jueves, 17 de septiembre de 2015

Humberto

María Elena Domenech

Generalmente se habla de la migración y adaptación de las personas que se mueven desde el campo o pueblos rurales hacia las grandes ciudades. En este relato voy a contar mi experiencia al migrar de mi ciudad, Rosario, hacia un pueblo pequeño del departamento Castellanos. Aaron Castellanos fue la persona que se ocupó del movimiento migratorio europeo blanco en la zona. Actualmente, es la cuenca lechera más importante del país.
Por motivos de trabajo, nos trasladamos mi marido y yo a la edad de 26 años a este nuevo mundo llamado Humberto o Umberto Primo, nombre dado en honor a un rey de Italia, pueblo de origen piamontés, muy pequeño que contaba en ese momento con unos cuatro mil habitantes de los cuales la mayoría eran de edad media y avanzada. La franja joven no aparecía, ya que al terminar el colegio secundario se iban a estudiar a las grandes ciudades y no regresaban. Honestamente la alegría que habrá sentido Colón al llegar a América no fue la mía al descubrir esta nueva tierra.
Con todo el equipaje citadino que traía de todos mis años en Rosario, no tardé en chocar con muchas de las costumbres del lugar; saludar a todos los que me cruzaba por la calle no existía en mis genes que apenas conocían el nombre del vecino de mi casa de Rosario; mover la cabeza demostrando el saludo cuando iba dentro del auto, menos todavía. Ese aprendizaje fue agotador, especialmente, porque era el blanco de todas las miradas del lugar, algunas muy exageradas tratando de encontrar la respuesta sobre mi identidad, preguntando a algún vecino o, los más impacientes, preguntándome directamente quién era yo, de dónde venía y qué hacía. En una sociedad tan machista siempre fui la señora de… y pasaron muchos años hasta que tuve nombre y apellido propio.
Las puertas de las viviendas no tenían llave y permanecían abiertas facilitando la entrada de cualquiera que se avisaba haciendo sonar las manos. No había timbres, ni espera para ser permitidos a ingresar en la casa. Se escuchaba el sonar de las manos y simultáneamente se encontraba a la persona en medio de la sala. La privacidad no se vivía como yo lo había vivido hasta entonces.
También hubo que adaptarse a no encontrar algunos de los productos alimenticios que consumía en cualquier época del año. Una noche de diciembre queríamos comer ravioles y ningún negocio del pueblo tenía. Alguien me explicó que no se vendían en esa época por el calor, la gente no comía pastas en el verano; o sea que tenía que esperar hasta marzo o abril para darme ese gusto. Otra persona me preguntó demostrando mucho asombro si yo no amasaba y la verdad es que no amasaba. Me costaba encontrar leche en saché que no estuviera vencida estando a 30 kilómetros de la fábrica de Sancor. Pensándolo así era algo inconcebible, pero había que entender que la mayoría de la población consumía la leche que obtenía directamente del tambo y el recambio de productos en los almacenes no era diario.
Para la semana del Día de los Muertos mejor no pedir turno en las peluquerías ni pretender una modista, porque no se conseguía. Estaba todo reservado desde tiempo atrás. Al cementerio había que ir con las mejores ropas y bien peinadas. Con el tiempo me hicieron entender que ese espacio se convertía en una pasarela de moda y en un centro de encuentro social. Por suerte y por respeto a los muertos, no se llegó a realizar el concurso sobre el panteón mejor arreglado, aunque al día siguiente siempre se hablaba de eso y aparecían los elogios tanto como los desprecios.
En algún momento busqué un lugar donde tomar un café pero ir sola tal como solía hacerlo en mi ciudad fue imposible. Los bares eran sólo para los hombres que tomaban, jugaban a las cartas y se juntaban en grupos todos los días después de la cena, café de por medio, a hablar con total impunidad sobre una u otra persona. Los bares eran la fábrica de los peores y crueles chismes del pueblo y sus autores eran hombres, lo que tiraba abajo la teoría sobre las peluquerías de mujeres como generadoras de rumores de hechos nunca comprobados.
No había cine, pero tenía una sala de teatro con una acústica maravillosa adonde algunas veces llegaron espectáculos. La Sociedad Italiana, que quedó mucho tiempo casi abandonada, hoy luce maravillosa gracias al trabajo de recuperación que se encargaron de hacer un grupo de humbertinos. Tampoco había restaurantes, no era la costumbre comer afuera. Eso ocurría cuando las escuelas u otra institución organizaban una cena con fines benéficos en algún club del lugar; iba mucha gente, cada familia era portadora de su canasta donde llevaba la vajilla. Resultaba gracioso ver cómo, con el último bocado del postre, invariablemente un heladito envasado, se marchaban. Bastaba con que se levantara uno para que en pocos minutos quedara el salón vacío. Efecto dominó. A veces, a la cena seguía el baile con músicos de la zona o gente contratada de otros pueblos. Todas estas reuniones sociales eran con fines de recaudar fondos para la institución organizadora. Otra forma muy peculiar de hacerlo fue el lechón móvil. Un domingo bien temprano empezaba a circular por el pueblo un camioncito o una chata, donde se preparaba especialmente una parrilla muy grande y comenzaba a asarse un lechón. La gente compraba números durante toda la mañana; después del mediodía se hacía un sorteo y el beneficiado se llevaba el lechón listo a su casa para el almuerzo.
La confianza con que se manejaban en temas comerciales me impresionó. Nadie nos conocía, pero nos abrieron una cuenta en un corralón para sacar materiales durante el arreglo de nuestra casa, que íbamos pagando con toda comodidad; también apareció la libreta del almacén y de otros comercios donde se anotaba lo comprado. Nadie pagaba en efectivo el mismo día del consumo. Los pagos eran a fin de mes. Quizás esto se hiciera en algún barrio de Rosario; pero donde yo vivía, que también era un barrio, no se practicaba.

La adaptación me llevó unos cuantos años. Entender las costumbres de un pueblo no siempre es fácil, cuando inconscientemente no se quiere perder las propias. El desarraigo se instala y es algo de lo que no se vuelve, no se termina nunca de pertenecer al nuevo espacio y tampoco se pertenece del todo al viejo; pero fue un lugar ideal para criar los hijos que tuvieron la posibilidad de criarse sin miedos, manejarse en bicicletas solos desde muy chicos y vivir con la libertad que brindan estos lugares pequeños y tranquilos. Hoy el pueblo cambió y mejoró mucho en ciertos aspectos, las nuevas generaciones se encargaron de eso, ya que comenzó una etapa donde los nuevos profesionales originarios del lugar vuelven a instalarse en el pueblo, y traen las ganas y la juventud que faltaba.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Memorias de un ferroviario

Susana Olivera

“Yo hablo lombardo y piamontés.”
Lo hablo con mi buena esposa Pina, cuando al final del día nos sentamos en nuestros banquitos bajos en el andén de la estación mirando la puesta del sol.
Mientras, Pina teje.
Nos gusta hablar en piamontés, es dulce, sonoro y nos trae recuerdos… montones… Algunos, de la patria vieja cuando éramos chicos; otros, los más, de cuando vivíamos en Colonia Candelaria con la familia y otros italianos que también había traído junto con mis padres don Carlos Casado… las mesas grandes, todos gritando como si fuéramos sordos…
Y es hermoso mirar el horizonte ancho, limpio, con algún árbol o mata dibujado con lápiz negro, allá lejos, donde nos alcanza la vista… Y el sol redondo que baja y baja y… ¡ya, ya se ocultó! Queda el cielo rojo tiñendo los pastizales por un tiempo hasta que de golpe cae la oscuridad.
Yo trabajaba en el ferrocarril como pesador de vagones cuando vivía en Candelaria; mi compañero don Cicinio Torresani me había cambiado el turno, porque yo no podía trabajar de noche por un problema que tenía en la vista. Se lo agradeceré siempre, porque el sueldo del pesador era bueno y me permitió casarme con mi novia, Cándida, Pina. Fue el 5 de diciembre de 1920.
Como sabía telégrafo, tenía una muy hermosa caligrafía y había ocupado distintos cargos en el ferrocarril, me nombraron a los cuatro años de casados como jefe de Estación en Santa Emilia. Y acá estamos, un lugar solitario, a 180 kilómetros de Rosario, sin vecinos cercanos, sin negocios donde comprar lo necesario para vivir. Tenemos dos hijitos pequeños, tres años Cesarito y uno Tita.
El puesto de jefe de Estación es como la vida del caracol que lleva siempre la casa a cuestas. Así, le ocurre al jefe de Estación. Nosotros cargamos todos nuestros muebles y utensilios en un vagón, llegamos y los ubicamos acá en la vivienda que nos provee el ferrocarril, a un costado de la Estación. Y haremos igual cuando nos trasladen de Santa Emilia a otro destino que no conocemos.
Recuerdo cuando llegamos a Santa Emilia… Escuchaba a Pina llorar a escondidas por el estado que se encontraba la casa, muy fría, paredes descascaradas, el baño muy sucio… Y también por la soledad.
Yo lloraba sin lágrimas. Había que salir adelante. Y luchamos. En un par de días blanqueamos las paredes, nos hicimos un brasero que alimentábamos con leña seca, ya que había mucha en la estación, limpiamos el baño con ácido muriático y solamente ¿solamente?: faltaba ver cómo conseguíamos las provisiones. Recogimos el grano que caía de la carga de los vagones; Pina lo cocinaba. Lo que habíamos llevado se acababa rápidamente…
Había dos estancias separadas por las vías: Santa Emilia y Santa Isabel. En la primera, el administrador era Mister Stephen Cox (don Esteban) y en la segunda Mister John Harper.
Una semana después de nuestra llegada nos visitó el señor Esteban Cox. Su visita nos devolvió el alma al cuerpo. Nos dijo que la estancia nos daría dos kilos de carne diarios, granos, sebo para hacer jabón y nos prestaría una vaca para la leche. Así se había hecho siempre con el jefe de estación. Además, nos dijo que cada ocho días, venía de Hughes Pacífico Ricciputi, el panadero, y nos dejaba el pan.
Sí, nos volvió el alma al cuerpo. Nos secamos las lágrimas y Pina y yo dijimos ¡a seguir trabajando! No estábamos solos.
Construimos un gallinero, habíamos traído cuatro gallinas y un gallo; dispusimos un terreno próximo a la casa, lo desmalezamos y comenzamos la huerta. También sembramos papas ayudados por personal del ferrocarril, que vivía en campos cedidos por ambas estancias.
Tiempo más tarde nos visitó el señor Harper y nos trajo ocho gallinas más. Ya teníamos huevos frescos. Además, pollitos que cuando crecían aumentaban nuestra dieta y hasta llegamos a venderlos.
La vida era dura, pero ya sin lágrimas; con el tiempo compramos la vaca, mandábamos huevos y pollos a Rosario para venderlos, también vendíamos verduras de nuestra huerta y llegó el momento en que casi podíamos guardar el sueldo que nos ganábamos en el ferrocarril.
Hicimos amigos entre el personal del ferrocarril, cargadores, apuntadores, pesadores, cambistas, señaleros. No estábamos solos. Los domingos nos venía a buscar en un sulky un colono, Sinforoso Barrera, que trabajaba en la estancia y tenía cuatro hijos de edad parecida a los nuestros. La esposa doña Asunta, se había hecho muy amiga de Pina y era muy agradable estar con esta gente laboriosa y sencilla, que nos recibía con abundante comida y enorme cordialidad y que, como nosotros, estaban perdidos en la soledad. Los chicos, que estaban creciendo sanos y fuertes, disfrutaban la compañía de sus amiguitos, quienes les enseñaron a andar a caballo, a hacer nudos en el lazo y otros juegos infantiles.
No existía el transporte en camiones, así que llegaban a la estación varios trenes diarios para cargar grano y ganado, además trenes de pasajeros y yo alternaba mis tareas como jefe con las labores de campo para ayudar a Pina. Era ella quien trabajaba la tierra.
En una oportunidad un linyera me pidió trabajo y yo lo mandé a ayudar a Pina; le decían “el Barba” y estuvo con nosotros mucho tiempo, su “casa” era un vagón en desuso. Hasta que un día pudo más su veta de trashumante y partió en busca de su rumbo.
Así, se pasaba la vida, trabajábamos duro, en la estación se luchaba contra la falta de agua, el molino era muy viejo, y si no había viento… solo nos quedaba el agua que guardábamos en el aljibe, pero estábamos juntos, teníamos estabilidad y paz y veíamos progresar a nuestros hijos, nuestros ingresos y nuestra capacidad económica.
Nos daba gusto ver nuestra obra: las alacenas repletas de conservas que hacíamos con el producto de nuestra huerta, salsas de tomate, dulces, escabeches de perdiz y martineta que yo solía cazar ayudado de mi fiel perro Top, el gallinero que ahora tenía también pavos y gansos, con la leche de nuestra vaca preparábamos manteca, crema y quesillos, atendíamos la huerta y los terrenos linderos sembrados con papa, trigo y una sola vez lino.
El día era largo, de trabajo intenso, por eso nos gustaba el momento de descanso y mirar la puesta de sol charlando con mi buena esposa Pina en nuestra lengua natal… A veces cantando. Cuando caía la noche, entrábamos en nuestra casa y escuchábamos radio: ahora teníamos una “Atwater Kent”, nos la había regalado don Esteban Cox.
Pero no todo era trabajo… se hacían grandes fiestas que duraban el día entero en las estancias… se comía asado con cuero, empanadas, tortas variadas, se jugaba a las carreras, a la taba, se disfrutaba de música, de canto y baile… siempre había yerra y también doma…
Se contaban anécdotas.
 En una de estas fiestas John Harper contó en su castellano chapurreado y el whisky dándole vueltas por la cabeza, lo que había ocurrido a “un gringo”, Fortunato Citadini, hombre que se había aquerenciado en su estancia y vivía en un galpón en el que se guardaban herramientas, junto con su mujer “La Angiulina”.
 “Ehhhh, estoooo, Foochunateu atiende chivos y ceedos…los alimenta y limpia los corales y…ahh estoo… y io le daba comer a los dos y lugar para dormir… y unos pesos para cigariios…Foochunateu habla italiano, pego no entendible, un dialetou, I believe… Un día… llega coriendou… guitando y iorando…”: “¡La vecchia fu topata!¡La vecchia fu topata!”
¿La vecchia? ¿Qué vecchia?- ¿ es la Angiulina?- pegunto.
Futopata, futopata… mamma mia, futopata…- se agaraba la cabeza con las manos.
¿Dónde está la vecchia?
—.. a vechia fu topata…
Síi, yes, vamos a veela. …- corimos todos con él.
—¡Ayyy! Mamma mía… No se despierta La Angiulina…fu topata… ¡È morta! …
Ahhh, la Angiulina ehhh ¿la vecchia…?
Cherto, la vecchia…
Well, la Angiulina esta cabeza abaxo en el coral de los ceedos, toda sucia ehhh e inconsciente… un chivo le topó poo atrás al estaa agachada y ella pega la cabeza con palo del coral… “Fu topata”… La tuvimos que ehhh… levantar y lavar. Solo se golpeó. Al fin, abrió los ojos y dijo: “uyuy… siamo tutti rovinati”.
Cómo nos reímos… tan graciosa la mezcla de idiomas, el hablar del señor Harper… el vinito que todos habíamos disfrutado, nuestros pocos años, la vida simple de toda esa gente trabajadora, haciendo crecer el campo y el ganado.
Yo… hablo lombardo y piamontés. También un poco de inglés con lo que me entiendo con don Esteban y John Harper…
Estamos en nuestra cocina después de la fiesta.
Mi buena esposa Pina teje… Yo escucho la radio… los chicos juegan y ríen.
Pina y yo nos reímos también recordando a John Harper, su castellano, su whisky rodeándole la cabeza y su anécdota.
Miro las agujas de Pina que hacen clic clic al avanzar el tejido, miro el ovillo de lana que se mueve en la canasta como si fuera por arte de magia… como si estuviera vivo.
Dios, qué bella vida, qué felicidad.
Años más tarde fuimos trasladados a Casalegno. Pero añoro esa época de nuestros comienzos, éramos tan jóvenes, tan sanos, con tantos deseos de progresar, de ir adelante, de ver crecer nuestro destino.

(Estas “Memorias” fueron obtenidas de recuerdos contados y repetidos infinitas veces por mis padres políticos Ángel Natalio Sessa y su esposa Cándida Erba).




                                                                                                        

Los sesenta

Luis Alberto Molina

La nostalgia me retrotrae al comienzo de una década. Terminaban los cincuenta, época dura, dejaba un sabor amargo quizás por el hecho de haber perdido a mi padre. Era época de la Revolución Libertadora, mis pocos años no registraban el hecho y mi ciclo escolar llegaba a su fin.
Recuerdo a aquellos compañeros, sin dar nombres, sobre todo aquel delgado y con lentes que vivía frente a la Mixta, con quien disputábamos la bandera, por ser “buenos alumnos”. Mi vida de estudiante fue fácil, tenía facilidad para el estudio, más aún por el hecho de ser asiduo lector, devoraba libros. Recuerdo aquella colección “Robín Hood” que leí en casi su totalidad, donde acompañe a Sandokán por sus aventuras en Malasia, al Tamborcito Valiente en medio del fragor del combate y a tantos otros personajes que volaban en mi imaginación.
Comenzaba otra etapa, pero aún quedaban resabios que para mi madre era motivo de orgullo. En quinto grado no viajé con mis compañeros por no poder costearme el pasaje. Ellos sabedores de mi condición, quisieron hacerse cargo para que compartiera el mismo, me rehusé, con la escusa de no dejar sola a mi madre. En realidad era vergüenza, y un orgullo mal entendido. Ese episodio dio pie para que me consideraran un muy buen hijo.
El Rotary Club de Rosario decide premiar a un alumno elegido entre todas las escuelas de la ciudad. En la mía me proponen para el evento, por lo que salí elegido para orgullo de mi madre, trabajadora incansable, que nunca bajó los brazos. Directivos del mismo fueron a casa a comunicarlo, pero antes recuerdo que estando en clase, la maestra sin ninguna razón me envía a dirección, con lo que eso significaba en aquellos años para cualquier alumno. Con tremendo susto me dirigí a la misma. Allí, se encontraba el director con un señor muy amable, quien tras presentarse me comunicó que había sido elegido como el “Primer Muchacho del Mes”. No podía entenderlo, era tímido y no muy seguro. Luego, venía el agasajo al volver al salón donde mis compañeros ya habían sido anoticiados.
El premio consistía en un agasajo que se realizó en el country del Jockey Club, donde asistirían además de mi madre, mi maestra, el orgulloso director, el juez de menores y otras personas que no recuerdo, era una cena informal. Pero había un problema, no tenía ropa para un evento semejante, una amiga de mi madre se lo comunico al representante del Rotary, por lo que esta gente decidió regalarme la ropa necesaria para el acto además de otra para que concurra por un año a la Asociación Cristiana de Jóvenes en carácter de socio. También el libro “El Santo de la Espada” en una versión muy lujosa, que recuerdo haber prestado a un vecino de calle Montevideo al 2700, que nunca me lo devolvió.
Mi madre guardó durante décadas el recorte del diario donde anunciaban el hecho.
Los vecinos de calle Montevideo al 3000, donde vivía me saludaron tras felicitarme. Poco sabían de aquel chico, que ingresó con solo cinco años a la escuela, sabiendo leer, sumar y restar, incluso la tabla del cuatro. Pero eso sí, con un cuaderno armado con hojas de papel de envolver, que Don López, almacenero de avenida Francia al 1600 le había facilitado a mi madre. Recuerdo vagamente aquel local, donde todo se vendía fraccionado, tras el viejo mostrador, grandes cajones contenían azúcar, fideos, yerba y otros comestibles que llegaban en bolsas al comercio. Aquel español amable y sencillo que solía atenderme con mis pocos años, tras cruzar la avenida con poco tránsito, su cantero central amplio donde el picadito era posible, aquellas calles empedradas por donde salían los micro a Buenos Aires.
En la esquina se encontraba una fraccionadora de oxígeno para la industria, la AGA que hoy se encuentra en Bella Vista, esta se incendió varias veces, debíamos dejar la casa y retirarnos a un par de cuadras, dado el peligro de explosión que por suerte nunca sucedió, esta empresa tenía bajo tierra un tanque de grandes dimensiones que si explotaba no sabían que consecuencias tendría el barrio.
A pocos metros de la esquina de Estanislao Zeballos vivía Camilo Serbali, quien sería el creador del primer canal de cable de la ciudad, “Cablehogar”, y ya llegando a calle Mendoza la familia Lagos, del diario La Capital.
Mi barrio tenía cosas, hoy la nostalgia me trae aquellos momentos vividos.
Y quién podría pensar que aquel director de escuela, cuarenta años después me contactara para saber de mi vida, tan solo porque en reunión de amigos en el legendario bar “La Capital”, un día contó esta historia y uno de sus amigos preguntó: “¿Y nunca supiste nada de él?”. No imaginó como encontrarme hasta que alguien le sugirió buscar en la guía telefónica. Llamó a todos los Molina de la lista y tuvo suerte, eso sí, como les contó la historia, varios le pidieron que si me hallaba se lo comunique, por sentirse conmovidos por la misma.
En fin, el tiempo ha transcurrido, más de diez lustros y el muchacho creció, fue padre, abuelo y hoy feliz recuerda. Creo que esto sería bueno escribirlo, lo pensaré.



El viaje a Jagüel del Monte

José Mario Lombardo

“En el 2015, la Escuela Nº 12 de Jagüel del Monte cumple 80 años”
Fueron tres los que decidieron en aquel verano de 1965 hacer el viaje desde Cañada Seca, pueblo ubicado en el noroeste de la Provincia de Buenos Aires, hasta Jagüel del Monte, lugar donde se encontraba la Escuela número 12, en el centro norte de la provincia de La Pampa, unos 70 kilómetros al sur de Victorica: el Coco, reconocido panadero de Cañada Seca; Oscar, en ese entonces director de la ya mencionada Escuela número 12; y Mario, que estudiaba en Rosario, pero pasaba sus vacaciones en el pueblo.
En la madrugada del 4 de enero de 1965, en un jeep Ika comandado por Oscar, partieron con rumbo oeste por los caminos de tierra que llevaban a Santa Regina, Charlone y Larroudé ya en la provincia de La Pampa.
El camino era muy arenoso (o limoso), volaba el fino polvillo y el calor de enero comenzaba a hacerse sentir. La ruta era una nube y los tres pretendían mirar a través de esa niebla de limo finísimo tratando de adivinar la huella del camino.
Desde Larroudé tomaron rumbo al sur por la Ruta Provincial nº 1 para ir en busca de General Pico que es una de las principales ciudades de La Pampa.
Esa época había sido particularmente seca. En 1951/52, La Pampa había sufrido los efectos de una sequía tremenda. Muchos emprendimientos y hasta colonias enteras habían quedado deshabitadas, los campos se volaban y los médanos se movían como un mar tapando hasta los alambrados de los campos. En aquel año de 1965, todavía se percibían los efectos de tamaño fenómeno.
Llegaron a General Pico cerca del mediodía. Sabían que restaba mucho camino, pero el Coco y el Mario insistieron en conocer esa ciudad de calles anchas, buenas arboledas y casas bajas.
Oscar buscó la salida por la ruta 102 y siguieron rumbo suroeste a Eduardo Castex y de allí otra vez bien hacia el sur por la ruta 35 hasta Santa Rosa.
Entraron en Santa Rosa a media tarde. El calor convertía la cabina del jeep en un caldero. Por eso, hicieron un alto en pleno centro buscando el fresco bajo un árbol. Santa Rosa, capital de La Pampa, en 1965 ya había construido el nuevo edificio de la gobernación, parte de su Centro Cívico, uno de los primeros grandes proyectos del arquitecto Clorindo Testa. Santa Rosa es una ciudad muy abierta, con calles muy anchas, típicas en la provincia. A principios del siglo pasado, Santa Rosa disputó con Toay la ubicación de la capital, siendo la pericia de don Tomás Mason la que decidió, luego de una gran disputa, la ubicación de la capital en Santa Rosa.
Salieron rumbo hacia el oeste por la ruta provincial 14 y pasaron por Parque Luro, en las afueras de la Ciudad.
 Parque Luro nace como “San Huberto”, establecimiento de 20 mil hectáreas, propiedad de Pedro Luro, hijo del artífice de Mar del Plata y casado con una hija de Ataliva Roca: Arminda, que era la verdadera dueña de esos campos. En ese lugar, Pedro construye un verdadero castillo y organiza un coto de caza trayendo varios ejemplares de fauna exótica. Entonces, aprovechando su relación con importantes personajes de la aristocracia francesa, logra que visiten el parque hasta personajes de la realeza europea. Las tierras del parque tienen hondonadas, lagunas y grandes bosques de caldén que hoy las convierten en una singular reserva natural.
Continuaron esa larga recta que dibuja la ruta 14 hasta el paraje “El Durazno”. En ese tramo del camino hicieron un alto en dos tradicionales almacenes de campo denominados “boliches”: “El Tropezón” y “La Araña”, almacenes de ramos generales y despacho de bebidas, que alguna vez habrán cumplido las funciones de albergue y de posta para los viajeros.
La ruta provincial 14 estaba en construcción y al llegar a “El Durazno” se interrumpió, dejando solamente libre su trazado con la tala de los árboles del monte, como ya caía la tarde no tuvieron más remedio que seguir por ese claro, pero no habían recorrido más de cien metros cuando el jeep quedó plantado sobre un enorme pozo producido por la extracción de una raíz. Fue con mucho cuidado que maniobró Oscar guiado por los otros dos amigos para poder sacar el vehículo de tamaño pozo sin caer en él.
Llegaba la noche y los tres viajeros se encontraban solos, sin camino y sin saber exactamente donde estaban, pero encontraron un contrafuego que atravesaba el campo. Los contrafuegos se realizan limpiando totalmente de plantas y malezas una ancha franja de terreno a fin de evitar, ante la alternativa de incendios, que el fuego pueda propagarse. Por allí, continuaron el viaje, pero ya con la noche cerrada, era como navegar en un inmenso lago, donde no se veía más allá de la línea que trazaban las luces mientras arriba brillaban las estrellas como si fueran luciérnagas.
Según Oscar, no faltaba mucho para llegar a destino. Mario sostenía que estaban viajando en grandes círculos y Coco rezaba Avemarías y Padrenuestros sosteniendo que había olor a jabalí.
A las diez de la noche, vieron blanquear unos muros. Habían llegado a la Estancia de Vigliercho. Los recibieron como reyes. Les dieron de comer milanesas de oveja, galletas con un buen vino y lo mejor de todo, tres camitas donde los amigos durmieron hasta bien entrada la mañana siguiente.
Un camino vecinal los llevó hasta la escuela. ¡Por fin, la Escuela número 12! Oscar se las presentó a sus amigos con orgullo propio de un pionero, maestro y segundo padre de esos chicos, que se animaban a asistir, aprender y vivir en la escuela, lejos de sus hogares pero con el cariño cercano de sus maestros.
Nadie había en la escuela, estaba todo a nuestra disposición: las aulas, la casa de familia, el comedor, los dormitorios, etcétera. Y en el patio de tierra del frente se distinguía el mástil, el alambrado que cerraba el predio y una tranquera con una puerta de ingreso.
El calor no les impidió visitar un monte cercano donde pudieron observar todos los bichos del lugar, las infaltables cotorras, los gorriones, los esquivos zorros, algún charito muy arisco y muy lejano, una gran vizcachera en un claro que parecía haber sido una antigua laguna y principalmente, el árbol del lugar: el caldén.
El bosque de caldén, dicen, ocupaba desde el sur de San Luis y Córdoba hasta el Rio Negro. De madera muy noble, con un ramaje tortuoso, hojas caducas y espinas cónicas que nacen en sus nudos, este árbol fue utilizado para leña y también para hacer muebles, adoquines, parquets, postes de alambrados, etcétera. Su fruto, una chaucha leguminosa, sirve de alimento para los animales y con su fermentación el indio hacía su “chicha”. La tala indiscriminada, convertida en un gran negocio de principios del siglo XX y hasta 1930, hizo desaparecer una gran superficie del monte originario. Árbol noble, árbol sagrado para los mapuches (“el huitru” para ellos), guarda en sus huecos el agua de la lluvia y los habitantes del lugar bien que lo saben. Los hacheros vinieron de Santiago, de Córdoba, de Mendoza y vivieron en el mismo monte construyendo sus viviendas como covachas subterráneas cubiertas con hojas. Herían el árbol en la parte inferior del tronco para que perdiera su savia y lo cortaban ya seco. Lo mataban de pié.
Salieron del monte y fueron a visitar la “Estancia San Manuel”. De allí no los dejaron ir, pusieron la parrilla debajo de la glorieta donde pasaron el final de la tarde guitarreando, riendo con las ocurrencias de Coco que les bailó un malambo que más que malambo fue una extraña mezcla de danza arábigo-criolla y por último el asado, el vino y la vuelta a la escuela bajo un cielo de estrellas que sólo es posible ver en la oscuridad plena que ofrece el campo. Era la Noche de Reyes. Ubicar la estrella que guía hacia el pesebre era cosa de baqueanos, pero a ellos los salvó el camino que acompañó al jeep y lo ubicó en la entrada de la escuela, bien abajo del mástil.
Llegó el seis de enero. Coco se levantó y abrió los postigos de la ventana. En la mañana temprano el calor ya cubría la escuela de una bruma pesada y polvorienta. Los pájaros planeaban buscando agua en el tanque del patio y, después, volvían hacia un cielo, que los recibía tan limpio como si estuviese recién lavado. Por el camino, llegaron dos niños a caballo, uno de ellos traía en ancas una niña. Bajaron, ataron los caballos y entraron al patio. Desde la otra punta del camino venían tres niños en un sulky. Oscar salió con sus dos amigos y los niños saludaron a su maestro. En una media hora, el patio se pobló con una decena de niños y niñas que jugaban y charlaban con Oscar y fue entonces cuando Oscar les preguntó cómo se habían enterado de su llegada y cómo se habían puesto de acuerdo para venir a saludarlos. Uno de los niños, el menos tímido, le dijo que en realidad sus padres, les habían dicho que en la mañana de Reyes ellos fueran a la escuela porque seguro que los Reyes pasarían por allí para evitar ir casa por casa porque estaban muy separadas.
Oscar casi tropieza con el mástil y el Coco y el Mario miraban para otro lado haciéndose los que admiraban el paisaje. ¿Qué Reyes? La escuela en la noche había estado cerrada y en el patio no se veía nada. Buscaron por todos lados, en el comedor y en las piezas. No encontraron nada; en la casa, menos que menos; en las aulas, tampoco. La situación la verdad que se tornó bastante molesta hasta que en un momento Oscar exclamó: ¡Claro… fue en el jeep…en el jeep!
Y allá fueron: dos grandes cajas descansaban en el asiento trasero. Las bajaron presurosos. Oscar rodeado de niños abrió la primera. Estaba repleta de juguetes: avioncitos, trencitos, muñecas, bolsas de bolitas, pelotas de goma, que Oscar fue distribuyendo cuidadosamente. El patio alrededor del mástil era una fiesta, la felicidad de aquellos niños contagiaba a los tres amigos.
Oscar pidió al Coco, que estaba cerca, que abriera la segunda caja. Coco, con gran cuidado le desató el hilo, le abrió la tapa y… ¿Qué encontró en ella? Con gesto de ofrenda, el Coco levantó en sus manos bien hacia el cielo: ¡un pan dulce! Se ve que alguno de Los Reyes era panadero y había preparado un pan dulce para cada uno.
En la mañana siguiente, los tres amigos acondicionaron el jeep, miraron si el radiador estaba con agua, subieron un paquete con comida para el viaje y emprendieron el regreso. Dejaban la escuela y volvían al pueblo. El camino los esperaba. Volvían satisfechos por la tarea cumplida. ¡Menos mal que se les ocurrió ir aquel día a Jagüel del Monte! ¡Mirá si Los Reyes pasaban de largo!






Viaje a Europa en el 74 con OVECE

Haydeé Sessarego

Muchos se preguntarán qué quiere o quería decir OVECE. Les cuento que desde la década del 60 muchas de las facultades dependientes de la Universidad Nacional de Rosario, formaron organizaciones o grupos cuyo objetivo, para l@s alumn@s que así lo desearan, era aportar dinero desde el primer año de la carrera, para emprender el ¡ soñado viaje a Europa!
Nuestra organización llevaba esa sigla que quería decir: Organización Viaje de Estudios Ciencias Económicas (OVECE).
Los fondos se obtenían mediante rifas con premios muy importantes como departamentos, autos 0 km y electrodomésticos, que los mayores adultos, padres, familiares, ofrecían a sus amig@s y conocid@s, “mangueando “o molestando, sin piedad para que adquirieran la rifa. También se exhibían los autos 0 km y modelos únicos, en la peatonal Córdoba, frente al ya desaparecido, cine “Radar” y en donde los paseantes, algunas veces, acostumbraban a comprarlas.¡ Golazo para l@s que lográbamos vender de ese modo!
Me interesa detenerme aquí en las generalidades y/o particulares de esos viajes de egresados universitarios. Se contrataban vuelos chárter con varios contingentes de distintas facultades. Hasta Ezeiza partíamos en autos particulares familiares y, como era costumbre en esas épocas, nos acompañaban en la despedida la familia de cada uno, si como en mi caso y varios más, íbamos ya casada@s. Porque… ¡ni soñar que a una mujer, por más progres que fuesen los padres para los tiempos que corrían, permitían a sus hijas mujeres, viajar con sus novios, sin casarse antes! También partían en esa “compaña” amig@s entonando cantos colmados de buenos deseos junto a abrazos y besos con el infaltable “cuídense”. Viajar al exterior, ya fuese a Europa o los Estados Unidos, era visto como una epopeya que merecía toda esa movilización, agregada a previas y variadas despedidas, en este caso, en Rosario. Aerolíneas Argentinas nos transportó hasta Madrid, pero es de destacar que esos aviones eran, expresado con honestidad, avioncitos, modelo DC8, con capacidad, para solo 115 pasajer@s.
Vamos por “rubros”, “ítems” o “partes”. El primer paso era conseguir en la capital española un hotel barato, acorde a nuestros magros bolsillos. Siempre eran habitaciones con baños compartidos, muy cercanos a la Plaza Mayor. El siguiente e inmediato paso era, al día siguiente, alquilar un auto. Para l@s que viajábamos en pareja era compartido con otra con la que era de uso y costumbre, ¡no llevarse bien, ni congeniar! Estas situaciones fueron comunes también para los grupos mixtos o no, que alquilaban combis, todo esto con el fin de abaratar costos.¡ No fuimos la excepción! Concretado este rubro, se recorría Madrid y alrededores en el vehículo de marras (Seat 1600, igualito a nuestro Fiat 125 de antaño) y, además, caminar muy mucho las calles.
Desde esa ciudad se viajaba hacia Barcelona, que deslumbraba por su arquitectura y cosmopolitismo, muy diferentes en ese entonces a Madrid u otras ciudades españolas.
Siguiente y casi fundamental ítem: comprar en Andorra (libre de impuestos) carpas y enceres para campings. Nobleza obliga a contarles que fue, como era desde hacía mucho, una “sana” costumbre, sustraer algunos utensilios. ¡No, para nada se puede afirmar que los dueños de los negocios no se daban cuenta! Iba de la mano con la presencia de contingentes argentinos. Allí, comenzaba la travesía hacia la ciudad luz, capital de la cultura e intelectualidad y protagonista de aquél siempre recordado slogan: “La imaginación al poder”. Llegar a París, atravesando buena parte del suelo francés, era ¡ deslumbrante! Sin detenerme en las maravillas parisinas, agrego que desde la compra de carpas y enseres, casi todo el resto del viaje fue acampar en diferentes establecimientos destinados a esa actividad.
El frío y la lluvia de la primavera europea no estuvieron ausentes. No existían aquí los abrigos, indumentaria y mantas como para mitigarlo. Como nota individual y de un valor inconmensurable, fue conocernos en el camping de “Bois de Bolougne”, bajo llovizna fría, lavando los platos, con Susi y Hernán, que eran del grupo de Odontología y de los que tenemos el inmenso placer de ser amigos hasta hoy, viviendo ellos en Madrid desde 1975.
El armado de carpas en cada destino era una verdadera odisea. Suelos pedregosos, clavas que no entraban, cansancio, anocheceres que hacían más ingrata la tarea y que provocaban discusiones entre parejas, y/o compañeros de autos, etcétera. Cuando por la hora de la tarde o noche, nos ¡tocaba un hotel! significaba ¡un indescriptible placer!
Me parece interesante comentarles las características propias de algunos destinos de este viaje que duró tres meses y medio.
Luego de París cruzando en ferry el Canal de la Mancha, ¡Londres!, con su mano contraria a la de casi todo Occidente con algún conato de casi choque o pequeños roces altamente multados. Esa ciudad fue también admirada por todo joven, ya que protagonizó la movida cultural que impregnó especialmente la música y la moda: Beatles, Rolings Stones: twist y rok and roll; Tuiggy con su esmirriada figura que se impuso entre las “chicas” de los 70; más innumerables vanguardistas.
 La moda de la época presente en nosotros y en l@s jóvenes europeos: chicas con pantalones pata de elefante de tiro bajo, zuecos de corcho, cabellos largos y alisados a base de la famosa “toca”, infaltables minifaldas y ojos pintados bien marcados. Los chicos, de pantalones similares, jeans casi siempre para ambos sexos, camisas entalladas con cuellos largos, pelo largo también, barba y bigotes infaltables. ¡Todos parecían “Cristos”o “Che Guevaras”!.
Seguimos de viaje con los que nos parecieron más atractivos, entre las ciudades o países. Amsterdam ¡ sinónimo de la libertad individual que conserva hasta estos días! Ya se veían jóvenes fumando marihuana en los conocidos “porros”. Ni qué decir de Copenhague y Estocolmo, creíamos ver a medio mundo desnudos, haciendo el amor en la calle tal como exageraban otros grupos, que habían estado anteriormente en los países escandinavos. En las anteriormente enumeradas, vimos y concurrimos por primera vez a los llamados, “Sex Shops”, ¡toda una experiencia, impensable en la Argentina de los 74! En Conpenhague fuimos reprendid@s por otr@s acampantes El motivo: estar cocinando, charlando y riéndonos como parte un nutrido grupo después de las 21 horas, ¡toda una rareza!, para l@s daneses y ciudadan@s de países similares. Estocolmo nos recibió con 28 grados a mitades de mayo, amaneciendo a medianoche lo que nos obligaba a levantarnos y salir de las carpas entre las cinco y seis de la mañana acalorados por el sol. Las mujeres nos duchábamos en baños sin cortinas como no se acostumbraba, ni se acostumbra en Argentina.
Retornamos desde Escandinavia hasta Hamburgo y Munich en Alemania, ¡ seguíamos acampando! No tuvimos la mejor experiencia en ese país con sus habitantes tan resentid@s y malhumorad@s por su ominoso pasado y posterior derrota durante la Segunda Guerra Mundial, después de 30 años. Un pestañeo en la historia de la Humanidad, pero se respiraba aún ese clima en el aire, se intuía y lo demostraban. No podemos obviar su prolijidad y adelantos tecnológicos muy a la vista y acentuados porque fue la sede del Mundial de Fútbol de ese año.
Huimos rápidamente de Alemania hacia Austria. Viena, ¡ bellísima , híper prolija y súper conservadora! De allí hacia Innsbruk, en el Tirol en el que nos sentíamos parte del cuento infantil “Heidi”.
Suiza y varias de sus ciudades no le fueron a la zaga, nos cobijaron amigablemente. Pero, ¡por fin cruzando los Alpes!¡Italia!, casi una madre patria, tan nuestra, con sus aromas de la nona, el olorcito a tuco y estofado bien caseritos, los tallarines y las lasagnas , raviolis e infaltables pizzas. Comíamos, como en todo el viaje, cocinando con ollas y sartenes sobre las garrafitas de camping; y también en Italia nos devorábamos los que para tod@s eran los platos típicos desde nuestra más tierna infancia. Allí, convergían casi todos los sentidos: olfato, vista, tacto. Ya desde hacía un mes, aproximadamente, el clima nos acompañó soleando el verano.¡Qué no decir de sus bellísimas ciudades desde Milán, Venecia, Florencia, Roma, Nápoles, Sorrento o Capri, que quedó grabada indeleblemente en los románticos 60 en un tema del cantante francés: Hervé Vilard denominado “Capri c’est fini”.
Otro detalle a resaltar dentro de estas estadías fue que en vestuarios de ciudades como Amsterdam y algunos de la Costa Azul en el sur francés, si se tapaban los desagües de las duchas, entraba el encargado del camping, casi siempre un muchacho joven y sin siquiera mirarnos, hacía su tarea: el destape de cañerías con un secador y alambres. Nosotras quedábamos ¡atónitas! y no terminan aquí estas “raras costumbres europeas”. En Cannes los baños y vestuarios eran con puertas pero compartidos por ambos géneros. Hoy, creo no asombran a nadie. En Cannes y Saint Tropez vimos por vez primera a mujeres en toples, sin importar la contextura o edad.
Ah!, olvidaba un tópico muy importante en esta larga estadía: recibíamos cartas de nuestras familias y amig@s en embajadas o consulados previamente establecidos. ¡Cuánta emoción y hasta llantos provocaron esas letras escritas! Muchas veces venían acompañadas de revistas políticas propias de esa época y también encomiendas con cartones de cigarrillos rubios y negros, porque fumar no estaba mal visto, ni se sabía a ciencia cierta los estragos que produce en la salud.
Finalizaban los viajes en la costa sur de España visitando los vestigios moros en Andalucía, Córdoba y Granada; y, luego, ya como final, las playas plenas de mar y sol. Para el regreso, embarcábamos en Barcelona en un enorme crucero, el “Eugenio C”, en una travesía de doce días a puro disfrute antes de arribar nuevamente a la cotidianidad del país, que tenía poco de agradable ya en esos meses.
En el puerto de Buenos Aires volvían a agolparse familia y amig@s para recibir a los jóvenes viajeros, que desde que el capitán anunciaba el destino salíamos a cubierta desafiando el frío del hemisferio sur sobre finales de julio.
Los viajer@s que iban solo@s lo hacían por más de seis meses llegando a los países del Este, la propia Unión Soviética. Cruzaban también al norte de África, Túnez, Marruecos y Egipto. Desde allí, a Israel, volviendo a Europa hacia Grecia: Atenas y sus paradisíacas islas.

Finalmente, lo verdaderamente jugoso de estas aAventuras” es pasar por el corazón los momentos únicos, distintos, inolvidables de quiénes los protagonizamos. Sí, “Nosotros los de entonces”, como el nombre de la memorable obra teatral escrita y dirigida por Chiqui González, allá por el 84.

Prontuarios mafiosos

Juan José Mocciaro

Canal 5 había realizado un concurso de preguntas y respuestas sobre Rosario. En su segunda edición, que nunca llegó a realizarse, llamó a inscribirse para tomar una evaluación y de ahí poder concursar.
 Me anoté y la evaluación se realizó en el Museo de Bellas Artes “Juan B. Castagnino”, entre más de 100 inscriptos, a mi lado se sentó un señor que me interrogaba y me dijo: “¿Sabes mucho de Rosario?”. Le contesté: “No sé si mucho, pero me siento capaz de pasar este examen y luego veremos”.
Salimos juntos del museo y se presenta: “Mi nombre es Juan C. Yapur”. Me invitó a tomar un café y me empezó hablar de la mafia en la ciudad y le comenté que yo también era un estudioso del tema. Cuando terminamos de intercambiar lo que sabíamos cada uno del tema me dice: “te voy hacer un regalo” Y me cuenta que una noche pasaba por calle Santa Fe frente a la Jefatura de Policía y estaban en un contenedor tirando un montón de carpetas, se acercó y preguntó: “¿ Puedo curiosear?”. Le dijeron que sí, porque eran todas cosas viejas y buscando ve una carpeta con el título “Mafia” y en ella se encontraban los prontuarios de: Juan Galiffi, alias” Don Chicho Grande”, donde consta de nacionalidad italiano, 42 años, casado, trigueño, ojos pardos, estatura un metro sesenta y cinco, comerciante, sabe leer, domicilio Balcarce 833 y donde figura que ingresó a la Jefatura el 17 de noviembre 1934 y a los dos días ingresa al Penal.
En el diario del preso figura que el 10 de abril de 1935 en el oficio nº 415, el doctor Alberto Baldrich ordena su inmediata libertad por haber sido sobreseído definitivamente en la causa, siendo de inmediato trasladado a la Jefatura de Policía por existir en su contra decreto de deportación del país.
También estaban los prontuarios de los hermanos Amato (Antonio y Vicente) de gran actuación dentro de la mafia rosarina, los hermanos Bue, Juan y Esteban Curaba, José Cuffaro que en octubre de 1923 cae preso por extorsión y homicidio, como jefe de una banda y acusado del asalto al tren nº 20 de FCCA, así y todo queda en libertad en marzo de 1925.
El asalto al tren nº 20 tuvo gran repercusión en la ciudad. La mafia buscaba otros rubros, Pedro Alessi había trabajado durante cinco años como guarda del FCCA, fue declarado cesante por economía y se hizo fotógrafo ambulante, como ex guarda estaba al tanto de las recaudaciones de las boleterías de las estaciones que se llevaban a Buenos Aires y le ofreció el plan a Cuffaro.
Todo se planificó en un almacén de calle Moreno y 3 de Febrero, el tren venía de Tucumán hacia Buenos Aires, algunos de ellos subieron en la Estación Rosario Central y se ubicaron cerca del furgón que transportaba el dinero, antes de llegar a la Estación de Coronel Aguirre redujeron a los guardias y tiraron las cajas fuertes a un descampado, en sulky los esperaba Cuffaro y Curaba, donde solo pudieron rescatar una sola y una bolsa (que al abrirla contenía estampillas) y ante la llegada de la Policía no tuvieron tiempo de rescatar más cajas fuertes y el botín fue bastante magro. (1)
En un concierto mirando el programa leí que el primer violín del Quinteto Municipal de cuerdas se llamaba Leandro Curaba, cuando terminó la función me acerqué y lo consulté sobre Juan Curaba de la mafia y me contestó: “Era mi abuelo”. Y le regalé una copia del prontuario que la aceptó con mucho gusto.


(1) Fuente de Osvaldo Aguirre, periodista de La Capital y autor de varios libros sobre la Mafia en la Argentina y con él me entrevisté para que me dedique su libro y también le entregué copias de esta documentación en agradecimiento a su trabajo sobre este tema.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Gusto, disgusto, carta, felicidad, amor

Teresita Giuliano

Nunca me gustaron las labores manuales como coser, bordar o tejer.
Mi mamá y mi abuela, muy prácticas, prolijas y hábiles en esos menesteres, solían decirme: “A vos no te gusta la aguja”.
Cuando tenía catorce años, mi mamá me envió de una chica que enseñaba Corte y Confección en su casa, con la esperanza de que aprendiera a coser.                                   
Éramos varias las aprendices y recuerdo que entre intentos por enhebrar las agujas y dar algunas puntadas, cada vez que alguna se pinchaba un dedo, recitábamos “gusto, disgusto, carta, felicidad, amor”. Palabras que correspondían a los dedos de la mano: pulgar: gusto, índice: disgusto, mayor: carta, anular: felicidad, meñique: amor.
Lo más común era pincharse el dedo índice, lo que provocaba doble disgusto, el del pinchazo y el de pensar cuál sería el motivo de la desazón anunciada.
Por supuesto que para acceder a la felicidad y al amor, había que ser muy torpe con la aguja o tener realmente la suerte de que se desviara al anular o al meñique y sentirse triunfal por el logro.
Pincharse el dedo mayor, que significaba la esperanza de recibir una carta (de algún supuesto amor), era sumergirse en un alborozo de alegría.
Además de ese jueguito, no aprendí mucho más, ya que a los quince días, con una tela mal cortada que pretendía ser una pollera, decidí que la costura no era para mí y abandoné, ante la resignación de mi madre.
Aún hoy, cuando me veo obligada a enhebrar una aguja para pegar un botón, siempre recuerdo esa letanía de la suerte y la repito para mis adentros: “Gusto, disgusto, carta, felicidad, amor”.