jueves, 21 de abril de 2016

Y un día volvimos

H. B. Carrozzo

El 21 de Noviembre del año 2015, diecisiete egresados de la Escuela Industrial Superior de la Nación “General Don José de San Martín”, promoción 1965, volvimos al aula.
A aquel aula que nos albergó cuando comenzamos la especialidad, técnicos químicos nacionales.
A aquel, que, creo, fue el hito que cambió nuestra historia… la personal.
No importaron las dos o tres reuniones que hacíamos todos los años para festejar el “Día del amigo” o la visita de alguno que no vive en Rosario. Para hablar del país, de política, de futbol… ¡para hablar! Para hablar de los que nos dejaron, pero están en nuestros recuerdo, de aquellos que no podemos encontrar, o de aquel que suponíamos desaparecido en la más sangrienta dictadura que tuvo el país. Nos juntamos en la escuela para memorar, recordar, disfrutar.
Recordar, cuando entraba Don Arturo, solo decía “saquen una hoja” y nos dictaba, una a una, diez fórmulas químicas, para que nosotros en diez segundos pudiéramos escribir la fórmula quimica. O un redox o lo que fuere. Todas las semanas, cualquier día, durante el año.
No sé si el Señor Arturo o el Señor Enrique alguna vez revisaron esos escritos. Lo que sí sé es que para nosotros era el detonante para no decepcionar.
O para recordar.
Regla de las fases o de Gibbs: el grado de variancia de un sistema es igual al número de componentes, más dos menos el número de fases.
O: el Número de Avogadro: 6.023 x 10 a la 23 moléculas en cada molécula gramo.
O: la Constante General de los Gases o Constante General de Estado: es igual a 0.082 atm.lt/ºK.mol.
O: el Número de Reynolds: se refiere a los líquidos en movimiento dentro de un conducto. Resulta de multiplicar la velocidad, por el diámetro equivalente, por la densidad y dividir todo por la viscosidad. Si es mayor a 2000, el flujo se considera turbulento si es menor es laminar.
¿Saben cuántas veces usamos estos conceptos en forma directa en nuestra profesión?: ¡Nunca!
Para recordar aquella huelga de tres meses, porque rechazábamos el nombramiento del director. Luego, pasados los años nos dimos cuenta que el Señor Arquímedes fue no solo un excelente director, sino que fue un revolucionario.
¡Oh! ¡El fuego sagrado de la juventud mal dirigido !
O cuando se nos derramó en forma inadvertida ese líquido en la escalera de profesores y los mismos subían y bajaban la misma al son de pequeñas detonaciones.
O cuando nos “comimos” dos meses sin recreo (de 4to. a 6to. de todas las especialidades), porque alguien puso un detector de movimiento en el ascensor de Profesores y otro alguien lo conecto a un petardete. Cuando el ascensor llegó a planta baja y detonó el mencionado petardete, el ascensor subió al primer piso sin parar. Ningún papá vino a reclamar por la sanción. Ninguna mamá lloró. Y alguno de nosotros recibimos alguna sanción extra. No nos deprimimos, no nos frustramos ni nos acomplejamos
Todo esto nos marcó a fuego. Sin esfuerzo, nada se consigue.
Con disciplina mental, la otra es consecuencia de esta, todo objetivo es alcanzable.
Con honestidad, como cuando un profesor pasaba lista para ver los NE (no estudié) Y nos permitía tres por trimestre y nosotros lo administrábamos y no fallábamos.
Con apego a normas y reglamento, ayudándonos entre nosotros, con respeto a nuestros profesores y a las personas. Y a las instituciones.
Haciendo un culto al estudio, atendiendo clases los sábados a la mañana o los jueves a la noche, o cuando fuera, aunque no era obligatorio.
Aprendiendo de nuestros errores, aceptando las consecuencias, penas y castigos, así como aceptando con humildad los premios por nuestros esfuerzos.
A ellos, mi escuela, profesores, amigos, mi personal reconocimiento y eterno agradecimiento.

Hoy volvimos 17, pero estábamos ¡todos!

martes, 19 de abril de 2016

A esas mujeres que amé

Alicia Del Valle

Las mujeres de mi familia, por vía materna, eran mayoría, me refiero a mis tías, hermanas de mi madre, que una vez casadas siguieron pariendo más mujeres que varones.
Mi mirada es de un lugar temporal lejano, generacionalmente, ya que mi madre, la más chica de sus hermanos, después de once años del nacimiento de su único hijo, Manolo, llegué yo.
En mi infancia, las miraba con admiración, eran mis tías y primas que iban y venían, dirigían con una desenvoltura y gracia espectacular.
Tengo imágenes muy nítidas de situaciones puntuales y diarias, porque si bien cada una tenía su casa, vivíamos en el mismo barrio, a la vuelta o a una cuadra de distancia las unas de las otras.
Éramos familias muy unidas.
Recuerdo discusiones de política en las reuniones que se celebraban casi todos los sábados, por la noche.
Dos de mis tíos se decían comunistas, muy en secreto, pero a la distancia los rememoro más bien burgueses, sobre todo sus mujeres (mis tías). Cuando la cosa se ponía de “tono alto” los hacían callar con el lema “en familias como la nuestra, no se pelea por política ni por nada”, a lo que todos obedecían y se jugaba a continuación, alegremente a la tómbola (bingo).
El tío más peleador era el que dulcemente decía “los dos patitos” por el veintidós o “la niña bonita” por el quince, cuando le llegaba el turno de cantar la lotería.
Eran hermosas mujeres en conjunto e individualmente. De carácter fuerte, intensas, generosas.
Crearon una estructura en base a ese valor de la generosidad. Eran realmente seres generosos. Lo demostraban siempre y ese armado que usaron les permitía salir de sus casas y arreglarse. La presencia y el acicalarse era desde ya otro valor.
En esa época, década del cincuenta al sesenta, no sé si estaría bien visto que las mujeres salieran, pero ellas se las arreglaron para sortear ese prejuicio o mandato social.
Sus salidas consistían en visitar enfermos (privilegiando los internados) y los velatorios.
Una vez cumplida la misión de asistir al destinatario y “sufrir” por la eventualidad del caso, aprovechaban la ocasión para hacer compras en el centro de la ciudad y comer algo en “Granja Royal”, confitería emblemática de esa época en Rosario.
Estas maravillosas mujeres han sufrido con vehemencia las desgracias e infortunio de los vecinos en un radio de cien metros a la redonda, como solía decirse.
Mi madre, confinada en un sillón por un asma incurable, zafaba de esas invitaciones la mayoría de las veces. La excusa de siempre: su enfermedad, el asma. Cuidaron y mimaron a mi madre y en consecuencia a todos nosotros.
Mamá era la menor, la de avanzada. Su enfermedad la convirtió en una voraz lectora, se actualizó culturalmente y en ese aspecto sus hermanas quedaron rezagadas. Ella las adivinaba y pensaba en voz alta: “Estas exageradas son capaces de llorar hasta por don Morrone”.
Don Morrone era un vecino, ya mayor, que se anunciaba de lejos por unos apestosos toscanos que fumaba y se despedía dejando una estela irrespirable. La paradoja estaba en su anuncio y despedida sin pronunciar una palabra.
La tía Maruca era el pilar de la familia. Por su casa desfilábamos todos, era la casa grande que cobijaba y centro de reunión de los sábados. Nos mimaba con las mejores recetas y sorprendía al tío Cataldo, único hermano varón, con “liebre cocida al chocolate”, “fideos a la milanesa”, “conejo en no sé qué”. Los más chicos nos mirábamos asqueados y recibíamos el consabido “¡no saben lo que se pierden!”.
Maruca, Antonia, Cata y Santa (mi madre) fueron seres excepcionales, dirigentes familiares natas, jerarquizaron problemas, compartieron penurias, asistieron a los enfermos, cosieron nuestra ropa, asearon nuestras miserias y siempre tenían una máxima para cada circunstancia: “ A los problemas no se les busca culpables, se encuentran soluciones”.
Todos, esposos, hijos, cuñados se sintieron amparados por esas mujeres luchadoras, hermosas por dentro y por fuera, que supieron avanzar en una sociedad no muy abierta al género femenino. Fue un perfecto matriarcado.
Qué capacidad saludable tenemos los humanos de seleccionar los más caros recuerdos y evocar los momentos en que fuimos felices.
Resuena, a lo lejos, en el tiempo, la voz de mi madre: “Si no estoy yo, están las tías, sábelo”.

Sentencia casi premonitoria, todas ellas fueron longevas a excepción de mi madre, que partió relativamente joven.

El piano

José Mario Lombardo

En General Villegas, Provincia de Buenos Aires, vivió durante unos 80 años, Angélica Noya.
Vivió con su esposo, con sus hijos y con su padre: Don Andrés.
Por el 2010, Angélica, que es la madre de mi esposa María Inés, ya vivía en Rosario con nosotros y como la casa de Villegas había quedado deshabitada decidimos venderla.
Tratamos que todo lo que contenía aquella casa tuviera el mejor destino posible. Por eso, fuimos distribuyendo entre hermanos, primos, nietos y vecinos las cosas que habían formado parte vital de aquel extenso periodo.
En el salón que estaba al frente y que había sido la sastrería de Don Andrés estaba el piano, que desde siempre había sido parte de la casa.
El piano fue donado a la Municipalidad.
Un día, el año pasado, observando unas fotos del Museo Villeguense, entre otros instrumentos musicales, aparecía el piano de Angélica.
Le escribí un mensaje a mi primo Miguel que colabora con el Museo para confirmar la procedencia agregando la marca “Boisselot” del instrumento y me contestó que hacía unos cuantos años que el piano estaba en “La Casa de la Cultura” y que efectivamente esa era la marca del piano.
Entonces recurrimos a Angélica para que nos contara algunos detalles sobre su procedencia.
La nota que adjunto contiene su relato que hoy se puede ver acompañando al “Piano de Angélica” en el Museo Histórico Regional de General Villegas:

“Estimado Miguel:
Cuando en las fotos de la muestra del Museo Regional vimos el piano, te envié de inmediato los datos que disponíamos; pero, como nos pareció que debíamos completar su historia, recurrimos a la fuente más fidedigna: Angélica.
Transcribimos entonces su relato de fecha 23 de noviembre de 2015:
‘Un día, hace mucho tiempo, se le presentó a Don Andrés Noya en General Villegas un señor que dijo ser de apellido Hortas y dijo que él conocía una familia Noya en su lugar de origen: San Pedro de Bugallido en Galicia cerca de Santiago de Compostela.
Don Andrés había llegado a la Argentina desde Bugallido en el 1895, tiempo de guerra entre España y Cuba, y después de recorrer varios lugares, de casarse con doña Ramona Beloqui y de transitar muchos oficios, se quedó en Villegas, construyó su casa y fue por siempre el vecino de Hortas padre y después de su hijo.
En 1923, la familia Noya vivía donde hoy es lo de Bin, en la calle Belgrano, al lado de los Eraso. Estaba compuesta por Don Andrés, Doña Ramona y sus hijos: Inés, Andrés, Enrique, Santiago, Angélica, Narciso y Carlitos. En ese año de 1923 es que ocurre la tragedia: muere Inés de 19 años de esa enfermedad que era incurable y te destruía los pulmones.
Don Andrés, con todo a cuestas, se asocia con Bernabeu, un excelente repostero padre de la señora de Bartoloso (Repollito) y en la esquina donde después estuvo la mueblería de Niscóvolos y hoy venden helados, ellos en ese 1923 inauguran una confitería. Allí ofrecerían la mejor repostería, el mejor té y música en vivo (otra forma no cabía en ese entonces ).
Contratan un pianista que se había casado con una Villeguense y Don Andrés compra en Bunge un piano de segunda mano marca “Boisselot”.
Quizá por ser una propuesta un poco extraña para el Villegas de aquel entonces, el emprendimiento fracasa. Con el cierre de la confitería y el traslado de los Noya a su nueva casa de calle Belgrano 457, el piano se va con ellos.
Angélica estudiaba piano. Su profesora se llamaba Laura Pérez Sabathé. Desde entonces el piano permaneció en la casa y estaba ubicado en el hall de entrada. Allí, se reunían Angélica y sus amigas para escuchar y conocer las últimas canciones del momento, que recibían en partituras que generalmente venían de Buenos Aires. Allí, después, estudiaron sus hijos Humberto y María Inés’.

Cuando se vendió la casa, el piano había quedado en el salón que fue la sastrería de Don Andrés y en ese momento (cercano al 2010), nos comunicamos con la Municipalidad para donarlo como recuerdo.
Hoy lo hemos recuperado con el relato de sus andanzas. Es bueno conocerle los secretos a las cosas y por supuesto es bueno conservarlas porque con ellas conservas las historias de vida que nos rodean.
Desde Rosario, el 25 de noviembre de 2015 te saludan:
                       María Inés y José Mario"
       
Aquí termina la historia. Solo me parece importante agregar, considerando que siempre hablamos de la memoria y de nuestra condición de adultos mayores, que Angélica acaba de cumplir ciento cuatro años el 2 de abril del corriente año.

Los asaltos y bailes adolescentes en los 60 y70

Haydeé Sessarego

El martes 12 de abril un compañero de este hermoso curso escribió acerca de los bailes en su adolescencia, lo que provocó que muchos rememoráramos los que vivimos.
Luego, el profesor sugirió que las mujeres diéramos nuestros puntos de vista en esas lides. Con ese disparador, recordé y decidí que podría ser una de las posibles devoluciones femeninas a dicho relato.
Cerca de mis 14 años fui invitada al ¡primer asalto, organizado por 2do. 2da. Turno Mañana del Normal número 1! ¡Toda una experiencia inquietante y desafiante! En mi caso, pertenecía al curso inmediato inferior; pero tenía muchas amigas en el que lo organizaba. Ese grupo se destacaba por sus muy divertidos asaltos.
Recuerdo que bailé, pero no tengo presente el momento ni mi partenaire. Sé que pasé una noche plagada de confusiones entre la satisfacción y el desasosiego.
Pero, para no detenerme en situaciones particulares, trataré de relatar la experiencia de las mujeres relativa a esos eventos. Lo hago en el que grupo conocí muy de cerca, mi entorno más cercano ya que compartíamos, club, bares céntricos y escuelas también relacionadas sólo por amistades en común.
Sitúo el raconto aproximadamente entre 1964 y 1970.
Las chicas generalmente oscilábamos entre estar sentadas o caminar y los varones parados. No éramos invitadas a bailar a los cabezazos ni había madres o tías acompañándonos. Los varones se acercaban y nos decían: ¿“Querés bailar”?. Sí, sin dudar, nos fijábamos en la altura del compañero, porque era casi impensable bailar o noviar con un chico más bajo. Eso era ¡un quemo!. Una vez en la pista la conversación se daba al ritmo de los Beatles. La canción “Twist y Gritos” es la que más grabada me quedó al inicio de aquel primer asalto ya mencionado y todos los temas de los tres o cuatro primeros long plays. También cumbias de los “Wawanco” (había que saber moverse muy bien con los twist y las cumbias, yo era medio tronco) Por suerte, si nos gustábamos, venían los lentos para chapar. Los cantantes melódicos eran casi siempre franceses, italianos, estadounidenses: Gilbert Becaut, Charles Aznavour, Salvatore Adamo, Boby Solo, Paul Anka, por nombrar los más populares de la época que aún hoy evoco con mucha ternura. Tampoco faltaban “Eydie Gormé y el Trío los Panchos”, Armando Manzanero, Tito Rodríguez, boleros muy lentos y románticos de los que muchos temas recobraron vigencia más adelante con cantantes como, por ejemplo, Luis Miguel.
En esas circunstancias, luego del “¿qué te gusta, hola, cómo andás, etcétera? y si no éramos muy conocidos “¿a qué escuela vas, cuántos años tenés?”, solo por citar algunas preguntas, podía darse el pegar las mejillas y la chica pasarle el brazo izquierdo por el cuello al chico, luego de qué él nos apretara hacia su cuerpo, con el noble objetivo de, como mencioné antes, chapar. Capaz que un rato más tarde de acuerdo a la empatía y atracción, hacía su aparición la frase bien masculina (una chica nunca tomaba la iniciativa) “¿querés arreglarte conmigo?”. Aquí sí, si nos gustaba el varón, era tocar el cielo con las manos y permitir un beso en la mejilla y hasta ¡ en la boca!
Casi siempre, esos eventos solían ser un sábado entre las 21 y las 3, como mucho, por lo que si el arreglo marchaba, se daban una cita para el otro día. ¿Dónde?, muy difícil que fuese en otro lugar que el “centro” y esquina obligada Sarmiento y Córdoba en la puerta de la vieja y desaparecida tienda “La Favorita” o en frente en el también inexistente actualmente “Juven’s”, negocio de ropa masculina muy de moda. ¡Ah! y por la tardecita. ¡Noche, hmm, no!
Esos asaltos transcurrían casi siempre en lo de alguna chica, cuyos padres ofrecían su casa, como también en clubes como el Argentino-Sirio o Sirio-Libanés en calle Italia al 900, en el Centre Catalá, en el Club Español, en el Centro Gallego ,etcétera. Un caso particular fueron los muy valorados preparados en el patio de la Facultad de Ciencias Económicas, donde funcionaba el Superior de Comercio, aclarando que en otros establecimientos educativos no era posible. La finalidad de estos eventos era juntar dinero para el soñado viaje de estudios en 5to. año.
Otro lindo recuerdo, siguiendo con el tema bailes, fueron los de carnaval. Dentro de mi barra, compuesta por una variopinta gama de chicas y chicos de diferentes colegios, pero todos socios de Gimnasia y Esgrima de Rosario (GER). Lo aclaro porque disfrutábamos del carnaval en ese club, cuyos bailes junto a los de Provincial y algunos clubes típicos para esos años de Capital Federal competían en el éxito de la taquilla, dado por la cantidad de gente que asistía cada noche. En GER, escuchamos y bailamos en vivo a Silvie Vartan y Jhonny Hallyday, que eran pareja en su vida real, Los Plateros, Gilbert Becaud; y, ya casi pegados al inicio de los 70, al Nano Serrat, que con su eterna polerita negra o blanca arrancaba los suspiros de las chicas y, por su talento, la admiración de los chicos. Ya a esa altura venían músicos más apropiados para escuchar que para bailar y así tratábamos de estar todos muy cerca del escenario para disfrutarlos mejor.
Para bailar y divertirse estuvo casi siempre la música brasileña, típica hasta hoy, del “carnaval carioca”. A la vez, ya comenzaban a asomar para nuestro disfrute, en lugares más pequeños; Vinicius de Moraes, María Creuza, Toquinho y varios más.
Por último, restan dentro de este tópico las “confiterías bailables”. Hasta los 70 era impensable que una chica fuese a las mismas sin pareja. Es más, no lo permitían los locales. La más emblemática del centro fue “Baltazar” en Rioja casi esquina Corrientes, a mano derecha. Allí, en la matinée, permitían el ingreso a menores entre las 18 y 21. Tan cuidas eran las costumbres que si las parejas nos besábamos, un mozo tocaba la espalda del varón y le hacía señas como “ojo” y a la hora señalada había que irse sin dilaciones.
En Alberdi, estaban otras también muy de moda para el verano especialmente y, como expresé antes, siempre eran para parejas. Se llamaban “Cocó” y “Sunset” y en Fisherton o casi Funes, “Los Solares”, famosa por sus fiestas sobre el césped de fin de año.
Para finalizar, hay un recuerdo muy mío que tenía lugar también en GER entre el 64 y 66. Luego de la pileta, en las tardecitas de verano, entre las canchas de tenis y el bar, en una especie de patio, se pasaba esa música que mencioné y bailábamos luego de bañarnos en los vestuarios, hasta las 21 o antes. Allí, casi siempre se daban los famosos “arreglos” o el placer de bailar con el chico que nos gustaba rivalizando en no pocas ocasiones con otra fémina con nuestro mismo gusto.

¡Hermosas épocas, hermosos recuerdos! ¡Un placer poder compartir y remembrar!

martes, 20 de octubre de 2015

Don Luis, mi viejo

Luis Zandri

Cuando nací, el 20 de marzo de 1944, mi padre tenía 39 años. Tenía dos hermanas, Nelly de 12 años y Aurelia de 8. Es decir que yo llegué a este mundo como peludo de regalo.
Esa brecha generacional y el carácter y la forma de ser de mi padre, poco afecto a demostraciones de cariño, hizo que siempre existiera una barrera invisible que me impedía comunicarme con él. Mi interlocutora era mi madre, todo lo hablaba con ella y, por medio de ella llegaba a él.
Mis hermanas no me tenían muy en cuenta, siempre estaban en sus cosas. Yo, simplemente era el revoltoso, díscolo y travieso que las molestaba y las interrumpía en sus ocupaciones con mis charlas, mis juegos y, a veces a propósito, para fastidiarlas, cuando me hacían enojar.
  Mi viejo trabajaba en el ferrocarril Mitre, en las instalaciones ubicadas en el sector de avenida Alberdi, Jorge Canning, Junín y avenida Caseros, y la playa de maniobras cercana al Cruce Alberdi. Él se desempeñaba en las oficinas en tareas administrativas. Escribía con lapicera con pluma y tinta, y tenía una letra preciosa, casi caligráfica. En esa época, tomando las décadas del 40 y 50, trabajar en el ferrocarril era un orgullo, ya que el transporte ferroviario estaba en su apogeo y pagaban muy buenos sueldos.
Trabajaba de lunes a sábados de 7 a 14 horas. Los sábados lo esperábamos ansiosamente, porque cuando salía del trabajo, se dirigía a un almacén de avenida Alberdi entre Junín y Vélez Sársfield, llamado Sabadotto, y traía queso, fiambres y dulces; y por ahí, algún juguetito para mí, lo cual nos ponía muy contentos a todos, porque éramos una familia a la que nunca le faltó nada, pero tampoco sobró, siempre vivimos con lo justo y necesario. Claro, el único que trabajaba era mi padre y su sueldo no daba para más. Mis hermanas comenzaron a trabajar cuando fueron mayores de edad.
Mi viejo tenía un bandoneón marca Luis XV. Era un hermoso instrumento de mayor tamaño que los comunes. La caja era de madera color negro con adornos nacarados, las varillas del fuelle niqueladas y las teclas de nácar. Creo que había muy pocos en el país, y tal vez en el mundo, de esa marca, ya que por su tamaño no era usado por los músicos profesionales. Mi viejo había tocado en su juventud allá por los años 1920 hasta 1930 y pico en la llamada “Guardia Vieja”.
Así que frecuentemente se sentaba en una silla de paja, colocaba el atril con las partituras y tocaba tangos, valses, milongas, pasodobles y, por ahí, alguna tarantela o alguna ranchera.
Teníamos un vecino, Federico Cardinali, que era músico y daba clases de bandoneón, acordeón a piano y contrabajo. Un día se pusieron de acuerdo entre ellos y decidieron que yo iba a estudiar bandoneón; así que, sin comerla ni beberla, apareció el bandoneón sobre mis piernas cuando tenía ocho años y me llegaba hasta el mentón. Entonces, comenzó mi relación con la música, con la cual por varias razones no pude desarrollar una carrera interesante, pero eso no importó para que toda mi vida siguiera ligado a ella, aún hasta la actualidad encarando el estudio del piano. Siempre suelo decir que soy el eterno estudiante y voy a morir estudiando algo.
También le gustaban los pájaros, de manera que tenía 15 o 20 jaulas y un jaulón, con cardenales, cardenales amarillos, jilgueros, mixtos, chilenos, paraguayitos, cabecitas negras y canarios. Los cuidaba mucho, todos los días les limpiaba las jaulitas, les cambiaba el agua y ponía semillas de alpiste o mijo en los comederos. En primavera, a los canarios les agregaba a la jaula una casillita para que hicieran su nido y se reprodujeran.
Nuestra casa tenía un patio en el fondo donde había una enorme higuera, que daba gran cantidad de frutas todos los años. Yo era el encargado de la cosecha, trepándome al árbol o subiendo al techo del galpón que estaba debajo de él. Me entusiasmaba más recoger los higos que comerlos, ya que no me gustaban mucho.
La separación de nuestra casa con el vecino del fondo estaba hecha con chapas, no había pared de ladrillos. En esa época, en los barrios era muy común el uso de chapas o alambrados para dividir los terrenos.
 En la esquina de mi casa, por Juan J. Paso estaba la fábrica de aceite “Santa Clara”, los fabricantes de aceites “Cocinero” y “Patito” y al oeste, la calle paralela era Corazzi (hoy avenida de la Travesía), que era de tierra y al costado pasaban las vías del Ferrocarril Mitre, elevadas sobre un terraplén.
Entre la fábrica y las vías del ferrocarril había un ramal de vías hasta donde llegaban los vagones cargados con bolsas de semillas de girasol utilizadas para la elaboración del aceite. Por medio de una cinta transportadora sinfín las introducían en la fábrica y, en su trayecto, un operario las pinchaba con una herramienta similar a una larga cuchilla curvada, para extraer muestras para su análisis. De manera que en los vagones vacíos y a lo largo del trayecto de la cinta, en los pastos de alrededor quedaban gran cantidad de semillas diseminadas. Eran nuestros terrenos de juego, así que todos los días estábamos con los bolsillos llenos de semillas de girasol, las cuales formaban parte de nuestra dieta.
Además, existían dos zanjones, uno al costado de la calle Corazzi y otro más profundo del otro lado de las vías, en las cuales la fábrica eliminaba las aguas servidas, y detrás del zanjón, a unos cinco metros comenzaban los terrenos del aserradero Muzzio, que se prolongaban unos 200 metros hacia el oeste por Juan J. Paso y, de allí, unos 150 metros al norte.
Todo eso hacía que en toda esa área proliferaran las ratas y desde allí se venían a visitar las casas del vecindario, y a la mía en particular, a comer los higos. Mi viejo era un crack con la gomera, tenía una puntería infalible. Se sentaba en una sillita baja de paja con su arma y una buena cantidad de piedras, que eran las municiones. A medida que iban apareciendo, dirigiéndose hacia la higuera las iba liquidando: “Uno, dos, tres, cuatro…”, contaba en voz alta las bajas del enemigo. Eran muchas y muy difíciles de combatir. Poníamos veneno y tramperas por todos los lugares en que solían andar y mi padre tenía que cuidar muy bien a los pájaros porque si no se encontraba con alguna baja producida por esos bichos repugnantes y astutos.
Él era un buen asador. Era de los que pregonan que el fuego hay que encenderlo temprano, con mucho tiempo para que una vez que estén listas las brasas, ir haciendo el asadito despacio, con poco fuego. Así que arrancaba de nueve a nueve treinta de la mañana para comer al mediodía, generalmente los domingos.
Cerca de la parrilla tenía un galpón con un pequeño banco carpintero y sus herramientas. Mientras hacía el asado o en ratos de ocio, se entretenía haciendo juguetes u objetos decorativos, tenía alma de artesano. Con cualquier material que tenía a mano armaba un autito, un camioncito, un trencito, algún animalito como una tortuga, un pez o un pájaro; en fin, según los materiales de que disponía pensaba que era lo que podía hacer.
Era de carácter nervioso, irritable, muchas veces reaccionaba mal con mi madre produciéndose constantes discusiones, era muy porfiado, siempre pretendía tener razón y cuando hablaba, a veces se extendía demasiado, se iba por las ramas. Lamentablemente, heredé algunas de esas características. Con el tiempo y los años he ido poniendo atención para evitarlo y pude modificar algo de esas manifestaciones negativas.
Él era hincha de Newell’s, no fanático, y desde pequeño me llevó muchas veces a ver los partidos, de manera que yo les fui tomando cariño a esos colores y también soy de “La Lepra”. Cuando tenía 13 años fui a jugar al fútbol al club Lanús, en una filial que tenía aquí en Rosario, y un señor que vivía a tres cuadra de mi casa era quien estaba encargado de la misma junto a otro llamado Wacker. Participamos en la Sexta División de la Asociación Rosarina y cuando nos tocó jugar contra Newell’s le hice un gol de tiro libre desde unos 35 a 40 metros (aclaro que la pelota era número 4, un poco más chica y liviana que la normal) y les ganamos 1 a 0. Al año siguiente, estaba jugando en el club de mis amores por pedido del técnico rojinegro. Jugué 2 años en la Quinta División, un gran gustazo para mí y también para mi padre. Lamentablemente, por la gran cantidad de jugadores que había y por los manejos de los dirigentes, para favorecer a los apradrinados por ellos no pude seguir avanzando, lo cual fue un sueño truncado para mí. Mi viejo me acompañaba a todos los partidos.
En avenida Alberdi y José Ingenieros estaba el Estadio Norte, regenteado por el señor Humberto Natale, donde los viernes y sábados se realizaban festivales de boxeo. Mi viejo me llevaba frecuentemente, junto a su amigo don Federico, mi maestro de música. En esa época era muy común el uso del “don”. A mi padre todos le decían don Luis, y los parientes Luisito, diminutivo que heredé.
Otros hobbies de mi padre eran jugar a las bochas y a las cartas. En distintas épocas de su vida lo hizo en uno u otro lugar. Un tiempo en el Club Industrial, de calle French al 2100, entre Bahía Blanca y República Dominicana, o en el Club Leña y Leña en bulevar Rondeau al 1800; y por último, y donde por más años concurrió hasta que por la edad y razones de salud ya no lo pudo hacer, fue el Club Náutico Sportivo Avellaneda, ubicado sobre la costa del río Paraná, desde Del Valle Iberlucea hasta José Ingenieros. 
A todos esos clubes yo lo acompañaba asiduamente. Me entretenía viendo los partidos de bochas. Cuando íbamos a Náutico Avellaneda, como las instalaciones eran muy amplias, recorría todo el club y muchas veces me arrimaba a algún grupo de chicos y jugaba con ellos. A veces, antes o después de jugar a las bochas, mi viejo se sentaba a una mesa con tres amigos o conocidos del club y jugaban a los naipes: al truco o al mus.
Cuando cumplió 50 años se jubiló. Estaba tan feliz de haberlo hecho, que a todos los conocidos o amigos que encontraba por la calle lo comentaba diciéndole: “¡Felicitame, me jubilé!”. Eran otras épocas.
Un par de años después comenzó a trabajar con un pariente que fabricaba cortinas enrollables metálicas para negocios o empresas y lo hizo durante ocho años, hasta que dejó de hacerlo, porque se corría el rumor de que a los jubilados que trabajaban les iban a quitar el sueldo.
Más o menos a los 60 años comenzó a tener mareos y varias veces se cayó en el club o en la vía pública, síntomas que con los años derivaron en el mal de Parkinson. Cuando comenzó con esos problemas, tenía un amigo llamado Pino que frecuentemente lo traía a casa con su auto desde el club y a veces también lo venía buscar para llevarlo. Más adelante, no recuerdo cuándo, tuvo que abandonar sus salidas por su enfermedad y el temor a las caídas.
Cuando tenía 81 años, un día le pregunté: “¿Querés ir al club?”. Lo llevé en mi auto y estaba muy feliz de reaparecer después de varios años en un lugar tan querido por él. Se encontró con varios amigos y, en un momento, se me ocurrió algo: jugar a las bochas con mi viejo. Se lo propuse y aceptó. Fue un buen momento, porque no había nadie jugando en ninguna de las tres canchas. Tomamos las bochas y comenzamos a realizar tiros de práctica lanzando el bochín y luego tratando de arrimar las bochas lo más cerca posible del mismo. Yo le alcanzaba las bochas para que él no se agachara tantas veces, por las dudas de que no fuera a agarrarle un mareo y se cayera. Después, apareció un señor con su nieto de unos 12 años y también se pusieron a practicar en la cancha de al lado nuestro. Al rato, le digo a mi padre: “¿Querés que les juguemos un partidito?”. Le pareció bien, así que se los propuse y aceptaron. El hombre estaba seguro de que nos iban a ganar y deseaba lucirse con su nieto, pero se llevó una gran sorpresa, mi viejo con sus 81 años no se había olvidado de cómo se jugaba y todavía se las rebuscaba bastante bien; yo puse mi granito de arena y ganamos nosotros, lo cual le dio una gran alegría y a mí también por supuesto, por haber podido jugar, aunque sea una sola vez, junto a mi viejo.
El 11 de agosto de 1983 falleció mi madre, cuando él tenía 78 años. Vivió durante 3 años solo, enfrente de mi casa. Mi hermana mayor, Nelly, se ocupaba de su ropa y de sus medicamentos. Tres años más tarde, después de una inundación que afectó nuestros hogares, mi hermana decidió llevarlo a vivir con ella, porque su casa había quedado con mucha humedad una vez que se retiró el agua y, además, para brindarle mejor atención por su estado de salud. Siete años después la situación se le hizo insostenible, mi viejo había empeorado y ella se estaba enfermando. Llegó un momento que se sintió desbordada y eso le produjo desequilibrios psíquicos, por lo que luego de varias charlas y debates con sus hijas y conmigo, decidimos llevarlo a un geriátrico.
Mi hermana iba todos los días a verlo y, como siempre, se ocupaba de su ropa y sus medicamentos. Yo lo hacía un par de veces en la semana y todos los domingos por las tardes, en las que me quedaba varias horas charlando con él y un compañero de habitación llamado Armando. Era un hombre de unos 45 años, de Buenos Aires. Todo un personaje, una persona muy pulcra, de buen vestir y siempre bien peinado, había sido vendedor de Max Factor, una importante empresa de perfumería y cosméticos y también había sido artista de teatro. Había trabajado con José Marrone y su esposa Juanita Martínez. Tenía un voluminoso álbum con las fotografías de su trayectoria que avalaban sus relatos. Era muy nervioso y a menudo protestaba en contra de la encargada y las mucamas del geriátrico, porque lo molestaban haciéndole bromas. Eran muy dicharacheras y pícaras; pero, asimismo, lo acompañaban a cobrar su sueldo, que era muy bueno, a comprar ropa o calzado, o a algún paseo que quería realizar; claro que él las gratificaba con buenas propinas.
Con el tiempo, llegamos a ser amigos y lo invité a venir a mi casa a compartir un almuerzo con mi familia. En esas tardes de domingo manteníamos largos diálogos con mi viejo, diálogos que durante nuestra vida no habíamos tenido, ya sea por los 39 años que nos separaban o por el carácter de mi padre y su manera de ser, había existido una barrera entre nosotros, que impedía nuestro acercamiento.
 De manera que en el transcurso de los siete años que él estuvo en ese lugar, comenzó a soltarse y a relatarme cosas y hechos de su vida que yo desconocía; y yo, por mi parte, pude hacer lo mismo con él. A pesar de su edad y del Parkinson que lo afectaba desde hacía muchos años, su mente estaba lúcida y, a veces, me repetía cosas que ya me había dicho, pero las contaba exactamente igual, sin cambiar una sola palabra. Algo muy risueño que siempre decía, era que había tenido 144 novias; se ve que mi viejo, en todas las correrías en que anduvo en sus años de músico, a todas las mujeres que se cruzaron en su camino circunstancialmente, las consideraba sus novias.
 De manera que en sus últimos años de vida fue cuando pude acercarme más a él, a su corazón y a sus pensamientos, lo cual fue gratificante para mí, porque ese es el último y vívido recuerdo que guardo de mi padre.
Dáas atrás cuando estaba escribiendo la llamé por teléfono a mi hermana para que me confirmara la fecha de fallecimiento de mi viejo, porque no la recordaba exactamente y me dijo que tenía todo anotado. Al día siguiente, me dio los datos y se llevó una sorpresa porque encontró entre los papeles guardados una poesía escrita por mi padre dedicada a su madre, o sea a mi abuela, a la cual no llegué a conocer. Se llamaba Rosa, por lo que supongo que la escribió en el mes de agosto, y dice así:
“Año 1926, Clase del 1905                           

Mi querida madrecita                    
desde esta prisión te escribo
donde me encuentro cautivo
y con nostalgia infinita.
Para decirte, no te aflijas,
y menos que te cause llanto,
Al no encontrarme en tus mantos,
Lleno de luz y armonía,     
pues quiero que sea alegría
en el día de tu santo.
No te aflijas madre buena,
Que ya se ha de terminar
El servicio militar,
Que tanto y tanto me apena,
Y entonces estas cadenas
que me tienen postrado,
sean de un golpe cortadas
como una opresión maldita,
y entonces ¡Sí, madrecita!,
he de estar siempre a tu lado”.

Nació el 26 de enero de 1905 y falleció a los 92 años, el 13 de mayo de 1997. Ese hombre fue don Luis, mi viejo, aunque yo le decía “Papi” y cuando lo nombraba “Papito”.

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Victoria Steiger

Hoy me pongo… quiero empezar un relato y todos los días elijo otro tema o… se me acabó el tiempo.
Esta vez empiezo con un viaje de muchos, que hicimos con nuestros hijos de vacaciones.
Nosotros, sin chicos, ya habíamos recorrido toda la costa desde San Clemente hasta Necochea. Pinamar fue la playa que más nos gusto.
Claro, nos resultaba caro el destino, ya teníamos cuatro hijos, así que no podía ser un lugar muy chico.
Hoy, no me acuerdo bien cómo fue el contacto. Creo que fue algo así como unos parientes del marido de una de mis hermanas, que tenía una casita en Pinamar y la alquilaba en enero.
Esto parece un cuento “chino”, pero fue así. Las personas que vivían todo el año allá se mudaban a una casita mínima al fondo del terreno y alquilaban la casa de adelante en la temporada de verano.
La cosa es que mi (en ese entonces cuñado) nos convenció de que estaba bueno el lugar y que no íbamos a tener problemas.
Muy contentos terminamos alquilando la casita. La ubicación no era muy buena, quedaba lejos del mar, pero nosotros con todo lo que teníamos que llevar a la playa siempre tendríamos que ir con el auto.
La familia, el pediatra y algunos amigos nos decían sin decirlo que estábamos un poco “locos”, que era más trabajo que vacaciones. El tema del trabajo era lo mismo que en casa: pañales de tres chicos, comida por seis, bañarlos cuidarlos que no se pelearan… etcétera.
Preparación del viaje: valija de los chicos, valija de nosotros, leche en polvo y todos comestibles para el “arranque” sal, aceite, vinagre, especias y lo que entrara en la caja, que además iba en el auto. ¡Con todo lo que se juntaba para el viaje parecía una mudanza completa!
Después de juntar cantidad de cosas, empezamos a empezar a ubicarlas en el baúl del auto. Valijas de comestibles y un paquetón de pañales (época de pañales de tela) y se acabó el espacio… Falta la bañera, la mesa y sillitas, que recibieron para Navidad, sombrilla, sillas de playa y no se qué más, todo en el portaequipaje atado fuerte para que no se vuele.
El viaje fue laargoo. Dormían poco, pero de lo poco que entendían estaban muy entusiasmados.
Al fin, llegamos. Lo primero: la calle de entrada para que vieran el mar.
A todo pulmón gritaban: “¡Vemos el mar, vemos el mar!”. Los más chiquitos acompañaban en su idioma o con risas.
Después, a buscar la casita con las explicaciones que nos dieron. Pinamar era chico en esa época, año 1982.
Ahora, sí, llegamos. La casita estaba prolija sin lujos, pero limpia y lista para instalarse.
Los chicos fueron al jardín de afuera, que tenía puerta con reja para que jugaran sin salir a la calle.
Bueno a descargar, acomodar y … el infaltable: “¿Qué comemos?”
Atacamos la caja de comestibles así que unas galletas, juguito y terminamos de acomodarnos más o menos y salimos a ver qué había cerca.
La zona no era sobre el mar y había despensa, verdulería y carnicería. Nos vino muy bien y compramos lo principal como para preparar la cena y para la playa del primer día.
Todo era el trabajo de todos los días como en casa, pero la diferencia era que lo hacíamos en “equipo” y ¡los chicos disfrutaban de su papá todo el tiempo!
Les cuento un día de playa: yo me levantaba temprano y desayunaba tranquila, el silencio de esa hora, era importante. Después, preparaba la leche para todos: cuatro mamaderas, un té con limón y tostadas. Yo me volvía a tentar con un cafecito y alguna tostadita. Repartía las mamaderas y mi marido ya se preparaba las tostadas.
Después, entre los dos cambiamos los pañales de los más chicos o sea casi todos (la mayor cuatro años y la menor seis meses) y si el tiempo estaba lindo, ¡al jardín a jugar!
Después, él, a comprar pan fresco y yo a la cocina a ordenar y hacer milanesas para los sándwiches, no siempre, para no cansarnos, a veces de jamón y queso o alguna carne que había quedado de la cena.
Llenábamos un taper, grande un termo de jugo y otro con café y ¡a la playa!
Nos íbamos a una playa lejos del centro, muy ancha y en esa época, con muy poca gente, un bar y pocas sombrillas y carpas.
La llegada: bajar la conservadora, los termos y los chicos era otro tema. Los chicos bajaban patinando en la arena, yo llevaba “upa” a la chiquita y de la manito a otra. Los “mayores” eran los que patinaban.
Ya en el lugar, se ponía la sombrilla para que el sol no calentara todo y a la chiquita, que era blanquísima, y tratábamos que no le hiciera mal tanto sol. Ella aguantaba poco y la llevaba a la orilla a mojar muy seguido. La cuestión es que de blanca quedó quemadita y pasó a ser la “negrita”. Le gustó siempre el sol y también en casa siguió jugando al sol siempre.
Ah, también teníamos los chiches para la arena. Bueno, todo esto de preparar para la playa era como largo y después jugar allá, ir a mojarlos, que no se nos fueran de la vista, no daba para leer mucho, pero siempre teníamos un libro de lectura “liviana” para algún momento tranquilo.
Enseguida, llega la hora de almorzar, tratar de que se quedaran sentados para que no comieran todo con arena, lo que era casi imposible; pero el sol, el agua, despertaba el apetito y era un momento bastante tranquilo.
Dependía del día, la hora de volver, el viento o si refrescaba mucho o estuvieran “insoportables”.
La vuelta: cargar todo cuesta arriba al auto. Yo me quedaba con todos y mi marido subía las cosas o todos juntos con todo.
Casi todos mojados y con arena por todos lados, sacudíamos uno por uno para subir al auto. No daba mucho resultado pero… nos parecía mejor.
En casa, a preparar para bañarlos, una lucha para que no peleara los”grandes” por ver a quién le toca primero. Cuando la cosa se ponía fea, lo definíamos nosotros y no había vuelta.
Ya todos limpios, otra vez había “hambre”, o era la lechita o alguna cosita para “picar” antes de cenar…
El tema pañales era otra actividad para mi marido. Cada dos o tres días a dejarlos en el lavadero y, mientras, hacía las compras de lo que faltara.
Ahora, recordando un día de playa, ¡me siento cansada como si lo estuviera haciendo! Claro los años pasan y la energía no es la misma de antes.
También como si fuéramos pocos, mi cuñada, nos pasaba a visitar y se quedaba un par de días, mi mamá con mi hermana menor también, todos para ayudarnos y como si esto fuera poco... mi hermano y dos amigos “plantaron” una carpa en el jardín por otro par de días. Por suerte, no todos al mismo tiempo si no, ¡no entramos ni nosotros en la casita!
Así, fueron nuestras primeras vacaciones en el mar, todo ese trabajo de vacaciones no nos espantó. Seguimos viajando al mar ya con cinco chicos hasta 1991. Trece años la mayor y la menor siete.
Después, como ya eran todos “grandes” empezamos a viajar por todas nuestras provincias.
¡Conocimos desde Ushuaia hasta la Quiaca!

Esos viajes dan para varios relatos más, pero por hoy ya lo dejo para otro relato.