martes, 18 de junio de 2019

Marcha forzada


Susana Olivera

Uno, dos, tres, cuatro. Uno dos tres cuatro. Marcha más rápida. Unodostrescuatro. Más rápido. Pablo, querido Pablo. Cuarenta minutos de marcha rápida. Me decís que no es necesario trote o carrera. Marcha rápida. ¡Cuarenta minutos!
Izquierdo, derecho, izquierdo. Izquierdo, izquierdo. Izquierdo, derecho izquierdo. ¿Cuánto hace que estoy marchando? Diez minutos. ¿Nada más? Y siento que el corazón se me sale por la boca… Izquierdo, izquierdo. Izquierdo, derecho izquierdo.
Así, trotábamos en el patio de la primaria, porque en nuestro patio, el de la secundaria, había árboles y era más chico… allí por 1958 o 59. No sé. Pero entonces no me costaba. ¡Y eran las ocho de la mañana con temperatura bajo cero! Estoy perdiendo ritmo, Pablo. Tengo que parar. Tengo que parar. ¿Qué es importante la continuidad? No parar. No parar. Bajar la velocidad. ¡Ya la bajé! ¿Qué te pensás Pablo? “La garra de los años…” Tendrías que conocerla como yo la conozco. La garra de los años. ¿Quién usó esa expresión? Algún escritor; y yo la estoy usando para que la conozcas, Pablo. Los años. La garra de los años. ¿Cuántos años? ¿A quién le importa cuántos? No a vos, Pablo.
Izquier…Izquier… y la profesora marcaba el ritmo con un tambor… ¡Trote! ¡Rápido, más rápido… el tam tam ensordecía! Más rápido, tam tam tam tam… La garra de los años… Ya sé. Tiene que ser así.
Usábamos rompeviento blanco, finito… no abrigaba nada porque no era de lana, bombachudo negro y pollera pantalón. Pero solo para calle. Cuando hacíamos gimnasia había que quedarse con el bombachudo solo. Y frío, hacía frío.
¿Serán ya veinte minutos? Porque a los veinte minutos pego la vuela. No. No. Solo pasaron quince minutos… No puede ser. Este reloj anda mal. Veinte minutos de ida y veinte de vuelta y allí están los cuarenta. Y me meto bajo una ducha calentita…
Sigue el tam tam. Izquier, izquier... Después de la carrera, hacíamos equilibrio en la barra. Era más liviano. Nada de carrera. Vamos, uno dos tres cuatro que no hay que parar…
Pablo, ¿no me podés recetar algún medicamento para ayudar a la capacidad pulmonar? Solo esta marcha. Decís que los medicamentos no sirven, que solo hay que mantenerse en estado. ¿A quién le importa mantenerse en estado? Uno… dos…tres…cuatro. Casi voy caminando. Allá veo un banco. Llego y me siento. Y Pablo, te quiero, pero esto es una tortura. Me siento en cuanto llegue al banco. No me importa si hay algún tipo sentado. Sí, hay un tipo sentado. Y no se mueve, ja, ja… Le pido permiso y me siento. ¿A quién le importa si no se hicieron los veinte minutos y quién dice que no puedo parar? Vos decís Pablo que no tengo que parar. El tipo está con las piernas cruzadas y no se mueve. ¿Le dirá su médico que tiene que marchar cuarenta minutos tres veces por semana? Y al pobre hombre se le acabó la marcha. Se sentó con las piernas cruzadas. Apoyó el brazo sobre el respaldo del banco. ¡Qué canchero! Como a mí que también se me acaba la marcha. No está la profe con su tam tam para marcar el ritmo. Una preguntita… Pablo, querido Pablo ¿vos marchás cuarenta minutos tres veces por semana? Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago. Pablo muy compuesto, muy pulcro con su delantal blanco y corbata… Médico neumonólogo. “Hay que mantenerse en estado”. ¿Estado de qué? De agotamiento. Llego al banco y me siento y no le pido permiso al tipo que está sentado con las piernas cruzadas. No es el dueño del banco. Tengo la solución, Pablo. Cambio de médico. ¿Qué hace más de diez años que sos mi médico? Y a mí qué. Médico, médico, médico…jaaa. Así voy más despacio.
Uno, dos, tres, cuatro. Izquierdo, izquierdo, derecho, izquierdo. Me caí de la barra en la escuela ese día que estaba bajo cero y eran las ocho de la mañana. Me hice un tajo gigantesco bajo la rodilla. Y no sangraba. Pero estaba la herida como una boca abierta. La Jefa de celadoras me llevó a la Dirección. No sangraba por el frío. En cuanto llegué allí, empezó a sangrar que parecía una catarata. Llamaron al médico. Ja ja… ¿Quién dice que la gimnasia es saludable? Cuando vaya a la próxima consulta te voy a contar esto, Pablo, lo del accidente… Me puedo accidentar con esta marcha que es tu receta sin recetario.
Ya se me salió el corazón por la boca y lo tengo en la mano. Tengo sed. Una sed… “Calatroni y Tacconi, el aperitivo del pueblo”. ¿Qué calle es está? ¿Wheelwright? ¿Rivadavia? No sé. Cambia de nombre según el tramo. Allí está el banco. Ya casi, casi, deben ser los veinte minutos. Me siento cinco, descanso y pego la vuelta. Y vos, querido Pablo, callate la boca.
Y el tipo sigue sin moverse. ¿No se acalambrará? Y ahí llego. Ahí llego. No hace veinte minutos que marcho, pero ¿a quién le importa? Me siento un momento y pego la vuelta.
¡Salute! No es un tipo el del banco: es una estatua. ¡Es la estatua de Olmedo! ¡De Olmedo! Sentado con las piernas cruzadas. No dice nada cuando me siento a su lado. ¿A quién le importa? ¿A quién le importa?



lunes, 17 de junio de 2019

Diexismo

Hugo Longhi

Quien comience leyendo por el título, no podrá reprimir un “¿qué?”. Confieso que la primera vez que escuché esa palabra me sonó a religión. Nada que ver. ¿O sí?
Voy a gastar una línea para hacer docencia. Diexismo viene de las siglas DX que, en inglés, suenan “di-ex”, donde D es distancia y X incógnita. De allí podríamos deducir que es sonido desconocido escuchado a la distancia. Ese es el principio básico. Solo el principio.
El diexismo es, en definitiva, un hobby, un pasatiempo, una actividad o una afición. No más que eso.
Y de todas las variantes del diexismo, la que más me atrapó fue la captación de las emisoras radiales internacionales, que transmiten desde lejanos puntos del planeta en diversos idiomas.
Para mí, todo se inició a mediados de julio de 1990. Yo había dejado de correr maratones y entonces me quedé con un espacio ocioso que no sabía cómo llenar. Fue casi de casualidad que una noche se me ocurrió correr una pequeña perilla que tenía el radiograbador, una que decía “SW”.
Para mi sorpresa empezaron a surgir voces. “Existen otras radios”, me dije. Al jugar con el dial y luego extender la antena, la emisión ganó en nitidez. No tardé mucho en corroborar que varias de esas voces eran en castellano. Sin dudas, estaba descubriendo algo nuevo. No sabía bien qué, pero despertó mi curiosidad como pocas veces había sucedido antes.
Luego, me di cuenta de que esas estaciones de radio anunciaban una dirección donde los oyentes podían escribirles, contarles desde dónde los escuchaban y en qué condiciones técnicas. Las voces provenían de países tan distantes como diferentes, por caso, Canadá, Corea, Rumanía, Cuba, Rusia, Vietnam y la lista sigue.
También leían mensajes de los radioescuchas. Al respecto, a las pocas semanas me encontré con el anuncio del nombre y el domicilio de una oyente de Rosario. No dudé en tomar nota y la contacté por carta, tal la usanza de entonces. Ella me respondió rápidamente invitándome a que fuera a conocerla personalmente.
Todo pintaba como una historia de amor, ¿verdad? Bueno, por ahora no. Una mañana, en el huequito horario que me quedaba en el trabajo para el almuerzo, me tomé el colectivo y fui a verla. La dirección era de un negocio y ella no estaba. Me recibió otra chica que después me enteraría que era su cuñada. También estaba un muchacho, obviamente el novio de quien yo buscaba. Ella arribó un poco más tarde.
Despojados ya del supuesto halo amoroso, diré que fue gracias a ellos, diexistas los tres, que aprendí detalles y pormenores de la actividad. A partir de allí mis avances fueron enormes e incontenibles. Una llama que a casi treinta años vista no se apagó; y, a través del intercambio, con las emisoras fui adquiriendo conocimiento sobre las costumbres, comidas, historia y música de sus países de origen. Era una ventana al mundo.
También iba recibiendo regalos, hermosos objetos típicos que fueron convirtiendo a mi casa en una mini Naciones Unidas. Eso se incrementaba en épocas en que organizaban concursos y lograba ganar premios interesantes. El mejor fue un viaje a China.
Pero lo más valioso, sin dudas, fue la parte humana. A través del diexismo me fue posible encontrar amigos que compartían mi misma locura. Hoy en día nos seguimos viendo y reuniendo periódicamente.
También el amor tuvo su capítulo. ¿Se acuerdan que eso había quedado inconcluso? Vino de otro lugar, pero gracias al DX. Conocí a la que sería mi esposa, que no vivía en la ciudad, a través de una radio de Gran Bretaña. Tan delirante como el hobby mismo. 
Finalizo aquí. No podría decir que el diexismo me cambió la vida, pero sí que le agregó matices. Y para los que hayan soportado todo este discurso, al menos incorporaron una nueva palabra a su diccionario personal.

sábado, 15 de junio de 2019

Mi abuela Rosa



Nora Rotger



El barrio era tranquilo, como todos los barrios en la época del año sesenta. A la tardecita, mi tía sacaba la mecedora a la vereda y justo debajo de un árbol se sentaba mi abuela Rosa.

No hacía calor ni frío. Era primavera, pero esas primaveras de antes, donde se olía en el ambiente el florecer de los árboles y se sentía el canto de los pájaros.

Pasaba, primero el churrero, con su corneta característica; luego, el heladero, en su moto con música, que llevaba solo tres o cuatro gustos, pero a nosotros nos alcanzaba para ser inmensamente dichosos.

Todos los vecinos se sentaban en la vereda hasta la hora de cenar, los adultos compartían mates y chismes del barrio. Los chicos andaban en bicicletas o triciclos, con la consigna de no llegar hasta la esquina o no ir cerca del cordón de la vereda; los adolescentes compartían charlas sentados en algún umbral alejado para que nadie escuchara sus aventuras secretas; y, entre todos, mi abuela.

La recuerdo siempre enferma, frágil, su cabello inmaculadamente blanco, sus anteojos redondos, su batón con bolsillos en los que siempre guardaba una golosina o una moneda para comprar el paquete de figuritas, que permitía ir completando el álbum del momento, sus pantuflas abrigadas. su quietud, su mansedumbre.

La abuela se quedaba horas en la vereda, mirando al vacío, recordando su vida dura, de haber quedado viuda con siete hijos chicos.

Vivió en la casa familiar con todos ellos, los que solo se iban cuando se casaban; y, así, de a uno, se fueron todos, todos menos la tía Elida. Ella tenía el mandato de cuidar a la abuela.

Era ella la que la atendía personalmente, hasta dormía con la abuela. Incluso, trabajaba de modista en la casa para no dejarla sola nunca. La tía Elida quedó soltera, solterona en esa época y, cuando la abuela murió, quedó sola.

El recuerdo de mi abuela no deja de conmoverme, porque cuando ella murió, tenía la misma edad que yo tengo ahora y en mi memoria guardo a una ancianita desvalida que no podía con sí misma, lo que me hace reflexionar que… no todo tiempo pasado fue mejor.

viernes, 14 de junio de 2019

Elena y las hojas de parra


Carmen Gastaldi

“Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero”
José Martí



En un relato anterior comenté que habían acudido a mí varios recuerdos, haciendo solo mención de ellos y mi reflexión fue que había mucho para contar de cada uno de los personajes que allí mencioné, dejando entrever que lo haría, pero más adelante.
 Entre esos recuerdos asoma la figura de Elena, amiga de mamá, que trabajaba en Picardo, una fábrica de cigarrillos, a una cuadra de casa. Su presencia entre nosotros era bastante asidua, por supuesto, para charlar con mi madre, pero también por un hermano de ella del cual estaba muy enamorada. Creo que él nunca “la vio”, a pesar de que Elena no pasaba desapercibida, pues era una bella muchacha, alta, de buen porte, de tez morena clara, ojos oscuros, muy bellos, pelo negro y una boca roja muy sensual y siempre sonriente. Pero para mi tío tenía un gran inconveniente: era judía.
En mi casa de Pichincha teníamos dos patios y tres parras. En el primero, dos de ellas y una tercera en el patio de atrás. Una era de uvas rojas y grandes, otra de uva chinche y una de moscatel. Cuando comenzaba la inflorescencia, las hojas se mostraban de un verde claro, suaves al tacto, tiernas, grandes y aromáticas.
Cuando sucedía eso, Elena, haciendo gala de su origen, se paraba debajo de las parras, observándolas, seleccionando las hojas más grandes y tiernas, las cortaba y se llevaba gran cantidad de ellas. Estas eran utilizadas para hacer “niños envueltos en hojas de parra”, comida judía muy tradicional, que ellos llamaban “Yaprake”. En oportunidades traía varias bandejitas para que comiéramos en casa. Mi tío jamás tomó uno ¿tendría miedo que le pusiera algún gualicho o solo lo hacía de odioso que era, nomás?
La casa de Elena estaba por la misma calle que la nuestra, a unas ocho cuadras aproximadamente. A veces íbamos con mamá y ella, seguía pasando siempre.
 Mi tío se casó y se fue de casa, pero Elena siguió viniendo y llevándose hojas de parra.
Un día sentí una conversación de mi madre con mi abuela. Ambas preocupadas por la salud de Elena. Dejó su trabajo en la tabacalera. Nosotros nos mudamos lejos, a una casa sin parras. Se espaciaron las visitas. La extrañábamos y siempre la recordábamos con sus anécdotas.
Elena siguió visitándonos. Se la veía desmejorada y bastante más delgada. Una tarde, como tantas otras la acompañamos hasta el ómnibus… no volví a verla.
Teníamos una foto encuadernada. A mí me encantaba verla, por lo bella que estaba, con un traje chaqueta color bordó, sentada en un alto taburete, una pierna estirada tocando el suelo, la otra recogida, la chaqueta abierta mostraba una delicada camisa blanca, su mano izquierda apoyada en la cintura y su cara desafiante y dulce a la vez.
En la contratapa de puño y letra una dedicatoria: “Julita, siempre seremos las mejores amigas… Elena”.
Al poco tiempo mamá, tal vez, ¡fue a encontrarse con ella!

Tío Alberto


Patricia Pérez
“Da todo lo que puede dar
 su casa está de par en par
 quién quiere entrar
tiene un plato en la mesa”
Joan Manuel Serrat

Dicen que los parientes no se eligen, pero en este caso, yo hubiera elegido una y mil veces al tío Alberto, mi padrino.
Era uno de los hermanos mayores de mi papá y fue elegido como la persona que se encargaría de mí, en caso de faltar mi padre. Eso no sucedió, porque él se fue primero.
Tengo tantos recuerdos que es como si estuviera presente.
Jefe de una compañía de bebidas sin alcohol en Buenos Aires, buscaba el momento para estar en Rosario para cuando yo lo necesitaba.
En los acontecimientos más importantes de mi vida fiestas religiosas, casamiento, nacimientos, siempre estuvo.
Es increíble que tenga tantos recuerdos de él, separados en dos etapas de mi vida: cuando fui niña y luego cuando fui madre.
Mis momentos con él fueron tan alegres, que es muy difícil olvidarlos.
Nos reuníamos los fines de año todos los Pérez en largas mesas, que llegaban a cincuenta personas. Eran muchos hermanos, además de esposas e hijos, y debíamos pasar las fiestas en una casa grande.
El tío Alberto tenía mezcla de adulto con niño. Le encantaba comprar chascos. Buscaba su negocio preferido, que visitaba antes de las reuniones, para elegir la broma indicada.
Nadie sabía con qué se iba a encontrar en esa mesa de fin de año.
Cortabas un pan y te explotaba o, de pronto, destapabas un frasco de algo y saltaba un muñeco con resorte.
Siempre había algo en la mesa para sorprenderte.
Como en las fiestas hace mucho calor por ser diciembre, los escotes de las mujeres sufrían el hielo, que corría por entre el busto o la espalda y que se deslizaba hacia la ropa interior.
Siempre era igual. Animaba la fiesta y bromeaba con todos.
Puedo decir también que fue la persona que hizo de padre en algunos momentos.
Nunca me faltó. Cuando me casé, fue él quien me esperó en Buenos Aires para trasladarme al aeropuerto, para iniciar mi luna de miel.
Pasaron pocos años hasta que mis hijos crecieron y comenzaron a disfrutar del tío Alberto.
Era una persona tan cariñosa, más alto que mi papá, más robusto, con poco pelo (característica familiar); pero con un corazón tan grande que hacía explotar la camisa.
Mis hijos mayores conocieron de su cariño: era el segundo abuelo que los visitaba de Buenos Aires.
Compartíamos momentos tan lindos que parecían eternos; pero llegó ese llamado de otro de mis tíos dándome la noticia. Fue el 30 de marzo de no quiero recordar el año.
El tío Alberto se fue. Partió para siempre, pero de la mejor manera: jugando a las cartas con su hermana, de vacaciones en Mar del Plata. No reaccioné enseguida, pero cuando tomé conciencia, mi tristeza fue muy grande.
Me costó mucho aceptarlo; y pensar que ya no disfrutaría de sus bromas ni de sus visitas.
Poco tiempo después me di cuenta que se fue sin sufrir y como él lo merecía.
Me hizo mucha falta, pero su recuerdo me acompaña siempre.
El tío Alberto fue de las personas que grabaron su nombre en mí.

Tío Alberto
“El vaso de mi juventud
 yo lo levanto a tu salud
 rey del país,
del sueño y la quimera” (Joan Manuel Serrat)


Vacaciones en Córdoba


Patricia Pérez

Los recuerdos de las vacaciones con mis padres son de los más lindos. Cierro los ojos y veo el sol a través de las montañas y el atardecer que cae en los bañados por la luna en las sierras de Córdoba.
Aquellas vacaciones tuvieron dos sucesos un poco tristes, pero aun así las recuerdo como de las mejores.
Parábamos en Cosquín en una casa que habíamos alquilado.
Un día, decidimos irnos de excursión a Alta Gracia. El camino de las sierras es sinuoso y peligroso. Pasamos un hermoso día en la orilla del arroyo y nos empachamos de una jugosa y fresca sandía.
Mi hermana del medio comió demasiado y, desobedeciendo órdenes se fue al sol, lo que trajo como resultado un terrible dolor de cabeza y vómitos.
Tuvimos que ir al dispensario y eso nos demoró de tal manera que se hizo la noche; y algo que mi papá no quería era volver en la oscuridad de las sierras. Pero había que hacerlo y emprendimos el regreso. Fueron curvas y contra curvas, la soledad de las montañas, el misterio atrás de los árboles y, luego, un ruido ensordecedor, que estremeció el Fiat 1100 que nos trasladaba.
Bajamos sin saber qué había pasado. Algo nos había golpeado, pero no alcanzábamos a ver.
“Un hombre en bicicleta”, dijo asustada mi mamá.
Con una linterna iluminamos a unos metros y había una vaca tirada en el camino, que por suerte se levantó enseguida. El que quedó maltrecho fue nuestro auto con toda la trompa abollada.
Tuvimos que hacer la denuncia policial en un destacamento en la montaña y mi llanto por lo ocurrido se transformó en risa, cuando en la comisaria apareció un señor hablando como Zoilo p’adentro y vestido de manera muy gauchesca, quien sacó agua del aljibe y me la dio. Era tan rara su forma de hablar que me hizo olvidar el episodio de la vaca.
Pasado este momento, seguimos nuestro camino.
Llegamos a Cosquín y allí nos quedamos hasta que arreglaron el auto.
Después de lo ocurrido, disfrutamos todos los días del balneario de la ciudad.
En esa época no había problemas de sequía y el río Cosquín te brindaba un espectáculo aparte con el agua de la cascada golpeando las piedras.
En esas vacaciones me habían comprado un hermoso salvavidas en forma de barco. Aún recuerdo su nombre: Kon Tiky. Para no tener que inflarlo todos los días, mi papá lo ataba al portaequipaje y yo, con apenas seis años, disfrutaba de mi crucero particular.
Un mediodía, con un sol que lastimaba nuestra piel, decidimos que no íbamos a pasar el día en el balneario y nos fuimos a un restaurante cerca de allí.
Aún tengo viva la imagen del comedor y el auto estacionado en la vereda. Esperando la comida levanté la vista y mi transatlántico no estaba.
¿No tenía alas, no podía volar! Sin embargo, no estaba, se había esfumado.
¡Qué impotencia, qué dolor!, reclamaban mis cortos años, mientras la voz de mi padre me tranquilizaba diciéndome que buscarían otro.
A pesar de estos dos episodios en las vacaciones, los momentos vividos en familia me llenaron de alegría. Fueron pocos los momentos compartidos entre los cinco integrantes, a través de la vida.
El paisaje de las montañas, el ruido de las piedras, el agua de la cascada… mis viejos, mis hermanas y yo.









miércoles, 5 de junio de 2019

Safari


Mirta Prince

¡Al fin! Cinco de mayo, valijas listas.
Suena el timbre, llega la combi de Manuel Tienda León. Partimos rumbo al aeropuerto de Ezeiza. Desde allí, a Johannesburgo, Sudáfrica, con escala en San Pablo, Brasil.
Varias horas de viaje. A las siete veinticinco arribamos al aeropuerto sudafricano. Nos recibió Sonia, guía de habla hispana, que nos acompañó los días que duró nuestra estadía.
Luego, fimos recorrer la ciudad, Pretoria y Soweto. Al día siguiente, comenzaría nuestro safari en el Parque Nacional Kruger.
Muy de madrugada, luego de desayunar, llego el micro del traslado. Empezamos a recorrer la provincia de Mpumalanga, contemplando las maravillas de la zona: impresionante belleza del Cañón de Rio Blyde y de la Ventana de Dios.
Al continuar, después de transitar muchos kilómetros, llegamos a la reserva privada Moditlo Lodge, donde nos alojaron y realizamos nuestros espectaculares safaris.
La bienvenida muy cordial. Compartimos un fogón donde pudimos degustar cordero, pollo y cerdo a la parrilla, con ensaladas propias del lugar y una polenta de maíz blanco ¡exquisita!, no recuerdo cómo se llamaba.
Al siguiente día, a las seis, comenzó nuestro safari en vehículos 4x4, descapotados conducidos por rangers de habla inglesa. Nos comentaron que íbamos en búsqueda de leones, elefantes, rinocerontes, búfalos, hipopótamos, chitas, leopardos, jirafas y antílopes, entre otros.
En grupos de nueve nos internamos en la sabana con mucha vegetación, plantas espinosas, arbustos, altos pastizales por senderos internos o entre los arboles según, si el huellero viera, alguna pisada reciente.
Hacía frío y fue por eso que Dimo, detuvo la marcha y nos alcanzó ponchos de manta polar impermeable.
No podíamos menos que imaginar las impensadas aventuras que nos esperaban en este verde paraíso.
Al oír aleteos, trinos, rugidos, chillidos y berridos nos llenamos de entusiasmo, y un poco de temor. No fue fácil encontrarlos. En algunos casos, en la laguna de hipopótamos, al ver gente los animales se metieron abajo.  
Ya habíamos andado parte de las veinte mil hectáreas y solo vimos gacelas, impalas, ñus y nuestros acompañantes decidieron preparar todo para un desayuno, donde el café y las cositas dulces resultaron exquisitas.
Proseguimos, con mucha emoción encontramos al individuo conocido como el “rey de la selva”, que caminaba con mucha tranquilidad al lado del móvil. Recibimos recomendaciones sobre los riesgos posibles.
Pasó el tiempo y debíamos volver al alojamiento. Por la tardecita, regresamos al safari, otra gran aventura, y así comenzar la búsqueda de los elefantes, que en diversos montículos de excremento anunciaban que por allí andaban.
Al fin, vimos una manada. Es increíble como arrancan o quiebran árboles para su alimentación.
Marcharon a la par del móvil sin inmutarse siquiera.
Al rato, alguien dice haber visto rinocerontes entre unos matorrales, nos metimos por allí y estuvimos a metros de ellos.
Ahí, hicimos un picnic con cervezas, gaseosas y una picada donde perdimos la noción del tiempo.
Es el atardecer, pronto cae la noche y debemos irnos a descansar.
Al despuntar el día, siguiente la ansiedad es inexplicable. Llegan los guías, se inicia otra gran aventura.
El huellero va atento a las recientes huellas, son de chitas. Algo que disfrutamos, porque después de andar toda la noche, se disponían a descansar. Recién ahí vimos cebras y tres leones que nos miraban desafiantes.
Andaba la Guardia Forestal, en búsqueda de cazadores furtivos. No permitieron por prevención tomarles fotos.
Dimo en su idioma mezclado indica la llegada del mediodía y la hora del almuerzo.
El resto del día transcurre sin novedades, admirando el paisaje. Un grupo de monos, posados en la cerca de la posada, mostraban sus habilidades.
Allí, cansados, pero felices, recordamos la aventura y nos lamentamos no haber encontrados leopardos.
Todo fue apasionante en ese mundo increíble y valió la pena realizar el paseo.