jueves, 22 de septiembre de 2022

Platero y yo

 

Mónica Mancini

 

Cuando título “Platero y yo” , ese “Yo” soy yo , no es Juan Ramón Jiménez.

Platero llegó a mis manos por intermedio de mi maestra de tercer grado, la señorita Hilda, nos dijo que leamos para que lo comentemos en clase.

La edición que conseguí era pequeña, casi de bolsillo, con un dibujo en la tapa del burrito, y algunos delineados en blanco y negro en su interior.

Demoré en conseguirlo, en el barrio no había librerías y tuve que esperar que me llevaran al centro para comprarlo. Cuando la empleada me lo dio, lo tomé como un trofeo, ya se lo había visto a muchas de mis compañeras y ansiaba mucho tener el mío. Recuerdo que acaricié su tapa y lo apreté sobre mi pecho. Platero ya me pertenecía.

El primer párrafo me llenó de ternura, todos mis sentidos reaccionaban a las sensaciones que Juan Ramón describía.

Aceleré la lectura y paso a paso amaba y sentía que era la compañera de aventuras del burrito. Deseaba que mi perro Leo, una mezcla rara de salchichón y coli, de mal carácter, actuara conmigo como lo hacía Platero con su dueño. La frustración me llevaba a sumergirme en la lectura y, por supuesto que con siete años, no me daba trabajo viajar a los prados de Moguer, imaginar el molino, los corrales y la luna plateada que reinaba en los maravillosos relatos.

Corría noviembre de 1963, sentadita sobre la mesa, en canastita, hojeaba las últimas páginas de mi libro. La televisión estaba encendida, en un momento dan la noticia que habían asesinado a John Kennedy, toda mi familia se acercó a la pantalla para escuchar y ver con más detalle. Era un acontecimiento muy movilizador.

Yo, niña abstraída en la lectura, no entendía ni me importaba lo que despertaba tanto interés en los adultos. En ese momento en que la historia inmortalizaba la imagen de Jackie trepándose a la limusina, Platero también moría en su lecho de paja.

No podía creer que Juan Ramón me hiciera eso. ¿Por qué le tenía que pasar a “Mi Platero”? Cuando entendí, después de leer y releer como el autor describía la muerte de Platero, lleno de metáforas y descripciones, lloré muchísimo, mis padres sacaban conclusiones absurdas.

Esta nena no debería mirar el noticiero.

Es una imagen impresionante.

Ahora va a tener pesadillas

Nunca sospecharon que mi llanto obedecía a la lectura del librito que, según el autor, no fue escrito para niños.

Pasaron muchísimos años y jamás pude dejar de asociar el asesinato de Kennedy con la terrible tristeza que sentí cuando llegué al final de “Platero y yo”.

Tardé muchos años en perdonar a Juan Ramón que, con bellas y poéticas palabras, me dio un disgusto tan grande.

Recorrí su historia y así supe que su vida fue muy difícil. Era republicano en la España franquista y tuvo que exiliarse, viviendo en diversos países sufrió serias depresiones por las que fue internado repetidas veces.

En 1956, ganó el premio Nobel por su obra literaria, destacándose “Platero y yo” como una obra clásica.

Esa obra me motivó muchísimo para leer otros libros y poemas del autor, aprendí el significado de muchos de los términos que él usaba en su prosa lírica, pero por sobre todo me adueñé de su adorado burro: Platero todavía me pertenece.

 

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro”.

1 comentario:

  1. Creo que 'Platero y yo' es de toda esa generación. Es ese burrito que nos enseñó a leer de corrido, a saberlo de memoria, para alguna clase. Uno de los libros más leídos cuando era un mocoso. Excelente relato compañera. Dejo mis abrazos. Daniel Jobbel

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