miércoles, 4 de septiembre de 2024

La nonna inolvidable

 Juan N. García

 

La traducción al español de la nonna Gemma como “la abuela joya o gema” es perfecta y refleja lo que realmente fue.

Era lo más parecido a la autoridad y poder absoluto en una familia, concentrados en una sola persona. Si no convencía con la palabra o el diálogo, levantaba la voz o recurría a sus zuecos de madera. Estos eran su distintivo de personalidad, estampa y altura. También volaban como misiles teledirigidos a quienes osaban desoír sus órdenes o instrucciones en situaciones límites. Cuando impactaban en los díscolos de la familia, volvían la paz y el orden. Conscientes que habíamos traspasado las líneas de la tolerancia y la paciencia, lo aceptábamos. Quizás lo hacíamos a sabiendas, porque después, las caricias y los abrazos eran más fuertes.

Con el nonno Giovanni (Juan), que era la paz, la bondad y la honestidad personificadas, llegaron a Argentina en 1920 con su hija Rina. Pusieron un restaurante, “Parma” (su ciudad italiana de origen) en la esquina de Rioja y Suipacha, en el límite con Pichincha, famoso barrio de esa época en Rosario (la Chicago Argentina) por ser un nido de mafiosos y prostíbulos.

La nonna Gemma no solo mantenía el orden dentro del local, los zuecos también persuadían a los parroquianos revoltosos, sino que enfrentó a muchos malandras que recibían órdenes de Chicho Grande, Chicho Chico o Agata Galiffi, que los amenazaban permanentemente para aportar dinero y ser “protegidos”. También soportó las noches de insomnio con las “lloronas” en la puerta de su casa. Si abrían, los asaltaban. Alguna vez le tiraron un muerto en el “leñero” apoyado sobre el tapial de calle Suipacha. Ella combatió esa lacra hasta que secuestraron a sus dos hijas argentinas, una mi madre Leonilda y la otra mi tía Elsa.

 El nonno tuvo que mediar con mucha plata para rescatarlas. Eso colmó el vaso, las finanzas familiares y afectó su salud.

Cuando quedó viuda, décadas del 40 y 50, asumió el control total del hogar, se terminaron las extorsiones y decidió diversificar sus ingresos.

Vendió la llave del negocio, alquiló el local y en otro espacio aledaño, armó una sodería, con una máquina de llenado a cargo de la tía Rina, siempre soltera, según ella siempre señorita y quién la acompaño hasta sus últimos días.

A la terraza del restaurante, muy amplia, que tenía dos habitaciones y un baño, le decían el altillo. Lo alquiló a un sobrino italiano y a un japonés, ambos refugiados de la segunda guerra mundial.

El sobrino, Amílcar Cattani, terminó en el psiquiátrico de Suipacha y Santa Fe (Hospital de Alienados, hoy “Agudo Ávila”). Las pesadillas por la invasión de Abisinia (Etiopía) en 1935, ordenada por el Duce, lo trastornaron, quería volver a las batallas y no creía que se había firmado la paz. Diagnosticado como esquizofrénico paranoico, fue sometido a electroshocks semanales durante varios años, encontrando la paz solo en la morgue del nosocomio.

Del oriental recuerdo todo, especialmente su nombre: Taketaro Tamura.

Experto en bonsáis e ikebanas, transformó el lugar en una selva de miniaturas botánicas, ideal para mis soldaditos de plomo que siempre ganaban guerras inventadas.

Él se decía discípulo de Katsusaburo Miyamoto, famoso por salvar el Pino de San Lorenzo y momificar a su esposa. Nunca le creí, porque su vida no se parecía en nada a la del sabio. Le gustaban las fiestas, los bailes, visitar prostíbulos, emborracharse, jugar a todo, acaso para olvidar horrores pasados. Cuando contrajo sífilis, partió a Japón donde murió, quizás para reafirmar que Rosario, en esa época, era gran exportador de enfermedades venéreas.

La nonna un día dejó todo y la disfruté por mucho tiempo, no solo por estas historias que me contaba y las vividas. Cómo olvidar sus comidas, especialmente la polenta frita y los ñoquis caseros, las tardes en la Florida y los viajes en tranvía por toda la ciudad o las idas al Laguito con su Montañita y el zoológico, inolvidables. Siempre improvisaba salidas que sorprendían. Hasta las idas a los cementerios provocaban curiosidad y expectativa; previa búsqueda leyendo placas, siempre aparecía un familiar o conocido que tenía su anécdota. Eso sí en La Piedad la mayoría compartía nichos o tierra; en cambio, en El Salvador mausoleos o panteones; claro que en el final todos se igualaban.

Cuando ella dejó de existir, algo empezó a faltar y el tiempo la hizo inolvidable

Hasta acá, entre relatos y momentos propios, es un pequeño recuerdo de una época muy difícil, especialmente para todos los inmigrantes que soñaban con estar mejor.

Quizás, no sea tan diferente a la Rosario actual, fundamentalmente porque la inseguridad, los delitos, la trama del hampa o crimen organizado, que asola nuestra ciudad, tiene otras formas de atemorizar y otros fines económicos.

Ahora, su mercadería de cambio, la droga y sus derivaciones, solo los transformó en delincuentes de guantes blancos con sus bandas de manos sucias. 

El objetivo es el mismo.

Volver al folclore

María Cristina Piñol

 

Tarde de invierno de 1969 en Rosario y un grupo de amigos de 16 y 17 años, reunidos alrededor de una mesa. El mate, la pava, la yerba, algunas tortas fritas y bizcochitos Campeón para pasar el rato. Un par de guitarras, un bombo legüero y zambas, chacareras, coplas, cuecas, que iban y venían entre las cuerdas y las voces de los pibes que, no necesariamente afinadas, completaban esa escena bien criolla y auténtica.

El folclore era parte de nuestras vidas. Desde muy chicos en la escuela nos enseñaban a cantar las canciones de nuestras tierra, aquellas que nos contaban historias, nos mostraban nuestros diversos paisajes, nos incorporaban palabras que no sabíamos, porque en la ciudad no se decían, e instrumentos musicales poco usuales para nuestros ojos y oídos tan citadinos, como la quena, el arpa, el charango o el acordeón. Tras la música venían los bailes con hermosas coreografías y cada alumno vestía un traje típico; los gauchos con botas, chiripá, sombrero, camisa y pañuelo al cuello; las paisanas con amplias polleras que se meneaban al ritmo de una zamba y coloridas ropas de coyas para bailar un carnavalito. Era un orgullo participar y lucir esos trajes.

Imbuidos de esta cultura, que nos hablaba de la diversidad de las personas y las costumbres de nuestro país, llegamos a la adolescencia. En las radios, en programas de televisión y en todas las disquerías, sonaban Los Chalachaleros, Los Fronterizos, Atahualpa Yupanqui, Jorge Cafrune, Jaime Dávalos, Los Trovadores del Norte (tan rosarinos como nosotros) y comenzaban a asomar Mercedes Sosa, Víctor Heredia, César Isela y tantos, tantos otros que nos acompañaron por el camino.

Promediaba el año 1971 y la vida me hizo un gran regalo, aquel amigo que al tiempo se convirtió en hermano y hoy a más de 50 años de ese momento sigo agradeciendo que aún sea parte fundamental en nuestras vidas. Un pibe salteño de una ciudad pequeña llamada Tartagal, pegadita casi a la frontera con Bolivia y al Chaco salteño. Con él y su familia el folclore se volvió un arco iris, lo conocimos desde adentro, desde las vísceras, en los modos, en las tonadas, en las costumbres, en los sabores y en las palabras. Al año, también se mudaron sus padres a Rosario y se fueron sucediendo los domingos de asados, empanadas con papas, carne cortada a cuchillo, tamales y vino patero.

Don Juan José, su papá, había sido maestro de escuela casi toda su vida allá en el norte. Participaba siempre en nuestras reuniones, nos hablaba de su tierra y de su gente y contaba decenas de espeluznantes anécdotas con pumas, gatos monteses y yaguaretés; nos relataba atardeceres mágicos y también hablaba de las muchas carencias que padecían. Después de los almuerzos comenzaba la guitarreada y fue en uno de esos días que de repente escuchamos, algo lejano, un sonido de percusión lento, acompasado, cada vez más fuerte y de la nada una voz gruesa y vibrante cantando la copla “Soy de Salta y hago falta”, al ritmo de los golpes en “la caja” que alzaba sobre su mano Don Juan José. Aún se me eriza la piel al recordarlo.

Por todo esto que viví y sentí hoy me pregunto: ¿Qué pasó? ¿En qué momento y por qué perdimos el folclore en las grandes ciudades? ¿Cuándo se borró de la escuela primaria la cultura de nuestras raíces? ¿Por qué los medios masivos de comunicación dejaron de propagar nuestra música nativa?

Lo mismo pasó con el tango, que también es folclore, y hoy casi ni se escucha salvo en programas de radio retro y no aparecen nuevos cantores.

Esto ocurre solo en las grandes ciudades como Rosario, Santa Fe, Buenos Aires, en algunas localidades de la larguísima costa atlántica y en otras de nuestro bellísimo sur, porque apenas te corrés un poquito hacia el interior encontramos cientos de recitales, festivales, fiestas camperas y todo ese rico encanto nativo de nuestra tierra adentro.

En mi ciudad suelen verse invitaciones a recitales o fiestas folklóricas, no con mucha asiduidad y con muy poca difusión. Quienes concurren deben ser de nuestra edad o a lo sumo de la generación de nuestros hijos. Los más jóvenes no se interesan, porque simplemente no conocen, nadie les enseño lo que significa y lamentablemente lo ven como “cosas de viejos”.

El resto de Sur y Centro América continúan orgullosos de sus raíces y el folclore nativo de cada lugar tan heterogéneo como el crisol de razas que conforma sus pueblos, continúa siendo muy relevante, lo podemos ver en una infinidad de fiestas alegóricas y aún hoy cruzando sus fronteras con cantantes y compositores que ruedan por el mundo mostrando sus costumbres, tonadas; y llenando estadios con públicos ávidos de escuchar y cantar sus ritmos. Eso también pasaba, aunque hace ya varios años, con grandes exponentes de nuestro folclore, que recorrían el mundo entero llevando y mostrando nuestras raíces.

Chile ofrece uno de los más importantes festivales de música de todo el mundo, Viña del Mar, y fue allí este año, donde un grupo folclórico argentino llamado “AHYRE” se llevó dos “Gaviotas de Plata”, el primer premio a la “Mejor canción” y a la “Mejor interpretación”, y tres de sus integrantes fueron hace tiempo fundadores de los Huayras. 

¿Por qué perdimos el folclore en las ciudades y dejaron de difundirlo en las escuelas y en los medios de comunicación? Seguramente son preguntas que deben tener varias respuestas que ignoro, pero creo que ninguna debe ser lo suficientemente válida como para sepultar este espacio fundamental de nuestra cultura.

Sana, sana

Susana Dal Pastro

 

Toda familia cuenta con su mano santa que trata amorosamente males físicos, emocionales y espirituales. Y en caso de peligro de vida de algún recién nacido, si no hay sacerdote dispuesto a bautizar, esa firme mano santa impartirá el sacramento rociando con agua de la canilla al enfermito. ¡Y sucederá el milagro!

Mi bisabuela materna, experta en varias dolencias, curaba dolores de cabeza, mal de ojo, nervios, insolación, tiraba el cuerito y aplicaba ventosas.

Cualquier dolor provocado por algún golpe de travesuras, mi abuela, discípula destacada de su mamá, me aplicaba una rodaja fresquita de tomate para desinflamar la hinchazón. Si me picaba algún insecto, entonces aplicaba barro sobre el puntito rojo. El alivio más grande que sentí fue cuando una urticaria me tiñó de rojo fuego casi todo el cuerpo ya lastimado de tanto rascarme. Decidida, la abuela partió un limón en dos, me acostó sobre sus rodillas boca abajo y comenzó a acariciarme la espalda con esa jugosa y perfumada medicina. ¡Un bálsamo tu método!

Mi mamá, digna heredera de la experiencia familiar, me hacía cruces con su alianza cada vez que un orzuelo me afectaba un ojo. Después, me lo cubría con un algodón humedecido en té tibio y me aliviaba un montón.

Cuando iba al campo, mi otra abuela (la nona) prevenía mi anemia despertándome muy temprano con un pocillo de café calentito al que le echaba una gota de ferroquina; el desayuno completo venía después cuando ya estábamos todos levantados. No dejaba pasar la oportunidad de contarnos, emocionada, la ayuda inmensa que había recibido de una de sus cuñadas en tiempos muy difíciles y agobiantes; el esposo, mi nono, estaba grave; su tercer hijo, el tío que no conocí, también y su niño menor, parecía estar en sus últimos momentos. La nona recibió la visita de la cuñada quien tenía una hija chiquita. Decidida le dijo a la nona que se llevaba con ella al bebé; lo atendería y cuando, muriera, lo traería de vuelta. Esta increíble tía comenzó a amamantar al sobrino alternando el alimento con una yema y agüita de cebada, así decía la nona. El bebé sobrevivió esa noche, la siguiente y la siguiente y, con los años, se convirtió en mi papá.

Una tarde inesperada una señora italiana, de paso por Rosario, vino a casa y se presentó como la nena que había compartido su alimento materno con mi papá. Quería conocernos y entregarnos recuerdos de los familiares que habían quedado en el pueblo natal. Fue una gran sorpresa para nosotros. Era linda, elegante, simpática. Cuando se despidió, nos abrazó con la promesa de volver. Nunca más la vimos. Nunca la olvidamos. 

Qué efectiva es la medicina casera; vocación pura. Cura todos los males. Sana, sana por fuera. Sana, sana por dentro. 

lunes, 2 de septiembre de 2024

Mi amigo Daniel

Raquel Arroyo

                                              

Lo más parecido que tuve a un hermano fue mi amigo Daniel. Vivía a dos casas de la mía. Me gustaba su compañía, porque me gustaban los juegos de varones. Las figuritas, las bolitas, los barriletes, el karting. Para mí, eso era más interesante que jugar a la maestra o a la mamá. Mi amigo Daniel fue el hermano que quise tener. Daniel, el pibe rubio, de dientes desparejos. El pibe sin madre. El único pibe sin madre que yo conocía. Porque los chicos no pueden no tener madre. ¿Quién los arropa por las noches si no tienen madre?

Mi amigo Daniel tenía un papá y una hermana mucho mayor que ya andaba sola por la vida. Al padre parecía que lo hubiesen sacado de un cuento agreste; analfabeto, hosco, brutal en el trato con su hijo. Yo nunca había visto a alguien así. Alto, muy alto. Vestido con bombachas, faja y boina vasca. Las alpargatas parecían desarmarse en sus pies. Era como si lo hubiesen sacado del campo y trasplantado a la ciudad. Hablaba poco, pero cuando hablaba, su voz grave parecía atravesar las paredes. Sus palabras eran órdenes. Jamás lo escuché mantener un diálogo con su hijo. De su boca solo salía un “vaya a barrer el patio” o un “póngale maíz a las gallinas”. Lo trataba de “usted”, como queriendo mantener la distancia...

La casa de mi amigo Daniel era muy grande, bien hecha, con materiales nobles. Ellos no tenían un mal pasar. Don Francisco trabajaba en una fábrica. Pero vivían como si fueran pobres de toda pobreza. Mal vestidos, mal comidos. Don Francisco nunca había tomado un colectivo, ni conocía el centro de la ciudad. Creo que lo único que se comía en esa casa era puchero. Puchero, pan y mate cocido. Esa era toda la variedad de alimentos. A Daniel le gustaba venir a mi casa para comer masitas, frutas o golosinas. Aceptaba todo y comía despacito, como si disfrutara de cada bocado. En verano nos sentábamos en el patio, debajo de la parra y comíamos ciruelas mientras jugábamos a la payana. Le gustaba comer lentamente las ciruelas y ganarme descaradamente el juego. Hasta que sentía ese silbido que lo aterraba. Dejaba la ciruela mordida y salía corriendo. Ese silbido... Esa era la forma en la que su padre lo llamaba. Así es como se llama a un perro. Nunca lo llamó por su nombre.

Mi amigo Daniel era un año mayor que yo, pero estaba un grado más abajo. Él tenía la costumbre de repetir grados. Íbamos juntos caminando a la escuela. De su guardapolvo ya no quedaban ni vestigios de la blancura que alguna vez había tenido. Pero su pelo rubio estaba siempre impecable, con la raya al costado y engominado.

No era fácil ayudarlo con las tareas, pero aun así yo lo intentaba. Él siempre prefería jugar, a lo que fuera. Sin juguetes. Nunca tuvo juguetes. Excepto aquel camioncito que le regalaron mis padres y que extrañamente desapareció a los pocos días. Fabricaba juguetes con lo que encontraba por ahí. Y a mí eso era lo que más me gustaba. Cuando don Francisco estaba de buen humor o, mejor dicho, de no tan mal humor, podíamos jugar en su casa. Mientras dormía la siesta, mi amigo y yo invadíamos el galpón que estaba al fondo de la casa. El ogro dormía y nosotros fabricábamos juguetes al mejor estilo de los ayudantes de Santa. El galpón era un lugar muy sucio y desordenado, pero a la vez era un espacio mágico. Herramientas de todo tipo; restos de chapones y maderas; tornillos, arandelas, clavos. Yo aportaba el diseño y las ideas y hacía el trabajo más liviano, mientras mi amigo, más fuerte y rudo, cortaba chapas y maderas. Hasta que escuchábamos que don Francisco se había levantado y ese era el momento de suspender la magia. Escondíamos nuestro proyecto en algún rinconcito del galpón y nos íbamos corriendo al gallinero, disimulando la incursión que habíamos hecho.

Cuando don Francisco salía de la casa nos veía a nosotros dos dándoles de comer a las gallinas y juntando huevos en una canasta. Mientras tanto, atado en el sitio más lejano del patio de tierra, estaba Capitán, un perro pointer condenado a vivir con una cadena al cuello. Una lata de dulce de batata con restos de comida maloliente y un balde con agua sucia lo acompañaban. El perro me miraba con ojos sufridos, lloraba; parecía que me pedía caricias. Yo era la única que lo acariciaba, a escondidas de don Francisco. Una vez me descubrió mimándolo y el grito que pegó desde la puerta de la cocina me estremeció a tal punto, que sentí que me orinaba. Yo pude controlarme, pero el Capitán no... Salí corriendo a mi casa, con el tiempo justo llegué al baño y nunca le conté a mi madre lo que había pasado.

Cada vez que podía, le daba un poquito de cariño al Capitán, asegurándome previamente que el ogro no me veía. Según él no había que acariciarlo, porque eso lo hacía un perro consentido que después no serviría para la caza de liebres y perdices, que era su cruel pasatiempo.

La casa de mi amigo Daniel olía mal. Era un olor a querosene mezclado con los vapores del puchero. Todo olía mal. Mi amigo olía mal. También su padre, y el perro, y el galpón... Yo olía mal cuando volvía a mi casa; me lo decía mi madre cuando me hacía ir directamente a la ducha.

Mi amigo nunca hablaba de la ausencia de su madre ni del maltrato de su padre. Él estaba acostumbrado a esa vida. Creo que no registraba sus carencias. Disfrutaba mucho de las comidas en mi casa y de las excursiones de pesca con mi papá y conmigo. Le gustaba también ir a cazar ranas al charco de atrás de la vía. Pero cuando lo llevábamos al parque de diversiones, mi amigo Daniel entraba en una realidad paralela, un universo que iba más allá de lo que él conocía e imaginaba. Yo lo veía mirar para arriba constantemente. No sé si miraba el cielo buscando a su madre, tratando de que ella viera que era feliz. Daniel nunca lloraba, ni se lamentaba.

Disfrutábamos de cada salida, de cada tarde compartida. Pasamos horas eternas haciendo barriletes, con papel de diario y un engrudo oloroso. Mi padre nos llevaba al campito de al lado de las vías a remontarlos, pero generalmente eran un fracaso.

“Está empachado”, decretaba papá.

Y solucionaba el problema haciéndonos él mismo dos nuevos barriletes. Que subían maravillosamente. Y otra vez mi amigo se quedaba fascinado mirando al cielo y otra vez yo pensaba que estaba buscando la mirada de su madre.

Pero después de la felicidad venía la realidad. Volver a la casa, volver al maltrato, volver a la privación, a la penuria, al desamor. Pero mi amigo seguía soportando estoicamente todas sus necesidades. Sin quejas, sin lágrimas, sin lamentos. Hasta aquella noche...

Aquella noche de invierno mientras cenábamos al calor de la estufa, sentimos que golpeaban la puerta desesperadamente. Mi madre abrió y ahí estaba mi amigo Daniel. Con una toalla impregnada en sangre apretada sobre su frente. Estaba pálido, frío, a punto de desmayarse. Mi padre con mucho cuidado le sacó la toalla empapada de la cara y vio un tajo que tenía sobre la ceja de donde brotaba sangre como de un manantial. Lo lavó para ver bien la herida y decidió que nada podía hacer él. Había que llevarlo con urgencia al hospital, necesitaba una sutura. Mis padres le dijeron que había que avisar a don Francisco. Y Daniel lloró, imploró que no lo llamen. Pensamos que había hecho alguna picardía, que se había caído del limonero del fondo, adonde le gustaba treparse. Pero no... Todas mis sospechas se hicieron realidad en una sola frase: “Mi papá me pegó”.

Sin más preguntas, lo llevamos al hospital. Abrigado con un pullover de mi padre, yo le sostenía la toalla limpia que le había dado mi madre, pero rápidamente se volvía roja.

Sentados los dos en el asiento trasero rumbo al hospital, mi amigo me confesó en voz muy baja que la quebradura del brazo que había tenido hacía unos meses no era por caer del limonero. Tampoco había sido un resbalón lo que le produjo aquel corte en el labio. Todos eran golpes de su padre. Lo admiré por su valentía. Y se lo dije.

Al llegar al hospital nos pidió que no digamos nada que su papá lo había lastimado. Tenía miedo que lo llevaran preso. Tenía miedo de perder a su padre, así como un día había perdido a su madre.

Después de unos cuantos puntos de sutura, algunas inyecciones y de pasar por la farmacia a comprar los medicamentos y una bolsa enorme de caramelos de goma rosados, volvimos a casa. Esa noche le armamos un catre en el comedor y Daniel durmió con nosotros. Su padre ni siquiera sabía adonde había ido cuando salió corriendo de su casa; y tampoco le importó.

Al día siguiente mi papá fue a hablar con don Francisco. No sé qué le dijo. Pero mi amigo se quedó varios días en mi casa. Comía rico, se bañaba todos los días, tomaba su medicación, hacía las tareas. Era feliz.

Pero un día dijo que debía volver a su casa. Lo recuerdo sentado frente a mi padre, prometiéndole que ante el menor maltrato iba a volver con nosotros. Yo los miraba y me di cuenta que mi amigo había crecido en estos días. Estaba más maduro, más serio. Su mirada había perdido esa ternura y alegría que lo caracterizaba.

No fui más a jugar a su casa, pero él sí venía a la mía. Todas las tardes tomábamos la leche con vainillas y hacíamos la tarea. Después se iba a su casa. Creo que aquella noche que vino con su cara ensangrentada, mi amigo creció, se hizo grande. Aquella noche reconoció por fin que era un niño maltratado, que su padre no lo amaba y hasta creo, conociéndolo, que debe haber culpado a su madre por haber muerto.

Mi amigo Daniel y yo crecimos, nos hicimos adolescentes. Tuvimos novios, nos casamos, tuvimos hijos. Fue muy buen padre. Y aunque el derrotero de la vida nos llevó por caminos diferentes siempre seguimos en contacto.

Mi amigo Daniel fue lo más parecido a un hermano que pude tener en la vida.

Mi amigo Daniel, el pibe sin madre, el pibe maltratado.

Mi amigo Daniel murió hace unos años. Lamento no haberle dicho nunca que para mí fue el hermano que no tuve. De haberlo sabido, quizás se hubiese sentido menos solo. 

Redes sociales

Mónica Mancini

 

El barrio, allá por los sesenta, gozaba de una dinámica en la que nos movíamos con mucha seguridad, todos nos conocíamos y participábamos activamente de cada acontecimiento. Recuerdo que éramos invitados a los eventos como si fuéramos familia.

Los bautismos, las comuniones, los quince de las chicas y los dieciocho de los muchachos, los casamientos y… también los velorios.

Evoco mi primera comunión. Mi tía María, autodidacta en todos los oficios, se instaló en mi casa para hacerme el vestido. En esa época se usaban variados, cada una elegía el modelo que quería, el mío era bastante sencillo, llevaba tocado confeccionado por unas amigas de mi mamá, cuya especialidad era hacer sombreros, ya bastante pasados de moda en esa época. La limosnera era confeccionada de la misma tela del vestido, bolsita adecuada para guardar los billetitos que te daban a cambio de una estampita. Claro, el tema era que después de que volvías de la ceremonia de la iglesia, recorrías, sin una pisca de vergüenza, casa por casa de los vecinos y todos, sin excepción aportaban su colaboración.

Hasta ahí era lo más atractivo para las niñas. No teníamos muy en claro todo lo que nos habían enseñado en el Catecismo, la confesión de los supuestos pecados, poder comulgar para sentirte parte de la Iglesia. Eran conceptos bastantes abstractos para la edad que teníamos.

A mí, particularmente, se me planteaban muchas confusiones. Como expliqué al principio de este relato, todo en el barrio era bastante comunitario. Se opinaba de los hechos y acontecimientos, frecuentemente se caía en una monotonía y, cuando había un suceso, el entusiasmo se sentía en el aire y la participación era activa.

Las circunstancias hicieron que esté rodeada por vecinas, grandes, en edad de abuela, que no habían tenido hijos, lo que las motivaba a prestarme mucha atención. Depositaban su caudal amoroso en mi infancia y, como yo no tenía abuelas, las valoraba mucho. El conflicto era que también intentaban “evangelizarme” a su manera según sus creencias. Catalina y don Carlos, eran evangelistas, frecuentemente asistía con ellos a la Iglesia Bautista, donde los pastores predicaban y después, los jóvenes invitaban a los niños a divertidos juegos, muy organizados de los cuales yo disfrutaba muchísimo. También asistía a los bautismos y a los casamientos. Ellos me llevaban con orgullo y me complacían, dándome los gustos y, sobre todo, los caprichos.

Doña Celia y don Vicente, vivían pegaditos a mi casa, eran ateos, venían de la España republicana y me hablaban bastante mal de los curas, de la Iglesia y de todo lo que tenía que ver con lo relacionado a los ritos eclesiásticos.

 Ella era una excelente repostera, me homenajeaba con exquisitos alfajores de maicena y además siempre aportaba huevos de sus gallinas para que mi mamá me haga el coctel batido, que nos daban a los niños para que estemos saludables y que consistía en una yema batida con oporto y azúcar. Un manjar.

Enfrente de mi casa estaban los Strano, sicilianos de pura cepa. Él, bastante recio; ella, Rosina, una dulce, muy nostálgica de su tierra, se sentía a gusto con nosotras. Con mi hermana íbamos frecuentemente a su casa, ella tenía una especie de habitación sin techar, como de una construcción inacabada, nos hacía entrar y nos decía que le recemos San Genaro, santo del que ella era devota, que él nos iba a gratificar con golosinas. Nosotras rezábamos al santo y nos llovían bocaditos Holanda, caramelos Media Hora y confites de colores. Grande era mi decepción cuando iba al patio de mi casa, invocaba al santo y no pasaba nada. Puro realismo mágico.

En las sobremesas familiares solíamos dedicarle tiempo al tema conversando sobre estas cuestiones de fe. Yo planteaba y preguntaba mucho, basándome en la información que tenía de mi entorno, que no siempre coincidía con lo que predicaba la hermana en la escuela.

Mi papá me decía que les pregunte a las monjas y que deje de pensar y cuestionar tanto que para eso me mandaban a una escuela católica.

En los sesenta no había Instagram, ni Facebook, ni X, pero no nos faltaban “redes sociales”, cuya información, relatos y vivencias en otras latitudes formaron esta generación, con influencia bastante ecléctica y gran capacidad de adaptación. 

P.D. No obstante todos pusieron dinero en mi limosnera.

Marina

 Hugo Longhi

 

Nunca la conocí; ella sí a mí. Nunca la vi; ella fue la primera en mirarme. Tal vez se haya enamorado de mi inmediatamente; jamás me enteré.

Todo sucedió un caluroso sábado al mediodía, allá por octubre de 1958.

Hubo testigos, pero solo una persona intervino. Y fue clave, por cierto. A partir de allí todo lo que contaré será a expensas de boca de otros. Y bueno, a veces no hay otro remedio.

Este revoltijo de palabras pretende ser clarificado a partir de decir que estoy hablando de mi nacimiento. La persona a la que refiero se llamaba Marina y fue mi partera.

Sí, a pesar de que ya en aquellas épocas se había impuesto la internación en sanatorios y/u hospitales públicos para atender a los alumbramientos, en mi familia todavía primaba ese hábito de que los nuevos integrantes vieran la luz por primera vez en su casa. O en la de sus abuelos, como en mi caso. Mis dos hermanas, una mayor y la otra menor, corrieron la misma aventura. Todos partos naturales y sin mayores consecuencias posteriores.

Pero esa tal Marina fue fundamental para que ahora esté trazando estas líneas, dado que al nacer venía con el cordón umbilical enrollado al cuello, lo cual obviamente dificultaba mi respiración. Mi abuela paterna, dueña de casa, al ver la tremenda escena quiso intervenir, pero la profesional abruptamente la detuvo. Fue ella, con guantes debidamente calzados y hábiles movimientos, la que corrigió la situación.

Otro detalle que le cupo a Marina fue el de ser la primera que dio el anuncio esperado. Fue algo así como “es un varón”. Las ecografías demorarían un par de décadas en hacerse moneda corriente y, de esa forma, destruir esa deliciosa expectativa por saber si la ropita a usar debería ser rosa o celeste.

Mucho más para agregar sobre la protagonista de esta historia no tengo. Salvo algunas atenciones ulteriores, se desvinculó de mí, aunque no de mi familia ya que, como dije, también atendería el nacimiento de mi hermana menor, cuatro años y medio más tarde.

Marina era la esposa de nuestro médico de cabecera. Por decirlo de otra manera, el que vivía en el barrio y acudíamos cada vez que era necesario. Por si les interesa el barrio era Alberdi.

Creo que desde aquel inicial instante estoy en deuda con esta señora de la que jamás vi siquiera una foto. A lo mejor esta evocación salde una mínima parte. 

Cierro con una apostilla. Este relato me surgió a partir del comentario de una compañera del curso que declaró haber sido –quizás no debería usar el tiempo pasado– partera. A ella y a todas la Marinas mi eterno homenaje y agradecimiento.

¿Mafalda o Susanita?

 María Cristina Piñol

 

¡Qué buen dueto hacían estas niñas! Cuando ellas aparecieron allá por 1964 nosotros, los fabulosos chicos de los 60 y 70, estábamos recién entrando en la adolescencia. Las novelas de Corín Tellado circulaban profusamente junto a “El Tony” o “Dartagnan” y aquellas viñetas en los diarios con figuras infantiles ya no nos despertaban interés.

Fuimos creciendo un poco, transitando la secundaria conocimos algo más del mundo en el sentido global, el hombre llegó a la Luna, la tele nos iba poniendo día a día al tanto de diferentes realidades, las charlas entre amigos se tornaban cada vez más intensas, más comprometidas con la vida, con el futuro que soñábamos y entre esos despertares de adolescentes también empezamos a leer a Mafalda.

En cada personaje de la historieta nos fuimos reconociendo. Estábamos todos, los Miguelitos, los Felipes, las Susanitas, los Manolitos, las Mafaldas y hasta las mamás y papás de ellos se parecían a nuestros padres. Entre los amigos del secundario, amistad que trasponía las fronteras de la escuela, se daban las más jugosas charlas. La gran mayoría éramos parte de aquella incipiente clase media. Nietos de inmigrantes, papás cuentapropistas y comerciantes que accedieron a la casa propia, al auto familiar, a las vacaciones, a viajes soñados; mamás que renunciaron a sus trabajos para cuidar los niños y el hogar; en definitiva, esos padres que también pudieron darnos a nosotros la educación que ellos hubieran querido tener.

Entonces aparecían las Mafaldas y las Susanitas. Y, sí, fue una generación de cambios, de rebeldía, de independencia, de renegar contra los roles, de mirar hacia afuera y tentarse a resistir el estatus quo, la primera que fue capaz de abrir las alas y se animó a emigrar hacia otros países a vivir otras realidades. Y las Mafaldas estaban allí, incisivas, contestatarias, ocurrentes e inquisidoras. También estaban las Susanitas, muy femeninas, pendientes de la moda, un tanto egoístas, en busca del amor de novela y de la familia tradicional.

Terminamos el secundario, la vida siguió su curso y los amigos del colegio continuamos siendo amigos hoy, a más de 50 años de distancia, y aún seguimos teniendo entre nosotros las charlas más jugosas. Los Manolitos, Los Felipes y los Miguelitos hoy son todos profesionales, comerciantes o emprendedores, formaron sus familias, tienen hijos que también son profesionales o comerciantes, algunos, los menos, son abuelos y unos pocos se divorciaron, aunque con otras parejas volvieron a recaer.

 ¿Y las Susanitas? En realidad, todas han sido también trabajadoras, comerciantes, empleadas o profesionales, armaron su familia tan deseada, aunque no todas lograron sobrevivir al matrimonio. Siguen siendo coquetas y femeninas a ultranza.

¿Y las Mafaldas? También como las Susanitas son trabajadoras, profesionales o comerciantes, no todas formaron una familia y unas pocas sobrevivieron al matrimonio y no reincidieron.

Lo cierto es que a pesar de que el gran Quino supo reflejar como nadie la sociedad de los años 60 desde la mirada de un niño lo que le da doble mérito, la línea que separa esos mundos es tan delgada que en el transcurso del tiempo termina diluyéndose.

No obstante, tengo que reconocer que aún sobrevive una Mafalda casi intacta de aquel grupo, la que siempre destacó entre la otras Mafaldas. En el momento en que terminamos el secundario mientras el resto se inclinaba por carreras tradicionales, Medicina, Abogacía y muchos por Ciencias Económicas, ella se inscribió en Ciencia Política, cursó y obtuvo la licenciatura. Década del 70, pocas oportunidades de ejercer. Se casó, tuvo hijos, se divorció y trabajó sin cansancio toda su vida, siempre al frente y como propietaria de un comercio.

Recuerdo el día que me dijo: “Yo viví una vida equivocada”.

 Unos cinco años atrás se decidió por fin a conocer Europa. Se fue sola, con un itinerario semi armado y sin reservas de hotel. Subió a trenes, a autobuses, cruzó mares, comió lo que pudo, bailó, se emocionó, se asustó, disfrutó, volvió cargada de experiencias y feliz. Hace un par de meses, ya con 71 años repitió la experiencia, sola y en las mismas condiciones o sea “a la deriva”, pero apostó más fuerte, sur de España, Marruecos, India, Tailandia, Singapur, etcétera. 

Sí, Quino, aún vive en muchas de nosotras tu Mafalda. Gracias, por tu inolvidable personaje.