martes, 11 de octubre de 2016

Agosto de 1958

Haydée Sessarego

Fue una tarde de agosto frío, como solían ser siempre los inviernos de nuestra infancia. Me veo sentada en la mesa del comedor diario, leyendo un cuento y al rato diciéndole a mamá, que volvía de una reunión de profesores, “me duele mucho la cabeza”. Hacía unos días me había “curado” de varicela o “viruela boba”, como se la llamaba para diferenciarla de la temible viruela negra que hacía estragos con sus epidemias. Ya en esta época se había inventado la vacuna contra la misma.
Todas las infectocontagiosas, ¡todas! Sí, no me salvé ni de una solita; y en todas y cada una manifestaba mucha fiebre y vómitos, que según los saberes de ese entonces los ocasionaba la “acetona”. En esos años de mi niñez no existía ninguna vacuna que las previniese. Solo otras más graves como la de la polio desde el 56 y algunas más, desde antes.
Pero la varicela caló hondamente en mí, siendo una nena.
Esa tarde, Mamá, como nos jactamos todas las madres, tuvo ese sexto sentido que permite presentir, ver un poco más allá de lo visible. Algo le decía que no se quedara tranquila.
En la siguiente mañana al levantarme al baño, no tenía aún el alta para asistir a clases, digo “papi, estoy muy mareada, parezco una borracha”. Mi papá me dijo que no era más que un mareíto, siguiendo el siempre vigente refrán “en casa de herrero, cuchillo de palo”.
Más tarde me sentía muy decaída. Levanté unas líneas de fiebre, no tenía ganas de salir de la cama. Mamá me trajo el desayuno. Luego de un rato, se puso a jugar conmigo a la escoba de quince. No sé si me di cuenta de que su cara iba mutando hacia la preocupación. Recuerdo, sí, que me comentó “lo tengo que llamar a papi al consultorio de ‘La Fraternal’”. Al rato, llegó papá y me pidió que caminara. Se entendieron con la mirada que denotaba inquietud. Papá hizo un llamado telefónico y luego comenzó a caminar de punta a punta por nuestra casa como lo hizo siempre que la ansiedad le ganaba.
Por la tarde-noche, estando yo dormida, me despertaron porque me quería revisar el doctor Invaldi a quien toda la familia conocía porque era amigo de mi padre y uno, sino el mejor, especialista en infecciosas con reconocimiento internacional. Compartían uno de los lugares en donde ambos ejercían la profesión. El doctor me indicó que caminara, que mirara y tocara diferentes objetos que hoy no recuerdo, que pusiese mis brazos estirados, parada derecha, etcétera.
Se fueron los tres adultos al comedor y, ya de noche, escuché enseguida el llanto de mi padre y las palabras de mi mamá tratando de mantener la calma y el control como lo hizo siempre ante situaciones angustiantes.
Supe inmediatamente que me pasaba algo grave, aunque no comprendía de qué se trataba. Eso sí, me largué a llorar cuando escuché que tenían que ponerme inyecciones.
Para poner humor en este relato, tengo grabado que llorando le dije a mi pobre papá que no quería que él me pusiese las inyecciones, porque no quería que me viese la cola. Papá me miraba muy triste y me decía que ya en otras oportunidades me había tenido que inyectar. No hubo caso, no acepté ningún argumento. Mamá tomó la posta con el aplomo que la caracterizó siempre y dijo “yo me animo”. Así lo hizo aprendiendo, rápidamente, a inyectarme. Ella fue ella mi “enfermera de urgencia” durante creo que cerca de diez días o quizás más.
Mi cabecita de siete años cavilaba ¿será la que “se cura con la bolsita de alcanfor y pintando los árboles y cordones de las veredas con cal, bien blancos”? ¿Esa que vi en Buenos Aires cuando fuimos en vacaciones de invierno, que deja a los chicos en sillas de ruedas o los ponen en ese tubo que me dijeron que se llama pulmotor y que me impresiona mucho?
Supe de mucho más grande que el diagnóstico era “encefalitis”. También me explicó mi padre que fue una reacción alérgica al virus de la varicela y que es una de las posibles complicaciones de la misma.
Mis hermanos se contagiaron como fue y es siempre, a los quince días exactos. Se brotaron mucho más que yo y ni hablar de cómo dolía y picaban esas ampollitas o herpes.
 En esos días yo no caminaba bien, me afectó el equilibrio, el pulso, el habla y veía doble que es lo que notó mamá cuando desayuné y jugué a las barajas. Sé que estaba inflamado el cerebelo, que es donde se ubican varios sentidos.
 De todos modos me re-enojaba cuando querían llevarme alzada al baño porque podía caerme. Lo hacía solita y lo lograba yendo despacio y tomándome de las paredes y puertas. No quería ayudas, ni sentir que despertaba pena en las numerosas visitas de familiares y amiguitos que recibí.
En esos días me hacían todas las comidas que caprichosamente pedía, porque en no tenía dieta especial. Estoy sintiendo el perfume del ajito y perejil para una salsa blanca que era la que aderezaba a unos tallarines caseros. También el aroma a pescado a la marinera, que mamá cocinaba para mí; y varios menús más, a la carta.
Recibí muchos juguetes que me regalaban los allegados. Mi papi marchaba casi diariamente en su auto, a la juguetería “Pecos Bill” situada en la planta baja de la Galería Rosario, aún a riesgo de llevarse la barrera de calle Córdoba y Vera Mujica por delante, como casi sucedió en una oportunidad. Tan grande era su preocupación como papá y como médico.
Un vecino que vivía en el “conventillo” que mencioné en el relato acerca de mi barrio “Jardín”, tocó el timbre una mañana y le dijo a mamá: “Señora esta perrita es un regalo para su nenita que está enferma”. Fue un gesto que me emociona hasta hoy, porque fue muy cálido. Así, llegó a nuestra casa Lily 2, la de color té con leche. Desde ya que pedí que la cachorra, pomerania, peludita como un pompón, estuviese en la cama junto a mí. A mi médico tratante no lo seducía la idea. En esto de darle importancia a los afectos para el proceso de cura en los enfermos, especialmente niños, ha cambiado mucho por suerte en la medicina de hoy.
Mi maestra de segundo grado, la señorita Nenú Andújar, a la que adoré, me mandaba algunas tareas que traté de cumplir cuando mejoré. Viene a mi memoria el calendario de agosto o septiembre, no tengo certeza, con los clásicos cuadraditos de cartulina de colores en donde con goma de pegar se adhería una hoja cuadriculada y recortada con los días del mes al que había que dibujarle y pintarle, con lápices de colores, el sol, la nube o el paragüitas. ¡No se imaginan lo feo y desprolijo que me salió! Era una secuela momentánea, por suerte.
Sé cabalmente que el 17 de agosto le rogué al doctor Invaldi que me dejara levantar a almorzar. Aguante solo un rato y así varios días en los que por la tardecita, me cansaba y me acostaba. La cara de felicidad de papá el primer día que estuve en pie hasta la hora en que todos los chicos nos íbamos a dormir, cerca de las 21 como mucho.
¡Ni hablar de ir al colegio con pantalones largos debajo del guardapolvo por el frío! ¡Noooo, nunca! No acepté contradiciendo las indicaciones médicas.
La escuela, llegado el momento de regresar, fue otro, ¡temazo! Mis compañeritas me preguntaban de qué me había enfermado y yo les trataba de explicar que era algo como la parálisis infantil. Hasta entrada la primavera no me dejaron salir a los recreos en el enorme jardín del Normal número 1, que da a la plaza Sarmiento. Cuando comencé a hacer mis recreos al aire libre, los palos borrachos estaban florecidos como también los ligustros o arbustos redonditos que marcaban el camino de entrada a las puertas principales de la escuela, plantas con florcitas amarillas, y muchos y variados pájaros.
En esa época con mi hermano mayor y mi hermana menor jugábamos campeonatos de escoba de quince. Cuando me enfermé, mi hermano, Charlie, escribió en mi casillero: “Abandonó por enfermedad”. Puso en práctica la crueldad inocente y típica de los niños. Ya crecida y aún hoy, al recordarlo nos da muchísima risa. Innegablemente, la encefalitis marcó duramente mi infancia e incrementaron muchísimo los temores de mis padres ante otra infectocontagiosa que tuve después, a mis quince años, la rubeola.
El 7 de octubre de ese año, 1958, tomé la primera comunión, en el camarín de la virgen del Rosario, en la Iglesia Catedral, solita, esto era sin otros chicos en la misma situación. El vestido, muy bello, me lo hizo mi abuela paterna, María.
Mientras tanto, detrás de la iglesia se escuchaban los tiros que provenían de los enfrentamientos entre los defensores de la enseñanza laica y sus adversarios los” libres”. De más está decir que mis padres defendían la enseñanza laica y los tres hijos concurríamos a nuestras escuelas con la cinta violeta, símbolo de la escuela pública, prendidas en nuestros guardapolvos. En muchas oportunidades ya siendo adulta, pensé qué contradictoria fue esa comunión, en esas particulares circunstancias de nuestra historia.
Muchos años después en 1980 cuando tuvieron varicela mi hija e hijo mayores, estando papá aún vivo, me volvió loca con sus temores. Para tranquilidad de la familia nada fuera de lo común sucedió, ni a ellos, ni a mi hija menor años más tarde, ni a los hijos de mis hermanos; porque, insisto, todavía no se había descubierto la vacuna para la misma, como sí las había, creo rememorar, para todas las demás.
Fue un tiempo bastante duro emocionalmente, ya que me dejó mucha inseguridad fantaseando que podía tener retrasos, pese a que también escuché cuando el médico especialista, ante la pregunta de mi padre al respecto, le respondió algo que me fue explicado siendo más grande y si mal no recuerdo era así: “Sessarego, esta enfermedad no deja secuelas que luego se hagan presentes, retrasa desde un comienzo o mata, no hay medias tintas. La de tu nena ha sido muy suave .No te preocupes que está perfectamente sana”. Así ha de haber sido así, ya que siempre estuve consciente, nunca internada y como se podrá observar sin ninguna rastro.

Este recuerdo surgió en el marco de varios encuentros en los que hemos mencionados esas “pestes” tan comunes en nuestra infancia y a otras propias de tiempo más remotos.

lunes, 10 de octubre de 2016

Carnaval del sesenta y pico

H. B. Carrozzo

Estaba revisando fotos que tenía guardadas en una caja. La vi y empecé a tararear:
“Esta murga se formó
Un día que llovía
Por eso le pusimos
Petiteros y compañía”.
Con este cántico livianito, recuerdo, recorríamos calle Colón, La Paz, Riobamba. Tocábamos timbre en las casas y cantábamos este estribillo y algún otro. Era por el año mil novecientos sesenta y tanto. No me puedo acordar. Teníamos entre 10 y 15 años.
La murga: Carlitos (de dama) Hugo, mi hermano Eduardo, Manolo, Luis, Cacho y yo (ver foto).
Fueron varias semanas de preparativos, ensayos, confección de trajes por nuestros padres. Toda una experiencia nueva para nosotros. Un volver a vivir de ellos, nuestros padres, remontándolos a cuando eran murgueros. No sé de donde salió la letra.
Claro que teníamos la versión “triple X” para adultos.
“Esta murga se formó
Un día que llovía
Por eso le pusimos
La pu.. de tu tía”.
Nuestro beneméritos progenitores solo conocían la versión light y algún que otro versito con doble sentido. O se hacían que no sabían.
Cuando tocábamos timbre y salían a escucharnos empezábamos con el repertorio, algunos de cuyos versos eran:
“Boca dice que contrata
Cuatro jugadores nuevos
Y la hinchada le responde
Déjense de hinchar los hue….
…sos son los que…”.
Y seguíamos así con estribillos un poco subidos de tono para niños de esa edad. Pero seguimos en pos de nuestro objetivo recaudatorio. Se aceptaban caramelos, masitas, tortas y, por supuesto, algún que otro chelín. Impulsados por los mayores del grupo.
Para algún mayor varón teníamos algunos versos que a la orden del mayor de nosotros se cantaban, sino era versión para damas.
“(No me acuerdo esta estrofa)
A la hermana de pirulo
Por andar con 4 machos
La trataron de una pu…
… blicaron en los diarios
Algo que me dejo absorto
Que a una niña de 15 años
Ya le habían hecho el or…..
…dene lo que haga falta”.
Etcétera, etcétera, etcétera,
Epa, epa, epa... las viejas espantadas, nos miraban desaforadas. “Ahí están los guarangos de la calle Colón”, decían.
Entonces, iban a botonear a los viejos. Al tercer reclamo de vecinos, se acabó nuestra experiencia murguera solos. Ahora, íbamos con algún padre que acompañaba y vigilaba. Solos versos livianitos.
Claro que alguno de ellos, a veces se hacía el sordo y reaccionaba después pidiendo perdón a los vecinos y “retándonos”.
Carnaval, murgas, infancia, recuerdos de un pasado que está vivo en mi memoria.

Transgresiones a los mandatos familiares en décadas pasadas

Haydée Sessarego

A finales del siglo XIX, dos jóvenes llegaban a Argentina, desde el antiguo Imperio Ruso.
Ella, Berta Perenstein, oriunda de Rusia y él, León Sinay, nacido en Lituania. Esta pareja tomó la opción de emigrar por dos razones: por un lado, los zares ya habían comenzado a perseguir a la población judía mediante los llamados “progroms”. Por otra parte, los padres de Berta adinerados, dueños de un circo, se oponían al casamiento de ella con León. Para las pretensiones que tenían para su hija, León era pobre.
Berta y León trasgredieron los mandatos de la familia de ella y sin casarse, se escaparon hacia Lituania. Allí, fueron padres de su primogénito: Félix. Pocos años más tarde emigrarían a nuestro país.
Cuando llegaron desde tierras muy heladas, se radicaron en Vera, norte de la provincia de Santa Fe. Allí, el calor se hacía sentir con todo su rigor. León puso una carbonería y con ese negocio pudieron comenzar a planificar, aquí, su futuro que resultó, nada próspero. Su prole aumentó y no se sabe con certeza si antes ya habían contraído matrimonio, o entre algunos de estos “críos” o luego de tener a todos, cinco varones y tres mujeres.
Años más tarde, se trasladaron a Rosario viviendo en el barrio de Empalme Graneros. En el mismo vivieron como caseros de una escuela pública, que subsiste reciclada hasta hoy. Contaba mi suegro que en la escuela donde vivía su abuelo León todos los domingos se juntaba la familia completa con hijos, nietos y vecinos, que siempre eran bienvenidos.
De esos hijos, solo dos acataron el mandato familiar, en este caso, formar pareja con personas de la misma religión. Los otros seis se casaron, con gois, como se les llamaba a los no judíos.
Entre las transgresoras, estaba la nona Angelita, abuela paterna de mi marido, Juan.
Angelita se conoció con Juan Vicente Palombo (abuelo paterno de mi esposo), hijo de italianos, sobre fines de la primera década del siglo XX. Él era un joven muy apuesto que la enamoró a primera vista. Ella no era linda, pero lo que le faltaba en belleza física le sobraba en un eterno buen humor y predisposición para sortear obstáculos y disfrutar de la vida.
Se escaparon juntos sin casarse antes, embaraza ella de una nena que lamentablemente murió a los seis meses. Ninguno de los descendientes recuerda de qué. Sospecho que fue un secreto muy guardado por mi suegro y su hermano menor que fueron muy conservadores, totalmente opuestos a sus padres. Conocí a la nona “Petiza”, como cariñosamente le decían a Angelita, muy bien. Delante de su hijo mayor, mi suegro, en cuya casa vivió hasta que falleció en 1971, nunca tocó ese tema.
Fue una abuela muy adelantada para esos tiempos. Siempre dispuesta, solidaria, plena de cualidades destacables. Mucho de lo que sabemos hoy de esta historia nos fue relatado por mi suegra, su nuera y por ella. De todas maneras, fue acorde a los tiempos de “de eso no se hablaba mucho o nada”.
Angelita persistió en su rebeldía contra una sociedad pacata. Cuando sus dos hijos varones, tenían ocho y seis años, los dejó con dos tías, hermanas de ella y partió a Tucumán como enfermera capacitada de un médico. Según las malas lenguas fue su amante y quizás el gran amor maduro de la nona, de cómo mucho, 40 años. Mi suegro, su hijo mayor, a punto de casarse la intimó del siguiente modo: “Me voy a casar. Te volvés o te olvidás de que tenés dos hijos”. Angelita no tuvo alternativas y a su pesar, dejando a ese hombre que significó mucho en su vida, regresó a Rosario para no perder a sus únicos hijos a los que quiso como se ama a los hijos, hasta su último día de existencia.
En mi familia política, hubo varias de esas transgresiones a mandatos marcados para esos tiempos, pese a ser varios de sus miembros de las posteriores generaciones muy “chapados a la antigua”.
Dentro de la misma familia judía llegada de Rusia, la tía abuela Elisa se casó con su primo hermano, Levi. Tuvieron una única hija con discapacidades intelectuales y físicas, que se atribuían a ese parentesco consanguíneo.
Como síntesis de esta pintura particular de una mitad de la familia de mi esposo, la que descendía de la nona “Petiza”, puedo decir porque tuve la dicha de conocer a casi todos que fueron gente maravillosa, súper abiertos, generosos, familieros. Incluyo entre ellos, al hasta hoy inolvidable tío abuelo Abraham, casado con Rosita, judía como él (ellos no rompieron esos mandatos). Su personalidad era muy parecida a la su hermana, Angelita. Era admirable por su comprensión hacia los jóvenes, siendo compinche pero nunca perdiendo su condición de mayor, que era escuchado con respeto y admiración. Vivía en Buenos Aires en el barrio de Once. Allí, nos alojamos en varias oportunidades Juan y yo siendo novios. Fueron estadías hermosas, porque el matrimonio siempre nos agasajaba con deliciosas comidas y con inmenso cariño. Eran dulces entre ellos, se amaron mucho a tal punto que, al morir Rosita en el 75, Abraham se enfermó y falleció en marzo del 78.
Dentro de la familia de mi suegra, todos descendientes de italianos, los mandatos no se sortearon tan marcadamente. De todos modos Aída, mi suegra, se casó, pese a las “habladurías” del vecindario del barrio de “Pichincha” en donde moraba su familia, con Vicente, mi suegro. El hijo de “la rusa”, como la llamaban despectivamente a la nona Angelita ya viuda antes de sus 30 años. El abuelo Palombo murió de tuberculosis a los 33 años Pensándolo mejor, otro combo de prejuicios para sortear.
Si se me permite la digresión, le digo frecuentemente a mi marido, que en él está representada, por sus rasgos y mezclas étnicas, la feria de las colectividades. En mis hijos y nietitas: ¡ni hablar! Son un gran mosaico de entrecruzamientos valiosos, porque demuestra que no hay barreras cuando los seres humanos las levantan.
 Continúo con la familia de mi suegra. Hubo tías abuelas maternas que fueron casadas con hombres mayores, casi sin mediar palabra ni acercamiento, por disposición de su padre. Las sentaban en el comedor o recibidor de la casa y les decían que ese señor sería su marido.
Creo que el mandato más fuerte fue roto por familiares más lejanos de mi suegra. Después de muchos años les contaron a sus hijos la siguiente historia. Dos hermanas convivían con el esposo de una de ellas. Luego de unos años una tuvo un varón y la otra una nena. Esos primos se criaron juntos. Llegada la adolescencia, se enamoraron y cuando confesaron su amor a sus madres, saltó el secreto mejor guardado. No solo eran primos por parte de madre, sino hermanos porque ambos eran hijos del mismo padre. A esa altura la hermana casada, ya se había separado. ¿El motivo? La hermana soltera fue violada por su cuñado, cuando ella tenía 16 años.
Los enamorados no lo dudaron, persistieron en su decisión y se casaron. Al tiempo tuvieron un hijo absolutamente normal. Lo conocí en una fiesta familiar. Un hombre alto, ya casado en ese momento, que era ingeniero. Supongo, no lo sé con certeza, que también a él, sus padres le habrán contado su origen.
Pasando a algunas” travesuras” de ese tipo en mi familia de origen, mi abuela María, mamá de mi padre, desdeñó a varios “candidatos” que le querían imponer en su hogar paterno y se casó con el amor de su vida, que fue mi abuelo: Juan Constante Sessarego, italiano nacido en el pueblo homónimo, que está colgado de los Alpes arriba de Nervi en la región de la Liguria cuyo centro portuario y comercial es Génova. La familia de mi abuelo tampoco quería a María Angélica Borghi, ya que sus padres eran de origen milanés y dueños de media Villa María, provincia de Córdoba, donde residían ambas familias. Los Borghi consideraban que los Sessarego no pertenecían a su “condición”. La familia de mi abuelo paterno era propietaria de una marmolería que llegó a ser muy importante, tiempo después, en esa ciudad cordobesa. Esa transgresión tuvo su costo. De algún modo, ambos fueron repudiados por sus respectivas familias y se alejaron de ambas, recuperando más tarde a sus hermanos. Hace tres años tuve la dicha de conocer a primos hermanos de mi papá, que son muchos más jóvenes que lo que hoy sería mi padre. Ellos eran a su vez hijos de hermanos mucho menores que mi abuelo. Actualmente, todos sentimos mucha felicidad al estar conectados por nuestros lazos de sangre y de relacionarnos, hoy, con inmenso cariño.
De parte de mi familia materna también hubo ese tipo de desafíos. Mi bisabuela, Catalina Bataglia, “sacó carpiendo”, palabras textuales de mi madre, con su fuerte temperamento a varios hombres mayores que su padre deseaba que fuesen su marido. Entre ellos un hombre de ¡ 50 años!, con ella de solo 14.
Cata se había enamorado de Juan Manuel Mallada, un muy buen músico y muy bohemio. Con él se casó contra viento y marea y tuvieron cuatro hijos, entre ellos a su única hija mujer, Haydée Mallada, mi abuela materna, por la que llevo su nombre.
Entre mis tíos abuelos maternos, Andrés hermano de mi abuela Haydée y tío preferido y amado por mi madre, decidió separarse de su primera mujer con la que había tenido, tres hijos. Se enamoró ya maduro y se casó o convivió con una mujer divorciada sin hijos, de nacionalidad francesa, Jeanette, a la que conoció en el casino de Mar del Plata. Tío Andrés era escribano, pero además era muy jugador, como muchos de la familia Mallada. Con Jeanette fueron muy felices hasta la muerte de Andrés a los creo que 55 años. Lo cuento como algo que no fue usual para las costumbres de las décadas del 40 y 50. Lo que dictaba la “moral y buenas costumbres” de ese entonces era convivir con la legítima mujer y tener la amante afuera de casa.
 Estos son retazos de historias familiares con secretos y mentiras ocultos y no tanto. En esta oportunidad, cuento algunos de los que me relataron en mi familia y la de mi marido.
 En la juventud de nuestros bisabuelos y abuelos, las costumbres dictaban que las parejas casaderas las formaran y arreglaran los padres, sin consentimiento, especialmente de las mujeres, como “matrimonios por conveniencia”. 
Por suerte, hubo siempre quiénes se rebelaron contra las normas de su época para ser felices y seguir lo que sus sentimientos movilizaban. Sospecho que en muchas familias de antaño, hubo circunstancias similares.

jueves, 15 de septiembre de 2016

La historia que faltaba

José Mario Lombardo

Es indudable que con este asunto de nuestro curso de “contar historias”, nos la pasamos buscando precisamente esas historias. A veces, uno las encuentra de repente porque algún suceso nos lleva a recordar. Ahora, ocurre en otras oportunidades que teniendo la historia delante de los ojos no la vemos, acaso por cotidiana o porque al convivir con ella uno no percibe que está metido en la historia esencial, la que debería haber contado desde el principio y que por obvia, ignoraba.
Y a mí me ocurrió. Y ahora que la veo, que la tengo conmigo, no voy a perder la oportunidad.
Gabriel nació en junio del 70. El primogénito, el preferido. Alzado, abrigado y protegido por cuanta tía, abuela o vecina se le atravesase por el camino. Pero poco le duró porque en julio del 72 llegó Federico, un rubio con cara de gringo de una flacura devastadora insuperable. Cómo habrá sido, que el médico, luego de varios intentos de engorde se dio por vencido y dijo con resignación que evidentemente era así nomás y había que dejarlo. Para completar el trío, Ernesto nació en agosto del 74, en plena mudanza, pues salimos para el Policlínico Italiano desde Rioja y Santiago, donde teníamos un departamento que habíamos vendido, y regresamos con el nuevo hermanito a una casa prestada por uno días hasta que nos entregaran la nuestra.
¡Tres varones!, la alegría del hogar, uno dormía en un moisés que parecía una canasta, otro gateaba por todos lados y el primogénito ya había comenzado a inspeccionar cuanto mecanismo existiese a su alrededor.
Y cuando todo parecía encaminado hacia la normalidad: ¡llegó la Jochi!. En pleno Mundial 78. En junio de ese año, nació María José. Algunos decían que le habíamos puesto dos nombres como cábala. Otros que le habían puesto mi nombre a propósito para asegurar la interrupción del proceso de crecimiento del grupo familiar y, por fin, Federico se lamentó, porque “ahora ya ni siquiera era el del medio”.
Todos hicieron la primaria en “la Mariano Moreno” de calle Paraguay. Después, Gabriel prefirió “el San José” y allá se fue a estudiar electrónica. Los otros tres terminaron la secundaria en “el Superior de Comercio”.
Gabriel, siempre tuvo inclinación por la mecánica y demás cuestiones técnicas y desde muy chico comenzó a hacer electricidad del automotor. Cuando se recibió de ingeniero mecánico dejó el taller, pero se fue a hacer cosas parecidas en una fábrica de aceite de soja en Puerto San Martín.
Federico estudió guitarra con varios profesores, pero algo alejado de la música, hoy es contador público y un excelente profesor en la Facultad de Ciencias Económicas. Siempre organizó los viajes, las reuniones y las comidas con sus amigos y me parece que esa es su verdadera vocación.
Ernesto también pintaba para buen músico y buen cantor y es un buen jugador de fútbol, pero en realidad se dedica a reparar caderas, columnas e insertar clavos de platino en los lugares indispensables. Siempre nos desconcertó, estudió un secundario comercial y cuando terminó dijo que quería ser médico. Y es médico.
Y a Jochi le hicimos hacer de todo. Tenía que ser la niña de la casa: diez años en la escuela de danzas y todos los cursos de inglés que existían en “la Cultural”. Cuando creció, estudió un profesorado de historia, pero su vocación la llevó a ser maestra. Es maestra hasta el final. Para mejor ahora usa unos anteojos enormes que le dan un aire a maestra que mata.
Y estos cuatro seres heterogéneos, amigueros, tan distintos y tan iguales, conforman nuestro mundo. Le han dado forma a nuestra vida desde hace ya más de cuarenta años. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?: tenía la historia principal delante de la nariz y no la veía. ¡Se confundían con el paisaje!
 Pero esto no hubiera sido posible sin el centro generador. Siempre es necesario para que ocurra un suceso que algo lo desencadene. Algo que lo ponga en movimiento. Y ese centro, ese punto de energía que disparó nuestro pequeño universo en expansión, está a mi lado desde hace casi cincuenta años: los cobijó desde antes de nacer, los crió, los vistió, los cuidó, les hizo las tortas de cumpleaños, las empanadas, los “lemon pie”, y continúa aún cuidando lo que sigue: los nietos que han llegado para repetir la vida. 
Casi todos los domingos nos reunimos a comer. Es una mesa ruidosa, llena de chicos que piden “agua por favor” y grandes que cocinan, discuten, cantan, lavan platos (a veces) y yo los miro y no me doy cuenta que son mi historia necesaria.

martes, 13 de septiembre de 2016

Pensamientos de Rosina y Juan Pablo

Susana Olivera

Rosina
¿Qué será de los pequeños? ¿No los veré más? ¿Volveré algún día al Piamonte? ¿Veré otra vez mis montañas? Hoy Piero estaba con fiebre. Catarro seguro… no es tan fuerte como sus hermanos. Rosina… me duele la garganta. Te preparo miel con limón. Sin limón. No me gusta el limón. Es tan hermoso. El más pequeño de los nueve. Mi preferido. ¿Yo tendré nueve hijos con Juan Pablo? Me gustan los niños. Nueve hijos con Juan Pablo. No sé si quiero tener nueve hijos con él. Para tener hijos, tantos hijos, se necesita estar enamorada. A amar al marido se aprende me dijo la señora. Se aprende. ¿Habrá montañas en Rosario? Tan hermosas como las mías. Seguro que no. No. Tendría que preguntarle a mamá si voy a aprender a amar al marido. No podré visitarla todos los domingos a la tarde. No podré visitarla. ¿Quién le llevará margaritas cuando yo esté en Argentina? ¿Quién sacará la mala hierba de su morada? Está más lejos que Castilla la Argentina. Rosario. Allí voy. No se puede venir a Piamonte todos los domingos. Nadie le llevará margaritas. Solamente yo. Solamente yo.
Yo estoy bien acá. Soy feliz con los niños. Juego con ellos todo el día, les preparo las meriendas, lavo sus ropas, limpio sus habitaciones, soy feliz con ellos. Los chicos crecerán dice la señora y yo no los voy a cuidar más. No me van a necesitar más. Pero podría quedarme hasta que crezcan. ¿Por qué es mejor para mí ser la esposa de alguien? Comparto la habitación con los más pequeños por si tienen miedo a la noche. Yo tendré mi propia habitación. Eso dice la señora. ¿Los esposos viven en habitaciones separadas en Rosario?
De ojos azules. Muy alto. Muy claro. Mi príncipe. Envuelto en una enorme capa azul y sosteniendo la capa con sus largos dedos… la capa azul que aletea al viento. En su unicornio blanco galopando con su melena rubia que sube y baja. La melena rubia al viento junto con la capa que aletea y aletea. Mi príncipe  con la capa azul cabalgando en el unicornio blanco de larga cola y blancas crines. Juan Pablo no es mi príncipe; no cabalga un unicornio blanco.
Casamiento en una semana Casamiento sin novio. Solo con una foto. Viaje a Argentina en un mes. Todo arreglado. Ya está todo arreglado. Hay que pensar las cosas inteligentemente. Dice la señora. ¿Lo mejor para mí? ¿Esto es lo mejor para mí, mamá? Mamá, ¿es lo mejor para mí? La partida. Otro país. Otra vida. Otra lengua. Otra gente. ¿Mamá?

Juan Pablo
Mamá, ¿viene la novia?
En pocos días, Tuni.
Viene la novia. Yo beso a la novia. Muchos besos.
Sí, Tuni. Se puede besar a la novia.
¿La novia tira cascotes a los vecinos?
No, Tuni. La novia no tira cascotes a nadie. Tuni, tampoco. Menos con la novia.
Yo beso a la novia. Se puede besar a la novia.
Sí, Tuni.
Mamá ¿yo puedo besar a la novia? Es mi novia. Se puede besar a la novia.
Basta, Tuni.

¿Ya viene, mamá? Mi novia. Yo beso a la novia. Se puede besar a la novia y abrazarla. Porque es mi novia. Mi novia.

Noche de tele. Hoy: el muñeco maldito

H. B. Carrozzo


Por aquellos años la televisión era en blanco y negro y no llegaba a todos los hogares. Pocas familias tenían en su hogar esos infernales aparatos llenos de válvulas, tubos, etc, que conectados a una antena externa nos permitía ver cine en casa. La antena se levantaba como unos 8 metros sobre los techos, había que orientarla para que la imagen del Canal 7, se vea clara y sin “nevadas”.
Así que iniciado el año 1962, en el Canal 7, y en el ciclo de Obras Maestras del Terror, se presentaba: El Muñeco Maldito, con la formidable actuación de Narciso Ibañez Menta y la magistral dirección de Marta Reguera. Y excelente elenco.
Todos los sábados de Abril y hasta Julio esperábamos el programa. Cenábamos temprano, pizza casera, por ser sábado. La vieja distribuía las tareas, vos lavas, vos secas, vos guardas, y preparamos la casa para el evento. Rejuntábamos las sillas de toda la casa.
Esperábamos a los Tíos, el Turco y la Lula, y primos que venían desde barrio Belgrano en un pequeño auto a compartir la velada televisiva. La familia llegaba ya cenados por lo que traían algo para el café que se tomaba.
Y así, puntualmente durante casi  4 meses,  a las 9 y media de la noche, sentados en las sillas o los sillones, algunos en el suelo, esperábamos el comienzo de la serie.
Había que apagar la luz para poder ver mejor, pero alguna tenía que quedar prendida.
No recuerdo con exactitud la trama de esta serie que nos tenía a todos concentrados siguiendo las andanzas de este “muñeco” de caminar vacilante, lento.
Si recuerdo del primer capítulo, que comenzaba con la ejecución de un reo en la guillotina. Luego alguien se llevaba los restos del guillotinado y con otros cadáveres construía un “muñeco”.
Recuerdo los gritos de terror de mi prima y de mi hermana y de algún otro más, cuando la escena se ponía escabrosa. Cosa frecuente. O alguna risa contenida para no demostrar que estábamos realmente asustados. O la carcajada desaforada de todos ante la pavada.
Si llegaba a sonar el timbre o el teléfono en medio de alguna escena complicada, creo que podría ocurrir una catástrofe. O una estampida.
Recuerdo que la voz de ultratumba de Narciso Ibáñez Menta nos ponía los pelos de punta. Cuando el muñeco caminaba a pasos lentos, tambaleante, causaba terror.
La cara del Marqués de Coulteray era asustar al más valiente. Ni hablar de Benito Mason, el armador de muñecos.
Quizás algún mayor hacia un comentario como para enfriar el ambiente, pero en vano. La tensión estaba, el susto permanecía, hasta en los viejos.
Pasada una hora llegaba uno de los momentos más problemáticos. Los visitantes tenían que volver a casa. Y quién salía a la calle a esa hora.
¿Y quién se iba a dormir? Sin mirar dentro de ropero o debajo de la cama. Las sensaciones eran tanto que más de uno de nosotros no dormía esa noche

En fin, la vida seguía, pero en alguno de nosotros quedó como una marca. 

viernes, 26 de agosto de 2016

Pedro, el Grande

Alicia Del Valle

Pedro, mi padre, es el mayor de cuatro hermanos.
Lo gracioso fueron sus alias. Mi papá fue un grande con mayúsculas y ese era su apodo por ser el primogénito.
Juan, el Segundo, por ser el que le seguía en orden de nacimiento.
Antonio, el Tercero o el Ñato, por el tamaño de su nariz, único con apéndice nasal respingado, obtuvo dos apodos.
Agustín, el Chiquito, era obviamente el menor.
Quedaron huérfanos de padre, ya que mi abuelo paterno, Juan Manuel, falleció muy joven.
Esa muerte estuvo rodeada de un halo de misterio. De eso no se hablaba y se esquivaba el tema al intentar tocarlo.
Mi abuela Antonia, con sus cuatro muchachos muy jóvenes, vendió un negocio de almacén céntrico y compró terrenos en el barrio Echesortu, cerca del Hospital Carrasco, centro de enfermedades infecto-contagiosas (lepra y tuberculosis) a precio muy bajo, ya que no se vendían por miedo al leprosario del hospital.
Hizo buen negocio, con los años se transformó en un barrio promisorio, con centro propio, escuelas, clubes, y universidades privadas.
En los cinco lotes consecutivos que compró, tres estaban por calle Zeballos y dos por calle Alsina. Construyeron en uno de ellos, por calle Alsina, una vivienda con varias habitaciones, que alquilaron a estudiantes y también vivió la familia en un sector destinado para ellos.-Con eso lograron subsistir además del trabajo y el ahorro.
Cabe destacar que recordaban con ironía, mucho tiempo después, que nadie del barrio se había contagiado, sobre todo de tuberculosis, enfermedad de la pobreza, como se decía, en esos tiempos que corrían, allá por el 1922.
Son retazos de información que nos brindaban mis tíos a mis primos y a mí a excepción de mi padre. Él era hermético.
Pedro, el Grande, fue un hombre de muy pocas palabras pero que nos supo dar y hacer sentir su amor, así, casi sin hablar.
Todos los hermanos cursaron el nivel primario y algunos aprendieron oficios y progresaron en sus vidas.
Mi casa fue construida en el primer lote de calle Zeballos. Todas las parcelas fueron cedidas por mi abuela a sus hijos y ella también hizo su casita en una de ellos.
La nuestra fue realizada a través de un crédito hipotecario, al que pudo acceder mi papá y, con el tiempo, allí nací yo.
El Grande era un artesano, todo lo arreglaba o lo hacía. Podía ser albañil, contador o carpintero, según las necesidades de la familia. Hasta era zapatero remendón: en su galponcito donde guardaba sus herramientas, había una horma para apoyar los zapatos.
Eran épocas, 1950, del hielero a domicilio. Tengo fija la imagen de las barras de hielo apiladas en un camioncito y al vendedor cortando por mitades, cuartos o enteras, y dejándolas en los domicilios. Las manejaban con tela de arpillera. En el verano, pasaban todos los días.
Por ese entonces, mi papá fabricó, podría decirse, una heladera similar a las actuales, con gabinete para el hielo y desagüe a un cajón en la parte inferior que desagotábamos cada tanto en el día. Tenía estantes y estaba pintada de blanco. Pero…. mi mamá protestaba: “¡Divina!! Pero chica”.
En otra oportunidad necesitábamos un armario, lo hizo… pero chiquito.
 “Nada las conforma”, protestaba o no hablaba directamente. “Acá está el armario”, decía y no esperaba los aplausos. Además nos hacía los zancos que me enseñó a usar y las gomeras que pretendía, también, enseñarme su uso; pero la mirada reprobatoria de mi madre, lo disuadía enseguida. Con los años las fabricaba para mi hijo, que jamás usó. Nunca pudimos hacerle entender que esa gomera era un arma, primitiva, pero arma al fin.
Construyó el corralito de mi hija con palos de escoba que juntó no sé por cuánto tiempo. Un carpintero amigo los hizo media caña, los unió, colocó bisagras y cierre correspondiente, y lo pintó de blanco.
Cuando mi niña tuvo la edad para usarlo, hicimos la inauguración, frazada de base y ahí la metimos .Los gritos y llantos de desesperación de mi hijita al verse encerrada fueron proporcionales a la desilusión del abuelo.
“Ya se va a acostumbrar”, lo consolábamos. No hubo caso, jamás lo usó. Lo aprovechó su hermano y cuanto chico conocido que necesitaba un corralito y, así, desapareció ante tanto préstamo. Mis hijos de pequeños lo llamaban el abuelito arreglador.
Regresando en el tiempo del relato, mi abuela murió con 93 años, aunque seguramente con algunos más; ya que según sus confesiones se había sacado edad al llegar a la Argentina, porque el abuelo era más joven que ella y al que jamás nombró. En su velatorio nos venimos a enterar que el abuelo había sido un muchacho bravo. Se conocieron en el viaje en barco, cuando emigraron de España. Decidieron casarse aquí y es ahí cuando cambió su edad. Por eso, siguió siendo dudosa, porque según ella se había sacado catorce años, casi imposible, ya que con nuestras cuentas falleció con ciento siete años. Nos quedamos con los noventa y tres declarados en sus documentos argentinos.
El abuelo que no conocí debe haber sufrido el exilio y ella también. Teniendo una mirada piadosa pienso en lo terrible que debe haber sido llegar solos a un país extraño. A veces, las soledades se unen. Habrán padecido muchas cosas, el espíritu del abuelo no lo soportó y el alcohol fue su escape.
Miseria y depresión, mala combinación. La abuela en cambio fue un ejemplo de resiliencia .Pudo con la adversidad crecer.
Lástima que sus hijos no lo pudieron compartir, les hubiera hecho bien hacerlo. Sobre todo a mi padre, que lo debe haber vivido de forma vergonzante. Él que de la honestidad y las normas de vida hizo un culto, y que le dio valor supremo a su palabra.
Ya mayor y no pudiendo vivir solo como lo hacía, accedió a regañadientes venir a mi casa, por pocos meses, ya que una demencia senil se apoderó de su persona y lo convirtió en un contador de historias imaginarias y coherentes sobre Rosario . En cada una de ellas hacía referencias a distintos personajes, amigos, esposa, su madre, y en especial a mi marido, y no con loas precisamente, en un acto de injusticia total, porque mi esposo lo cuidó como si fuera su padre.
Pedro, Grande, cuántas cosas calló, costumbres de una época que ya fue. Nos acostumbramos a su silencio y lo respetamos, pero siempre quedaron esas ganas de saber más.

Hoy se habla, por suerte, yo lo hago y si se puede, lo escribo.