viernes, 12 de septiembre de 2014

Recuerdos de una década

Por Luis Zandri

Los hechos que voy a relatar ocurrieron entre los años 1968 y 1978.
El 4 de enero de 1968 me casé, después de un largo noviazgo, ya que cuando comenzó tenía apenas 16 años y era conveniente terminar los estudios secundarios, conseguir un buen trabajo, hacer planes para la vivienda y todos sus contenidos y demás detalles que implican una decisión tan importante en la vida de una persona. Mi novia ya trabajaba, ya que había realizado un curso de corte y confección del Sistema Teniente, muy en boga en esa época; y a sus 15 años comenzó a dar clases sobre el tema y también a desempeñarse como modista, haciendo diversos tipos de prendas.
No pasó mucho tiempo hasta que una amiga de ambos, Ana María era su nombre, le dijo a ella que se casaba y que le tenía que confeccionar el traje de novia. “¿Qué?, ¿estás loca?”, le respondió, ya que hasta ese momento no había hecho ninguno. “¡Vos me lo prometiste así que ahora tenés que cumplir!”.
Y cumplió con creces, ya que según su opinión fue el mejor traje de novia que hizo en su vida, ya que eso le dio pie para animarse y dedicarse posteriormente a lo que llaman “alta costura”; es decir, vestidos de novias y de fiestas, convirtiéndose con el tiempo en una excelente profesional hasta la actualidad.
Viajamos de luna de miel a Bariloche. Después de un largo recorrido en ómnibus de más de 30 horas, ya que en esos tiempos desde Piedra del Águila en adelante la ruta era de ripio y además cuando llegamos al río Limay –que nace en el lago Nahuel Huapi, confluye con el río Neuquén y da lugar al nacimiento al río Negro, con un recorrido total de 617 kilómetros– había que cruzarlo con el colectivo montado sobre una balsa traccionada a mano por medio de cables de acero y, desde allí. nos quedaban todavía por recorrer más de 200 kilómetros.
Nos alojamos en el hotel Roma, un excelente hotel contratado por la obra social del Seguro, gremio al cual pertenezco. Una nota graciosa, si se quiere, fue que en la primera noche me quedé encerrado en el baño con el picaporte de la puerta en la mano al intentar abrirla. ¡Me moría de vergüenza! Mi esposa tuvo que llamar a un camarero para que solucionara el inconveniente, divirtiéndose ambos a mi costa.
Una de las excursiones programadas que realizamos era la del Circuito Grande; duraba todo el día y en su recorrido se visitaba la isla Victoria con almuerzo incluido. Después de comer estábamos descansando en el césped varias parejas de mieleros en las cercanías de la hermosa cabaña que hacía las veces de comedor, cuando de pronto vimos que se acercaba un grupo de jinetes a caballo. Nos causó una gran sorpresa ver que el que encabezaba el grupo era el general Juan Carlos Onganía, quien en ese momento era el presidente de nuestro país. Después nos enteramos que en esos lugares hay una residencia presidencial.
Se apearon de los caballos, y él se acercó a saludarnos, deseándonos bienaventuranzas. Algunas parejas se acercaron a estrecharle la mano, nosotros no lo hicimos ya que yo siempre sentí un pleno rechazo hacia los militares. Luego el grupo volvió a montar y se retiraron por donde habían venido.
Recuerdo que cuando estuve en el servicio militar en el año 1965, en la Cuarta Compañía de Vigilancia, ubicada en la Fábrica Militar de Armas en Fray Luis Beltrán, en una discusión que tuve con un sargento ayudante, que yo tenía entre ceja y ceja, le dije en un rapto de enojo que los militares no servían para nada y que si a él yo le sacaba el uniforme y lo vestía de civil y lo largaba a la calle no iba a saber qué hacer.
Para mi sorpresa en lugar de castigarme con un arresto por mis palabras, me respondió: “Tenés razón, no sabría que hacer, fuera de esto, no sirvo para nada”.
En esos años, yo guardaba el auto en una amplia playa de estacionamiento a dos cuadras de mi casa, en la calle Reconquista al 1700, a cuyo frente había una panadería, siendo su dueño quien alquilaba el galpón a terceros para su explotación.
Eran dos muchachos los que alquilaban la playa. Uno era de baja estatura, robusto y morocho, del cual no recuerdo su nombre, el otro era Carlos, también morocho, alto y con bigotes. Yo veía que casi todos los días se reunían en el fondo del local con un grupo de entre 10 a 20 personas, tomando mates y charlando en voz baja. Integraba el grupo una chica muy linda conocida por mí, prima de una amiga.
Esas reuniones despertaban mi curiosidad, pero nunca le pregunté nada a ella, hasta que un día hubo una razzia y allí nos enteramos que eran militantes montoneros. La gente decía que a los dos muchachos los habían matado. Después de varios años, un día me crucé en la Avenida Alberdi con el más bajito de ellos. Nos miramos pero no sé si me reconoció o no quiso hacerlo y yo tampoco le dije nada.
Más adelante, en el año 1978, cuando se estaba jugando el Mundial de Fútbol, vino a la casa de mis suegros un pariente de ellos que estaba en la base aérea de Paraná. Lo habían asignado como custodio en el aeródromo de Rosario porque la Selección tenía que viajar a Buenos Aires, después de haber jugado los tres partidos de clasificación aquí, en la cancha de Rosario Central, dándome el gusto de presenciar el primer partido, 2 a 0 con Polonia, y el tercero, 6 a 0 contra Perú.
Este hombre me invitó si quería acompañarlo al aeropuerto para ver a los jugadores. No dudé en aceptar y allá nos fuimos. Cuando llegamos él me ubicó en un lugar donde esperan los pasajeros para abordar el avión y me dijo que no me moviera de allí. Al rato pasó a mi lado un militar muy alto y, cuando veo su rostro, reconozco al general Galtieri, que en ese momento era el jefe del Segundo Cuerpo de Ejército con asiento en Rosario. Nadie podía imaginar en ese momento todo lo que iba a pasar después cuando asumió la Presidencia de la Nación.
Luego aparecieron los jugadores, dirigiéndose a la pista para abordar el avión que los transportaría hacia Buenos Aires. Ahí ya no pude contenerme, corrí hasta las cercanías del avión y conseguí que seis de ellos me firmaran su autógrafo: Tarantini, Ardiles, Houseman, Kempes, Pasarella y Luque.
No son gratos recuerdos mis encuentros con los militares que mencioné en este relato y tampoco lo vivido en el servicio militar, ya que para mí significó atrasarme un año en mis estudios. A lo largo de mi vida he cambiado ideas, posturas y formas de proceder en distintas cosas, siempre tratando de mejorar interiormente pero mis pensamientos y postura respecto a los militares sigue inalterable: no sirven para nada.



Espejos

Por María Rosa Fraerman

La vieja casa, testigo de vivencias de tres generaciones donde mi abuela peinaba sus primeras canas, mi madre batía sus cabellos para darle más volumen y yo, con mi rubias trenzas despeinadas, nos vimos reflejadas en el mismo cristal de los espejos empañados de humedades, mientras que con mi dedo dibujaba utopías.
Busco en la transparencia huellas del tiempo, atravesando recuerdos de un ayer no muy lejano.
Abro la ventana para que se colme de luz de los amaneceres, buscando las huellas repaso mi lista de recuerdos de puños apretados, rabias contenidas y alegrías de a ratos.
¡Oh! Cruel espejo quiero atrapar los momentos antes de que se desvanezcan y esa extraña metamorfosis que la realidad me devuelve.
Hoy tan solo eres el reflejo de mil días olvidados.

jueves, 11 de septiembre de 2014

De Pichincha a Tablada, allá por los 60

Carmen G.

Mediados del Siglo XX, allá por 1957, más precisamente el 19 de enero, nos mudamos de barrio. Dejamos Pichincha para instalarnos en Tablada, bien distinto del anterior, pero con su propia impronta de “malevos a la luz de un farol”, precedido por La República de la Sexta, pesado como ninguno en aquella época y cercano a algunas villas de emergencia, como la famosa Villa Manuelita hacia el sudeste.
Mi nueva casa, por Colón al 2800, estaba sobre una calle pavimentada, que no había muchas. Algunas eran de tierra, con zanjas porque las cloacas apenas si llegaban.
¡Me esperaba una vida totalmente distinta! Las familias que lo habitaban, toda gente de trabajo, solidaria, tranquila, amistosa y, sobre todo, muy buenos vecinos. Muchos chicos de mi edad, varones y niñas con los que comencé a relacionarme y, aun hoy, conservo de ese grupo a mis mejores amigas.
Era tiempo de empezar mi secundaria. La escuela quedaba bastante retirada de casa y para llegar tenía que viajar en tranvía, que poco tiempo después fue reemplazado por colectivos. Para esa época, las chicas preferían quedarse en casa, aprender “Corte y Confección” antes que ir a estudiar, así que como de mi cuadra era solo yo la que iba, mi papá me acompañaba hasta la puerta de la escuela y después iba rumbo a su trabajo.
Padecíamos para entonces los “remesones de La Libertadora”. Teníamos un gobierno militar al mando del general Pedro Eugenio Aramburu, que estuvo hasta 1958, año de elecciones, cuando asumió Arturo Frondizi como presidente, hasta el 62 que nuevamente se hicieron presente los militares.
Todavía se conservaban costumbres de una sociedad de post-guerra, en la cual el papel de la mujer se limitaba a cuidar de su casa, a tener varios hijos y dedicarse a ellos. El hombre era el encargado de trabajar y mantener su familia. A los hijos se los tenía casi al margen de todo, y la disciplina y el respeto eran las reglas.
Mientras tanto, ya transitando mi segundo año, comienza una lucha universitaria entre Libres y Laicos. Sin saber mucho de qué se trataba, los secundarios apoyábamos. Hubo corridas, se “tomaron las escuelas y las facultades”, no se dictaron clases y los más chicos, amparados en nuestra ignorancia nos divertíamos. No me acuerdo cuanto duró. Con el paso del tiempo entendí la lucha: los laicos, que ahí me enrolé yo, defendíamos la universidad estatal, gratuita y laica; mientras que los libres apoyaban la educación privada y con alguna orientación religiosa.
En el barrio, con l3, l4, l5 años jugábamos, andábamos en patines por la calle o en bici. La soga no faltaba y, en las nochecitas de verano, había que llamarnos varias veces para que resignáramos la charla y entráramos a casa.
Y, como siempre, “el otoño trajo al invierno”. Y así, entre clases, materias para rendir, bolilleros, libres y laicos, toma de escuelas, nos fuimos acercando a los 60 a la que algunos llaman “la década bisagra”. Lo cierto es que comenzamos a sentir un aroma a cambio, en lo familiar, en lo social, en lo cultural. La mujer y lo femenino entran a tener otra apertura. Un estilo más liberal, su vestimenta pasa a ser más deportiva y las atrevidas minifaldas se adueñan del paisaje. Los pantalones, que hasta entonces no integraban el guardarropa femenino, pasan a ser una prenda de uso cotidiano y junto con ellos las mujeres comienzan a soltar amarras.
Mientras por la tevé veíamos “El Club del Clan”, comienza a hacer humo en el mundo un grupo de jóvenes ingleses: “Los Beatles”, que con su música y sus canciones, su rebeldía, su forma de vestir, su mensaje de “Amor y Paz”, marcan a los más jóvenes que comenzamos a ver la vida con un enfoque mucho más liberal.
Los “asaltos”, las peñas folclóricas, el café concert, los mini shorts, los jean, el cigarrillo…

En diciembre de 1961 terminé la secundaria. En el mismo diciembre conseguí mi primer trabajo. Siguieron los estudios, pasaron los años. Me casé, tengo una familia hermosa y en otra casa, pero sigo viviendo en el barrio. Ya no es más Tablada. Con el crecimiento de la ciudad, el centro se fue agrandando, ocupando barrios de sus alrededores que pasaron a integrar el macrocentro. Ahora es Barrio General San Martín. No más calles de tierra, no más chicos jugando en las calles. Las maderas y las chapas también fueron desplazadas un poco más allá.

martes, 9 de septiembre de 2014

Las cosas que su dueña no pudo usar

Por Norma Pagani

Cuando leí el poema de Borges “Las cosas”, vinieron a mi mente las copas de licor que heredé de mi suegra.
Me puse a pensar en los años que llevan en la familia.
Llegaron al campo “Don Juan” en Cañada Seca, días previos al casamiento de Beatriz y Clemente, el 18 de junio de 1936. Venían prolijamente embaladas en una caja de madera; en otra, el juego de platos con motivos japoneses y el servicio de café negro de porcelana.
Al vivir en la casa paterna, no tuvieron necesidad de usarlas y quedaron como llegaron hasta 1954, cuando Clemente, mi suegro, con su nueva esposa e hijo se instalaron en el pueblo para enviar al niño a la escuela, ya que Beatriz enfermo gravemente y a los cuatro años de casada falleció. Clemente paso varios años solo hasta que rehízo nuevamente su vida.
Lorenza usaba esa vajilla y la lucia orgullosa ante sus visitas. Siempre ponía un mantel blanco bordado en punto cruz con pavos reales y flores rosas, que según ella encontró sin terminar, en el baúl que había traído Beatriz con su ajuar.
 En una oportunidad que se lo pedí para una comunión me lo regalo y yo lo atesore con gusto hasta que varios años después, se lo di a mi hija Andrea, pidiéndole que lo conservara con mucho amor.
Cierto día, mi suegro me contó que toda esa losa era regalo de su primer matrimonio. Me quedé anonadada. Nunca lo hubiera imaginado. Mi suegra nunca lo menciono. Ambos fallecieron y hoy el juego está en mi casa de Rosario. Este año rompí dos. Eran seis. Una conserva su pie pegado.
Como me encanta imaginar historias se me ocurrió pensar en que nunca fueron usadas por su verdadera dueña, que los hijos que no tuvo no pudieron sostenerlas, que quizá nunca se le ocurrió que caerían en otras manos, cambiarían de lugar, durarían intactas muchos años. La imaginé feliz con su esposo, tomando café con su tacita delicada y con la copita de licor en una mano, mientras él le contaba sus actividades diarias. Una vida truncada que no se dio.
 Lo único que dejó fueron sus cosas. Además de lo mencionado, una máquina de coser Singer, regalo de sus padres cuando ella se casó. Está guardada en el garaje de mi casa del pueblo, nadie la usa, a la espera de que se le ocurra a algún miembro de la familia aprovechar su pie de hierro como soporte de un vidrio. También están los muebles de dormitorio, usados por mis suegros y patinados, años después de verde, por mi hija Verónica y que hoy están en mi casa, en una habitación de huésped.
 Este poema me llevo a pensar en ella y reflexionar sobre estas palabras de Borges: “Todas estas cosas están y nos sirven como tácitos esclavos, ciegos y extremadamente silenciosos. Duraran más allá de nuestro olvido, no sabrán nunca que nos hemos ido.”
Beatriz vivió en este relato, porque yo siempre sentí curiosidad por su historia y el olvido en que cayó al no tener descendencia. Pensé en lo que me contaba mi suegro cuando su esposa no lo escuchaba y en sus cosas que hoy yo, alguien que nació tantos años después, se las cuida y disfruta.

Vacaciones en familia

Por Alberto Nicolorich

Recuerdo cuando salíamos de vacaciones para Mina Clavero con mis ocho o nueve años. Era toda una preparación especial. Teníamos un Ford 39, 8 cilindros en v con una potencia de 85 hp. Un detalle que tenía ese auto era una palanquita en el tablero con la palabra “choke”, que siempre me intrigaba y un buen día, no pude más y le pregunté a papá qué era eso. Riéndose me dijo que era para no chocar. Me quedé sorprendido y me explicó que era el cebador. Cuando hacia frío, antes de darle arranque al auto había que tirar de esa palanca y él partía al primer toque del botón de arranque, que en esa época estaba en el tablero, del lado izquierdo del volante.
El auto tenía un hermoso tapizado de cuero marrón y los asientos enteros en los que entrabamos tres por asiento; yo, por supuesto, adelante con mis padres.
Mientras mamá preparaba la ropa que llevaríamos, con papá preparábamos el auto. La verdad es que yo estaba metido en todo porque me gustaba: que verificar aceite, calibración de las cubiertas, agua del radiador. Recuerdo que hacíamos un chequeo como para no dejar nada librado al azar, no olvidarnos de la rueda de auxilio que estaba colocada en un cajón debajo del piso del baúl, cubierto con una madera tapizada con goma, de ese modo todo el compartimento quedaba muy grande. Tampoco teníamos que olvidarnos la caja de herramientas, que acompañaban siempre a papá, por lo que pudiera pasar.
Y un día ocurrió.
Llegando a Carlos Paz, comienza a calentar el auto. Paramos al costado de la ruta y, que pasó, quemamos una junta de tapa de cilindro. Recuerdo que nos bajamos del auto, valija de herramientas en mano a solucionar el problema. Sacar la tapa, que en ese modelo tenía como 30 tornillos, hacer la junta con un material especial que nunca faltaba entre los elementos a llevar. Luego de unas horas de trabajo, con mates compartidos, continuar el viaje.
A la noche se cargaba el auto, que tenia portaequipaje de hierro negro, como el auto, sostenido con cuatro tacos de goma, sobre el techo, para no dañarlo. Se colocaba primero una lona impermeable tipo tubo y comenzábamos a ubicar las valijas y los bolsos y se cerraba todo con mucho esmero para evitar, si nos llovía en el viaje, que se mojaran las cosas. Era una lona verde a la que había que atar muy bien.
A la mañana muy temprano, luego de tomar un rico desayuno y cargar el agua caliente para el mate, partíamos con la alegría de poder compartir unos días en familia sin los trabajos ni la escuela.

En esa época, por el año 55 o 60, se viajaba a 80 kilómetros por hora y por la ruta, que atravesaba todos los pueblos, cada tanto hacíamos una parada técnica, como decía papá, para revisar el auto y de paso otros menesteres, y continuábamos la marcha. Tardábamos 10 horas en llegar a Carlos Paz, carga de combustible, preguntar el estado de la ruta e invariablemente recibíamos la misma respuesta: “Quédense acá, no les conviene seguir, la ruta no está buena”.
La idea era que los turistas no crucen la Pampa de Achala, porque no los querían perder. Pero en tozudez no le iban a ganar a mis padres y allá partíamos por una ruta de tierra más o menos cuidada, pero con unas vistas espectaculares de las sierras grandes. Casi siempre, la salida de Carlos Paz era a las 15 y en el camino hay una cuesta que le llaman “la mata Ford” Tenía su razón de ser, con los calores del verano indefectiblemente en esa cuesta nos quedábamos, el auto recalentaba y había que salir a buscar agua entre las piedras. ¿Cómo hacíamos ? Muy fácil, sacábamos las tazas de las 4 ruedas y eso nos servía. Cargábamos agua y a seguir.
Pasábamos por unos puentes de madera en los que apenas podía pasar el colectivo. Había como cuatro o cinco de esos puentes. Todo camino sinuoso y muy angosto, recuerdo que en cada curva se tocaba bocina por si aparecía el colectivo o algún auto. Continuábamos disfrutando el paisaje viendo los precipicios y las distintas tonalidades de verde, algún zorro gris que se cruzaba era motivo para parar a verlo, lo mismo pasaba cuando un atrevido cóndor volaba cerca de nosotros y, entre paradas, risas y bizcochos que nunca faltaban llegábamos a Mina Clavero; y, de allí, a Cura Brochero, que era un pueblito muy chiquito y parábamos en el único hotel, “Don Bustos”, que quedaba en la esquina de la plaza y a un costado de la iglesia, frente a la comisaría. Todavía hoy existe.
Volví después de muchos años a recorrer la ruta, ahora autopista, a Córdoba y de allí, camino ancho, pavimentado que acorta el tiempo de llegada, pero no te hace vivir la realidad de las sierras con sus paisajes y lugares hermosos que tiene oculto al apurado viajero, que recorre sus rutas con el afán de llegar antes.
Y es como todo, a veces pienso que el apuro por vivir nos hace perder todas las bellezas que día a día nos regala la naturaleza.

Mi tía Rosa

Por Mahjo

Mi tía Rosa era una persona muy buena y, por lo tanto, yo la apreciaba mucho.
Recuerdo que, cuando mi mamá estaba internada en un geriátrico, ella venía a visitarla todas las semanas, desde Villa Gobernador Gálvez.
Lamentablemente, ella también fue a parar a un geriátrico tiempo después.
Ustedes recordarán que instalar un geriátrico era el negocio del momento.
Bueno, volviendo a mi tía, yo quería agradecerle todo lo que había hecho por mi mamá, de manera que decidí visitarla todos los sábados por la tarde e ir a cebarle mates y a jugar a los naipes durante dos horas.
Ella se ponía muy contenta. Tal es así, que me convidaba con alfajores que le traía el hijo.
Me quedaba hasta la hora de la cena y le ayudaba a comer. También, en las tardes de sol, la sacaba a los bancos de Bulevar Oroño, ya que ella estaba en Oroño y Urquiza.
Cuando ella todavía estaba bien y podía subir escaleras, estaba en la parte alta y lo curioso era que había una pareja que eran novios. Ella tenía 91 años y él 93, y ella todas las semanas iba a la peluquería y, además, jugaba a la quiniela.
Con el tiempo fue perdiendo la vista y ya no podíamos tener tertulias tan largas. Además, al final ya estaba en silla de ruedas.
¿Cómo terminó esta historia? Cuando falleció, mi primo no me avisó nada.
Lo de las cartas fue un disparador de este relato, ya que no me voy a olvidar lo contenta que se ponía cuando la dejaba ganar. Esto transcurrió en los años 90.







Otra historia en la vereda

Por Susana Oliveira

—¿A pesar del vientito saldremos hoy?
—¿No quedamos en escuchar la historia del Hugo? Los chicos agarraron y buscaron almohadones y hojas de papel de diario para sentarse en la vereda…
—Está bastante fresco, Gildo-. ¿No te parece?

Se escuchaban diálogos como los anteriores entre los vecinos sentados cada uno en la puerta de su casa. Una luna redonda y blanca se dejaba entrever entre las tupidas ramas de los plátanos, pero de cuando en cuando se ocultaba entre nubarrones negros y el viento arremolinaba las hojas por todas partes. Era como si el clima estuviera acompañando la historia de aparecidos. Me causaba gracia ver el interés de los chicos por los cuentos “de terror” como los llamaban ellos y el momentáneo olvido de la pelota.

—Doña Regina preparó una fuente de buñuelos de manzana…
—Alguien traerá el mate… ¿o sería mejor limonada? Hoy corté un montón ya maduros del limonero. A propósito, Estela, ¿querés algunos? La Nelly ya me encargó…
—Sí, antes de entrar te los paso a buscar. No hace mucho calor… me parece que sería mejor mate…
—Che, casi solo nos falta el fogón, nos falta…
—Ya se han juntado varios vecinos… parece que la reunión será frente a la casa de Hugo, pero el matrimonio todavía no ha salido…
—Andá a tocarle el timbre, Gildo…
—¿Por qué yo? Vayan ustedes que están mandandomé… Yo ya estoy ubicado… cerca de los buñuelos… Este lugar es regio, regio.
—Ehhh, ahí salen… buenas noches… ¿Por qué tan tarde? Todo está listo, solo los esperábamos a ustedes, Hugo y María… sus chicos ya están sentaditos acá…
—La culpa es mía… me atrasé con los platos…
—Bueno, che, dejensé de chamuyar y empecemos… Doña Regina, vaya pasando los buñuelos… Che, dame un verde.
—Esperá, Gildo que todavía no empezamos.


“Lo que les voy a contar pasó hace exactamente diez años en esta misma casa donde vivimos. Todavía no le habíamos hecho los dormitorios arriba –era por 1960– acababa de nacer María Julia y, por ese entonces, nos bastaba un solo dormitorio”.

—Claro, ustedes no perdieron tiempo: cuatro más después de María Julia… ¿No se habían comprado televisor todavía, no se habían comprado? ¿O con el televisor y todo? Menos mal que cuando estaban de filo no pasó nada… si no…
—Gildo, callate y escuchá…

“Sí. Era el primer día que traíamos a la nena a casa. Ustedes se acuerdan que tuvo algunos problemitas, porque nació con muy poco peso y tuvo que estar más de quince días en incubadora. Pero ya había alcanzado casi los tres kilos y sus pulmoncitos habían madurado, así que llenos de alegría llegamos a casa.
Mi suegra había preparado una bienvenida hermosa: globos de colores, carteles, un vinito, flores, algunos sandwichitos. Nos esperaban nuestros hermanos y sobrinos que querían abrazar a la nena… Todo muy lindo, pero la verdad es que no veíamos la hora de que todos se fueran. Queríamos quedarnos solos con nuestra hijita ya sana y bien.
Nos sentíamos tan felices por la fiesta sorpresa, por la nena, por nuestra familia… por todo, pero… pero queríamos estar solos”.

—Ahí no más querían hacerle un hermanito a María Julia, querían… No mientan… ¿Cuánto le lleva Emanuel a la nena?
—¡Gildo, te callás de una vez!
Usté manda, Doña Regina… No me tutee… Sus buñuelitos están regios… mmm ¿Hay otro?

“Llegó el momento. Los tres en nuestra casa. Éramos ya una familia. Todos ustedes saben lo que es llegar a casa con el primer hijo y un bolsón de sueños. Nos abrazábamos y abrazábamos a la nena. La llevamos a la cocina porque íbamos a calentar la leche para la mamadera. Les conté que hubo que agregarle mamadera para que recuperara peso, el pecho no era suficiente. La ventana de la cocina estaba un poco entreabierta, hacía calor. Era una noche hermosa, cálida con una luna enorme y se sentía el aroma del jazmín de lluvia que estaba todo florecido. Era principios de noviembre. Yo la tenía en brazos y no podía parar mis manos que le acariciaban las orejitas, la cabeza, la pancita…
De repente, de repente una luz muy potente entró por la ventana. Yo retrocedí asombrado. ¿Qué está haciendo María? ¿Un incendio? La luz iluminaba pero no quemaba. Era una luz redonda, se movía por toda la cocina y se hacía alargada como si tuviera una cola. A veces, la cola estaba horizontal, otras, vertical. María me miraba azorada, con la mamadera lista en su mano. La luz dio una vuelta por toda la cocina, se detuvo frente a mí, yo retrocedí cubriendo a la nena y, después de eso, se esfumó como si las sombras la hubieran tragado al colarse por el extractor de aire. Estábamos llenos de preguntas. ¿Qué fue eso? No hay tormenta… No fue un rayo. No hay fuego.
—¿Vos viste lo que yo vi?
Lo habíamos visto los dos. ¿Por qué se detuvo frente a la nena?
Nunca pudimos responder ninguna de las preguntas, tampoco tuvimos claro cuánto tiempo duró la luz con nosotros, pueden haber sido segundos, pero también largos minutos. Sí, podemos decirles que no tuvimos temor, solo una sorpresa muy grande ante ese fenómeno inexplicable.”

—¿Volvió esa luz cuando hicieron los otros chicos? Oigan, ¿ustedes fueron a la “Pitman” para aprender a hacer chicos? La luz se fue, ¿no? Pero… el fuego no se les apagó, ¿verdad? Estaba en ustedes. Solo tenían que ir a la cocina y ¡otro chico!
—¡Gildo!