tu cartita me la trajo tu hermana Delfina que quedó en la casa de Santiago. Te ruego que toda la correspondencia me la mandes a la Hacienda.
Tu carta… No te puedo decir la alegría al tenerla en mis manos… No la podía abrir, temblaba toda. ¿Y si eran malas noticias? Hijo ¿cuánto hace que partiste? ¿cuánto, que no tengo noticias tuyas? No sabía si estabas en Chile, si habías cruzado a Mendoza, si estabas sano y bien.
Negro querido, cuando empecé a escribir, me propuse no hacerte ningún reproche. Perdóname. Aquí termino.
No me decís nada de tu pellizco. Debe estar hecha una señorita. ¿Cinco años ya? Dame noticias de ella. Tu cartita guarda silencio.
Me pides permiso para seguir llamándome Madre… siempre en mi recuerdo, en mi añoranza y en mis oraciones te seguí llamando Hijo. Eres mi hijo bien amado, a pesar de tu partida que me dolió tanto. Nunca dejé de llamarte hijo, hijito, siempre, siempre soñado y siempre esperando tu regreso.
Sí, deseo que me escribas lo más pronto posible y…no sólo que me contestes sino que me digas que vendrás a verme.
Recibe un cariñoso abrazo de tu vieja enferma y que ya para nada sirve.
                                   María A. de González


Diciembre 14, de 1893. Hacienda de San Pedro
Sr. José María Aguirre

Mi negro querido:
Hemos recibido tu encomienda. ¡Qué alegría! ¡Cómo hemos saboreado tu rica encomienda! Ya nos habíamos olvidado del sabor de la fruta. Ayer ocupamos las últimas naranjas en unos helados para el viejo porque era el día de su santo…
Bueno, al recibir tus otras cartitas anteriores no le dije a González que había tenido noticias tuyas, tenía miedo de que reaccionara mal, pero era tanta la alegría de todos cuando llegó el paquete con tantas cosas ricas que ya le conté todo de vos.
Se puso contento al saber que estás bien y progresando con tu taller. Tal vez tengas un tiempo libre y te puedas hacer un viaje con tu Sarita… debe estar tan hermosa ese pellizco, sobre todo si se parece a vos, mi querido.
González me dijo que te invitara a venir. Dice que está todo olvidado y que él te siente su hijo y que siempre te ha sentido así a pesar de que no lleves su apellido.
Tu verdadero padre –aunque nunca te reconoció- ha dejado en su testamento un dinero para vos y también una finca en San Pedro. Yo no me entiendo de esas cosas pero González ha prometido llevar el testamento a un abogado y hacerlo cumplir. “Ese muchacho tiene que disponer de lo que le pertenece”, me ha dicho el viejo. Así que no bien tenga noticias, te escribiré.
Te prohíbo preocuparte por mi salud, estoy mucho mejor… El clima seco de la Hacienda me ha hecho muy bien, y ya casi no tengo problemas con mis viejos pulmones. Tal vez, me traen algunos problemas mis viejos ojos, pero todavía puedo leer tus cartitas.
Tu afectísima.
María Aguirre de González
                 

Febrero, 25 de 1894, Hacienda de San Pedro.
Sr. José María Aguirre.

Mi querido hijo:
Hace unos pocos días recibí una carta tuya desde Alto Verde, provincia argentina de Tucumán pero me decías que no te escribiera allí porque estarías por poco tiempo. Que volverías a mudarte, esta vez a Rosario, que creo que es más importante que Alto Verde. Y seguramente mejor para tu fábrica de maniquíes.
Por favor no me dejes sin noticias tuyas, escríbeme en cuanto te ubiques en Rosario. De todas formas te mando ésta a la dirección que me das en Alto Verde.
Tengo muchas noticias para vos. González se entrevistó con el abogado por lo del testamento de tu padre y parece que todo está encaminado, pero tendrías que hacerte un viajecito acá, a Chile, para hacer toda la documentación. No me parece bien que no quieras aceptar lo que te corresponde. Él no se ocupó de vos en vida pero el dinero y la finca pueden ayudarte para encausar tu destino y el de Sarita.
Muchas veces pienso que no debiste escapar con el bebé después de la muerte de la mamá en el parto, que no te la podían quitar los familiares de la mamá por más que fuera gente muy importante (vos eras el padre y también tenías solvencia) y que además debiste hacer frente al enojo de González porque no habías hecho las cosas bien, no te habías casado y repetías así tu propia historia. Tendrías que haber solucionado las cosas acá, en tu Chile, donde todos te amamos. Acá podríamos haberte ayudado, haberte dado trabajo y casa para vos y tu pellizco y no que fueras a ganarte la vida sólo con tus manos hábiles en un país extranjero. ¡Qué diferente hubiera sido todo para mí! Hubiera disfrutado de vos, mi querido, y de mi nieta. ¡Cómo ansío conocerla! ¿Podré llegar a verla antes de quedar ciega?
Otra noticia importante es el próximo casamiento de Delfina. Se casa con el sobrino menor del viejo; le lleva unos cuantos años pero no tantos como para no poder ser feliz con él. Todos estamos contentos… ¡Qué daría porque pudieras venir a la boda! Pero sé que estás con un montón de planes para organizar tu vida en Rosario.
Recibe un saludo de todos y un abrazo de tu madre,
                               María Aguirre de González


Abril 27 de 1895, Hacienda de San Pedro
Sr. José María Aguirre

Querido, amado, inolvidable hijo:
Me perdonarás la letra… casi no veo y esta es la última carta que te escribo. Delfina, que está viviendo con nosotros en la Hacienda después de su boda, me prometió que ella escribiría lo que yo le dictara. Será así.
El tiempo ha pasado y no hemos encontrado solución. Sabés que me haría muy feliz poder dar cumplimiento al testamento. Me dice el viejo que habría una manera de terminar la documentación sin que vengas a Chile, donde está tu familia. Me explica que se tendría que hacer por poder, con un abogado de Rosario. Veré que te aclaren cómo es eso… Pero ¡qué bueno sería que te hagas un viajecito pronto!
Qué feliz me hizo saber que has conocido en Rosario a una bella mujer de la que te has enamorado y con quien te vas a casar…González cree que era hora que formaras un hogar y que eso lo pone muy contento. Me decís que tiene quince años… ¡qué joven! Vos, treinta y dos, si saco bien la cuenta. Basta con lo que me decís, que es cristiana, muy buena, muy trabajadora y muy hermosa y que además, ama a tu pellizco. Sé cómo has luchado por esa niña…Tu matrimonio era lo que te faltaba para rehacer tu vida, tendrás otros hijos y podrás criarlos a todos junto a Sarita. Ahora más que nunca debes recibir lo que te corresponde para poder organizar tus cosas.
Me gustaría conocer a Isabel, tu prometida. ¿Sería posible que me mandaras una foto de los tres? Debes estar tan hermoso con bigotes, como me cuentas que te has dejado… Y Sarita… me la imagino con sus largas trenzas negras. Pero tiene que ser muy pronto, la ceguera avanza tan rápido…
Tengo una ilusión en mi vida… poder verte a vos, a tu futura esposa y a mi nieta… Dios me ayude a lograrlo.
Amado hijo, siempre, siempre estaré con vos
                              María Aguirre de González




Hay muchas otras cartas y con ellas algún día completaré la historia de José María, Isabel, Sarita y los siete hijos que tuvieron, entre ellos, Carlos, mi padre.

El jardín interior

Por Ana María Miquel

Yo creo que todos tenemos un “jardín interior”; es decir, dentro de nuestro cuerpo, mente, espíritu y psiquis, hay un lugar especial, que yo lo llamo: “jardín interior”. Para mí, ese jardín interior está ubicado donde se encuentra el Alma. El jardín interior es la casa o la residencia del Alma. Es lo que nos hace ser lo que somos; porque allí residen todas las cosas que nos hacen bien y nos gratifican o que nos golpean y nos hacen mal: el amor, la lectura, la pintura, los sueños, las frustraciones, los enojos, el dolor, la pasión y la fe.
Pero resulta que ese jardín, según las personas, puede estar en distintas condiciones. Puede ser humilde, pero estar muy iluminado y limpio. Puede estar lleno de flores, que su dueño protege y cuida diariamente. Puede ser una selva llena de telas de araña y alimañas. Puede ser un desierto. Puede ser un témpano de hielo. Puede ser un lugar tapialado de tal manera que nadie pueda llegar. Puede ser una hermosa y fértil llanura con fácil acceso.
Sea lo que sea y esté en las condiciones en que esté, ese jardín es privado, íntimo, solamente de su propietario y nadie tiene llegada a él, a no ser que el propietario dé la autorización o, sin querer, alguien descubra la llave e ingrese sin ser llamado.  
Cuando esto último ocurre, ¡qué desastre! Uno queda desamparado, desnudo, con todos sus secretos, gustos, necesidades, ilusiones, proyectos, tristezas, desencantos y sueños a la vista del intruso.
Lo más lamentable de todo es que el propietario, a lo mejor sin querer, sin proponérselo le dio acceso a otra persona o esa otra persona estaba al acecho para saber en qué momento meterse en el jardín interior del otro. Por supuesto que no llega a darse cuenta de lo trágico y nefasto de su intromisión. O, a lo mejor, lo sabe y no le importa.
Pero el dueño del jardín interior que fue invadido se tira en el piso a llorar su pena y decide levantar grandes paredes para que nadie pueda llegar a su esencia, a su intimidad, a sus sueños.

Para los budistas, hay personas que simbolizan puentes, entre uno y otro ser humano. Para los que no somos budistas, directamente somos unos ilusos por abrir la puerta a quien no corresponde.

El Loco

Por José Mario Lombardo

Frente al hospital vivía uno de mis tíos, hermano de mi padre. Su casa ocupaba el frente de un lote bastante amplio que tenía unos 50 metros de fondo. Como no había cloacas, el pozo negro, por una cuestión de higiene, se había ubicado lejos de la vivienda. Sobre el mismo pozo se había construido la letrina, que era el baño de la casa.
Entonces, sobre el fondo del terreno, en el rincón Oeste, se encontraba la letrina, mientras que en el Este había un palomar.
El palomar era una especie de cilindro de mampostería de unos tres metros de diámetro por unos cuatro o cinco metros de alto. Tenía una sola abertura que permitía la entrada por una pequeña puerta y no tenía techo. En su interior, sobre el muro circular, se encontraban recintos rectangulares también construidos de ladrillo en los cuales las palomas hacían su nido.
No recuerdo haber visto otro palomar de ese tipo en el pueblo. Siempre me resultó extraña su existencia en ese lugar: Blanco, encalado, con sus revoques rugosos, semejaba la torre de un castillo sin castillo, sin fosos ni ventanas. Cada vez que iba a esa casa, era inevitable mi entrada al palomar, que tenía el piso acolchado por el guano de las palomas, un sordo palmotear de alas y una nube de polvo mezclada con piojillo.
Un día, con mi padre, nos trajimos un casal de palomas. Eran muy pequeñas. Un macho y una hembra y nos dimos a la tarea de criarlos. Estaban muy débiles, quizá por eso, la palomita se murió a los tres o cuatro días. Quedó el palomo, que fortalecido y adaptado a su nueva vivienda comenzó a crecer en medio de la familia, comía el mismo alpiste del canario y de a poco hizo migas con “El Negro”, que era el gato más ladino del mundo.
Como el gato tenía nombre: “negro”, decidimos ponerle nombre al palomo, entonces después de una encarnizada discusión en la que intervino toda la familia, algún tío, y varios vecinos, optamos por el nombre que seguramente le correspondía y que el aprobó de inmediato: “Loco”.
En la cocina teníamos la radio, que era eléctrica a lámparas con su frente esterillado, protegido por varillitas horizontales de madera lustrada. Tenía onda corta, onda larga y le habíamos colocado una antena en el techo para evitar las descargas. En esa radio escuchábamos el noticioso del mediodía, el radioteatro de la tarde, y por la noche, algún programa musical. Con ese aparato también compartimos por Radio Colonia sintonizada por mi padre o Radio del Estado por mi tío, gran Peronista, los sucesos de aquellos inolvidables días de setiembre del 55.
Fue antes del 55 que un día, “El Loco” se paró sobre la radio. No sé si estaban pasando el noticioso, pero estoy seguro de que la radio estaba encendida. Era cerca del mediodía, pues estábamos por comer. “El loco” entró por la ventana, planeó bajito y se posó serenamente sobre el aparato. Estuvo un rato allí mientras almorzábamos para después, como si hubiese estado escuchando las noticias, darse por satisfecho y salir por donde había entrado. Desde ese día, sin que nadie se lo pidiera, nos visitó diariamente a la hora del almuerzo. Si la radio estaba encendida, se paraba sobre ella supongo que para enterarse de los acontecimientos del día.
Nunca lo encerramos, él hizo su vida libre yendo y viniendo como alguien más de la casa, además nunca tuvo problemas con “El Negro”, gato ladino, que lo miraba deambular por el territorio como si alguna vez le hubiese otorgado su permiso.
Éramos muy amigos de nuestros vecinos. Compartíamos las fiestas, los cumpleaños y casi siempre, a la hora de comer, alguno de ellos nos visitaba para charlar o muchas veces para dirimir discusiones que solían tener sobre tal o cual cosa, como por ejemplo la cantidad de sal para curar las aceitunas, la edad de los conejos o el nombre completo de Belgrano.
Un día llegó el José, uno de los vecinos. El José siempre usaba gorra visera. Se sentó en la silla del rincón, porque a comer ellos no aceptaban. Venía a ofrecernos una rifa del club. Nos sorprendimos cuando entró “El Loco” y se paró en su cabeza. Sobre la gorra. Entonces, desde aquel día, quien se sentase con gorra en la silla del rincón, gozaría del privilegio de tener al “Loco” sobre su cabeza. (Siempre sospechamos que “El Loco” les adivinaba el pensamiento).
Cuando mi padre partía para el trabajo a eso de las ocho de la mañana, “El loco” lo acompañaba hasta la puerta de calle. Allí, se quedaba hasta que lo veía doblar en la esquina. Después, comenzó a hacerlo a lo largo de la cuadra, volando de rama en rama o de pilar a algún tapial, para finalmente suspender su camino en el cartel del almacén del barrio.
“El Loco” se había acostumbrado a comer alpiste, por eso le pusimos una tapita de dulce sobre la rinconera de la cocina donde él sabía que estaba su ración diaria, de manera que cada tanto entraba a picotear unos granitos para luego hacer sus visitas a los patios vecinos.
Un día, de vuelta de su labor, al mediodía, mi padre comentó que “El Loco” lo había acompañado hasta la entrada del trabajo y que se había quedado parado sobre el cartel del negocio. Todos pensamos que era otra de sus maneras de demostrar su cariño hacia nuestro grupo familiar. Para celebrarlo, le pusimos en la tapita de dulce doble ración de comida. Pero ocurrió que “El Loco” no apareció a comer en todo el día ni al día siguiente ni al otro. Fue así como pasaron los días y nuestro mágico compañero no volvió con nosotros. No podíamos entender el motivo de su ausencia pero con el tiempo nos dimos cuenta de que su último gesto acompañando a papá había sido su despedida. Allí quedó entonces, sobre la rinconera, la doble ración de alpiste que nadie se atrevió a tocar.”El Loco” seguramente había encontrado compañera y naturalmente, como buen bicho libre, había volado buscando una nueva vida. Nadie es dueño de la vida del otro, no hubiera sido justo que al loco lo tuviéramos en una jaula o con las alas cortadas. Todos somos libres de volar hacia nuestro horizonte soñado. “El loco”, al fin y al cabo, habría encontrado su lugar en el mundo; por eso, a pesar de extrañar su presencia, nos contentamos con desearle una buena vida y recordar con cariño sus simpáticas e inesperadas actitudes.
Pasó el tiempo. Casi un año. Un buen día, para nuestra sorpresa, “El Loco” entró por la ventana. Primero. se paró sobre la radio que estaba apagada, después saltó hasta la rinconera donde aún estaba la tapita con alpiste, comió unos granitos y se fue. Se fue y nunca volvió.
Nos quedamos asombrados. No podíamos comprender que una paloma, luego de un año, nos siguiera recordando o acaso ubicando su antiguo hogar, sus lugares predilectos y hasta el lugar donde comía.

Ese día, “El Negro” estaba durmiendo en el umbral de la puerta. Cuando “El Loco” apareció, seguramente su instinto felino lo despertó. Lo miró hacer como de costumbre. Después, cuando lo vio salir por la ventana, se lamió una mano, se la pasó por esos ojos amarillos que tenía y se acomodó de nuevo para continuar la siesta. En él no cabía el asombro, el gato sabía, por ladino y por poeta, que al final siempre se regresa.

Primavera

Por Nilda R.Tuan

Setiembre, primavera, estallido de la naturaleza, brotes, colores por doquier.
Hago una relación con la adolescencia y juventud; pero que se puede trasladar a la madurez, ya que se siente, a través de todos los sentidos, la llegada de esta estación, sin importar edades.
Y aparece la etapa de mi vida de los quince a diecisiete años.
¡Mis quince años! No quise fiesta. No tenía muchos amigos, pero había logrado, cursando el tercer año comercial, compañerismo y amistad entre la minoría de mujeres y la mayoría de varones; a través del tiempo, “los chicos del Comercial”.
No había competencia. Ellos hacían las averiguaciones. Si saldríamos de excursión, organizaban “los asaltos” en alguna casa, en San Lorenzo, sede del único Colegio Nacional.
Por supuesto, en el lugar de la reunión, se encontraban presentes los padres dueños de casa. Por lo general, las mujeres nos encargábamos de elaborar gustosamente los comestibles. La música con tocadiscos, era el rock, que a pesar de no ser tan habilidosos, nos defendíamos bien bailando, imitando lo visto en películas.
Al terminar, a veces nos venía a buscar en colectivo algún padre; pero no lo hacíamos muy tarde. Nos sentíamos protegidas también por nuestros compañeros.
¿Y los picnics para el día del estudiante? Solicitaban permiso, creo, las autoridades del colegio, para realizarlos en el espacio libre, especie de camping, club del Batallón Arsenal en Fray Luis Beltrán. Me parece que había una cancha de fútbol, tenis y una pileta, que no estaba habilitada en ese tiempo. Había una gran arboleda y caminos. No se podían dañar los árboles ni llevar cámara fotográfica.
Era bastante numerosa la concurrencia de jóvenes y se iban formando grupos entre los conocidos. Los encargados de hacer el asado eran los varones. Casi siempre mientras lo preparaban comíamos sándwiches y bebíamos gaseosas. La mayoría de las veces el plato principal salía crudo adentro y quemado por fuera. Aún así era divertido.
Después de “almorzar” nos acercábamos a una pista de baile, pero algunos no nos quedábamos mucho tiempo y seguíamos paseando.
Con Martha, pasamos en el mismo turno, a la sección anexa normal, cursando el cuarto y quinto año con alrededor de treinta y cinco mujeres .Cada tanto, organizábamos “asaltos” para recaudar fondos pro- viaje de estudios, que en esa época aún no era Bariloche. Pero, finalmente, nunca lo realizamos.
Esas reuniones eran más abiertas, con tarjetas de invitación, en salones prestados y con bastante concurrencia. Cambiaba el objetivo y entonces no se disfrutaba como antes.
Solo rescato como muy positivo el conocer a un joven de Rosario, que por un tiempo nos acompañamos en esos asaltos, incluso en el baile de graduación. Pero, hasta ahí nomás. Evidentemente, con diecisiete años, éste para mí, primer enamoramiento, no prosperó. Pero sí, reitero, guardo un grato recuerdo.

La casa de mis abuelos

Por María Victoria Steiger

No me acuerdo cómo viajamos.
Vinimos a visitar a mis abuelos. Los padres de mi papá que eran de Rosario como él.
Yo les había contado que por trabajo vivíamos en Mendoza.
Mi mamá se quedó con mis hermanas.
Viajamos: las dos “mayores” con papá.
La casa… impresionante.
Teníamos que portarnos como nenas educadas. Las recomendaciones: lavarse las manos, no levantar los codos al usar los cubiertos, comer con la boca cerrada y mucho más.
Claro, el viaje era largo y pasamos unos días acá.
Conocimos un montón de primos. Algunos mucho mayores y otros casi de nuestra edad.
Mi papá tenía cinco hermanos cuatro mujeres y un varón, que era el tercero.
Por supuesto, recorrimos toda la casa. Nosotras con papá paramos en el tercer piso, donde vivía mi tía sola. Daba a la terraza y ella tenía sus plantas y mi abuelo dos pajareras enormes, una con canarios y otra con unos pájaros negros muy lindos, pero que gritaban un montón.
En el segundo piso, vivían mis abuelos y, como en una suerte de departamento aparte del mismo piso, había dos habitaciones y baño para mis tíos –el hermano de papá y su señora– y sus dos hijos.
En el primer piso o planta baja, que fue lo que más me impresionó, había una sala enorme con un piano de cola, que tocaba mi abuela tocaba, y algunos sillones. Esa sala tenía una puerta que no se abría hasta la hora de las comidas. Era de madera y vidriecitos de muchos colores, me dijeron que se llamaba vitral, muy linda.
En la misma planta, se hallaba el escritorio de mi abuelo al que entré creo que una vez.
La hora de almorzar en general en éste viaje fue de conocer la casa de los otros tíos abuelos y de las otras hermanas de papá.
¡Ah, otra cosa! La casa tenía sótano. Mi abuelo me llevó una vez. El iba al mercado y traía las verduras y otras compras que hacían falta y como yo pregunté por la cocina, ¡me la mostró y me dijo que no era lugar para chicos! Nunca más bajé, pero me hubiera gustado investigar más.
La cena siempre era en casa, ¡y bajábamos bañadas y cambiadas, muy coquetas!
Desde el primer día, la mesa era para mí un espectáculo. Les cuento: copas para agua transparentes, las copas de color para el vino blanco y otra para el vino tinto.
Bueno con estas cosas, copas altas tenía un problemón. ¡Cómo hacer para no romper nada! Fue complicado pero me salió. En todos los días que pasamos, no rompimos nada.
Claro, en casa, en Mendoza, no es que viviéramos como indios: pero usábamos vasos comunes y siempre había algún modelo distinto, porque rompíamos fácilmente. Teníamos copas pero se usaban para los mayores cuando había fiestas.
La comida era muy rica y variada, parecida a la de casa pero… primer plato, segundo plato y postre eran como mucho. Yo comía bien; pero pedía un poco menos de todo por que no se podía despreciar ninguno.
Este fue un viaje inolvidable. De vuelta en casa, las dos contábamos de todo al mismo tiempo. Yo, especialmente, quedé impresionada por dos cosas: mi abuelo que cuando terminaba cada comida preguntaba en vos muy alta: “¿Quién quiere un par de huevos fritos?” Después de semejante comida todos se reían con gusto. La otra cuestión que me llamaba la atención era la mesa puesta con todas las copas, que para mí eran de una luminosidad enorme.


viernes, 12 de septiembre de 2014

Rastra, bombacha y botas‏

Por Norma Azucena Cofré

En la cordillera, zona agreste y fría, vivía Balsamino, un hombre muy especial, chileno de nacimiento, lindo hombre, buen porte, tez muy blanca y pecosa.
Comerciante nato, prepotente, dominante, enamoradizo. No dejaba polleras sin que se enredara en ellas, de las cuales tuvo tres hijos.
Se dedicaba a la cría de ganado bovino, ovino y caprino. Manufacturaba sus carnes haciendo charquis, curtiembre de cueros, hilado de lanas de oveja y chivos. Vendía o hacía trueque por aguardiente y demás productos de su interés para hacer la misma operación aquí en Argentina.
Cecilia, su mujer, también chilena, no era tan agraciada, pero tenía porte. Era perfecta para él: humilde, sumisa, condescendiente.
Tuvieron siete hijos entre mujeres y varones. Los varones trabajan con el padre y las mujeres con la madre.
¿Por qué Balsamino era especial? Cuando traía una de "sus" amante a la casa, llamaba a la Cecy y le decía: “Prepárese unas churrascas al rescoldo con quesillo y mate y sírvale a la señora”. Y... que ni se le ocurriera a la Cecy decirle o insinuar algo. Tenía el arreador al lado, un lazo de tientos de vaca, que mamita si te daba un azote. Luego, le decía: “Deléitele el oído a señora con su canto”. Cecy tomaba la guitarra y cantaba, con resignación y tal vez...
Tuvieron una familia muy buena y honesta, porque a pesar de todo lo vivido Balsamino en el fondo eran bueno y amaba su familia; pero como él era tramposo pensaba que todos eran iguales. Las hija iban a la escuela de noche y él se disfrazaba para ir a controlarlas a la salida.
Balsamino y Teobaldo, su hijo mayor, cruzaban la cordillera para hacer sus negocios con paisanos del país trasandino.
En uno de esos viajes, Teobaldo conoce y se enamora de una de las hijas del comprador de su padre, la mimada Telma, a la que le promete una pronta visita y casamiento.
Teobaldo regresa muy enamorado, piensa la forma de volver a buscarla pero Balsamino no debía saber nada.
En complicidad con su hermano Orlando y convencido del amor de ambos, idea la huida de su casa.
Para no levantar sospechas una mañana como tantas otras, los hermanos comienzan su tarea, Balsamino salía más tarde. Teobaldo se despide de Orlando y, le dice: “No sabes nada de mí, solo que me fui”.
Teobaldo llega a Chile, busca a Telma, se vienen a Argentina. El casamiento legal fue como a los 20 años de convivencia y, de esa unión –que según Teobaldo, Telma se enamoró de las bombachas, la rastra y las botas del gaucho argentino– nacimos ocho hermanos, cuatro varones y cuatro mujeres.
Una de ellas soy yo, Norma.

Siempre hay alguna cosa…

Por Ana María Miquel

Me veo sentada en un sanatorio, con mi yerno al lado, esperando el nacimiento de mi primera nieta mujer.
Se abre la puerta del ascensor y aparece mi hijo menor. “Mamá, en Mendoza te están buscando desesperados. La abuela se cayó ayer a la tardecita y se quebró la cadera. Esta noche la operan”.
Sentí que el mundo giraba a mí alrededor vertiginosamente y que hacia algún lado saldría despedida. ¿Quién me necesitaba más, mi hija o mi mamá? Mis deseos espontáneos eran quedarme con mi hija y su cargamento de vida. Pero allá tenía obligaciones morales y de hija que debía cumplir.
A la mañana siguiente, ya estaba en Mendoza y fui directamente al sanatorio. Cuando llegué la vi bien, contenta de verme.
“Me mandé una macana y no sé si Dios me perdonará ésta”, me dijo con cara de culpa. Ya mis hermanos la habían retado, porque había cometido una de sus tantas locuras. Con más de noventa años, seguía siendo libre e independiente como un caballo desbocado.
Me mostró la pierna “con el costurón” que le hicieron, era la primera vez en su vida que estaba internada. Ni siquiera lo había estado cuando nacieron sus hijos. Alguien me mostró la placa radiográfica y pensé: “No puede ser de otra persona más que de ella”. En primer plano aparecía un alfiler de gancho y unas cuantas monedas desparramadas. En el apuro o, por respeto, no le sacaron la bombacha al hacer la placa y salió reflejado su monedero privado. Una bolsita de tela prendida a la bombacha con un alfiler.
Mis hermanos me comentaron que por momentos desvariaba y hablaba cosas incoherentes. En ella no lo podía creer. Los que saben me explicaron que estaba bajo un shock que se produce en las personas mayores cuando se las saca de su hábitat para ser internadas. También me dijeron que la operación había salido muy bien, pero que estaba con una gran anemia y no quería comer.
En uno de los momentos de cordura y bajo mi insistencia, logró contarme cómo se había caído.
Ella vivía en su casa, bajo el cuidado, protección y atención de una mujer madura con aires de ama de llaves de un castillo inglés. Esta señora representaba para nosotros una gran tranquilidad, ya que sabíamos que estaba muy bien acompañada, entretenida y atendida solícitamente. Además, se encargaba de llevarla al médico, pagar impuestos y cualquier otro trámite que hubiera que hacer. Pero, por sobre todas las cosas, soportaba estoicamente el autoritarismo de una mujer de más de noventa años, acostumbrada a dirigir y a ser respetada.
En su vida, mi mamá tuvo una actitud sabia: fue desprendiéndose de todas las cosas materiales de valor que pudiera tener. En consecuencia, a la vuelta de los años, no le faltaba nada, pero vivía modestamente ayudada por los hijos varones. Inclusive le había hecho prometer a mi hermano mayor, que nunca la sacarían de su casa para enviarla a un geriátrico. De lo dicho, se puede deducir que ya no tenía nada de valor material, solo el dinero, que como dije, lo guardaba muy escondido y lo administraba de maravillas.
Pero sí, tenía algo que para ella era de muchísimo valor: enaguas.
Esa prenda íntima, tipo vestido, que ya casi no se fabrican y las mujeres mayores usaban para ir al médico. Tanto mis cuñadas como yo, cuando encontrábamos alguna se la comprábamos y mis hermanos la proveían de naipes para jugar a la canasta.
Tenía un amplio cajón de la cómoda con hermosas enaguas: enteras, de cintura, para uso diario, para el frío, para el calor y para ir al médico. Pero se le había puesto en su paranoia de vieja, que “la muchacha” le robaba las enaguas.
—Para qué las quiere? –le decíamos– si ya no se usan. ¡Además a ella no le entran!
—Pero las vende –nos respondía– o se las regala a la hermana del campo.

Y no había manera de hacerla entrar en razón. Una de las tardes en que estaba internada, conseguí saber cómo se había roto la cadera, contado por ella misma.
Le había inventado un mandado a “la muchacha” diciéndole que fuera a jugarle un número a la quiniela. Cuando se fue. Subió por una amplia escalera que daba a la habitación de la empleada, con su bastón y sus zapatones de piel, ya que sufría mucho el frío. Una vez en la habitación, revisó todo buscando sus enaguas, sin encontrar nada, volvió por donde había subido, sosteniéndose del pasamano y al llegar al último escalón se resbaló y cayó. Con tan mala suerte, que al caer empujó con el pie un gran macetón que se le vino encima y le pegó en la cadera.
Allí quedó tendida hasta que llegó la muchacha y como nada la amilanaba le dio la orden y el diagnóstico.
—¡Llamá a urgencias, me quebré la cadera!
Fue el principio del fin. Cuando levanté su casa, me traje y tengo guardadas todas las enaguas. ¡Trapos, con un gran valor afectivo!