viernes, 3 de julio de 2015

¿Cómo era mi padre?

Nora Alicia Nicolau

Una tarde cuando estaba jugando, mi padre me llamó para que vaya hasta la librería Renom (famosa en barrio Echesortu, situada en calle Mendoza al 3700) a comprar el libro “Tabaré y la leyenda patria”, del autor uruguayo Juan Zorrilla de San Martín. Iba rápidamente y repitiendo los nombres desconocidos para mí. Nunca supe para qué hizo esa compra. Luego, lo incorporó a nuestra humilde biblioteca. Siempre nos decía que si había que dejar el país vayamos a Uruguay. Efectos del temor que vivíamos en la época peronista y que también adelantó su enfermedad. A los cuarenta y cuatro años enfermó y desde entonces lo cuidamos nosotros a él. Yo tenía doce años. Esa anécdota es un ejemplo de su interés por la lectura y la educación, y de la extremada sensibilidad que demostró en su vida.
Solo me quedó la infancia junto a él como recuerdo muy feliz. No necesitaba esperarlo de vuelta de su trabajo, como otros hijos esperan a sus padres. Trabajaba en el negocio de venta de forrajes y harina, que había fundado su padre y que estaba instalado junto a la casa de nuestros abuelos, que compartíamos, en la esquina de las calles Córdoba y Constitución, en barrio Echesortu de la ciudad de Rosario.
Nunca escuché un reto ni una palabra altisonante de mi padre. Siempre un consejo, una enseñanza o una observación para corregir algo que no sabíamos o nos habíamos equivocado.
Todos los sábados a la noche, revisaba nuestros cuadernos de la escuela y debía firmar al margen como constancia que la familia había visto el trabajo de los hijos durante la semana. El lunes, la maestra controlaba todos los cuadernos. Era parte de la relación familia-escuela. Mi hermana y yo, que apenas asomábamos al lado de su enorme escritorio de trabajo, esperábamos sus palabras con mucho respeto. “Está muy bien –nos decía–, pero siempre se puede ser mejor”. Ni aplausos, ni regalos, ni comentarios por allí para celebrar nuestras buenas notas. Era nuestra tarea y obligación de niños cumplir con nuestros deberes. Fue nuestra marca de fuego para siempre.
Hasta mis doce años nos acompañó como un padre casi perfecto: nos llevaba al parque los domingos por la tarde o a la mañana, a los cines Heraldo o Radar que realizaban funciones infantiles. Estaba siempre muy preocupado por nuestra salud y nuestra educación, para que nada nos faltara. Cuando ingresé en primer grado yo ya sabía leer y escribir, porque él había contratado a una maestra particular para que me preparara. Participaba de las reuniones de la Asociación Cooperadora de la escuela, pues consideraba que era obligación de todo padre colaborar con la escuela. Fue miembro de la Comisión Directiva del club Atlantic Sportmen, el club del barrio que ayudó a crecer y en el cual toda nuestra familia desarrollaba la mayor parte de sus actividades sociales.
Su recuerdo se agiganta, porque sabemos más de él por los otros, que por nosotras mismas. Los clientes de su negocio, los que lo conocieron en el club, los vecinos del barrio y hasta mi abuela materna, es decir, su suegra, destacaron siempre sus pocas palabras, su seriedad, su amabilidad y su interés por todos. Como hermano mayor de cuatro hijos, dos hermanas y un varón, aprendió su responsabilidad en la familia y la prolongaba en el negocio al comunicarse con los demás.     
Físicamente era muy atractivo, buen mozo, muy elegante y cuidadoso en el vestir. Recuerdo que mi abuela materna, que lo quería más que a otros yernos, me contaba que guardaba su ropa limpia en un cajón de la cómoda de la habitación de mi madre en el campo donde vivían para cuando él llegaba de visita. Pantalón blanco, camisa blanca y alpargatas blancas. Así, aparece en las pocas fotos que tenemos. Cuando se casaron, mi abuela continuaba con esa tarea.
A mi padre le gustaba, como a sus hermanas, vestir a la moda, hasta elegían sus prendas en catálogos de “Gath y Chaves” enviados desde Buenos Aires.
En ese tiempo era usual publicar los acontecimientos familiares en el diario y en revistas sociales. Las bodas de mis tías se anunciaron en la revista “Ecos” y los nacimientos se reflejaban con alegría en el diario “La Capital”. La sección “Sociales” se mantuvo mucho tiempo en ese diario, donde recuerdo haber leído la publicación de viajes, bodas, cumpleaños que eran muy comentados. Así es como pude conservar la foto de mi padre, cuando se recibió de contador práctico en la Escuela Comercial “Contardi”. Nunca comentó ni hizo alarde de sus actividades sociales.
Lo pienso de manera especial con esas noticias que me llegaron a través de los recortes periodísticos y que yo no viví. Entonces, comprendo su sufrimiento cuando aún, muy joven, nada podía hacer ni física ni mentalmente por recomendación médica. Cuando reflexiono queriendo reconstruir el pasado con mi padre, me asombra qué poco sé de él. Lo amé cuidándolo en su enfermedad y trabajando para mantenernos, junto a mi hermana y a mi madre. Todo fue distinto a su vida casi de galán.
Compartimos treinta años. Ya vivimos más de cuarenta sin su presencia física. Y las preguntas me quedan sin respuesta. ¿Dónde quedaron las palabras para poder evocarlo?
¿Qué es la vida? ¿Cómo vamos construyendo nuestra historia? Con alegrías y tristezas; lo que nos es dado y lo que vamos logrando por nosotros. Vamos siendo…

Están pasando cosas muy feas

Teresita Giuliano

Cuando terminé la escuela secundaria, en 1976, pleno proceso militar, mi deseo era estudiar abogacía.
Con mi papá, como siempre dispuesto a complacerme, viajamos a Rosario para inscribirme en la Facultad de Derecho.
Aún recuerdo con total claridad la impresión que nos causó ese gran edificio con pintadas y escritos, y esa especie de abandono y tristeza que parecía impregnar el lugar.
Nos dieron unos papeles y nos fuimos de allí con una sensación de abatimiento, que compartimos pero no nos dijimos nada.
Visitamos a los tíos que vivían en Rosario y la tía fue muy clara: “No me comprometo a tenerla acá en casa. Es mucha responsabilidad. No quiero asustarlos, pero están pasando cosas muy feas”.
¡Adiós mis sueños de convertirme en abogada penalista! Mis padres nunca me dejarían quedarme a estudiar en Rosario. No se me ocurrió hacerles ningún reproche.
Creo que en lo más íntimo pensaba como ellos: una joven de pueblo, criada entre algodones, inocente e ignorante de lo que estaba ocurriendo… era temerario. Y no insistí.
Así que volvimos al pueblo.
Hacía poco tiempo que en Cañada de Gómez, distante cincuenta kilómetros de Tortugas, había abierto sus puertas el Instituto del Profesorado Nº 5 y ofrecía la carrera de profesora en Nivel Inicial.
Elegí ser maestra jardinera como segunda opción y terminó siendo mi vocación.

Pasó mucho tiempo hasta que supe y comprendí cuáles eran “las cosas feas” que habían pasado.

El inevitable progreso

Nora Alicia Nicolau

“Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran
y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana.”
Eduardo Galeano (del “Libro de los abrazos”)

Ahora, nosotros somos el “mañana” de nuestros abuelos y nuestros padres. Si nos pudieran ver… ¿qué pensarían?
Mi abuelo paterno tenía un negocio de “forrajes y semillas” en barrio Echesortu, en la calle Constitución al 800. Vendía fardos de pasto (alfalfa), bolsas de maíz, afrecho, avena, cebada, mijo, alpiste, trigo, etcétera. Tanto al por mayor como al menudeo. En la esquina, Constitución y Córdoba, junto a su galpón, tenía un depósito de bolsas de harina, donde se proveían los panaderos mallorquines de Rosario, sus compadres y amigos. Él había nacido en el puerto de Pollensa, en Mallorca y mantenía su comunicación con ellos.
Junto a sus locales comerciales, había edificado su vivienda, la primera en esa manzana del barrio. Una casona que se comunicaba con uno de esos locales y tenía su entrada sobre calle Córdoba al 3600. Se entraba por una enorme puerta de madera de dos hojas a un zaguán que llevaba a un gran patio cubierto de macetas y plantas. En el frente, dos grandes habitaciones con balcones de altas persianas y hermosas barandas de hierro forjado. Les seguían otros tres ambientes, uno era el comedor diario. Aparte, estaba la cocina y el baño. Una escalera de cemento llevaba a la pequeña terraza con lavadero y baranda, que daba al patio. Macetas de todo tipo las alegraban. Por una escalera más pequeña se ascendía a una gran terraza donde se colgaba la ropa. Hermosa construcción de la época. Hace décadas la familia fue vendiendo estas propiedades. Hoy, hay cuatro casas en ese lugar y permanece el galpón algo modificado.
Cuando mi padre y su hermano fueron mayores constituyeron una empresa familiar, una sociedad: “Juan Nicolau e hijos”. El negocio fue fructífero, cuando en la ciudad habitaban muchos animales domésticos y para el trabajo. Llegaron a abrir una sucursal a pocas cuadras del comercio de calle Constitución.
Recordemos que no solo a los difuntos se los llevaba en carruajes tirados por caballos, sino que el panadero, el lechero, las mercancías en general eran repartidas en jardineras. Había carros, chatas, sulkys, y algún gaucho a caballo, también “coches de plaza” para transportar a los pasajeros que llegaban en los trenes. Se usaban muy pocos autos y hasta los tranvías eran tirados por caballos a principios del siglo XX (en 1905/06 apareció el primer tranvía eléctrico). La mayoría de las casas tenían gallineros y se surtían en el negocio de mi familia del alimento para los caballos y de las semillas necesarias para aves, incluido los pájaros que no faltaban en ninguna vivienda. Teníamos dos jardineras y una chata para el reparto. En un lote cercano estaba la caballeriza en la que se guardaban dos o tres caballos.
Fui testigo del avance del progreso. Una reglamentación, una ordenanza, me parece, dispuso evitar los gallineros en casas de familia y se controló severamente. Fueron desapareciendo nuestros clientes. Al poco tiempo, se prohibió transitar con vehículos de tracción a sangre. Desaparecieron las jardineras y casi los proveedores a domicilio.
Recuerdo cuando el último “mateo”, como se llamaba a los “coche de plaza”, que había quedado en la ciudad, se despidió de mi padre. Lo conducía un hombre de muy baja estatura y muy amigo del negocio donde dejó su tristeza junto al último fardo de pasto que adquirió. Nuestras jardineras se convirtieron en un hermoso camión que mi tío tuvo que aprender a manejar. Fueron apareciendo los taxímetros como coches de alquiler.
No voy a renunciar a los recuerdos y a los valores de mi infancia. Con nosotros también va desapareciendo una época. Lo narrado forma parte del ayer… del tiempo de mis abuelos y mi familia. Fui testigo del cierre del negocio a causa del progreso inevitable.
Ahora en el presente nosotros somos memoriosos del pasado; pero, expectantes del futuro. Avizoro el progreso al leer y observar los nuevos avances en los medios de transporte, en la medicina, en los complicados aparatos electrónicos como las impresoras 3D, que ya están entre nosotros; la nueva manera de relacionarnos entre las personas y la comunicación entre los países; el conocimiento y los adelantos en astronomía y más y más…

Se cree que vivimos en presente, pero siempre conjugamos los verbos en futuro. Vamos siendo el mañana, personificado en los hijos y nietos. A ellos les diría lo que leí hoy en Facebook: “Hoy tienes que decidir que otro ayer quieres para mañana” M. Mayer.

¡Es una nena!

Teresita Giuliano

“Henry, ¡es una nena!”.
Papá entró al dormitorio a conocerme y salió corriendo a comprar un par de aritos.
En ese momento debe haber comenzado el enamoramiento, que con mayor o menor intensidad, a través de los años y las circunstancias, aún mantenemos.
Mi papá hizo la primaria hasta sexto grado como era usual y no siguió estudiando, porque también era usual.
Creo que a sus padres no se les ocurrió. Las escuelas secundarias se encontraban en las ciudades.
Así que, cumpliendo con el mandato familiar, empezó a trabajar.
Tenía inquietudes artísticas e intelectuales y utilizó los pocos recursos con los que contaba para canalizarlas de alguna manera.
Entre otras cosas, estudió dibujo de caricaturas por correspondencia y sus trabajos eran muy logrados. Y aunque lo hizo de muy joven, siempre mantuvo esa habilidad para el dibujo, de tal manera que nos ayudaba a mis hermanos y a mí con las tareas escolares en las que nos requerían alguna forma de expresión creadora.
No habiendo heredado yo esa cualidad, durante mis estudios en el profesorado, aprobé la materia Dibujo gracias a mi padre, que con un lápiz negro y una goma de borrar, a mano alzada plasmaba en el papel lo que a mí me exigían.
Luego de recibirme y durante años, seguí recurriendo a él para que sus trazos, en grandes láminas, decoraran las salitas de los jardines de infantes donde trabajaba.
Era famoso entre mis compañeras, que lo contaban como un colaborador más en las efemérides y festejos.

Aún hoy, debe haber dando vueltas alguna lámina, algún afiche reciclado de sus creaciones, en manos de quienes desconocen su origen.

miércoles, 24 de junio de 2015

Mi viejo

Norma Azucena Cofré

Mi viejo, nacido en Guañacos (1), provincia de Neuquén. Fue un hombre inteligente, hermoso, un morocho atractivo; además, honesto, buena gente, honrado, trabajador. No demostraba ternura ni era delicado en sus llamados de atención (nos daba en la cabeza con lo que tenía en la mano); sí, era muy alegre y siempre con ocurrencias graciosas. Le gustaba bailar y, aunque no sabía, se las arreglaba para pasarla bien.
Todo tiene una justificación, cuando amamos y hemos sido amados.
Mi madre nos contaba las aventuras de papá. Cruzó la cordillera a escondidas del su padre, con el atuendo que según él enloquecía a las chilenas. Casados, economía escasa, buscaba la forma de ayudar, tenían animales como capital, pero hacía falta dinero para lo demás, vendía pastelitos en las cuadreras, “volvía sin plata y sin canasto”, viajó a Bariloche con un colchón a cuestas para trabajar, “volvió con las manos vacías”. Con el tiempo, vinieron a vivir a Cutral Có, entró a trabajar en las fuerzas policiales, siendo policía y, con cuatro hijos, decidió terminar la escuela primaria, terminó siendo abanderado. Un día, en un acto cívico estaba con la bandera y un agente vino a buscarlo, porque había un desorden y las fuerzas lo requerían, entregó la bandera al escolta y salió a cumplir con su deber. Ponía orden dentro de la escuela si veía a un alumno fumando (me enorgullece recordarlo).
En ese momento alquilábamos en un lugar que, según recuerdo, tenía un patio muy grande donde jugaba cuando era chiquita, y había tres familia viviendo. Luego, comenzó a trabajar en YPF, compró un terreno, empezamos a construir nuestra casa, ¿quién podría haber sido su albañil? Yo, que tenía siete años y era la más chica de las tres hermanas. No me mandaban a la escuela todavía. Le ayudaba a traer agua, le cargaba las cosas que me pedía.
Tengo un recuerdo  que me parece estar viviéndolo ahora. Él estaba arriba del techo y me dice: “Norma, hechá mezcla al balde”. Lo lleno y él lo sube. “Ahora, largame los ladrillos, de a uno, que aquí los agarro”. Yo lo miraba y le decía: “Papá, te voy a romper la cabeza”. Él me respondía: “No, lárgalos fuerte yo los atajo con las manos”. Se los largaba y daba vuelta la cara, no quería verlo cuando le pegara.
De esa manera, como yo era el comodín, siempre me llamaba para que le ayude o para enseñarme algo: cómo se ponían los vidrios en las ventanas. Me hacía amasar y hacer varillitas redondas con una pasta que compraba con un aceite especial, colocaba el vidrio y me explicaba: “Una vez que lo colocas, le vas dando unos golpecitos para sacar el aire que queda. Así, se prende mejor”.
Estábamos viviendo en casa nueva. Puso un negocio grande, que parecía una botica, había de todo, lo más llamativo era tres bordelesas de vino, tino, rosado y blanco. El comercio era atendido por mi mamá y mi hermana mayor.
Un día, papá trajo caños e hizo una hamaca en el patio. En otra oportunidad, llegó del trabajo, se desprendió la pechera del overol y saltó un gatito negro, que después fue más guardián que un perro. Otro día, llegó, saludó con cara pícara, se sacó la gorra y cayeron lagartijas de la cabeza. Siempre hacía algo que nos llamaba la atención.
Los años van pasando, crecí, me hice señorita, una de mis tías me regaló un pantalón, que empezaban a usar las mujeres. Llegué a mi casa contenta, estaba parada haciendo algo en la cocina y siento un palo en la cabeza, me grita: “Andá a sacarte ese pantalón, yo putas no quiero en mi casa”. Lloré y me lo saqué. Era el concepto que tenía de la moda. Nos trajo de regalo sorpresa una máquina de escribir, juegos de mesa, y muchas cosas con lo que demostraba su amor y disfrazaba su falta de ternura.
Viejo querido, tengo tantos recuerdos hermosos de vos y, unos muy feos… que te hayas convertido en un adicto al alcohol y eso lograra que no todos tus hijos puedan tener el mismo recuerdo que yo de vos. Te amo viejo, pero la vida es “la Vida” y debo seguir, aunque no hice nada por vos después de haber formado mi familia.
¡Feliz día, papá! Solo y únicamente vos, ¡mi viejo!

(1) Etimología: Guañacos.  Según Gregorio Álvarez, Gua o, Hua es apócope Huartro, que es una planta llamada Chilca o Rari, que crecía en forma abundante a orillas del arroyo. Ña, partícula aditiva muy usada entre las tribus para referirse a pertenencia. Co, es agua. Termina en plural. El nombre de la localidad se debe a que un cacique muy rico, padre de cinco hijos, tenía abundante hacienda en el cajón “Los Guañacos. Según el censo nacional de 2010, es considerada población rural dispersa.

La Nona Ángela

Enzo Burgos

Doña Ángela Giacomodonato de De Leonardi, oriunda de Campobaso, analfabeta pero con buen manejo de los números, especialmente los de la quiniela. Madre prolífica de nueve hijos, todos laburantes y ninguno prontuariado.
¿Y qué hacía esta doña Ángela? Simplemente, era la curandera del barrio. Ni bruja ni adivina con lechuza o azufre quemado. No, nada que ver. Mi abuela era curandera. Y de las buenas. La mejor.
Su domicilio estaba en Corrientes 2079, a metros de Corrientes y Cerrito, la esquina de mi vida.
Familia muy vieja del barrio, habían vivido antes en Independencia (hoy Presidente Roca) al 1900. Se casó con don Francisco en 1906 en Rosario, siendo ambos italianos.
 Era realmente famosa. Cierta vez una persona comentó que creía conocerme y no sabía de dónde. Entonces, mencioné mi dirección, la escuela primaria, el club Ben Hur del que fui presidente; pero el tipo no me sacaba. Le nombré el secundario, el café donde paraba, algunos amigos. Nada. Entonces, quemando las naves, comenté: “Yo soy nieto de doña Ángela”.
Y el curioso exclamo: “Pero hubiera empezado por ahí, hombre.. ¿Quién no conoce a doña Ángela?”.
La especialidad de la abuela era el empacho (con tirada de cuerito y masajes en la panza). Ahí nomás, venía el mal de ojos (con oraciones) y tenía doctorado en dolor de muela, pata de cabra, dolores musculares, huesos, etcétera, etcétera.
La casa era del tipo chorizo, con parra y gallinero en el fondo. Aclaremos que con tantos hijos jóvenes era un albergue de locos, bien divertidos y prestos a las bromas. La Nona atendía en su habitación, en una cama de bronce bajo un cuadro enorme del Ángel de la Guarda, quien sin dudas la protegía, porque la abuela era bastante jugada, aunque nunca tuvo un reclamo por mala praxis. Sin dudas en su oficio era muy buena. El resto de la habitación lo ocupaba una cama matrimonial de lustre obscuro con un Cristo sobre su cabecera, apretando una ramita de olivo reseca. Esta cama desde la muerte de su esposo solo era ocupada los días de festejo familiar por un montón de nietitos que dormían mezclados con tapados y sobretodos. También atendía “pacientes” en una precaria pieza con techo de chapas y la familia comentaba que ahí iban a parar los de la “Obra Social”.
Porque la nona no cobraba, pero aceptaba “lo que usted quiera”. Había que vivir, los años eran duros y mi abuela era buena pero no tanto.
 Al respecto, esta historia jocosa. Cierta vez un vecino estaba muy mal e internado en un hospital. Vinieron a buscar a doña Ángela, porque “La Chancha”, así le decían, se moría. El tipo había cenado lechón caliente con vino frío y, como postre, bombas de crema. ¡Una barbaridad! No sé cómo, pero le encontraron la vuelta para que entrara al nosocomio para tratar de curar al pobre tipo. La abuela con sus manos regordetas le entró a masajear la barriga y el hombre terminó vomitando todo. ¡Y se salvó! Un milagro, comentaron todos. Ya repuesto, el hombre fue a casa de mi abuela a agradecerle y le trajo como regalo un Cristo de yeso pintado en dorado y con unas piedrecitas rojas incrustadas, manifestando que había comprado ese obsequio tan caro, sabiendo que ella era muy católica. Mi abuela agradeció el gesto de “La Chancha”, pero cuando el hombre se retiró, comentó: “Ma, mecore me hubiera dado la plata a me (mejor me hubiera dado la plata a mí)”.
 Sí, mi abuela era una fábrica de anécdotas. Cierto día llega una señora con una chica de unos catorce años. Comentó la mujer que estaba preocupada porque su hija no andaba bien y tenía vómitos. Al rato de la charla, la Nona advirtió que la piba estaba embarazada, por ese sexto sentido que sin dudas, tenía.
Pero no dijo nada y la llevó a la cama para revisarla un poco. La madre angustiada la abrumaba con preguntas: “¡Ay!, ¿qué tendrá la nena? ¡Qué trabajo dan los hijos!, ¿verdad, doña? ¿No estará incubando alguna enfermedad?”.
La abuela no respondía, meditando la respuesta a darle a la atribulada mamá. Hasta que la mujer preguntó: “Doña Ángela, ¿no será algo que comió y le hizo mal?”.
Y la respuesta no se hizo esperar: “¡Sí, le ha fatto male lu chorizo! (Si, le hizo mal el chorizo)”.
 “Puchi” Garibaldi era el carnicero de la esquina. Cierta tarde le atacó un dolor de muelas impresionante. Le recomendaron que concurriese de doña Ángela, porque de noche se iba a volver loco. El buen hombre fue de la abuela y ésta “se la encantó”. Consistía en colocar el índice sobre el dolor y pronunciar una oración. Concluida su tarea le dijo al buen hombre que fuera tranquilo porque el dolor no volvería. Pero aquella vez la cura fracasó y el pobre carnicero pasó una noche terrible. En la mañana siguiente cuando recién abría, apareció doña Ángela llevando de la mano a uno de sus hijos más pequeños. A través del tejido mosquitero de la puerta vaivén, le dijo: “¡Eh, Puchi! Aguardame nu kilo de puchero, io me ne vado al ospedale perche al mio figlio le duele molto la muela. (Guardame un kilo de puchero, yo me voy al hospital porque a mi hijo le duele mucho la muela.)”.
 El tema de las oraciones es el siguiente: mientras curaba al paciente, decía una oración, más bien la mascullaba, porque no se entendía nada. La misma se debía aprender el día de Navidad, justo a medianoche.
Anécdotas como esta son tantas que no alcanzarían varias de estas Jornadas para hacerlas conocer.
Ahora quiero referirme a la “clientela”. Había de todo, desde la esposa del médico que traía a su chico para que le curase la pata de cabra hasta esposas de policías o jugadores de fútbol. Tanto podía atender a la chica de la farmacia de la esquina, el tipo que tenía mucha plata o el más seco del barrio. Todos, quien más quien menos, desfilaron con sus dolores a cuesta por la casa de mi abuela.
 Otra de las características notables de doña Ángela: era muy difícil entenderle cuando hablaba. Decía mi abuelo que no lo hacía en italiano, español o en su dialecto. No, ella mezclaba todo e inventaba palabras. Para ella yo siempre fui “Enzetieli”, su diminutivo de Enzo. Cuando novios le presenté a quien sería mi esposa. Descendiente de polacos no pescaba una palabra de lo que decía mi abuela y respondía a todo “Sí, Nona, sí”. Charlamos un rato con la abuela y toda la participación de mi novia se limitó al monótono “Sí, Nona, sí”. Cuando avisé de nuestro retiro, ella le dijo a Zulema: “Adame un bachio, figlia mia (Dame un beso, hija mia)”. Y la muchacha contestó: “Sí, Nona, sí”.
Insistió mi abuela: “Ma, dame un bachio, figlia mia”. Y tuvo la misma respuesta. Entonces tuve que intervenir: “Zulema, por favor dale un beso a la abuela, o no nos vamos más”.
 Aún a mi me desconcertaba, como un día que me dijo: “Meti disqui”. Pensando que deseaba escuchar música le pregunté: “¿Qué disco querés escuchar, Nona?”. Pero lo que ella pretendía era que me sirviera un whisky, porque algún paciente le había regalado una botella.
Increíblemente, la única vez que habló claro, tampoco la entendieron. Envió a uno de sus hijos a la farmacia a comprar tela adhesiva. El muchacho en el camino olvidó lo encargado y volvió con su madre. “Mamá, ¿qué tengo que comprar?”, preguntó y la correcta respuesta fue: “Tela adhesiva”. Y él dijo: “Sí, ya sé mamá, que me lo decías, pero ¿qué me decías?”. Y, así, hasta que se aclaró todo.
Doña Ángela era algo distinto en aquel barrio. Una vecina única. Recuerdo que por las tardes venía a toma mate doña Nuncia, la panadera vecina y cuando se retiraba, mi abuela comentaba: “Ma, cuesta viene a tomare lu mate e se mangia lo biscocho que io le compro a ella. (Pero, ésta viene a tomar mate y se come los bizcochos que yo le compro a ella)”. 
No tengo ninguna duda. Doña Ángela era el personaje del barrio y ahora la imagino en el Cielo en la cabecera de una mesa larga con mantel de hule y comiendo los tallarines cortados a cuchillo con aquella salsa matadora, por culpa de los picantes “mala palabra”, que crecían en una maceta del patio. Y está integrando el coro de familiares que destrozan “Oh Marí”; mientras Dios, que está sentado en la otra punta de la mesa, como no sabe la letra, acompaña marcando el compás con un tenedor sobre una copa. Entretanto, guiña un ojo a la abuela, perdonando todas las travesuras que esta tana tan querible le hizo sufrir.

martes, 23 de junio de 2015

Mi padre

Tú lees mejor el texto vivo.
El alma en su guerrear callado, escribe.
 (Fina García Marruz)

Ah, gracias… Yo no existo.
¿Qué queda para nosotros?
¿Qué significa eso? ¿No querés a tus propios hermanos? ¿No somos nosotros tus hermanos ¿Y no querés a tus sobrinos, a los primos? Claro… ¿no tenés amigos?

Palabras dichas entre risas, pero que escondían sorpresa, confusión, tal vez un poquito de dolor. Yo acababa de decir que solamente existían y habían existido dos hombres en mi vida: uno, mi padre y el otro, Jorge, mi marido.
Quiero yo misma entender. Probablemente, tenga que recorrer hacia atrás mi pasado y remontarme a una foto sepia rescatada de entre papeles perdidos en la que está el abuelo sosteniéndome en sus brazos cuando yo era un bebé. Sorprenderme, porque papá era muy parecido al abuelo y sentir un rencor sordo por no haberlo conocido, por no tener recuerdos de él, excepto esa amarilla, vieja foto.
Desgarrón inaudito, dolor de dolores, alarido de rabia tener en las manos solamente una vieja foto. Foto del abuelo parecido a papá, foto de papá viejo y encorvado teniendo en sus brazos a un bebé, foto de Jorge… de Jorge, tan parecido a papá…
Y tratar de explicarme esos parecidos, entender, aclarar tantos ¿por qué? Necesidad de acumular recuerdo tras recuerdo, recobrar sensaciones, olores, música, afectos tan fuertes como pueden ser los afectos de la infancia. Quedarme en los afectos maduros, sólidos, de sueños compartidos, de calles caminadas de la mano, de noches de dormir abrazados, de caminos despedazados por quedar solamente plasmados en una vieja, amarilla foto.
Foto de papá andando a caballo junto a nosotros en las sierras.
Foto de papá llevándome a Jorge emocionádisimo. Papá emocionádisimo, Jorge emocionadísimo… Yo, riendo… dejando escapar la dicha de estar junto a los dos hombres amados…
Fotos de papá celebrando sus cumpleaños, papá con sus nietos, los nietos soplando sus velitas…
Papá y sus pequeños, continuos regalos… unas hebillitas para Lala, mi bebé…
Para que vos no la retés si se la saca y la pierde…”.

 Un billete de lotería…
Lo compartís ¿eh? Si ganás lo compartís con todos…”.

Un libro de las fábulas de Samaniego, yo estaba en cama, con mucha fiebre…
“Leelas, después me las contás… Son muy lindas…”.

Una frutera de alambre…
“Se te pone fea la fruta en ese canasto que tenés… la fruta tiene que estar fresca, con mucho aire…”.

Unas chinelas azules…
“Para que la estrenes para Año Nuevo”.

Tu vejez, papá… tu vejez fresca y solitaria después de la partida de mamá… Tu alegría cuando llegaba a verte.
Vino Susi… Vino Susi…
Yo soy un viejo solitario, es que todos mis amigos se han muerto, también mis hermanos… Solo tengo a mi hermana Leda, que vive en San Nicolás.- Hace mucho que no nos visitamos. Un día me gustaría ir a verla...

Estabas solo después de cincuenta años de largo, feliz matrimonio, pero te rodeaban tus hijos, a veces sin estar junto a vos pero con el afecto continuo. Te rodeaban tus nietos… Tus bisnietos. Algunos muy lejos, pero no distantes.
Tu hermosa familia, papá. Esa que supiste crear y levantar.
Familia a la que inculcaste tu sencillez, tu alegría de vivir, tu aceptación de la realidad, tu fortaleza, tu capacidad de disfrutar gozosamente el momento, tu mostrarte siempre impecable, con corbata hasta casi en tus cien años, corbata que dejabas armada en el perchero antes de irte a dormir porque no te “salía bien el nudo”…
Me parece que no voy a poder usar esta remera que me regaló Carlitos, ¿Te parece para salir? No me encuentro con remera…
Estoy muy nulo… ¿Me ayudás, a hacer el arqueo? Sumé todos los gastos y conté cien veces lo que me queda hasta el día de cobro y me sale siempre distinta la cuenta… Ayudame a hacer el arqueo…
Salgo a dar una vuelta para estirar las piernas… No puedo estar siempre sentado. A veces me cansan las palabras cruzadas, además tengo todas las palabras difíciles anotadas, y la televisión… me sabe aburrir si la miro todo el día. ¿Sabés qué? Me gustaría comprarme un televisor chiquito para llevar al dormitorio y ver desde la cama… ¿Vamos juntos? ¿Cuándo podés? Yo sé que los martes no tenés escuela… ¿Podés el martes?
¿Cuál es el programa hoy? ¿Dónde vamos? (Te sabías unir a nuestras salidas, a nuestros paseos y a veces hasta nuestras vacaciones… Me esperabas con la boina lista sobre la mesa del comedor. En verano, con la malla y un toallón en una bolsita. Jorge te había adoptado como papá, Jorge querido).
Viejito, no me hagás eso… Te estoy buscando desde las cuatro de la tarde y son casi las nueve. Pregunté a los vecinos, nadie te había visto… No sabía qué hacer, estaba desesperada. Jorge llamó a San Nicolás por si te habías ido a visitar a la tía sin avisarme…
No… no… sabés qué me pasó… Salí a estirar las piernas, la tarde estaba linda, así que me llegué hasta el centro. Me metí en una galería, me tomé un cafecito y cuándo salí… no sabía dónde estaba. No era la calle por donde había entrado, era otra. No sabía que calle era. Estuve caminando, para ver si me ubicaba, pero estaba perdido…Así que… me tomé un taxi… y bueno, acá estoy… No sé por qué no me pude ubicar.

Viejito, tenías noventa y cinco años… y te perdiste en el laberinto de las galerías… A tu regreso no podía parar mis manos, te quitaba el saco, te llevaba agua, te hacía sentar, te acariciaba…Vos te reías, me contabas cuánto te había salido el taxi, me habías hecho una picardía…
Te llevamos a ver a Leda, tu hermana. Fuimos con Jorge, también llevamos a Blackie, nuestro perro, porque íbamos a estar todo el día afuera.
Ibas en el asiento de atrás compartiéndolo con el perro, que siempre te gruñía porque vos caminabas arrastrando los pies y eso no lo podía tolerar. Lo llamabas Cachi.
Reconocías los arroyos, el camino, mirabas los campos sembrados de trigo, que corrían como locos hacia atrás, comentabas sobre qué pocas vacas se veían en los campos, disfrutabas el viaje…
Yo iba sentada al lado de alguien que se parecía enormemente a papá, compañero forjador de todos mis sueños…
Una última foto de papá… abrazado a su hermana, dos seres casi centenarios cosiendo con el hilo de la vida un apretado abrazo…
¿Eh? ¿Qué queda para nosotros?

¿No somos nosotros tus hermanos? ¿Solo dos hombres en tu vida?