miércoles, 31 de mayo de 2023

Simplemente un teléfono

Oscar Daniel Martino



En la primera historia que quiero contar el protagonista principal será mi abuelo paterno Antonio, a quien a pesar de que falleció cuando yo tenía solo 12 años, lo recuerdo y hoy a mis casi 61 me enternece y emociona.

Por los años 1960 y pico vivíamos con mis padres en casa de mis abuelos paternos en el popular barrio Republica de la Sexta.

Vivir junto a los abuelos en esa época era bastante común y por varios motivos.

Uno era que las casas eran grandes, con patios, varias habitaciones; y, otro, que los matrimonios no estaban tan ungidos como ahora de vivir rápidamente solos.

Mi abuelo Antonio era jefe de Ferrocarriles Argentinos en la Estación Rosario Norte. Por tal motivo, y en una época donde los teléfonos domiciliarios escaseaban totalmente, en su casa habían colocado uno, ya que lo llamaban a distintas horas de la estación .

En esa cuadra recuerdo había tres casas con teléfono. Y el único que lo prestaba era el abuelo, un hombre muy solidario.

El abuelo había colocado un cartelito en la puerta que decía: “Vecino si necesita el teléfono para una urgencia, solo pídalo y sea breve”.

Al principio, todo iba bien. La gente respetaba el pedido, pero al cabo de unos meses la situación se había desbordado y solicitaban el teléfono hasta para hablar entre novios. Recuerdo nítidamente gente esperando en la puerta de la casa su turno para ingresar.

El “solicitado” aparatito telefónico estaba en el living comedor de la casa, pero hubo que trasladarlo al hall de ingreso debido a la intromisión de tanta gente.

En un momento las facturas de teléfono eran altísimas, mi abuelo y mi papa que compartían los gastos de la casa se asustaron del importe; ya que ambos tenían trabajo, pero eran asalariados.

Fue entonces cuando, aun con la resistencia del abuelo que quería seguir brindando el servicio sin retribución alguna, mi papá colocó al lado del teléfono una especie de cestita alcancía, para el que quisiera, no era obligatorio, colaborara luego del uso para el pago de las abultadas facturas.

Luego, con el correr del tiempo, se fueron colocando más teléfonos y la situación se fue descomprimiendo, al punto de que en algún momento al teléfono, por fin, solo lo usó la familia.

Anécdota de una época distinta de nuestra Argentina.

Vecinos extraños

 

María Cristina Piñol

 

Vivían en una casona de formas raras y con un gran parque de 800 metros cuadrados, que resaltaba y a la vez desentonaba con el perfil del barrio.

Allá por principios de los 50, la habitaba un matrimonio con dos hijos varones. Un halo oscuro, intrigante y tenebroso los envolvía. No hablaban casi español, eran alemanes.

A medida que sus hijos crecieron, el encierro, el silencio y el trato hosco se hicieron más notorios. Entraban y salían de su casa por la puerta trasera, rara vez se los veía en el frente.

Las leyendas urbanas comenzaron a tejerse…

Para algunos, “El alemán” formó parte del Tercer Reich; para otros, había sido miembro de la tripulación del Graff Spee; y los más arriesgados aseguraban que estuvo trabajando para el Fuhrer en el Hotel Edén de La Falda.

Todo era posible…

Lo único cierto y verificable es que cuando los pibes del barrio jugaban a la pelota en la calle; y, si esta caía dentro de su casa, no volvía. Eran verdaderos “comepelotas”.

El viejo, grandote, rubio y de cachetes colorados, falleció en los 70. El ostracismo empeoró, y la hosquedad e intolerancia rebasaron los límites.

A la madre no se la volvió a ver jamás hasta el noventa y pico, año en el que salió de la casa dentro de un ataúd por la puerta grande del frente.

Y allí quedaron los dos personajes, solos y encerrados en la casona. Jamás se casaron ni vimos mujer alguna; y tampoco tuvieron, siquiera, una mascota.

El hermano mayor era el único que andaba por la calle .Un hombre no muy alto, delgado, esmirriado, bien vestido, pero nunca a la moda. Pantalón clásico, camisa, corbata y saco, todo gris aunque a veces le metía un marrón. Siempre llevaba algo en la mano, una carpeta, un sobre, una bolsa, el diario, o un paraguas, lo que fuera, algo. Trabajaba en un banco alemán y también hacía los mandados; pero… se cuidaba muy bien de no comprar en negocios cercanos. Jamás un saludo, caminaba erguido y con la vista fija en cualquier punto esquivando la mirada de quienes se cruzase.

Mientras hubo chicos jugando en la calle siguió siendo para todos “el comepelotas”.

El menor era aún más personaje. Alto y gordote como el padre, aunque con melena rubia. Sí, era melena, largas chuzas desordenadas, sucias y enmarañadas como todo él. No fue, como pareciera, el rebelde de la familia, era en realidad el más desquiciado.

 Lo veíamos todos los días cerca del atardecer, con una gorra en su cabeza a la que por detrás ponía una tela al estilo de la “Legión Extranjera”, verano e invierno, con lluvia o con sol, arreglando las mismas baldosas de su terraza, un cuadrado de dos por dos, y lo hacía una y otra vez, a diario, durante años.

Cada tanto, mientras estaba entregado a esos menesteres, a viva voz, de pie, de frente al este, mirando a la “nada” y extendiendo el brazo derecho hacia adelante entonaba una marcha inentendible para todos. Creemos que cantaba en alemán.

Un mañana de invierno, fría y lluviosa, el regordete le toca timbre a un vecino “de atrás” con el cual tenía cierto trato, y le dice: “Mi hermano hace días que no se mueve, ¿estará muerto?

 Las pericias indicaron que llevaba setenta y dos horas de fallecido.

Y quedó solo, sucio y abandonado el último comepelotas, hasta que le llegó su hora.

Dicen, los que luego entraron al caserón, que en el inmenso jardín en medio de los yuyales y a los pies de un pino centenario, encontraron una enorme caja oxidada por el tiempo y en su interior decenas de pelotas destrozadas a cuchillazos.

¿Qué pasó con los lentos?

 María Cristina Piñol

 

Con el correr del tiempo, a veces no sabemos ni cómo ni por qué, hay cosas que desaparecen, se esfuman, se pierden y se olvidan. Unas de ellas han sido “los lentos”.

Así, llamábamos a aquellas melodías, suaves, acariciantes y románticas, que comenzaban a sonar en las últimas horas de los asaltos, de los bailes de los clubes, o de las confiterías.

Las luces bajaban su intensidad, el ruidoso ir y venir de los temas “movidos” se ponía en pausa y un ola de silencio cómplice invadía la pista.

La mirada de los chicos y las chicas recorrían el lugar e indefectiblemente se clavaban en los ojos del otro, de ese otro al que sin palabras estabas invitando a bailar. Si esa mirada se sostenía, ambos se tomaban de una mano y, con la otra, él rodeaba la cintura de la chica y ella apoyaba la suya sobre su cuello.

Todos los sentidos de modo mágico se volvían más perceptivos. Los perfumes de moda, “Old Spice” o “Polo”, ellos; “Siete Brujas” o “Fulton Flowers”, las chicas; esos aromas activaban el olfato. La cercanía con el rostro del otro nos llevaba a ver detalles, un lunar, el color de sus ojos, las pestañas, el “hoyito” al sonreír… y el tacto, quizás el más activo de los sentidos, el apriete de las manos, las mejillas que se rozaban o el tibio calorcito de los cuellos y, sí, hasta podíamos sentir el latir de ambos corazones.

Tampoco faltaban las palabras susurradas suavemente al oído, que se meneaban entre cosas banales, como la música que escuchaban o quien cantaba, hasta las más intimistas como un halago a su perfume, al color de sus ojos, lo bien que bailaba, qué música escuchabas, si te gustaba ir al cine, siempre entre paso y paso, si estaban de acuerdo, la cercanía habilitaba esa intimidad.

No me caben dudas de que había una comunicación especial entre aquellos que bailábamos los lentos y que esa historia mínima, que podía durar solo esa noche o solo ese instante también podía extenderse por fuera del club, del asalto o del boliche y, aún si no llegaba a nada más duradero, esa melodía especial nos acompañaría por siempre recordándonos aquel momento.

No olvido tampoco que los lentos coexistían juntos con el rock, el twist y más adelante el pop, el reggae; pero aún así, hasta mediados de los 90 todavía se bailaban lentos. Bob Marley, Pgrhil Collins, Luis Miguel, Guns N’Roses, U2, Sinead O’Connor, y La Trova Cubana fueron algunos de quienes insistieron y lograron imponer espectaculares boleros, bachatas y baladas en medio de tanto ruido.

A fines de los 90 irrumpió con aire renovador la música electrónica, aquella que creaban y ejecutaban los DJ desde sus consolas en una mezcla extraña de sonidos combinados que, aunque estaban realmente lejos de conformar una melodía, lograban despertar un frenético movimiento en masa que intentaba seguirla con todo su cuerpo, pero… cada uno por su lado. Ya lo decía el genial Charly García: “La música electrónica no es música, porque tiene que constar de melodía, armonía y ritmo. Y eso es ritmo nada más”.

 Y llegó el 2000. El nuevo milenio apareció cargadísimo de cambios, de nuevas propuestas y de nuevas visiones sobre las mismas cosas.

Otros ritmos invadieron los sentidos de los adolescentes y el reggaetón llegó para instalarse. Según dicen deriva del reggae, pero ya no está Bob para desmentirlo. Le siguen de cerca el pop, el rap y la electrónica.

Tras esta nueva forma de sentir y escuchar ritmos también fue cambiando la forma de bailar y de pensar. Ya no se bailaba “con otro”, se bailaba “solo, entre los otros”.

¿Se perdió entonces aquella seducción que proponían los lentos? ¿Se olvidó o cayó en desuso el romance? ¿Ya no revolotean más las mariposas en el estómago?

El romance hoy es una quimera y, en cuanto a las mariposas, ya casi no las vemos volar sobre las flores.

La seducción en cambio no se perdió solo mutaron las formas. La tecnología, las redes sociales y las imágenes nos lo muestran diariamente. Una foto de perfil, una carita en la historia de Instagram sacando la lengua y guiñando un ojo, un video bailando twerk, y tantas otras imágenes, que circulan a diario de chicos y chicas comunes, hacen de las redes un medio de seducción, y viven esperando y contabilizando las “reacciones” que levantan esas publicaciones. Pero solo hay un sentido alerta en esos intentos de seducción: la vista. No hay olfato, ni tacto y mucho menos palabras

Hoy todo debe ser instantáneo, todo es hoy rápido, parece que el mundo se termina mañana.

A los lentos se los llevó la prisa, la inmediatez, la falta de palabras, el temor al ridículo y el miedo al romance. 

Hubo alguien que nos enseñó con un hermoso poema devenido en canción que explicó de la manera más bella y a la vez certera la magia de los lentos, y fue Sergio Dalma con su tema “Bailar Pegados”, que termina diciendo: “Nuestra balada va a sonar, Vamos a probar, Probar el arte de volar. Bailar pegados es bailar. Es bailar”.

Los vecinos solidarios

 Raquel Arroyo

 

Tuve la suerte de que el vecino más solidario del barrio fuera, justamente, mi padre. Como ya he contado, mi padre fue ferroviario y, luego, visitador médico. Creo que durante los años en los que él tuvo ese trabajo mis vecinos no compraban remedios en la farmacia. Había muestras gratis para todos. Los vecinos venían con las recetas y se las entregaban al viejo. Después de algunos contactos con sus colegas, les llevaba el paquetito con el antibiótico para el pibe con anginas. O la pomadita cicatrizante para la nona de la cuadra que tenía la piel delicada. Los tratamientos prolongados casi corrían por su cuenta, ya sea los que podía cubrir con las muestras de su laboratorio, o de los colegas o de los médicos conocidos. Tenía tan buena relación con todos que siempre respondían favorablemente.

Cuando algún vecino estaba enfermo y no tenía posibilidad de ver un especialista, mi padre lo llevaba a alguno de sus tantos médicos amigos.

Tuvimos uno de los primeros teléfonos del barrio y, si alguien llamaba para comunicarse con un vecino una noche de invierno a las tres de la mañana, el viejo se ponía el sobretodo gris sobre el pijama rayado y salía en la oscuridad de la noche a tocar la puerta. Generalmente a esa hora era una mala noticia... Y el viejo se quedaba ahí, conteniendo, acompañando. Y hasta convidando con una tacita de café o una copita de grapa, según ameritara.

Otras veces no era el teléfono, sino el timbre el que sonaba, a la vez que gritos desesperados llamaban a Don Gerardo pidiéndole ayuda para asistir a la nena epiléptica que estaba en una crisis. Y mi papá no era médico, solo sabía cómo ayudar, con los primeros auxilios que había aprendido en sus años de colimba en el sector de enfermería en la Fuerza Aérea de Paraná. Pero sobre todo ayudaba con su serenidad y afecto. Hasta que todo estaba bien y terminaba contando un chiste y sonaban las carcajadas de los padres y de la nena.

Siempre dispuesto a llevar en el auto al chiquito, que tenía convulsiones por la fiebre o al que se quebró la muñeca por trepar al paraíso. O a la señora que se cortó el dedo mientras picaba la cebolla. Siempre dispuesto. El viejo era el servicio de emergencia de aquellos tiempos en que no existían ECCO ni Emerger. Enfilaba hacia el Hospital Alberdi o el Freire. Pero no solo trasladaba, sino que se quedaba acompañando hasta que el episodio estuviera solucionado, los medicamentos conseguidos y la sonrisa en la cara del vecino.

Cuando a la mañana se iba a trabajar, era casi un transporte escolar. Todos los que entraban en el auto subían. Y los iba dejando en el camino. En la puerta de la escuela o la oficina o el taller. Compraba el diario para toda la cuadra, el último que lo leía era él, cuando ya La Capital estaba ajada y hasta a veces, con el crucigrama hecho...

Don Gerardo hacía trámites bancarios para los vecinos, colaboraba con la escuela del barrio, iba a las reuniones de “madres”, nos llevaba a mis amigas y a mí a los bailes y después “devolvía” a cada chica a su casa. Pero también separaba hermanos que se peleaban cuando alguna señora desesperada venía a pedirle ayuda porque sus hijos se habían agarrado a las piñas. En una de esas luchas al mejor estilo de “Titanes en el ring” sufrió la fractura del dedo meñique cuando quiso esquivar, sin éxito, un sifón que voló entre los pugilistas. “Caín y Abel” terminaron pidiéndole perdón y el viejo con el dedo enyesado y la secuela de la última falange torcida, que le sirvió para inventar historias a sus nietos sobre la lucha colosal que había tenido con un cíclope.

Eso sí, mi padre no sabía clavar un clavo. Así que para eso nadie le pedía ayuda. Pero había otros vecinos solidarios. Estaba Don Hugo, ese señor que te resolvía cualquier problema de electricidad o plomería. Uno simplemente le tocaba timbre y él ya salía con su valija de herramientas sin siquiera preguntar cuál era el desperfecto. Sea cual fuere, él lo iba a intentar y seguro lo solucionaba.

Y estaba “la Tita”, la señora de la esquina, que siempre estaba dispuesta a ayudar cuando alguien necesitaba pagar una cuenta, o se le había terminado la garrafa y aún no había cobrado. “La Tita” sin necesidad de que le pidan metía la mano en su corpiño y sacaba un pequeño monedero de cuero, contaba unos cuantos billetes y los ponía en la mano de la vecina mientras llevaba un dedo a su boca, al mejor estilo de la enfermera que estaba en la foto de la entrada del Hospital Alberdi. Era un pacto, entre la vecina y ella. Esa generosidad incondicional de la Tita era totalmente incoherente con su carácter rudo y combativo.

Estaba también el almacenero que te fiaba, la madre de la amiga que te llevaba al cine, los vecinos para los que eras una nieta, las chicas solteronas que te iban a buscar a la escuela y tantos más...

Vivo en el mismo barrio, en la misma cuadra, con los mismos vecinos. Pero la solidaridad ya no es la misma. Nos ganó el individualismo, la desconfianza y el miedo.

jueves, 6 de octubre de 2022

Mi rincón de lectura

María Cristina Piñol


Alrededor de los doce años tuve por fin mi propio dormitorio. Un espacio único, donde, según mi mamá, reinaba el caos. La cama, una mesa de luz, un placar empotrado en la pared, la cómoda de la abuela con un gran espejo de tres cuerpos, el escritorio-biblioteca que me hizo papá y una silla.

Las paredes blancas en poco tiempo se vistieron de posters coloridos, los Stones, Sandro, un mapa de Argentina y Alain Delón, pegado en la puerta haciéndome un guiño con sus ojazos azules entre las volutas del humo de su cigarrillo.

El Winco, los discos, la radio National Panasonic de “bolsillo” y los libros completaban mis tesoros.

Allí, estudiaba, escuchaba música, acumulaba ropa sobre la silla, a esas alturas ya convertida en armario extramuros, me reunía con amigos, y también leía.

Siempre me gustó tener una relación estrecha con los libros, en soledad, recostada en la cama, sin ruidos, sin música, en silencio, solos ellos y yo.

He frecuentado bibliotecas donde el silencio invita a la lectura, también he intentado leer en algún colectivo o en la mesa de un bar, o bien mientras alguna suave melodía me acompañase de fondo; pero, no, no logro concentrarme.

Llegué a conclusión de que, para mí, la lectura es un acto íntimo.

Hubo tiempos en mi vida en los que ni remotamente podía aspirar a esa intimidad, cuando en la habitación no estaba solo yo, ya éramos mínimo dos, cuando no tres o cuatro o más.

Comencé a leer menos, el tiempo que podía dedicarle era ínfimo, el disfrute era intermitente y hasta hubo noches que me encontraron las dos de la mañana leyendo en el baño para terminar una novela.

Pero todo pasa y hay cosas cotidianas que se recuperan, entre ellas el tiempo libre y la intimidad. 

Y pude volver a disfrutar de ellos en soledad, como a mí me gusta, recostada en la cama o en el sofá de una pieza donde solo estamos los dos, mi libro y yo. 

Volviendo a la escuela (*)

 Hugo Longhi

 

Mediado de los sesenta, época de pantalones cortos, barrio pobre, calles de tierra, a veces barro, escuela nueva. Los mismos amiguitos, los de los juegos a toda hora, pero ahora encerrados en un aula con alguien desconocido que nos dice cosas distintas.

En mi caso ese alguien es Norma, alma de madre, vocación de maestra. Con ella las sumas y restas dejan de ser un misterio. También un rezongo se escapa de su boca, si lo merezco.

Una puerta grande es lo primero que veo al llegar, luego un patio cubierto sede de actos en invierno. ¿Qué más recuerdo? ¿La Dirección queda a la derecha o la izquierda de la entrada? No hay caso, las preocupaciones de hombre adulto me borran las imágenes o las distorsionan, al menos.

Pasillos largos dibujan el perímetro agujereado por las puertas de los salones. El timbre, que señala el bendito recreo, a la sazón toda una novedad archivando la legendaria campana, es una deliciosa música que suena cada cuarenta y cinco minutos.

En el centro, el patio. En el centro del centro, el mástil. Amplio, majestuoso. El ritual de cada mañana o tardecita de girar nuestros cuellos al cielo para ver a la celeste y blanca manipulada por el buen alumno de turno. ¿Por qué nunca yo?

El patio. No me quiero ir todavía del mejor lugar de la escuela. Testigo de empujones, corridas, tropezones, guardapolvos impecables los lunes; descosidos y sucios los viernes, sonrisas… y futbol.

Ah, si aquellas perfectas persianas de aluminio pudieran quejarse de los pelotazos... No quedó una sana. Fuimos magníficos arquitectos, pero para la destrucción. Las huellas de nuestra inicial pasión deportiva se estamparon allí.

En tercer o cuarto grado, porque yo soy del tiempo del primero inicial y primero superior, me cambiaron de maestra, de aula y de compañeros. Una vida nueva. La responsabilidad de educar mis días pasó a manos de la señorita Nilda. Como también era la farmacéutica del barrio se encargaba de la Cruz Roja interna, nombrando siempre a algún alumno suyo para que portara en su brazo izquierdo el brazalete con el símbolo internacional. Si ocurría algún accidente menor, interveníamos.

¿Me apuro al decir que la señorita Nilda fue una visionaria? Antes de ella las excursiones eran al Parque Independencia o al Monumento. Gracias a ella conocí Santa Fe con un túnel subfluvial a medio hacer y Buenos Aires con toda su grandeza.

La recuerdo recta, severa, gritona. Nos hacía ir de corbata. A las nenas con el pelo atado o con vincha. Y guay del que se olvidaba el guardapolvo. Para nuestras pueriles mentes era como una sargento. Para mi mente de hombre adulto, una adelantada a su tiempo.

Nos convirtió en precoces periodistas al obligarnos a editar un boletín llamado “La voz del aula”. Por allí, se nos veía con imaginarios micrófonos haciendo entrevistas a los vecinos, dibujando y pintando con esfuerzo para darle vida a la parte gráfica, desarrollando el intelecto al máximo para plasmarlo en las páginas en forma literaria o ennegreciéndonos los dedos hasta lo increíble con el maldito mimeógrafo.

Yo era el jefe de Redacción. Tal vez, si hubiese sabido el valor del cargo que ocupaba me habrían temblado las piernas. Pero la señorita Nilda tenía la virtud de hacer parecer todo como un juego. Y jugando aprendíamos.

Los últimos años de la primaria fueron para dar mis iniciales pasos con el idioma inglés. This is a book. ¿Qué eran esas palabras raras? ¿Para que servirían? ¿Y Educación Cívica? ¿Y el sujeto y predicado? ¿Y los deberes en vacaciones? ¡Ufa!

Hoy, soy un hombre medianamente culto, actualmente sigo estudiando y aprendiendo de todo y de todos, pero mi base cultural se edificó en esa escuela entonces nueva en el barrio pobre, la del cartel sobre calle República que decía con claridad y orgullo: Número 456, Carlos Pellegrini.

Me fui un día para no volver en uno de los tantos errores que cometemos los humanos, pero ella sigue allí. Me dicen que cumple años y yo estoy feliz de pertenecer, aún muy mínimamente, a su historia.

Mi mente de hombre adulto me pide ahora que le diga gracias.

 

(*) Este texto no fue escrito para el curso Contame una historia” sino que tiene más de veinte años. Lo hice a pedido de la escuela primaria a la que concurrí que, en ese momento, estaba cumpliendo su cincuentenario de existencia. Revolviendo papeles lo encontré y aquí está.

miércoles, 5 de octubre de 2022

El naranjo y sus vecinos

 Daniel Jobbel

 

Cada mes del mismo nombre, como esa vieja canción de Neil Diamond, “Mañana de septiembre”, me asaltaba una idéntica inquietud: que la primavera no hubiera llegado.

El paisaje se ve desolado, los árboles con sus ramas como esqueletos raídos, sin hojas, sin flores por una ciudad desierta con ráfagas ventosas y espasmos de garúa en un rabo de nube, y humedad ante un invierno no tan placentero. Imagino también los yuyales embriagados de rocío, algún cedrón, el espinillo, sobre los cuales crecen los claveles del aire y las barbas de viejo en los antiguos zanjones allá a lo lejos del arrabal rosarino; formarían todo aquello una masa gris, como apresto que un pintor aplica a un lienzo antes de crear su obra maestra. 

“Es cosa de esperar”, me alentó un vecino- Una mañana abrirá los ojos, y la primavera ya habrá llegado.

Y así fue. Un día a fines de septiembre desperté y vi un verde extraordinario, casi luminoso, como si la primavera fuera un truco de magia o como si alguien hubiera encendido la luz a la imaginación. Y aquellos árboles renacieron en los montes cerca del Rosario. En algún barrio, las malvas, revelaron sus azules y sus verdes jardines de las casas. Los jacarandás y palos borrachos florecieron con sus colores lilas, blancos y amarillos; los jilgueros y otros pájaros intuyeron la vuelta y posaron en sus árboles buscando alimento, los narcisos y malvones de algunos balcones iniciaron su danza al cielo.

Allí estaba el naranjo salvaje en flor, en un terreno baldío separado solo por un simple paredón y endeble puerta de hierro maltrecha y herrumbrada. No pertenecía a nadie y, por lo tanto, era de todos. Un espacio abandonado, a veces intrusado, incluso por mí. A su alrededor se veían arriba, ventanas de distinto tamaño, algunas desnudas de vidrios y tapiales de ladrillos con viejos patios por detrás y de fondo unos grandes galpones de chapa oxidada con sus recovecos.

Sus ramas oscuras se extendían retorcidas porque estaba como desquiciado y nadie lo poda. Una naranja cayó no muy lejos del árbol dentro de mi departamento de pasillo. La recogí. Estaba demasiado madura, con musgo en su cáscara, machucada casi desecha. Cada primavera florecía tan profusamente, que el aire se impregnaba de olor a naranja y entraba a mi dormitorio que daba al patio. Cuando pasaba por allí caminando, me invadía la sensación de estar moviéndose en otra atmósfera, quizás dejándome un mensaje; sensación que como un niño suele tirarse de un tobogán al agua con chapuzón incluido en una pileta.

Hasta algunos años, pensé que era el único que había reparado en el árbol, pero había otros que no recuerdo. Mi enjundia era con ese, que esparcía hojas y naranjas salvajes dentro de mi pasillo y la vereda. Un día, en un arrebato de locura, tomé prestadas unas tijeras de podar y quitar las ramas errantes. No sé si era el mejor tiempo, pero decidí hacerlo. Apenas había comenzado, cuando los vecinos abrieron sus ventanas; y algunos salieron de sus casas; casi no los conocía y rara vez les hablaba, pero fue como si hubiera entrado a sus jardines sin ser invitado siquiera.

Una desconocida vecina, Marga, de la casa de al lado fue la primera en hablar. Metida como “chusma” de conventillo, en ese barrio que hacía poco me había mudado. Rosario era otro en los setenta y nueve, al igual que el país con aquel conflicto con el Beagle... 

“No va a cortarlo, ¿verdad?”, me preguntó Marga con una ansiedad como si picara una avispa.

Otro individuo, 'El rulo', dio un sobresalto cuando corté una rama. “Ojalá no se seque”, dijo con ironía salvaje, pero con advertencia nata.

  Al poco rato había muchos mirando y pocos haciendo; ya que las ramas caían y sus hojas ensuciaban la vereda. Estaban congregados como ignotos para trabajo de turno. Es que la gente que vive en departamentos de pasillo en una ciudad poco sabe del otro. De pronto me percaté de que llevaba unos cuantos meses viviendo allí en el barrio del Abasto en calle Mitre y Riobamba, mi primer inquilinato de soltero, a pocas cuadras de lo que sería luego la plaza Libertad; donde estuvieron alguna vez los galpones del Mercado de Frutas y Hortalizas Abasto. Limitaba con las calles Mitre, Sarmiento, Pasco, Ituzaingó y en su alrededor muchos comercios satélites: el frigorífico Rosario, negocios y almacenes de todo tipo. Un nicho con algunos pocos recientes edificios, además de esa seguidilla de casas chorizo con su puerta alta de latón; su patio delante de su galería con chapa de cinc y columnas de hierro. Ya no se encontraban tampoco el bar “El Saigo”, ni el cine “Sol de mayo”, joyas de esparcimiento del antiguo barrio.

Allí, me di cuentas de que recién me estaba enterando de sus nombres. Me enteré de sus nombres, apodos, direcciones, números telefónicos, de amores no correspondido y otras cuitas, pocas puertas abiertas y otras no tanto, como espías de entrecasa; de cómo se ganaban la vida algunos, de otras cositas y cómo pasaban el invierno ciudadano. Así, conocí al “rulo”, Marga, la “Cuqui”, el diariero Jorge y otros que hoy ya no recuerdo.

Parecía que el árbol nos había reunido bajo sus ramas para ayudar a conocernos y a compartir la capacidad de asombro. ¿Ese es el mensaje que querrían darme? El deshielo entre palabras y gestos se produjo. Días después me encontré con Gabriel, un vecino dueño de una granja, casi a mitad de cuadra. Comentó que el invierno se le había hecho eterno; y que lamentaba no haber visto ni conversado con nadie del barrio en ese tiempo, esperando pegado a su mostrador con su pava, mate y bombilla. Mirando el ventanal como huyendo de la realidad, me miró y me dijo:

Tenemos que podar ese árbol otra vez.

Creería que sí- argumenté.

Me agradan la gente emprendedora, especialmente aquellos que se entregan en cuerpo y alma a la tarea- dijo, le dio un sorbo al mate y fue a calentar la pava.

 El aludido naranjo siguió dando frutos hasta que un día sucumbió. En el barrio nadie se alteró. ¿Tendría razón aquel vecino que me increpó? Quizás me sentí el culpable de haberlo podado y reviví mariposas de angustias en mi estómago. 

Sin embargo, a veces la razón de mi equilibrio sobre ese hecho me sirvió para disecar con calma y analizar futuras tormentas, nunca resolver apresurado alguna crisis momentánea.