miércoles, 31 de mayo de 2023

Los vecinos solidarios

 Raquel Arroyo

 

Tuve la suerte de que el vecino más solidario del barrio fuera, justamente, mi padre. Como ya he contado, mi padre fue ferroviario y, luego, visitador médico. Creo que durante los años en los que él tuvo ese trabajo mis vecinos no compraban remedios en la farmacia. Había muestras gratis para todos. Los vecinos venían con las recetas y se las entregaban al viejo. Después de algunos contactos con sus colegas, les llevaba el paquetito con el antibiótico para el pibe con anginas. O la pomadita cicatrizante para la nona de la cuadra que tenía la piel delicada. Los tratamientos prolongados casi corrían por su cuenta, ya sea los que podía cubrir con las muestras de su laboratorio, o de los colegas o de los médicos conocidos. Tenía tan buena relación con todos que siempre respondían favorablemente.

Cuando algún vecino estaba enfermo y no tenía posibilidad de ver un especialista, mi padre lo llevaba a alguno de sus tantos médicos amigos.

Tuvimos uno de los primeros teléfonos del barrio y, si alguien llamaba para comunicarse con un vecino una noche de invierno a las tres de la mañana, el viejo se ponía el sobretodo gris sobre el pijama rayado y salía en la oscuridad de la noche a tocar la puerta. Generalmente a esa hora era una mala noticia... Y el viejo se quedaba ahí, conteniendo, acompañando. Y hasta convidando con una tacita de café o una copita de grapa, según ameritara.

Otras veces no era el teléfono, sino el timbre el que sonaba, a la vez que gritos desesperados llamaban a Don Gerardo pidiéndole ayuda para asistir a la nena epiléptica que estaba en una crisis. Y mi papá no era médico, solo sabía cómo ayudar, con los primeros auxilios que había aprendido en sus años de colimba en el sector de enfermería en la Fuerza Aérea de Paraná. Pero sobre todo ayudaba con su serenidad y afecto. Hasta que todo estaba bien y terminaba contando un chiste y sonaban las carcajadas de los padres y de la nena.

Siempre dispuesto a llevar en el auto al chiquito, que tenía convulsiones por la fiebre o al que se quebró la muñeca por trepar al paraíso. O a la señora que se cortó el dedo mientras picaba la cebolla. Siempre dispuesto. El viejo era el servicio de emergencia de aquellos tiempos en que no existían ECCO ni Emerger. Enfilaba hacia el Hospital Alberdi o el Freire. Pero no solo trasladaba, sino que se quedaba acompañando hasta que el episodio estuviera solucionado, los medicamentos conseguidos y la sonrisa en la cara del vecino.

Cuando a la mañana se iba a trabajar, era casi un transporte escolar. Todos los que entraban en el auto subían. Y los iba dejando en el camino. En la puerta de la escuela o la oficina o el taller. Compraba el diario para toda la cuadra, el último que lo leía era él, cuando ya La Capital estaba ajada y hasta a veces, con el crucigrama hecho...

Don Gerardo hacía trámites bancarios para los vecinos, colaboraba con la escuela del barrio, iba a las reuniones de “madres”, nos llevaba a mis amigas y a mí a los bailes y después “devolvía” a cada chica a su casa. Pero también separaba hermanos que se peleaban cuando alguna señora desesperada venía a pedirle ayuda porque sus hijos se habían agarrado a las piñas. En una de esas luchas al mejor estilo de “Titanes en el ring” sufrió la fractura del dedo meñique cuando quiso esquivar, sin éxito, un sifón que voló entre los pugilistas. “Caín y Abel” terminaron pidiéndole perdón y el viejo con el dedo enyesado y la secuela de la última falange torcida, que le sirvió para inventar historias a sus nietos sobre la lucha colosal que había tenido con un cíclope.

Eso sí, mi padre no sabía clavar un clavo. Así que para eso nadie le pedía ayuda. Pero había otros vecinos solidarios. Estaba Don Hugo, ese señor que te resolvía cualquier problema de electricidad o plomería. Uno simplemente le tocaba timbre y él ya salía con su valija de herramientas sin siquiera preguntar cuál era el desperfecto. Sea cual fuere, él lo iba a intentar y seguro lo solucionaba.

Y estaba “la Tita”, la señora de la esquina, que siempre estaba dispuesta a ayudar cuando alguien necesitaba pagar una cuenta, o se le había terminado la garrafa y aún no había cobrado. “La Tita” sin necesidad de que le pidan metía la mano en su corpiño y sacaba un pequeño monedero de cuero, contaba unos cuantos billetes y los ponía en la mano de la vecina mientras llevaba un dedo a su boca, al mejor estilo de la enfermera que estaba en la foto de la entrada del Hospital Alberdi. Era un pacto, entre la vecina y ella. Esa generosidad incondicional de la Tita era totalmente incoherente con su carácter rudo y combativo.

Estaba también el almacenero que te fiaba, la madre de la amiga que te llevaba al cine, los vecinos para los que eras una nieta, las chicas solteronas que te iban a buscar a la escuela y tantos más...

Vivo en el mismo barrio, en la misma cuadra, con los mismos vecinos. Pero la solidaridad ya no es la misma. Nos ganó el individualismo, la desconfianza y el miedo.

jueves, 6 de octubre de 2022

Mi rincón de lectura

María Cristina Piñol


Alrededor de los doce años tuve por fin mi propio dormitorio. Un espacio único, donde, según mi mamá, reinaba el caos. La cama, una mesa de luz, un placar empotrado en la pared, la cómoda de la abuela con un gran espejo de tres cuerpos, el escritorio-biblioteca que me hizo papá y una silla.

Las paredes blancas en poco tiempo se vistieron de posters coloridos, los Stones, Sandro, un mapa de Argentina y Alain Delón, pegado en la puerta haciéndome un guiño con sus ojazos azules entre las volutas del humo de su cigarrillo.

El Winco, los discos, la radio National Panasonic de “bolsillo” y los libros completaban mis tesoros.

Allí, estudiaba, escuchaba música, acumulaba ropa sobre la silla, a esas alturas ya convertida en armario extramuros, me reunía con amigos, y también leía.

Siempre me gustó tener una relación estrecha con los libros, en soledad, recostada en la cama, sin ruidos, sin música, en silencio, solos ellos y yo.

He frecuentado bibliotecas donde el silencio invita a la lectura, también he intentado leer en algún colectivo o en la mesa de un bar, o bien mientras alguna suave melodía me acompañase de fondo; pero, no, no logro concentrarme.

Llegué a conclusión de que, para mí, la lectura es un acto íntimo.

Hubo tiempos en mi vida en los que ni remotamente podía aspirar a esa intimidad, cuando en la habitación no estaba solo yo, ya éramos mínimo dos, cuando no tres o cuatro o más.

Comencé a leer menos, el tiempo que podía dedicarle era ínfimo, el disfrute era intermitente y hasta hubo noches que me encontraron las dos de la mañana leyendo en el baño para terminar una novela.

Pero todo pasa y hay cosas cotidianas que se recuperan, entre ellas el tiempo libre y la intimidad. 

Y pude volver a disfrutar de ellos en soledad, como a mí me gusta, recostada en la cama o en el sofá de una pieza donde solo estamos los dos, mi libro y yo. 

Volviendo a la escuela (*)

 Hugo Longhi

 

Mediado de los sesenta, época de pantalones cortos, barrio pobre, calles de tierra, a veces barro, escuela nueva. Los mismos amiguitos, los de los juegos a toda hora, pero ahora encerrados en un aula con alguien desconocido que nos dice cosas distintas.

En mi caso ese alguien es Norma, alma de madre, vocación de maestra. Con ella las sumas y restas dejan de ser un misterio. También un rezongo se escapa de su boca, si lo merezco.

Una puerta grande es lo primero que veo al llegar, luego un patio cubierto sede de actos en invierno. ¿Qué más recuerdo? ¿La Dirección queda a la derecha o la izquierda de la entrada? No hay caso, las preocupaciones de hombre adulto me borran las imágenes o las distorsionan, al menos.

Pasillos largos dibujan el perímetro agujereado por las puertas de los salones. El timbre, que señala el bendito recreo, a la sazón toda una novedad archivando la legendaria campana, es una deliciosa música que suena cada cuarenta y cinco minutos.

En el centro, el patio. En el centro del centro, el mástil. Amplio, majestuoso. El ritual de cada mañana o tardecita de girar nuestros cuellos al cielo para ver a la celeste y blanca manipulada por el buen alumno de turno. ¿Por qué nunca yo?

El patio. No me quiero ir todavía del mejor lugar de la escuela. Testigo de empujones, corridas, tropezones, guardapolvos impecables los lunes; descosidos y sucios los viernes, sonrisas… y futbol.

Ah, si aquellas perfectas persianas de aluminio pudieran quejarse de los pelotazos... No quedó una sana. Fuimos magníficos arquitectos, pero para la destrucción. Las huellas de nuestra inicial pasión deportiva se estamparon allí.

En tercer o cuarto grado, porque yo soy del tiempo del primero inicial y primero superior, me cambiaron de maestra, de aula y de compañeros. Una vida nueva. La responsabilidad de educar mis días pasó a manos de la señorita Nilda. Como también era la farmacéutica del barrio se encargaba de la Cruz Roja interna, nombrando siempre a algún alumno suyo para que portara en su brazo izquierdo el brazalete con el símbolo internacional. Si ocurría algún accidente menor, interveníamos.

¿Me apuro al decir que la señorita Nilda fue una visionaria? Antes de ella las excursiones eran al Parque Independencia o al Monumento. Gracias a ella conocí Santa Fe con un túnel subfluvial a medio hacer y Buenos Aires con toda su grandeza.

La recuerdo recta, severa, gritona. Nos hacía ir de corbata. A las nenas con el pelo atado o con vincha. Y guay del que se olvidaba el guardapolvo. Para nuestras pueriles mentes era como una sargento. Para mi mente de hombre adulto, una adelantada a su tiempo.

Nos convirtió en precoces periodistas al obligarnos a editar un boletín llamado “La voz del aula”. Por allí, se nos veía con imaginarios micrófonos haciendo entrevistas a los vecinos, dibujando y pintando con esfuerzo para darle vida a la parte gráfica, desarrollando el intelecto al máximo para plasmarlo en las páginas en forma literaria o ennegreciéndonos los dedos hasta lo increíble con el maldito mimeógrafo.

Yo era el jefe de Redacción. Tal vez, si hubiese sabido el valor del cargo que ocupaba me habrían temblado las piernas. Pero la señorita Nilda tenía la virtud de hacer parecer todo como un juego. Y jugando aprendíamos.

Los últimos años de la primaria fueron para dar mis iniciales pasos con el idioma inglés. This is a book. ¿Qué eran esas palabras raras? ¿Para que servirían? ¿Y Educación Cívica? ¿Y el sujeto y predicado? ¿Y los deberes en vacaciones? ¡Ufa!

Hoy, soy un hombre medianamente culto, actualmente sigo estudiando y aprendiendo de todo y de todos, pero mi base cultural se edificó en esa escuela entonces nueva en el barrio pobre, la del cartel sobre calle República que decía con claridad y orgullo: Número 456, Carlos Pellegrini.

Me fui un día para no volver en uno de los tantos errores que cometemos los humanos, pero ella sigue allí. Me dicen que cumple años y yo estoy feliz de pertenecer, aún muy mínimamente, a su historia.

Mi mente de hombre adulto me pide ahora que le diga gracias.

 

(*) Este texto no fue escrito para el curso Contame una historia” sino que tiene más de veinte años. Lo hice a pedido de la escuela primaria a la que concurrí que, en ese momento, estaba cumpliendo su cincuentenario de existencia. Revolviendo papeles lo encontré y aquí está.

miércoles, 5 de octubre de 2022

El naranjo y sus vecinos

 Daniel Jobbel

 

Cada mes del mismo nombre, como esa vieja canción de Neil Diamond, “Mañana de septiembre”, me asaltaba una idéntica inquietud: que la primavera no hubiera llegado.

El paisaje se ve desolado, los árboles con sus ramas como esqueletos raídos, sin hojas, sin flores por una ciudad desierta con ráfagas ventosas y espasmos de garúa en un rabo de nube, y humedad ante un invierno no tan placentero. Imagino también los yuyales embriagados de rocío, algún cedrón, el espinillo, sobre los cuales crecen los claveles del aire y las barbas de viejo en los antiguos zanjones allá a lo lejos del arrabal rosarino; formarían todo aquello una masa gris, como apresto que un pintor aplica a un lienzo antes de crear su obra maestra. 

“Es cosa de esperar”, me alentó un vecino- Una mañana abrirá los ojos, y la primavera ya habrá llegado.

Y así fue. Un día a fines de septiembre desperté y vi un verde extraordinario, casi luminoso, como si la primavera fuera un truco de magia o como si alguien hubiera encendido la luz a la imaginación. Y aquellos árboles renacieron en los montes cerca del Rosario. En algún barrio, las malvas, revelaron sus azules y sus verdes jardines de las casas. Los jacarandás y palos borrachos florecieron con sus colores lilas, blancos y amarillos; los jilgueros y otros pájaros intuyeron la vuelta y posaron en sus árboles buscando alimento, los narcisos y malvones de algunos balcones iniciaron su danza al cielo.

Allí estaba el naranjo salvaje en flor, en un terreno baldío separado solo por un simple paredón y endeble puerta de hierro maltrecha y herrumbrada. No pertenecía a nadie y, por lo tanto, era de todos. Un espacio abandonado, a veces intrusado, incluso por mí. A su alrededor se veían arriba, ventanas de distinto tamaño, algunas desnudas de vidrios y tapiales de ladrillos con viejos patios por detrás y de fondo unos grandes galpones de chapa oxidada con sus recovecos.

Sus ramas oscuras se extendían retorcidas porque estaba como desquiciado y nadie lo poda. Una naranja cayó no muy lejos del árbol dentro de mi departamento de pasillo. La recogí. Estaba demasiado madura, con musgo en su cáscara, machucada casi desecha. Cada primavera florecía tan profusamente, que el aire se impregnaba de olor a naranja y entraba a mi dormitorio que daba al patio. Cuando pasaba por allí caminando, me invadía la sensación de estar moviéndose en otra atmósfera, quizás dejándome un mensaje; sensación que como un niño suele tirarse de un tobogán al agua con chapuzón incluido en una pileta.

Hasta algunos años, pensé que era el único que había reparado en el árbol, pero había otros que no recuerdo. Mi enjundia era con ese, que esparcía hojas y naranjas salvajes dentro de mi pasillo y la vereda. Un día, en un arrebato de locura, tomé prestadas unas tijeras de podar y quitar las ramas errantes. No sé si era el mejor tiempo, pero decidí hacerlo. Apenas había comenzado, cuando los vecinos abrieron sus ventanas; y algunos salieron de sus casas; casi no los conocía y rara vez les hablaba, pero fue como si hubiera entrado a sus jardines sin ser invitado siquiera.

Una desconocida vecina, Marga, de la casa de al lado fue la primera en hablar. Metida como “chusma” de conventillo, en ese barrio que hacía poco me había mudado. Rosario era otro en los setenta y nueve, al igual que el país con aquel conflicto con el Beagle... 

“No va a cortarlo, ¿verdad?”, me preguntó Marga con una ansiedad como si picara una avispa.

Otro individuo, 'El rulo', dio un sobresalto cuando corté una rama. “Ojalá no se seque”, dijo con ironía salvaje, pero con advertencia nata.

  Al poco rato había muchos mirando y pocos haciendo; ya que las ramas caían y sus hojas ensuciaban la vereda. Estaban congregados como ignotos para trabajo de turno. Es que la gente que vive en departamentos de pasillo en una ciudad poco sabe del otro. De pronto me percaté de que llevaba unos cuantos meses viviendo allí en el barrio del Abasto en calle Mitre y Riobamba, mi primer inquilinato de soltero, a pocas cuadras de lo que sería luego la plaza Libertad; donde estuvieron alguna vez los galpones del Mercado de Frutas y Hortalizas Abasto. Limitaba con las calles Mitre, Sarmiento, Pasco, Ituzaingó y en su alrededor muchos comercios satélites: el frigorífico Rosario, negocios y almacenes de todo tipo. Un nicho con algunos pocos recientes edificios, además de esa seguidilla de casas chorizo con su puerta alta de latón; su patio delante de su galería con chapa de cinc y columnas de hierro. Ya no se encontraban tampoco el bar “El Saigo”, ni el cine “Sol de mayo”, joyas de esparcimiento del antiguo barrio.

Allí, me di cuentas de que recién me estaba enterando de sus nombres. Me enteré de sus nombres, apodos, direcciones, números telefónicos, de amores no correspondido y otras cuitas, pocas puertas abiertas y otras no tanto, como espías de entrecasa; de cómo se ganaban la vida algunos, de otras cositas y cómo pasaban el invierno ciudadano. Así, conocí al “rulo”, Marga, la “Cuqui”, el diariero Jorge y otros que hoy ya no recuerdo.

Parecía que el árbol nos había reunido bajo sus ramas para ayudar a conocernos y a compartir la capacidad de asombro. ¿Ese es el mensaje que querrían darme? El deshielo entre palabras y gestos se produjo. Días después me encontré con Gabriel, un vecino dueño de una granja, casi a mitad de cuadra. Comentó que el invierno se le había hecho eterno; y que lamentaba no haber visto ni conversado con nadie del barrio en ese tiempo, esperando pegado a su mostrador con su pava, mate y bombilla. Mirando el ventanal como huyendo de la realidad, me miró y me dijo:

Tenemos que podar ese árbol otra vez.

Creería que sí- argumenté.

Me agradan la gente emprendedora, especialmente aquellos que se entregan en cuerpo y alma a la tarea- dijo, le dio un sorbo al mate y fue a calentar la pava.

 El aludido naranjo siguió dando frutos hasta que un día sucumbió. En el barrio nadie se alteró. ¿Tendría razón aquel vecino que me increpó? Quizás me sentí el culpable de haberlo podado y reviví mariposas de angustias en mi estómago. 

Sin embargo, a veces la razón de mi equilibrio sobre ese hecho me sirvió para disecar con calma y analizar futuras tormentas, nunca resolver apresurado alguna crisis momentánea.

jueves, 22 de septiembre de 2022

Platero y yo

 

Mónica Mancini

 

Cuando título “Platero y yo” , ese “Yo” soy yo , no es Juan Ramón Jiménez.

Platero llegó a mis manos por intermedio de mi maestra de tercer grado, la señorita Hilda, nos dijo que leamos para que lo comentemos en clase.

La edición que conseguí era pequeña, casi de bolsillo, con un dibujo en la tapa del burrito, y algunos delineados en blanco y negro en su interior.

Demoré en conseguirlo, en el barrio no había librerías y tuve que esperar que me llevaran al centro para comprarlo. Cuando la empleada me lo dio, lo tomé como un trofeo, ya se lo había visto a muchas de mis compañeras y ansiaba mucho tener el mío. Recuerdo que acaricié su tapa y lo apreté sobre mi pecho. Platero ya me pertenecía.

El primer párrafo me llenó de ternura, todos mis sentidos reaccionaban a las sensaciones que Juan Ramón describía.

Aceleré la lectura y paso a paso amaba y sentía que era la compañera de aventuras del burrito. Deseaba que mi perro Leo, una mezcla rara de salchichón y coli, de mal carácter, actuara conmigo como lo hacía Platero con su dueño. La frustración me llevaba a sumergirme en la lectura y, por supuesto que con siete años, no me daba trabajo viajar a los prados de Moguer, imaginar el molino, los corrales y la luna plateada que reinaba en los maravillosos relatos.

Corría noviembre de 1963, sentadita sobre la mesa, en canastita, hojeaba las últimas páginas de mi libro. La televisión estaba encendida, en un momento dan la noticia que habían asesinado a John Kennedy, toda mi familia se acercó a la pantalla para escuchar y ver con más detalle. Era un acontecimiento muy movilizador.

Yo, niña abstraída en la lectura, no entendía ni me importaba lo que despertaba tanto interés en los adultos. En ese momento en que la historia inmortalizaba la imagen de Jackie trepándose a la limusina, Platero también moría en su lecho de paja.

No podía creer que Juan Ramón me hiciera eso. ¿Por qué le tenía que pasar a “Mi Platero”? Cuando entendí, después de leer y releer como el autor describía la muerte de Platero, lleno de metáforas y descripciones, lloré muchísimo, mis padres sacaban conclusiones absurdas.

Esta nena no debería mirar el noticiero.

Es una imagen impresionante.

Ahora va a tener pesadillas

Nunca sospecharon que mi llanto obedecía a la lectura del librito que, según el autor, no fue escrito para niños.

Pasaron muchísimos años y jamás pude dejar de asociar el asesinato de Kennedy con la terrible tristeza que sentí cuando llegué al final de “Platero y yo”.

Tardé muchos años en perdonar a Juan Ramón que, con bellas y poéticas palabras, me dio un disgusto tan grande.

Recorrí su historia y así supe que su vida fue muy difícil. Era republicano en la España franquista y tuvo que exiliarse, viviendo en diversos países sufrió serias depresiones por las que fue internado repetidas veces.

En 1956, ganó el premio Nobel por su obra literaria, destacándose “Platero y yo” como una obra clásica.

Esa obra me motivó muchísimo para leer otros libros y poemas del autor, aprendí el significado de muchos de los términos que él usaba en su prosa lírica, pero por sobre todo me adueñé de su adorado burro: Platero todavía me pertenece.

 

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro”.

Palabras y garabatos

 Diana Kallmann

 

Cuando era adolescente, solía tener siempre a mano un cuaderno y una birome para anotar las cosas que me hacían pensar o me conmovían. Recuerdo algunas de esas citas aún. Me viene a la mente una frase de las “Cartas a un joven poeta”, de Rainer María Rilke. Decía: “porque en el fondo y justamente en las cosas más importantes, estamos absolutamente solos”. No estoy segura si usó la palabra absolutamente. No tengo el libro a mano, lo perdí en alguna de mis mudanzas. Tal vez si pusiera la frase en Google aparecería, otras veces resolví dudas similares con su ayuda, pero prefiero dejarla así, como está grabada en mi memoria.

Cuando empecé la universidad, seguí aferrada a los cuadernos. Tomando apuntes desarrollé un sistema de abreviaturas, que luego fui engrosando en mi trabajo como periodista. Recuerdo la “R” mayúscula con la que simbolizaba la palabra realidad. Con mayúscula, como obligándome a aterrizar en un mundo que no terminaba de comprender y de algún modo me aterraba. Acababa de llegar a Buenos Aires y circulaba por esas calles desconocidas con una pequeña agenda donde figuraban el microcentro y las líneas de subte. Aquella “R”, entonces, no solo me permitía tomar los apuntes más rápido, era un recordatorio de que no debía perderme en mis divagaciones y asentar mis pies en la Realidad, porque si no me perdería en ese laberinto de calles y dudas existenciales. Eso sí, fiel a mis hábitos, en las últimas páginas de esos cuadernos anotaba siempre alguna cita, alguna idea, algún intento de poema.

La palabra escrita a máquina, en cambio, circulaba por otros carriles, despojada de subjetividades. Como muchas jóvenes de mi época casi todas éramos mujeres–, había hecho un curso de dactilografía y manejaba sin mirar el teclado “qwerty” después de haberlo repetido hasta el infinito en la academia Pitman de Bahía Blanca, donde viví y cursé los cinco años del secundario.

Cuando fui a estudiar a Buenos Aires, la máquina de escribir y mi habilidad para usarla sin mirar las teclas, se convirtieron en el principal recurso mantenerme. Me inscribí en una de esas agencias de empleos temporarios que usábamos muchos jóvenes recién llegados del “interior” y no conocíamos a nadie. Así, trabajé en diversas empresas como dactilógrafa. Había desarrollado buena velocidad con el teclado, lo que me permitió tener continuidad en los trabajos. Pero lo increíble es que, sin darme cuenta, empecé a copiar los textos a máquina –casi todos los trabajos consistían en eso–, mientras pensaba en otra cosa. Ya sea en lo que estaba estudiando, en mi familia que tanto extrañaba, en los chicos que me gustaban, en las amigas que fui haciendo en la facultad de Letras, que luego abandonaría convocada por otras urgencias.

Sin embargo, no abandoné la máquina de escribir, que siguió siendo mi fuente de sustento. Me resultó muy útil en México, cuando empecé a trabajar como periodista. Usábamos una máquina manual –las eléctricas estaban reservadas a los jefes, que paradójicamente escribían poco– y hacíamos las notas por duplicado, con papel carbónico, una para que leyera el jefe de redacción y otra para nosotros. El olor a la tinta del carbónico, los dedos manchados, el ruido del tecleo en la sala de redacción, las carpetas del archivo llenas de polvo –no había Internet-, eran el escenario que compartíamos y en el que surgieron mis primeros amigos mexicanos. Intercambiábamos nuestros modismos, “laburo” o “chamba”; “coima” o “cometa”; “echar un charolazo”, cuando alguien muestra su tarjeta para decir “¿usted sabe con quién está hablando”?”. Me ayudaron a escribir y hablar en un idioma igual, pero diferente y con ellos comencé a sentir que pertenecía un poco a ese país. La amistad es también una patria.

Escribía mirando los apuntes o el esquema que había armado, al tiempo que observaba cómo iba quedando el texto en la máquina. Cuando detectaba algún error, usaba aquellos pinceles de corrector blanco o tachaba con varias “x”. Como eran borradores, se podía hacer eso.

Con este oficio empezó una suerte de “diálogo” entre lo escrito a mano y lo escrito a máquina, un acercamiento entre ambos mundos. En principio, los reportajes ampliaron mi universo de abreviaturas. Como hacía notas de economía, empecé a usar los signos que aprendí en matemáticas en el secundario, como mayor, menor o semejante. Para tomar una cifra en miles ponía al lado de los dígitos una m minúscula en lugar de los ceros y una mayúscula cuando se trataba de millones. Usaba el grabador solo como testigo o para despejar alguna duda, pero escribía la mayor parte de los artículos basándome en los apuntes. En ese proceso mi letra se fue convirtiendo en unos garabatos que hasta a mí me costaba descifrar. Tenían cierto sabor a secreto, difícilmente alguien hubiera podido leerlos. Por eso, seguía con el hábito de anotar cosas que se me ocurrían en algún rincón de la libreta.

La elaboración de una nota implica cierta subjetividad, seleccionar lo que aparece como importante, destacar algún concepto, usar alguna palabra filosa para poner sutilmente en duda o para destacar la afirmación de un entrevistado. “Repreguntó este medio”, “argumentó”, “arguyó”, “enfatizó”. A veces, ironizábamos con una compañera del diario, ya en Neuquén, que usábamos palabras que no tenían cabida en el lenguaje cotidiano. El periodismo gráfico era un poco solemne entonces, pero más correcto en la ortografía y la sintaxis.

La escritura a mano, que hasta entonces usaba casi exclusivamente para cosas personales, empezó a interactuar con la escritura a máquina. Un signo de admiración, un subrayado, una cruz en el margen del apunte, establecían una jerarquización que naturalmente iban ordenando el texto que luego escribía a máquina.

Después, aparecieron las computadoras. La primera que usé fue en la agencia Neuquén del diario “Río Negro”, en 1984. Eran unas estructuras enormes con una pequeña pantalla con fondo negro y letras blancas. No había una para cada periodista, así que corríamos a la máquina cuando otro se levantaba, para ganarle de mano a los que estaban esperando. Esas computadoras no tenían memoria, se usaban unos discos cuadrados grandes, que como eran caros no abundaban y los teníamos que compartir. De tanto usarlos fallaban con frecuencia. Era común escuchar un insulto a toda voz a la hora del cierre, cuando teníamos que mandar las notas a Roca –el diario se editaba allí–, y la nota se esfumaba en aquellos discos maltratados. El envío se hacía desde un aparato que hacía un ruido infernal. No recuerdo cómo funcionaba, solo que se conectaba a la máquina. Pero sí recuerdo que, como los discos, también fallaba. Vivíamos una sensación de alivio cuando apretábamos la tecla send file y el transmisor empezaba a funcionar. Cada envío implicaba una cuota de suspenso.

Con el tiempo, escribir en la computadora se transformó en algo cercano y amigable. Corregir, cortar textos, transportarlos, esa obediente ductilidad me permitía circular libremente por el escrito hasta aproximarme a lo que quería expresar. Aproximarme, digo, porque nunca se logra del todo.

Debo confesar que pese a mi gran amistad con las computadoras, nunca me interesé por aprender algo más de lo estrictamente necesario para mi trabajo, escribir, editar, corregir o buscar en Google.

Aprendí que hay dos cosas fundamentales, una es reiniciarlas cuando algo falla. Y lo que es todavía más importante: apenas comienzo a escribir, cliqueo el “guardar como” y mando la nota a una carpeta. Demasiados textos fueron a parar a esa especie de limbo virtual del que nunca regresaron.

Libros, mis compañeros de vida

 

María Cristina Piñol

 

Cuando éramos muy chiquitos jugábamos siempre con hermanos, primos, amigos y a veces solos con muñecas, pelotas o autitos. Ese era todo nuestro universo pequeño y divertido. Antes de aprender a leer adivinábamos que existía un mundo más grande que ese chiquito que nos rodeaba, por las historias que nuestros padres y abuelos nos contaban, por los cuentos que nos leían o a través del cine, que cada tanto frecuentábamos para ver alguna película hablada en español. Ese era el modo en que podíamos intuir que existía otra realidad.

Cuando nos hicimos un poquito más grandes, aprendimos a leer y recién entonces explotó la magia. Comenzaron a llegar los libros de tapas duras color naranja, hojas gruesas, letras grandes e imágenes coloridas de la colección Constancio Vigil: “El mono relojero”, “Juan Pirincho”, “Los tres chanchitos”, “La hormiguita viajera” y tantos otros que nos abrían el camino a la fantasía y el asombro.

Después vinieron los cuentos y las novelas de la mano de la Colección Robin Hood o de la Colección Billiken y con ellos emprendimos las más locas aventuras. Dimos “La vuelta al mundo en 80 días” y nos sumergimos en un “Viaje al centro de la tierra” de la mano de Julio Verne. Nos convertimos en piratas navegando mares embravecidos a bordo de galeones enormes con “El Corsario negro” y con “Sandokan” de Emilio Salgari. Como si todo eso fuera poco, conocimos islas remotas y paradisíacas con la familia Robinson, fuimos capaces de adentrarnos en otra isla más salvaje y solitaria en busca de un tesoro guiados por Stevenson y vivimos las aventuras de Mowgli, aquel niño criado por lobos en “El libro de la selva”.

Y después de tanta aventura, Louisa May Alcott irrumpió en mi vida como una brisa fresca, contando historias de personajes reales que vivieron en un pasado no demasiado lejano. “Mujercitas” se convirtió en mi libro de cabecera. Louisa, que escribía de un modo sencillo y sin grandes estridencias, lograba que nosotros los lectores, habitásemos la casa donde vivían la señora March y sus hijas, que palpáramos el ambiente hostil que generó la Guerra de Secesión, que extrañáramos al señor March, el papá de las niñas que luchaba en el frente, que nos asombráramos recorriendo la mansión de sus vecinos muy ricos, y que odiásemos a la tía March y a su inmensa casona, la única adinerada y también avara de la familia.

Amy, Beth, Meg y Jo, las cuatro hermanas protagonistas de la novela, tenían características muy diferentes y cada una representaba los distintos estereotipos de las chicas de la época. Meg, la mayor, que había alcanzado a vivir los momentos de esplendor de la familia antes de que su padre perdiese todo su dinero, era bella, fina, elegante y solo aspiraba a casarse con un hombre rico. Beth, dulce, cariñosa, algo frágil, de bajo perfil y amante de la música. Amy, la menor, muy egoísta, pintora y tímida; y Josephine, “Jo”, la rebelde e irascible que rompía con todas las normas de las señoritas de entonces y soñaba con ser escritora. La chica sencilla, de tez morena y un hermoso cabello negro y largo que un día decide cortarlo a lo varón para venderlo y poder comprar el remedio que necesitaba su hermana.

Y, sí, Jo era mi heroína. Sentía que me parecía mucho a ella, al menos en lo rebelde, irascible y contestataria, si hasta en una ocasión, y no por imitarla, también me había hecho cortar el cabello bien cortito tan solo para no personificar a la Virgen en un acto escolar.

“Mujercitas”, “Señoritas”, “Los Muchachos de Jo” y “Ocho primos” ocuparon un lugar privilegiado en mi biblioteca de la infancia, y aún hoy cada tanto los mimo con una caricia y les doy una mirada a algunas páginas que quedaron subrayadas desde hace mucho, mucho tiempo.

“Corazón”, de Edmundo De Amicis, fue una novela impactante para mis ocho o nueve años. Con un lenguaje sencillo y emotivo, narraba el diario de un niño de más o menos mi edad que vivía en el viejo mundo, en Turín, ciudad donde nació mi abuela y en tiempos de guerra. El entorno montañoso, los compañeros de la escuela, las ausencias, el hambre, la historia, las burlas y los motes grotescos y hasta a veces ofensivos, que entre ellos usaban, eran las cosas que vivían chicos de mi edad, niños como nosotros. También estaban los cuentos que el maestro les entregaba mensualmente para leer. Recuerdo solo tres de ellos: “El pequeño vigía lombardo”, “El tamborcillo sardo” y “De los Apeninos a los Andes”. El primero quizás se me grabó por lo cruento, el segundo porque termina bastante bien y “De los Apeninos a los Andes”, porque su protagonista Marco, en busca de su mamá cruza el océano solo, en un gran barco y llega hasta la Argentina. Pasa por Buenos Aires, Rosario, Córdoba y Tucumán y en ese raid el autor describe cada una de esas ciudades. Creo que en ese momento comencé a comprender que realmente éramos parte del mundo.

Otra gran preferida de mi biblioteca era una enciclopedia, “Lo Sé Todo”. Doce tomos de la Editorial francesa Larousse, aunque su autor era italiano. Para mí, no eran solo libros de consulta para alguna tarea escolar, ¡eran doce cajas de sorpresas! Los leía como un libro cualquiera, no importaba el número del tomo ni la hoja donde al azar lo abría, siempre encontraba un motivo para seguir leyendo. Esta enciclopedia abarcaba todos los temas, historia de la humanidad, religiones, física, química, botánica, zoología, geografía, descubrimientos, literatura, arte, arquitectura, mitología y más mucho más. Cada uno de los relatos se acompañaba con ilustraciones y se ubicaban en tiempo y lugar.

Lejos estaba de imaginar a mis once o doce años cuando devoraba aquellas enciclopedias, que algún día podría caminar y tocar esos templos griegos con sus columnas de capiteles dóricos, jónicos y corintios, maravillarme ante los arcos coloridos de la arquitectura islámica, quedarme tiesa ante el David y embelesada ante el Moisés, admirar con nudo en la garganta a La Piedad o secarme una lágrima frente a La Ultima Cena. Todo esto y mucho más lo había visto y leído en esos libros y los grabé desde niña en mi memoria y también en mi alma.

No tengo dudas de que los libros que leímos, sobre todo siendo niños, continúan siempre vivos en nosotros. A veces, solo se adormecen esperando esa chispa que los despierta para recordarnos que fueron ellos los primeros que nos mostraron lo que vemos, los que nos encendieron la curiosidad y también la capacidad de emocionarnos.