miércoles, 22 de abril de 2015

La bolsita de "alcanfor"

Juan José Mocciaro

Corría el año 1954, había comenzado las clases y estaba en 1º Inicial de la escuela “Obispo Boneo”, el salón estaba inundado por el olor del alcanfor. Cada uno de nosotros tenía colocada en nuestras ropas una bolsita de género con una pastilla de ese producto, abrochada con un alfiler de gancho. La poliomielitis acechaba a los niños con la muerte y dejando lisiados a miles. Todavía no había una vacuna contra ese flagelo y esa pastilla que llevábamos tampoco era la solución.
Era un método “casero”, que había adoptado la población para evitar el contagio.
Nuestros padres salían a la noche a pintar los árboles con cal y a blanquear los frentes, convencidos de que eso frenaba el virus. Se erradicaban los terrenos baldíos y todo lo que podía poner en duda de ser un foco de infección.
El 23 de febrero del 54, un grupo de chicos de la escuela elemental “Arsenal”, en Pittsburg, Pensylvania, Estados Unidos, recibieron por primera vez la vacuna Salk.
En 1955, Jonas Salk anunció que su vacuna había sido probada con éxito y se convirtió de inmediato en un personaje célebre.
La peste rozó mi casa. Mi hermana Mónica un día comenzó a renguear. Tenía solamente cinco años y el médico les dijo a mis padres que gracias a Dios que estaba vacunada. Ese reflejo había sido un ataque de poliomielitis.
En 1962 la vacuna Salk es reemplazada por la vacuna oral de Albert Sabin que es más fácil de administrar.
En nuestro país la enfermedad está eliminada desde 1984.

Le rindo un homenaje al doctor Jonas Salk por lo realizado y por su humildad. Cuando le hablaron de patentar su descubrimiento, dijo: “No va haber patente, ¿se puede patentar el sol?”.

Relato de un viaje de vacaciones

Alberto Nicolorich

Todo comenzaba con los preparativos y la ansiedad de compartir una aventura que empezaba la noche anterior. Recuerdo que teníamos un Ford 39 al que papá le había colocado un portaequipaje que cubría todo el techo. Luego, venia la lona para cubrir las valijas que era de una tela impermeable, por si nos llovía, cosa que casi siempre ocurría. A todo esto mamá tenía toda la ropa preparada en sus respectivas valijas, bolsos y sándwiches de mortadela y queso de un pan francés, del cual todavía siento el olorcito. Cargábamos el auto muy temprano a la mañana, pues el viaje a Córdoba nos llevaba casi un día. Salíamos por la ruta 9 y no habíamos hecho muchos kilómetros cuando empezábamos a reclamar la correspondiente comida y agua fresca.
La velocidad de viaje era 80 kilómetros por hora, por lo que teníamos tiempo de recrearnos con el paisaje siempre cambiante del viaje. Todo se ponía más lindo cuando entrabamos en el cruce de las sierras grandes, por Pampa de Achával, en un típico camino de montaña y precipicios , ruta angosta y de tierra con puentes de madera que había que pasar despacio. Dos por tres, nos encontrábamos de frente con el colectivo que hacia el viaje de Mina Clavero a Córdoba por Carlos paz y que cuando aparecía en una curva –siempre había que tocar bocina para que el que venía de frente se corriera o bien contra la montaña o hacia el precipicio, pues el camino era muy angosto–, teníamos que frenar y ceder el paso.
El cruce de la pampa siempre era emocionante. Los cóndores nos pasaban volando cerca como para que podamos disfrutar de su majestuosidad o algún atrevido zorro se pavoneaba al paso del auto. Llegábamos a Mina Clavero y de allí a Cura Brochero, donde parábamos en el hotel de don Busto –típico hombre de sierra, con su sombrero negro de ala ancha, bombachas color caqui y alpargatas negras–, que era el único del pueblo, frente a la plaza, al costado de la iglesia y la comisaría, de la que tengo una experiencia graciosa para nosotros en su momento. Tendría unos diez años y nos vino a visitar un primo un poco más grande, a la tarde. Cuando mis padres y mis tíos se sentaban en la vereda del hotel a tomar algo, vimos que en la otra esquina había un surtidor de nafta de los que eran verde con dos botellones arriba cubiertos con un enrejado, que se cargaban con una manija. Como no tenía el candado en la manija, hicimos una apuesta que consistía en ver quién llenaba antes un botellón. Todo bien, mi primo comenzó y llenó uno a lo cual comencé a llenar el otro. Hasta allí, todo diversión, pero cuando se llenó el otro comenzó a descargarse todo por la calle, que por suerte era de tierra. Allí, se terminó nuestra diversión y salimos corriendo a subirnos a un árbol de la plaza, porque se empezó a reunir gente para saber qué había pasado y también vino la Policía y nuestros padres, que creo que conociéndonos sabían que por allí habíamos estado.
Mientras tanto, nosotros estábamos lo más quietos posible en lo más alto de un árbol y desde allí veíamos el panorama, hasta que todo se calmó, tuvieron que pagar el combustible y recién cuando se calmó todo volvimos al hotel y tuvimos una buena reprimenda, que nos duró algún día.

Así, terminaron para nosotros esas inolvidables vacaciones, que a través de los años nos traen hermosos recuerdos.

El médico de familia, una especie estinguida

Haydeé Sessarego

Pensé en una variedad de temas bastante amplia acerca de vivencias de mi generación para comenzar a escribir en el curso “Contáme una Historia”
En el primer encuentro nuestro profesor, José Dalonso, me hizo una pregunta sobre mi apellido. Cuando terminó la hora me acerqué para indagar el porqué de dicho interrogante y el resultado fue un emotivo recuerdo de él relativo a mi padre, que fue médico de su familia.
Comencé a recordar que en muchas oportunidades, durante mi infancia, había acompañado a papá, junto a mi hermano mayor y mi hermana menor, en sus visitas a domicilio a pacientes de la, hace décadas, desaparecida mutual “La Fraternal”.
Fueron vivencias que dejaron huellas indelebles en mi psiquis y desencadenan, hoy emociones muy vívidas.
Papá o papi iba a atender a los enfermos días de semana y también sábados, domingos y feriados, supongo ahora que esto sucedía especialmente con los que eran pacientes de mucho tiempo. Entre esas remembranzas tengo grabados diferentes barrios y zonas del macrocentro a que llegaba en su auto, por cierto, nada lujoso ni último modelo. Para ejemplificar lo antes narrado, recuerdo una casa ubicada en lo que creo que es Avenida Pellegrini y Crespo, aproximadamente. Típica vivienda de barrios, puerta de metal, pintado y los dos tapiales a ambos lados. Profusión de plantas en el patio central y porqué no gallinero al fondo. ¿Por qué lo cuento aquí? Porque mi comida preferida eran los huevos fritos. Como mi padre debe haberlo comentado con esa familia, y como era de uso tener atenciones ¡bien caseras! con los médicos, la señora de la casa fue hasta su gallinero y sacó debajo de una “ponedora” una buena cantidad de huevos frescos calentitos, y los envolvió en papel de diario.
Otro momento, en este marco fue, ir varias veces a atender a “Villa Manuelita”, ubicada por aquel entonces sobre las barrancas del Paraná de Pellegrini hacia el sur. Ningún peligro, nada de violencia, gente humilde, pero con trabajos estables o changas que permitían vivir a las familias, especialmente en el puerto. Era casi la única o única “villa miseria” (así se las llamaba) de Rosario.
Es aquí donde me interesa además reflexionar: ¡Cuánta falta hacen hoy los médicos de familia a domicilio!, ya desaparecidos, salvo excepciones.
Viví el cariño y respeto con que era tratado mi papá con la misma devolución de su parte, ya que era un “gringo” grandote y de muy buen humor.
Un intercambio de palabras con el profe trajo inmediatamente este bello recuerdo a mi memoria y se lo agradezco.

El barrio del Abasto (un cuadrado mágico)

Enzo C. Burgos

No hace demasiado tiempo que nuestro barrio del Abasto tiene nombre propio. Anteriormente se lo conocía por el número de la seccional policial correspondiente. Por eso, aquellos vecinos éramos de la Séptima. Con el tiempo y como siempre se toman medidas que en realidad no cambian nada, los mismos vecinos pasamos a ser de la Quinta. Lo mismo les ocurrió a nuestros vecinos del otro lado de San Marín, habitantes orgullosos de la República de la Sexta que acabaron siendo súbditos de la Cuarta.
Como no me agradaba que se comentaran peyorativamente que mi barrio “no tenía nombre”, inventé “El Cuadrado Mágico”. Después, apareció gracias a la lucha de la Vecinal el decreto, que imponía el nombre de Abasto, que hoy lucha palo a palo con mi idea loca. Y creo, modestamente, que en el argot barrial lo mío va ganando.
Los límites del barrio del Abasto no son iguales a los de la seccional. Las calles son: avenida Pellegrini, Moreno, bulevar 27 de Febrero y San Martín. Según mi tesis, los límites son los mismos pero como mi cuadrado es mágico, los mismos son un poco elásticos.
Según Lito Bayardo en su libro “Mis cincuenta años con la canción argentina”, en los años treinta se lo conocía como barrio de las Monjas, debido a que en la zona existían de alojamientos de religiosas, uno de ellos en la esquina sudeste de Viamonte y Moreno.
Comenzó siendo un barrio de casas bajas con preponderancia de italianos, muchos trabajadores del Mercado de Abasto, por lo general de clase media baja. Muchísimos conventillos, muchos de los cuales se transformaron en departamentos de pasillos.
La característica elemental del dibujo del barrio es que se trata de una cuadrícula casi perfecta, ya que en sus 90 manzanas solo se cuentan dos cortadas: Middleton y Amelong. Salvo las calles Entre Ríos y Moreno, todas las demás tienen, por fortuna, veredas anchas. El toque distinguido de nuestras calles eran los inolvidables adoquines que, como el sol, aunque no los veamos siempre están; porque solo fueron cubiertos por la capa de asfalto hace medio siglo.
Otro detalle era la falta de baldíos. Por eso, llamaba la atención la cantidad de excelentes jugadores de fútbol que brindó el barrio, pese a esta falencia.
Recién a mediados de siglo apareció el famoso hueco de Victoria en Cerrito a 1500, gracias a la desaparición de la molienda de ladrillos de la firma Disiena.
Como dijimos el pulmón del barrio era el Mercado de Abasto (Mitre, Sarmiento, Pasco e Ituzaingó), hoy Plaza de la Libertad. Se trataba de un mundo de trabajo con vida propia, con todas las grandezas y miserias imaginables.
El corazón del barrio, sin ninguna duda, era la esquina de Corrientes y Pellegrini. Ahí había dos cines: “Esmeralda” (muy familiar) y “Sol de Mayo” (uno de los más populares de la ciudad). Montones de bares, pizzerías, heladerías y se destacaba el café “Sol de Mayo”, luego “Saigo”, con once mesas de billar. Además, estaban el Rosarino Boxing Club y el Olímpico Rosario, todo esto en un espacio muy acotado. Por eso, aquella esquina era, sin dudas, el corazón de mi barrio.
El barrio, pese a la proximidad del centro, tenía sus atractivos propios, que ayudaba para que los vecinos disfrutaran del mismo, en primer lugar, de la incomparable Avenida Pellegrini, la siempre linda. Aparte de los cines de Pellegrini, estaban el “Ambassador” en calle San Martin al 1800, “Star” en bulevar 27 de febrero al 1000 y “Claret” en Paraguay al 2400. Había tres iglesias muy importantes: Corazón de María (Roca y Viamonte), San José (Cochabamba y San Martín) y del Carmen (Pellegrini al 1500).
Otro de nuestros orgullos es nuestra vecindad con el Parque Independencia, que viene a ser nuestro patio de atrás ¡Un lujo!
Tras lo narrado pienso se debe comprender mi orgullo por “El Cuadrado Mágico”. Si no es así, me pueden llamarme y gustosamente ampliaré datos e informaciones.

¡Cuántos años!

¡Hola! ¿Cómo anda el año? Acá, Victoria, retomando los relatos.
Mis intenciones de seguir escribiendo en verano, que “teóricamente” tengo más tiempo quedaron en veremos.
Se me pasó volando y sin aburrirme.
¿Se acuerdan del relato de la primavera?
Pasó muchísimo tiempo de ese picnic de la primavera y tantas cosas.
Estuvimos dos años de novios y decidimos casarnos. Él ya trabajaba muy bien en una empresa. Yo tenía algunos conciertos no todos pagos, tenía alumnos particulares y daba clases en la universidad, al principio ad honórem y después quedé contratada.
Empezamos de “cero cosas”, pero con trabajo y ayuda de nuestros ahorros buscamos dónde vivir.
No fue nada fácil.
Al principio, queríamos una casita en Alberdi. Claro, a lo que llegábamos eran todas casas para rehacer, inhabitables.
Alberdi quedó descartado. Ya cuando casi todos los ahorros más nuestros sueldos para seguir pagando nos permitían acceder a un mínimo departamento, salió en el diario un aviso de uno de dos dormitorios en el centro.
Lo fui a ver, y le faltaba pintura y arreglo en la mesada de la cocina. Estaba ubicado en el centro y lo vendían con un crédito hipotecario para transferir.
Bueno, fue complicado para poder ir a verlo juntos y la gente tenía apuro para vender.
Al final salió, nosotros estábamos muy contentos, pero…
Por supuesto, había que escuchar los comentarios familiares: “está muy barato algo escondido” tendrá.
La verdad es que no todos los papeles estaban en orden, pero con un poquito de presión se pudo hacer la transferencia del crédito y después la escritura.
Con todo esto quedamos sin un “mango” en los primeros meses. Nuestras salidas eran puras plazas, caminatas y con suerte un cafecito.
Peso que juntábamos dinero, este iba a pintura. En estos trabajos éramos poco expertos, parecía re-chico el lugar, pero para rasquetear y pintar resultaba enorme.
Fuimos haciendo el trabajo los fines de semana, pero mi padre no me dejaba ir al departamento, si no me acompañaba alguna de mis hermanas o amigas. El decía “sin libreta” –por la de casamiento– no van juntos. ¡Pobre, eran otras épocas!
De a poquito y con algunos regalitos, fuimos amoblando: diván cama de la casa de mis suegros, mesita de la casa de mis padres, etcétera.
La cuestión fue que pusimos fecha para casarnos. No se por qué, todos opinaban, de un lado y del otro, pero no decían quien pagaba la fiesta. En casa la plata no sobraba para fiestas y en la casa de mis suegros tampoco; o sea que discutían tranquilamente.
Bueno, entre ida y vueltas, fue una fiestita con familia y pocos amigos nuestros.
Las presiones entre las familias no cedieron hasta el mismo día del casamiento; pero por suerte ya teníamos el viaje de bodas.
Unos amigos nuestros se habían casado un tiempo antes que nosotros y nos recomendaron un hotel lindo y barato en Bariloche, que reservé un mes antes, cuando me invitaron a un dúo y a mí a tocar en la biblioteca de Bariloche.
Todo muy lindo y, por supuesto, la tranquilidad y el cambio fueron muy importantes para nosotros.
Pasaron ya cuarenta años, con cosas muy lindas y otras tristes que pudimos ir solucionando; algunas bien, otras sin solución.
Lo más importante de estos cuarenta son nuestros cinco hijos y cuatro nietos, que todavía podemos disfrutar
En otro relato les contaré un poquito de esa etapa que fue “dura” con tantos chiquitos que ellos mismos, que ya tienen algunos uno y otros dos, preguntan cómo hacíamos nosotros con ellos.

Por suerte, no nos fue tan mal porque tienen lindos recuerdos. Cuando están todos juntos, se acuerdan de “diabluras” y se ponen contentos y discuten si los hechos fueron de una u otra forma, como sucede con mis relatos de cuando yo era chica, que he contado y que mis hermanas recuerdan de manera distinta y me lo aclaran. 

El Nono Enrico y su hija Arpalice

María Susana Vidoni

Allá por el año 2000, decidimos ir con mi marido por primera vez a Europa. Empezamos a planificar el viaje por nuestra cuenta. Sería España, Francia e Italia. Después nos decidimos ir solamente a Italia por un mes. Queríamos hacer todo el norte de Italia, en especial las regiones de nuestros ancestros: Véneto (mi marido), Lombardía y el Friuli (yo).
Entonces, empecé a averiguar de qué pueblo vino mi bisabuelo paterno. De los otros, ya sabíamos. Nadie tenía mucha información, dado que mis abuelos habían fallecido.
Tenían idea de varios pueblos de la región, de donde podría haber vivido.
Parte de la historia de mi nono paterno Enrico fue así: Venía casado de Italia con su esposa y una hija Arpalice. Su esposa contrajo tifus en el barco y murió, por lo tanto fue arrojada al mar, dado que no se podían conservar los cadáveres. Él venía a “hacerse la América” en 1889 en el Barco Giovanni B. Lavarello.
Al llegar al puerto de Buenos Aires, se vio con esa hija de la mano y sin familia. Entonces, buscó a alguien que viajara a Italia y ahí mismo después de unos días decidió enviar a su hija Arpalice de vuelta a Italia en otro barco.
Después de unos años, Enrico se instaló a trabajar en un campo, conoció a una mujer que había enviudado y se casaron. Tuvieron varios hijos. Nunca más se supo de esa hija. ¿Cuántos años tenía cuando volvió a Italia? Nadie lo sabía, tampoco qué fue de su vida.
Debido a nuestro viaje, empecé a escribir a varias comunas para pedir certificado de nacimiento del nono Enrico y de Arpalice. Después de muchas respuestas negativas, ¡llegó! Con esto supimos que esta niña era muy chiquita cuando la envió el nono de vuelta para que la cuide la familia de su esposa fallecida. Arpalice tenía dos años cuando viajó solita.
Conseguí el acta de casamiento y el de defunción, así supimos que se casó con un primo y se fue a vivir a otro pueblo, donde falleció a los 72 años.
Aún no logré averiguar si tuvo hijos. Estoy en esta etapa de la investigación.


La cabra al monte tira

Ana María Miquel

En estas palabras no pretendo ser obsecuente, ni demagoga, ni que piensen que soy una víctima. Sí, pretendo ser justa. Dar al César lo que es del César y a cada uno lo suyo.
El año pasado, con vergüenzas y temores, comencé a escribir en el curso “Contame una historia”. Estaba rodeada por compañeros, más o menos, de mi misma década cronológica y un profesor que tenía más expectativas sobre nosotros, que nosotros sobre él.
En esos momentos era una mujer madura, tímida, inhibida a veces, temerosa de todo y de todos, con miedo a las críticas y a la gente. Ya de vuelta de varias cosas, buenas y malas, y podríamos decir que con casi todo ya hecho en la vida. Lo que viene de ahora en más es un regalo que nos da Dios o el destino o también por qué no: los genes.
La cuestión es que, estimulada por el ambiente, comencé a escribir y puedo dar fe que cuando me siento frente a un papel en blanco las palabras se escriben y se sueltan tan rápido como mis pensamientos. Es muy raro que vuelva a leer o corregir lo escrito.
De esa manera, fueron surgiendo recuerdos y más recuerdos de tiempos pasados, de cosas compartidas, de objetos entre mis manos, de personas que me marcaron con su ejemplo. Seres que me quisieron, otros que me ignoraron y otros que me odiaron.
Pero en esa sucesión de recuerdos que sobre todo se me venían a la cabeza por las noches y me ponían en estado de desvelo, surgía la necesidad de escribirlos y al ir escribiéndolos fue cuando se produjo el milagro.
Redescubrí la mujer que había sido y la pude comparar con la que me había transformado. “¡Epa!”, me dije, “¿qué estoy haciendo con mi vida?, si yo era de las personas que se llevaban el mundo por delante, que no le tenía miedo a nada, ni siquiera a la soledad, que como dice la canción hasta un cierto momento viví a mi manera”. Ojo, la actual no es la Ana María que yo conocía. Tengo que ir a buscarla, reencarnarme nuevamente en esa mujer con coraje y alegría de vivir.
Así fue, creo, como este curso me transformó, me reinventó, me permitió decir “basta” a un montón de cosas y reemplazar mis tardes de martes con mis compañeros y mi profesor por las mejores sesiones de psicoterapia.
¿Renací? ¿Me reinventaron? ¿Otro regalo de la vida? No importa lo que haya sido. Aquí estoy, nuevamente rodeada de recuerdos y de cosas para contar, y agradeciendo sinceramente a todos mis compañeros y a nuestro profesor, por brindarme y brindarnos esta nueva oportunidad.

Siento que aquí tengo un lugar en el mundo, al igual que en cada rincón de mi casa. Gracias, una vez más.