martes, 10 de septiembre de 2024

Jamás viejo, siempre vintage

 María Cristina Piñol

 

Hace un par de años, mi hermano encontró un anuncio en una reconocida firma de ventas en línea, que implícitamente refería a una gran parte de nuestra vida. El aviso decía: “Lata antigua vintage de Gasa Hidrófila Macaen” y se acompañaba de cuatro fotos.

 ¡Caramba! ¿Cómo era posible que el primer producto que fabricara mi papá en su pequeño negocio en Rosario estuviera a la venta en Buenos Aires después de 60 y algo de años como “Lata Antigua Vintage”? La etiqueta blanca, con letras y guardas azules y en el centro el “logo” con la imagen de un cirujano con bata, cofia y barbijo. Se podía leer perfectamente “Gasa esterilizada a 200º” y el nombre y la dirección del negocio: Laboratorios Macaen, Catamarca 3041, Rosario. A la “Lata Antigua de Gasa Hidrófila Macaen” la vendían en 650 pesos de contado o en 12 cuotas de 114. ¡Era la última disponible!

 Cataratas de recuerdos fueron agolpándose un tanto desordenados en mi cabeza. Allá por 1953, el laboratorio funcionaba en casa de mis abuelos en la dirección que figuraba en “la lata vintage”. En el altillo estaba la oficina y subiendo un pequeño tramo de escaleras de baldosas rojas acanaladas llegabas a la terraza convertida en un inmenso salón con largas mesas, algunas máquinas y el gran “horno” de esterilización.

 En aquel entonces mi mamá trabajaba como asistente social desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde; por lo tanto, papá era quien me levantaba temprano, me hacía la “mamadera”, me cambiaba, me peinaba con una cola de caballo tan tirante que parecía una oriental de ojos rasgados y me llevaba con él al negocio; o sea, a casa de los abuelos. Así, pasé los primeros cinco o seis añitos de mi vida, hasta que nació mi hermano y mamá al tiempo dejó su trabajo.

 Pero volviendo al anuncio de “La Antigüedad Vintage”, en aquellos momentos eran pocos los productos que fabricaba y comercializaba el laboratorio. Uno de ellos era la gasa hidrófila, que estaba envasada en tarros de hojalata como lo muestra el aviso, porque no se podía esterilizar en otro tipo de envase, tela adhesiva, chupetes, mamaderas, bombachitas de goma y otros productos de venta libre. El tarro de gasa de lata fue el disparador que en ese momento abrió la puerta y me llevó de paseo hacia aquellos tiempos y a aquellos lugares.

 Al día siguiente, compartí el hallazgo en el “grupo de los primos”, los “Piñoles”. A todos, en principio, los asombró y luego cada uno fue aportando eslabones de recuerdos: el aroma de las hierbas medicinales, los bidones de agua oxigenada, la máquina desmineralizadora.

 En un momento de la conversación, siempre por WhatsApp, surgió, por parte de uno de mis primos, la pregunta del millón: ¿Por qué se llamaba Macaen? Mi hermano con total certeza respondió que por un pueblo de España. Uno de mis primos entonces, repreguntó si la elección fue al azar o porque algún ancestro habitó ese lugar. Nuevamente es mi hermano quien le contestó que allí vivía un noble de la realeza española ascendiente nuestro, por parte de la mamá de mi abuelo. El comentario desató innumerables respuestas, generó risas, supuestas herencias, hablamos de los apellidos de los bisabuelos, de las partidas de nacimiento, de la casa donde nació mi abuelo en Sabadell, que otro de los primos fue a visitar y todo lo que ese lugar le generó. En concreto lo cierto es que sí, es un pueblo de España, lo demás queda dentro de la magia de los relatos que se trasmiten de generación en generación.

 Toda la situación me pareció muy loca y no encuentro palabra más justa para describirla. Año 2021, a 68 años de aquel inicio del Laboratorio, que además cerró sus puertas en 1995 cuando falleció mi papá, un anuncio de Internet ofrece a la venta la “Antigüedad Vintage” en Morón provincia de Buenos Aires; mi hermano que lo encuentra por azar, las fotos, los recuerdos, las preguntas, las respuestas, la “reunión virtual entre primos”, las risas y hasta la nostalgia. ¿Es que todo nos trasciende? Ninguno de nosotros se contactó con el vendedor, no sé realmente por qué no lo hicimos, ¿quizás porque los recuerdos a pesar de ser intangibles son más reales y sabrosos que tener en la mano una lata vieja? Quizás…

Pero nos quedó muy claro a todos que lo vintage se refiere a algo que tiene cierta edad, que no se puede aún catalogar como antigüedad, que se considera que ha mejorado o se ha revalorizado con el paso del tiempo, que además fuera creado por grandes diseñadores y es por todo esto que nos describe tan bien, que nos auto declaramos totalmente vintage.

lunes, 9 de septiembre de 2024

Lágrimas en los ojos

 Oscar Martino

 

Aquellos que hemos perdido físicamente a nuestros padres, sabemos que con el tiempo el dolor y la angustia inicial, va mutando lentamente hacia otros sentimientos o sensaciones. Con el correr de los meses, los años, van aflorando en nuestra memoria los momentos más felices vividos junto a ellos.

De eso se trata este relato, de un momento feliz vivido junto a mi papá, hace hoy, 2 de junio, exactamente 50 años.

Mi papá era un hombre apasionado por el futbol y encausaba su pasión en un equipo de la ciudad. Sus herederos, mi hermano, sus hijos, mis hijos, todos seguimos con esa identificación con el futbol que vamos transmitiendo con los años.

Hace 50 años, en el llamado torneo Metropolitano de aquel entonces los dos equipos de la ciudad llegaban a la última fecha del mismo con posibilidades de ser campeón, uno con el empate se coronaba, el otro necesitaba ganar el partido, había una mínima ventaja, pero ventaja al fin para uno de los dos contendientes.

Ese domingo 2 de junio, amaneció frio, nublado, el partido se desarrollaría como era costumbre de la época a la tarde y, por sorteo, había salido favorecido con la localía el equipo que necesitaba ganar para hacerse del torneo.

Por aquel entonces, tenía yo doce años, próximo a cumplir trece. A mi papá no le entusiasmaba mucho la idea de llevarme, porque lamentablemente siempre rondaba la posibilidad de disturbios, pero mi insistencia logró sus frutos y decidió que lo acompañe. Así que almorzamos livianito, nos subimos al Renault Gordini de mi viejo y partimos a la cancha.

Yo estaba tan contento de ir, y lo miraba a mi papa manejando y sabía que él también estaba contento de llevarme, pero preocupado como todo padre por si las cosas no salían bien, no digo solo deportivamente si no por los mencionados disturbios pos partido.

Este relato no tiene como eje contar tanto lo deportivo, si lo emocional, por eso reflejo escuetamente la parte futbolística. Arrancó ganando el local, y faltando escasos minutos llego el empate de los visitantes, que como habíamos dicho con el empate les alcanzaba para ser campeones. Como era de esperar, ahí comenzó un desbande importante, hinchas visitantes que invadieron el campo de juego para festejar con su equipo, hinchas locales que querían “comérselos” literalmente, la Policía que iba y venía.

Mi viejo me agarró y casi me llevaba flameando por las galerías del estadio buscando la salida, pero en la calle no eran todas rosas: la Policía montada, “escuadrones”, repartía palazos sin distinguir camisetas, edad, sexo, ni religión…

Así como pudimos, ligando varias “caricias” de los muchachos encargados del orden, llegamos hasta donde habíamos dejado el auto, en un pasaje a varias cuadras del estadio y, así, pudimos salir.

Recién ahí nos relajamos un poco después de un rato y pudimos festejar. Éramos hinchas del equipo campeón, nunca pero nunca me voy a olvidar las lágrimas de mi papá, mezcla de tensión por los momentos vividos y de alegría por compartir conmigo, su hijo mayor, el campeonato de nuestro equipo.

Así salimos de la caravana de autos que volvían del estadio, y antes de ir a casa, pasamos por el bar “Blanco” de avenida Pellegrini y Alem, donde tomamos un refrigerio, mientras veíamos el ir y venir de autos por la avenida embanderados con los colores del ganador.

Ya en casa, mi mamá y mi hermano en ese momento de tres años nos esperaban, fue una noche feliz, feliz por lo deportivo y feliz de compartir con mi papá esa jornada. 

Este domingo pasado se cumplieron 50 años de aquel momento, todo el día recordé valga la redundancia aquel día, y saben lo que más recordé, no fue la vuelta olímpica de mi equipo, ni el gol sobre el final que dio el titulo… recordé y tuve presente, como si la hubiese tenido adelante, la cara de mi viejo manejando con lágrimas en sus ojos. Dicen que el cerebro atesora en la memoria cosas que han sido trascendentes. Seguramente, si viviera 50 años cosa que obviamente no ocurrirá, ese recuerdo estoy seguro seguiría latente.

San Juan entre Alem y 1° de mayo

Enrique Pesson

 

Tengo 68 años, nací en el 56, según la sociología pertenezco al período del Baby boom, o sea a los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial, entre 1946 y 1963, cuando nuestros jóvenes padres querían olvidar toda la angustia de la guerra y repoblar la humanidad.

Los primeros recuerdos de mi infancia me llevan a San Juan 438, allí nací, soy el tercero de tres varones. El caserón alquilado, con mucho sacrificio mantenido por un solo bolsillo, el de mi padre, y mi madre haciendo malabares para mantener con todo lo primordial a una joven familia de cinco. Es una típica casa “chorizo”, y digo “es” porque todavía subsiste, sin hacerle caso a las demoliciones que atacaron al barrio para llegar a ser hoy el Barrio Martin.

En ese entorno de caserones y conventillos, muy cerca de las barrancas sobre calle Alem, con la yerbatera Martin y el recién inaugurado Monumento a la Bandera como emblemas del barrio, viví una infancia feliz. No teníamos mucho en cuanto a lo material pero sí mucha amistad y solidaridad. Con Carlitos, Pepín y Jorge nos tirábamos cual Fangio en un karting de madera con rulemanes fabricado por mi viejo, éramos el terror de las vecinas y no le temíamos a la barranca. Tampoco le teníamos miedo al tranvía que pasaba por San Juan del oeste al este en esa época. La inconsciencia infantil convivía con el tranvía, el carro lechero y el carro verdulero.

Un poco más adelante en el tiempo comencé la escuela primaria en el “Bernardino Rivadavia”, escuela de barrio trabajador, pública y laica, donde todos convivíamos sin tener en cuenta credo o religión, no existía el bullying, las cargadas no nos afectaban y eran parte de la diversión. Con muchos de aquellos niños y niñas me sigo viendo y compartiendo algún encuentro, incluso nuestra querida maestra de primer grado participa de los mismos. Recuerdo las kermeses, el taller de carpintería, las visitas a los cines “El Nilo” y “Apolo”, la fábrica de leche Cotar.

El fútbol siempre ocupó un lugar importante en mi niñez, hablo de fútbol de potrero, de canchitas de tierra, como la que tenía frente a mi casa y pertenecía al colegio “La Salle”. Los hermanos lasallanos nos permitían a todos los del barrio jugar allí, volvíamos a casa todos embarrados, con las rodillas raspadas, pero sintiéndonos Pelé.

¡Cuántos cambios hubo desde esa época hasta hoy! Sin ir más lejos, pienso en el único teléfono que había en mi cuadra, el de la señora Rosita, mi vecina. Con un grito desde su casa en planta alta que daba a mi patio nos avisaba de una llamada y, allí, salía doña Yolanda, secándose las manos en el delantal para subir corriendo las escaleras y atender el teléfono. También había un solo televisor en la cuadra, el del panadero Don Martínez. Allí, compartíamos con sus niños tardes de series y merienda mirando Combate, Bonanza y el Super Agente 86.

A los diez años pude empezar a jugar al básquet y al fútbol en el viejo y querido club Uria, a dos cuadras de mi casa. Era a mediados de los 60. Dejamos las aventuras de la calle y, luego de los deberes escolares, íbamos al club, que nos alejó y nos contuvo de los peligros de esos años tumultuosos de dictadura. Hoy también tenemos un grupo formado por las distintas generaciones del 40, 50, 60 y 70. Con ellos nos juntamos en el bar Victorio a recordar viejos tiempos a metros del solar donde existió nuestro club.

Un cambio importante en mi vida fue el inicio de la escuela secundaria en el ex Colegio Nacional Nº 1, del 69 al 73. En esta época hubo importantes hechos a nivel mundial y nacional. Por ejemplo, en el 69 la llegada de hombre a la Luna, la formación de los primeros centros de estudiantes con sus luchas reivindicativas, el Rosariazo y el Cordobazo, primeros indicios subversivos y la recuperación de la democracia. Parte de ese cambio del que hablaba antes se debió gracias a los grandes profesores del colegio Nacional; recuerdo clases magistrales de Instrucción Cívica por parte del doctor Jorge Oliveri, Educación Democrática por parte del doctor René Balestra, reconocido abogado y dirigente político, Historia Argentina por parte de la señora Lidia Bielsa, madre de los hermanos Bielsa, y Anatomía por parte del doctor Domingo Costa. 

En el año 1979, mis hermanos ya se habían casado y dejado la casa. Quedábamos mis padres y yo. Gracias a la operatoria 1050 del banco Provincial de Santa Fe, pudimos comprar nuestra propia casa y dejamos el barrio para siempre. Hoy paso por allí cada vez que estoy por la zona, no lo puedo evitar. Me da nostalgia ver los cambios, solo quedan de aquella época mi casa y el colegio “La Salle”, ya sin la canchita. Las barrancas se reemplazaron por edificios, avenidas y parques, la yerbatera desapareció después del incendio de 1970. Aquel barrio ya no existe, tampoco su gente. 

sábado, 7 de septiembre de 2024

Recuerdos de mi padre

Raquel Arroyo


Recordar a mi padre me produce inmediatamente una sonrisa en el alma. Todo, absolutamente todo lo vivido con él me es grato...

Recuerdo nuestras excursiones a la laguna que se formaba atrás de la vía, para cazar ranas; o los días de pesca en el río o en el arroyo Saladillo. Está clarísimo que a mi padre le hubiese gustado tener un hijo varón y a falta de él, llevaba a su nena a esas actividades poco femeninas, pero que tan felices nos hacían. Los dos solos, con esa complicidad que nos unía cada vez que, volviendo de la jornada aventurera, limpiaba cuidadosamente mis manos, mi cara y mi calzado, para que mi mamá no le reprochara haber echado a perder la pulcritud de la niña.

Pero lo que más me gustaba eran los sábados de cine continuado en el cine Heraldo seguidos por los infaltables panqueques con dulce de leche y el remo. Repitiendo la porción hasta que dolía el estómago, lo que, sumado a los caramelos de goma y el praliné del cine, terminaban en una indigestión.

Mi viejo ferroviario... llevándome a la vieja estación del Belgrano, para mostrarles con orgullo a sus compañeros como la nena escribía en la antigua Remington, a pesar de su corta edad.

Mi viejo visitador médico... permitiéndome jugar con las botellitas de remedios, enseñándome las palabras difíciles de los componentes de cada uno y desafiándome a que lo dijera rápido y sin equivocarme. Y entonces yo respondía: “¡Sulfametocipiridacina!”. Y él lanzaba una carcajada de satisfacción que todavía resuena en mis oídos y en mi memoria.

Recuerdo los sábados a la tarde... Verlo prepararse para ir a alentar a su amado Central Córdoba, cuando era local o escuchando el partido tomando mate junto a la radio cuando jugaba de visitante. El Charrúa fue su pasión. Sábado por medio, en el Gabino Sosa, él tocaba el cielo con las manos y volvía a ser “el Negro” junto a los “muchachos” de Tablada. Compartía tribuna con su entrañable amigo Ángel y llenaba de caramelos a “El Gabi” que lo esperaba ansiosamente.

Recuerdos que despiertan mis sentidos... Huelo Lord Cheseline. Veo el brillo de sus zapatos lustrados obsesivamente. Siento en mis pies el calorcito de mis mocasines que él había calentado antes en la hornalla de la cocina. Escucho su risa contagiosa y sus silbidos agudos. Vuelvo a saborear las tostadas crujientes y el provolone a las brasas.

En mi adolescencia fue mi gran compañero, llevándome a los bailes del Club Italiano o yendo a las reuniones de la escuela, alardeando del promedio de su hija. Estaba tan orgulloso de “su” Raquelita. ¡Y yo de MI papá! Me acuerdo de aquella vez que recibí la única amonestación de mi vida, él la firmó en secreto y mi madre jamás se enteró. Una vez más nos unía la cándida complicidad.

Sus nietas y nietos fueron su orgullo y su razón de vida. La relación que tenían estaba fuera de todos los cánones. Tuve la suerte de darle dos nietos varones y lograr que la vida lo reivindique. Y, entonces, tuvo a quienes llevar a la cancha y contagiarles su pasión.

 Tenía la misma facilidad para entablar un diálogo tanto con un investigador científico como con un indigente. Poseía el encanto de atrapar con su sonrisa permanente y su calidez a todos los que lo conocían. Quien hablara una sola vez con él iba quedar prendado para siempre. Siempre lo recordamos con mi hermana y mis hijos como una de esas personas que dejan huellas, que no pasan por la vida solo por el hecho de haber existido. Sus nietos hablan de él cada día de sus vidas y, de esa manera, lograron que aquellos que no lo conocieron lo quieran y lo sientan parte de sus vidas.

 Mi padre, peronista y charrúa. Mi padre, boxeador y ciclista. Mi padre, novio eterno de mi madre. Mi padre, sobreprotector y abuelo cómplice. Mi padre, ético y moral, perteneció a esa rara estirpe en extinción, que piensa que “no todos tenemos un precio”.

 Definitivamente, cuando nació mi viejo se rompió el molde...

 ¡Lo quise tanto! ¡Lo quiero tanto! Y sé que en esta vida nadie, pero nadie, me quiso como él.

 Ningún mal recuerdo perturba su memoria. Solo puedo reprocharle algo... que me haya dejado tan pronto. Porque a mis treinta y cinco, sufrí la orfandad como una niña. Me sentí sola, desprotegida. Con él se fue una parte de mi vida. Todo cambió...  

Y sí... definitivamente tengo un “Electra” importante. Pero si quien lee esto, hubiese tenido la bendición de tener un padre como el mío, no estaría a salvo de padecer el complejo. Se los aseguro. 

La estación de trenes de mi pueblo

Oscar Bedetti

 

Siendo un niño, de la mano de mi padre, y junto a mi hermana, él nos llevaba muchos sábados a la tardecita a esperar la llegada del enorme (y que me asustaba) tren que arribaba al pueblo Chañar Ladeado en el cual vivía, desde la ciudad de Rosario.

Frente a la estación, en una de las dos esquinas, se ubicaba un boliche típico de campo. El bar “La Avenida”, que así se leía en un cartel con la publicidad de vermut Cinzano. Lo regenteaba un cordobés, Agüero, de gran sonrisa, con un carácter especial. Boliche al que muchas veces me cruzaba para comprar alguna gaseosa, mientras esperaba la llegada del tren o, por qué, no caramelos blandos con sabor a frutilla.

Y así oteaba en el horizonte el diminuto punto negro que se iba agrandando a medida que la gran máquina se acercaba cada vez más.

Y allí seguramente me obligaba a ir al baño ubicado al final del largo andén, de puro curioso nomás, y me parece percibir aquel olor tan penetrante, y luego observar el cartel con el nombre del pueblo, y también ver el tanque proveedor, con una ancha y gastada manguera del agua salvadora para las negras y vaporizadas máquinas.

Y recorrer la sala de espera, con la venta de boletos para el siguiente pueblo, punto final del recorrido de la formación; como también jugar con el molinete de entrada que siempre, siempre, giraba de tan aceitado que lo mantenían.

Y, entonces, la mezcla del humo y el sonido del ruido de las pesadas ruedas de la locomotora y ese silbato tan particular. Y Renato, jefe de estación, que le entregaba un aro al pasar al maquinista. Y Catera, comisionista, con sus bolsos, sus mil paquetes que tiraba certeramente desde la primera ventanilla y que milagrosamente nada rompía.

La estación del ferrocarril era un calco fiel de miles de otros pueblos y parajes. Construcción inglesa de ladrillos a la vista, pisos de lajas enormes que brillaban por tantas pisadas que gastaran su esmalte y, más allá, pedregullos que conducían a baños letrinas con enorme olor de creolina echada a mansalva. Edificio alto, espacioso, con cierto confort a todo lo inglés de la época. Era el punto obligado de la gente que podía llegarse, ya que se ubicaba a dos lotes de la población.

Siempre recuerdo aquellos días sin tiempo y mis idas en bicicleta, hasta esa estación y las amadas vías. Con un bulevar, doble mano de tierra, poblado de árboles frondosos; y un sendero central, con curva incluida, en que la velocidad daba lugar a mis ansias de pequeño corredor. Pero siempre alguien estaba presente, amén de los pasajeros que, en cantidad, arribaban.

Y cada tanto viajaba con mi madre hasta la ciudad de Rosario y era entonces el placer infinito. Subir a aquellos espaciosos vagones, buscar el mejor asiento, contar las estaciones, sin preocuparme el polvo ni el humo de las negras máquinas. Y el regreso de un más que singular viaje, y los taxis (que los había), pugnando por llevarnos al pueblo (cuando mi padre no podía recogernos). Siempre recuerdo a aquellos taxistas que esperaban con fervor transportar algún pasajero y que se ofrecían para ello, sin olvidar aquel amigo Cholo Vinzia, del viejo auto negro, número uno en lo suyo. Y el recuerdo hacia la galera del otro Cholo, Rossa, en realidad la estanciera de aquel personaje que esperaba pasajeros que debían dirigirse a Cafferata, al sur de mi localidad. Él era de allí, una excelente persona a quien conocía bien ya que era cliente del taller de mi padre.

Al tren que venía desde el lado de Rosario lo divisábamos, aquel buen punto negro en el horizonte, casi desde la salida de Berabevú; en cambio, cuando lo hacía desde Río Cuarto, solo se lo observaba a pocos kilómetros donde hoy la vía cruza la ruta provincial.

La estación era un lugar social. Muchos se daban cita. Por las vías viajaban las emociones, las alegrías, pero también lágrimas, retornos y promesas de volver cuando el tren partía. Todo arribaba a la estación: la correspondencia, el comercio, la gente, las historias. El tren con gente era una fiesta con olores, fantasías y, sobre todo, sonidos.

Y aquellos trenes de humo con las pesadas y ruidosas y negras máquinas, y aquellos trenes más rápidos después de desaparecer las oscuras moles de humo. Primero aquellos silbatos disfónicos y más luego el sonido de esa bocina tan particular. Era la visión fugaz de ese otro mundo que existía más allá de los límites del pueblo. Y que tanto significaba para los que siempre amamos el ferrocarril.

Los trenes iban y venían. Río Cuarto, Rosario, Buenos Aires. Las cargas cubrían todos los caminos que partían hacia los diferentes puertos. Y qué lindo que era todo ello. Cuánto movimiento en aquellos inmensos galones en el terreno amplio que pertenecía al ferrocarril del poblado y, seguramente, donado muchas décadas atrás por aquellos señores pioneros de la pampa nuestra.

Y tantos lugares y pueblos que nacieron con las estaciones de trenes y se olvidaron a través de las mismas estaciones de trenes.

Y desde mis sueños nocturnos, a veces sentía en la lejanía aquellos ruidos de esos convoyes que cruzaban a cualquier hora en la vastedad de las sombras, cargueros en caminos de la distancia. Y en el sueño ellos eran los portadores de ilusiones a otras latitudes, otros puertos.

Yo no me olvido de aquella pequeña pero soberbia estación del ferrocarril de mi pueblo. Y aún está y por esas cosas de la vida, esta no la abandonó y los hombres la pintaron a nuevo y la llenaron de historia, mucho más de lo que fue. 

Es mi recuerdo en blanco y negro de su ilimitado glorioso pasado.

El vestido negro

Ada Serio

Los baúles de Nana, mi bisabuela, eran todo un misterio. Ella los cuidaba con muchísimo amor, quizás recuerdos tangibles de su tierra a la que nunca volvió a pisar. ¡Por supuesto no se nos ocurrió preguntarle algo sobre lo que ahí guardaba con tanto esmero! Lamentablemente, por aquel entonces, no preguntábamos nada. Ella contaba lo que quería, en un lenguaje que solo sus hijos y nietos entendían, una creación italo-argentina muy personal de la que solo recuerdo la frase “sttate cuietta” cuando tomándome de las faldas, con sus pequeñísimas manos, me sentaba de un solo movimiento ayudada por la fuerza de gravedad. No podía ver gente parada a su alrededor. ¿Sentiría como una falta de respeto que estuvieran a una altura superior a ella, como en la India? En una oportunidad nos contó que en su tierra Lago Negro-Potenza paseaba en carrozas. Olvidándome de su escaso vocabulario con mis cinco o seis años, me la imaginaba en suntuosas carrozas como la de los cuentos de Hadas.

Regresemos al misterio de los baúles, que siempre cerrados descansaban en un lado del oscuro dormitorio sin ventanas y con dos puertas enfrentadas, para su necesaria ventilación.  

Cuando después de su partida pudimos abrir esos baúles con mucho respeto y mayor curiosidad, fue asombroso, increíble, potenciador de un sinnúmero de interrogantes y lagrimones. Todavía descansaban a la espera de ser estrenados partes de su ajuar; desde sábanas de hilo con monogramas, blusas sin mangas que se ataban en la espalda hoy diríamos corpiños, calzones hasta las rodillas con puntillas totalmente abiertos y otras tantas cosas que habían sido confeccionadas en Italia para traer a esta bendecida tierra. Fue entonces cuando desde el fondo de uno de ellos muy bien guardado se dejó ver, como diciendo ¡aquí estoy! un pequeño y prolijo envoltorio que guardaba celosamente un vestido negro, como de seda creppe, mangas largas y cerrado por pequeñísimos botones, todo bordado en canutillos y perlitas negras ¡Increíble! Tan pequeño como su dueña. Llevaba ahí 88 años de su estreno, reluciente, impecable. Lucido sólo en un momento muy especial. Había sido su vestido de bodas.

Mi cabello y los peinados raros

 María Alejandra Furiase

 

 

Tenía alrededor de tres años en aquella foto, que algún fotógrafo me sacó en Rosario, corriendo con un peine en la mano, por la vereda ancha de la casa de mis abuelos paternos.

Sin colores esa fotografía, pero con mucha vida.

El empedrado en las calles.

Vestido rosa pastel tejido, zapatitos de charol, zoquetes blancos con puntillas. Casi lista para alguna salida familiar, solo me faltaba peinarme. Mi cabello se enredaba, y cada vez que mi mamá me quería peinar era mi deseo querer salir corriendo, cosa que a veces lograba hacer.

Mi cabello era castaño, fino, lacio y relativamente corto.

A medida que fui creciendo, ya en preescolar con cinco años, mi cabello también lo hacía, fue entonces cuando aparecieron las dos colitas, raya al medio tirantes, que jamás se desarmaban, invisibles para sujetar algún pirincho suelto, como decía mamá mientras me acomodaba el cabello y los moños de cinta de raso azul y siempre terminaba con un corte de tijera en diagonal, como dibujando una punta en cada extremo de los lazos, los días que teníamos Educación Física, y cintas de raso blanco para el resto de los días.

Con la adolescencia, recuerdo que me encantaba hacerme “la Toca”, que era un clásico método que se usaba en los años 70 y 80 para alisar el cabello. El procedimiento era, ya con el cabello limpio y seco, elegir del centro de la cabellera una cantidad reducida de cabello para enrollar en un rulero grande, el más grande de los comunes que mamá tenía en su neceser.

Para evitar los rulos, ella usaba los ruleros térmicos anaranjados opacos, que se ponían en agua a calentar; y, una vez que hervía, ya se podían colocar en la cabeza y se los sujetaba con un agarre color blanco de plástico rígido que se usaba a temperatura ambiente; y luego se lo fijaba con las pincitas, una de cada lado del rulero. Y luego, para finalizar, se giraba el cabello alrededor de la cabeza en el sentido de las agujas del reloj y se le iba colocando pincitas para que quede así y no se deslice. Si tenías red la usabas sobre la cabeza y era una forma de mantener asegurados los pirinchos.

Transcurridas varias horas, tenías que retirar todos los elementos con cuidado para que no se enganchen y te tire; y, después, peinar y, si así lo deseabas, te ponías fijador en spray Telnet de L’Oreal.

A los veinte me hice la permanente para no tener que atender tanto a mi cabello. No me sentí cómoda, así que me lo fui cortando hasta hacerla desaparecer, volviendo a la melena hasta los hombros, lacia, con flequillo.

Pude experimentar con varios colores: rubio, colorado, marrón chocolate, negro. Mientras tanto, me iba mirando cada vez más al espejo, más internamente, para descubrirme, para encontrarme, para dejar de correr con o sin peine, para verme verdaderamente y abrazarme, agradeciendo, entendiendo más los silencios, las miradas, mi mirada, mi silencio, mis palabras, mi voz, mis dudas y mis certezas, mis luces y mis sombras, mis tiempos, mis deseos, mis pasos, mi camino. Mis decisiones. Mi vida.