“Memoria, nombre que damos a las grietas del obstinado olvido”, dice Borges. De eso trata “Contame una historia", un curso de la Universidad Abierta para Adultos Mayores, de la Universidad Nacional de Rosario. Cada martes, vamos reconstruyendo un tiempo que las jóvenes generaciones desconocen y merecen conocer, a partir de recuerdos, anécdotas, semblanzas. Ponemos en valor la experiencia de vida de los adultos mayores, como un aporte a la comprensión y a la convivencia. (Dr. José O. Dalonso)
martes, 19 de septiembre de 2023
Democracia. Segunda Parte
Oscar Daniel Martino
En un relato anterior conté en qué lugar me había tomado la Asunción del doctor Raúl Alfonsín, 10 de diciembre de 1983, en mi viaje de bodas con Alicia.
Como solo tenía 22 años en ese momento, que en verdad los 22 de esa época no eran similares a los de hoy, pero no por ser eso teníamos sabiduría incorporada como un chip.
La falta de experiencia en el nuevo camino que teníamos por delante al formar una familia era un ítem para develar. O sea que mi vida como padre de familia comenzó al unísono con la vida en democracia plena.
Fueron años difíciles, gracias a Dios con mucho trabajo, los hijos llegaron rápido y casi matemáticamente, julio del 84, mayo del 86, febrero del 88… hubo una última pero más acá en el tiempo con lo que ya éramos como experimentados en el tema: enero del 94.
Alicia había renunciado a trabajar como ingeniera en Construcciones su profesión para dedicarse casi de lleno al cuidado de nuestros hijos; ya que mi trabajo de viajante me mantenía muchos días fuera de casa, y los chicos requerían llevarlos y traerlos de la escuela, acompañarlos en sus tareas, llevarlos a hacer deportes, etcétera, etcétera.
Cuando se da el escenario del cambio antes de tiempo de gobierno del doctor Alfonsín al doctor Menem, recordarán la cantidad de gente que quiso irse del país, algo bastante típico en muchos compatriotas; cuando algo no convence o es incierto, intentan irse en vez de quedarse y ayudar a mejorar su país, nuestro país el país de todos…
Por cierto, no era mi caso el querer irme, nunca jamás lo fue, pero mi suegro español, que había vivido más de 40 años en Argentina y al enviudar, volvió a vivir a su Galicia, y rehizo su vida allá, comenzó a llamarnos, más que nada a mi esposa, su hija, para decirle que nos fuésemos a vivir a Vigo, Galicia, donde él tenía un departamento muy cómodo. Además, como toda su familia estaba allí, menos sus hijas y nietos que vivían aquí en Argentina, me había conseguido un trabajo. Vale aclarar que mi esposa y mis tres hijos hasta ese momento tenían doble ciudadanía, por lo cual nuestro ingreso si queríamos era por demás sencillo.
En ese entonces yo trabajaba para una importante fábrica textil hoy desaparecida, que era la más grande del país en su rubro, camisería. Sinceramente no me iba nada mal, a pesar de los conflictos económicos de siempre, o sea que no tenía ni intención, ni motivación para dejar mi país. Además, estaban mis padres aquí, que estimo si me hubiese llevado a mis hijos sus únicos nietos entonces la hubiesen pasado mal realmente.
Pero como todo esto fuese poco argumento para no abandonar nuestro país, mi esposa, que tenía parte de sangre gallega, no quería irse tampoco en absoluto. La anécdota de esto es que supongo que mi suegro falleció muchos años más tarde en la creencia que yo había convencido a Alicia de quedarnos. Cada vez que me llamaba por teléfono desde España me decía: “Oscar, Alicia quiere venirse dale el gusto”. Pobre y nada que ver, ninguno de los dos teníamos la más mínima intención de irnos.
Bueno, obviamente nos quedamos, y luchamos, y hubo momentos más duros, otros menos, criamos a nuestros hijos en un hogar de trabajo; y hoy, a tantos años de aquel episodio que fue en 1989/1990, no nos arrepentimos en absoluto de la decisión tomada; es más, a veces en reuniones de amigos que conocen esa parte de nuestra historia familiar, nos preguntan o comentan: “Miren si se hubieran ido a vivir a España en el 89”. Y la verdad es que no tengo la bola de cristal para saber cómo hubiese sido nuestra vida, pero lo que sí sé es que, insisto, años después seguimos pensando que fue la mejor decisión.
No conozco la vida de los que emigran. Sí lo vi a mi suegro, que se casó en Argentina, formó su familia, trabajó bien, pero siempre se sintió un foráneo. Todos los fines de semana buscaba encontrarse con gente de su país en los centros de colectividades que había en Rosario, gallegos, vascos, catalanes, andaluces. El tema era sentirse rodeado de compatriotas; porque evidentemente esa parte, por más años que se viva en otro lado, no se va nunca, digo el sentimiento por tus acentos, tus costumbres y eso es lo que no quisimos perder además de muchas otras cosas.
No sé si este relato tiene mucho que ver con la consigna, pero como sucedió toda esta historia en democracia, me pareció era más o menos acorde contarla.
Y mi hermano no llegaba
María Cristina Piñol
Era una noche
calurosa de fines de noviembre de 1976. Hugo estaba preparando los finales de segundo
año de Ingeniería. Estudiaba en la casa de su amigo Juan, que vivía en
Corrientes y Riobamba, porque era más tranquila que la nuestra y además tenían
espacio suficiente para desplegar sus tableros de dibujo.
Salió con el
auto alrededor de las 16, pasó por Echesortu a buscar a Pepe, el otro compañero
de la Facultad, y de allí como casi todas las tardes de ese mes de noviembre partieron
a lo de Juan. Por lo general volvía a casa a las nueve de la noche.
Yo estaba
casada y vivíamos en un departamento detrás de la casa de mis padres. Eran poco
más de la 10 de la noche y escuchamos a mi mamá llamándome, y me di cuenta que
algo pasaba. Mamá me preguntó si yo sabía si Hugo y los chicos tenían algún
plan para ese día después de estudiar, porque aún no había llegado.
No, yo no sabía nada.
Y en ese
momento comenzó el infierno. Papá llamó a casa de Juan y este le dijo que los
chicos se habían ido de allí a eso de las 20. Apenas corta, sonó el teléfono,
era el padre de Pepe también preguntando por su hijo. Comenzaron a comunicarse
con los hospitales, estaban casi seguros que habían tenido un accidente.
No había
rastros de ellos en ningún sanatorio u hospital.
Papá decidido,
tomó las llaves de su auto para seguir el recorrido que ellos hacían. Cuando
estaba abriendo la puerta sonó el teléfono, mamá temblando atendió, pero papá
le sacó el tubo, quería que cualquiera fuese la noticia se la dieran a él.
Del otro lado,
una voz de hombre en un tono muy bajo como quien evita que otro lo escuche, le dijo:
“Le habla un preso de la Comisaría Quinta. Su hijo y el amigo están acá, venga
lo más rápido que pueda a buscarlos”. Y cortó inmediatamente.
Mamá y papá
salieron hacia el lugar y yo me encargué de llamar a los padres de Pepe.
Pasaron más de
dos horas sin ninguna noticia para nosotros, se hace difícil explicar con
palabras la angustia de la incertidumbre.
Volvieron a
casa mamá y papá solos, visiblemente agitados y desencajados. Como pudo, papá
nos contó que primero les negaron que los chicos estuvieran allí, pero mi viejo
vio su auto: la Renoleta verde estacionada dentro de la comisaría; y les dijo
que ese era su coche, le mostró los papeles y los policías les pidieron que
aguarden. Después de más de media hora salió uno de los “canas” y les dijo que
sí, que estaban ahí demorados, que les llevaran mantas y algo de comer, porque seguro
iban a pasar la noche allí. Ninguna otra explicación, nada que refiera a algún
hecho por el cual estaban presos.
Volvieron a la
comisaría con frazadas y algo de comida.
No sé cuántas
horas pasaron. Ya estaba amaneciendo y escuchamos estacionar un auto. Era papá
y detrás de él llegaba mi hermano con la Renoleta. Volvió la paz y tratamos,
sinceramente, de olvidar lo ocurrido.
Dentro de la
comisaría no les pasó nada, no hubo fuerza física sobre ellos, pero los mismos
presos, según contaron los chicos, les decían que los iban a torturar, que les
iban a aplicar la picana, etcétera, etcétera.
En aquellos
tristes tiempos, las cuadras, donde había una comisaría o cualquier repartición
de gobierno o de las Fuerzas Armadas, se encontraban cerradas al tránsito. Los
jóvenes éramos todos “sospechosos” de subversivos y más aún los universitarios.
Mi hermano y su amigo pasaban todas las tardes a la misma hora de ida hacia la
casa de Juan, por la esquina de Italia y Cerrito; y, de vuelta, también a la
misma hora todos los días por la esquina de Riobamba e Italia; o sea, por un lado
y el otro de la comisaría, en un auto verde loro algo que los hacía muy
identificables.
También se decía, que dentro de los apuntes y/o cuadernos, integrantes del ERP y Montoneros se enviaban mensajes en clave inherentes a sus maniobras, quizás haya sido cierto, porque todos los apuntes de los chicos se los devolvieron ajados y desencuadernados, o quizás no…
Por ¿suerte? , “mi hermano llegó”.
Los pañuelos blancos
Mónica Mancini
Hacía poco
que el empedrado había sido reemplazado por el pavimento, tan alisado y parejito
que nos permitía andar en bici casi sin hacer fuerza. Recorríamos las
calles con la ansiedad propia de los jóvenes, que van descubriendo su capacidad
de decidir qué camino tomar o los vericuetos de las calles más alejadas y los
personajes que habitan en ellas…
Esa mañana
de octubre se prestaba como para sentir que todo funcionaba de maravillas: el
sol brillaba, el clima entre los amigos era confortable, daba gusto vivir,
compartir este tiempo de ocio.
De pronto
todo cambió, fue como pasar del día a la noche sin el atardecer… se escucharon
gritos patéticos, ahogados, desesperados. No entendíamos qué estaba pasando
cuando por delante de nosotros cruzaron la calle dos chicas que corrían y
pedían ayuda. Jamás pensamos que la situación era definitiva, terminal, que
esos gritos que imploraban socorro envolvían vivir o morir. Pronto, los
entendimos, no había espacio para las dudas.
La velocidad
con la que se sucedieron los hechos aún dejó tiempo para apreciar que el
vientre de una de las chicas estaba abultado, evidentemente con un embarazo muy
avanzado, ella corría tomándolo con sus manos, como impidiendo que el niño
saliera prematuramente, o quizás solo quería protegerlo del peligro inminente.
Ambas se
metieron en el jardín de una casa, esas que tienen una puerta bajita y un
espacio adelante, se tiraron al suelo, temblando, indicándonos con gestos
claros que nos fuéramos, que no nos involucremos en lo que estaba pasando,
ellas sabían a qué se exponían y no deseaban que jóvenes como nosotros nos
arriesguemos. Aun así, nos quedamos, cubrimos la entrada con nuestras bicis
y comprendimos que debíamos protegerlas.
Inmediatamente
observamos que se acerca por la calle, a paso de hombre, un Falcon verde, con
cuatro hombres. Tenían un aspecto tal que su sola imagen nos hizo sentir un
miedo desconocido hasta ahora, un miedo real con un olor particular. Creo que
intuyeron lo que sentíamos y por eso se detuvieron para interrogarnos.
—Che, pibes,
¿no vieron a dos chicas por acá?
—Una de
ellas embarazada- agregó uno que iba atrás.
Por supuesto
que nuestras caras eran más que delatoras, aunque quisimos disimular, el pánico
que teníamos era tal, que fuimos descubiertos antes de pronunciar una palabra.
Lo que
siguió después fue terrible, aún hoy después de muchos años no puedo dejar de
recordarlo con una increíble nitidez.
“Córranse y
rajen de acá si no quieren que mañana sus viejas anden con un pañuelo blanco en
la cabeza”, nos dijeron.
No fue
necesario que repitiera la orden, no teníamos idea de qué significaba lo del
pañuelo blanco, pero entendimos inmediatamente que nuestra vida estaba en
juego.
Mientras
pedaleábamos frenéticamente escuchamos los gritos de las chicas y los disparos,
muchos, muchísimos de pronto un silencio angustiante inundado de olor a pólvora
llegó a nosotros y nos pasó por al lado el Falcon con sus cuatro pasajeros,
iban conversado animadamente, como si salieran de su trabajo, comentando
cuestiones de rutina, hasta nos saludaron amigablemente…
Volvimos
como locos al lugar, y la imagen que vimos no parecía real, no coincidía con
esa tarde de octubre y con nuestra vida de jóvenes despreocupados. Una candidez
que perecía al mismo tiempo que las chicas que habíamos visto correr para
salvar su vida y que yacían ahí, en el suelo tiradas, abandonadas. Nosotros las
quisimos proteger y sin querer las delatamos,
Un charco de
sangre las rodeaba, los cuerpos estaban quietos, la muerte se hizo presente en
forma contundente… pero una idea apareció entre nosotros: ¡el bebé! ¿Se habrá
muerto también el bebé?
Simultáneamente
un montón de vecinos comenzaron a salir espantados por los hechos sucedidos,
algunos muy solidarios, hicieron lo que debían; llamaron a la ambulancia, otros
se metieron adentro diciendo “algo habrán hecho”.
Nos quedamos hasta que vinieron los médicos de la Asistencia Pública, actuaron rápido y con mucho profesionalismo intentaban alejarnos… pero nosotros no podíamos dejar de mirar, deseábamos entender las razones por las que se asesinaba a dos mujeres indefensas y a un niño, que aún no había nacido. Dijeron que aún se movía, partieron inmediatamente con la intención de hacer una cesárea de urgencia. Supimos que el bebé sobrevivió, que nació de su madre muerta.
Después de muchos años siempre conservo intacto ese recuerdo y, cuando veo por la televisión o leo alguna nota periodística sobre las abuelas y sus nietos recuperados que se suman a través de los años no dejo de evocar a la joven mamá que corría con las manos en su vientre para salvar a su hijo, resignifico el sentido del pañuelo blanco y deseo con fervor que su abuela lo haya recuperado.
1983 democracia 40 años, 2023 democracia 40 años, 2063 democracia…
Oscar Martino
Poco a poco esos días tormentosos, de miedos, de silencios
solo interrumpidos por gritos y frenos de autos a medianoche, fueron apagándose.
Las elecciones estaban al alcance de las manos, a fuerza de jóvenes caídos en
una guerra absurda no por su argumento si por el momento, la ansiada democracia
perdida hacia siete años estaba empezando a tomar color.
Los partidos tradicionales de la época, rivales
históricos, competían nuevamente y una vez más por el sillón de Rivadavia,
tomado a base de punta de pistola por militares indeseables, que no lo son
todos por supuesto. Peronismo y Radicalismo, Radicalismo y Peronismo, otra vez
empezaban la danza de nombres para ofrecer a la sociedad argentina ávida de
protagonismo candidatos a la altura de la circunstancia.
En los bares, las oficinas, en las universidades, los
colegios secundarios se hablaba de las elecciones todo el tiempo, también había
rivalidad, no la de hoy tan encarnizada, pero si la había. Por aquel entonces
trabajaba en una oficina, en un primer piso a la calle; en mi sector éramos
unos 15 hombres (no había mujeres allí) de diferentes edades, a punto de
jubilarse (a los 60 años), de mediana edad, jóvenes y muchachos como yo, que en
ese momento tenía 22 años.
En el ratito libre para almorzar se generaban unos debates
fantásticos, pero más que nada entre los jóvenes que precisamente íbamos a
votar por primera vez, y muchos hablábamos por lo que habíamos escuchado en
casa o porque de alguna u otra manera empezábamos a identificarnos con algún
candidato.
Pero lo verdaderamente importante es eso que hablábamos…
libremente… cada uno defendiendo o argumentando sobre lo que le parecía tener
razón.
El 10 de diciembre de 1983 no me voy a olvidar mientras
viva, por dos cosas: primero, porque estaba de Luna de Miel en Carlos Paz. Nos
habíamos casado el 3 de diciembre y, como era afiliado al gremio de Comercio,
la Asociación nos regaló el viaje de bodas, en un muy lindo hotel cercano a la
terminal.
En aquel entonces todavía, salvo algunos hoteles de mayor
categoría, la generalidad no era como hoy con televisores en las habitaciones,
sí en el living o salón comedor. Y este era el caso del hotel que nos alojaba,
mientras desayunábamos apareció en el Cabildo Don Raúl Alfonsín, a quien
particularmente no había votado pero esa imagen me emocionó como si lo hubiese
hecho. Y a pesar de que en su gobierno tuvo muchos inconvenientes propios y
ajenos, le tengo un profundo respeto como un verdadero demócrata.
De ahí en más se sucedieron gobiernos de distinto tipo, con algunos he concordado, con otros no. Sin embargo, no me caben dudas de que la democracia es un sistema, a mejorar sin dudas, pero el único posible; y nunca debiéramos dar cabida a personajes que quizás puedan atentar contra las instituciones. Eso lo padecimos y sufrimos, y no es transmisible.
Tengo hijos de entre 30 y 40 años, cuatro. Gracias a Dios y a su esfuerzo, están bastante bien de trabajo, pero a veces se desaniman con el país y trato, en lo posible, de que eso no pase. Este es un gran país, somos una sociedad difícil, pero la solución no es Ezeiza, como dicen algunos, los menos, la solución es votar, exigir, demandar, salir a la calle pacíficamente a reclamar derechos, y a que se cumpla lo vociferado en campaña, y no salvarnos de a uno, si no crecer entre todos.
Recuerdos
Susana Dal Pastro
Porque tenía cambiado el ritmo del sueño, dormía más durante el día que durante la
noche. Escuchaba explosiones y sirenas sin comprender toda la realidad.
Estando ya restablecida, supe que una vecina se había hecho cargo de un niñito
abandonado en una iglesia. Lo cuidó durante tres años. Lo paseaba orgullosa haciendo
notar que crecía sano, que se alimentaba bien, que empezaba a caminar, que ya no usaba
pañales. Hasta que un día esta dichosa mamá supo que su hijo no había sido abandonado;
había sido separado de su familia. Con dolor lo vio alejarse de ella llorando desconsolado.
Se lo llevaban otros brazos, brazos extraños. Ella intentaba comprender; intentaba
resignarse al dolor de perderlo, valorar el derecho de crecer con los suyos. Sin embargo,
nunca dejó de quererlo, de preguntarse si él sabría que pasaron juntos un tiempo, que
ese tiempo había sido hermoso para los dos.
Esa señora ya no está, pero hasta último momento siguió esperando que, algún día, aquel
chico la recordara y viniera sonriente estirando los bracitos y la abrazara como antes,
cuando ella lo tenía a upa.
Cuando mi amigo montonero me amenazó de muerte
Alberto Mecoli
En la última vuelta de la democracia, voté por
primera vez. Tenía veintiséis años y de ellos había vivido catorce bajo
dictaduras: de 1966 a 1973 y de 1976 a 1983. Recordaba el golpe de estado que
había derrocado a Illia, aunque en ese entonces tenía solo nueve años, y el
último, el más terrible, que depuso a María Estela Martínez. No me sentía
entusiasmado ni mucho menos. Conversaba con un amigo, no el montonero, otro,
que opinaba lo mismo que yo: “En poco tiempo esto será un desmadre y volverán
los militares” ─comentaba─. Desgraciadamente, va a haber gente que va a decir: ‘Yo
ahora puedo hacer caca arriba de la mesa y vos no podés decirme nada porque
estamos en democracia’”.
No es que no quisiéramos vivir en democracia.
Sabíamos lo que había sido la dictadura: represión, terrorismo de estado,
supresión de los derechos elementales, censura, impunidad de los uniformados
para robar, secuestrar, torturar y matar.
Sin embargo, no teníamos confianza en que la
sociedad supiera aprovechar la vida en democracia, sostenerla, respetarla,
valorarla, cuidarla. Democracia no es presentarse a elecciones y, luego, si se
pierde, esperar la oportunidad para salir a incendiar el Congreso. Tampoco es
votar e irse a dormir hasta las próximas elecciones. Es tener la libertad,
ejercer los derechos, de trabajar, reunirse, participar, opinar, criticar,
publicar, etcétera, pero todo esto funciona si se hace en paz. La violencia y
el odio solo engendran más de lo mismo.
En la breve primavera democrática, del 73 al
76, había conocido, por medio del presbítero Tomás Santidrián, a dos chicas,
Teresita y otra. En 1974, ellas me invitaron a un campamento de trabajo en el
medio de la provincia del Chaco, en un pueblito llamado Avia Terai. Allí, vivía
un sacerdote, Ángel Tettamanzi, quien, además de llevar los servicios
religiosos a la gente del lugar, trataba de lograr un desarrollo social.
Anteriormente él había tenido un grupo juvenil en el Colegio San José de
Rosario y allí habían estado estas chicas. En ese campamento conocí a otros
muchachos, algunos años más grandes que yo que también eran de ese grupo: Luis,
Rubén, El Mono, entre otros. El propósito del campamento era que los jóvenes
estudiantes conociéramos la realidad social de la gente que vivía en
condiciones muy inferiores a nosotros. De paso, podríamos colaborar en algo,
aunque fuera por breve tiempo. Así fue como estuve unos días conviviendo con
hacheros en el medio del monte chaqueño, durmiendo en un catre de un rancho y
compartiendo su comida, generalmente de guiso de legumbres y charqui, preparada
en una lata de aceite de cinco litros con una manija de alambre sobre un fuego
de leña. También me acostumbré a tomar mate amargo. Colaborábamos en su
trabajo. Después que ellos cortaban los quebrachos, nosotros ayudábamos a
transportarlos. Era un trabajo duro y pesado. Como era verano y el calor
abrasador, se trabajaba unas horas por la mañana temprano y luego a partir de
la media tarde. Una mañana volvimos de mover los troncos, me senté sobre un
catre, me recosté y quedé profundamente dormido. Me despertó uno de mis
compañeros zamarreándome y diciendo: “Dale, che, que ya está la comida”.
Uno de los hacheros, el más veterano y curtido
por los soles, a quien habíamos estado ayudando, comentó: “Trabajó duro el
mocito”.
Atesoré su comentario como uno de los mayores
elogios que recibí en mi vida.
Todavía conservo un frasquito con savia de
quebracho cristalizada.
Cuando volvimos a Rosario, seguí en contacto
con el grupo. Íbamos a la Parroquia San Francisquito donde dábamos clases
particulares gratis a los chicos de la villa y los hacíamos jugar.
También salíamos algún sábado por la noche a
tomar algo o por la tarde, de picnic. Pasábamos gran parte del tiempo en
debates políticos y filosóficos. A todos nos fascinaban esos temas. Como
algunos de ellos estudiaban Ingeniería y yo, en una escuela técnica, teníamos
una forma de razonamiento similar. Sin embargo, discutíamos mucho pero no nos
poníamos de acuerdo.
Un día, esto habrá sido por 1975, plena
democracia, Rubén trató de convencerme aplicando argumentos concretos:
─¿Vos estás de acuerdo en que la sociedad tiene
una estructura injusta?
─Sí- respondí. En eso pensábamos igual.
─¿Y estás de acuerdo en que eso tiene que
cambiar?
─Sí.
─¿Estás de acuerdo en que hay gente que no
piensa así?
─Sí.
─Entonces -dijo, haciendo un gesto con la mano
como quien barre las migas de una mesa- estarás de acuerdo en que a esa gente
hay que eliminarla.
─¡No! ¡¿Cómo vas a eliminar a una persona sólo
porque piensa distinto?!
No recuerdo cómo siguió el debate, pero lo
anterior es literal. Solo sé que no llegamos a nada. Yo creía en la fuerza de
la palabra, de las ideas, del ejemplo y de los medios pacíficos, en fin, de la
democracia. Ellos creían que la gente que piensa distinto no cambia más y debe
ser eliminada.
En otra ocasión, discutiendo con Luis, este me
dijo en el medio de la conversación: “Y es posible que dentro de diez o quince
años yo tenga que pegarte un tiro por la forma en que pensás”.
Recuerdo sus palabras perfectamente. Él no
estaba nervioso. No fue una reacción. Era su filosofía.
Unos años después, ya estábamos en dictadura,
se me ocurrió por razones que no vienen al caso ir a visitar a Ángel
Tettamanzi. Ya no estaba en Chaco, había tenido que irse. Vivía en la provincia
de Formosa en un pueblito llamado Villa General Güemes, pero más conocido por
su nombre anterior, El Porteñito. Allí, atendía una capillita y, junto a otro
cura y una comunidad de monjas, también ayudaba materialmente a los pobres del
lugar. Me recibió como a un hijo y estuve varias semanas conviviendo con ellos
sin que me aceptaran ni un peso por la comida ni el alojamiento. Entonces, me
enteré que varios de mis amigos del Chaco, con los que había perdido contacto,
habían sido montoneros. Algunos fueron asesinados. Entre ellos, Teresita, a
quien recordaba especialmente por su dulzura y porque era una de las que me
había invitado. Recibió entrenamiento guerrillero en otro país y la mataron acá
en un enfrentamiento. El Mono estaba pegando carteles cuando lo vio la policía.
Le dieron la voz de alto, quiso huir y lo asesinaron por la espalda. Era
sobrino de un obispo. Ángel comentó que alguien le dijo al prelado: “Tus amigos
mataron a tu sobrino”.
Este sacerdote salesiano siguió viviendo en ese pueblo durante décadas. Unos años atrás, ya en su vejez, su congregación decidió retirarlo. Poco después murió. No era de los que pretenden ayudar a los pobres para que sigan siéndolo. Su ideal era el crecimiento espiritual y también material de su comunidad. Hoy en día, una calle de Villa General Güemes lleva su nombre en agradecimiento a su contribución para el progreso de la localidad. Cabe destacar, también, que era un pacifista. Nunca fue un apologista de la violencia como medio justificado por el fin.
Medio siglo después de aquellas discusiones con mis amigos montoneros sigo pensando lo mismo: la sociedad tiene una estructura injusta, debería cambiar, pero por medios pacíficos, con respeto, con diálogo, no a punta de ametralladora, ni con piedras, ni incendios, ni insultos. El cambio empieza por uno. Es una verdad de Perogrullo, por eso es una gran verdad.
miércoles, 31 de mayo de 2023
Una gauchada
Diana Kallmann
Hay palabras que cayeron en el olvido, la mayoría
de ellas fueron sepultadas con los oficios que nombraban y hoy desaparecieron.
Colchonero, por ejemplo, aquel trabajo de desarmar colchones y cardar la lana para
introducirla nuevamente en la funda de cotín, es otra palabra que parece
haberse esfumado.
Afilador, aquel hombre de la bicicleta unido al
inconfundible sonido que lo anunciaba. Los niños corríamos a ver la magia que
convertía a la bicicleta en un objeto inmóvil, mientras el afilador pedaleaba haciendo
girar la piedra para poner a punto los cuchillos, tijeras y otros objetos que
se utilizaban en la casa.
Otra palabra en vías de extinción es gauchada.
Con su duro acento alemán, mi papá la había adoptado junto con el mate, el
asado y otras costumbres arraigadas en aquel pequeño pueblo de La Pampa, donde
transcurrió mi infancia en los 60. “Hoy viene Rodríguez, me pidió una gauchada”,
solía contar en la mesa del mediodía, haciendo explotar la “r” y, desde luego,
dispuesto a ayudar al vecino.
Gauchada, una palabra que evoca a aquellos
hombres rurales que en los orígenes de nuestra Argentina sabían que no se
salvaban solos en la inmensa llanura, amenazados por los fenómenos naturales y
por la “barbarie civilizatoria”, como se la suele nombrar.
La gauchada era parte de la vida cotidiana de
nuestro pueblo. Sin aspavientos, con una disposición sobria, se ayudaba al
vecino, al amigo, prestando una herramienta, una taza de azúcar o interviniendo
en situaciones extremas, ante un accidente o una enfermedad. Recuerdo que mi
padre fue de los que acudieron en ayuda de una vecina, cuando explotó una
estufa en su casa, y participó de los primeros auxilios hasta que recibió
atención médica.
Tiempo después, mi madre tuvo un accidente doméstico
–se cayó de un banquito mientras limpiaba– y sufrió una conmoción cerebral. No
había quién la atendiera en el pueblo, así que hubo que llevarla a Santa Rosa.
Fueron los vecinos los que se hicieron cargo de cuidarnos a mi hermana y a mí y
de atender la casa y nuestras mascotas. “Una gauchada grande”, dirían mis
padres después de aquel gran susto, que afortunadamente no dejó consecuencias.
Médico, justamente, era lo que faltaba en
aquellos tiempos, por lo que vecinos y vecinas formaron una comisión con el
objetivo de lograr que viniera uno al pueblo. Mi madre participó activamente en
ese grupo, que tuvo éxito, porque un joven facultativo se radicó entre
nosotros.
Éramos una comunidad, el sentimiento colectivo
estaba presente en nuestra vida, aunque no reflexionáramos mucho sobre eso. La
vecina que traía una fuente con masitas dulces oliendo a recién salidas del
horno; otra que acercaba una canasta con frutas de su cosecha; la gente de
campo que venía a la carpintería y traía algún chacinado en la época de carneadas
o una cesta de huevos; el simple saludo en cada encuentro y el intercambio de
un comentario o una risa que, más allá de las palabras, expresaba la conexión entre
esos vecinos.
La palabra gauchada, es verdad, ha caído en
desuso. Pero ese espíritu de ayuda, esa mano extendida entre los miembros de
una comunidad, de algún modo quedó impresa en nuestro ADN.
Desde esta ciudad del sur donde vivo –Neuquén–, los
vecinos y vecinas, sobre todo los más humildes, tejen en los barrios
estrategias de supervivencia para enfrentar el frío y la carestía, mientras
pasa por la ruta la caravana de camiones hacia la zona petrolera.
Aquél que tiene una camioneta o un viejo automóvil,
lleva al amigo de la cuadra a comprar una garrafa, porque son muchos los vecinos
que carecen de red domiciliaria. Sucede aquí, donde se dice que el gas de estas
tierras promete abundancia para el país y para el mundo. Donde los inviernos
son rigurosos y con frecuencia las casillas se incendian por conexiones
precarias o por un fuego que queda encendido en la noche. Y, ante cada
“accidente”, el resto del barrio acude y arma redes para ayudar con lo que se
pueda.
Se juntan para ayudarse o para divertirse. El modesto
salón de la capilla se abre para actividades que por lo general impulsan las mujeres:
bailar folklore, enseñar tejido, costura, intercambiar recetas para conservar
los frutos del verano. “Si Dios no se va a ofender por eso”, dicen las vecinas
que hacen tortas fritas para compartir en esas juntadas.
Lo mismo sucede en otras latitudes. En las
historias que, no sin morbo, se cuentan por televisión, siempre hay un grupo de
vecinos y familiares de la cuadra, del barrio, que pide que repongan un
servicio o reclaman justicia por una víctima.
Como antes, saben que nadie se salva solo. Las
formas son distintas, pero hay manos que siguen tendiéndose hacia aquellos que
lo necesitan. Los teléfonos celulares no solo alimentan el individualismo y el aislamiento.
Son el instrumento más inmediato para pedir ayuda, se generan redes entre quienes
se sienten respaldados si están conectados con sus vecinos y familiares
cercanos. O simplemente se usan para acompañarse, como quedó demostrado en la
pandemia.
Con frecuencia, los mayores nos sentimos desplazados cuando naufragamos en el intento por dominar las nuevas tecnologías. Sin embargo, descubrimos la magia de encontrar en segundos una canción o un texto que recordamos, de reconfortar a una amiga lejana, de resolver una operación digital con la ayuda de los más jóvenes de la familia. Ellos nos hacen “la gauchada” de responder a estos pedidos de auxilio, aunque no usen esa palabra.
Hace unos días, leí un título que decía algo así como “Mi madre odia la tecnología, pero habla por Whatsapp” (Gabriela Saidon, “El diario.ar”). Y sí, de algún modo me sentí interpelada, como dicen ahora. Estaba dando en el centro de las contradicciones que enfrentamos los más grandes cuando hablamos de tecnología.