martes, 4 de junio de 2019

Historia del pueblo. Pascanas, vacaciones camperas.


Héctor Carrozzo

Como era habitual en todos los veranos, estábamos de vacaciones en Pascanas, en la casa de los tíos. Quizás haya sido en el verano del 52-53, cuando nos anunciaron que el fin de semana nos íbamos al campo de los Stieffel. Nos iban a mostrar el campo a los “blanquitos” de la ciudad.
Los arreglos ya estaban hechos. El señor Stieffel nos llevaría en su auto al campo el viernes en la noche y nos traería de regreso el domingo a la tarde. El auto era un Pontiac, creo, inmenso donde entraba un batallón de personas. Recuerdo que ya estábamos listo para abordar el transatlántico dos horas antes de lo acordado.
El viaje no era muy largo, quizás uno a dos horas en auto por aquellos caminos de tierra muy poceados y mal mantenidos porque la champion no pasaba rutinariamente. La tremenda distancia sería de 20 a 30 kilómetros.
Salimos por el camino de tierra que va Chazón y pasados unos kilómetros giramos a la izquierda. Habríamos hecho unos kilómetros y nos encontramos con un gran escollo. Un vado en el camino, lleno de agua, nos impedía continuar. Era profundo y por ello no querían arriesgar. Pero, por suerte, apareció un tractor que nos ayudó a sortear el escollo. Después, continuamos sin inconvenientes. Llegamos a la casona que habitaban nuestros amigos y nos ubicaron en las habitaciones. Cena y a dormir temprano, no había luz eléctrica y menos televisión.
La casona era enorme con muchas habitaciones, área de servicio y un hall central. Me acuerdo que en ese hall habían instalado una incubadora, que tenía huevos de pollos en proceso. No puedo recordar cómo se mantenía calefaccionada, pero imagino que a kerosene. De hecho, la iluminación era solo faroles a kerosene y velas. En el hall central había una estufa a leña empotrada en uno de sus ángulos.
El edificio principal era una construcción de mampostería y madera, techo a dos aguas. Se ingresaba por una escalinata al hall central, que dividía la casa en dos partes, una con las habitaciones que serían unas ocho o diez y del otro lado estaba el área de servicio, cocina, comedor y demás dependencias. Afuera estaban el molino de viento, y el tanque australiano para almacenar agua y como piscina. También había una enorme huerta que proveía las principales verduras. Una gran arboleda con ejemplares añosos y enormes rodeaba el gallinero, el chiquero y el corral para la caballada de montar, que estaban un poco más alejados y orientados vientos abajo, Había un par de galpones con herramientas de trabajo, la casa del “encargado” y de algún ayudante para las tareas del hogar y la cocina.
Al otro día de llegar, desayunamos temprano y salimos a pasear por los alrededores de la casona, a visitar la huerta y los corrales de las aves siempre acompañados por los hijos de don Stieffel. Por el predio cruzaba un arroyo, bueno arroyito o más bien un hilo de agua, que en un sector tenía un diquecito para retener agua en una especie de laguna, que servía como reserva de agua para los animales. Fue allí donde mi hermano perdió pie en el borde y cayó a la laguna. Por suerte, uno de los Stieffel estaba cerca y alcanzó a sacarlo.
Las actividades se completaban con recorridas en sulky, caminatas varias, excursiones a caballo por los alrededores de la casona, por los corrales de las vacas, campos recién cosechados, etcétera.
Para nosotros era todo mezcla de asombro y admiración. Era nuestra primera visita “al campo” y ver los animales que nos habían mostrado en aquellos inmensos manuales de la escuela. Fue una experiencia memorable que aún hoy añoro y recuerdo con cariño. Me he imaginado algunas veces regresando esa casona, que seguramente no existe más.

Recuerdos de vacaciones


Ana María Rugari

Era una hermosa mañana, soleada y de mucho calor cuando llegamos a La Cumbre, en las sierras de Córdoba. Eran las primeras vacaciones sin mamá y fuimos con mis tíos. Ellos eran personas mayores, o yo, con mis diez y seis años, los veía viejos como soy yo ahora. Supongo que ellos pensaron hacerse cargo de nosotras, por lo menos en las vacaciones.
Por suerte, cuando llegamos a la hostería nos dijeron que había solo dos habitaciones, una en el primer piso y la otra en planta baja. Por supuesto, mi hermana y yo nos quedamos con la de planta baja. La pared que daba al jardín era casi toda vidriada con una puerta. Además, había otra puerta que salía a un pasillo que comunicaba con el comedor. Para nosotras era genial ya que solo veríamos a nuestros tíos para las comidas. Debo decir algo de los tíos, él era el hermano de papá, era completamente sordo y cuando uno le hablaba debía gritar y él hacía lo mismo, casi no se podía mantener una conversación, porque todos los de alrededor se enteraban y mi tía no sé si era sorda o se hacía. No había una buena relación con ellos, ya que como dije antes, eran mayores y no entendían a los adolescentes ni nosotros a ellos. Ellos conversaban en el dialecto de Calabria, que nosotros no entendíamos y cuando hablaban en castellano lo hacían para hablar del tiempo, de lo lejos que estaba el arroyo y que debíamos llevar un pullovercito, por si acaso. El Chorrito era una vertiente que bajaba de la montaña y llenaba una pileta natural y, luego, seguía su curso por los arroyuelos llenos de piedras resbaladizas. A los costados crecía el berro y nos entreteníamos cortándolo para comerlo en ensalada. Mis tíos iban con sombreros de paja y sombrillas para no insolarse.
A la tarde cuando volvíamos del río mi hermana se acostaba y yo visitaba a la señora Rusznak, sobreviviente de los campos de concentración alemanes, que me contaba sus recuerdos; mientras tomábamos el té en su departamento privado en el subsuelo. Ella era la dueña original de la hostería y la alquilaba. El ambiente tenía forma de triángulo y estaba arreglada con mucho gusto. Tenía pequeñas mesitas con recuerdos y fotos. Un sofá, que supongo era su cama, y varios sillones pequeños preciosamente tapizados y almohadones tejidos al crochet para acomodarse bien. Recuerdo una lámpara de bronce que colgaba del techo y varios quinqués diseminados en las mesitas. Una biblioteca y varias alfombras también tejidas. Me gustaba visitarla, porque aún con los años que tenía, supongo que tendría cerca de ochenta o quizás menos, se podía hablar de cualquier cosa. Un día me contó que había podido escapar de los alemanes, pero sus padres no; que ella salía por las noches a buscar comida en la basura y lo que más encontraba eran cáscaras de papas y, así crudas, las comía. Pasó mucho frío y hambre, pero pudo sobrevivir y llegar a América. Estuvo en los Estados Unidos, donde se casó y después de algunos años viajo con su esposo a la Argentina. Me mostró fotos del esposo, pero no tuvieron hijos. También me mostró el número que tenía en su brazo izquierdo.
Querida Señora Rusznak: siempre la recordaré y aún me parece verla, bajita con la cabeza blanca, siempre sonriente y con una palabra de aliento, que me daba cuando nos poníamos a charlar.


Memoria compartida (¿Dónde estabas cuándo…?)


Silvia Gusmerini

Nos unen, nos separan… la política, las religiones, las razas. Nos unen, nos separan… los continentes, las ideas, las lenguas. Nos unen, nos separan… los fanatismos, los recuerdos, la cultura.
En ese va y viene de fusión y de distancia subyace siempre un factor sólido, conector, que hace que pocos, muchos y a veces todos, estemos firmemente enlazados a través del tiempo: la memoria compartida. Ella es el factor que, en algún momento de todos hizo uno y que, cada vez que la reflotamos nos amalgama en una extraña y desconocida unión.
¿Dónde estabas cuando…? Al formular esta pregunta cada uno de nosotros construye un pensamiento distinto, pero generador de un mismo hilo conductor que nos envuelve, nos aprieta y al soltarlo dispara cientos, miles, millones de respuestas diferentes.

22 de noviembre de 1963. El día había comenzado como tantos otros. Por la mañana, fui a la escuela y, por la tarde, a clases de inglés. El día había comenzado como tantos, pero al llegar a la Cultural la noticia que escuché generó en mí un impacto que luego recordaría a lo largo de toda mi vida. Habían asesinado al presidente Kennedy durante su visita a Dallas. Apenas tenía once años, pero el momento quedó grabado fuerte, intenso e inalterable en mi memoria. El coche en el que se trasladaba, el impacto y el desplomarse sobre su esposa son fotografías recurrentes que al solo escuchar hoy hablar de él regresan a mis ojos.

20 de julio de 1969. Llegaba feliz, muy emocionada y cansada. El tan ansiado, soñado y anhelado viaje de quinto a Bariloche había concluido y regresábamos a Rosario colmadas de maravillosos recuerdos. Nos separamos y cada una partió rumbo a su casa. Al entrar vi el televisor blanco y negro encendido y una imagen sorprendente encandilaba mis ojos: el hombre ponía por primera vez sus pies sobre la Luna. La misión de la Apolo 11 se había completado con éxito: el titular anunciaba: “Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”. El mundo entero se asombraba.

23 de noviembre de 1977 (6.23 am). Por esos años trabajaba en Puerto San Martín, lejos del centro, donde vivía con mis padres aún. El colectivo de la fábrica me pasaba a buscar a las seis treinta de la mañana. Ya estaba lista para bajar, cuando siento vibrar el edificio, balancearse la araña y deslizarse la mesa del living. Es mi fin pensé. El edificio se está desmoronando. Me asomo al balcón y para mi gran alivio y alegría veo la gente saliendo a la calle a montones en bata, camisón o con lo que encontraron más a mano. Enciendo la radio y escucho que Caucete había sufrido el duro golpe de un terremoto. Triste noticia que más adelante se transformó en dolorosa información: casas y edificios destruidos, y más de cien víctimas fatales.

8 de diciembre de 1980. Era 8 de diciembre. Día de la Inmaculada Concepción. Fecha para armar el árbol de Navidad y comenzar a saborear las fiestas. Estaba trabajando. Terminaba de tipear un informe, mandar un télex y conseguir una llamada a Buenos Aires para mi jefe. De pronto veo que se acerca Adolfo, compañero con quien compartía mi pasión por Los Beatles, y me dice: “Escuchaste? Lo mataron a John Lennon”. Se me heló la sangre, y me llené de sorpresa y dolor. El talento, el genio Beatle se había ido en manos de uno de los tantos locos que genera el éxito y el fanatismo sin control. El mundo lo lloraba.

11 de septiembre de 2001. Jueves exactamente. A las 11 de la mañana regresaba a casa relajada y feliz después de haber cumplido mis ochocientos metros crol en la pileta climatizada de la Universidad. Cuando entro a casa, veo a mis hijas frente al televisor. ”Mamá!! Mirá lo que está pasando”, gritaron. Presto atención a las imágenes y veo una de las Torres Gemelas cayendo y la otra sufriendo el impacto de un avión justo en ese preciso momento. No lo podía creer. Lo imposible supe que, a veces, es real. El humo, después los gritos y la gente arrojándose al vacío. Fotografías del horror que Occidente jamás olvidará.

Van y vienen. Son estos. Son otros. Son muchos esos momentos, que por su intensidad e impacto permanecerán siempre latentes en un rincón de nuestros recuerdos. Cada uno los recupera dándole un color propio y una impronta diferente. Son generacionales, subjetivos, únicos. Son estrellas fugaces navegando eternamente por los rincones de nuestra memoria compartida.

Rural - urbano


Hugo Romano

En la reunión de días pasados, se mencionó la situación del contraste entre lo urbano y lo rural, sea que viviste y te desarrollaste en un predio rural y te mudaste a la ciudad o viceversa.
Traté de recordar si viví, aunque haya sido por un tiempo, esa situación.
Rápidamente me vino a mi memoria unas vacaciones disfrutada en mi preadolescencia.
Tenía un tío que era jefe de Estación de los ferrocarriles, que ahora muchos chicos y no tan chicos no conocen, pero que en esos tiempos y con anterioridad permitieron el desarrollo de más de un pueblo.
Lo que no recuerdo es si mis padres me llevaban o me venían a buscar, lo que sí recuerdo es que pasaba un mes en esa ciudad querida llamada El Trébol.
Tendría para ese entonces, entre diez a doce años.
Las estaciones del Ferrocarril albergaban, por lo menos en los pueblos, la casa del jefe, que era espaciosa, generosa en todos sus ambientes.
Y del otro lado, la estación del Ferrocarril, propiamente dicha. La oficina principal, la sala del jefe, las salas de espera, los baños, una sala donde se guardaba equipaje, y el andén donde estaba una enorme campana que anunciaba la llegada y partida de las formaciones. En la oficina principal estaba el telégrafo, que con un golpe corto o dos, con uno largo o dos, y no sé cuantas más combinaciones se comunicaban de una estación a la otra. Prestaba mucha atención para entender cómo advertían que clase de golpe era para mantener la conversación. Nunca lo pude descifrar.
El terreno era inmenso, todo arbolado a ambos lados y, sobre un sector, estaba el gallinero, infaltable en casi todas las casas, sin demarcar, de más de 100 metros. Durante mi estadía, me habían nombrado “jefe del sector”, función que por supuesto tomé muy en serio. Era el encargado de dar de comer a las gallinas, de recoger los huevos y revisar las tramperas para las comadrejas, que se alimentaban de los mismos. También se alojaban algunos patos. Si mal no recuerdo, eran alrededor de cuatrocientas gallinas, más los pollitos y más las que estaban empollando. Todo eso era supervisado por este novel jefe.
Recuerdo que, en una oportunidad, para agasajarme comimos pato. Tomaron uno de los que allí alimentábamos y sobre un tronco de árbol, de un solo golpe, le cortaron la cabeza. El animal, que tiene reflejos pos morten, se le escapó de las manos y salió corriendo sin cabeza hasta que cayó. Todo presenciado por mí, que si bien no había visto matar a ningún pato, sí era común en casa y creo que en todas ver matar las gallinas o los pollos. Exagero si digo que hoy tildarían este hecho de extremadamente nocivo para los chicos. Diría: “Contenido no apto para menores”.
Mi tio me decía: “Gringo, controlá las tramperas bien, porque debe andar una comadreja”; ya que yo le había avisado que había encontrado varias cascaras de huevos. Y así fue. Un día vi una. Con la puerta cerrada, golpeé y sentí que adentro se movía algo. Corrí a avisarle. Como no venía ningún tren, llamó a dos empleados, que tomaron un bate de beisbol, bueno, yo no conocía ese juego, en realidad eran dos garrotes. Y me dice: “Vení con nosotros, vas a ver que esta no se come un huevo más”.
Bajamos del andén a las vías, me dio la función de elevar la puerta, los dos con los garrotes preparados y el tío golpeando la trampera para que salga.
No sé si había leído el horóscopo, pero sabía que ese era su último día. Dudó en salir, pero lo hizo y a los garrotazos limpios quedó tendida entre las vías.
—¿Y ahora que hacemos tío? - pregunté.
—Dejala ahí, que algún otro animal se la va a comer – me respondió.
Se ve que la actividad nocturna era habitual desde el crepúsculo hasta el amanecer, porque al segundo día no existía rastro alguno de la comadreja.
Esa estación era de cierta importancia, porque había varios pares de vías y se realizaban maniobras permanentes con los trenes de carga. Estos eran tirados por las tradicionales locomotoras a vapor y los de pasajeros, con modernas diésel.
Los de pasajeros permanecían poco tiempo, bajaban y/o subían, se avisaba por telégrafo para confirmar la vía libre y continuaban el viaje; no así los de carga, que llegaban, hacían maniobras, dejaban vagones y enganchaban otros.
El maquinista a cargo, en este último caso, bajaba, hablaba con el jefe, que era mi tío, le indicaba cuáles había que enganchar y cuáles debían dejar y comenzaban las maniobras.
En uno de esos días, “El Gran Jefe”, por lo menos para mí, le dice al maquinista: “Llevame a este Gringo y cuídalo, mientras hacés las maniobras”. Yo no entendía nada, pero por las dudas que se arrepintiera, corrí y subí a la locomotora. No lo podía creer. Me sentía al comando de una nave espacial. Yuri Gagarin se sentiría un poroto a mi lado. Era de las tradicionales. Abrían la boca de la caldera, veía un infierno, según yo lo imaginaba y me pedían que arrojara troncos, me hacían tocar la bocina, bajaba unas palancas que era de los frenos. El paraíso, como también lo imaginaba, lo estaba disfrutando.
Hacía un calor que partía la tierra y pregunté: “¿No tienen nada para tomar?”.
“Sí, hacelo de esta cantimplora colgada de una de las manijas para subir a la locomotora”, me contestaron.
—Pero, no. Está al rayo del sol, debe estar hirviendo.
—Probala y después decime
La tomo y al mejor estilo gaita, un chorro de agua re fresca inundaó mi boca.
—¿Pero cómo puede ser que esté fría? - pregunté.
—Viste, no me creías. Al ser de cuero blando y permeable, al comienzo la mojamos y el viento, vayamos despacio o rápido evapora el agua y esta evaporación produce frío que la transmite al agua que está adentro.
Nunca me voy a olvidar de cómo se puede obtener bebida fresca sin heladera.
Otro recuerdo que tengo es sobre mis primos, dos mujeres y un varón, el menor. Él salía de cacería de choclos. Así, le decían. Agarraba la moto con un amigo, unas bolsas vacías de arpillera, se metían por los campos y las traían llenas de choclos.
Se hervían en una olla grande y los saboreábamos sentados al atardecer con su correspondiente rocío de sal.
Yo no tenía muchas cosas para hacer al caer el sol. Durante la tarde, cruzaba la calle y me iba al club El Expreso y veía jugar al billar, casín o carambolas.
Comúnmente, uno tiene como mascota un perro o un gato. Bueno, en esa casa teníamos un sapo, que no era el Sapo Pepe actual sino un sapo que no era de raza ni tenía nombre. Su dormitorio estaba en la cocina debajo de la heladera. A la mañana al abrir las puertas salía de andanzas y volvía al atardecer, cuando estábamos saboreando los choclos. Aprendí a quererlo, pasaba, lo acariciaba, por supuesto no se detenía a agradecérmelo y se metía en su dormitorio.
Como los quería a esos tíos y primos. Pasaba un mes rural, nada urbano, aunque …
No todo era cordial.
Supongo que a los once o doce años alguna hormona o algunas daban vueltas dentro de mí, era inevitable. Mi prima, la del medio, tenía novio que la visitaba, como era la costumbre, los martes, jueves, sábados y domingos. En un momento salían a la puerta y todo el resto se quedaba adentro. Era el momento sublime de la franela y yo saltaba la ventana y los espiaba. Por respuesta, recibía: ¡Mamá, mamá, decile al Gringo que se vaya, no lo aguanto más, cuando se va este gringo de mierda! Me metían adentro de una oreja y al próximo día de visita se repetía la escena. Qué culpa tenía yo que mis hormonas salieran de paseo a interiorizarse de su futuro, o ¿acaso las de ella estaban descansando?
Tantas veces escuché “mamá, mamá, decile que se vaya”, que un día ese pedido desesperado se dio.
Chau, El Trébol, pueblo querido, cómo te disfruté, que bien la pasaba en ese ambiente rural.



lunes, 3 de junio de 2019

La gran noticia


Nora Rotger

Era noviembre de 2001. Caos dentro y fuera de mi casa. Hacía algunos meses que había muerto mi madre, súbitamente, y yo no había tenido tiempo siquiera a imaginarme como sería mi vida sin ella. Hija única, a pesar de que me casé muy joven, tuvimos siempre una relación muy estrecha. Ella, una mujer de carácter fuerte y dominante, con dulzura, pero con firmeza, siempre marcó el ritmo de la casa y tuvo un marido que mansamente la acompañó en todas sus decisiones.

Cuando ella partió, quedé sin reacción, simplemente esperando y, por fin llegó, ese acontecimiento que me iba a sacar de mi letargo y mi dolor, que me iba a mantener activa de ahí hasta el fin de mis días.

Comienzo a sentirme mal, rara, cansada. Supuse que era parte del duelo. Después de mucha insistencia de mi familia, voy al médico y, tras breves estudios, la noticia, mejor dicho, la bomba: estoy embarazada. Sí, yo, a mis 43 años, con tres hijos grandes, los dos mayores 20 y 18 años, ya encaminados en sus carreras universitarias; el más chico, de 11 años, entrando en la adolescencia; y ahora, un bebé.

Primero asombro, después miedo, terror, incertidumbre ¿Qué pasaría? ¿cómo reaccionarían mis hijos ante la noticia? ¿lo aceptarían? Pensaba que los más grandes se querrían ir de casa, ¿tenía yo derecho a cambiarles la vida?

Pasaban los días y nadie lo sabía excepto mi esposo, no me animaba a decírselo a mis hijos, no sabía cómo.

Un día, en medio de un almuerzo familiar, se hizo público el secreto: mamá está embarazada. Muy lejos de lo que había imaginado, todo fue una fiesta, llamados a sus amigos y familiares para contar la novedad, peleas por la elección del nombre, querían participar en todo.

Mi hija de dieciocho años se convirtió en mi sombra, me cuidaba, me acompañó a cada consulta con el obstetra. Supimos el sexo el día de su cumpleaños y llegó a decir “es el mejor regalo que nunca soñé”. Era una nena, todo era perfecto, dos varones, dos nenas y un día, promediando el quinto mes de embarazo, ella le pregunta al médico si podía asistir al parto, a lo que el médico responde: “Si está todo bien y tu mamá no se opone, no hay problemas”. Y, de hecho, parí a los cuarenta y cuatro años, de parto natural, una hermosa bebé de más de tres kilos de peso, teniendo a mi esposo de un lado y a mi hija del otro en la cabecera de la camilla de la sala de partos. Recuerdo que, cuando nació, el médico en tono de broma preguntó: “¿A quién se la doy?”.

Clara fue creciendo hermosa y feliz, su padrino, el mejor amigo de mi hijo; su madrina, la mejor amiga de mi hija; y así mil anécdotas donde mi hija era la mamá y yo la abuela.

Clara seguía creciendo con todos los condimentos para ser la más caprichosa, consentida y malcriada de todos los niños, se convirtió no solo en la dueña de nuestros corazones, sino también de nuestra casa, nuestro tiempo y nuestras preocupaciones.

Como la perfección no existe y la felicidad total tampoco, algo empezó a andar mal. Otra vez raro, otra vez consultas médicas, me decían “no pasa nada”, pero mi instinto de madre y la experiencia de haber criado a otros tres me decía que algo no estaba bien y así fue, un día, parafraseando a Alberto Cortez, empecé a vivir la otra mitad de mi vida. En un simple papel encontré la respuesta a la pregunta que tantas veces me había hecho, el porqué de la llegada de Clara a mi vida, era el motivo por el cual yo, de ahí en más iba a levantarme de todos los dolores y contratiempos, lo que me obligaría a estar bien, a superarme día a día.

Clara me iba a necesitar siempre y yo tenía que honrar ese compromiso con la vida.

Clara tiene autismo.


Este seguramente va a ser argumento de futuros relatos...

Semblanza de un amor



Carmen Gastaldi

Una foto ante mí. En ella la imagen de un hombre ya con algunos años, pero con la belleza de siempre, me sonríe desde la mesa de un bar, sosteniendo un vaso de cerveza con su mano derecha.

Sus cabellos casi blancos, su frente más amplia, sus ojos, sus bellos ojos rasgados, coronados por armoniosas cejas y, de un caprichoso color, como quien diría “del color del tiempo”. Los días nublados eran pardo claro y, cuando el sol iluminaba, la miel parecía instalarse en ellos y en su dulce mirada. Pocas veces los vi enfurecidos, siempre tranquilos, sonrientes, amigables.

Allá por fines de los sesenta se acostumbraba a organizar bailecitos, “asaltos”. Se festejaban los quince de las chicas y algunos dieciocho de los muchachos, siempre o la mayoría de las veces, en casas de familias.

Los concurrentes eran amigos y amigos de los amigos. Así, nos juntábamos unos cuantos y, picadita de por medio, papitas con mayonesa, pizza, empanadas, algo para tomar, ¡se armaba la fiesta!



Los clubes de barrio eran un lugar de encuentro. La mayoría tenía su cancha de básquet, que se convertía también en pista de baile y en verano se llenaban de mesas y sillas, que colocaba el dueño al bar, para que los vecinos se acercaran a tomar un vinito o una cervecita con ingredientes. La cancha para jugar a las bochas era infaltable. Siempre estaba ocupada.

El bar era el único sitio cerrado, por supuesto, con lugar para que los socios y a veces no socios, jugaran a distintos juegos de mesa. Por supuesto, que prevalecían los de cartas. Había alguna que otra mesa de billar, que para jugar había que anotarse y seguir riguroso turno.

En la puerta, los más jóvenes solían salir a mirar las chicas o a hablar sin tanto barullo alrededor.

El Club Júpiter, ubicado en Buenos Aires y Amenábar, cumplía con todas las de la ley.

Una tardecita de agosto paso por el lugar y uno de los chicos me saluda como si me conociera. El sábado de esa semana festejábamos el cumpleaños de quince de una amiga y allí lo volví a ver. Era el novio de Stella, a la que yo no conocía y su saludo se debió a que me confundió con la novia de un amigo que se llamaba Rodolfo. Era jugador del club Central Córdoba y estaba invitado a la fiesta.

Había muchos invitados, familia italiana, ¡mucha algarabía! Yo era muy joven y tenía “la mira” puesta en un chico, Juan, bastante más grande que yo. Cuando creí que se iba a animar a invitarme a bailar, se largó el “baile de la escoba”. Pochoco, que estaba parado a mi lado, me toma para bailar. Varios quedan fuera de la ronda, entre ellos Juan. ¿Te acordás que cada vez que caía la escoba había que cambiar de pareja?, bueno Pochoco no me soltaba. Se lo recriminé y él se reía. De pronto, me soltó justo para que me tomara alguien que estaba fuera y que no era Juan; pero no me molestó tanto, porque como se decía en aquél tiempo yo “ya lo había fichado” entre los muchachos.

Me había gustado su perfil, su presencia. Ahora, tenía su rostro frente a mí con una sonrisa pícara, que se reflejaba en sus hermosos ojos. Bailamos toda la noche. No se separó un momento de mí. Su nombre era Rodolfo.

Me acompañó hasta casa y quedamos en vernos, cosa que no sucedió; porque como era jugador de Central Córdoba todos mis amigos lo conocían y me anticiparon que hacía tiempo que estaba de novio, claro esa novia existía y era con la que me había confundido su amigo.

Si guardaba alguna esperanza con Juan, él se encargó de borrarla; ya que para verme venía casi todos los días, en su moto, a la casa de él. Los dos jugaban en el mismo club.

Pasó un tiempo. Yo estudiaba y una noche que volvía del Instituto, Stella, la amiga del cumpleaños, me esperaba en la puerta de su casa para invitarme a cenar. No me llamó la atención, porque era habitual entre nosotras. Lo que no me dijo fue que aparte de su novio había otro invitado: Rodolfo, por supuesto.

Cenamos la comida preparada por Jovita, la mamá de Stella, mientras escuchábamos música. De pronto, una mano, por debajo de la mesa comienza a acariciarme una rodilla (época de minifaldas). Varias veces le corrí la mano, pero a pesar de mi mirada furiosa, insistía. Me levanté del lugar y con la excusa de que tenía frío, me cambié de silla con Jovita.

Seguía de novio, pero comenzamos a salir un tiempo. No me gustaba para nada la situación. Yo era “la otra”. El cumplía con su novia y luego venía a verme a mí. Me harté y corté. Me fui de vacaciones, pero dolía. Descubrí que, aún en contra de mí misma, estaba enamorada.

Creo que a él le pasó lo mismo. Al poco tiempo de mi regreso retomamos la relación. Ya no había otra.

Mirarme en sus ojos me producía un placer inexplicable. Era como ver su alma, leer sus sentimientos, ver el amor.

Nos casamos profundamente enamorados. Por supuesto, que no fue todo lecho de rosas. Vivimos altibajos, pero jamás podía imaginarme la vida sin Rodolfo a mi lado.

Formamos una hermosa familia. Primero, llegó Nadina y al poco tiempo Ileana. Fueron pasando los años entre la crianza y el cuidado de nuestras niñas. El amor fue cambiando, madurando con nosotros, haciéndose más profundo y conocedor. En su mirada seguía leyendo lo mismo.

Cuatro nietos: Juan Ignacio, Augusto, Francisco y Eugenia. Los dos acompañando a las chicas en la crianza y formación de los niños, pero también teníamos tiempo papa nosotros. Nos jubilamos, disfrutamos de la familia, viajamos.

Nuestros vecinos nos decían que seguíamos pareciéndonos a los novios de otrora. Siempre juntos, siempre tomados de la mano. Cincuenta años son muchos, pero cuando se viven con amor, no son tantos.

Los nietos, más por mimos que por necesidad, siguen viniendo a almorzar dos veces por semana. Uno ya es universitario.

Al principio me costó mucho. Rolfi era mi gran ayuda y ahora no está, pero de a poco me fui acostumbrando. Los chicos me llenan de energía.

¡La soledad es dura e implacable!

Pero yo sé que estás ahí, en la luz de cada amanecer… en la brisa que me acaricia… en el susurro del viento…

En esta foto, desde la que me sonríe y me alienta con su mirada cada día.




martes, 28 de mayo de 2019

La botella de sidra


Mónica Mancini

Era el treinta y uno de diciembre de mil novecientos noventa y ocho, estábamos esperando el noventa y nueve y era una situación muy particular.
Éramos siete mujeres, solo mujeres… tres generaciones, la abuela, dos hijas y las nietas, dos de cada una de sus vástagas.
La mesa era redonda y reinaba en el centro del comedor. Estaba preparada para pasar la fiesta. El menú era especial: la entrada de vitel toné, el pollo y la rusa como plato central, ensalada de frutas, el helado, las nueces, el Mantecol, protagonista infaltable del acontecimiento, y la botella de sidra.
Todas la rodeábamos. Cada una de nosotras vivía ese día de una forma muy particular.
La mayor, la nona, había perdido a su compañero y a muchos integrantes de su familia, lo que le ocasionaba el llanto compulsivo llegadas las doc. Se acurrucaba en su silla, tomaba el rolly sec y se aprontaba para derramar las tradicionales lágrimas, siempre vigentes, porque desde que en el cincuenta y ocho falleció su madre, esto se repetía como una película que se rebobinaba una y otra vez.
Mi hermana se había separado recientemente, después de más de veinte años de casada. Estaba debutando en la vida de “mujer sola”. Como era su costumbre intentaba disimular la desazón haciendo chistes y siendo la estrella del arte culinario, esforzándose en la preparación de la mesa, en los detalles del menú, en atender a cada una de las comensales como si fueran invitadas desconocidas. Ella brindaba la calidez del hogar, afianzaba la unión y fortalecía la esencia de la familia.
En cambio, yo llevaba muchos años de divorciada y me mantenía sola, manejaba muy bien esa situación. Si bien nunca me había abandonado el dolor por no poder ofrecerle una familia consolidada a mis hijas, era una maestra para disimular la angustia cuando cada año después de las doce las chicas salían a festejar con sus amigas y partía sola a mi casa con el deseo de que pasara rápido la noche y tranquilizarme cuando las niñas volvieran sanas y salvas al hogar. Poseo la particularidad de adaptarme con facilidad a las nuevas situaciones e intentaba hacerle creer a las otras las ventajas de pasar las fiestas sin hombres. Por ejemplo, nadie hablaría de fútbol, tampoco estarían pidiendo que le alcancen todo lo que se necesita para hacer un simple “pollo asado”, no habría quien criticara la ropa elegida por las chicas para la salida del año nuevo… la casa estaba mucho más ordenada, ya que no había ropa desparramada en la habitación…
En fin, llegadas las 23.45, todas estaban casi convencidas de que pasar las fiestas solas era una bendición y un buen presagio no solo para el año que se aproximaba, sino también para toda la década venidera.
Las chicas eran las que mejor la pasaban. Estaban más habituadas a las vicisitudes de sus madres y a las excentricidades de su abuela. Actuaban como resignadas a vivir lo que viniera y tenían su cabeza en la reunión con las amigas y/o novios y transitaban la fiesta como un trance que duraba poco, que precedía a la verdadera diversión. Esperaban ansiosas las doce, aguantaban unos minutos más para disimular la impaciencia de ponerse la ropa de salir, pintarse y empezar a hacer llamaditos para concretar los encuentros.
Todo transcurría normalmente. La escena era perfecta, porque teníamos la capacidad para disimular lo que estaba pasando por nuestro interior. Nos reíamos de la situación y asegurábamos que, a pesar de ser la primera vez que estábamos solas, era una oportunidad para demostrar que los hombres eran decorativos, entretenidos, pero de ninguna manera indispensables…Todo bien, todo era alegría, buen humor y clima de fiesta hasta que se hicieron las 23.55 y al unísono todas dijeron: “¡El brindis!¡el brindis!”. Fresca y transpirada la botella de sidra aguardaba en el freezer, esperando ser destapada y repartida en las copas, que también estaban correctamente distribuidas. Cuando se situó en el centro de la mesa, todas la miramos, nos miramos, suspiramos y apareció el interrogante que nadie quería ser la primera en expresarlo, hasta que se soltó una carcajada y un grito desesperado: “¡¿Quién la abre?!”. ¡Qué sentimiento de desolación! La abuela rompió en llanto: “¡Ay, por qué me habrá abandonado mi Carlos!”. Nosotras, las hijas miramos a un lado y a otro y comprobamos que ya no teníamos un compañero al que le ofreceríamos la botella, como un gesto que formaba parte de la rutina de la pareja. No vimos nadie. Las chicas hicieron su gesto habitual de “nosotras no sabemos”.
Yo, que llevaba más años experimentando esta situación de tener que resolver lo que se viene cuando no hay un masculino habilitado al lado, respiré hondo y tomé la botella, busqué un repasador grueso para no lastimarme las manos con los alambrecitos, la apreté entre mis piernas, la aferré por el cuello y en mi imaginación apareció la figura del que me había dejado sola en este brete, con fuerza e ímpetu, apreté y giré, apreté y giré; y, así, con una terrible presión, el corcho emprendió su vuelo, breve, triunfal, con un sonido liberador. Las copas se llenaron burbujeantes y todas con ansiedad las chocamos, pero esta vez, no fue “¡feliz Año Nuevo!” lo que dijimos, entre el sonido límpido de los cristales se escuchó un “¡Viva la emancipación femenina!”.