martes, 17 de septiembre de 2024

Alain Delon, Adonis del siglo XX



María Cristina Piñol



Para el imaginario popular, Francia no es solamente un país más de la Europa Occidental. Con apenas nombrarla comienzan a agolparse las imágenes que encarnan la cultura, el arte, la moda, el cine, la música, el glamour y el refinamiento. Si bien algo de esto es cierto, no todo es auténticamente francés. El Obelisco de Luxor, La Victoria Alada de Samotracia y La Gioconda, por poner algunos pocos ejemplos, no son originariamente franceses; y, si hablamos de moda, la ciudad de Milán hasta es posible que la supere.

A fines de 1800, el arquitecto Haussmann, nacido en Francia y de padres alemanes, por orden de Napoleón arrasa la antigua ciudad medieval y construye el nuevo París que conocemos hoy.

Sin dudas, ellos saben reinventarse y con imaginación logran implantar en el mundo íconos impensados. Las gárgolas de la Catedral de Notre Dame son famosas gracias a la película de El Jorobado y en realidad son solo desagües de aguas pluviales que ya los habían usado egipcios, griegos y romanos de la antigüedad para que el agua de lluvia no dañara los techos.

No menos icónica es la Torre Eiffel. Aunque fue construida en 1887 para una Exposición Industrial Universal que se realizaría en París conmemorando el Centenario de la Revolución francesa, fue erigida bajo la premisa de destruirla dos años después, pero decidieron no hacerlo y convertirla en un monumento propio y distintivo de la ciudad. Pero algunos países envidiosos crearon réplicas destacadas que se encuentran, por ejemplo, en el País Vasco, República Checa, Las Vegas, Tokio, Bolivia, Alsacia (también en Francia), Brasilia, Letonia y Sídney.

Por todo esto un tanto ambiguo, los Dioses del Olimpo algo preocupados, deben haber pensado en darle a este país y a su gente algo auténticamente francés, muy real y que sea totalmente único e inimitable. Decidieron entonces regalarles un Adonis, el hombre más bello entre los bellos y, así, llegó Alain Delon a la Tierra…

Las chicas de los 60 y 70, aquellas que desafiaron el mundo con sus bikinis, mini-shorts, minifaldas y remeritas de Vanlon, literalmente delirábamos con Delon. Los cines se llenaban de mujercitas, al mismo tiempo que se vaciaban de hombres.

Actor polifacético y taquillero, que hoy podía ser un gangster y mañana un latin lover o encarnar un cow boy y a la semana entrante ser El Zorro. Acompañado siempre por actrices hermosas, famosas y talentosas, como Sofía Loren, Brigitte Bardot, Claudia Cardinale, Jane Fonda, Simone Signoret y tantas otras, que fueron furor en aquel momento. En ese entonces el cine pasaba por su segunda época dorada.

Pero… ¿Qué tenía Delon más allá de un rostro perfecto? Sin dudas, la mirada. Sus ojos celestes enmarcados por cejas oscuras y abundantes cobraban distintas vidas en el rol de cada personaje o en cada gesto, esos ojos que al mirar hablaban al igual que su sonrisa.

Cuando los jóvenes periodistas o comentaristas de hoy hablan de él tras su muerte, lo describen como “el hombre más bello para los estándares de belleza de esa época.” Entiendo que aquellos estándares no incluían fuertes músculos forjados en gimnasios, ni cirugías estéticas para “levantar” rasgos caídos ni tatuajes que decoraran los cuerpos. En pocas palabras, la belleza natural, la seducción de una mirada, la picardía de una sonrisa de labios sin botox y las marcas de expresión en el rostro, eran parte de ser, de sentir y de vivir.

Delon también cantaba, a veces solo y otras en dúos. Recuerdo algunos temas, como “Paroles, Paroles”, con Dalila y también con Celine Dion. “Leticia”, tema de la película “Los Aventureros”: “Letizia je ne sabe pa, que tu etés tout pour moi” y el muy osado y controversial tema para el momento “Yo te amo, yo tampoco”, que interpretó junto a Brigitte Bardot. Quienes sean de esa época entenderán de lo que hablo.

El sábado pasado partió el hombre más bello del mundo, el más amado por las mujeres, y el más odiado y envidiado por los hombres.

Bon voyage monsieur Delon, gracias por habernos permitido soñar…

Y … ya es hora de confesarme… Sí, durante mi paso por la adolescencia, Delon y yo dormimos juntos, yo solita en mi cama, mientras él con su sonrisa cómplice me guiñaba un ojo desde una de las paredes de mi habitación.

Viaje. Parte 1

Hugo Longhi

 

Sabido es que existe un imaginario punto cronológico marcado tras la caída del Muro de Berlín, a partir del cual el mundo cambió. Desapareció –aunque solo en apariencias– la división Occidente-Oriente y todo se globalizó.

Nuestro país no escapó al ingreso a esa nueva etapa e iniciamos la controvertida década de los 90, donde todo lucía perfecto, creíamos que mejorábamos el estándar de vida y marchábamos hacia el bienestar definitivo.

Por aquellos tiempos se me ocurrió incursionar en un pasatiempo simple, pero a la vez extraño para la mayoría. Para no profundizar en detalles que no sean objeto de este relato diré que se trataba de escuchar emisoras de radio internacionales que transmitían en español.

Estas radios, que dependían directamente de sus respectivos gobiernos, también cayeron en la lógica de que manejaban presupuestos holgados. En ese contexto fue que comenzaron a organizar concursos de diversos tipos y con variados premios que iban desde un simple llaverito con el logotipo hasta objetos artesanales que representaban a la cultura ancestral de su pueblo.

Y hasta en algunos casos dieron un paso mucho más gigantesco recompensando a sus oyentes con viajes para conocer el país. Y aquí, finalmente, arranca la historia que deseo compartir.

Los ubico en una medianoche de finales de mayo de 1996. Regresaba a casa con mi entonces esposa tras una cena con amigos. Ni bien entramos sonó el teléfono a esa extraña hora. Era un colega, también oyente, que casi al borde de la desesperación nos avisa que Lilian, mi mujer, se había ganado un viaje y que la emisora estaba tratando de ubicarla sin éxito, porque no estábamos en casa. La cosa no comenzaba del todo bien.

El viaje en cuestión era, ni más menos, a Corea del Sur. Entre los diexistas, que así nos denominamos los que practicamos el hobby, diríamos la Corea “buena” a diferencia de Corea del Norte, cerradamente comunista. Por supuesto, todo esto último dicho en un tono informal.

Bueno, la Corea que fuere significaba un trayecto hasta el otro lado del mundo, sitio insospechado y que prometía ser apasionante. Aparte con todos los gastos pagos. Aventura ideal.

Pero, y siempre hay un “pero”, el camino hacia Seúl no sería nada llano. Resumo a la gran carrera los innumerables inconvenientes que se presentaron a cada instante.

Luego de los primeros contactos con Radio Corea Internacional y ya sabiendo que la fecha del viaje sería a mediados de junio, mi mujer se plantó y no quiso viajar sola.

“Si no venís conmigo, yo no voy”, me sentenció. A mí, ir me entusiasmaba, pero tendría que pedir permisos en el trabajo y, sobre todo, pagarme los enormes costos de tarifa aérea y demás. De nada valió discutir. Cuando la flaca se plantaba era inflexible.

Así que tuve que armar una planificación para ir con ella. Primero, que la radio me lo autorizara, no hubo problemas; en mi trabajo conseguí vacaciones anticipadas y el dinero… apareció de algún lado.

Como no tenía mucha experiencia en viajes y encima el destino no era nada tradicional, opté por gestionar mi pasaje a través de una conocida agencia de turismo local. Internet recién empezaba a dar sus primeros pasitos y ayudaría bastante.

La ruta hacia el Oriente se iniciaría en San Pablo, Brasil, por lo que tuvimos que hacernos cargo del trayecto hasta allí. Los problemas fueron tratar de conseguir un billete aéreo en el mismo vuelo que iría Lilian a Seúl, que ya había recibido el suyo por correo.

Korean Air tenía una oficina en Buenos Aires atendida por un tal Antonio, nombre de fantasía ya que luego descubrí que era coreano. Tipo difícil si los hay. Con su pasmosa tranquilidad oriental nada resolvía en el acto.

Los días iban transcurriendo y mi pasaje no aparecía, al tiempo que mi angustia se iba convirtiendo en desesperación. Con la chica de la agencia y este tal Antonio estábamos en contacto todos los días y a cada rato, pero sin mayores resultados. Hasta me propusieron que llamara a Seúl. ¿A qué hora? ¿En qué idioma? Una locura.

Finalmente, un día antes del vuelo. el billete estuvo y nos dispusimos a viajar. Ella fue directamente a Ezeiza, mientras que yo debería pasar por Korean en el centro porteño a retirar el pasaje que, dicho sea de paso, no estaba allí, sino que debía traerlo un delivery desde algún lugar. También los dos lugares para el tramo hasta San Pablo.

Yo miraba el reloj y consultaba a Antonio que nunca tenía respuestas para nada. Cuando la película ya casi terminaba en desastre apareció un chico en moto y final feliz. ¿Final feliz, dije? Ya veremos.

Me tomé un colectivo urbano hasta el aeropuerto que tardó más de lo previsto. Para completar la serie de penurias al llegar no encontré a mi esposa. La busqué por toda la estación aérea y nada. Llegó al rato, también retrasado su transporte.

Casi con el horario de partida encima logramos embarcar hasta la escala brasileña. El viaje se desarrolló sin inconvenientes hasta arribar al mostrador de embarque de Korean y allí arrancaría otro de los capítulos dramáticos de esta historia. 

Eso se los contaré otro día.

Aquellas fiestas de guardar

Oscar Bedetti

 

Sí, había que estar bien descansados, porque temprano en la tarde estaba la ida al cementerio.

Mis épocas de niño, cuando concurrir el 1° y 2 de noviembre era tan sagrado y obligatorio como nada en el mundo.

Sí, llegábamos en familia (así debía ser) munidos de grandes ramos de flores y dispuestos a encontrarnos con todo el pueblo, que allí se daba cita.

En esos días en mi casa estaba prohibido escuchar música y las radios solo emitían sacra o de cámara.

De resultas que el cementerio era una fiesta, de guardar, literalmente hablando.

Don Carena, cuidador, y su esposa, lo habían dejado reluciente.

Todo el mundo estaba allí. Y en las afueras, tras los muros, estaban instalados kioscos de comestibles, despacho de bebidas, venta de helados y de flores. Comprendía todo un sector, que para un niño era la algarabía total.

Pero mi madre nos llevaba a recorrer pariente por pariente fallecido, a rezar un rosario en cada lugar (Dios mío, qué largos) siempre a cargo de las rezadoras, que así se ofrecían en todo el día.

Y hacer sociales, vía ropa nueva, sombreros, chismes, cosechas, la lluvia que no llegaba, los hijos, etcétera, encontrar gente siempre dispuesta a hablar y también a rezar.

Cuando uno podía zafar de los mayores, era cuestión de recorrer y mandarse afuera, ya que los primeros helados o la bebida cola esperaban con tantas ansias.

Horas de visitas a un lugar poblado de miles de flores y mucha gente.

En la semana anterior se debía llegar a arreglar, pintar, limpiar, para que el lugar de cada quien luciera con sus mejores galas.

Y solo cuando el sol comenzaba a declinar en el horizonte, recién allí, los mayores decidían el regreso.

Sí, días de recuerdos, del pasado, de las personas queridas que ya no estaban con nosotros, pero también días en los que la gran masa popular se volcaba con alma y vida a recordar, sí, pero con carácter de fiesta.

Al menos, así lo veía yo.

lunes, 16 de septiembre de 2024

Paradigma laboral

Enrique Juan Pesson

 

Cómo han pasado los años, cómo cambiaron las cosas… no solo en lo personal sino también en lo laboral.

Si pienso en los cambios de paradigma que he atravesado desde mi primera experiencia de trabajo hasta la última, y si comparo cómo yo ingresé al mercado laboral con las nuevas formas que tienen hoy los jóvenes para ingresar al mismo, vuelvo a comprobar los cambios en tiempos y formas.

Antes pretendíamos llegar a la jubilación después de estar años en un mismo empleo, comenzando como aprendiz hasta alcanzar puestos más elevados. Ahora los jóvenes no tienen miedo de cambiar de trabajo si no están conformes o cómodos con lo que hacen, con la paga o si no quieren estancarse y prefieren experimentar cosas nuevas.

Cuando yo empecé con mi primer empleo, poco después de terminar la secundaria y con 18 años solo se necesitaba tener el secundario y quizás algún curso de mecanografía, si el objetivo era en un área administrativa.

Tampoco teníamos que enviar CV. En mi caso, fue un amigo quien me contactó y recomendó con el gerente de una compañía de seguros. Los gerentes y jefes fueron los primeros en formarme y capacitarme en el nuevo rubro de la informática. Ellos contribuyeron a mi formación para adquirir experiencia, valores desde lo humano, como honestidad y lealtad, y las competencias para desenvolverme en el ámbito laboral. Diez años después esa compañía por problemas financieros fue liquidada…

Por fortuna no quedé sin trabajo por mucho tiempo y otro gran amigo me abrió las puertas de su empresa de servicios tecnológicos para importantes compañías de Rosario y zona de influencia. Aunque me sentía cómodo en un ambiente amigable, mi afán de superación y aprendizaje me llevaron a buscar nuevos horizontes. El 91 se vislumbraba con muchas innovaciones tecnológicas, cambios económicos, sociales y políticos.

Luego de un período en una empresa de servicios sociales, el cual prefiero olvidar, los cuarenta años me llegaron con veintidós años de experiencia y familia que mantener, pero desocupado. Esta vez no fue tan fácil reinsertarme, me sentí agobiado, con problemas emocionales y depresión. Habían comenzado las presentaciones espontáneas y diversos tests psicotécnicos para buscar trabajo, eso me obligó a reformularme mis estrategias personales, ser tenaz y persistente frente a las adversidades. Realicé cursos de Marketing Personal para la Búsqueda de Empleo, aprendí lo que se podía decir y que no en las entrevistas; también que el puesto de trabajo no lo consigue el mejor sino el más audaz, aquel que sepa venderse. Pude comprobar y vivir en carne propia la precarización laboral existente, desempleado diez meses, tuve que saber reconvertir mi carrera, volver a efectuar estudios terciarios, postítulos universitarios en la Facultad de Ciencias Económicas y, así, adquirir las competencias de desarrollo laboral.

Con el cambio de siglo y la problemática del Y2000, llegó mi último ciclo de trabajo, en un importante banco de la provincia de Santa Fe. Cuando en el 2020 nos tocó padecer la pandemia, el conocimiento informático que tenía me alivió el trabajo remoto; es más, logré adaptarme tecnológica y culturalmente. Así, luego de veintidós años en el banco me jubilé con la satisfacción del deber cumplido, con el reconocimiento de mis compañeros y de todos con los que había compartido tantos años.

No está en mis planes envejecer sino celebrar el sol cada mañana. El milagro a mi edad es mantener mi cuerpo, la máquina más completa y fascinante que existe, funcionando. Como toda máquina a veces debo hacerle algún “service” o bajarle las revoluciones para no reincidir en aquellos tiempos en que las presiones me generaban estrés. Ya no puedo escalar montañas, pero si puedo subir colinas, recorrer valles que también tienen su encanto, los años me han traído un natural desgaste y una serie de prerrogativas nada despreciables como la experiencia y la madurez. 

Hoy bajo el paradigma de la “Sexalescencia” quiero disfrutar de la vida, hacer ejercicios, actividades de agilidad mental, continuar aprendiendo, colaborar con la sociedad, viajar, conocer gente nueva, disfrutar con mi familia y ser dueño de mi propio destino. 

Celebraciones familiares

 Susana Dal Pastro

 

El ritmo de vida moderno nos lleva al apuro, a no tener tiempo de compartir un rato, a escucharnos por mensajes a la máxima velocidad. Por eso, el mejor regalo de cumpleaños sigue siendo la compañía de los que nos quieren y queremos.

Mi hermano cumplía años en junio, cuando el mes era realmente frío. Había que pensar entonces en una celebración cálida en familia y con los amigos más íntimos. El menú era siempre el mismo: caracoles con salsa un poquito más que picante, el plato preferido de mi hermano. Cuando digo esto, algunos ceños se fruncen. “Porque nunca los probaron”, digo.

Los preparativos empezaban unos días antes purgando los caracoles con harina de maíz; hoy los venden ya listos; los cocineros ganan tiempo y los chicos pierden la oportunidad de dejar escapar algún caracol del recipiente que los contiene. Y si no fuera por la prueba brillante y ascendente que estos bichos dejan en las paredes, nadie descubriría la travesura.

Llega el día esperado. La mesa está lista. Todos de pie; no cabemos sentados y es mejor así, porque avanzamos en ronda sin descuidar el plato y solos nos servimos la soda, el agua, el vino, el pan. La casa es un bullicio alegre. El calor y el sabor vuelven rojas las mejillas.

A la hora de apagar las velitas, mi hermano se pone serio y le brillan los ojos; ya sé por qué le pasa esto; me lo tuvieron que explicar y ahora que eran dieciocho las velitas, con más razón.

“Porque extraña a tu papá”, me dijeron. Y lloré yo también.

Los abrazos y los besos siguen al musical “que los cumplas feliz”; las palabras y los abrazos van tranquilizando al cumpleañero y la tristeza se vuelve sonrisa y la sonrisa expresa un gracias por seguir reuniéndonos.

Así pasaron mucho junio de cumpleaños en casa. Y siguen pasando en el corazón de los que todavía contamos esta historia.

Otra vez al aula

 Daniel O. Jobbel

 

Hace tiempo que no pisaba un aula. Me daba no sé qué. Me inhibía. Y la invitación estaba a la palma de la mano, ese curso, por internet, ese comunicador, tecnología con la cuál no me llevo bien.

A la hora de identificar cuáles son las singularidades y el diferencial de esa propuesta estaba clara. Conocer ese espacio, que por dos años lo hicimos por Meet. 

Otra vez al aula. Y como creo que soy alguien profundamente sensible, que siente tanta empatía y elige afianzarse, no pude evitar ser honesto. Dije: “No puedo fallar”. 

Deshilachando la madeja de la memoria, buscando otra mirada, otro acápite a ciertos temas, se me ocurrió escribir sobre esta experiencia. Sinceramente, es una forma de ir desenrollando una parte de los hilos de esa historia.

Volver al aula a los 66 años fue una gratitud, indiscutidamente atrapante, para un tipo que había quemado ya las naves, pero quedaba otra oportunidad u otro fósforo. 

Volver al aula, ese lugar blanco, prolijo, con pupitres del mismo color era volver a la Universidad Abierta, libre para adultos, y otra vez sería un desafío. 

Allí, en calle Sarmiento promete una buena estancia de debate, relajante, una mera excusa para incursionar en una suerte de nuevo aprendizaje cultural. 

En esa aula y ese pupitre la memoria viva, me abre una ventana, me juega una chicana, rompe los vidrios sepia de un fotograma hacía ese pasado donde en la escuela “La Sagrada Familia”, en esos sesenta, cuando tenía cuatro o cinco años, una monjita proponía una cierta inquisición escondiendo, reteniendo y a veces golpeando mi mano zurda, para que escribiera con la derecha. Hasta que todo sucumbió. Hubo un arrebato de ese chico y volaron cubitos de colores, vasito y alguna otra cosa de esa aula celeste. Por supuesto, fui sacado de allí. Ya de chico mostré mi rebeldía. Se acabó el jardín. Chau. 

Ahora, la chicana me encuentra cruzando sembrados y senderos por calle Callao al 5300, saltando algún alambre (es que todavía existían quintas por allí) y me lleva al primer grado de la escuela número 158, “Nuestra Señora de la Consolata”, el barrio “Las Delicias”; con compañeros nuevos, Laura, Alicia, Estela, dos Raúl, tres Jorge, la Susy enamorada de muchos y la única maestra que tuvimos: María del Carmen. Pues fue el primer grado por inaugurar el colegio. ¡Hasta salimos en “La Capital”! Las travesuras, el primer cigarrillo, un viaje, en pocas palabras, esa enseñanza laica que nos marcó y por lo cual, con algunos amigos, nos seguimos viendo. “El amor después del amor”, diría Fito.

Y hablando de música, en esos tiempos aceitaba sus cambios. Con “La Balsa” de Lito Nebbia y a falta de Almendra, Spinetta era Pescado Rabioso; Emilio, Aquelarre y Edelmiro, otro flaco de Color Humano. Ya hubo de pasar “Muchacha ojos de papel”. Manal terminó en enroque con La Pesada y el Carpo Napolitano en su Pappo’s Blues. (Me disculpo de aquellos que no gustan del rock) Es era de psicodelia y pelo largo. Música beat. Década de los 70, los lentos inolvidables; la ciudad de Rosario agrandaba de a poco su progreso y un Pablo el Enterrador hacía su rock de protesta, casi como una música de culto.

En “Pelo”, una revista porteña hecha justa a la medida para el rock, podíamos deleitarnos con letras, reportajes, guía de recitales y las figuras citadas; con otra mirada, con “Los caballos cansados”, de Gieco, en “Las mañanas campestres” y el “Gemido de un gorrión”; y “Oye hijo las cosas están de este modo, la radio en mi cuarto me lo dice todo. ¡No preguntes más!”, decía el loco Charly en “Instituciones”. Cosas así y por el estilo... Época dura, pero con esperanza... “Nos la dibujaban con un compás, redondita”.

Volver al aula. Otra vez la memoria viva, tal vez cercenada, dando la tecla apurada, ella solo vive creo que un cuarto de vida que podría tener y regida por pensamientos que controlan. Me veo en el aula, escucho, razono. Y recuerdo que tengo una frazada que alguien me alcanzó en esos años setenta de “tomas de colegio” por mejoras y otras cosas. Años locos. Años difíciles. Con una primavera democrática.

Ahora, me veo en el aula de Arquitectura en la Siberia nuestra. Y luego del fracaso de no poder ser quizás lo que no era para mí. 

Vuelvo al aula otra vez para una Tecnicatura en Periodismo y una renovada esperanza con una nueva camada de compañeros donde discernir, hablar, mover un poco los lentes, tenía ciertas ataduras dictatoriales de los últimos años setenta.

Pero el sedimento en las relaciones no caducó. Aquella tarde noche del mes de octubre de 2022. Dos personas abrieron otra ventana, una puerta, y al manotear el picaporte de la nostálgica, entré al aula. Ellos fueron Ceci y José. Y dentro de esa aula blanca me encontré con Hugo, Moni, Graciela, Alberto y otros que no recuerdo. Éramos pocos, pero para mí estaba lleno. En la pizarra estaba borroso el Meet esa tecnología que nos comunica. Allí, detrás de esas paredes había otros; con sus maneras de ver, comprender y expresar.

Indiscutibles y atrapantes son los hechos, aislados algunos, los viajes internos de esta memoria viva, ese mirar por la cerradura, los deseos de diferentes etapas de vida, los traumas, los deseos, las relaciones, las decisiones. ¡Sí! Como la que ofrece, ContameUnaHistoria.

martes, 10 de septiembre de 2024

Las fogatas

Juan N. García

 

¿Qué ocurre si los recuerdos se mezclan, son verdaderos o incluyen hechos imaginarios, creados por la mente para justificar su aparición?

Es difícil precisar situaciones de un pasado no reciente.

Las fogatas de San Pedro y San Pablo, los 29 de junio, en las décadas del 50 y primeros años de los 60, eran un rito que aglutinaba a todos los vecinos del barrio. En mi caso, la de San Juan, que se festejaba antes, el 23 de junio de cada año, era la más esperada y preferida, significaba mi onomástico, muchas felicitaciones y los esperados regalos, que en esa época era costumbre.

En los días previos, los organizadores, la barra que asolaba el vecindario, jugando a la pelota en la calle y no respetando la famosa siesta o divirtiéndose hasta altas hora de la noche con escondidas, rango, rin raje, patear tachos de basura, dejaba todas estas “atrocidades” urbanas, para planear los eventos.

Los preparativos empezaban una semana antes de cada fecha. El acopio de ramas y troncos de árboles incluía el corte de grandes tallos que a veces todavía estaban verdes y con su savia en pleno movimiento. Ese líquido nutriente de minerales y azúcares, en contacto con el fuego, provocaba el chisporroteo y colores, como si fueran fuegos artificiales. Pero eran naturales.

Los organizadores eran como la plana mayor de una unidad militar, decidían la táctica para llegar al objetivo. Armaban tres grupos tipo comando. El uno dedicado a visitar casa por casa y juntar todas las cosas que los vecinos querían quemar, destruir o que desaparezcan, solo inflamables no peligrosos (muebles, ropa, maderas, papeles, cartones). El dos, acopiaba todo en un sector de la cuadra, armando una improvisada choza, cubierta de lona o plástico, por si llovía. El tercero, el más codiciado, vigilaba, aún de noche, que nadie se llevara nada (la mitología decía que había grupos de otros barrios que hacían sus fogatas sin mucho esfuerzo, solo robando). El sorteo de los turnos para esas guardias, de varias horas, era como entrar en un mundo de fantasías, verdaderas o inventadas. Los grandes parecían gurúes, los más chicos escuchando y aprendiendo sobre temas que quizás, en sus familias, no se tocaban.

El día del festejo, el barrio se paralizaba después del mediodía y comenzaba la construcción de la fogata, en el medio de la calle, que quedaba cortada. Sobre el empedrado grueso de esa época, se apilaban los troncos más grandes en forma de pirámide, se intercalaban y desde el centro hacia arriba, se apilaba todo lo juntado para quemar.

Según las creencias el fuego purificaba quemando lo viejo y malo.

Siempre se hacía un muñeco de trapo, relleno de papel, paja, telas, lanas, etcétera, con tamaño de persona y se ponía en la punta. Cuando ardía, quizás, algunos, pensaban en familiares, vecinos, conocidos, políticos, que no contaban con su simpatía.

Antes de anochecer se encendía la fogata. Durante un par de horas, todos los presentes iban y venían en derredor, observando la misma, desde distintos ángulos y analizando o elucubrando quién sabe qué historia.

Las brasas eran el objetivo final, sin ellas no hubiesen existido las largas noches de papas, batatas o camotes y cebollas asadas, cubiertas por las mismas entre el cordón y el empedrado. Con el tiempo la oferta gastronómica derivó en suculentas parrilladas, lechones, pollos, bichos varios, guisos y demás comidas en ollas negras de hierro fundido. Cada uno bebía lo que quería, ahí se notaban las diferencias económicas, no todos los vinos o aperitivos eran iguales y algunos hacían “vaquitas” para compartir las bebidas. Todo terminaba de madrugada y el único vestigio del evento, era Don José, el verdulero de cajón, que lógicamente nunca ofreció para quemar. Siempre aparecía tirado junto a su elemento de trabajo, en cualquier umbral y despertando de su borrachera la noche siguiente.

Uno de esos días, vinieron, la policía, el famoso “cuartito azul”, y los bomberos. Barrieron con todo y se llevaron a algunos mayores. Nunca más hubo fogatas ni fiestas similares. 

Apareció el frio y gris pavimento y todo lo vivido se congeló en la memoria.