miércoles, 15 de octubre de 2025

Recuerdos

Mirta Prince

 

Hay momentos vividos, con tanto amor, que resultan inolvidables.

Esos sábados. Visita a los abuelos. Mi mamá, mi tía, Susana y yo.

La abuela, siempre con sus tejidos, que variaban según fuera invierno o verano. Nosotras dos sentadas una en cada lado. El abuelo traía las agujas que simplemente eran rayos de bicicletas. Empezábamos a tejer.

Angelita y Angélica iniciaban la limpieza, ordenar y preparar para bañar a la abuela, que no podía mantenerse en pie.

El abuelo cebaba mate, nos convidaba con batatas asadas en el horno de la cocina a leña.

Es así, cuando aprendí a bicicletear la visita se transformó en diaria, si el estado del tiempo lo permitía.

Pasaron los años, cada vez más ancianos. Nos llamó la atención la negativa del abuelo, a su concurrencia el 12 de octubre al Club Español, ya que siempre asistía y se sacaba las ganas de bailar la jota. Cuando cambiaba su atuendo, ¡qué pinta que tenía!

¡Sin darnos, cuenta en poco tiempo nos dejó! Fue entonces, cuando ella se mudó a la casa de mis padres y la histórica quinta se abandonó.

Ella no podía movilizarse, sus piernas carecían de la fuerza necesaria para poder caminar.

Pero ella era una gran lectora, y la tele y los nietos de mi mamá hacían que sus días fueran llevaderos.

Mi padre compraba el diario, que ambos leían y comentaban las noticias. Ella leía atentamente las relacionadas a España “su patria”; quería estar informada, cosa que cuando sus otros hijos la visitaban compartían aquellas.

Sabía que la salud de Franco estaba comprometida. Es así que llega la noticia internacional más esperada, precisamente había fallecido el militar y dictador Francisco Franco.

De pronto, se paró y empezó a bailar, nos quedamos duros, no necesitó a alguien que la sostuviera, ayudara, apuntalara. ¡Sola!

Facundo y Paula, mis hijos, de cinco y tres años, no entendían nada. La abuela podía ¡Bailar!

Está noticia corría muy rápido, no podían creerlo. Mis tíos, mis primos, gente que conocía su historia no entendían nada.

Los agoreros se manifestaban, se caía y se quebraba. Después... empezó a explicarnos que fue un maldito con mi pueblo, un militar que luchó contra el gobierno y fue responsable de la Guerra Civil Española.

Seguramente su fallecimiento va a generar alegría en mi patria. Deseo que vuelvan a ser felices. Fueron muchos años de este régimen fascista ¡Al fin el franquismo terminó! ¡Hijos de puta!

Como venía siguiendo la información de la tele, radio y el diario, no dejaba de mencionar el sufrimiento de presos, políticos y familiares suyos que vivían allí.

Desde ese día notamos que hubo en ella cambios en el rostro, la sonrisa que hacía mucho tiempo que no veíamos y su mirada irradiaba mucha paz.

Creo que interiormente extrañaba mucho su terruño natal. 

La loca de la casa

 Mónica Mancini

 

Después de treinta y cinco años de trabajar en la docencia, los últimos quince, en triple turno, parar… ju-bi-lar-se era una situación que me llenaba de pánico. Había proyectado miles de cosas que iba a hacer cuando llegara ese momento tan ambicionado, en periodos de exceso de actividades… Pero cuando se hizo realidad y tuve que ir al correo a mandar el telegrama, escribiendo con claridad la palabra “renuncia”, se me aflojaron las piernas, entendiendo lo definitivo de la cuestión.

No duro mucho la pasividad, enseguida, en enero del dos mil trece me inscribí en un Taller Literario de verano, en la librería Buchin, dando lugar al deseo postergado por falta de tiempo. Era los sábados por la mañana, me encantaba ir y cumplir con las consignas…pero, claro, era una fracción de tiempo muy pequeña, comparado con la envión que yo venía de mi vida de activa.

La señora que dictaba ese taller, escritora y fonoaudióloga, se convirtió rápidamente en mi amiga y ambas descubrimos que teníamos una inquietud coincidente desde hacía tiempo, queríamos hacer un programa de radio. Lo que en un principio pintaba como una utopía, se convirtió en realidad.

Conseguimos un espacio en una FM de Fisherton 106.5 y, a partir de ahí, comenzamos a diseñar nuestro programa, que sería semanal y duraría una hora. El eje se basaría en temas relacionados con las mujeres, pero no apuntando a la de “Utilísima” sino, a aspectos emocionales, profesionales. También nos interesaba mucho la evolución de las mujeres en las distintas etapas de la historia, en los diversos aspectos, arte, deporte, etcétera.

Mi experiencia era solo haber organizado la radio escolar, que transmitía en los recreos y los periodistas tenían entre nueve y doce años; entonces, tuve la necesidad de inscribirme en un curso de Producción Radial, que supervisaba Roberto Lara y lo dictaba Marcela Cesar Fierro, donde aprendí bastante. También en la Universidad de Adultos Mayores hice el curso de Radio y me sirvió mucho.

Y así fue como de nuevo busque mi portafolio y mis carpetitas y comenzamos a armar el programa. Primer paso, ¿cómo lo llamaríamos? Justo había llegado a mis manos un libro de Rosa Montero, “La loca de la casa”, quien, aludiendo a Santa Teresa de Jesús, expresaba “La imaginación es la loca de la casa”. Fue inspirador y ese fue su nombre.

 Conseguimos un par de anunciantes (con sangre, sudor y lágrimas), grabamos una intro del programa con la canción de Edith Piaf “No me arrepiento de nada”. También tuvimos un melómano que nos seleccionaba la música acorde a los temas que tratábamos y arrancamos.

En el primer programa hablamos de Lilith, tema provocador que abrió una polémica con los escasos oyentes que teníamos (familia y amigos).

(Según el folclore judío Lilith fue la primera esposa de Adán, expulsada del Edén, negándose a ser sumisa.)

Desarrollamos temas sobre el rol de la mujer en la prehistoria, basándonos en varios autores, especialmente en Jean Auel (“Los hijos de la tierra”); y, así, sucesivamente, fuimos avanzando con la temática.

Entrevistamos a personas de muy diversas profesiones y situaciones, hablamos con mujeres privadas de la libertad, con la secretaria del sindicato de meretrices, con pastoras, con religiosas, con representantes del LGBT. Todo muy interesante.

El programa duro todo el año dos mil trece, mi primer año de jubilada, y me mantuvo bastante ocupada. No pudimos continuarlo, porque en realidad era un gusto que nos dimos, pero nos ocasionaba muchos gastos y no pudimos sostenerlo.

De todas formas, la loca de la casa sigue activa, imaginando como pasar mejor este tiempo tan deseado como temido, en espacios creativos con personas que disfrutan de escuchar, de aprender y sobre todo de divertirse.

Mi primera peregrinación

 Raquel Arroyo

 

En julio del 96 mi hijo, de diecinueve años, enfermó gravemente. Fueron muchos días de angustia y de incertidumbre. Días de salas, terapia intensiva, cirugías, pronósticos desalentadores... Nada me acercó más a Dios que esa situación, nada me hizo más creyente y acrecentó mi fe que aquellos momentos vividos. Y me aferraba a todo lo que me hacían llegar quienes nos conocían. Una medalla de la Virgen de San Nicolás, un rosario traído de El Vaticano, un lugar en la misa del Padre Ignacio, una cadena de oración y hasta la visita de un señor que decían que tenía ciertos poderes. A todo me aferraba, con mi alma y mi vida. Los días pasaban y no había mejoría. Ya había llegado el mes de agosto y seguíamos en una montaña rusa de sentimientos, alternando esperanza con decepciones.

Uno de esos días aciagos, una enfermera de terapia se me acercó mientras yo esperaba que ocurriera el milagro y me dijo: “Vi que tu hijo tiene una medalla de la Virgen del Rosario de San Nicolás. Si tenés fe en ella, pedile que lo sane y prometele que vas a ir caminando a su santuario. Todos los años se hace una peregrinación, prometele que la vas a hacer”.

Y eso hice, sin siquiera saber de qué se trataba. Lo único que yo podía hacer era mantener mi fe. Y pasados los días, y entre la ciencia y la fe, mi hijo se curó. Y como era joven y fuerte, un mes después estaba recuperado totalmente y volvía a ser el de antes, el de siempre.

Por supuesto que no me olvidé de la promesa que había hecho, pero en un tiempo en que las comunicaciones no eran como ahora, poco sabía de cuándo era esa peregrinación. Hasta que un día de mediados de septiembre, escuché por la radio que el sábado siguiente sería aquella caminata de la que yo iba a ser parte. Le comenté a mi mamá que había llegado la hora de cumplir lo prometido.

—Estás segura -me dijo mi madre con gran preocupación- mirá que San Nicolás es muy lejos para ir caminando.

—Tengo que ir, mami- dije con seguridad aparente, pero llena de dudas.

No conocía experiencias de alguien que hubiera ido, y en aquellos tiempos no existía la posibilidad de buscar antecedentes, ni imágenes, ni consejos.

El sábado siguiente, a las dos de la tarde, la peregrinación comenzó su marcha desde la esquina de Ayacucho y Arijón con destino al Santuario. Ahí mismo me enteré que teníamos caminar setenta y dos kilómetros, y que llegaríamos al día siguiente aproximadamente a las ocho de la mañana. Por lo tanto, teníamos por delante dieciocho horas de caminata continua, con cuatro paradas intermedias en las que no estaríamos más de diez minutos en cada una. Mi mente trataba de internalizar todo lo que escuchaba, pero era difícil.

Todos mis pertrechos se resumían en una mochila con dos bananas (fuente de potasio aconsejada por mi madre), un sándwich de queso, una botella de agua, una campera y la pequeña radio a transistores, Pero el cargamento más importante era la fe y la seguridad que me acompañaban.

Y de pronto me encontré caminando con un montón de gente, bajo un cielo inmensamente azul. Me sumé a cantar alabanzas y también canciones folklóricas. Íbamos desde “El Señor de Galilea” hasta “Luna tucumana” sin solución de continuidad. Me sumé a los rezos del rosario. Hablé con personas que no conocía y que perdí luego en el trayecto. Algunas me contaban la razón por la que estaban ahí y yo les contaba las mías. Y a veces llorábamos y a veces nos reíamos. Y no supe cómo se llamaba esa mujer que me contó sus tristezas, ni ese joven que me habló de sus sueños. Nunca me voy a olvidar de sus caras. En ese momento y en ese lugar nos unía la fe y la esperanza.

A las cinco de la tarde hicimos la primera parada. Creí que no iba a ser tan difícil. A las ocho de la noche fue la segunda parada. Apenas llevábamos caminando seis horas, faltaban doce y el cansancio ya se sentía.

A las once de la noche, en la tercera parada, en Pavón, el agotamiento hizo que muchas personas abandonaran la marcha. Traté de no sentarme a descansar porque sabía que iba a ser más difícil. Seguimos la marcha en la oscuridad total de la ruta, ya no había cantos alegres, el único sonido que se escuchaba era el de los bastones golpeando el pavimento y el de alguna letanía lejana. Hubiera necesitado un bastón, pero no lo tenía. Conseguí una rama al costado de la ruta, no me servía de bastón, pero tenerla en mi mano me sirvió para sentir que me agarraba de algo; porque en ese momento, aun rodeada de gente, me sentía irremediablemente sola.

Seguíamos caminando, mis piernas estaban agarrotadas, como si no tuviera rodillas. Temblaba de frío. Alguien se me acercó y me dijo que trate de elongar. Apoyada en un árbol intenté hacerlo. Y de paso lloré, lloré mucho. Era mejor llorar parada que caminando. Miré la hora y era la una de la mañana, quedaban siete horas. En otras circunstancias nadie puede considerar posible que en las condiciones en las que estaba pudiera caminar siete horas más.

Mis piernas habían salido un poco del agarrotamiento, pero el dolor que tenía en los pies era indescriptible, era como si estuviera caminando sobre brasas. A las dos y media de la mañana, llegué a la última parada en Villa Constitución. Entré en una carpa sanitaria, era una imagen patética , era como estar en un sitio asolado por la guerra

Allí, me curaron las ampollas, primero las pincharon y después de ponerle algún desinfectante me vendaron los pies. La persona que me curó me pidió un par de medias limpias para ponérmelas. Pero yo no tenía, ni medias ni bastón, no estaba preparada en absoluto. Me puso las medias sucias de sangre y me miró con tanto cariño, que se sentí que me miraba mi madre.

Regresé al camino, estaba mucho más aliviada, pero el cansancio era extremo. A esa altura, para el lado que mirara, veía entre las sombras gente encorvada, caminando despacio, algunos tirados en la banquina vencidos por el agotamiento. Era una imagen apocalíptica. Pero de repente empezabas a escuchar alguien que comenzaba a cantar. Al pasar por la zona urbana la gente salía de sus casas y alentaba.

A eso de las cuatro de la mañana vi un cartel que decía: “San Nicolás – 12 km”. ¿Era verdad? ¿Faltaban doce kilómetros? ¿Faltaban ciento veinte cuadras? ¿Cómo imaginar que podría hacerlas en las condiciones que estaba? La gente se me adelantaba como si yo estuviera parada. Se me habían endurecido otra vez las piernas, me dolían las ampollas, tenía sueño, tenía frío, me dolían las caderas. A pesar de todo seguía caminando. Hablaba sola, lloraba, me replanteaba actitudes, me proponía cambios. En un momento vi un perro durmiendo en la banquina, tan negro como la noche. Me paré a su lado y le pregunté: “¿Estás bien, negrito? ¿O estás peor que yo?”. El perro se levantó y se puso a caminar a la par de mí. Después de un rato no lo vi más. Creo que no era un perro...

Las primeras luces del amanecer me devolvieron la esperanza. Pero también me permitieron ver que no había nadie a mi lado. Miré para atrás y solo vi una o dos personas como a una cuadra. Ya había entrado en San Nicolás, la mayor parte de la peregrinación ya estaba en el Santuario, yo sería una de las últimas en llegar. Se acercó una camioneta que pertenecía a la organización y me pidieron que subiera, porque ya habían abierto la ruta y era peligroso caminar por ahí. Les agradecí, pero mi decisión era seguir caminando. Un señor se bajó y caminó un rato a mi lado. Se sabe que a esa altura ya no se puede parar bajo ninguna circunstancia, porque cuando uno para no puede seguir. Él lo sabía y por eso caminó a mi lado, mientras me daba ánimo. Delante de mí y a una distancia de unos cien metros iban dos chicas, que también se negaron a subir a la camioneta. Ya estábamos ahí, había que llegar.

 A esa altura lo único que tenía en mi cabeza era la imagen de mi hijo enfermo, acariciando su medallita e inmediatamente veía la imagen de mi hijo recuperado y feliz. Me dije que, si la Virgen había hecho eso por él y por mí, lo que yo estaba haciendo no era demasiado. ¿Qué fue lo que hice? Solo caminar. Y así llegué al santuario. Con el cuerpo maltrecho y la fe intacta. Con la paz interior de haber cumplido la promesa.

Y ésta fue la primera, pero no la última. Hubo diez peregrinaciones más. Con mis hijos, con mi amiga, en grupo y sola en varias ocasiones. Cada una diferente, pero en todas he vivido una experiencia extraordinaria. Fueron los momentos en que más cerca de Dios me sentí, momentos en que me volví tan espiritual que sentí que ni mi cuerpo importaba. Supe que podía hacerlo, no por un desafío físico, sino por un desafío espiritual. 

El camino de la peregrinación es como la vida misma; pruebas constantes, senderos difíciles, oscuridad, nuevos amaneceres, dolores del alma y del cuerpo. Alguien a tu lado que te ayuda, otro que te pone trabas, otro a quien darle una mano. Muchas veces en soledad y otras veces mal acompañado. Pero hay que seguir el camino. Y la idea es no tomar por los atajos, hacerle frente a lo que se presente con fe, con perseverancia y con esperanza.

Un viaje al pasado

Alberto Castillo

 

Una mañana de esta semana de septiembre, me encontraba atendiendo la vinoteca de mi hijo.

Eran cerca de las once de la mañana cuando ingresó una joven señora.

Pensé que era una clienta. Me dispuse a preguntar qué necesitaba y me acerqué. Casi no reparó en mí. Comenzó a mirar toda la sala, las paredes, el techo, todo... en silencio.

En un momento alcancé a escuchar como quien habla para sí mismo: “¡Esta era la habitación de mis abuelos, el baño, la escalera!”.

Caminó de prisa hacia el fondo, entró a la cocina, tapó sus ojos con sus manos y levantó su cabeza como reconociendo olores y sonidos. Fue allí donde reparó por primera vez en mí. Comenzó a contarme que allí habían vivido sus abuelos y ella casi toda su infancia.

Que ahora vivía en Capital Federal y que tenía 53 años

Le dije: “¡Sos la hija de Aron, la nieta de don Marcos y doña Berta!”.

Me miró fijamente por primera vez, recostó su cuerpo en la pared y de sus ojos asomaron lágrimas.

¿Usted los conoció?

Le contesté que sí, que su padre Aron era amigo de mis hermanos, sobre todo del mayor, que los dos eran amantes de las motos y que en más de una oportunidad fueron de vacaciones juntos a Córdoba, en motoneta.

Que su abuelo Marcos jugaba a las bochas en el club Faustino con mi padre.

Su abuela Berta, cocinaba comida judía y vendía ropa. Mi madre era clienta en los dos rubros.

Que tenía una tía llamada Clarita, casada con Chiche, compañero de trabajo de mi tío en “Boglione y Covelli”.

Cada cosa, cada detalle, cada recuerdo que le relataba su cara se iluminaba y reía, sonreía, lloraba.

Describí la casa como la recordaba, el frente, el jardín, el limonero, el color de las paredes.

Ella agregó detalles y reía.

En un instante corrió hacia la puerta, miró el número y me preguntó: “¿Es Gorriti 415?”. “Sí”, le respondí .

 

Desde la puerta llamó a su madre.

¡Mamá, conoció a papá, a la Bobbe, al Zeide!

Le dije que tenía fotos de su padre, y mi hermano seguro que muchas.

Me dio su teléfono con la promesa de que se las envíe.

Contó que hace más de treinta años que vive en Capital y que había venido a Rosario al cumpleaños de una prima.

Volvió a la puerta y miró la vereda de enfrente y me preguntó sobre una granja hace mucho tiempo ya cerrada. Y sobre el hijo de los dueños del cual estuvo desde siempre enamorada.

Prometió volver.

Ya en la vereda me abrazó fuerte y volvieron las lágrimas; pero distintas...

 

Hace tiempo que pienso mucho en el recuerdo.

En la obligación de la memoria a perpetuarse en la de otros, más allá del tiempo transcurrido.

Que existe una manera de permanecer, de resistir lo que inevitablemente se llevará lo que somos. No tiene vencimiento. Vive en el gesto, en las sonrisas, en los momentos compartidos.

Persiste en las historias que contaron los que se fueron.

Que por instantes los invade una sonrisa cada vez que recuerden lo que fuimos.

 

Y eso pasó esa mañana. Por un instante, ella pudo imaginar ver a sus abuelos sentados, esperando que se acercaran para darles un beso.

Y creo que esa sensación para ella fue maravillosa. 

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Abuelar

 María Cristina Piñol

 

Una nueva palabra incorporada por el uso, aunque en realidad no existe en la RAE ni en ningún diccionario. Pero… ¿Qué significa abuelar? Entiendo que un nieto no es nuestro hijo, son los hijos de nuestros hijos, son de algún modo los destinatarios de cosas que por juventud, trabajo o inexperiencia no pudimos o no supimos darles a ellos. En los nietos aparecen esas revanchas, esa necesidad de satisfacerlos hasta en el más mínimo capricho, pero no para que nos quieran más, simplemente para ver su felicidad reflejada en la nuestra.

También son los destinatarios de nuestras historias, esas en las que les contamos nuestra niñez y cómo eran las cosas de entonces. Los nacimientos de sus papás, nuestros hijos, las travesuras que hacían, la emoción que sentimos cuando por primera vez que nos llamaron “mamá” y también la primera vez que ellos nos dijeron abuelos.

Generalmente, el nieto es el “compinche” de sus abuelos, es aquel que va a hacer una travesura sabiendo o creyendo saber que jamás les contaremos a sus padres. También los abuelos escuchamos atentamente todo los que ellos nos cuentan y además tenemos la astucia o experiencia de adivinar lo que no nos quieren contar.

Lo abuelos los vemos crecer, cambiar sus facciones, sus formas de vestir y hasta cuando les cambia la voz de niño por la de un adolescente.

Pero todo lo vemos desde afuera, ya lo vivimos con los hijos y ahora solo lo sentimos desde el corazón.

Es muy importante esto de abuelar, esto de mirar con “el corazón” al hijo de sus hijos y no con el ojo de quien tiene que “criar”, “educar” y hasta poner penitencias.

Abuelos y nietos son opuestos y complementarios, los primeros con la experiencia de los años viejos y los segundos con la euforia de los años nuevos. Y surgen los temas como la tecnología, por ejemplo, y el nieto le dice: “¡Ay, abuela! ¿Cómo no sabés nada de la IA o del Chat GPT?”... y, al rato, la abuela le pregunta si sabe quién fue Einstein y qué hizo.

Y a veces surge la sorpresa para ellos de que su abuela si usa la IA o el Chat y, quién te dice que, en una de esas, recurre a alguna de ellas para saber quién fue Einstein. 

Qué lindo es abuelar, qué bello es tener a los nietos cerca, qué hermoso es establecer esa “amistad” cómplice y conocerlos tan bien y quererlos tan desinteresadamente. En la vida vamos obteniendo diferentes títulos, pero sin ninguna duda el título de “Abuelo” está en el top de los logros.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Orgullo de potrero



Daniel Jobbel



En el barrio Parque donde crecí, había estrechos senderos, como los de las hormigas, que permitían evitar caminar hasta el final de la cuadra para, si era necesario, doblar la esquina y descubrir nuevos horizontes. Esos caminos, formados por el constante ir y venir de los vecinos, eran verdaderos atajos para llegar más rápido, por ejemplo, al almacén y bar de Los Caruño, en Tiscornia y Richieri, lugar de reunión para charlas y café, para planear un picado o ir más rápido a la parada del colectivo que pasaba por avenida Ovidio Lagos hacia el centro y explorar nuevas oportunidades.

Sin embargo, también podían provocar demoras cuando el delgado hilo de tierra por donde caminabas se transformaba en un espacio mayor, totalmente despoblado de pasto, donde los jóvenes del barrio se reunían para jugar al fútbol, al trompo, a la bolita, o para remontar los barriletes, muchas veces armados con la ayuda de nuestros vecinos, amigos o padres, con cañas, papel de diario y un pedazo de tela para la cola del casero aparato y descubrir el placer de la creatividad. Aquel espacio pelado de vegetación era, paradójicamente, “el campito” o “la canchita” que nuestros viejos conocieron como “el potrero”, un lugar donde la imaginación y la amistad florecían.

Allí, podían forjarse amistades eternas o enemistades transitorias: rivalidades que al poco tiempo desaparecían cuando era necesario sumar otros jugadores para igualar los equipos y aprender el valor del trabajo en equipo. Ser el dueño de la pelota te habilitaba a ciertos privilegios, siempre y cuando tu madre te diera el permiso para salir de la casa después de que una comitiva de jóvenes había golpeado las manos en la vereda para exigir tu presencia junto a la pelota, que usualmente era de cuero, aunque también las había de goma, la “Pulpito” a rayas marrones o un plástico que parecía cemento cuando debías cabecearla y sentir el orgullo de ser parte del equipo.

De darse la situación de que tu padre o madre estuviera presente, pero no te daba el permiso de salir porque tenías que terminar la tarea escolar o ya te habías bañado, no te quedaba otra opción que prestar la pelota si es que no querías sentir como los jóvenes del barrio te reducían de tamaño solo con sus miradas condenatorias y las próximas cargadas, pero siempre con la esperanza de una nueva oportunidad. De darse el caso extremo de que tus padres no estuvieran en la casa y que no tuvieras el permiso de salir a la calle, si los chicos veían que la pelota era lanzada desde el interior para terminar rebotando en la vereda y enseguida te veían asombrados trepar la reja de la puerta de chapa, o saltar el muro de la casa de mis abuelos donde vivíamos, para caer estoico frente a ellos, pasabas inmediatamente a ser el héroe de la jornada. Y la pelota se ponía a rodar para llegar al potrero, un lugar donde la libertad y la aventura esperaban.

Somos eso. Crecimos con los zapatos llenos de polvo, las rodillas raspadas y el corazón apurado, no para mirar una pantalla, sino para terminar la merienda y salir corriendo a la calle, donde lo único importante era un balón y unos amigos.

Somos esa generación que se niega a desvanecerse.

Éramos los que volvíamos caminando del colegio, hablando en voz alta o soñando en silencio, con la mente ya en el próximo juego, en la siguiente aventura, entre un agujero en la arena y un secreto susurrado tras una esquina. Un palo podía ser una espada, un charco se volvía un mar por conquistar. Nuestros tesoros eran bolitas, figuritas, barquitos de papel. La pelota, esa de tantos picados. Y el cielo esperando la noche para ver la luna y contar las estrellas y ver donde ese puntito más brillante estaba Júpiter, nuestro único límite.

No teníamos copias de seguridad, solo recuerdos en la mente y en los carretes fotográficos. Las fotos se tocaban, se olían, se guardaban en cajones, junto a cartas escritas a mano, postales de los abuelos, y dibujos de colores que los padres guardaban como joyas. Llamábamos “mamá” a quien curaba nuestras fiebres, y “papá” a quien nos enseñó a andar en bicicleta. No hacía falta más. Por las noches, bajo las mantas, hablábamos bajito con el hermano en la cama de al lado, riendo por tonterías, con miedo de que algún adulto escuchara y apagara ese pequeño mundo de complicidad.

Esa generación se está convirtiendo en la memoria viva de una época que inspira a las nuevas generaciones a vivir con autenticidad. Nos alejamos en silencio, llevando una maleta invisible: el eco de las risas en la calle, el olor del pan recién hecho, las carreras sin sentido y esa libertad que no conocía notificaciones. Fuimos niños de aquel tiempo. Sesenta, setenta del siglo pasado. Y tal vez, esa sea nuestra mayor fortuna, un legado que podemos compartir con el mundo.

Llegó el circo

 

Beatriz Palmira Prince

 

Invierno de 2025: hace unos días escucho por radio que Pupy, la última elefanta africana que permaneció en cautiverio durante 32 años, y últimamente estaba en el Eco Parque de Buenos Aires, fue llevada al santuario de elefantes del Matogrosso. Para poder trasladarla hubo un periodo de adaptación, pues debió aceptar la caja donde se haría el viaje de 2.700 kilómetros

Un equipo de veterinarios y cuidadores argentinos y brasileños, estuvieron a cargo del trabajo.

¡A los días vi imágenes de Pupy retozando y revolcándose en el barro bajo la lluvia en su nuevo hogar, me sentí feliz! ¡Basta de animales en los circos y zoológicos!

Viaje hacia atrás en el tiempo y me encontré con los circos que llegaban a mi barrio, “circos pobres” decían algunos. Vivíamos en San Martín al 3900, zona sur de Rosario. Se instalaban en los terrenos baldíos, en los potreros, y llegaba la alegría… Y también para mí el miedo. Veíamos armar la carpa, mis dos hermanos varones ayudaban y yo, la más chica, siempre detrás de ellos, puro ojos, nada me perdía.

Nos acercábamos a las jaulas y me dolía mucho ver a los animales encerrados. ¡Feo!

¡Y empezó la función, el publico espera! Payasos, caídas y risas, el hombre tragafuegos, lanzando llamas por la boca, zancudos, magos, malabaristas, domadores y fieras.

En uno de esos circos conocí el “teatro”, sí, teatro en el circo; los niños sentados en el suelo, no recuerdo si por falta de lugar, o por puro placer, el mejor lugar.

Aparecen dos hombres vestidos de gauchos y discuten; luego, dos mujeres vestidas de paisanas. Yo, ¡fascinada! Pelean, gritan, uno mata al otro, que queda tendido en el suelo, y el que domina se dirige a una y le dice: “¡Adelaida”. Luego, a la otra: “¡Colorada!”. Así, una y otra vez un buen rato.

No se decidía con cuál quedarse, de eso si “me di cuenta”. No recuerdo el final; sí que quedé impresionada, pues me contaban en casa que estuve varios días actuando y repitiendo: “¡Adelaida!, Colorada!”.

Mi mamá y mis hermanos se reían y festejaban mi actuación y yo, consentida, feliz de que me festejasen. Era una obra gauchesca. Luego, vi “Hormiga Negra”, “El ánima de la tapera”, etcétera.

¡Amaba ir al circo!

Una vez, uno de estos circos acampó en un baldío cercano a mi casa. Durante la noche, ya todos por dormir, se escuchaban el rugido del león y el barritar del elefante. Ya en mi cama y con las luces apagadas, ¡pánico sentía!

En mi frondosa imaginación infantil, el león derribaba las puertas del pasillo, luego las de mi casa y llegaba a mi para luego devorarme “las tripas”.

¡Les aseguro que temblaba! En algún momento me dormía y llegaban el día, la luz, la escuela y la calma.

Ya mujer, trabajando en comercios de indumentaria, durante años, un importante productor de espectáculos, en forma de canje, nos proveía de entradas para espectáculos, entre ellos también grandes circos internacionales, parques de diversiones, ópera, teatro, etcétera.

Estamos en vacaciones de invierno, y mientras termino de escribir este relato, escucho un altoparlante que anuncia, horarios y programación del circo “Mundial”.

¡Y nuevamente empezará la función porque el público espera!