martes, 16 de octubre de 2018

El beso


Carmen Gastaldi

Yo no podría hablar del beso como un hecho único.
El beso en sí consiste en presionar los labios de diversas formas, contra la superficie de distintas partes del cuerpo de otra persona.
No hay una sola forma de expresarse a través de un beso, porque el beso muchas veces surge de un arrebato y otras de un simple compromiso. Creo que hay besos inevitables y otros perfectamente evitables.
Generalmente, en el mundo, el beso es una manera de saludarse, no necesariamente demostrando afecto. Es un modismo, aceptado por la sociedad, que en oportunidades hasta resulta molesto.
Este sería ese beso social con el que no acuerdo, porque para mí el beso es algo íntimo que trata de expresar un sentimiento y no parte de un acto formal, que sí debo aceptar que existen.
Una vez dicho esto, para mí el beso no es casual. Es una necesidad de expresar los sentimientos más profundos. Muchas veces una necesidad inevitable.
De muy joven se trataba de experimentar, de comprobar en carne propia lo que otros y otras te contaban. Entonces, era esa inquietud de saber, de exponerse a esa situación para verificar qué se sentía. Nada. Varios chicos y nada. Después, la misma vida se encarga de enseñarte.
No recuerdo el primer beso de mamá porque era recién nacida, pero jamás olvidaré el último beso que posé en su rostro el día en que se fue. Los besos de mi Ita sobre mi llanto. Los de papá.
Recuerdo besos de despedidas y de reencuentros.
Besos… besos… besos…
El primer beso de Rolfi. Ese beso me sacudió el cuerpo y el alma. Fue mi esposo hasta hace poco que la vida se lo llevó. Casi cincuenta años de besos…
El primer beso en las caritas de nuestras niñas recién llegadas, compartido con el abrazo emocionado de mi esposo.
A los largo de esta vida ¡cuántos besos de alegría y de los otros! ¡Cuántos de bienvenida de mis nietos, cuántos de orgullo por sus progresos!
Para mí, constituyen una necesidad biológica como los “abrazos de oso”, que me permiten sostener contra mi cuerpo el de las personas que amo.
Sí, para mí el beso es cosa seria. Forma parte de mis sentimientos y en él siempre va parte de mi corazón.

El beso

Luis Molina

Claro, en una época donde gobernaban los militares todo era diferente, incluso el beso en una plaza, y sin olvidar la sociedad donde todo se veía y se catalogaba de otra manera: las chicas buenas no hablaban y/o hacían ciertas cosas. El intento de robar un beso era frenado con una mano extendida poniendo una distancia prudencial. Sobre todo si solo eras un filito o la compañía de un familiar de ella se encontraba a muy pocos pasos. Luego, con el tiempo y más experiencia, vinieron aquellos que solo fueron ocasionales, fruto de un encuentro furtivo que jamás dejaron huella.
Hasta el momento en que llegó aquel que sí fue de amor, que luego el matrimonio y los hijos fueron sepultando en la rutina, para luego tras la ruptura quedar olvidados. Hubo que seguir soñando con aquel que imaginamos era lo más.
Y hubo un día en que el dolor oscureció el futuro, ya perdidas las ilusiones y casi en el ocaso de la vida; Ocurrió…
Nació sin fe, como algo pasajero. Se fue gestando cada noche, en cada charla y en cada sueño a través de la web, para un día convertirse en realidad, una realidad nunca imaginada, sobre todo por el hecho de ser sexagenario y sin ilusiones.
Esa noche de verano con muchas décadas sobre los hombros se dio la oportunidad. Fue como el renacer del ave Fénix, abrir los ojos a una nueva esperanza con una sonrisa y el deseo de vivir, mirando hacia el mañana.
Y un día llegó aquel que fue el más recordado y duro, fue el beso del adiós; hubo muchos y cada uno dolió. 
Hoy a casi diez años prefiero recordar aquel que me devolvió la ilusión, a pesar de que en la vida me encontré con nuevos desafíos y muchos deseos de vivir. 

jueves, 11 de octubre de 2018

Mundo en mi infancia


Cristina Vogel

La foto, amarillenta en su blanco y negro, al lado de mi computadora, remonta mis pensamientos a vívidas y felices construcciones de mi infancia y adolescencia. Siempre esos mismos doce personajes: primos y amigos viviendo en un mismo edificio estilo inglés, cuyo diseño posibilitó el sinfín de divertimentos y creaciones, todos imborrables y gasoleros que no precisaron más que nuestra imaginación. Tan consolidado se fue gestando el grupo que ha ido resistiendo cualquier tempestad, lógica o muy disparatada, ocurrida en cada uno de nosotros a lo largo de tantos años. Vale aclarar que la vida hizo que fuéramos contando, dentro del grupo, con dos abogados, un médico, un ingeniero, un juez, una dueña de local de imprenta y una enfermera, quienes, con sus intervenciones, zafaron, de más de un problema y en más de una ocasión, a dos o tres de los doce personajes.
El edificio en cuestión, ubicado en pleno centro de la ciudad de Rosario, tiene la forma de una letra U (mucho tiempo después lo asociaría al abrazo, a una pinza de cangrejo). ¿Por qué? Por tanto que significó en mi formación desde la amistad, la creatividad, la sana diversión sin límites.
 En el medio de esta construcción, un gran patio común, con jardín y un banco largo a cada uno de sus costados.
Las casitas son ocho ubicadas en la planta baja y otras tantas en la alta. Por encima, la gran terraza para todas, repitiendo la letra U y a la que se accede por cuatro escaleras a través de cada uno de sus ángulos.
Este estilo de edificación, con su extenso patio jardín, comunicaba libremente al exterior. Mucho tiempo después, ya cuando ninguno de nosotros vivíamos allí, le fueron agregadas unas malditas altas rejas con portero eléctrico –ya las salidas y entradas necesitarían avisos, permisos–. Y nuestra historia no fue así.
A medida que llegábamos desde las diferentes escuelas primarias, unos a mediodía, otros por la tarde, siempre apurando el paso para llegar –más de uno ya esperaba en el jardín– y, a través de sonidos llamadores, que fueron códigos entre nosotros, ahí nos íbamos reuniendo.
Y decidíamos: o al escondite, a la popa, al ladrón y policía, juegos que, sin preveer la mínima intención, ya incluían un abrazo, un correr con las manos unidas, un esconderse juntos, acurrucados y en silencio.
Charlas sí, muchas, de preguntas, dudas, de ideas para abordar también entretenimientos por fuera del jardín, hacia la calle. Sobre cada plan, un tomo merecería su descripción. Solo voy a retrotraerme a uno en especial, en nuestros diez a doce años promedio: asaltos en la terraza. Algunas tardecitas, través de una radio “Spica” y un largo cable para enchufar en una de nuestras casas, contábamos con el elemento fundamental: la música.
 Sobre una mínima parte de bordes de la terraza, ubicábamos platitos que llenábamos con lo que cada uno conseguía de su heladera. Además, subíamos algunas botellas de agua, y ya teníamos armada nuestra fiesta.
 “Pity, pity, pity, amor de mi amor” y, a continuación, propagandas varias. Entonces, había que esperar para la siguiente canción. Aprovechábamos ese rato obligado para comer algo o para seguir enganchados de la cintura o de las manos, hablando como si no nos enteráramos de lo que disfrutábamos en esos momentos de algún mínimo contacto. Volvía la música. Máximo un roce que no sé si fue… tampoco sé si era que ocurría en cada canción de cada asalto ese acercamiento de mejillas, ese temblequeo de rodillas, la luna alumbrando la plenitud de lo máximo, eso sé que sí, eso estaba allí. La perturbación remitía a mí, cálida, por las noches.
Tantísimo tiempo transcurrí con y a partir de esas sensaciones. Es que fueron maravillosamente tatuadas por el calor que irradiábamos a través de nuestras mejillas, no por el contacto, tan solo por el muy cerca.
 Desarmábamos y bajábamos, dando por terminada la fiesta, pero ya con las imágenes y sensaciones sostenidas hasta el próximo asalto en la terraza.

¡Todo cambia!


Liliana Galli

A comienzos de 2017 retornamos a nuestras raíces,
Asumimos cambios, nada sigue igual, nos seguimos moviendo, experimentando, ha sido un año muy rico, con vivencias multicolores, enriquecedoras y siempre me sorprendo con cada paso que doy.
Mi vida desde niña ha sido en casas hasta este año, siempre con vecinos increíbles, con quienes logramos entablar amistades muy profundas, como si fueran familia. Pasan los años y seguimos en contacto.
Ahora, por primera vez, estoy viviendo en un edificio. ¡Toda una novedad! Son apartamentos monoambientes y de un dormitorio, donde predomina gente joven, fundamentalmente estudiantes. Los únicos viejitos somos nosotros. ¡Y estamos en una época que existen los WhatsApps! Por lo tanto, no puede faltar el WhatsApp del edificio. Este tiene sus ventajas y desventajas. Por suerte, no existe ningún tipo de reenvíos y solo se tratan temas referentes a la convivencia dentro del mismo.
Los temas tratados son muy variados: “Hoy encontramos pupú de perro dentro del ascensor, de acuerdo al estudio fotográfico del mismo, nos hace llegar a la conclusión se trata de un perrito pequeño”. El tema termina siendo detectivesco. Hay que saber quién es el dueño Por supuesto, nadie es y siempre sale el más pendejo a limpiarlo
Así siguen los días con distintos temas. Tales como: “Encontramos un moco o un chicle o una escupida, pegado en el espejo del ascensor”, “dejaron la puerta del frente abierta”, “se trancó la de Blindex”. En fin, los mensajes tienen casi siempre la misma tónica.
A pesar de esta temática aparece la contrapartida y la solidaridad se hace presente. “¿Quién necesita un colchón? lo voy a regalar”, “¿a quién le sirve un televisor, unas cornetas, un teclado? los regalo”. “Necesito una pinza”, “¿quién tiene un destornillador, un inflador de bicicleta, una sierra?”. “¿Alguien conoce quien instale aires?”. “¿Qué servicio de internet funciona mejor?”. “¿Cómo hago para instalar un lavarropas?”. “¿Quién tiene un cargador de celu, ¡el mío lo deje en lo de mi viejo!”.
“¿Quién tiene una balancita para pesar una torta?”. “¿Alguien puede ayudarme a subir una cuna?”. “Invité a almorzar a mi novio y solo tengo un cuchillo, ¿quién me presta uno por un ratito? “¿Tengo visitas y solo cuatro sillas, alguien tiene un par de banquitos que me preste por hoy. A las 10 pm?”. “¿Quién puede socorrerme?”, “invité amigos a comer pastas y se me olvido comprar el pan”. “Estoy antojada de torta de chocolate y me faltan tres huevos, ¿quién me presta, hasta que abran el súper, por fa?”. “¿Quién sabe pasar a la computadora una información de un pent drive?” “¿Quién me puede buscar una leche del bebé que dejé en el ascensor y llevársela a mi hermana?”. O a las 23, “¿quién tiene un pisa papa?”. Por supuesto, siempre aparece la mano solidaria, alguien sale a ayudar al necesitado. ¡Parece la vecindad del Chavo!
En una oportunidad, alguien notifica: “Por favor, si prenden el ventilador del ascensor, apáguenlo!”. Y, allí, surge toda una conversación. “¿Para qué lo prendieron?” Pues olía feo y salta otra, con voz asustada y pregunta: “¿A qué olía? No estoy en mi casa y me asusto”. Le responden: “¡Olía a peo!”. Ah, bueno; y, así, siguieron un buen rato con ese tema, parte en chiste parte en serio.
Más tarde el del sexto piso lanza la siguiente pregunta: “¿Quién vive en el 7 D?” No responde nadie y el del sexto acota: “¡Se me voló la cortina y me quedo enganchadísima!. Creo si trato desde el 8 puedo solucionarlo!”.
Hace unos días un muchacho puso: “Necesito por dos minutos a un hombre del edificio”. ¿Para qué un hombre? Bueno. Se develó el misterio: tenía dos sillas apiladas en la entrada del edificio y necesitaba ayuda para llevarlas al carro que lo tenía en la esquina. Allí mismo salió el Chapulín Colorado, alias el Rubencito, mi maridito, y le dio una mano.
Otro día surge una pregunta insólita: “¿Quién me puede prestar un baño un momentito?”. “¿Qué?. Tengo obreros trabajando en el mío.
Es interesante descubrir a través de WhatsApp la personalidad de los distintos integrantes del edificio. La verdad es fascinante, están los colgados, los que se enguerrinchan fácil, los que se creen conquistan el mundo y piensan liderar al grupo, los antiparabólicos, los tildados y finalmente los desocupados; y, de acuerdo a las distintas horas, encuentran un tema al que le dan vueltas y vueltas. Al fin, terminan apareciendo ciento veinte mensajes diciendo lo mismo de distintas maneras, porque la cuestión es opinar. Parece como si fuera un ovillo enroscado que no logra desenredarse, es como una maraña de opiniones vacías e inconclusas, y llega un punto que ni siquiera entienden lo que quiso decir el otro, y salen con una patada.
Allí, aparecen los que llegaron cansados y descargan con discusiones tontas, para luego terminar diciendo que “somos un grupo genial”. “¡Jejeje, nos queremos mucho!”. “¡Somos una gran familia!”. Jejeje, definitivamente es una nueva experiencia de convivencia. Seguimos aprendiendo,,,,,
Reconozco que en algunas oportunidades las discusiones se tornan tan intensas y sin sentido, lo que provoca salir corriendo. Muchos pueden pensar: “Apaga el celular. “. Mas tengo familia y amigos fuera, y es mi forma de estar conectados.
Por suerte aprendí una manera diferente de hacer callar al whatsapps del edificio, no se trata de ponerlo en silencio, ni apagarlo. Simplemente, cuando la situación se pone espesa, decido, usar el micrófono de manera contundente. ¡Lo puse a prueba un par de veces y funciono! Se cambió la tónica general.
Tengo días observando existen algunos personajes que son el detonante, el disparador de un ida y vuelta de no parar. Cuando esto sucede, comienzo a sentir dentro de mí una cosquilleo que va creciendo, las burbujas van juntando presión y ellas me hablan y me dicen: “¡Liliana, quédate quieta!, no hables, simplemente observa, detalla cómo se desarrollan los acontecimientos”. Mas, sin embargo, estas burbujas se vuelven locas… siguen su curso hacia arriba cada vez con mayor fuerza…me siento como si fuera una pava a punto de ebullición y la tapa comienza a brincar queriendo desbordarse. ¡Y es precisamente allí!, en ese instante, donde mi dedo se apodera del micrófono del WhatsApp, pidiendo disculpas, con tono diplomático, golpeadito, moderado, pero contundente zumbo cuatro cosas y, zazzzzz, se produce el silencio total, nadie más se anima a responder... ni opinar. ¡Bingo! Se estaba desvirtuando el sentido del grupo y la gente decidía retirarse, hacía falta ponerle el cascabel al gato y evitar un desmembramiento grupal. La verdad es que bien usado es práctico y se logran muchas soluciones.
A medida nos vamos conociendo, se va transformando también la tónica del grupo, sabemos con quién podemos contar para determinadas cosas y nos comunicamos de manera personal para los tópicos específicos. De esa manera descongestionamos el whatsapp grupal. Es cómico, a quien más recurren cuando necesitan algo, es a esta viejita loca que los pone en vereda cuando se apodera de un micrófono.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Otro día cualquiera


Susana Olivera
                                           
 “… hay una pulsión de regreso,
tratar de retrasar el paso del
tiempo, frenar el deterioro…”  
Alejandro Dolina

Jake mate…
Vos arreglaste el juego. Cuando Pepe empujó el tablero, vos acomodaste las piezas como se te ocurrió… Como te convenía.
¡Mentira! Sos mala perdedora
Vos siempre hacés trampa. El alfil no estaba allí frente a mi reina.
El cielo gris parecía bajar al patio, esconderse tras los macetones y llenar de frío el día. Se escuchaba el sonido de la lluvia que caía incesantemente sobre los mosaicos. Yo me asomaba desde atrás de las cortinas para ver si mejoraba el tiempo. Pero no. No se iba ese olor a lluvia, a tierra mojada. No había plaza. Julio, de vacaciones y semejante día…
Todos, los más chicos y los más grandes jugábamos adentro. Peleas, corridas, enojos, griterío. De cuando en cuando se sentía el estallido de un vaso o una taza que se estrellaba contra el piso. Y nadie fue. Nunca aparecía el culpable, pero los pedazos en el piso delataban lo ocurrido.
Mamá había probado todos sus recursos para los días de vacaciones con lluvia: vainillas mojadas en almíbar con crema chantilly, buñuelos de manzana y de banana, tortas fritas. Todos en la cocina metiendo mano hasta que la masa quedaba negra de dedos sucios antes de caer en la sartén. Eso era un detalle, poco importaba. Debíamos estar muy atentos, porque una vez terminada la fritura volaban de la fuente donde se escurrían. Y por ahí había que esperar a la próxima tanda.
Y quedaba en la pileta una montaña de sartenes, fuentes, cubiertos, platos, vasos, que había que lavar. Y nos envolvía ese olor húmedo de frituras y encierro con los vidrios empañados en la cocina con la puerta y ventana cerradas. De esa forma, teniéndonos ocupados allí, mamá defendía el comedor y el living de depredaciones y roturas de adornos. Y parecía no importarle lavar todo lo usado. Después de almorzar, habíamos ido al comedor donde la pelota estaba terminantemente prohibida. Pero se la había reemplazado por un pañal atado en forma de pelota y con patadas y patadas había caído sobre un jarrón que mamá quería mucho porque era un regalo de casamiento. Que se hizo mil pedazos obviamente. Había quedado el fondo casi entero y pretendimos ponerlo en su lugar escondiendo los pedazos desparramados en el suelo, debajo de los trinchantes. Pero mamá había oído todo. No se le escapaba nada.
Mientras, se escuchaba a lo lejos el sordo retumbar de los truenos y la lluvia incesante en el patio. Era uno de esos días grises, tristes, de lluvia interminable. El atardecer caía sin pausa, sin remedio.
Jueguen a “El Estanciero”. Además, hay que pegar las figuritas nuevas en el álbum de “Blancanieves”. También hay que ordenar las repetidas para cambiarlas en la escuela. Está también el libro para pintar que regaló la tía Mecha. Está “La Oca”, “El Ludo”, la “Carrera de Caballos”. O jueguen a las cartas, al “Chinchón” o a la “Casita robada”. Tienen un montón de cosas para entretenerse. Dejen de pelear…
A mí me gusta jugar al “Culo sucio”- se entusiasmó Pepe.
Yo no juego más, mamá. Carlitos siempre hace trampas.
Entonces, jugá con los chicos. Hacelos pintar.
Ufa, siempre lo más aburrido para mí.
Ma, ma… dejó de llover. ¿Podemos ir a la plaza?”, gritó Pepe, mientras mamá hablaba y ella le respondió: “No. Sigue garuando. Hoy no se sale. Además ya son más de las cinco. Pronto va a oscurecer. Y hace mucho frío. Jueguen adentro”.
Maaaa… Maaa.
¿Qué pasa ahora?
Tengo ganas de gomitar, ¡gomito, gomito!
No, acá no. Vamos al baño. Te dije que acá no vomitaras. ¿Cuántos buñuelos te comiste?
¡Mmmmm… qué asco...qué olor!
Ma, no se puede estar acá adentro con todo cerrado. Es insoportable.
Todos salimos al patio. Casi casi no llovía. Y no se escuchaban los truenos. Además en la galería no nos mojaríamos, seguro. Se podía jugar en la galería.
Dale, busquemos las bicis, andamos acá.
Pero en la galería no se puede doblar. Vamos a tener que pasar fuera de la galería al patio y está mojado- dije yo. Pero estaba bastante entusiasmada.
No. No salimos al patio. Abrimos las puertas del baño, pasamos por el dormitorio de mamá, por el comedor, salimos al vestíbulo y volvemos a la galería.
Buenísimo. Yo voy en remociclo- dije.
Yo, en la bicicleta colorada.
Y yo en los patines.
Casa chorizo. Una habitación tras la otra y todas abriendo a la galería. Volvió la alegría. Dimos un montón de vueltas. Cada vez íbamos a mayor velocidad. No dejábamos de reír y de insultarnos. Pepe en los patines se sujetaba del asiento de la bicicleta y yo remaba entusiasmadísima.
¡Qué nos importa que llueva! Esto es más divertido que la plaza.
Sí. ¿Cómo no se nos ocurrió antes?
Es que cuando llovía fuerte el agua mojaba toda la galería. No se podía estar acá.
Pepe se cayó en el vestíbulo porque la vuelta de la bicicleta fue muy cerrada, se pegó en la cabeza contra el borde de la puerta y empezó a llorar a los gritos. Un hilito de sangre caía de su frente. Estábamos espantados. Mamá lo alzó, limpió la herida y lo consoló.
Nosotros sabíamos que enseguida vendría el reto y la penitencia para nosotros. Los mayores. Guardamos nuestros vehículos y vimos con horror que todo el parqué estaba embarrado y, lo que era peor, las rueditas de metal de los patines lo habían rayado profundamente.
Vos limpiá el comedor y yo trato de sacar el barro del baño y del dormitorio- dije en voz baja.
Se rayó la pared del vestíbulo. Fue con el manubrio de la bicicleta cuando Pepe se cayó.
Ocupate de secar el comedor. Después vemos de tapar el rayón.
Vamos a hablar nosotros tres, dijo mamá muy seria. No puedo creer que sean tan irresponsables… Vamos a la cocina.
Un día cualquiera. Un día como tantos otros de lluvia y frío en la casona. Nuestros juegos, nuestro aburrimiento compartido, nuestra niñez. La vida compartida.
“No se puede regresar sesenta años atrás porque, nosotros no somos los mismos y tampoco el lugar al que queremos volver es el mismo”, dice Alejandro Dolina. Claro que no soy la misma y la casa con la galería por la que hoy suelo pasar con mucha frecuencia pretendiendo ahogar la nostalgia, tiene las puertas cerradas por manos ajenas; pero regreso a esos momentos y a ese lugar y me lleno de voces e imágenes, ternura que se me junta apretada en algún lugar, en cualquier lugar.

Recuerdos


Carmen Gastaldi

…acudieron a mi memoria,
acudieron en mi ayuda…

Mientras ordeno mi casa busco en mi memoria, busco sin encontrar, cosas, eventos, acontecimientos, en mis recuerdos para poder armar una historia, pero mi mente se resiste. No hay caso.
Me detengo, brazos en jarra y miro sin ver una pared naranja. De pronto, como una cascada comienzan a aparecer. Recuerdo un pañuelo blanco, arrugado, maltratado, las parras de mi antigua casa, sus hojas y Elena la amiga de mamá, una guitarra nueva estrellada contra una pileta, un sombrero de “ala ancha”, un vaso de vino sobre el mármol del viejo y bello mueble de madera, escondido tras la pata torneada que junto a otras sostenían el cristalero, con su frontispicio finamente tallado…
El perfume del jazmín del Paraguay y de los azahares del naranjo. El duraznero, el laurel y la retama que en primavera pintaba el jardín con un color amarillo intenso como su aroma.
La huerta, producto del trabajo diario y amoroso de mi abuelo. Mi abuelo, su guitarra, la sillita baja a la sombra del naranjo, una foto que permanecerá en mis retinas por siempre, una foto con sonido, con los acordes andaluces que él sacaba, casi todas las tardes de esas cuerdas y, que detrás del tapial de ingreso a la casa, en la vereda, solían escuchar mis vecinos.
Los dormitorios daban al patio, con sus puertas altas, con postigos y, para evitar el sol del verano, las largas cortinas de bambú. Las ventanas adornadas con cortinas tejidas al croché, sus postigos y unas bellas rejas de hierro forjado.
Trasponiendo el comedor que dividía la casa en dos, arribabas al “fondo”. Allí, otra historia: los gallineros, el horno de barro, la higuera, el galponcito, mi gata…
Cada una de las cosas que menciono al comienzo constituye parte de la historia familiar. ¡Hay para contar!
La del pañuelo blanco, arrugado y maltratado, esa solo esa la puedo contar desde el umbral de mi casa hacia afuera.

Las navidades

Cuando se piensa ahora en Navidad, se imagina un árbol lleno de relucientes bochas de color, una gran estrella en la punta, luces y al pie del árbol los paquetes preciosamente envueltos en papeles navideños con anchas cintas de vivos colores. Pero, qué diferente eran las navidades hace sesenta o setenta años atrás.
Recuerdo que en casa comenzaban a principios de diciembre. Elena, la amiga de mamá de Cruz Alta, todos los años mandaba dos pavos que había que alimentar para el 24 y para fin de año.
Un año, los pavos llegaron perfectamente con el comisionista, y a los pocos días empezaron con diarrea. Mamá consultó con un médico amigo y este le dijo que les diera pastillas de carbón, que mamá les mezclaba con la comida. Pero los pavos no eran tontos, ellos comían la mezcla de pan, leche y algunas nueces y dejaban las pastillas. Por lo tanto, mamá se sentaba en un banquito y yo le alcanzaba los pavos. Todo era muy cómico, ver a mamá sujetando al pavo entre las piernas, apretándole el cogote para que abriera el pico, y metiéndole la pastilla hasta que la tragara. Al fin, después de unos días, se repusieron y todo fue bastante normal. Digo bastante normal, porque algunos vecinos no sabían de dónde venían los graznidos, mi hermana y yo no decíamos nada, pero la vecina de al lado los vio y para que no alborotara al barrio, mi madre le dijo que le iba a dar uno. Realmente no recuerdo si se lo dio. Lo que sí recuerdo es que en casa comieron pavo por varios días.
El 8 de diciembre armábamos el árbol. Era pequeño. Aún conservo una bolita de vidrio azul pintada a mano. Las ramas de alambre estaban cubiertas con plumas verdes y al final de cada una se podía adosar una velita que se prendía en la noche del 24. Además, armábamos el pesebre en una esquina del comedor; con papel marrón de estraza, hacíamos las montañas levantando el papel y poniéndole debajo floreros o jarros para que se mantuvieran erguidas, poníamos ovejas, burros y bueyes, además de pastores con sus rebaños. Con pedacitos de ramas armábamos el establo y en el medio la cunita donde iba a estar el Niño Jesús.
 El 24 poníamos a la Virgen y a José y a la medianoche al Niñito. También nos llegábamos a la iglesia San José para la Misa de Gallo.
La cena de Navidad estaba presidida por el pavo, tomates y huevos rellenos. Yo me había encariñado con los pavos, así que no podía comerlo. Mis tíos y mis padres lo acompañaban con vino Nebiolo y nosotros con Trinaranjus o Granadina. Me gustaba más el Trinaranjus pero la Granadina me encantaba por el color rojo.
Después de la Misa, encendíamos algunas velitas del árbol y poníamos al Niño en la cuna.
Y, luego, cada cual se iba a dormir; pero antes lavábamos los platos con mi hermana; así, por un día mamá descansaba de esa tarea.
Recuerdo una Navidad en especial, hacía muchísimo calor y prendimos el ventilador, con tan mala suerte que algunas velitas se apagaron; pero otras prendieron fuego a las plumas del árbol y nos quedamos sin él. Lo apagamos enseguida, pero estaba todo quemado y de los adornos solo se salvó la bolita azul que aún conservo, pues se había caído. En esa época no se acostumbraba hacer regalos para Navidad, solo para los Reyes.
Con la inocencia de un niño, yo les escribía a los Reyes Magos y además llevaba la carta a una sucursal del correo, que había en calle Ituzaingo entre Maipú y San Martín. Nunca respondieron a mi pedido, yo quería una bicicleta; pero siempre me traían alguna muñeca, una Marilú con los brazos y piernas articuladas, muy linda con ojos azules y cabello oscuro, o rubia o pelirroja. Me encantaban, pues siempre me gustaba jugar con ellas. Una vez nos trajeron un par de patines para las dos. Se imaginan las peleas entre nosotras para usarlos, siempre ganaba mi hermana, porque era la mayor. Habíamos dispuesto horarios, pero ella no los cumplía y, entonces, allí ardía Troya. Eso se repetía todos los días y tanto la cansamos a mamá, que terminó confiscando los patines.
Cómo me gustaría volver a ese tiempo, aúnque fuera tan solo por unos minutos y sentir el calor de esas navidades.